El Exceso — Patricio Jara / The Excess by Patricio Jara (spanish book edition)

Me ha parecido un breve libro interesante como entretenido.

El conde Habert de Montmor conocía muy bien a Jean-Baptiste Denis y siempre lo consideró uno de los investigadores más sobresalientes del grupo que patrocinaba. Acaso de los pocos capaces de plantarse de igual a igual ante cualquiera de los miembros de la Real Academia Francesa de Ciencias, nuestros férreos contrincantes y con quienes librábamos fuertes disputas por situarnos a la cabeza de los avances científicos. Aunque era habitual que los postulados del doctor generaran controversia, con el correr del tiempo aquellas argumentaciones e intentos por demostrar sus hipótesis lograron que Montmor viera en él a quien debía liderar las investigaciones médicas en la academia que llevaba su nombre.

Nuestro trabajo comenzó la tarde del 3 de marzo de 1667. Luego de leer con detenimiento los informes llegados desde Londres, Denis estimó que el éxito del procedimiento estaba en utilizar una arteria de la pata del perro en vez de la carótida, pues así podían manejarse los imprevistos a causa del exceso de volumen o presión sanguínea. Entre marzo y mayo de 1667, tras quince exitosas transfusiones entre perros —además de algunas excepcionales entre un ternero y un mastín, o bien entre cuatro carneros adultos y un caballo joven—, estuvimos en condiciones de exponer nuestro informe en una sesión extraordinaria de la Academia de Montmor. Intrigado por los resultados, el conde habilitó el salón mayor del Hotel Sainte-Avoye, donde, además de los miembros habituales, fueron invitadas algunas personalidades universitarias.

El informe sobre el caso de Mauroy se transformó en el mayor respaldo que podía tener la Academia de Montmor frente a las críticas. El conde hizo trabajar a dos expertos calígrafos en la reproducción del texto, pues deseaba llevarlo en persona al rey y a los miembros de la Academia Real. Quería sembrar París con los resultados obtenidos, esta vez convencido de que nuestros adversarios, en especial Basile de Chien y Thomas Renard, terminarían por darnos el merecido crédito. “Traje al animal del patio y lo atamos a la camilla. Con Mauroy, en cambio, no tuvimos la misma suerte. Tras varios intentos por sentarlo en la silla, su modorra lo hizo imposible y preferimos no insistir.Una vez hecho el corte en el brazo izquierdo, un poco más arriba de la abertura anterior —que por cierto no había cicatrizado del todo—, vaciamos ocho grandes copas de sangre contaminada. En ninguno de los cuadernos sobre nuestro procedimiento ni en los repetidos en el resto de Europa se registraban las reacciones que tuvo Mauroy una vez conectado el cilindro de plata. Sin el menor signo que pudiésemos advertir, el cuerpo del carpintero comenzó a estremecerse sobre la camilla como si una fuerza invisible lo azotara sobre la superficie de metal. Aún no habíamos hecho el puente entre él y el cordero cuando le sobrevino un acceso de temblores que desprendió la cánula incrustada en su brazo. Solo en los casos de posesión demoníaca se mencionaban fenómenos similares a los de aquella noche de enero. Con la herida abierta sin resguardo, el loco comenzó a sangrar profusamente. Los informes de policía determinaron que Antoine Mauroy falleció la noche siguiente de su visita a Grands-Agustins de Quai. Perrine Mauroy demandó a Denis por ejecución de malas artes que ocasionaron la muerte de su marido. Inducida por los médicos de la universidad, llegó hasta el Tribunal Penal de Châtelet, el cual ordenó la inmediata detención del doctor.

Lo mataron con arsénico —dijo—. Con arsénico en la comida. Son los mismos síntomas. Se produjo un silencio tan parecido al asombro como al pavor. Si tenía sentido, aquello debía probarse mediante la exhumación autorizada del cadáver y la necropsia correspondiente, pero las leyes no permitían ningún tipo de indagación de esa naturaleza, menos aún argumentando sospecha de envenenamiento por arsénico, muy fácil de confundir en sus síntomas con dolencias menores. Cualquier petición implicaba un largo trámite que no garantizaba nada. Y si teníamos suerte, si Montmor lograba el permiso para acceder al cadáver, los tejidos del cuerpo ya habrían terminado de corromperse y ninguna diligencia podría darnos la razón frente a un cuerpo agusanado. A pesar de haber sido exculpado, Denis nunca volvió a su proyecto y solo prestó atención a trabajos menores relacionados con filosofía y matemáticas. Pronto también supimos que en Roma, Hamburgo y otras ciudades de Europa las academias y centros de estudio abandonaron sus experimentos con sangre animal. Denis ni siquiera tuvo ánimo de comentar aquellas noticias, pero en nuestras últimas conversaciones dijo sentirse satisfecho, que ya había aportado lo suyo y no tenía otra cosa por hacer.

El texto recibido del Parlamento el 10 de enero de 1670. Me permito reproducirlo en lo central:

«Prohíbase a todos los médicos y cirujanos efectuar la transfusión de sangre bajo pena de castigo corporal. Las terapéuticas extraordinarias llevan al camino del exceso, son generalmente peligrosas y no conducen a albergar certezas de ningún orden. Por una que haya tenido éxito, por una notable excepción, todas las otras terminaron y terminarán siempre en la muerte de los pacientes».

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I found a brief interesting as entertaining book.

Count Habert de Montmor knew Jean-Baptiste Denis very well and always considered him one of the most outstanding researchers of the group he sponsored. Perhaps the few able to stand on equal terms with any of the members of the Royal French Academy of Sciences, our fierce opponents and with whom we fought strong disputes to place us at the head of scientific advances. Although it was common for the postulates of the doctor to generate controversy, over time those arguments and attempts to prove their hypotheses made Montmor see in him who should lead medical research in the academy that bore his name.

Our work began on the afternoon of March 3, 1667. After reading carefully the reports arrived from London, Denis estimated that the success of the procedure was in using an artery from the paw of the dog instead of the carotid one, because that way they could manage unforeseen because of excess volume or blood pressure. Between March and May of 1667, after fifteen successful transfusions among dogs – in addition to some exceptional between a calf and a mastiff, or between four adult rams and a young horse -, we were able to present our report in an extraordinary session of the Montmor Academy. Intrigued by the results, the Count authorized the main hall of the Hotel Sainte-Avoye, where, in addition to the usual members, some university personalities were invited.

The report on Mauroy’s case became the strongest support the Montmor Academy could have against criticism. The count had two expert calligraphers working on the reproduction of the text, since he wished to take it personally to the king and to the members of the Royal Academy. I wanted to sow Paris with the results obtained, this time convinced that our adversaries, especially Basile de Chien and Thomas Renard, would end up giving us the well-deserved credit. “I brought the animal from the yard and tied it to the stretcher. With Mauroy, however, we did not have the same luck. After several attempts to seat him in the chair, his drowsiness made it impossible and we preferred not to insist. Once the cut was made in the left arm, a little above the previous opening -which certainly had not healed completely-, we emptied eight big cups of contaminated blood. In none of the notebooks about our procedure or those repeated in the rest of Europe were the reactions that Mauroy had once the silver cylinder was connected. Without the slightest sign we could notice, the carpenter’s body began to shudder on the stretcher as if an invisible force lashed him on the metal surface. We had not yet made the bridge between him and the lamb when he had an access of tremors that detached the cannula embedded in his arm. Only in cases of demonic possession were phenomena similar to those of that January night mentioned. With the wound open without protection, the madman began to bleed profusely. Police reports determined that Antoine Mauroy died the night after his visit to Grands-Agustins de Quai. Perrine Mauroy sued Denis for execution of bad arts that caused the death of her husband. Induced by the doctors of the university, it arrived until the Penal Court of Châtelet, which ordered the immediate arrest of the doctor.

They killed him with arsenic, “he said. With arsenic in the food. They are the same symptoms. There was a silence as similar to amazement as awe. If it made sense, this had to be proven by the authorized exhumation of the corpse and the corresponding necropsy, but the laws did not allow any type of investigation of that nature, much less arguing suspicion of arsenic poisoning, very easy to confuse in its symptoms with minor ailments. . Any request involved a long process that did not guarantee anything. And if we were lucky, if Montmor got the permission to access the corpse, the tissues of the body would have already been corrupted and no diligence could give us reason in front of a corusanado body. In spite of being exculpated, Denis never returned to his project and only paid attention to minor works related to philosophy and mathematics. Soon we also learned that in Rome, Hamburg and other cities in Europe the academies and study centers abandoned their experiments with animal blood. Denis did not even have the courage to comment on the news, but in our last conversations he said he felt satisfied, that he had already contributed his thing and had nothing else to do.

The text received from Parliament on January 10, 1670. Allow me to reproduce it in the central part:

“All physicians and surgeons are prohibited from carrying out the blood transfusion under pain of corporal punishment. The extraordinary therapeutics lead to the path of excess, are generally dangerous and do not lead to harbor certainties of any order. For one that has succeeded, by one notable exception, all others have ended and will always end in the death of patients”.

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