La Familia Que No Podía Dormir — D.T.Max / The Family That Couldn’t Sleep: A Medical Mystery by D.T.Max

Este relato de las enfermedades encefalopáticas espongiformes basadas en priones cubre mucho terreno: la familia italiana del título que padece FFI (insomnio familiar fatal), la misteriosa epidemia de kuru entre la tribu Fore de Nueva Guinea, eventualmente vinculada a la práctica de comer el cerebro de sus antepasados muertos, la rara enfermedad de Creuzfeldt-Jacob (ECJ) transmitida genéticamente, varias encefalopatías espongiformes animales, desde la tembladera en ovejas hasta la enfermedad de las vacas locas y la enfermedad de desgaste crónico en los venados. Todas estas enfermedades comparten una característica común: se transmiten por un agente infeccioso de la clase que los científicos hasta hace poco no se sabía, y el tiempo de incubación desde la infección hasta la manifestación de los síntomas de la enfermedad es notablemente largo. Los culpables son * priones *, que son un tipo de proteína pícara. La idea de que una proteína podría actuar como un agente infeccioso voló completamente frente a la sabiduría científica recibida hasta la fecha cuando se introdujo por primera vez y la ciencia subyacente a esta clase de enfermedades cerebrales degenerativas es compleja y controvertida.
La exposición del autor es clara, pero en última instancia, creo que no hace justicia completa al material (lo que es realmente fascinante). Puede ser que su alcance sea demasiado ambicioso: con tanto terreno por cubrir, la exposición a veces se vuelve imprecisa. Para ser justos, no puede haber un solo nivel de detalle “correcto” que se adapte a todos los lectores, y D.T. Max generalmente muestra un buen juicio sobre qué incluir para mantener la exposición inteligible mientras sigue adelante con su historia.
Dicho esto, el material relacionado con el kuru, el canibalismo entre el Fore y el vínculo con la tembladera, la ECJ y la enfermedad de las vacas locas ya se presentó en el libro de Richard Rhodes de 1998, “Fiestas mortales: seguimiento de los secretos de una terrorífica nueva plaga “. Preferí la cuenta de Rhodes: su exposición de la ciencia era más clara, y pensé que contaba una historia mejor y más precisa.
Sin embargo, no hay mucho para elegir entre los dos, y el libro de Max tiene el material adicional sobre FFI, que es interesante por derecho propio. En mi opinión, Max comete un error de juicio, que incluye una explicación de su propia enfermedad (a él se le ha diagnosticado una enfermedad de Charcot-Marie-Tooth que, aunque es un trastorno muscular neurodegenerativo, no está relacionado con los priones ni es un amiloide). enfermedad de la placa). La inclusión de este material esencialmente irrelevante es una distracción, que simplemente confunde la exposición.

Una crítica final es que Max incluye una discusión incondicional de supuestos “grupos” geográficos de casos de ECJ, basados únicamente en su identificación por parte de los familiares de los pacientes, a los que se refiere como “Creutzfeldt Jakobins” (una acuñación horrible, moneda de estaño, que parece pensar que es inteligente). Estos llamados agrupamientos son casi totalmente falsos, basados en una aplicación incorrecta de los modelos de probabilidad relevantes y el hecho de que Max no haya identificado el error que le resta valor a su objetividad como escritor científico y contribuye a la presentación de escenarios de propagación de enfermedades que son excesivamente alarmistas. La discusión sobre las posibles opciones de tratamiento en el capítulo final también me pareció débil, una interpretación excesiva de lo que son esencialmente datos anecdóticos. Uno ve este tipo de sobreinterpretación todo el tiempo en la prensa popular, pero habría esperado algo mejor de un escritor científico con experiencia como D.T. Max.
Sin embargo, estas son críticas menores de este relato bien escrito de un tema fascinante.

La historia de los priones tiene una diferencia interesante con la de las bacterias y los virus de los primeros asentamientos agrícolas. Refuta la teoría tan bien expuesta por Darwin de que la vida consiste en una competencia entre individuos para propagar sus genes. Los priones no son más que proteínas; no están vivos. No tienen ningún ADN que transmitir. No compiten con nosotros ni intentan incrementar su número, como los virus y las bacterias, sino que no son más que unas moléculas que se atraen, se repelen, se pliegan y se pliegan mal en virtud de unas fuerzas químicas. Los hallazgos en el campo de las enfermedades priónicas han ayudado a arrojar luz sobre esas otras dolencias y es posible que, con el tiempo, ayuden a encontrar su curación.
Por motivos tanto simbólicos como medioambientales, estamos en la era del prion, y no podría ser de otra manera. Los priones ocupan la intersección entre la ambición humana y la imprevisibilidad de la naturaleza, y no es fácil saber qué es más peligroso.

Las enfermedades no eran una cosa nueva para las ovejas. El braxy o edema maligno, la enfermedad convulsiva, la hepatitis necrótica infecciosa, la duela del hígado y la sarna no eran más que algunas de sus patologías. Y, para cada enfermedad presente en la granja, había una supuesta cura: trementina, tabaco, tintura de mercurio o una taza de rocío mezclada con hoja de acebo. Pero la enfermedad que aquejaba a las ovejas de Beal era distinta. Para empezar, causaba rápidamente la muerte. Entre el primer síntoma y la muerte no transcurría más que un par de meses. Además, la enfermedad parecía estar extendiéndose: según Beal, en los últimos 40 años se había generalizado en su condado. Los granjeros la llamaban raquitismo, como el mal que debilitaba las piernas de los niños. En los seres humanos el raquitismo se había diagnosticado por primera vez en Europa solo 100 años antes, es decir, era una enfermedad relativamente nueva, de modo que parecía razonable preguntarse si podía estar apareciendo también en los ovinos. Pero los granjeros no eran médicos y nadie había intentado responder a la pregunta. Pronto, la «temible enfermedad» de Comber se había extendido por toda Inglaterra; a principios del siglo xix había llegado a Escocia, donde, hacia mediados de siglo, los ganaderos empezaron a llamarla «tembladera». Los conocimientos sobre las enfermedades del campo eran tan locales como los dialectos y los alimentos, y en otros lugares la tembladera recibió nombres variados: rubbers and euky pine (muerte súbita y prurito), frenzies (furores), giddies (vértigos), scratchie (irritación), shrewcroft (la granja de las brujas, es decir, un «lugar malo»), turnsick (enfermar), dizzies (mareos), shaking (temblores) y «cuddy-trot» (los «cuddies» eran ponis). El término más frecuente era goggles, bien un derivado de giddies en el dialecto de Gloucestershire, o bien con el significado de anteojos, por el efecto que tiene la enfermedad en los ojos del animal. Para 1820 la tembladera amenazaba con destruir los sectores de la carne de cordero y la lana en todo el continente. Además, cuestionaba la tendencia positiva, la sensación de que la vida, en general, era cada vez más agradable. Las cosechas cada vez más abundantes y las ovejas cada vez más gordas habían hecho que incluso el pesimista de Malthus, en la segunda edición de su Ensayo sobre la población, revisara su convicción de que la humanidad iba a morir de hambre. No obstante, la idea de que unos insectos causaran la tembladera era interesante. Las ovejas eran, en general, unos animales llenos de parásitos y la teoría de los gusanos proporcionaba una causa visible, o casi visible. Mientras Beal encontraba larvas en sus ovejas infestadas de tembladera, un profesor francés de economía rural, llamado Hénon, consiguió extraer un gusano de una oveja con tembladera. Poco después la oveja «recobró su alegría y su apetito», escribió. Lo que puso fin a la gran epizootia de tembladera de principios del xix fue la misma fuerza que la había desencadenado: el mercado. Joseph Banks era un hombre de numerosos proyectos y a través de uno de ellos había ayudado a fundar la colonia inglesa de Australia. Y cuando Australia, con sus millones de hectáreas de pastos y sus costes de explotación más bajos, se incorporó al negocio ovino a mediados de siglo, el sector europeo se derrumbó. La cría endogámica de ovejas dejó de ser rentable y, sin la presión de la cría selectiva, las razas resistentes a la tembladera empezaron a ser de nuevo predominantes en los rebaños. La tembladera no desapareció, pero se convirtió en un problema menor, «una oscura enfermedad de las ovejas».

Vincent Zigas estudió los síntomas del kuru. Las víctimas tenían escalofríos en pleno calor. Los ojos se les ponían vidriosos y bizcos. Perdían el sentido del equilibrio. Algunos andaban con torpeza o se caían sin cesar. Otros parecían estar bien salvo por el temblor de las manos, que parecía ser el primer síntoma. Muchos fore enfermos, cuando Zigas les preguntaba cómo se encontraban, se reían a lo tonto o a carcajadas, una reacción nerviosa e involuntaria. Zigas aprendió a predecir quién iba a ser víctima del kuru por la extraña postura de la cabeza.
Zigas quería saber cuál era la causa de la enfermedad, así que envió muestras de sangre al oficial responsable de sanidad en Port Moresby. Cuando no supieron qué decirle, envió muestras de suero e incluso un cerebro —después de convencer a la familia de la víctima para que se lo diera— al Hall Institute de Melbourne, el mejor laboratorio de Australia. Allí, el doctor Gray Anderson, experto virólogo, buscó en vano indicios de virus o bacterias. Fuera lo que fuera el kuru, no hacía que las víctimas generaran anticuerpos.
Iba surgiendo más información confusa. Zigas no dejaba de encontrarse con enfermos de kuru que decían que se habían curado. ¿Había dos kurus, pues, uno genuino y otro falso? Para Zigas, una enfermedad que podía brotar y desaparecer y daba todos los resultados negativos en el laboratorio quería decir que los fore estaban sufriendo histeria colectiva.
Sin embargo, a los fore no les costaba nada entender su situación. Sabían que el kuru era una enfermedad física y el producto de la brujería, y esa realidad dual no les incomodaba en absoluto. No porque no creyeran en la infección. Sabían que la infección invadía rápidamente a unas personas que estaban juntas y compartían la comida y la bebida. La infección podía hacer que toda una aldea pasara de estar bien a estar enferma en el plazo de un día o de una semana. Pero el kuru no se propagaba así. Atacaba a las mujeres y los niños mucho más que a los hombres, y a veces mataba a familias enteras menos al padre. También daba la impresión de afectar a mujeres que se habían marchado de la aldea años antes para casarse con forasteros. Eso hacía que los fore estuvieran aún más convencidos de que era cuestión de brujería. Al final, fueron dos antropólogos los que resolvieron el misterio del kuru. En los años sesenta, un matrimonio de antropólogos australianos, Robert y Shirley Glasse, fueron a la región de los fore enviados por su Gobierno para trazar el linaje de todas las víctimas del kuru y ver qué parentesco tenían entre sí. Los fore no tenían la misma idea de familia que los occidentales, no hacían una distinción clara entre amigos y parientes, por lo que para desentrañar las complejas relaciones y establecer unas genealogías válidas iba a hacer falta un gran esfuerzo por parte de alguien entrenado en la recogida de datos. A los australianos les pareció bien: los antropólogos salían más baratos que los médicos y aguantaban peores condiciones de vida.

La regla de oro para probar que los priones causan infecciones sigue siendo fabricar un prion en un tubo de ensayo y luego inyectarlo en un animal de laboratorio que entonces contraiga una enfermedad priónica. El laboratorio de Prusiner y otros estuvieron 20 años intentando este experimento hasta que, en julio de 2004, el laboratorio de Prusiner anunció que había tenido éxito. Durante un breve periodo tuvo en sus manos el Santo Grial. «Tenemos pruebas concluyentes —dijo a The New York Times—. Lo hemos hecho»160. No tan deprisa, dijeron los escépticos sobre el prion y los detractores de Prusiner (a estas alturas, prácticamente la misma cosa). Resulta que Prusiner había criado los ratones con genes priónicos reforzados, lo cual permitió que enfermaran con mucha menos proteína priónica de la necesaria en condiciones naturales. De hecho, los ratones estaban tan preparados para contraer enfermedades priónicas que algunos las contrajeron sin que les pusieran una inyección. El laboratorio de Prusiner contestó que estaban trabajando en otro experimento usando ratones normales. Alan Dickinson, el investigador de la tembladera en el Moredun Institute de Escocia y escéptico de la teoría de los priones. En los primeros años de este siglo, partiendo de la hipótesis de que la enfermedad de las vacas locas procedía de la tembladera, Europa se propuso criar ovejas resistentes a la enfermedad para eliminar la «mina» de la que pudiera salir otro brote de EEB. Por desgracia, desde entonces, los científicos han descubierto que los genotipos que otorgan resistencia a la mayoría de las cepas de tembladera otorgan al mismo tiempo vulnerabilidad a otras. Por otra parte, unos investigadores franceses descubrieron que la enfermedad de las vacas locas había saltado a las cabras203. Los priones cambian de forma y de potencia cuando saltan de una especie a otra, así que nadie sabe si el nuevo prion de la EEB caprina será también peligroso para las ovejas, las vacas y los humanos o solo para las cabras. A pesar de todos nuestros esfuerzos, da la impresión de que somos más vulnerables que nunca.

Existe otra enfermedad priónica en Estados Unidos, la caquexia crónica. Si el mal de las vacas locas es la historia de una enfermedad provocada por buscar el beneficio, la caquexia es una enfermedad nacida de la búsqueda del prestigio. Afecta a alces y ciervos, y se ha descubierto en poblaciones animales de media docena de estados estadounidenses, además de Canadá y Corea del Sur. Los síntomas de la caquexia crónica son similares a los de otras enfermedades priónicas: el animal empieza por orinar y sudar en exceso, luego pierde peso, las piernas dejan de sostenerlo y, por último, cae fulminado. En Estados Unidos no se ha confirmado más que un puñado de casos de vacas locas; en cambio, sabemos que la caquexia crónica ya ha matado probablemente a miles de ciervos. La selección estableció una tasa de infección de casi el dos por ciento, muy alta para una enfermedad en la naturaleza. La cacería de 2002 no mató a todos los ciervos, así que el programa de erradicación se prolongó a 2003 y luego a 2004, y continuó en 2005. En el tercer año, 2004, la superficie inicial —que se veía en un impresionante mapa topográfico en el cuartel general de zona del Departamento de Recursos Naturales— había pasado de 1000 a 3800 kilómetros cuadrados, para controlar la difusión de la enfermedad. En la zona más infectada, la cacería de 2004 encontró una tasa de infección de entre el ocho y el 12 por ciento, que se mantuvo en 2005. Dado el cálculo del departamento de que, sin intervención humana, la caquexia crónica podía infectar al 40 por ciento de los ciervos de todo el estado en un plazo de entre diez y 30 años, podría interpretarse que la lucha contra la caquexia había llegado a un punto muerto.

La quinacrina está formada por moléculas muy pequeñas. Esa fue la primera cualidad que atrajo a los investigadores del prion: podía atravesar la barrera entre sangre y cerebro. En 1997 los laboratorios estaban probando compuestos derivados de la quinacrina en tubos de ensayo con células de ratón infectadas con priones. Un investigador japonés llamado Katsumi Doh-Ura, en colaboración con Byron Caughey, del NIH, fue el primero en publicar, en el año 2000, un informe en el que decía que el fármaco podía reducir la infectividad, pero, como de costumbre, el laboratorio de Prusiner en San Francisco, que notificó unas conclusiones similares un año más tarde, se llevó todos los honores. La quinacrina en grandes dosis causa esterilidad, temblores y daños en el hígado. De ahí que, en cuanto el Ejército pudo sustituirla por otra sustancia sintética para curar la malaria, lo hizo. Rachel Forber estaba recibiendo una dosis muy alta de quinacrina: en el hospital, estaba tan amarillenta por los daños que estaba sufriendo su hígado que los médicos la llamaban «la Princesa Limón». Después de que le dieran el alta, su hígado empezó a fallar y tuvo que dejar de tomar las pastillas. A medida que eliminaba la quinacrina de su organismo, regresaron los viejos síntomas. Empeoró a toda velocidad y murió en diciembre de 2001, seis meses después del diagnóstico. Hasta ahora, más de 300 pacientes con enfermedades priónicas han probado la quinacrina y, según Graham Steel, el responsable de la CJD Alliance en Reino Unido, «todos están muertos».

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This account of prion-based spongiform encephelopathic diseases covers a lot of ground: the Italian family of the title suffering from FFI (fatal familial insomnia), the mysterious epidemic of kuru among the Fore tribe of New Guinea, eventually linked to the practice of eating their dead ancestors’ brains, the rare genetically transmitted Creuzfeldt-Jacob disease (CJD), various animal spongiform encephelopathies, from scrapie in sheep to mad cow disease to chronic wasting disease in deer. All of these diseases share a common feature – they are transmitted by an infectious agent of a kind thought until recently by scientists to be impossible, and the incubation time from infection to manifestation of disease symptoms is remarkably long. The culprits are *prions*, which are a type of rogue protein. The idea that a protein could act as an infectious agent flew completely in the face of scientific received wisdom to date when first introduced and the science underlying this class of degenerative brain diseases is both complex and controversial.
The author’s exposition is clear, but ultimately I think he does not do complete justice to the material (which is really fascinating). It may be that his scope is too ambitious – with so much ground to cover, the exposition occasionally lapses into sketchiness. To be fair, there can be no single “right” level of detail that would suit all readers, and D.T. Max generally shows good judgement about what to include to keep the exposition intelligible while moving his story along.
That said, the material related to kuru, cannibalism among the Fore, and the linkage to scrapie, CJD, and mad cow disease has already been presented in the 1998 book by Richard Rhodes, “Deadly Feasts: Tracking The Secrets Of A Terrifying New Plague”. I preferred the Rhodes account – his exposition of the science was clearer, and I thought he told a better, tighter story.
However, there’s not that much to choose between the two, and Max’s book does have the extra material about FFI, which is interesting in its own right. Max does make one misjudgement, in my opinion, which is to include an account of his own illness (he has been diagnosed with Charcot-Marie-Tooth disease which, although it is a neurodegenerative muscular disorder, is neither prion-related nor an amyloid plaque disease). Inclusion of this essentially irrelevant material is a distraction, which just muddies the exposition.

One final criticism is that Max includes an unquestioning discussion of putative geographical “clusters” of CJD cases, based solely on their identification by patients’ family members, whom he refers to as “Creutzfeldt Jakobins” (a hideous, tin-ear coinage, which he seems to think is clever). These so-called clusters are almost certainly spurious, based on an incorrect application of the relevant probability models and Max’s failure to identify the error detracts from his objectivity as a science writer and contributes to a presentation of disease spread scenarios which are unduly alarmist. The discussion of possible treatment options in the final chapter also struck me as weak, an over-interpretation of what are essentially just anecdotal data. One sees this kind of over-interpretation all the time in the popular press, but I would have expected better from a science writer as experienced as D.T. Max.
However, these are minor criticisms of this well-written account of a fascinating subject.

The history of prions has an interesting difference with that of the bacteria and viruses of the first agricultural settlements. It refutes Darwin’s theory that life is a competition between individuals to propagate their genes. Prions are nothing more than proteins; they are not alive. They do not have any DNA to transmit. They do not compete with us or try to increase their numbers, such as viruses and bacteria, but they are just molecules that attract, repel, fold and fold badly under chemical forces. The findings in the field of prion diseases have helped shed light on these other ailments and it is possible that, over time, they help to find their cure.
For both symbolic and environmental reasons, we are in the prion era, and it could not be otherwise. Prions occupy the intersection between human ambition and the unpredictability of nature, and it is not easy to know what is more dangerous.

Disease was not a new thing for sheep. Braxy or malignant edema, convulsive disease, infectious necrotic hepatitis, liver fluke and scabies were only some of their pathologies. And, for every disease present on the farm, there was a supposed cure: turpentine, tobacco, tincture of mercury or a cup of dew mixed with holly leaf. But the disease that afflicted Beal’s sheep was different. To begin with, it quickly caused death. There was only a couple of months between the first symptom and death. In addition, the disease seemed to be spreading: according to Beal, in the last 40 years it had become widespread in his county. Farmers called it rickets, like the evil that weakened the legs of children. In humans, rickets had been diagnosed for the first time in Europe only 100 years earlier, that is, it was a relatively new disease, so it seemed reasonable to ask if it could also be appearing in sheep. But the farmers were not doctors and nobody had tried to answer the question. Soon Comber’s “fearsome disease” had spread throughout England; at the beginning of the nineteenth century he had arrived in Scotland, where, around the middle of the century, farmers began to call it “scrapie.” Knowledge of field diseases was as local as dialects and food, and elsewhere scrapie received various names: rubbers and euky pine (sudden death and pruritus), frenzies (furores), giddies (vertigos), scratchie ( irritation), shrewcroft (the witches’ farm, that is, a “bad place”), turnsick (sick), dizzies (dizziness), shaking (tremors) and “cuddy-trot” (the “cuddies” were ponies). The most frequent term was goggles, either a derivative of giddies in the Gloucestershire dialect, or with the meaning of glasses, because of the effect that the disease has on the eyes of the animal. By 1820 the scrapie threatened to destroy the lamb and wool sectors throughout the continent. In addition, he questioned the positive trend, the feeling that life, in general, was becoming more pleasant. The increasingly abundant harvests and the increasingly fat sheep had made even the pessimist of Malthus, in the second edition of his Essay on the Population, revise his conviction that humanity was going to die of hunger. However, the idea that insects caused scrapie was interesting. The sheep were, in general, animals full of parasites and the theory of the worms provided a visible, or almost visible, cause. While Beal found larvae in his sheep infested with scrapie, a French professor of rural economy, named Hénon, managed to extract a worm from a sheep with scrapie. Shortly after the sheep “regained his joy and appetite,” he wrote. What put an end to the great scrapie epizooty of the early nineteenth century was the same force that had unleashed it: the market. Joseph Banks was a man of numerous projects and through one of them he had helped to found the English colony of Australia. And when Australia, with its millions of hectares of pastureland and its lower exploitation costs, joined the sheep business at mid-century, the European sector collapsed. Inbreeding of sheep ceased to be profitable and, without the pressure of selective breeding, the scrapie-resistant breeds became again predominant in the herds. The scrapie did not disappear, but it became a minor problem, “a dark disease of the sheep”.

Vincent Zigas studied the symptoms of kuru. The victims had chills in the heat. The eyes became glassy and cross-eyed. They lost the sense of balance. Some walked clumsily or fell endlessly. Others seemed fine except for the trembling of the hands, which seemed to be the first symptom. Many sick fore, when Zigas asked them how they were, laughed at the foolish or laughter, a nervous and involuntary reaction. Zigas learned to predict who would be a victim of the kuru by the strange posture of the head.
Zigas wanted to know what the cause of the disease was, so he sent blood samples to the responsible health officer in Port Moresby. When they did not know what to tell him, he sent samples of serum and even a brain – after convincing the victim’s family to give it to him – to the Hall Institute in Melbourne, the best laboratory in Australia. There, Dr. Gray Anderson, a virologist expert, looked in vain for signs of viruses or bacteria. Whatever the kuru was, it did not cause the victims to generate antibodies.
More confusing information was emerging. Zigas did not stop meeting with patients of kuru who said that they had been cured. Were there two Kurus, then, one genuine and one false? For Zigas, a disease that could erupt and disappear and gave all the negative results in the laboratory meant that the fore were suffering from mass hysteria.
However, it was not difficult for the foremen to understand their situation. They knew that kuru was a physical disease and the product of witchcraft, and that dual reality did not bother them at all. Not because they did not believe in the infection. They knew that the infection quickly invaded people who were together and shared food and drink. The infection could make an entire village go from being well to being sick within a day or a week. But the kuru did not spread like that. It attacked women and children much more than men, and sometimes killed whole families except the father. It also seemed to affect women who had left the village years before to marry outsiders. That made the fore were even more convinced that it was a matter of witchcraft. In the end, it was two anthropologists who solved the mystery of kuru. In the sixties, a marriage of Australian anthropologists, Robert and Shirley Glasse, went to the fore region sent by their government to trace the lineage of all the victims of kuru and see what kinship they had with each other. The Fore did not have the same family idea as the Westerners, they did not make a clear distinction between friends and relatives, so to unravel the complex relationships and establish valid genealogies it would take a great effort on the part of someone trained in the data Collect. It seemed good to the Australians: anthropologists came out cheaper than doctors and endured worse living conditions.

The golden rule to prove that prions cause infections is still to make a prion in a test tube and then inject it into a laboratory animal that then contracts a prion disease. The laboratory of Prusiner and others spent 20 years trying this experiment until, in July 2004, the Prusiner laboratory announced that it had succeeded. For a brief period he had the Holy Grail in his hands. “We have conclusive evidence,” he told The New York Times. We have done it »160. Not so quickly, said the skeptics about the prion and the detractors of Prusiner (at this point, practically the same thing). It turns out that Prusiner had raised the mice with reinforced prion genes, which allowed them to get sick with much less prion protein than is necessary under natural conditions. In fact, mice were so prepared to contract prion diseases that some contracted them without being given an injection. The Prusiner lab replied that they were working on another experiment using normal mice. Alan Dickinson, the scrapie researcher at the Moredun Institute in Scotland and skeptical of prion theory. In the early years of this century, based on the hypothesis that mad cow disease came from scrapie, Europe set out to breed sheep resistant to the disease to eliminate the “mine” from which another BSE outbreak could emerge. Unfortunately, since then, scientists have discovered that the genotypes that give resistance to most strains of scrapie give at the same time vulnerability to others. On the other hand, French researchers discovered that mad cow disease had jumped on the goats203. Prions change shape and potency when they jump from one species to another, so nobody knows if the new prion of goat BSE will also be dangerous for sheep, cows and humans or just for goats. Despite all our efforts, it gives the impression that we are more vulnerable than ever.

There is another prion disease in the United States, chronic wasting disease. If the mad cow disease is the story of a disease caused by seeking the benefit, cachexia is a disease born of the pursuit of prestige. It affects moose and deer, and has been discovered in animal populations of half a dozen US states, as well as Canada and South Korea. The symptoms of chronic wasting disease are similar to those of other prion diseases: the animal begins to urinate and sweat excessively, then loses weight, the legs stop supporting it and, finally, falls fulminated. In the United States, only a handful of mad cow cases have been confirmed; instead, we know that chronic wasting disease has already killed probably thousands of deer. The selection established an infection rate of almost two percent, very high for a disease in nature. The 2002 hunt did not kill all the deer, so the eradication program lasted to 2003 and then to 2004, and continued in 2005. In the third year, 2004, the initial area – which looked like an impressive topographic map in the zone headquarters of the Department of Natural Resources-had passed from 1000 to 3800 square kilometers, to control the spread of the disease. In the most infected area, the 2004 hunt found an infection rate of between eight and 12 percent, which remained in 2005. Given the department’s estimate that, without human intervention, chronic wasting disease could infect 40 percent of the deer from all over the state within ten to 30 years, it could be interpreted that the fight against cachexia had reached a stalemate.

Quinacrine is made up of very small molecules. That was the first quality that attracted the researchers of the prion: it could cross the barrier between blood and brain. In 1997, laboratories were testing compounds derived from quinacrine in test tubes with mouse cells infected with prions. A Japanese researcher named Katsumi Doh-Ura, in collaboration with Byron Caughey of the NIH, was the first to publish, in 2000, a report in which he said that the drug could reduce infectivity, but, as usual, the Prusiner’s laboratory in San Francisco, which reported similar findings a year later, took all the honors. Quinacrine in large doses causes sterility, tremors and liver damage. Hence, as soon as the Army could replace it with another synthetic substance to cure malaria, it did so. Rachel Forber was receiving a very high dose of quinacrine: in the hospital, she was so yellow from the damage her liver was suffering that doctors called her “Princess Lemon.” After he was discharged, his liver started to fail and he had to stop taking the pills. As he eliminated the quinacrine from his body, the old symptoms returned. He got worse at full speed and died in December 2001, six months after diagnosis. So far, more than 300 patients with prion diseases have tried quinacrine and, according to Graham Steel, the head of the CJD Alliance in the UK, “everyone is dead”.

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