Comunidades Rotas. Una Historia Global De Las Guerras Civiles, 1917-2017 — Javier Rodrigo & David Alegre / Broken Communities A Global History of Civil Wars, 1917-2017 by Javier Rodrigo & David Alegre (spanish book edition)

Un muy buen libro para interesados en el tema. Una guerra es siempre una gigantesca máquina de generar orfandades, viudedades, y esa forma de pérdida que no tiene nombre que supone la muerte de la descendencia. Una guerra civil, además, es una forma particularmente cruel de perder a los seres queridos. Que quien dispara la bala que fusila, el mortero que despedaza o la bomba que desmiembra hable el mismo idioma que la víctima, sea un vecino de la misma comunidad o un conciudadano del mismo país puede no ser importante a efectos de la muerte, pero desde luego sí que lo es para entender su porqué, sus causas, su duración en la memoria, su impacto en la cultura.
La guerra civil: una de las formas más extremas, crueles y generalizadas de violencia durante buena parte del siglo XX. En Europa, Asia, África y América, el vórtice de su huracán arrasó países, partió naciones y aniquiló comunidades. Ninguna herramienta funcionó mejor para desplegar revoluciones o repelerlas, para construir naciones, expulsar a minorías étnicas o políticas, asegurar dominios transnacionales o para aniquilar al enemigo interno, vecino, connacional. Y es un fenómeno vigente.

El XX: siglo de guerras totales, de ocupación, de guerras civiles, de genocidios, desplazamientos forzosos, terrorismos, narcoguerras, insurgencias, pero también de tráfico de armas y exportación de los conflictos armados a las periferias de los bloques occidental y comunista. En definitiva, centuria de violencia y de terror. Hay pasados cuyas víctimas se cuentan por cientos. Otros, en los cuales los números requieren horquillas de miles o hasta decenas de miles de muertos. Con 20 millones de muertos y 67 millones de desplazados, y en tanto que contexto para todo tipo de violencias de naturaleza política, étnica, cultural, religiosa o de otra índole, el primado de la guerra civil como la principal forma de conflicto armado en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial es indiscutible. De hecho, aunque el XX sea el siglo en que alcanza mayor presencia y virulencia, ya mucho antes contaba con un protagonismo histórico evidente.

Primera premisa. La guerra civil es elusiva. Es el tipo de guerra que más se resiste a ser nombrada. Pocas veces se denominan como tales salvo a posteriori. Y casi nunca sus contendientes reconocen estar combatiéndolas. Por muchos motivos, pero sobre todo porque la descripción de un conflicto como una guerra civil puede otorgar legitimidad al contendiente. Segunda premisa. Lejos de una definición única y ampliamente reconocida, la de la guerra civil en la era contemporánea es la historia narrativa de una construcción conceptual. Tercera y última premisa. Pese a su reconocida centralidad en las escalas de la violencia humana del siglo XX, el debate sobre qué es y qué no es una guerra civil está, casi entrando en la tercera década del siglo XXI, más abierto que nunca. Sobre todo, a raíz de la proliferación de guerras internas durante y a la finalización de la Guerra Fría, el significado y las connotaciones del sintagma se han hecho cada vez más complejos y borrosos. La aparición del fenómeno de las «nuevas» guerras civiles, los conflictos de diversa intensidad en situaciones de descolonización o en el marco de estados fallidos han llevado a una acusada ampliación de sus significados. Estas tres premisas bien podrían resumirse en una sola: no existe una definición válida y omnicomprensiva de la guerra civil porque las que existen son herederas de su tiempo y su contexto, y porque todas ellas suponen simplificar realidades de una complejidad y variabilidad extremas. Así se ha puesto de manifiesto desde las primeras definiciones normativizadas que se desarrollaron en el siglo XIX hasta la actual revisión conceptual. Ideología, intracomunidad y bipolaridad son elementos recurrentes en cualquier intento de definición de una guerra civil. No son, desde luego, los únicos válidos: desde la contingencia se sabe que las guerras civiles no siempre son intracomunitarias ni bipolares. Que nacen muchas veces de la fragmentación del poder estatal o de su desaparición, dando lugar a la aparición en un mismo escenario de múltiples agentes en forma de bandas armadas, paraestados y estados. Que, siendo nacionales, también suelen ser internacionales. Y que la dimensión ideológica de los combatientes es importante, pero desde no el único. Las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XX estuvieron muy marcadas por la aparición de nuevas formas de control político, explotación económica e intervención militar mediante lo que se conoce como guerras subsidiarias (proxy wars), donde estados y corporaciones han propiciado de forma directa y/o han participado de forma indirecta en conflictos locales proporcionando apoyo material, político y humano.

La dependencia extrema de los contendientes frente al exterior, sean estados, paraestados, mercenarios o guerrillas, explica también que haya acabado por imponerse un modelo de hacer la guerra irregular. Como es propio de este, se ha caracterizado por los abusos de todo tipo en forma de violaciones, exacciones materiales y monetarias y conscripciones, con su epítome en el fenómeno de los niños-soldado, algo favorecido también por la ausencia de buenas infraestructuras, el aislamiento y la naturaleza del terreno. Finalmente, si alguna cosa ha definido y hasta cierto punto ha diferenciado a las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XX respecto a las de sus primeros cincuenta años es que con contingentes cada vez menores y, por tanto, un número menor de bajas militares, las bajas civiles directas o indirectas han aumentado exponencialmente, todo ello sin olvidar las consecuencias irreparables a nivel territorial por la destrucción del tejido demográfico, el desplazamiento masivo de poblaciones. Sin embargo, no todas las guerras fueron igual de violentas, ni de destructivas. No todas duraron de manera casi indefinida, ni en todas se hallan los porcentajes de asesinatos y las mismas mecánicas represivas. Pese a las diferencias internas, cabe subrayar al menos tres conclusiones preliminares. En primer lugar, y como norma general, la guerra sirve como marco propiciatorio para la violencia. Sin la guerra, los índices de violencia son siempre considerablemente menores, exceptuando quizás la puesta en marcha o la potenciación de proyectos revolucionarios, como en el caso de la industrialización y la colectivización de la Unión Soviética durante las primeras décadas de Iósif Stalin (1878-1953) en el poder o la ruralización y colectivización de Camboya por los Jemeres Rojos. Las guerras civiles acarrean admitir que la brutalización, la alterización, la heterofobia y la aceptación del asesinato, la expulsión, la deportación, la tortura o el sometimiento al trabajo forzoso pudieron tener lugar no a resultas de una invasión externa, sino en el seno de la misma comunidad nacional. Por ese motivo, y pese a que han generado menos bajas y menos sufrimiento sobre civiles y combatientes que las mundiales, se siguen considerando como epítomes de la crueldad y la barbarie.

Europa vivió uno de esos ciclos bélicos entre 1914, o incluso desde 1912-1913 si incluimos en él las guerras balcánicas, y mediados de los años veinte. Como ha recordado recientemente Robert Gerwarth, el continente vivió no menos de veintisiete cambios de poder político, de carácter violento y acompañados no pocas veces de guerras civiles y conflictos internos, entre 1917 y 1920 (Gerwarth, 2016: 27). Entre 1917 y 1923 se sucedieron, además de conflictos internacionales e interestatales, también guerras internas de escala y magnitud variable, con la Primera Guerra Mundial como fenómeno disparador. El caso turco es particularmente interesante porque sirve como paradigma de la construcción de un Estado-nación en el marco de una guerra internacional, en este caso de la greco-turca, muy caracterizada por los conflictos y la violencia intracomunitarios cuyo fin era el control y conquista efectivos del territorio. De hecho, a la altura de septiembre de 1922 entre 150.000 y 200.000 griegos de Asia Menor y de la parte occidental de Anatolia habían sido ya evacuados e internados por las autoridades helenas en campos de refugiados improvisados en las islas del Egeo y en las inmediaciones de Tesalónica. En el año y medio posterior a la firma del Tratado de Lausana de noviembre de 1922, que ponía fin a las hostilidades, se sancionó lo que ya empezaba a ser una realidad de facto: la expulsión de casi un millón y medio de griegos de Anatolia, entre los cuales morirían decenas de miles fruto de la violencia brutal que presidió los traslados desde el interior de la península a manos de las comunidades musulmanas, pero no menos por la falta de medios y la incapacidad de un Estado griego ya de por sí pobre y hundido por la guerra para dar respuesta a un reto humanitario de tales proporciones. En España, durante la guerra civil de 1936-1939 se llegó a construir un poder de naturaleza revolucionaria, que desafió los derechos de la propiedad agrícola e industrial y desarrolló una radical y las más de las veces feroz recusación del orden cultural y religioso existente. Sin embargo, la contrarrevolución (antirrepublicana y antidemocrática) en España, y su forma más desarrollada, la fascista, no nacieron por reacción a la violencia revolucionaria, ni de hecho a la revolución en sí, sino que se valió más bien de ellas para su legitimación. Del mismo modo, la guerra civil italiana de 1943-1945, pese a tener como uno de sus contendientes al fenómeno contrarrevolucionario europeo más exitoso de Entreguerras, el fascismo, no fue una guerra entre revolución y contrarrevolución, primando más la soberanía territorial que el proyecto político en las razones para combatir.

La efímera República socialista de Finlandia no fue la única, ni mucho menos, de las muchas entidades nacidas del colapso y disolución del Imperio zarista. Fruto de reivindicaciones étnicas o nacionales, del control territorial de auténticos señores de la guerra o entes paraestatales nacidos del rechazo al triunfo revolucionario, hasta veintisiete repúblicas, emiratos, dictaduras militares o territorios libres, la mayoría efímeros, nacieron de la reconfiguración territorial y de poder que tuvo lugar en los antiguos dominios multiétnicos del imperio de los Romanov. Tanto por su relevancia histórica (incluso antes del centenario de 1917) como por ser un proceso desencadenante de tendencias y energías políticas que actuarán en otros procesos comparables, las guerras civiles rusas, la yuxtaposición de la guerra «civil, exterior, campesina y de religión» (Mayer, 2014), con sus cientos de miles de muertos, suponen un hito central en la historia de la violencia de las guerras civiles europeas. Es significativo, e incluso podría decirse que una excepción dentro del continente europeo, el que solamente la Irlanda de la guerra de independencia (1919-1921) y civil (1922-1923) viviera un tipo de conflicto interno reconocido abiertamente como tal por la historiografía y que, por otro lado, no tuviera ni las dimensiones ni las connotaciones totalizadoras de otras guerras civiles del mismo periodo, como las de Rusia o Finlandia. De hecho, la guerra irlandesa queda fuera del foco entre las guerras civiles europeas, pues por una parte se salió del esquema revolucionario, tal y como se dio en Finlandia, y por otra generó una cantidad total de víctimas (probablemente no excedan de mil, en una escalada no gradual, sino súbita) que incluso podrían llegar a dificultar su inserción entre las guerras civiles. La irlandesa fue una guerra de combates limitados y sin frentes claros, como buena parte de las guerras civiles del siglo XX, excepción hecha de algunas como la española y la coreana, más cercanas a la idea general de la guerra regular. Y, aun con todo, ambas guardarían claros paralelismos con la norma, al menos en los primeros meses de las dos contiendas, hasta el fracaso de la guerra de columnas de los sublevados frente a Madrid, en el caso español, y hasta el lanzamiento de la invasión del sur por parte de Corea del Norte, en el otro. Con el apoyo de las armas británicas ofrecidas por Winston Churchill (1874-1965), los representantes del gobierno provisional tuvieron en todo momento la ventaja estratégica frente a la guerrilla irregular en la que los anti-tratado tuvieron siempre que establecer tácticas defensivas, condicionadas por su menor preparación, su menguante capacidad estratégica y su debilidad armamentística.

En suma, en España no hubo exacta ni solamente un combate entre revolución y contrarrevolución. A diferencia de otros conflictos internos, existió desde 1936 una disputa real de soberanía entre dos estados o paraestados, por mucho que en el caso republicano existieran contrapoderes con cierta autonomía como el Consejo de Aragón (1936-1937). El golpe que dividió el territorio no fue revolucionario ni se dio contra un Estado revolucionario, sino contra un Estado fuerte, y puede que no férreamente ni tanto como hoy entendemos el término, pero democrático, al fin y al cabo. Y la fortaleza inicial de ambos contendientes, mayor en el caso sublevado por razones ya señaladas, debe sumarse a los factores que explican la brutalidad y la contundencia, traducidas en violencia, de las primeras semanas tras el 18 de julio. Dicha violencia en España se concentró en 1936 porque era el mecanismo preferente para acabar rápidamente con el proyecto del adversario y para realizar la ansiada limpieza política que a ojos de sus promotores necesitaba el país. El objetivo de unos y otros podría ser el contrarrevolucionario por un lado y el revolucionario por el otro, pero la elección de las víctimas, la motivación de los victimarios y la marcada desempatía hacia la imagen y la identidad del enemigo venía determinada por elementos de orden cultural y simbólico seguramente mucho más poderosos a la hora de construir una praxis eliminacionista. Así pues, esas violencias respondían a una dinámica de identificación heterofóbica explosiva, necesitada del marco propiciatorio del golpe de Estado y de sus consecuencias para activarse.

Si la española fue la guerra civil más conocida de la era del fascismo, no fue desde luego la única. Conflicto interno a la vez que guerra en la frontera sur europea del Tercer Reich, la revisión de la italiana de 1943-1945 y del contexto de la resistencia y la guerra de ocupación y partisana como una guerra civil ha generado fuertes resistencias conceptuales, políticas e historiográficas, como es bien sabido. Tratándose del gran tema del contemporaneísmo italiano, el del fascismo y el antifascismo y la guerra entre ambos proyectos de sociedad ha generado toneladas de literatura histórica, básicamente desconocida e ignorada en España. Entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre de 1944, en el marco de una operación antipartisana de limpieza del espacio de retaguardia adyacente a la Línea Gótica, fueron asesinadas casi 800 personas, en su mayoría mujeres y niños, bajo el pretexto de que constituían apoyos de la guerrilla. Parte de la población se había refugiado en la iglesia de Santa Maria Assunta, de donde fueron sacadas para ser ametralladas en el cementerio colindante. La búsqueda casa por casa de supuestos colaboradores con la guerrilla partisana, mecanismo que en italiano se denomina con el infame nombre de rastrellamento, aumentó todavía más si cabe la crueldad inusitada de la persecución contra los civiles. En Monte Sole fueron asesinados, decapitados y arrojados vivos al fuego en brazos de sus madres decenas de niñas y niños, cuyo recuerdo se proyecta hoy al presente desde la Scuola di Pace. En Sant’Anna, la víctima más joven tenía 20 días de edad.

En el caso particular de Irán nos encontramos al frente del poder desde el año 1941 al sah Mohammad Reza Pahleví (1919-1980), quien atravesó ileso el periodo de turbulencias de la Segunda Guerra Mundial, ocupación anglo-soviética incluida, y el inicio de la Guerra Fría, con las primeras disputas entre los bloques. De hecho, estas quedaron ejemplificadas por un acontecimiento decisivo para el futuro de este país de Oriente Medio, que por aquel entonces era el segundo productor mundial de petróleo: el golpe de Estado ejecutado por la CIA en agosto de 1953 contra el primer ministro Mohammad Mosaddeq (1882-1967). Este experimentado líder político, que estaba al frente del gobierno desde el año 1951, ha pasado a la historia como el principal representante del secularismo en Irán, sobre todo por su paquete de reformas sociales, que incluyó una reforma agraria, la introducción de un sistema de impuestos progresivo o la instauración de la seguridad social, entre otras.
El proyecto que condenó a Mosaddeq a ojos de las potencias occidentales fue la nacionalización de la industria iraní de crudo en 1951. El nacimiento del nacionalismo pastún fue en cierta medida una respuesta natural y moderna a las imposiciones y los quebrantos provocados por el colonialismo británico en toda la región. De esta forma se explica que las reivindicaciones de dicha comunidad en pos de la reunificación, lo cual supone revertir las fronteras, hayan sido estimuladas a la par que adoptadas por diferentes líderes afganos de todo signo político a lo largo de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. En muchos casos, no solo veían en ello algo justo y necesario, sino también una base sobre la cual apoyar su poder dentro de una sociedad tan compleja a nivel étnico-cultural y sociopolítico, cosa que no obstante ha provocado las suspicacias del resto de comunidades étnicas del país ante la posibilidad de verse marginadas. Así pues, los talibán añadieron una nota más de complejidad a una guerra civil que, con actores muy similares, continúa hasta nuestros días. De hecho, ni la toma de Kabul por los radicales islámicos ni la proclamación del Emirato Islámico de Afganistán el 27 de septiembre de 1996 fueron suficientes para poner freno al conflicto, que prosiguió, a partir de entonces entre los talibán y un frente unido de diferentes grupos guerrilleros opositores, liderados en este caso por el veterano de la guerra afgano-soviética Ahmad Shah Masud. En la segunda mitad del año 2001, cuando Estados Unidos y sus aliados pusieron en marcha la invasión del país centroasiático, esta amalgama heterogénea de fuerzas tomó parte en las operaciones contra los talibán en calidad de aliada, partiendo desde la reducida base territorial que conservaban al norte del país, donde contaban con el apoyo ruso.

Al hablar de las guerras yugoslavas de la década final del siglo XX es inevitable no pensar en el marco más amplio en que tuvieron lugar: la transición desde el comunismo hacia la democracia liberal y el capitalismo en toda Europa Centro-oriental. A la emergencia de nuevos líderes políticos nacionalistas surgidos de las sociedades civiles, siendo un paradigma de ello el actual presidente húngaro Viktor Orbán (1963-), se sumó la conversión de las viejas élites comunistas a la socialdemocracia y su intento por pilotar el proceso de cambio mediante la instrumentalización del nacionalismo. Hablamos de un proceso compartido y muy similar desde los Países Bálticos hasta Yugoslavia, desde la República Checa hasta Rusia y Asia Central o el Cáucaso, de ahí que convenga ser prudentes a la hora de atribuir al nacionalismo la responsabilidad exclusiva en el desencadenamiento de las guerras yugoslavas, algo por lo demás bastante tópico y común. En muchos otros países con tensiones o conflictos étnicos importantes, como por ejemplo Checoslovaquia, con el pleito histórico entre checos y eslovacos; Ucrania, con importantes comunidades rusohablantes repartidas por todo su territorio; o Rumanía, con su gran minoría de húngaros transilvanos, la situación no derivó en enfrentamientos armados a gran escala durante los años noventa.

El Cáucaso y el espacio postsoviético son importantes porque nos sirven como atalaya privilegiada para entender varias cuestiones cruciales relacionadas con las guerras civiles: la dimensión transnacional de los conflictos en general y, también, su capacidad de contagio; su papel en la construcción de nuevos estados-nación, en la consolidación de los ya existentes o en su destrucción; la importancia crucial de los intereses y actividades de los agentes y los poderes locales o regionales; el funcionamiento de las políticas imperiales, dirigidas al mantenimiento y la construcción de las hegemonías; y, en definitiva, los cambiantes equilibrios internacionales. Una vez más lo vemos de forma muy clara en la guerra civil chechena, que tuvo múltiples ramificaciones por todo el Cáucaso y que con diferentes picos se prolongó desde 1994 hasta el año 2009. A pesar de la extrema gravedad, nada de lo que había ocurrido en Chechenia y en sus territorios vecinos hasta 1994 tiene parangón con lo que vendría a partir de la primera invasión del país a manos de una fuerza rusa de 40.000 hombres, acompañada por un brutal despliegue de armamento pesado y aviación. Lo más trágico de todo es que el propio Yeltsin era bien consciente de lo que podía desatar en todo el Cáucaso una intervención armada en Chechenia, o al menos así lo hizo saber en una entrevista concedida a la prensa el 11 de agosto de 1994, cuando descartó de forma terminante esta posibilidad para poner solución al conflicto con la república díscola. De hecho, dentro del gobierno de Yeltsin hubo algunos de sus hombres de confianza que le expusieron sus objeciones hasta el último momento, lo cual incluyó la dimisión de altos cargos civiles y militares. Sin embargo, como es común a cualquier guerra imperial, esta acabó por desatar un desastre de proporciones inimaginables en toda la región, salvando las distancias, equiparable a la que provocó la invasión y ocupación soviética de Afganistán y el consiguiente apoyo occidental a los muyahidines.

La conclusión a la que llegamos no puede ser otra: la guerra civil no es inevitable. Ciertamente, suele ser un epifenómeno relacionado con la penetración capitalista, con escenarios liminales o de transición y con la disolución de las entidades supranacionales. Los casos de fracturas armadas en momentos de vacío de poder, en estados débiles o muy vulnerables y fruto del empuje del capitalismo y la modernidad en tiempos de descomposición imperial (como en Rusia, China, el Imperio Otomano o el Congo) favorecieron fuertemente el estallido de guerras civiles. Además, estas también se relacionan con formas extremas de disputa intracomunitaria por la soberanía y la legitimidad nacional. Pero si en Irak, en Chechenia o en Yugoslavia se han repetido los fenómenos de guerras civiles, o si en Guatemala, Angola, Birmania o Liberia este llegó a convertirse en un mal endémico, hasta el punto de que generaciones completas apenas han conocido prácticamente la paz y han pasado la mayor parte de su existencia bajo situaciones de guerra interna, no es porque allá existan predisposiciones genéticas ni atavismos recurrentes que lleven al asesinato del vecino o al impulso de tomar el poder mediante las armas. En esos países, como en muchos otros, han sido la agencia y la decisión de personas y grupos, con agendas políticas propias y en contextos propiciatorios como las ocupaciones, las disoluciones imperiales… quienes han optado por la solución armada.
Que las guerras civiles no sean tan asesinas como las internacionales ni tan relevantes en el terreno de la movilización y la creación de solidaridades nacionales, o en el de la pura geoestrategia, no quiere decir que sean guerras irrelevantes. Al contrario. La guerra civil se identifica como el epítome de la crueldad y la violencia, no solamente porque tienda a durar como media cuatro veces más que las guerras interestatales.

——————————-

A very good book for those interested in the subject. A war is always a giant machine to generate orphans, widows, and that form of loss that has no name that means the death of the offspring. A civil war, moreover, is a particularly cruel way to lose loved ones. That who shoots the bullet that shoots, the mortar that tears or the bomb that dismembers speak the same language as the victim, be a neighbor of the same community or a fellow citizen of the same country may not be important for the purpose of death, but since then yes it is to understand its why, its causes, its duration in memory, its impact on culture.
Civil war: one of the most extreme, cruel and widespread forms of violence during much of the twentieth century. In Europe, Asia, Africa and America, the vortex of its hurricane swept countries, split nations and annihilated communities. No tool worked better to deploy revolutions or repel them, to build nations, to expel ethnic or political minorities, to secure transnational domains or to annihilate the internal enemy, neighbor, connational. And it is a current phenomenon.

The XX: century of total wars, occupation, civil wars, genocides, forced displacements, terror, narco-wars, insurgencies, but also arms trafficking and export of armed conflicts to the peripheries of the western and communist blocs. In short, century of violence and terror. There are pasts whose victims number in the hundreds. Others, in which the numbers require forks of thousands or even tens of thousands of dead. With 20 million dead and 67 million displaced, and as a context for all types of violence of a political, ethnic, cultural, religious or other nature, the primacy of the civil war as the main form of armed conflict in the world since the end of World War II is indisputable. In fact, although the XX is the century in which it reaches a greater presence and virulence, it already had a clear historical role long before.

First premise The civil war is elusive. It’s the kind of war that most resists being named. Seldom are they named as such except a posteriori. And almost never their contenders recognize to be fighting them. For many reasons, but above all because the description of a conflict as a civil war can grant legitimacy to the contestant. Second premise Far from a single and widely recognized definition, that of civil war in the contemporary era is the narrative history of a conceptual construction. Third and last premise. Despite its recognized centrality in the scales of human violence of the 20th century, the debate about what is and what is not a civil war is almost entering the third decade of the 21st century, more open than ever. Above all, as a result of the proliferation of internal wars during and at the end of the Cold War, the meaning and connotations of the syntagma have become increasingly complex and blurred. The emergence of the phenomenon of “new” civil wars, conflicts of varying intensity in situations of decolonization or in the framework of failed states have led to a marked extension of their meanings. These three premises could be summarized in a single one: there is no valid and all-encompassing definition of civil war because those that exist are heirs of their time and context, and because they all involve simplifying realities of extreme complexity and variability. This has been shown from the first normative definitions that were developed in the nineteenth century to the current conceptual review. Ideology, intracommunity and bipolarity are recurring elements in any attempt to define a civil war. They are not, of course, the only valid ones: from the contingency it is known that civil wars are not always intra-community or bipolar. Often born of the fragmentation of state power or its disappearance, giving rise to the appearance in the same scenario of multiple agents in the form of armed bands, parastates and states. That, being national, also tend to be international. And that the ideological dimension of combatants is important, but not the only one. The civil wars of the second half of the twentieth century were marked by the emergence of new forms of political control, economic exploitation and military intervention through what is known as proxy wars, where states and corporations have favored directly and / or have participated indirectly in local conflicts by providing material, political and human support.

The extreme dependence of the contestants on the outside, whether states, parastates, mercenaries or guerrillas, also explains that a model of irregular warfare has ended up being imposed. As is typical of this, it has been characterized by abuses of all kinds in the form of violations, material and monetary exactions and conscriptions, with its epitome in the phenomenon of child-soldiers, something also favored by the absence of good infrastructures, isolation and the nature of the terrain. Finally, if anything has defined and to a certain extent differentiated the civil wars of the second half of the twentieth century from those of its first fifty years is that with decreasing contingents and, therefore, a smaller number of military casualties , direct or indirect civilian casualties have increased exponentially, all without forgetting the irreparable consequences at the territorial level due to the destruction of the demographic fabric, the massive displacement of populations. However, not all wars were equally violent, nor destructive. Not all of them lasted almost indefinitely, nor in all of them are the percentages of murders and the same repressive mechanics. Despite internal differences, at least three preliminary conclusions should be underlined. In the first place, and as a general rule, war serves as a propitiatory framework for violence. Without war, the rates of violence are always considerably lower, except maybe the implementation or the promotion of revolutionary projects, as in the case of industrialization and the collectivization of the Soviet Union during the first decades of Joseph Stalin (1878- 1953) in power or ruralization and collectivization of Cambodia by the Khmer Rouge. Civil wars lead to admit that brutalization, altercation, heterophobia and acceptance of murder, expulsion, deportation, torture or submission to forced labor could take place not as a result of an external invasion, but in the bosom of the same national community. For that reason, and in spite of the fact that they have generated less casualties and less suffering on civilians and combatants than the world ones, they are still considered as epitomes of cruelty and barbarism.

Europe lived one of those war cycles between 1914, or even from 1912-1913 if we included in it the Balkan wars, and mid-twenties. As Robert Gerwarth recently recalled, the continent experienced no less than twenty-seven changes of political power, of a violent nature and not infrequently accompanied by civil wars and internal conflicts, between 1917 and 1920 (Gerwarth, 2016: 27). Between 1917 and 1923, in addition to international and interstate conflicts, there were also internal wars of varying scale and magnitude, with the First World War as a triggering phenomenon. The Turkish case is particularly interesting because it serves as a paradigm for the construction of a nation-state within the framework of an international war, in this case of the Greek-Turkish, very characterized by intra-community conflicts and violence whose aim was the control and effective conquest of the territory. In fact, by September 1922 between 150,000 and 200,000 Greeks from Asia Minor and the western part of Anatolia had already been evacuated and interned by the Hellenic authorities in makeshift refugee camps on the Aegean islands and in the vicinity of Thessaloniki In the year and a half after the signing of the Treaty of Lausanne in November 1922, which put an end to hostilities, what was already becoming a de facto reality was sanctioned: the expulsion of almost one and a half million Greeks from Anatolia , among which tens of thousands would die as a result of the brutal violence that presided over the transfers from the interior of the peninsula to the hands of the Muslim communities, but not least because of the lack of means and the incapacity of an already poor Greek State and sunk by the war to respond to a humanitarian challenge of such proportions. In Spain, during the civil war of 1936-1939, a power of a revolutionary nature was built, which challenged the rights of agricultural and industrial property and developed a radical and often fierce recusal of the existing cultural and religious order. However, the counterrevolution (anti-republican and anti-democratic) in Spain, and its more developed form, the fascist, were not born by reaction to revolutionary violence, or indeed the revolution itself, but rather used them for their legitimation. Similarly, the Italian civil war of 1943-1945, despite having as one of its contenders the most successful counterrevolutionary European phenomenon of the wars, fascism, was not a war between revolution and counterrevolution, prioritizing territorial sovereignty more than the project political in the reasons to fight.

The ephemeral socialist Republic of Finland was not the only one, far from it, of the many entities born of the collapse and dissolution of the Tsarist Empire. The result of ethnic or national claims, the territorial control of real warlords or parastatal entities born of the rejection of revolutionary triumph, up to twenty-seven republics, emirates, military dictatorships or free territories, most ephemeral, were born of territorial reconfiguration and power that took place in the ancient multiethnic domains of the Romanov Empire. Both for its historical relevance (even before the centenary of 1917) and for being a triggering process of political tendencies and energies that will act in other comparable processes, the Russian civil wars, the juxtaposition of the “civil, foreign, peasant and religion war” »(Mayer, 2014), with its hundreds of thousands of deaths, represent a central milestone in the history of the violence of European civil wars. It is significant, and it could even be said that an exception within the European continent, that only the Ireland of the war of independence (1919-1921) and civil war (1922-1923) lived a type of internal conflict openly recognized as such by historiography and that, on the other hand, it had neither the dimensions nor the totalizing connotations of other civil wars of the same period, such as those of Russia or Finland. In fact, the Irish war is out of focus between the European civil wars, because on the one hand it left the revolutionary scheme, as occurred in Finland, and on the other it generated a total number of victims (probably not exceeding a thousand, in a non-gradual, but sudden escalation) that could even hinder their insertion between civil wars. The Irish was a war of limited combats and without clear fronts, like a good part of the civil wars of the 20th century, except for some like the Spanish and the Korean ones, closer to the general idea of regular war. And, even with everything, both would keep clear parallels with the norm, at least in the first months of the two races, until the failure of the war of columns of the insurgents against Madrid, in the Spanish case, and until the launch of the invasion of the south by North Korea, in the other. With the support of the British arms offered by Winston Churchill (1874-1965), the representatives of the provisional government had at all times the strategic advantage over the irregular guerrillas in which the anti-treaties always had to establish defensive tactics, conditioned by their lesser preparation, their waning strategic capacity and their weapons weakness.

In short, in Spain there was no exact or only a combat between revolution and counterrevolution. Unlike other internal conflicts, since 1936 there was a real dispute of sovereignty between two states or parastates, however much in the Republican case there were counter powers with certain autonomy such as the Council of Aragon (1936-1937). The coup that divided the territory was not revolutionary nor was it against a revolutionary state, but against a strong state, and perhaps not as ironically as we understand the term today, but democratic, after all. And the initial strength of both contenders, greater in the case revolted for reasons already mentioned, must be added to the factors that explain the brutality and forcefulness, translated into violence, of the first weeks after July 18. This violence in Spain was concentrated in 1936 because it was the preferred mechanism to quickly end the adversary’s project and to carry out the long-awaited political cleansing that the country needed in the eyes of its promoters. The objective of some and others could be the counterrevolutionary on the one hand and the revolutionary on the other, but the choice of the victims, the motivation of the perpetrators and the marked desempatía towards the image and the identity of the enemy was determined by elements of order cultural and symbolic are surely much more powerful when it comes to building a eliminationist praxis. Thus, these violence responded to a dynamic of explosive heterophobic identification, in need of the propitiatory framework of the coup d’état and its consequences to be activated.

In short, in Spain there was no exact or only a combat between revolution and counterrevolution. Unlike other internal conflicts, since 1936 there was a real dispute of sovereignty between two states or parastates, however much in the Republican case there were counter powers with certain autonomy such as the Council of Aragon (1936-1937). The coup that divided the territory was not revolutionary nor was it against a revolutionary state, but against a strong state, and perhaps not as ironically as we understand the term today, but democratic, after all. And the initial strength of both contenders, greater in the case revolted for reasons already mentioned, must be added to the factors that explain the brutality and forcefulness, translated into violence, of the first weeks after July 18. This violence in Spain was concentrated in 1936 because it was the preferred mechanism to quickly end the adversary’s project and to carry out the long-awaited political cleansing that the country needed in the eyes of its promoters. The objective of some and others could be the counterrevolutionary on the one hand and the revolutionary on the other, but the choice of the victims, the motivation of the perpetrators and the marked desempatía towards the image and the identity of the enemy was determined by elements of order cultural and symbolic are surely much more powerful when it comes to building a eliminationist praxis. Thus, these violence responded to a dynamic of explosive heterophobic identification, in need of the propitiatory framework of the coup d’état and its consequences to be activated.

If the Spanish was the best-known civil war of the fascist era, it was certainly not the only one. Internal conflict as well as war on the European southern border of the Third Reich, the revision of the Italian 1943-1945 and the context of the resistance and the occupation and partisan war as a civil war has generated strong conceptual, political and political resistance. historiographical, as is well known. Being the great theme of Italian contemporaneism, that of fascism and antifascism and the war between both projects of society has generated tons of historical literature, basically unknown and ignored in Spain. Between September 29 and October 5, 1944, as part of an antipartisan operation to clean up the rear area adjacent to the Gothic Line, almost 800 people were killed, mostly women and children, under the pretext that they were guerrilla supporters. Part of the population had taken refuge in the church of Santa Maria Assunta, from where they were taken out to be machine-gunned in the adjoining cemetery. The search house by house of supposed collaborators with the partisan guerrilla, mechanism that in Italian is denominated with the infamous name of rastrellamento, increased even more if it fits the unusual cruelty of the persecution against the civilians. In Monte Sole, dozens of children were murdered, beheaded and thrown alive into the fire in the arms of their mothers, whose memory is now projected from the Scuola di Pace. In Sant’Anna, the youngest victim was 20 days old.

In the particular case of Iran we are at the head of power from 1941 to Shah Mohammad Reza Pahlevi (1919-1980), who went through unharmed the period of turbulence of the Second World War, including British-Soviet occupation, and the beginning of the Cold War, with the first disputes between the blocks. In fact, these were exemplified by a decisive event for the future of this Middle East country, which at that time was the second world producer of oil: the coup d’état executed by the CIA in August 1953 against Prime Minister Mohammad Mosaddeq (1882-1967). This experienced political leader, who had been in charge of the government since 1951, has gone down in history as the main representative of secularism in Iran, especially because of its social reform package, which included agrarian reform, the introduction of a system of progressive taxes or the establishment of social security, among others.
The project that condemned Mosaddeq in the eyes of the Western powers was the nationalization of the Iranian crude industry in 1951. The birth of Pashtun nationalism was to some extent a natural and modern response to the impositions and losses caused by British colonialism in the whole region. In this way, it is explained that the demands of this community for reunification, which implies reverting borders, have been stimulated at the same time adopted by different Afghan leaders of all political signs throughout the 20th century and that we have of the XXI. In many cases, they not only saw in it something just and necessary, but also a basis on which to support their power within such a complex ethnic-cultural and socio-political society, something that has nevertheless provoked the suspicions of the rest of the communities ethnic groups in the face of the possibility of being marginalized. Thus, the Taliban added a note of complexity to a civil war that, with very similar actors, continues to this day. In fact, neither the taking of Kabul by the Islamic radicals nor the proclamation of the Islamic Emirate of Afghanistan on September 27, 1996 were sufficient to curb the conflict, which continued, thereafter between the Taliban and a united front of different opposition guerrilla groups, led in this case by the veteran of the Afghan-Soviet war Ahmad Shah Masud. In the second half of 2001, when the United States and its allies launched the invasion of the Central Asian country, this heterogeneous amalgam of forces took part in the operations against the Taliban as an ally, starting from the small territorial base that they had north of the country, where they had Russian support.

When talking about the Yugoslav wars of the final decade of the 20th century, it is inevitable not to think about the broader framework in which they took place: the transition from communism to liberal democracy and capitalism throughout Eastern Central Europe. To the emergence of new nationalist political leaders emerged from civil societies, being a paradigm of it the current Hungarian President Viktor Orbán (1963-), was added the conversion of the old communist elites to social democracy and their attempt to pilot the process of change through the instrumentalization of nationalism. We speak of a shared process and very similar from the Baltic States to Yugoslavia, from the Czech Republic to Russia and Central Asia or the Caucasus, hence it is appropriate to be prudent when attributing to nationalism the exclusive responsibility in the unleashing of wars Yugoslavia, something otherwise quite topical and common. In many other countries with tensions or major ethnic conflicts, such as Czechoslovakia, with the historical dispute between Czechs and Slovaks; Ukraine, with important Russian-speaking communities scattered throughout its territory; or Romania, with its large minority of Transylvanian Hungarians, the situation did not result in large-scale armed clashes during the 1990s.

The Caucasus and the post-Soviet space are important because they serve as a privileged watchtower to understand several crucial issues related to civil wars: the transnational dimension of conflicts in general and, also, their contagiousness; its role in the construction of new nation-states, in the consolidation of existing ones or in their destruction; the crucial importance of the interests and activities of local and regional agents and powers; the operation of the imperial policies, directed to the maintenance and the construction of the hegemonies; and, in short, the changing international balances. Once again we see it very clearly in the Chechen civil war, which had multiple ramifications throughout the Caucasus and with different peaks extended from 1994 to 2009. Despite the extreme gravity, nothing that had happened in Chechnya and its neighboring territories until 1994 it is comparable to what would come from the first invasion of the country by a Russian force of 40,000 men, accompanied by a brutal deployment of heavy weapons and aviation. The most tragic of all is that Yeltsin himself was well aware of what an armed intervention in Chechnya could unleash throughout the Caucasus, or at least he did so in an interview with the press on 11 August 1994, when He ruled out this possibility in a strict way to resolve the conflict with the fractious republic. In fact, within the Yeltsin government there were some of his trusted men who exposed their objections to him until the last moment, which included the resignation of senior civil and military officials. However, as is common to any imperial war, this ended up unleashing a disaster of unimaginable proportions throughout the region, overcoming the distances, comparable to that caused by the Soviet invasion and occupation of Afghanistan and the consequent Western support to the mujahideen.

The conclusion we reach can not be otherwise: civil war is not inevitable. Certainly, it is usually an epiphenomenon related to capitalist penetration, with liminal or transition scenarios and with the dissolution of supranational entities. The cases of armed fractures in moments of power vacuum, in weak or very vulnerable states and the result of the push of capitalism and modernity in times of imperial decomposition (as in Russia, China, the Ottoman Empire or the Congo) strongly favored the outbreak of civil wars. In addition, these are also related to extreme forms of intra-community dispute over sovereignty and national legitimacy. But if in Iraq, in Chechnya or in Yugoslavia the phenomena of civil wars have been repeated, or if in Guatemala, Angola, Burma or Liberia this has become an endemic disease, to the point that entire generations have barely known the peace and have spent most of their existence under situations of internal war, not because there are genetic predispositions or recurrent atavisms that lead to the murder of the neighbor or the impulse to seize power through arms. In those countries, as in many others, they have been the agency and decision of individuals and groups, with their own political agendas and in propitiatory contexts such as occupations, imperial dissolutions … those who have opted for the armed solution.
That civil wars are not as murderous as international ones and not so relevant in the field of mobilization and the creation of national solidarities, or in that of pure geostrategy, does not mean that they are irrelevant wars. Unlike. Civil war is identified as the epitome of cruelty and violence, not only because it tends to last an average of four times longer than inter-state wars.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.