¡No Seas Neardental! Y Otras Historias Sobre La Evolución Humana — Sang-Hee Lee & Shin-Young Yoon / Close Encounters with Humankind: A Paleoanthropologist Investigates Our Evolving Species by Sang-Hee Lee & Shin-Young Yoon

El presente libro, aun tratando de lo mismo, enfoca el tema de otra manera. En él nos aparecen 22 artículos breves en los que se tratan distintos aspectos relacionados con esa evolución humana, pero sin un tratamiento cronológico. Son artículos independientes, que se pueden leer salteados. Trata temas como las dificultades del parto humano, el origen de la intolerancia a la lactosa, de la alimentación carnívora o de la cooperación, quiénes fueron nuestros primeros ancestros, el bipedismo como impulsor de nuestra condición humana, el desarrollo del cerebro, el misterio de los Denisovanos y del Homo floresiensis, las razas humanas, etc.
El estilo es muy sencillo, y servirá como agradable y amena introducción a los problemas de la paleoantropología para un público no especialista o desconocedor de estos temas. Indudablemente todo lo que sea escarbar en los orígenes del Homo sapiens y en lo que nos hace humanos es ciertamente muy atractivo y el presente libro, escrito en 2017, trata muchos temas muy actuales, en una rama científica que cambia constantemente y sobre todo en estos últimos años. Después de una breve y muy relajada introducción a la autora y su historia de la venida a América (como la primera profesora coreana de paleoantropología), nos llevan a un recorrido completo de aspectos cruciales de la historia de la evolución humana. Tenga en cuenta que los capítulos están tomados de los artículos que Lee escribió para una publicación no académica en Corea, así que al igual que con la introducción, estos están escritos en un estilo realista y accesible en lugar de reflexiones de alto nivel dirigidas a otros miembros de la camarilla académica de paleoantropología (como algunos otros libros parecen ser). Esta elección de estilo narrativo informal asegurará que muchas personas vengan a leer este libro y, sinceramente, creo que eso sería algo excelente. Sería bueno verlo hacer tan bien como Sapiens: una breve historia de la humanidad porque hace algo similar para el lector lego. Por supuesto, en lugar de educarnos sobre el período desde que surgieron los humanos modernos, al igual que Sapiens, los Encuentros Cercanos con la Humanidad nos llevan a través de la vasta extensión de tiempo que nos conecta con los primeros homininos con muchas sideroads exploradas en el camino.
Debo admitir que me fascinó aprender más sobre los cambios en la forma en que los humanos maduramos y nos entregamos, las modificaciones a la anatomía femenina que se han producido a medida que los humanos cambian de forma y tamaño, principalmente con respecto al gran cerebro que llevamos con nosotros. nosotros (a menudo mal utilizados). A veces olvidamos lo que pasaron las madres de nuestros antepasados lejanos cuando nuestros cerebros comenzaron a expandirse rápidamente, ya que si el parto no es lo suficientemente complicado ahora debe haber sido una prueba real con cambios evolutivos a la anatomía, sin duda detrás del aumento del tamaño del cerebro. Se nos recuerda que la pelvis, o fósiles de la pelvis, son, por lo tanto, un indicador útil de aquellos que rastrean la expansión cerebral en los últimos 3 millones de años. ¡Lee lo resume bien cuando nos recuerda que debemos agradecer a nuestras madres!
Un capítulo que no me atrajo especialmente fue ‘Got Milk?’ sin embargo, como resultó, aprendí algunas estadísticas fascinantes sobre la intolerancia a la leche y los extraños patrones regionales asociados con la capacidad de digerir la lactosa. Como una de esas personas que puede digerir la leche (sigue siendo cuestionable si un adulto debe tomar leche), debo admitir que no estoy al tanto de los problemas que causa a muchas otras personas. Creo que los capítulos como este tienen un atractivo especial para el público en general, cuando damos la vuelta a nuestras suposiciones y nos encontramos mejor informados sobre los asuntos que damos por sentado. En una línea similar, se nos ofrece un replanteamiento serio de ‘el hombre cazador’, ya que Lee nos remonta en el tiempo hasta el comienzo de nuestra adquisición del gusto por la carne. La información ciertamente desafió mi comprensión de cuánta “caza” realmente siguió. Me encontré diciéndole a mi hija adolescente todo sobre la representación más precisa de estos primeros comedores de carne en el libro, y como yo, se quedó con una visión muy diferente de estos seres, una en la que su estatura y lugar están en el orden jerárquico. bastante reducido! Este es precisamente el tipo de libro que puede recomendar fácilmente a los adolescentes y estudiantes interesados.

Es probable que varios capítulos tengan un gran atractivo popular, como el color de la piel, los efectos de la adopción de la agricultura, cómo podemos tener nuestro rostro “humano” y la comprensión correcta que debemos tener con respecto a la raza. Estos son temas tan temerarios que no necesitan un resumen de mi parte. Estoy seguro de que todo lo que puedo decir es que están bien explicados y deberían hacer que muchas personas cuestionen creencias de larga data (en algunos casos creencias bastante desagradables).
Donde las cosas se ponen muy interesantes es cuando llegamos a las perspectivas de Lee sobre los orígenes humanos que difieren de las de los académicos asociados con Recientes de África y la insistencia absoluta en que África sea el hogar de nuestros antepasados directos durante todo el período de los últimos 6 millones de años. . Lee deja en claro que no compra este punto de vista, dado que el Homo erectus está presente en Georgia e Indonesia casi al mismo tiempo que los primeros fósiles de su especie encontrados en África, no hay ninguna razón científica para asumir que el Homo sapiens debe haber evolucionado únicamente como Un homínido africano. Esta opinión contraria representa un argumento que la mayoría del público encontrará nuevo para ellos, ya que nuestros canales de medios de comunicación están totalmente sesgados hacia la perspectiva de fuera de África. No puedo pensar en una organización de medios que no declare continuamente como un hecho que los humanos modernos tuvieron una génesis africana.
Dado que el Homo erectus está tan extendido alrededor del tiempo de aparición en el registro fósil, también tenemos que preguntarnos dónde surgió la especie por primera vez. Lee señala acertadamente que aún podemos descubrir que el Homo erectus apareció en Eurasia y luego emigró a África, en lugar de haber surgido primero allí (algo apoyado por los sorprendentemente pequeños cerebros de algunos de los fósiles georgianos). También hay evidencia de que los Hobbits de Flores (Homo floresiensis) emergieron de una especie de hominina mucho más arcaica que H. erectus, su ancestro fue algo similar a H. habilis. La ascendencia de Hobbit es un hecho ligeramente inconveniente para la perspectiva centrista de África: ¿qué era un homínido tan ‘primitivo’ haciendo en una isla en el sudeste asiático hace un millón de años?
Como académica multirregionalista, Lee también nos recuerda que su escuela de pensamiento ha triunfado en gran medida. Ahora sabemos que los humanos modernos son un híbrido de varias especies o subespecies humanas, incluidos al menos neandertales y denisovanos, pero con pruebas que sugieren que dos o más tipos humanos desaparecidos también transmiten genes a algunos de los que vivimos hoy. Los descubrimientos en China también han cuestionado la idea de que los humanos modernos surgieron de África hace unos 60,000 años, ya que varios sitios han producido fósiles con fechas mucho antes de los 80,000 años antes del presente. Hay fósiles más antiguos que colocan el Homo sapiens arcaico en el este de Asia hasta hace 260,000 años, lo que nuevamente apoya el origen multirregional de nuestra especie.

Estoy muy de acuerdo cuando se trata de revelar fallas en el dogma Fuera de África. En todo caso, sentí que Lee podría haber ido un poco más lejos con esta línea de preguntas, especialmente porque ahora tenemos pruebas sustanciales de que los humanos modernos llegaron a Australia increíblemente pronto. Tampoco se mencionó el hecho de que los aborígenes tienen genes que sugieren que son ancestrales a los eurasiáticos modernos, lo que niega la necesidad de una migración reciente de África hace 60,000 años para explicar los orígenes asiáticos y europeos.
Disfruté mucho de la descripción general de los hallazgos de la investigación de Denisovan y la forma en que esta especie está cambiando nuestra comprensión de los homínidos asiáticos y las primeras migraciones. El capítulo sobre los hobbits proporciona un resumen actualizado y confiable para un público que ha mostrado un considerable interés en estos diminutos humanos primitivos y quizás sea uno al que volveré ya que no estoy seguro de haberlo empapado todo en la primera vez. De hecho, hay algunos capítulos que revisaré en los próximos días.
En cuanto a las críticas al libro, éstas surgen de dos puntos obvios, los capítulos inicialmente fueron artículos independientes para una revista, por lo que no siempre se unen entre sí tan bien como deberían. Estos artículos fueron presentados originalmente en coreano a una audiencia coreana nativa. Como puede esperarse, hay momentos en que tenemos la sensación de que algo se ha perdido en la traducción, esto a veces interrumpe el flujo. Uno reflexiona sobre por qué se ha dicho algo en la forma en que lo ha hecho; también algunas observaciones tienen más sentido para alguien con antecedentes culturales asiáticos, pero pueden parecer un poco peculiar para un lector occidental. Solo diría que tenga en cuenta esta historia de fondo para el libro, ya que tal vez explique algunos puntos que se resaltan un poco durante la narración.

Krapina, en Croacia, es un yacimiento rupestre excavado a principios del siglo XX. La cueva de Krapina es famosa porque allí se encontraron enterrados docenas de neandertales. Entre los restos había muchas mujeres jóvenes y niños, y todos ellos compartían algunas características intrigantes. En primer lugar, ninguno de los individuos eran un espécimen completo; solo había fragmentos de cada uno. En particular, había menos huesos faciales y craneales de lo que cabría esperar. Además, los huesos tenían marcas de cortes peculiares. ¿Qué significaba esto?
Los paleoantropólogos interpretaron todo esto como una prueba de canibalismo. A principios del siglo XX imaginábamos a los neandertales como salvajes brutales, violentos y bárbaros. Las marcas de cortes de la cueva de Krapina resultaron ser muy diferentes de las marcas de matanzas de restos de animales y más parecidas a las de las localidades de entierros secundarios. En particular, las marcas de cortes de Krapina se hallaban al final de los huesos. Este patrón era muy similar al de las marcas hechas en los entierros secundarios de los americanos nativos, y era evidente que dichas marcas no eran del tipo que se produciría al cortar carne para su consumo. No podemos hacer suposiciones acerca de nuestro pasado más allá de las conclusiones que los datos arqueológicos y paleoantropológicos respaldan. En efecto, existen pruebas de comportamiento caníbal antiguo…, pero no podemos llamar «caníbales» con seguridad a los que se comportaron así.
Una razón por la que el canibalismo de los fore se conoció ampliamente fue la aparición de una extraña enfermedad en la década de 1950. Al enterarse de la propagación de una dolencia desconocida entre los fore, Australia envió un equipo de investigadores médicos que informaron que las mujeres afectadas se quejaban de que se sentían muy débiles y no podían mantenerse de pie; solo podían permanecer echadas en la cama y comían muy poco. A medida que la enfermedad progresaba, los individuos aquejados experimentaban temblores y convulsiones en todo el cuerpo y al final morían. Debido a los temblores, se denominó a la enfermedad kuru, que significa «tembloroso» en el lenguaje indígena. Había quien la denominaba también «enfermedad de la risa» porque algunos pacientes sufrían unos ataques de risa imparable.
El kuru tiene un periodo de incubación muy largo, por lo general de entre cinco y veinte años, pero a veces llega hasta los cuarenta años.
La comunidad científica había conjeturado que las proteínas podían ser esta unidad de herencia, pero la teoría aún no se había demostrado empíricamente. La investigación que Gajdusek realizó sobre el kuru documentó por primera vez una enfermedad priónica.
El kuru forma parte de una clase de enfermedades que se sabe que afectan a otros mamíferos y a humanos y que causan una completa degeneración neurológica. A diferencia de las células cancerosas, que se multiplican de forma incontrolable mediante procesos de división celular regular, los priones transforman las células que hay a su alrededor. Actualmente, los científicos sostienen la hipótesis de que la epidemia del kuru se inició con los rituales funerarios de una persona que debía de tener kuru, que era endémica de la población. La enfermedad se propaga no solo al comer el cerebro infectado, sino también al contacto con heridas abiertas: las mujeres que continuaban limpiando los cadáveres incluso después de haberse cortado durante el proceso probablemente se infectaron de esta manera, con lo que aumentó la tasa de contagio.

Charles Darwin habló de cuatro características que son únicas de los humanos: cerebro grande, dientes pequeños, andar erguido y emplear utensilios. Aunque el modelo de Darwin ya no se acepta en sentido literal, ha tenido una gran influencia en la manera en que los paleoantropólogos emiten hipótesis y modelan los orígenes de los antiguos homininos. Primero, se conjeturó que los ancestros de los homininos tenían alguna combinación de estas cuatro características, lo que a su vez explicaba cómo se inició el linaje de los homininos.
Que los humanos poseen un cerebro mayor que el de otros animales en proporción al tamaño del cuerpo es, en efecto, una de las características más sorprendentes de nuestra especie. De hecho, nuestro cerebro es grande incluso en términos de tamaño absoluto. Gracias a este gran órgano, los humanos poseen la capacidad cognitiva para procesar un volumen de información tremendamente grande. Los primeros homininos tenían un tamaño cerebral cercano al de un chimpancé o gorila promedio: unos 350-400 centímetros cúbicos, un tamaño muy pequeño para el linaje humano. No está claro que alguna especie con un cerebro relativamente pequeño como este pudiera elaborar y usar utensilios. Considerando que los chimpancés son capaces de hacer un uso moderadamente sofisticado de utensilios, no podemos decir con seguridad que los primeros homininos no usaran utensilios ni que no puedan descubrirse huellas arqueológicas de tal uso. No todos los utensilios podrán ser descubiertos, sobre todo si están hechos de materiales que no sean piedra. Sin embargo, los utensilios líticos se conservan durante mucho tiempo.
Un gran ejemplo procede del Australopithecus garhi, descubierto en 1966 en Etiopía. El Australopithecus garhi data de hace 2,5 millones de años y fue descubierto con una tecnología de utensilios líticos similar a la industria oldowana.

La apolipoproteína, la proteína que retira de la sangre los compuestos grasos, se halla también asociada a enfermedades críticas que a menudo se han relacionado con la enfermedad de Alzheimer, la demencia y el derrame cerebral. Algunos investigadores piensan que el gen de la apolipoproteína es la causa directa de estas otras enfermedades asociadas con la vejez. Si es así, ¿por qué tienen todavía los humanos un gen tan peligroso? ¿No tendría que haber eliminado la selección natural un gen que causa enfermedades tan graves y la muerte?
El que todavía llevemos un gen que conduce al proceso de envejecimiento se explica en biología evolutiva por diversas hipótesis, una de las cuales es la pleiotropía, la asociación de un gen con varios rasgos. Supongamos que un determinado gen pleiotrópico es beneficioso durante la infancia y la juventud, pero que es perjudicial durante la vejez. La selección natural favorece a la infancia y la juventud más que a los años posteriores a nuestra capacidad reproductiva. Esta tendencia puede usarse para explicar la APOE4. El gen para esta proteína se halla todavía en nuestro acervo génico porque el beneficio de eliminar los compuestos grasos de la sangre es mayor que el daño asociado al Alzheimer o la apoplejía. Nuestra capacidad de comer carne conlleva un coste. El gen de la apolipoproteína nos ayudó a sobrevivir al transformarnos en amantes de la carne y está aquí para quedarse, con independencia de la elección de la dieta que hagamos en la actualidad.

Existe una hipótesis de que la mutación de la lactasa fue una adaptación a la economía de los productos lácteos y al pastoreo. Esta mutación, presente únicamente durante los últimos 10 000 años, es un acontecimiento recientísimo desde la perspectiva de la historia evolutiva humana, pero en algunas poblaciones la frecuencia de la mutación ya es muy alta, hasta del 90 por ciento. ¿Por qué ha sido tan fuerte la presión selectiva reciente para digerir la leche? Una dispersión tan rápida de una mutación significa que las personas con dicha mutación concreta han estado dejando más descendientes en la siguiente generación que los que carecían de dicha mutación, y además de manera significativa. En otras palabras, las personas que no podían beber leche, bien morían más jóvenes, bien no tenían tanto éxito reproductivo como las que sí podían beberla. Otro argumento es que la leche proporciona calcio y proteínas valiosos. Pero también puede adquirirse calcio y proteínas mediante el queso o el yogur, que son más fáciles de digerir que la leche debido a la manera en que la lactosa se ha transformado a través del proceso de fermentación. ¿Por qué habría de esperar una población humana a que surgiera una mutación genética cuando una ruta de adaptación más fácil y más inmediata es posible mediante la cultura? De hecho, muchas culturas de Oriente Próximo tienen economías de productos lácteos, pero la proporción de adultos que pueden digerir leche es inferior a la que hay en Europa Septentrional. Es posible que la frecuencia inferior de enzimas para digerir la leche en las poblaciones de Oriente Próximo se deba a que estas ingieren la leche de una forma que es más fácil de digerir, como el queso o el yogur.
Una hipótesis final es que la leche proporciona vitamina D, un componente importante para la absorción de calcio en el cuerpo. También es la única vitamina que podemos sintetizar en nuestro cuerpo a partir de la luz del sol. Puesto que no hay mucha luz solar en el norte de Europa, la hipótesis de la vitamina D es convincente. Sin embargo, este argumento es menos convincente cuando consideramos otras regiones en las que las mutaciones para la digestión de la lactosa también son prevalentes, como Sudán. En conclusión, el misterio continúa. En la década de 1990, los dos países que mostraron el mayor aumento en el consumo de leche fueron China y la India, pero tanto China como la India tienen una elevada proporción de adultos que no pueden digerir leche. Considerando que ambas culturas presumen de una cocina diversa, rica en todos los nutrientes necesarios, se hace difícil creer que la motivación para beber leche en la edad adulta resida simplemente en el beneficio nutritivo de su ingesta.

El papel de la agricultura en el aumento de la diversidad genética es un acontecimiento importante en la historia humana, no solo por su contribución a nuestro éxito evolutivo, sino también porque es un caso en el que la «civilización» influyó directamente en la evolución humana. Durante mucho tiempo creímos que la evolución se había detenido al desarrollarse la cultura y la civilización. La agricultura demuestra que la cultura y la civilización pueden tener efectos directos y dinámicos sobre la evolución humana a través de la explosión demográfica.

Solemos pensar que la evolución se produce de forma lenta y gradual: poco a poco, de manera discreta. Pero la evolución también puede tener lugar con una rapidez apabullante. Podemos ver sin problemas ejemplos de evolución ultrarrápida en productos agrícolas, animales de granja y mascotas. Todos han sido criados de manera selectiva para que tengan la forma que queremos y toda la variación resultante en las diferentes razas y variedades de cultivo ha tenido lugar en los últimos 10 000 años. Si es posible para las plantas y los animales, entonces también lo es para los humanos.
En la evolución, «ventaja» y «beneficio» no son valores intrínsecos ni absolutos. Un nuevo rasgo que accidentalmente resulta ser útil para la reproducción o la adaptación al ambiente en aquel momento es ventajoso y beneficioso. Pero aquel mismo rasgo puede ser desventajoso en un ambiente distinto. La cuestión es que todavía estamos evolucionando; a menudo, de manera impredecible.

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The present book, even trying the same, approaches the subject in another way. It contains 22 short articles in which different aspects related to this human evolution are treated, but without a chronological treatment. They are independent articles, which can be read sauteed. It deals with issues such as the difficulties of human childbirth, the origin of lactose intolerance, carnivorous feeding or cooperation, who were our first ancestors, bipedism as the driving force of our human condition, the development of the brain, the mystery of Denisovans and Homo floresiensis, human races, etc.
The style is very simple, and will serve as a pleasant and enjoyable introduction to the problems of paleoanthropology for a non-specialist or unfamiliar audience of these topics. Undoubtedly all that is to dig into the origins of Homo sapiens and what makes us human is certainly very attractive and the present book, written in 2017, deals with many current issues, in a scientific branch that changes constantly and especially in these last years. After a brief and very relaxed introduction to the author and her coming to America story (as the first Korean professor of palaeoanthropology) we are taken on a whistlestop tour of crucial aspects of the human evolution story. Keep in mind that the chapters are taken from articles Lee wrote for a non-academic publication in Korea, so just as with the introduction, these are written in a down to earth and accessible style rather than high-brow ponderings aimed at other members of the academic palaeoanthropology clique (as some other books seem to be). This choice of informal narrative style will likely ensure a great many people come to read this book and I honestly think that would be an excellent thing. It would be nice to see it do as well as Sapiens: A brief history of mankind because it does something similar for the lay reader. Of course, rather than educating us on the period since modern humans emerged as does Sapiens, Close Encounters with Humankind takes us through the vast expanse of time which connects us to the very first hominins with many sideroads explored along the way.
I have to admit that I was fascinated to learn more about the changes in how we humans are matured and delivered, the modifications to female anatomy that have come about as humans changed shape and size – mostly in respect to the large brain we carry around with us (often poorly used). We sometimes forget what the mothers of our distant ancestors went through as our brains began to rapidly expand as if childbirth is not tricky enough now it must have been a real trial with evolutionary changes to anatomy no-doubt lagging behind brain size increases. We are reminded that the pelvis, or fossils of the pelvis, are thus a handy indicator of those tracking brain expansion over the last 3 million years. Lee sums it up well when she reminds us to thank our mothers!
A chapter that I was not especially drawn to was ‘Got Milk?’ however, as it turned out, I learned some fascinating statistics about milk intolerance and the strange regional patterns associated with the ability to digest lactose. As one of those people that can digest milk (it remains questionable whether any adult should drink milk), I must admit to being unaware of the problems it causes for so many other people. It is chapters like this that I think have special appeal to the general public, when we have our assumptions turned upside down and find ourselves better educated on matters we took for granted. In a similar vein, we are offered some serious rethinking of ‘man the hunter’ as Lee takes us back in time to the beginnings of our acquisition of a taste for meat. The information certainly challenged my understanding of just how much ‘hunting’ really went on. I found myself telling my teenage daughter all about the more accurate representation of these early meat eaters in the book, and like me, she was left with a profoundly different view of these beings, one in which their stature and place in the pecking order is quite reduced! This is precisely the kind of book you can easily recommend to interested teenagers and students, and hopefully.

Several chapters will likely have broad popular appeal, these being on skin colour, the effects of adopting farming, how we cam to have our ‘human’ face and the correct understanding we should have in respect to race. These are such buzz topics that they need no summary from me I am sure, all I can say is they are well explained and should cause many people to question long-held beliefs (in some cases quite nasty beliefs).
Where things get very interesting is when we come to Lee’s perspectives on human origins that differ from those of the academics associated with Recent Out of Africa and absolute insistence on Africa being the home of our direct ancestors for the entire span of the last 6 million years. Lee makes it clear that she does not buy this view, with Homo erectus present in Georgia and Indonesia at almost precisely the same time as the earliest fossils of their species found in Africa there is no scientific reason to assume Homo sapiens must have evolved solely as an African hominin. This contrary view represents an argument most of the public will find new to them, as our mass media channels are entirely biased towards the Out of Africa perspective. I cannot think of one media organisation that does not continually state as a matter of fact that modern humans had an African genesis.
With Homo erectus being so widespread around the time of appearance in the fossil record we also have to wonder where the species first emerged. Lee rightly points out that we may yet find out that Homo erectus appeared in Eurasia and later migrated to Africa, rather than having arisen there first (somewhat supported by the surprisingly small brains of some of the Georgian fossils). There is also evidence that the Hobbits of Flores (Homo floresiensis) emerged from a hominin species far more archaic than H. erectus, their ancestor was somewhat similar to H. habilis. Hobbit ancestry is a slightly inconvenient fact for the Africa centrist perspective – what was such a ‘primitive’ hominin doing down on an Island in Southeast Asia one million years ago?
As a multi-regionalist scholar, Lee also reminds us that her school of thought has largely triumphed. We now know that modern humans are a hybrid of several human species or sub-species, including at least Neanderthals and Denisovans but with evidence suggesting two or more other missing human types also passed on genes to some of us living today. Discoveries in China have also questioned the idea that modern humans emerged from Africa around 60,000 years ago, several sites having produced fossils with dates well before 80,000 years before present. There are older fossils which place archaic Homo sapiens in East Asia up to 260,000 years ago, again supporting a multi-regional origination for our species.

I am very much on-side when it comes to revealing flaws in Out of Africa dogma. If anything I felt that Lee could have gone a little further with this line of questioning, especially as we now have substantial evidence that modern humans reached Australia impossibly early. There was also no mention of the fact that Aboriginals carry genes that suggest them to be ancestral to modern Eurasians – negating any need for a recent out of Africa migration 60,000 years ago to explain Asian and European origins.
I thoroughly enjoyed the overview of the Denisovan research findings and the way in which this species is changing our understanding of Asian hominins and early migrations. The chapter on the hobbits provides a reliable up to date summary for a public that has shown considerable interest in these diminutive early humans and will perhaps be one I go back to as I am not sure I soaked it all in the first time around. Indeed there are a few chapters I will be revisiting in the next few days.
As for criticisms of the book, these arise from two obvious points, the chapters had initially been stand-alone articles for a magazine so do not always flow into each other as well as they might. These articles were originally presented in Korean to a native Korean audience. As you might expect there are moments when we get the sense something has been lost in translation, this does sometimes interrupt the flow. One does ponder on why something has been said in the way it has; also some observations make more sense to someone with Asian cultural background but might come across as a little peculiar to a western reader. I would just say keep this background story to the book in mind as it will perhaps explain away a few points that grate a little during the narrative.

Krapina, in Croatia, is a cave site excavated at the beginning of the 20th century. The Krapina cave is famous because dozens of Neanderthals were buried there. Among the remains were many young women and children, and all of them shared some intriguing characteristics. First, none of the individuals were a complete specimen; there were only fragments of each one. In particular, there were fewer facial and cranial bones than would be expected. In addition, the bones had peculiar cut marks. What did this mean?
The paleoanthropologists interpreted all this as a test of cannibalism. At the beginning of the 20th century we imagined the Neanderthals as brutal savages, violent and barbarous. The cut marks of the Krapina cave turned out to be very different from the slaughter marks of animal remains and more similar to those of the secondary burial sites. In particular, the cut marks of Krapina were at the end of the bones. This pattern was very similar to the marks made in the secondary burials of the native Americans, and it was evident that these marks were not of the type that would be produced when cutting meat for consumption. We can not make assumptions about our past beyond the conclusions that archaeological and paleoanthropological data support. In fact, there is evidence of ancient cannibalistic behavior … but we can not call “cannibals” with certainty those who behaved that way.
One reason why fore cannibalism became widely known was the appearance of a rare disease in the 1950s. Upon learning of the spread of an unknown disease among the fore, Australia sent a team of medical researchers who reported that the affected women complained that they felt very weak and could not stand; they could only lie in bed and eat very little. As the disease progressed, the afflicted individuals experienced tremors and convulsions throughout the body and eventually died. Due to the tremors, it was called the kuru disease, which means “trembling” in the indigenous language. Some people also called it “laughter disease” because some patients suffered fits of unstoppable laughter.
The kuru has a very long incubation period, usually between five and twenty years, but sometimes it reaches forty years.
The scientific community had surmised that proteins could be this unit of inheritance, but the theory had not yet been empirically demonstrated. Gajdusek’s research on the kuru documented a prion disease for the first time.
Kuru is part of a class of diseases that are known to affect other mammals and humans and cause complete neurological degeneration. Unlike cancer cells, which multiply uncontrollably by processes of regular cell division, prions transform the cells around them. Currently, scientists hold the hypothesis that the epidemic of kuru began with the funeral rituals of a person who must have kuru, which was endemic to the population. The disease spreads not only by eating the infected brain, but also by contact with open wounds: women who continued to clean the corpses even after being cut during the process were probably infected in this way, thereby increasing the rate of infection.

Charles Darwin spoke of four characteristics that are unique to humans: big brain, small teeth, walking upright and using utensils. Although Darwin’s model is no longer accepted literally, it has had a great influence on the way paleoanthropologists hypothesize and model the origins of ancient hominins. First, it was conjectured that the ancestors of the hominins had some combination of these four characteristics, which in turn explained how the lineage of the hominins was initiated.
That humans have a brain greater than that of other animals in proportion to the size of the body is, in fact, one of the most striking features of our species. In fact, our brain is large even in terms of absolute size. Thanks to this great organ, humans have the cognitive capacity to process a tremendously large volume of information. The first hominins had a brain size close to that of an average gorilla or chimpanzee: about 350-400 cubic centimeters, a very small size for the human lineage. It is not clear that any species with a relatively small brain like this could make and use utensils. Considering that chimpanzees are able to make moderately sophisticated use of utensils, we can not say with certainty that the first hominins did not use utensils or that archaeological traces of such use can not be discovered. Not all utensils can be discovered, especially if they are made of materials other than stone. However, lithic utensils are preserved for a long time.
A great example comes from Australopithecus garhi, discovered in 1966 in Ethiopia. The Australopithecus garhi dates back 2.5 million years ago and was discovered with a lithic tools technology similar to the Oldowana industry.

Apolipoprotein, the protein that removes fatty compounds from the blood, is also associated with critical illnesses that have often been linked to Alzheimer’s disease, dementia and stroke. Some researchers think that the apolipoprotein gene is the direct cause of these other diseases associated with old age. If so, why do humans still have such a dangerous gene? Should not a gene that causes such serious illnesses and death have to have eliminated natural selection?
The fact that we still carry a gene that leads to the aging process is explained in evolutionary biology by several hypotheses, one of which is pleiotropy, the association of a gene with several traits. Suppose that a certain pleiotropic gene is beneficial during childhood and youth, but that it is harmful during old age. Natural selection favors children and youth more than the years after our reproductive capacity. This trend can be used to explain APOE4. The gene for this protein is still in our gene pool because the benefit of eliminating fatty compounds from the blood is greater than the damage associated with Alzheimer’s or stroke. Our ability to eat meat carries a cost. The apolipoprotein gene helped us survive by transforming us into meat lovers and is here to stay, regardless of the diet choices we make today.

There is a hypothesis that the lactase mutation was an adaptation to the economy of dairy products and grazing. This mutation, present only during the last 10,000 years, is a very recent event from the perspective of human evolutionary history, but in some populations the mutation frequency is already very high, up to 90 percent. Why has recent selective pressure been so strong to digest milk? Such a rapid dispersion of a mutation means that people with that particular mutation have been leaving more offspring in the next generation than those who lacked that mutation, and in a significant way. In other words, people who could not drink milk either died younger, did not have as much reproductive success as those who could drink it. Another argument is that milk provides calcium and valuable proteins. But calcium and protein can also be acquired through cheese or yogurt, which are easier to digest than milk because of the way in which lactose has been transformed through the fermentation process. Why should a human population expect a genetic mutation to arise when an easier and more immediate adaptation route is possible through culture? In fact, many cultures in the Middle East have economies of dairy products, but the proportion of adults who can digest milk is lower than that in Northern Europe. It is possible that the lower frequency of enzymes to digest milk in Middle Eastern populations is because they ingest the milk in a way that is easier to digest, such as cheese or yogurt.
A final hypothesis is that milk provides vitamin D, an important component for the absorption of calcium in the body. It is also the only vitamin that we can synthesize in our body from sunlight. Since there is not much sunlight in northern Europe, the hypothesis of vitamin D is convincing. However, this argument is less convincing when we consider other regions in which mutations for lactose digestion are also prevalent, such as Sudan. In conclusion, the mystery continues. In the 1990s, the two countries that showed the greatest increase in milk consumption were China and India, but both China and India have a high proportion of adults who can not digest milk. Considering that both cultures boast a diverse cuisine, rich in all the necessary nutrients, it is difficult to believe that the motivation to drink milk in adulthood lies simply in the nutritional benefit of its intake.

The role of agriculture in increasing genetic diversity is an important event in human history, not only because of its contribution to our evolutionary success, but also because it is a case in which “civilization” directly influenced human evolution . For a long time we believed that evolution had stopped when culture and civilization developed. Agriculture demonstrates that culture and civilization can have direct and dynamic effects on human evolution through population explosion.

We tend to think that evolution occurs slowly and gradually: little by little, discreetly. But evolution can also take place with an overwhelming rapidity. We can easily see examples of ultra-rapid evolution in agricultural products, farm animals and pets. All have been bred selectively so that they have the shape we want and all the resulting variation in the different breeds and crop varieties has taken place over the last 10,000 years. If it is possible for plants and animals, then it is also for humans.
In evolution, “advantage” and “benefit” are not intrinsic or absolute values. A new feature that accidentally turns out to be useful for reproduction or adaptation to the environment at that time is advantageous and beneficial. But that same trait can be disadvantageous in a different environment. The point is that we are still evolving; often, unpredictably.

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