La Invención Del Viaje. La Historia De Los Relatos Que Cuentan El Mundo — Juliana González-Rivera / The Invention Of The Trip. The Story Of The Stories That Tell The World by Juliana González- Rivera (spanish book edition)

Un libro delicioso donde seamos claros, el viaje es una vida elegida en la que el único modelo a seguir es el del hombre libre. Se trata de conquistar una mirada propia y de renunciar a los simulacros. Pero eso implica muchas renuncias: se descarta la posibilidad de un domicilio fijo, de una vida al uso. Ya no habrá banderas para envolverse ni identidades únicas a las que aferrarse. Y se aprende muy rápidamente, por una especie de desarraigo crónico, que deja de existir la posibilidad de sentirse en casa en un único lugar. No hay regreso, no hay llegada. Viaja sólo quien sabe irse. El único equipaje es la vida y los sueños. Y en esa ruta hay peligros, permanente transformación. No hay forma de salir ileso de la lucha contra las fronteras, de la suerte de ver el mundo, del encuentro con los Otros. El viaje es una huella. El viaje es una herida. Y un trasegar que sucede en medio de una gran soledad.
Pero los viajeros están dispuestos a pagar el precio. Se enamoran de su condición y de su lugar en la periferia. Son conscientes de su suerte, de la maravilla que contemplan. Se saben privilegiados de ser actores de su propio espectáculo.

El conocimiento viene del viaje. La historia de las ideas tiene muchas deudas con el desplazamiento: los seres humanos le debemos la fecundación que da origen a la vida y, al trasegar de los primeros homínidos, la evolución de la especie. Esos hombres primitivos, de los tiempos de la última glaciación, que convivían con mamuts, rinocerontes lanudos y tigres dientes de sable, se movían por necesidad, por hambre o frío, y encontraron con esos periplos comida y refugio. Incluso el poder tiene que ver con el desplazamiento. Los viajeros siempre tuvieron influencia en las esferas políticas y las cortes, y las fronteras se delimitan tras la conquista y el control de territorios, las batallas territoriales y las migraciones. «La historia de la civilización es la de la movilidad».

Ulises es el prototipo del viajero en la cultura occidental. Ningún personaje es tan recurrente. Su odisea —con cantos de sirena, cíclopes, héroes que creen en el honor, la esposa que espera a su amado, el hijo que busca al padre, el caballo de Troya y el intento del protagonista por volver a casa— es rastreable en toda la historia de la literatura, desde Platón y Sófocles hasta Joyce, Borges o Susan Sontag. El viajero, casi por definición, ha sido respetado, popular, influyente. Sus hazañas se han convertido en leyenda. A los comerciantes se les admiraba por las cosas exóticas que traían al regreso; a los supervivientes de un naufragio, por su resistencia a los castigos de la naturaleza; y a los peregrinos por la santidad que les confería su penitencia. Al viajero se le ha considerado valiente, triunfador, héroe y precursor. Un temerario. Se le admira por su arrojo, por esa materia especial de la que está hecho, por su audacia, determinación y liderazgo. Y porque sabe más, ha visto o vivido más que quienes deciden quedarse. Para comienzos del siglo XVII, el viaje era una metáfora consolidada del camino del conocimiento. La portada de La gran restauración de Francis Bacon, ilustrada con un barco atravesando las columnas de Hércules —el estrecho de Gibraltar, que entonces representaba los límites del saber—, demuestra cómo el viaje era símbolo de educación y modernidad. Quizá lo fundamental del viaje es que es un punto de no retorno, como dijo Baudrillard. Esa es la clave. Ese instante crucial y brutal que revela que el viaje no tiene final, que no hay ninguna razón para que termine.

Cada viajero es un mundo y la escritura de viaje es, en consecuencia, tan amplia como el mar que navegaba Ulises. Esos seres poco corrientes, extraviados, temerarios, valientes, trashumantes y vagabundos ensanchan los horizontes de la tierra y el conocimiento, invitan a soñar y mantienen vivo el interés y curiosidad por lo que pasa más allá de nuestra casa. Suya es la historia real o la ficción con la que creemos conocer a los Otros.

El relato de viaje se cruza con el poema narrativo, la novela de vagabundeo, el ensayo impresionista, científico y experimental, las colecciones de aforismos. También con la literatura del mar —de piratas, naufragios, islas desiertas—, con la crónica, el reportaje y el perfil, la biografía y autobiografía, el carnet, la bitácora, la reflexión artística y la écfrasis, la historia, la novela de aventuras y de aprendizaje.
Se trata de un marco de enorme plasticidad: los escenarios son infinitos, igual que los encuentros, imprevistos, conflictos y soluciones. Además, su esquema de partida, tránsito y regreso, basado en el arquetipo del héroe, hace que casi cualquier texto termine emparentado con el viaje y por eso está presente en toda la gran literatura universal. Desde Roma, el viaje será una metodología para la indagación y conocimiento del mundo, pero también metáfora de la existencia humana y empresa moral. La narración épica será propaganda, y la intertextualidad y la descripción recursos indispensables para el viajero. Los testimonios fundan la crónica como género informativo-literario, instauran los métodos que luego serán los del reportero y, con ellos, los narradores comenzarán a preocuparse por seducir al público, lo que hoy sigue siendo parte innegable del mercado editorial.

El viaje en el medioevo también fue terreno fecundo para muchos textos de ficción. Las llamadas «novelas geográficas medievales», por ejemplo, eran relaciones falsas cuyo propósito era sintetizar los conocimientos científicos del momento, un género que llegó a ser muy popular al final de la Edad Media precisamente por la tradición de los libros de viajes. El verdadero viaje trata de seres humanos más que de destinos, intenta comprender al hombre y acercar el mundo a los que se quedan en casa. Por eso la narración de la alteridad atañe necesariamente al viajero, a quien va y vuelve para compartir su experiencia y su transformación durante el camino. Como Ulises, como Mungo Park, como Colón, como Livingstone. Y eso seguirá siendo así en la era de la televisión, de internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Y si el viaje fue la inspiración de las más tempranas narraciones orales de cacerías, ascensos a montañas, y para el descubrimiento de tierras lejanas, el relato moderno debe servir para iluminar la realidad contemporánea. Para informar del mundo que escapa a las imágenes y a los datos desnudos —que rara vez constituyen verdades, como dijo Pitol— hay que volver al origen. Al mito. El hombre es el héroe, un viajero, un ser simbólico que sólo se puede explicar mediante la palabra, la narración. Y el viaje nunca dejará de ser la gran metáfora, la alegoría poderosa que favorece nuestra mutua comprensión.

Parece que cada vez importa menos la dimensión humana del viaje. La abolición paulatina de la diversidad, la superabundancia de imágenes y la información superficial crea un mundo cada vez más homogéneo. Al mismo tiempo, el interés por el libro de viaje ya no es ni por asomo el de los siglos anteriores. El viaje, el viajero y su relato están en crisis. El texto de viaje ha vivido una auténtica explosión en el último siglo —nunca se ha hablado tanto de viajes como hoy en día—, pero el interés por el género ha disminuido. Parece que el mundo está completo, que ya no quedan rincones por explorar. Y las tecnologías digitales han hecho creer que ya no es necesario que se nos informe de la lejanía. Existen los viajes virtuales. Es urgente que reaparezca ese personaje que se mueve, que busca, que no es sólo turista, sino que intenta comprender a los Otros y comprenderse a sí mismo a través del contacto, que mira desde los resortes de la curiosidad y el asombro, esos que Stevenson definió como dos ojos a través de los cuales se ve el mundo con los colores más sugerentes. No hay que permitir que la abundancia de imágenes e información sustituyan el deseo de imaginar lo que se esconde en la lejanía. El relato de viaje tiene que ser una invitación a marcharse, por lo menos una vez, lejos de casa. El viaje es útil, activa la imaginación, mantiene viva la curiosidad que se oxida con la vida sedentaria, y por eso el viajero debe fomentar esa inquietud sobre la lejanía, para que otros, como él, salgan al camino e intenten descubrir aquella sabiduría que sólo provee la ruta. Hay que volver a preguntar, a caminar, a moverse como el viejo Heródoto.

Los viajeros han informado del mundo, de los odios ancestrales, intereses, batallas, campañas, alianzas, traiciones, venganzas, conquistas, derrotas, matrimonios, sometimientos, uniones, desapariciones. Ellos han preservado el contexto y las cosmovisiones gracias a los datos, las voces, el color local, lo legendario y lo antropológico. Y con su visión particular, han terminado por inventar el mundo para nosotros.
El relato de viajes no ha muerto. Pero si agoniza hay que reinventarlo, resucitarlo, seguir buscando la última frontera, porque cada época necesita sus viajeros y la nuestra no es la excepción. Es urgente que reaprendamos a viajar, a ver. Para, otra vez en la ruta, con el saber que sólo ella provee, podamos escribir la historia de nuestro tiempo y reinventar el mundo de una forma más fidedigna que la de los espejos.

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A delicious book where we are clear, the journey is a chosen life in which the only model to follow is that of the free man. It is about conquering one’s own look and renouncing the simulacra. But that implies many renunciations: the possibility of a fixed address, of a life to be used is ruled out. There will no longer be flags to be wrapped or unique identities to cling to. And you learn very quickly, by a kind of chronic uprooting, that there is no longer the possibility of feeling at home in one place. There is no return, there is no arrival. Travel only who knows how to leave. The only luggage is life and dreams. And in that route there are dangers, permanent transformation. There is no way out of the struggle against borders, the fate of seeing the world, the encounter with the Others. The trip is a trace. The trip is a wound. And a passing that happens in the middle of a great loneliness.
But travelers are willing to pay the price. They fall in love with their condition and their place in the periphery. They are aware of their luck, of the wonder they contemplate. They know themselves privileged to be actors of their own show.

The knowledge comes from the trip. The history of ideas has many debts with displacement: human beings owe it to the fertilization that gives rise to life and, by passing on the first hominids, the evolution of the species. These primitive men, from the time of the last ice age, who lived with mammoths, woolly rhinoceroses and saber-toothed tigers, moved out of necessity, through hunger or cold, and found food and shelter with those journeys. Even power has to do with displacement. The travelers always had influence in the political spheres and the courts, and the borders are delimited after the conquest and the control of territories, the territorial battles and the migrations. “The history of civilization is that of mobility.”

Ulysses is the prototype of the traveler in Western culture. No character is so recurrent. His odyssey – with siren songs, cyclops, heroes who believe in honor, the wife who awaits his beloved, the son who seeks the father, the Trojan horse and the protagonist’s attempt to return home – is traceable throughout the history of literature, from Plato and Sophocles to Joyce, Borges or Susan Sontag. The traveler, almost by definition, has been respected, popular, influential. His exploits have become a legend. The merchants were admired for the exotic things they brought back; to the survivors of a shipwreck, for their resistance to the punishments of nature; and to the pilgrims for the holiness that conferred their penance. The traveler has been considered brave, triumphant, hero and precursor. A daredevil. He is admired for his courage, for the special stuff he is made of, for his audacity, determination and leadership. And because he knows more, he has seen or lived more than those who decide to stay. By the beginning of the seventeenth century, travel was a consolidated metaphor for the path of knowledge. The cover of The Great Restoration of Francis Bacon, illustrated with a ship crossing the columns of Hercules – the Strait of Gibraltar, which then represented the limits of knowledge – shows how the trip was a symbol of education and modernity. Perhaps the fundamental thing about the trip is that it is a point of no return, as Baudrillard said. That is the key. That crucial and brutal moment that reveals that the journey has no end, that there is no reason for it to end.

Each traveler is a world and the writing of travel is, consequently, as wide as the sea that Ulysses sailed. These unusual beings, lost, reckless, brave, transhumant and vagabonds broaden the horizons of the earth and knowledge, invite to dream and keep alive the interest and curiosity for what happens beyond our house. His is the real story or the fiction with which we believe we know the Others.

The narrative of travel is crossed with the narrative poem, the wandering novel, the impressionistic, scientific and experimental essay, the collections of aphorisms. Also with the literature of the sea -of pirates, shipwrecks, desert islands-, with the chronicle, the reportage and the profile, the biography and autobiography, the card, the blog, the artistic reflection and the écfrasis, the history, the novel of adventures and learning.
It is a framework of enormous plasticity: the scenarios are infinite, as are encounters, unforeseen events, conflicts and solutions. In addition, his scheme of departure, transit and return, based on the archetype of the hero, makes almost any text end related to the trip and that is why it is present in all the great universal literature. From Rome, the trip will be a methodology for the investigation and knowledge of the world, but also a metaphor for human existence and moral enterprise. The epic narrative will be propaganda, and the intertextuality and description indispensable resources for the traveler. The testimonies found the chronicle as an informative-literary genre, they established the methods that would later be those of the reporter and, with them, the narrators began to worry about seducing the public, which today remains an undeniable part of the publishing market.

The trip in the Middle Ages was also fertile ground for many fiction texts. The so-called “medieval geographical novels”, for example, were false relationships whose purpose was to synthesize the scientific knowledge of the moment, a genre that became very popular at the end of the Middle Ages precisely because of the tradition of travel books. The real trip is about human beings rather than destinations, try to understand man and bring the world closer to those who stay at home. That is why the narration of otherness necessarily involves the traveler, who goes and returns to share his experience and his transformation along the way. Like Ulysses, like Mungo Park, like Columbus, like Livingstone. And that will continue to be the case in the era of television, the internet, smartphones and social networks. And if the trip was the inspiration of the earliest oral narrations of hunts, ascents to mountains, and for the discovery of distant lands, the modern story should serve to illuminate the contemporary reality. To inform the world that escapes the naked images and data -which rarely constitute truths, as Pitol said- we must return to the origin. To the myth. Man is the hero, a traveler, a symbolic being that can only be explained by the word, the narrative. And the trip will never cease to be the great metaphor, the powerful allegory that favors our mutual understanding.

It seems that the human dimension of the trip is less important. The gradual abolition of diversity, the superabundance of images and superficial information create an increasingly homogeneous world. At the same time, the interest in the travel book is nowhere near that of the previous centuries. The trip, the traveler and his story are in crisis. The travel text has experienced a real explosion in the last century – there has never been as much talk about travel as today – but the interest in gender has diminished. It seems that the world is complete, that there are no corners to explore. And digital technologies have made us believe that it is no longer necessary for us to be informed of the remoteness. There are virtual trips. It is urgent to reappear that character that moves, that seeks, that is not only tourist, but tries to understand the Others and understand himself through contact, which looks from the springs of curiosity and wonder, those that Stevenson defined as two eyes through which the world is seen with the most suggestive colors. We must not allow the abundance of images and information to replace the desire to imagine what is hidden in the distance. The travel story must be an invitation to leave, at least once, away from home. The trip is useful, activates the imagination, keeps alive the curiosity that is oxidized with the sedentary life, and for that reason the traveler must foment that restlessness on the distance, so that others, like him, go out to the road and try to discover that wisdom that just provide the route. You have to ask again, to walk, to move like old Herodotus.

The travelers have informed the world, of the ancestral hatreds, interests, battles, campaigns, alliances, betrayals, revenge, conquests, defeats, marriages, submissions, unions, disappearances. They have preserved the context and the cosmovisions thanks to the data, the voices, the local color, the legendary and the anthropological. And with their particular vision, they have ended up inventing the world for us.
The travel story has not died. But if it dies, it is necessary to reinvent it, resuscitate it, continue looking for the last frontier, because each epoch needs its travelers and ours is not the exception. It is urgent that we relearn to travel, to see. For, again on the road, with the knowledge that only she provides, we can write the history of our time and reinvent the world in a more reliable way than that of mirrors.

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