Orígenes: Cómo La Historia De La Tierra Determina La Historia De La Humanidad — Lewis Dartnell / Origins: How The Earth Made Us by Lewis Dartnell

Este es un libro bellamente escrito sobre cómo las innumerables características geológicas y físicas de nuestro mundo (así como algunas de las creaciones cósmicas) han dado forma a los orígenes humanos, han influido en la historia mundial y han moldeado el rostro actual de nuestra civilización global. Este libro; Al igual que todos los buenos libros de ‘Gran historia’, como ‘Sapiens’ y ‘Guns, Germs and Steel’, está escrito por alguien con un oído para explicar. El autor (que también es un académico) tiene una comprensión intuitiva del “nivel” del lector típico y, por lo tanto, lanza el libro al nivel correcto, ¡para no perder a sus lectores dentro de un miasma turgido y espeso de la estupidez! El libro no deja de ser popular, oh no, no, no elude las ideas complejas, sino que las explica con elegancia, y con tal aplomo, ¡que recordará los principales puntos de partida seis meses después!
Esto para mí es la prueba de fuego de la gran escritura científica. ¿Es usted, amable lector, capaz de explicar las ideas principales de un libro a un ignorante amigo suyo durante 6 meses en un vaso de whisky y, para obtener puntos extra, hágalo con pasión? Si un libro te obliga a hacer eso de lo que ha tenido éxito!
A diferencia de otros libros también escritos por académicos como “Quiénes somos y cómo llegamos aquí” (por David Reich), este libro no parece un artículo de investigación académica extendido. Y esa es mi principal queja con muchos escritores de ciencia académica. Han pasado tanto tiempo en los laboratorios y en la revisión por pares de artículos de investigación, que cuando escriben un libro que supuestamente populariza su tema, terminan infestando con jerga y digresiones innecesarias, y se olvidan de su audiencia.
Disfruté especialmente la sección titulada ‘Cinturón negro’ que describe un vínculo fascinante entre un arco subterráneo profundo de una roca del período Cretácico de 75 millones de años en el sureste de los Estados Unidos y … esperen … patrones de votación de los pueblos en La última elección presidencial! Parece que la mayoría de las personas que viven en la cima de esta roca antigua votaron por Hilary Clinton en lugar de Donald Trump. Entonces, ¿cuál podría ser la conexión entre este arco de votantes demócratas azules en el sur profundo y este rock cretáceo de 75 millones de años que viven en la cima? ¡Lee el libro y lo descubrirás!

Luego está el capítulo sobre cómo los ejes de inclinación de la Tierra y la excentricidad de su órbita alrededor del Sol contribuyeron a nuestros orígenes en África Oriental (la cuna de la humanidad), y nuestro éxodo fuera de África hace 60.000 años. La gran idea es que estas órbitas torcidas y ejes poco fiables se amplificaron en los lagos de la región de Afar, en el este de África, lo que llevó a un entorno caprichoso y altamente variable para nuestros antepasados. Y este entorno es mejor que el seleccionado para cerebros más grandes, ya que los cerebros más grandes son mejores para adaptarse y lidiar con las incertidumbres del entorno, ¡y el resto, como dicen, es historia! En el camino hacia la propagación en todo el mundo, también parece que nos hemos vuelto juguetones con algunos primos cercanos, como los neandertales y los denisovanos. Ahora parece que hasta el 2% de todo el ADN de los pueblos no africanos se hereda de neandertales y hasta el 7% del ADN de los pueblos melanesios y del Lejano Oriente se heredó de los denisovanos. Estas pistas pintan una imagen tentadora de nuestro pasado profundo. Un pasado perdido a la memoria pero ahora redescubierto en nuestros genes.
Otra idea interesante es cómo la forma de la costa norte del Mediterráneo (que se creó cuando la placa tectónica africana se estrelló contra la placa euroasiática), con sus numerosas islas, bahías, puertos naturales y entradas, es un aspecto físico que protege las concentraciones de la humanidad mientras que también Fomentando el flujo de comercio, y por lo tanto la difusión de ideas, puede conducir al florecimiento de civilizaciones como los griegos, los espartanos y los romanos. En marcado contraste, la costa sur del Mediterráneo del norte de África es más uniforme y; Aparte de los cartagineses, sembraron menos civilizaciones. Puede parecer reduccionista condensar tales narraciones históricas en algo tan simple como la geografía y la forma de la línea de costa, pero es una idea fascinante y vale la pena reflexionar.
Al final, cuando leo explicaciones tan grandes, creo que siempre vale la pena hacerse una pregunta: ¿qué pasaría si repitiéramos la historia una y otra vez, digamos 100 veces, aún surgirían más civilizaciones en el norte del Mediterráneo? costa opuesta a la costa sur? ¿Eurasia seguiría siendo el hogar de muchas más plantas y animales domesticados en comparación con América del Sur? ¿Serían los europeos los que están invadiendo el sur y el centro de América y no al revés?
La mayor parte de la historia y nuestro mundo actual se deben principalmente a una serie de accidentes extraños que no se repetirían si volviera a ejecutar la historia, y la cantidad de historia se debe a patrones que se repetirían de nuevo si se presionara el botón de rebobinado? Supongo que esto es lo que este libro trata de responder.

El libro tiene un gran alcance, y en un estilo similar al de Sapiens y Guns, Germs and Steel, pinta una imagen vívida en un gran lienzo.
Leerlo te absorbe en su claridad. Sumérjase en su significado cósmico. Reflexiona sobre nuestros orígenes. De acuerdo o en desacuerdo con sus muchas ideas grandes, ¡depende totalmente de usted! Así es como debería ser la gran escritura científica de expansión mental. Como beber en las estrellas mientras remoja sus pies en las arenas húmedas de la historia…

Todas las transiciones principales en la evolución de los homininos tuvieron lugar en África oriental. Esta región del mundo se encuentra entre el cinturón de pluviselvas que rodea al ecuador del planeta, que comprende el Congo, la Amazonia y las islas tropicales de Indonesia. Por lo tanto, por derecho, África oriental debería estar también densamente arbolada, pero en cambio se caracteriza sobre todo por praderas secas, por sabanas. Si bien nuestros ancestros primates eran moradores de los árboles que vivían a base de frutos y hojas, algo drástico ocurrió en esta región del mundo, nuestro lugar de origen, que transformó el hábitat de bosques frondosos y lo convirtió en sabanas áridas, y a su vez impulsó nuestra trayectoria evolutiva desde primates que se columpiaban en los árboles hasta homininos bípedos que cazaban en las praderas doradas. La piel externa de la Tierra, la corteza, es como una cáscara de huevo quebradiza que encierra el manto, más cálido y viscoso, que hay debajo. Esta cáscara está resquebrajada, fragmentada en muchas placas separadas que recorren la faz del planeta. Los continentes están conformados por una corteza más gruesa de rocas menos densas, mientras que la oceánica es más delgada pero más pesada, y por ello no está tan elevada como la corteza continental. La mayoría de las placas tectónicas están hechas de corteza tanto continental como oceánica, y estas balsas se empujan constantemente unas a otras para alcanzar su posición relativa, mientras se mecen sobre el manto caliente y agitado y cabalgan a merced de sus corrientes.
Allí donde dos placas se embisten, a lo largo de lo que se conoce como «límite de placa convergente», algo ha de ceder. Los últimos 50 millones de años, aproximadamente, han estado caracterizados por un enfriamiento del clima global. A este proceso se lo denomina «enfriamiento del Cenozoico», y hace 2,6 millones de años culminó en el periodo actual de edades de hielo pulsantes. H. erectus dio origen a H. heidelbergensis hace unos 800.000 años, que hace unos 250.000 años había evolucionado hasta Homo neanderthalensis (los neandertales) en Europa y el hominino denisovano en Asia. El primer humano anatómicamente moderno, Homo sapiens, surgió en África oriental hace entre 300.000 y 200.000 años.

Vivimos en la actualidad en una era geológica algo peculiar. Se trata de una época que se caracteriza por un único rasgo dominante, el hielo. Esto puede parecer sorprendente dada nuestra preocupación actual por el cambio climático. Que la temperatura media ha ido en aumento desde la Revolución industrial, y de manera particularmente rápida a lo largo de los últimos sesenta años, es cierto sin duda. Pero este salto reciente causado por la actividad humana tiene lugar dentro del periodo temporal de la glaciación a largo plazo del periodo Cuaternario. Hace unos 2,6 millones de años, al principio del último periodo geológico, la Tierra se deslizó hacia un nuevo régimen climático, caracterizado por el pulso de edades de hielo recurrentes. En la actualidad estamos viviendo en un periodo interglacial, con condiciones relativamente cálidas, casquetes de hielo cada vez menores y, en consecuencia, niveles del mar más elevados. Pero las condiciones habituales a lo largo de los últimos 2,6 millones de años han sido mucho más frías que hoy en día. La expansión de la humanidad desde la península Arábiga por toda la costa meridional de Eurasia hasta China, por ejemplo, tuvo lugar a un ritmo promedio de menos de medio kilómetro al año. La glaciación tuvo también implicaciones profundas para la reconfiguración de la geografía de Norteamérica y la posterior historia de Estados Unidos. Allí el extenso casquete de hielo desvió el curso de los grandes ríos Missouri y Ohio, y cuando la glaciación se derritió, continuaron fluyendo a lo largo de lo que había sido el borde del casquete. En la actualidad, se unen al Mississippi en forma de una enorme ψ y ofrecen un fácil medio de transporte de este a oeste directamente a través del interior del continente. El Missouri, en partifular, se extiende a lo largo de más de dos mil kilómetros al oeste desde las montañas Rocosas. Fue este río, previamente desviado por la Edad de Hielo, el que condujo a los exploradores Lewis y Clark durante la mayor parte de su camino hasta la costa del Pacífico en 1804 y permitió el establecimiento de norteamericanos en el enorme trecho de Luisiana y los Territorios del Noroeste. Otros ríos fueron desviados asimismo por la glaciación, como el Teays y el San Lorenzo; sin las rutas de transporte que ofrecían estos alrededor de los Apalaches, las trece colonias originales quizá hubieran quedado confinadas al litoral atlántico.
Los Grandes Lagos de Norteamérica son también rasgos que la Edad de Hielo dejó atrás, y sus cuencas profundas fueron excavadas por el avance del casquete de hielo de Laurentia. Hace medio millón de años, Gran Bretaña no era una isla. Seguía siendo parte de la Europa continental, conectada físicamente a Francia (como gemelos siameses) mediante un istmo que se extendía entre Dover y Calais. Este puente continental era una continuación de la estructura geológica en forma de giba conocida como anticlinal de Weald-Artois, que se extiende desde el sudeste de Inglaterra hasta el noroeste de Francia, formada por capas de roca dobladas hacia arriba en la misma convulsión tectónica que creó los Alpes cuando África impactó en Eurasia.

El Holoceno es el primer periodo interglacial que experimentaron los primeros humanos, y, casi inmediatamente después, pueblos de todo el mundo empezaron a desarrollar la agricultura. El trigo y la cebada fueron domesticados por primera vez hace unos 11.000 años en el paisaje montuoso y lluvioso de Turquía meridional y después se extendieron a las llanuras entre el Tigris y el Éufrates, una región llamada Mesopotamia, «la tierra entre ríos». El desarrollo de la agricultura ofreció enormes ventajas a las sociedades que la adoptaron, a pesar del constante trabajo que conlleva labrar la tierra y nutrir las plantas cultivadas. Los pueblos asentados son capaces de un crecimiento demográfico mucho más rápido que los cazadores-recolectores. No hay que acarrear a los niños durante largas distancias y se puede destetar a los bebés (y alimentarlos con grano molido) mucho antes, lo que significa que las mujeres pueden dar a luz con mayor frecuencia. Y, en las sociedades agrícolas, más hijos son una ventaja porque pueden ayudar a cuidar de los cultivos y el ganado, ocuparse de sus hermanos pequeños y procesar comida en casa.

Con independencia de las críticas internacionales por la ocupación del Tíbet por parte de China y los aspectos relacionados con los derechos humanos, estas tierras altas representan una preocupación geopolítica abrumadora para Beijing. Es por esta razón que el país está manteniendo el control, para lo cual construye sistemáticamente redes de carreteras y conexiones ferroviarias por toda la meseta e incentiva el establecimiento en la zona de colonos chinos de la etnia han.

Las aguas saladas del planeta han sido fundamentales en el relato humano por otras muchas razones. El mar puede aislar a un pueblo del resto del mundo, que es lo que ocurrió en Tasmania, por ejemplo. Allí los habitantes quedaron separados del continente por el aumento del nivel del mar después de la última era glacial. La población de la isla era demasiado pequeña para mantener tecnologías. El mar Mediterráneo sigue reduciéndose en la actualidad a medida que la placa tectónica Africana continúa su desplazamiento hacia el norte, y acabará por desaparecer completamente. Y es este proceso tectónico lo que explica las diferencias geológicas entre los litorales septentrional y meridional del mar. La línea costera del Mediterráneo meridional es bastante regular y está desprovista de puertos naturales porque la placa Africana se está inclinando hacia abajo, en un proceso de subducción y destrucción a manos de la placa Euroasiática. Toda la línea costera del Mediterráneo septentrional, en cambio, es montañosa debido a esta colisión continental. En la actualidad, los cuellos de botella navales son igualmente cruciales desde el punto de vista estratégico. Ya no es el comercio de las especias lo que les confiere una enorme importancia geopolítica, sino el transporte de otro producto de trascendencia mundial.

Es fascinante ver que en el curso de la historia las características de los edificios británicos reflejaron por lo general la geología local; reconocemos el granito oscuro de los edificios de Aberdeen y de las granjas de la región de Dartmoor, la arenisca de color beis del Carbonífero en Edimburgo y Yorkshire, las calizas doradas del Jurásico de los pueblos de los Cotswolds, y el cálido color pardo de la arcilla empleada para los ladrillos y las tejas de Londres y sus alrededores. Los lugares que no disponían de una piedra autóctona adecuada tenían que apañárselas lo mejor que podían. La creta no es un gran material de construcción; es una roca blanda y que se deshace, y no se comporta bien ante el desgaste meteorológico. Sin embargo, ocasionalmente ha sido empleada como un material denominado clunch, en forma de masas irregulares de escombros o cortada en bloques y dispuesta en hiladas. Esta arcilla de Londres es claramente poco adecuada para construir los edificios más altos de la era moderna. La razón por la que Londres, a diferencia de Nueva York, tiene tan pocos rascacielos es la gruesa capa de arcilla blanda, parecida a masilla, que hay debajo de la ciudad. Torres tales como The Shard o One Canada Square en el Canary Wharf tuvieron que ser construidas con cimientos de pilotes muy profundos para sostener su peso. Sin embargo, esta misma capa es ideal para excavar túneles: es blanda a la hora de perforarla, pero forma un manto estable e impermeable al agua para el túnel.
Londres construyó la primera línea de metro subterráneo en 1863, y en la actualidad el llamado Tube consta de una red de líneas de más de 400 kilómetros que dan servicio a 270 estaciones (aunque no todas son subterráneas). La geografía subyacente también explica por qué el Londres Norte está tan bien comunicado gracias a la red de metro pero la parte sur tiene muchas menos líneas. Al sur del Támesis el estrato de arcilla se hunde muy por debajo de la red, y entonces hay que abrir los túneles perforando estratos de arena y grava, mucho más difíciles. La arcilla de Londres es también la razón por la que en el metro hace un calor tan incómodo.

El primer metal que fundimos para elaborar utensilios y armas fue el cobre. Las menas de cobre suelen ser fáciles de localizar (al contener minerales de un atractivo color azul o verde), y el metal es fácil de fundir; se puede extraer tostando pedazos de la mena con carbón vegetal en el mismo tipo de horno que se usa para cocer cerámica. El carbón vegetal proporciona tanto la temperatura elevada necesaria como la química «reductora» para eliminar del metal el óxido, el sulfuro o el carbonato con el que está enlazado en la roca y obtener cobre puro.
El problema del cobre es que es un metal muy blando; los bordes de los utensilios trabajados con él se mellan con facilidad y han de ser afilados continuamente. Se obtiene un material muy superior al mezclarlo con otro metal para conseguir una aleación, bronce. Cuando átomos más grandes se intercalan con los del cobre hacen que el metal no sea tan maleable; en esencia, impiden que las capas de sus átomos se deslicen tan fácilmente. El uso pionero del bronce en Mesopotamia es sorprendente, pues la región no contaba con fuentes de estaño y este ingrediente crucial de la aleación a la fuerza tuvo que ser importado de zonas muy distantes. El estaño usado en Eurasia occidental durante la Edad del Bronce procedía de minas de los montes Metálicos, a lo largo de la frontera actual entre Alemania y Chequia, de Cornualles y, en menor medida, de Bretaña. Una de las mayores preocupaciones para seguir cubriendo la demanda y el apetito de nuestro mundo industrializado por los recursos es la disponibilidad futura de varios de los metales tecnológicos más importantes. Los elementos en peligro incluyen algunos de los MGP, varios MRE y el litio, el metal más ligero, usado en baterías y pilas recargables. El indio y el galio también figuran entre aquellos que se considera que acabarán estando muy amenazados en los próximos años.
El problema no es que estos elementos vayan a desaparecer por completo, sino que la demanda creciente con finalidades tecnológicas puede superar con mucho su suministro, que es limitado.La prolongada era de la historia euroasiática caracterizada por sociedades nómadas de las estepas que se enfrentaban repetidamente con las civilizaciones de su periferia tuvo su origen en una distinción ecológica y climática, y había regiones contrapuestas que sostenían, por un lado, el pastoralismo a lomos de caballo y, por otro, la agricultura asentada. Las rutas comerciales terrestres que atravesaban los desiertos de África del Norte y Arabia, y la Ruta de la Seda que conectaba toda la amplitud de Eurasia, estaban dominadas también por una zona climática particular, la de la banda de desiertos creada por el brazo descendente y seco de uno de los grandes patrones de circulación de la atmósfera de la Tierra. Estos patrones de circulación globales son asimismo responsables de los vientos dominantes en todo el mundo, y fueron cartografiados por los europeos, que aprendieron a explotarlos durante la era de la exploración para crear enormes redes comerciales oceánicas y poderosos imperios de ultramar.

El combustible de la fusión puede ser extraído del agua de mar, y el funcionamiento de estos reactores no genera dióxido de carbono ni residuos radiactivos de vida prolongada. De modo que la fusión nuclear ofrece energía no solo abundante, sino esta vez también limpia. En este sentido habremos cerrado el círculo entero, desde las sociedades agrarias más antiguas, que captaban la energía de la radiación solar mediante sus campos de cultivo y la tala de bosques, hasta la posibilidad de instalar un sol en miniatura en nuestros reactores de fusión, con lo que nos libraríamos del intermediario. La Tierra es un lugar dinámico e inquieto, y sus rasgos faciales y procesos planetarios han desempeñado un papel decisivo a lo largo de toda la historia humana. Nuestra especie surgió en el seno de las condiciones tectónicas y climáticas únicas del Rift de África oriental, donde la versatilidad y la inteligencia que nos permitieron progresar, pasando de simio a hombre del espacio, nos las concedieron fluctuaciones ambientales generadas por los ciclos cósmicos. Y, antes de ello, el intenso pico de temperatura del PETM, hace 55,5 millones de años, fue testigo de la aparición y la rápida difusión de nuestro linaje, los primates, así como de los órdenes de mamíferos ungulados cuyos descendientes acabamos por domesticar. Otros cambios globales han sido más graduales, como la tendencia general al enfriamiento y a la desecación a lo largo de las últimas decenas de millones de años, que impulsó la propagación de las especies herbáceas que acabamos cultivando como cereales. Este enfriamiento planetario culminó en el periodo actual de edades de hielo intermitentes, que modelaron gran parte del paisaje y permitieron que nuestra especie poblara el mundo.
Toda la historia de la civilización no es más que un destello en el periodo interglacial actual; un momento transitorio de estabilidad climática. Hemos alterado profundamente el mundo, pero solo en fecha reciente hemos alcanzado este dominio abrumador sobre la naturaleza. La Tierra preparó el escenario para la historia humana, y sus paisajes y recursos continúan dirigiendo nuestra civilización.

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This is a beautifully written book about how our world’s myriad geological and physical features (as well as some cosmic one’s) have shaped human origins, influenced world history and moulded the current face of our global civilisation. This book; like all good ‘Big History’ books such as ‘Sapiens’ and ‘Guns, Germs and Steel’, is written by someone with an ear for explaining. The author (who is also an academic) has an intuitive grasp of the ‘level’ of the typical reader and thus pitches the book at just the right level, so not to lose his readers within some thick turgid miasma of bamboozleness! The book does not dumb down to be popular – oh no no no – it does not shirk from complex ideas, but rather explains them elegantly, and with such aplomb, that you will remember the main take-away points six months later!
This for me is the litmus test of great science writing. Are you – gentle reader – able to explain the main ideas of a book to an ignorant friend of yours 6 months down the line over a glass of Whiskey – and, for bonus points, do it with passion?! If a book makes you do that than it has succeeded!
Unlike other books also written by academics such as ‘Who we are and how we got here’ (by David Reich) – this book does not feel like an extended academic research paper. And that is my main gripe with many academic science writers. They have spent so much time in the labs and in peer reviewing research papers, that when they get down to writing a book that is supposed to popularise their subject, they end up infesting it with jargon and needless digressions – and forget their audience.
I particularly enjoyed the section titled ‘Black Belt’ that describes a fascinating link between a deep underground arc of 75 million year old Cretaceous period rock in south east United States and…wait for it…peoples voting patterns in the last Presidential election! It seems that the majority of people who live atop this ancient rock voted for Hilary Clinton rather than Donald Trump. So what could possibly be the connection between this arc of blue Democrat voters in the Deep South and this 75 million year old Cretaceous rock that they live on top? Read the book and you’ll find out!

Then there’s the chapter on how the earths tilting axes and the eccentricity of its orbit around the sun contributed to our origins in East Africa (the cradle of humanity), and our exodus out of Africa 60,000 years ago. The big idea being that these wonky orbits and dodgy axis were amplified in the lakes of the Afar region of East Africa, leading to a capricious and highly variable environment for our ancestors. And this environment than selected for larger brains – since larger brains are better at adapting and dealing with uncertainties in the environment – and the rest as they say is history! On the way to spreading across the globe we also seem to have gotten frisky with some near cousins such as Neanderthals and Denisovans. It now seems that up to 2% of all non African peoples DNA is inherited from Neanderthals and up to 7% of the DNA of Melanesian and far east peoples was inherited from Denisovans. These clues paint a tantalising picture of our deep past. A past lost to memory but now rediscovered in our genes.
Another interesting idea is how the shape of the northern Mediterranean coast (which was created when the African tectonic plate slammed into the Eurasian plate), with its many islands, bays, natural harbours and inlets, is a physicality that protected concentrations of humanity whilst also encouraging the flow of trade – and thus the spread of ideas, ergo leading to the flowering of civilizations such as the Greeks, Spartans and the Romans. In stark contrast, the southern Mediterranean coastline of North Africa is more uniform and; apart from the Carthaginians, seeded fewer civilizations. It might seem reductionist to condense such historical narratives down to something as simple as geography and coastline shape, but it is a fascinating idea and worth a ponder!
In the end, when reading such big explanations, I think it’s always worth asking yourself a question: what if we were to re-run history all over again many times over – say 100 times over – would more civilisations still arise along the northern Mediterranean coast as opposed to the south coast? Would Eurasia still be home to many more domesticated plants and animals compared to say South America? Would Europeans still be the one’s invading south and central America and not the other way round?
How much of history and our present world is mostly due to a series of freak accidents that would not be repeated if you were to re-run history, and how much of history is due to patterns that would be repeated again if you were to press the rewind button? I guess this is what this book is trying to answer.

The book is vast in scope – and in similar style to Sapiens and Guns, Germs and Steel – it paints a vivid picture on a very large canvass.
Read it. Drink in its clarity. Soak in its cosmic significance. Ponder our origins. Agree or disagree with its many big ideas – it’s totally up to you! This is what great mind-expanding science writing should be like. Like drinking in the stars whilst soaking your feet in the wet sands of history.

All major transitions in the evolution of the hominins took place in East Africa. This region of the world is located between the belt of rainforests that surrounds the equator of the planet, which includes the Congo, the Amazon and the tropical islands of Indonesia. Therefore, by right, East Africa should also be densely wooded, but instead it is characterized mainly by dry meadows, by savannas. Although our primate ancestors were tree dwellers who lived on fruits and leaves, something drastic happened in this region of the world, our place of origin, which transformed the habitat of leafy forests and turned it into arid savannas, and in turn it boosted our evolutionary trajectory from primates that swung in the trees to bipedal hominins that hunted in the golden prairies. The outer skin of the Earth, the crust, is like a brittle egg shell that encloses the mantle, warmer and viscous, beneath. This shell is cracked, fragmented into many separate plates that run across the face of the planet. The continents are formed by a thicker crust of less dense rocks, while the oceanic is thinner but heavier, and therefore not as high as the continental crust. Most tectonic plates are made of both continental and oceanic crust, and these rafts constantly push each other to reach their relative position, while rocking on the hot and agitated mantle and riding at the mercy of their currents.
Where two plates are rammed, along what is known as the “convergent plate limit”, something must give way. The last 50 million years, approximately, have been characterized by a cooling of the global climate. This process is called “Cenozoic cooling”, and 2.6 million years ago it culminated in the current period of pulsating ice ages. H. erectus gave birth to H. heidelbergensis about 800,000 years ago, which about 250,000 years ago had evolved to Homo neanderthalensis (the Neandertals) in Europe and the Denisovan hominin in Asia. The first anatomically modern human, Homo sapiens, emerged in East Africa between 300,000 and 200,000 years ago.

We live today in a rather peculiar geological era. It is an era characterized by a single dominant feature, ice. This may seem surprising given our current concern about climate change. That the average temperature has been increasing since the Industrial Revolution, and particularly fast over the past sixty years, is certainly true. But this recent jump caused by human activity takes place within the temporal period of the long-term glaciation of the Quaternary period. About 2.6 million years ago, at the beginning of the last geological period, the Earth slid into a new climate regime, characterized by the pulse of recurrent ice ages. We are currently living in an interglacial period, with relatively warm conditions, increasingly smaller ice caps and, consequently, higher sea levels. But the usual conditions over the last 2.6 million years have been much colder than today. The expansion of humanity from the Arabian Peninsula all along the southern coast of Eurasia to China, for example, took place at an average rate of less than half a kilometer a year. Glaciation also had profound implications for the reconfiguration of the geography of North America and the subsequent history of the United States. There the extensive ice cap deflected the course of the great Missouri and Ohio rivers, and when the glaciation melted, they continued to flow along what had been the edge of the cap. Currently, they join the Mississippi in the form of a huge ψ and offer an easy means of transport from east to west directly through the interior of the continent. The Missouri, in particular, extends for more than two thousand kilometers to the west from the Rocky Mountains. It was this river, previously diverted by the Ice Age, that led the Lewis and Clark explorers for most of their way to the Pacific coast in 1804 and allowed the settlement of Americans in the vast stretch of Louisiana and the Territories. of the Northwest. Other rivers were also diverted by the glaciation, such as Teays and San Lorenzo; without the transport routes that these around the Appalachians offered, the thirteen original colonies might have been confined to the Atlantic littoral.
The Great Lakes of North America are also features that the Ice Age left behind, and their deep basins were excavated by the advance of the ice cap of Laurentia. Half a million years ago, Britain was not an island. It was still part of continental Europe, physically connected to France (as Siamese twins) by an isthmus that stretched between Dover and Calais. This continental bridge was a continuation of the hump-like geological structure known as the Weald-Artois anticline, which stretches from south-east England to north-western France, formed by layers of rock bent upwards in the same tectonic convulsion that he created the Alps when Africa hit Eurasia.

The Holocene is the first interglacial period experienced by the first humans, and, almost immediately after, people from all over the world began to develop agriculture. Wheat and barley were first domesticated about 11,000 years ago in the hilly and rainy landscape of southern Turkey and then spread to the plains between the Tigris and the Euphrates, a region called Mesopotamia, “the land between rivers.” The development of agriculture offered enormous advantages to the societies that adopted it, despite the constant work involved in tilling the land and nourishing the cultivated plants. The settled peoples are capable of a much faster population growth than hunter-gatherers. Do not carry children for long distances and babies can be weaned (and fed with ground grain) much earlier, which means that women can give birth more frequently. And, in agricultural societies, more children are an advantage because they can help take care of crops and livestock, take care of their siblings and process food at home.

Irrespective of international criticism of China’s occupation of Tibet and aspects related to human rights, these highlands represent an overwhelming geopolitical concern for Beijing. It is for this reason that the country is maintaining control, for which it systematically builds road networks and railroad connections throughout the plateau and encourages the establishment in the area of Han Chinese settlers.

The salty waters of the planet have been fundamental in the human story for many other reasons. The sea can isolate a town from the rest of the world, which is what happened in Tasmania, for example. There the inhabitants were separated from the continent by the rise in sea level after the last ice age. The population of the island was too small to maintain technologies. The Mediterranean Sea continues to shrink at present as the African tectonic plate continues its northward movement, and will eventually disappear completely. And it is this tectonic process that explains the geological differences between the northern and southern coasts of the sea. The coastline of the southern Mediterranean is quite regular and is devoid of natural harbors because the African plate is tilting downward, in a process of subduction and destruction at the hands of the Eurasian plate. The entire northern Mediterranean coastline, however, is mountainous due to this continental collision. Currently, naval bottlenecks are equally crucial from a strategic point of view. It is no longer the trade in spices that gives them a huge geopolitical importance, but the transportation of another product of global importance.

It is fascinating to see that in the course of history the characteristics of British buildings generally reflected local geology; we recognize the dark granite of the buildings of Aberdeen and the farms of the Dartmoor region, the beige sandstone of the Carboniferous in Edinburgh and Yorkshire, the golden limestones of the Jurassic of the Cotswolds, and the warm brown color of the Clay used for the bricks and tiles of London and its surroundings. The places that did not have a suitable native stone had to do the best they could. The chalk is not a great construction material; It is a soft rock that melts and does not behave well in the face of weathering. However, it has occasionally been used as a material called clunch, in the form of irregular masses of debris or cut into blocks and arranged in courses. This London clay is clearly unsuitable for building the tallest buildings of the modern era. The reason why London, unlike New York, has so few skyscrapers is the thick layer of soft clay, similar to putty, that lies beneath the city. Towers such as The Shard or One Canada Square in the Canary Wharf had to be built with very deep pile foundations to support their weight. However, this same layer is ideal for digging tunnels: it is soft when drilling, but forms a stable and waterproof mantle for the tunnel.
London built the first subway line in 1863, and today the so-called Tube consists of a network of lines over 400 kilometers that serve 270 stations (although not all are underground). The underlying geography also explains why North London is so well connected thanks to the metro network but the southern part has much fewer lines. To the south of the Thames the clay layer sinks well below the network, and then the tunnels have to be opened, drilling strata of sand and gravel, much more difficult. The clay of London is also the reason why it is so uncomfortable in the tube.

The first metal we melted to make utensils and weapons was copper. Copper ores are usually easy to locate (containing attractive blue or green minerals), and the metal is easy to melt; It can be extracted by roasting pieces of the ore with charcoal in the same type of oven used to cook ceramics. Charcoal provides both the high temperature needed and the “reductive” chemistry to remove the oxide, sulfur or carbonate with which it is bound in the rock from the metal and obtain pure copper.
The problem with copper is that it is a very soft metal; the edges of the utensils worked with it are easily nicked and have to be sharpened continuously. A much superior material is obtained when mixing it with another metal to obtain an alloy, bronze. When larger atoms are interspersed with those of copper they make the metal not so malleable; in essence, they prevent the layers of their atoms from sliding so easily. The pioneering use of bronze in Mesopotamia is surprising, as the region had no sources of tin and this crucial ingredient of the alloy by force had to be imported from very distant areas. The tin used in western Eurasia during the Bronze Age came from mines in the Metallic mountains, along the current border between Germany and the Czech Republic, from Cornwall and, to a lesser extent, from Brittany. One of the biggest concerns to continue covering the demand and appetite of our industrialized world for resources is the future availability of several of the most important technological metals. The elements in danger include some of the MGP, several MRE and lithium, the lightest metal, used in batteries and rechargeable batteries. Indian and gallium are also among those that are considered to be very threatened in the coming years.
The problem is not that these elements will disappear completely, but that the growing demand for technological purposes can far exceed its supply, which is limited. The long era of Eurasian history characterized by nomadic societies of the steppes that repeatedly faced each other. with the civilizations of its periphery it had its origin in an ecological and climatic distinction, and there were contrasting regions that supported, on the one hand, pastoralism on horseback and, on the other, settled agriculture. The terrestrial commercial routes that crossed the deserts of North Africa and Arabia, and the Route of the Silk that connected all the amplitude of Eurasia, were also dominated by a particular climatic zone, the one of the band of deserts created by the descending arm and dry of one of the great patterns of circulation of Earth’s atmosphere. These global circulation patterns are also responsible for the prevailing winds around the world, and were mapped by Europeans, who learned to exploit them during the era of exploration to create huge oceanic trade networks and powerful overseas empires.

The fusion fuel can be extracted from seawater, and the operation of these reactors does not generate carbon dioxide or long-lived radioactive waste. So nuclear fusion offers not only abundant energy, but also clean energy this time. In this sense we will have closed the entire circle, from the oldest agrarian societies, which captured the energy of solar radiation through their fields and the cutting of forests, to the possibility of installing a miniature sun in our fusion reactors, with what we would get rid of the intermediary. The Earth is a dynamic and restless place, and its facial features and planetary processes have played a decisive role throughout human history. Our species arose within the unique tectonic and climatic conditions of the East African Rift, where the versatility and intelligence that allowed us to progress, from simian to man of space, were granted to us by environmental fluctuations generated by cosmic cycles. And, before that, the intense temperature peak of the PETM, 55.5 million years ago, witnessed the emergence and rapid spread of our lineage, the primates, as well as the orders of ungulate mammals whose descendants ended up to tame. Other global changes have been more gradual, such as the general trend of cooling and drying over the last tens of millions of years, which has driven the propagation of the herbaceous species that we have just grown as cereals. This planetary cooling culminated in the current period of intermittent ice ages, which modeled much of the landscape and allowed our species to populate the world.
The whole history of civilization is only a glimpse in the current interglacial period; a transitory moment of climatic stability. We have profoundly altered the world, but only recently have we reached this overwhelming dominion over nature. The Earth prepared the stage for human history, and its landscapes and resources continue to direct our civilization.

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