El Decrecimiento Económico Explicado Con Sencillez — Carlos Taibo / The Economic Decrease Explained With Simplicity by Carlos Taibo (spanish book edition)

Un breve libro actualizado por el autor y que me parece una lectura interesante sobre este concepto tan actual.

1. Lo primero que hay que señalar es que el crecimiento económico no genera, o no genera de manera necesaria, cohesión social.
2. Tampoco es en modo alguno evidente que el crecimiento económico se vincule con la creación de puestos de trabajo y, de resultas, permita reducir el paro. Las últimas décadas de las economías capitalistas desarrolladas —de los países del Norte, para decirlo de forma rápida— se han traducido en un significativo crecimiento económico que se ha visto acompañado, sin embargo, de la destrucción de muchos puestos de trabajo.
3. Un tercer hecho relevante, e inquietante, es que el crecimiento económico se ha traducido muy a menudo en agresiones medioambientales literalmente irreversibles. Es verdad que, aunque no falten, los efectos de esas agresiones no son particularmente visibles en los países ricos. Lo común es que la preservación del nivel de vida de estos últimos haya exigido, desde hace tiempo, poderosas agresiones contra el medio natural asestadas ante todo en los países del Sur.
4. Otra consecuencia delicada del crecimiento económico es la que nos habla del progresivo agotamiento de recursos que sabemos no van a estar a disposición de las generaciones venideras. Este hecho es singularmente grave, siquiera sólo sea porque nos emplaza ante una situación moral delicada: no vaya a ser que nuestro bienestar de hoy, aparente o real, se asiente en una reducción sensible en las posibilidades al alcance de quienes nos han de suceder en el planeta Tierra.
5. Varios de los elementos que he manejado hasta aquí emplazan de lleno en los entresijos de la relación Norte-Sur.
6. Somos a menudo víctimas de lo que algunos autores han descrito como un modo de vida esclavo. En virtud de este último, tendemos a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes consigamos consumir. En la trastienda de ese engaño hay tres grandes procesos, vitales para explicar por qué se ha asentado ese modo de vida esclavo del que hablo. El primero es la publicidad, un conjunto de técnicas, muy eficaces, que nos obligan a comprar lo que las más de las veces no necesitamos y, llegado el caso, aquello que objetivamente nos repugna. El segundo es el crédito, que nos permite conseguir dinero para adquirir eso que no precisamos. El tercero, en fin, es la caducidad: los bienes son producidos de tal manera que en un período de tiempo muy breve dejan de funcionar, con lo cual nos vemos en la obligación, o poco menos, de comprar otros nuevos.

* Al calor de la globalización capitalista se ha registrado en todo el planeta, en el Norte como en el Sur, un visible endurecimiento de las condiciones laborales. Las consecuencias son fáciles de apreciar en un escenario en el que los beneficios empresariales se han multiplicado y, con ellos, lo han hecho también las prácticas especulativas. Esas consecuencias asumen la forma de salarios cada vez más bajos, jornadas laborales más prolongadas, derechos sociales que retroceden y, en suma, precariedad que se extiende por doquier.
* Herencia principal de siglos de expolio de los recursos de los países pobres, la relación Norte-Sur sigue marcando hoy, y poderosamente, la vida del planeta. Su efecto mayor es la existencia de enormes diferencias entre esas dos partes enfrentadas. Recuérdese que más de 3.000 millones de personas —la mitad de la población de la Tierra— se ven obligadas a malvivir con menos de dos dólares cada día, en tanto 1.300 millones de esas personas deben hacerlo, en situación de pobreza extrema, con menos de un dólar diario.
* Muchas de las materias primas energéticas más importantes se hallan en rápido proceso de agotamiento, con lo cual es evidente que ya han empezado a escasear y que sus precios subirán. Parece evidente, en particular, que en virtud de las condiciones geológicas el volumen de petróleo que puede extraerse está irrevocablemente llamado a reducirse en los años venideros, y ello con independencia de los avances técnicos que puedan realizarse.
* El último de los grandes problemas mencionados no es otro que el cambio climático, consecuencia ante todo de la emisión, en los dos últimos siglos, de enormes cantidades de gases que fortalecen el llamado efecto invernadero. Los signos del cambio climático son varios. El primero es un ascenso planetario de las temperaturas. Existe en la comunidad científica internacional un consenso abrumador en lo que hace a la idea de que es inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados centígrados…

Asumir una crítica del consumo y sus miserias no es una injustificable intromisión en derechos sagrados del individuo: la preservación de estos últimos se asienta con claridad en la cancelación de los derechos de muchos de los habitantes de los países pobres y de muchos de los integrantes de las generaciones venideras. No sólo se trata, pues de reducir el tiempo de trabajo: también hay que reducir el tiempo de consumo y rechazar la dictadura que éste ejerce sobre nuestras vidas de la mano de una fraudulenta identificación con el bienestar y la felicidad.

1. La primacía de la vida social —acabo de señalarlo— frente a la lógica frenética de la producción, el consumo y la competitividad. Es difícil imaginar que esa primacía se consolida si antes no hemos conseguido salir, y con claridad, del capitalismo.
2. El ocio creativo, frente a las formas de ocio, siempre vinculadas con el dinero y con el consumo, que se nos ofrecen por doquier. En tal sentido, el decrecimiento acarrea una crítica radical de la mayoría de las formas que ha acabado por asumir la industria cultural que nos acosa por todas partes.
3. El reparto del trabajo, una vieja y clásica demanda sindical que infelizmente fue perdiendo fuelle con el paso del tiempo, co­­mo si el sálvese quien pueda hubiese penetrado de lleno en la práctica cotidiana de los sindicatos.
4. La reducción del tamaño de muchas de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte. La globalización capitalista, en su dimensión de proyecto claramente centralizador y mastodóntico.
5. La recuperación de muchos de los elementos de la vida local frente, una vez más, a la lógica de la globalización en curso. Esa recuperación debe asentarse en lugar central en una demanda de descentralización y descomplejización, y debe traducirse en un renacer de la vida rural frente a las megalópolis —las grandes ciudades— forjadas en los últimos decenios. Entre las consecuencias de este proceso se hallará, por fuerza, la reaparición de fórmulas de democracia directa y autogestión.
6. En el terreno individual, la sobriedad y la sencillez voluntarias, dos elementos característicos de la vida de muchos de nuestros antecesores que han sido literalmente arrasados por la sinrazón del capitalismo y de sus reglas.

1. Hay que reducir los niveles de consumo en muchos ámbitos, en un escenario en el que debe premiarse el uso razonable de los recursos. De producirse éste, la electricidad, el gas o el agua podrían ser gratuitos, de tal manera que sólo los pagasen —y a precios sensiblemente superiores a los actuales— quienes hiciesen un uso inmoderado de esos recursos. A quien deje de utilizar el coche se le podría premiar, sin ir más lejos, con un transporte público gratuito.
2. Hay que reducir los desplazamientos que implican consumos fuertes de energía. En ese sentido es preferible caminar y moverse en bicicleta que emplear el automóvil, como es preferible compartir este último antes que utilizarlo en solitario. El transporte público debe merecer, por lo demás, una clara prioridad. La de trabajar desde casa es, en suma, una opción cada vez más posible (aunque conviene recelar de la opinión, muy extendida, de quienes piensan que los ordenadores nada tienen que ver con consumos muy altos de energía y no son responsables de agresión alguna contra el medio natural).
3. Hay que alejarse de la televisión y de la radio, y con ellas de sus gritos y de la propaganda que transmiten.
4. Hay que comprar productos generados en las cercanías del lugar en que vivimos, y ello tras estudiar cómo se producen los bienes y premiar aquellos que reflejan proyectos marcados por la justicia y la igualdad. Frente a la general mcdonalización que se nos ofrece, debemos pensar en lo que comemos, y dedicar a la comida más tiempo, otorgándole una dimensión social de la que hoy carece. En términos generales hay que procurar que las cosas se hagan con sentido y con calma.
5. Hay que compartir los bienes con los vecinos —una lavadora para un portal, todo tipo de productos culturales—, de la misma forma que hay que comprar bienes usados y reparar aquellos que ya tenemos. Reutilizar y reciclar los bienes es siempre recomendable —resulta mucho más fácil cuando esos bienes son duraderos—, como lo es intercambiarlos y promover su donación en provecho de quienes los precisan.
6. Hay que rehuir el sistema bancario, al tiempo que se buscan iniciativas locales y éticas de financiación y ahorro. Por razones obvias, hay que eludir, también, la bolsa y la especulación.
7. Hay que preguntarse para qué se trabaja tantas horas.
8. Hay que abrir nuevos espacios de autonomía que, de la mano de las redes de economía social, reduzcan las dependencias en todos los órdenes. En este ámbito pueden promoverse iniciativas varias, como es el caso, y son ejemplos entre muchos, de las vinculadas con las redes de consumo, el cooperativismo, los bancos de tiempo —permiten intercambiar servicios sin intercambiar dinero—, las monedas sociales —alientan el desarrollo del comercio y de la economía locales— o los bancos de alimentos —sin ánimo de lucro, y casi siempre a través de trabajo voluntario, se proponen conseguir los alimentos que sobran en supermercados…

Críticas:

1. La primera de ellas nace de los circuitos oficiales de los sistemas que padecemos. Lo común es que en esos circuitos se ignore sin más lo que los decrecentistas dicen y reivindican, acaso por estimar que la propuesta correspondiente es una extravagancia que no merece sino desprecio. Por detrás de este juicio es fácil apreciar la influencia de los economistas que trabajan para el sistema en cuestión, incapaces de someter a revisión los fundamentos de su disciplina.
Es verdad, con todo, que en algunos casos se reconoce a los decrecentistas buenas intenciones que se toparían, sin embargo, y siempre desde el discurso oficial, con tres obstáculos. El primero sería la presunta condición catastrofista —y digo presunta porque cada vez es mayor el consenso científico en lo que respecta a las delicadísimas secuelas de la crisis ecológica— del diagnóstico decrecentista.
2. Una segunda posición crítica ha nacido en el marco de determinados segmentos de la izquierda que se vinculan, con razón o sin ella, con el pensamiento de Marx. En realidad, las contestaciones del decrecimiento que han surgido en ese ámbito no son propiamente tales: la mayoría de las veces lo que hacen es ignorar, sin más, la existencia de la crisis ecológica. Si es verdad que en determinados círculos del ecologismo radical se ha abusado del concepto de huella ecológica —como si sirviese para fundamentarlo todo—.
3. La tercera posición crítica bebe de lo que llamaré izquierda insurreccionalista. En este caso lo que destaca no es, como en el anterior, la voluntad de ignorar el relieve de la cri­­sis ecológica que se nos viene encima, sino, antes bien, el propósito de subrayar que el del decrecimiento es un proyecto reformista que en los hechos no aspiraría a otra cosa que a adelgazar el capitalismo para que recupere su buen tipo de antaño. No se trata de negar que determinadas modulaciones de la propuesta del decrecimiento bien pueden justificar ese temor; bastará con que mencione aquellas que contemplan en exclusiva cambios en la conducta individual y apenas asumen críticas del sistema imperante. Tomar la parte por el todo es, sin embargo, distorsionar la realidad, y en este caso supone ignorar que la mayor parte de las gentes que pelean por el decrecimiento lo hacen desde perspectivas manifiestamente anticapitalistas.

Es verdad que por detrás de estas disputas hay otra: mientras los sectores insurreccionalistas parecen esperarlo todo de un colapso general del sistema que se verá acompañado de una inevitable revolución —o aguardan una revolución que acelerará el colapso del sistema—, la mayoría de las posiciones decrecentistas, sin descartar lo anterior, consideran que hay que poner manos a la tarea de abrir espacios de autonomía con respecto al capitalismo, tanto por lo que implican de construcción de un mundo nuevo como por lo que tienen de acumulación de fuerzas y de difusión de visiones alternativas y contestatarias. El insurreccionalismo que ignora este horizonte corre el riesgo, por lo demás, de quedarse en el vacío.

No es cierto que el capitalismo carezca de respuesta ante el colapso. Ocurre, eso sí, que la que probablemente se halla en ciernes es, en sí misma, una forma de colapso. Me refiero a lo que empieza a llamarse ecofascismo. Ya sé que el término resulta moderadamente sorprendente, toda vez que estamos acostumbrados a concluir que el prefijo eco- acompaña siempre a realidades saludables o, al menos, neutras. Bueno será que recuerde, sin embargo, que en el Partido Alemán Nacional Socialista, el partido de Hitler, operó un activo grupo de presión de carácter eventualmente ecologista, empeñado en defender la vuelta al mundo rural, en criticar las consecuencias negativas de la urbanización y de la industrialización. En el núcleo de la propuesta ecofascista está, a tono con las tesis de Amery que he manejado en su momento, la idea de que en el planeta sobra gente. De resultas, se trataría de marginar a quienes sobran —esto ya lo hacen—, en la versión más moderada, o de exterminarlos directamente, en la más dura. Conviene que subraye, aun así, que el escenario que prepara el ecofascismo no parece ajustarse a la metáfora de una tercera guerra mundial, sino, antes bien, al de un horizonte neofeudal en el que los restos del viejo orden.

Nuestras posibilidades de esquivar el colapso se van reduciendo dramáticamente. Acaso lo que hoy está a nuestro alcance es postergar un poco aquél y mitigar un tanto sus consecuencias más negativas. Ni el cambio climático parece frenable ni estamos en condiciones de cancelar el progresivo agotamiento de las materias primas energéticas.
La segunda obliga a subrayar las enormes dificultades que se presentan a la hora de dar crédito a la idea de que la respuesta ante todos estos problemas debe llegar de las instituciones. El sistema que padecemos muestra una ingente habilidad: la de conseguir que no hagamos las preguntas importantes. Se nos dice una y otra vez, por ejemplo, que tenemos que buscar nuevas fuentes de energía que nos permitan conservar, y en su caso acrecentar, lo que hemos alcanzado, sin ofrecernos la oportunidad de discutir lo principal: ¿realmente nos interesa preservar eso que hemos obtenido o, por el contrario, bien podríamos prescindir, con muchas ventajas, de muchos de sus elementos?.

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A brief book updated by the author and that seems to me an interesting reading on this current concept.

1. The first thing that must be pointed out is that economic growth does not generate, or does not necessarily generate, social cohesion.
2. It is also not at all evident that economic growth is linked to the creation of jobs and, as a result, to reduce unemployment. The last decades of the developed capitalist economies -of the countries of the North, to put it quickly- have translated into significant economic growth that has been accompanied, however, by the destruction of many jobs.
3. A third relevant and disturbing fact is that economic growth has very often translated into literally irreversible environmental aggressions. It is true that, although not lacking, the effects of these aggressions are not particularly visible in rich countries. The common thing is that the preservation of the standard of living of the latter has demanded, for a long time, powerful aggressions against the natural environment first of all in the countries of the South.
4. Another delicate consequence of economic growth is that which speaks of the progressive depletion of resources that we know will not be available to future generations. This fact is singularly serious, even if only because it places us before a delicate moral situation: it is not going to be that our well-being of today, apparent or real, is based on a sensible reduction in the possibilities available to those who have to succeed us. planet Earth.
5. Several of the elements that I have handled up to this point squarely in the ins and outs of the North-South relationship.
6. We are often victims of what some authors have described as a slave way of life. By virtue of the latter, we tend to think that we will be happier the more hours we work, the more money we earn and, above all, the more goods we get to consume. In the back room of this deception there are three great processes, vital to explain why that slave way of life of which I speak has settled. The first is advertising, a set of techniques, very effective, that force us to buy what we do not need most of the time and, if necessary, that which objectively disgusts us. The second is credit, which allows us to get money to buy what we do not need. The third, finally, is expiration: the goods are produced in such a way that in a very short period of time they stop working, with which we are obliged, or little less, to buy new ones.

* In the heat of capitalist globalization there has been a visible hardening of working conditions throughout the planet, in the North and in the South. The consequences are easy to appreciate in a scenario in which business profits have multiplied and, with them, so have speculative practices. These consequences assume the form of ever lower wages, longer working days, social rights that recede and, in short, precariousness that spreads everywhere.
* The main inheritance of centuries of plundering the resources of poor countries, the North-South relationship continues to mark today, and powerfully, the life of the planet. Its greatest effect is the existence of enormous differences between these two opposing parties. Recall that more than 3,000 million people – half of the Earth’s population – are forced to live on less than two dollars each day, while 1,300 million of those people must do so, in a situation of extreme poverty, with less than one dollar a day.
* Many of the most important energy raw materials are in a rapid process of depletion, with which it is evident that they have already begun to become scarce and that their prices will rise. It seems evident, in particular, that by virtue of geological conditions the volume of oil that can be extracted is irrevocably called to be reduced in the years to come, regardless of the technical advances that can be made.
* The last of the major problems mentioned is none other than climate change, a consequence first and foremost of the emission, in the last two centuries, of enormous amounts of gases that strengthen the so-called greenhouse effect. The signs of climate change are several. The first is a planetary rise in temperatures. There is an overwhelming consensus in the international scientific community regarding the idea that it is inevitable that the average temperature of the planet rise at least two degrees centigrade …

Assuming a critique of consumption and its miseries is not an unjustifiable interference in the sacred rights of the individual: the preservation of the latter is clearly established in the cancellation of the rights of many of the inhabitants of poor countries and of many of the members of society. the generations to come. It is not only a matter of reducing working time: we also have to reduce the time of consumption and reject the dictatorship that it exerts over our lives in the hand of a fraudulent identification with welfare and happiness.

1. The primacy of social life – I have just pointed out – in the face of the frenetic logic of production, consumption and competitiveness. It is difficult to imagine that this primacy is consolidated if before we have not been able to leave, and clearly, of capitalism.
2. Creative leisure, as opposed to forms of leisure, always linked to money and consumption, which are offered to us everywhere. In this sense, degrowth brings a radical critique of most of the forms that the cultural industry has finally assumed that haunts us everywhere.
3. The distribution of work, an old and classic union demand that unfortunately was losing steam over time, as if the every man for himself could have penetrated fully into the daily practice of unions.
4. The reduction of the size of many of the productive, administrative and transport infrastructures. Capitalist globalization, in its dimension of clearly centralizing and mammoth project.
5. The recovery of many of the elements of local life, once again, against the logic of ongoing globalization. This recovery should be central to a demand for decentralization and decomplexization, and should result in a revival of rural life in the face of the mega-cities -the big cities- forged in recent decades. Among the consequences of this process will be, by force, the reappearance of formulas of direct democracy and self-management.
6. In the individual field, voluntary sobriety and simplicity, two characteristic elements of the lives of many of our predecessors who have been literally devastated by the unreason of capitalism and its rules.

1. We must reduce levels of consumption in many areas, in a scenario in which the reasonable use of resources must be rewarded. If this occurs, electricity, gas or water could be free, so that only paid – and at prices significantly higher than today – those who made an immoderate use of these resources. Whoever stops using the car could be rewarded, without going any further, with a free public transport.
2. We must reduce the displacements that involve strong energy consumption. In this sense, it is preferable to walk and cycle by bicycle than to use the automobile, as it is preferable to share the latter rather than using it alone. Public transport should deserve, moreover, a clear priority. Working from home is, in short, an increasingly possible option (although we should beware of the widespread opinion of those who think that computers have nothing to do with very high energy consumption and are not responsible for any aggression against the natural environment).
3. You have to get away from television and radio, and with them your screams and the propaganda they transmit.
4. You have to buy products generated in the vicinity of the place where we live, and this after studying how goods are produced and reward those that reflect projects marked by justice and equality. In front of the general mediation that is offered to us, we must think about what we eat, and spend more time on food, giving it a social dimension that it lacks today. In general terms, we must ensure that things are done with meaning and calmly.
5. You have to share the goods with your neighbors – a washing machine for a portal, all kinds of cultural products – in the same way that you have to buy used goods and repair those you already have. Reusing and recycling goods is always advisable-it is much easier when those goods are durable-as is exchanging them and promoting their donation for the benefit of those who need them.
6. The banking system must be avoided, while local and ethical financing and saving initiatives are being sought. For obvious reasons, we must also avoid the stock market and speculation.
7. You have to ask yourself why you work so many hours.
8. We must open new spaces of autonomy that, together with social economy networks, reduce dependencies in all orders. In this area, various initiatives can be promoted, as is the case, and they are examples among many of those linked to consumer networks, cooperativism, time banks -they allow exchanging services without exchanging money-, social currencies -the development of local commerce and economy- or food banks -without profit motive, and almost always through voluntary work, they propose to obtain the food that is left over in supermarkets …

Critics:

1. The first one is born from the official circuits of the systems that we suffer. The common thing is that in those circuits it is ignored without more what the decrecentistas say and they claim, perhaps for estimating that the corresponding proposal is an extravagance that does not deserve but contempt. Behind this judgment it is easy to appreciate the influence of the economists who work for the system in question, unable to review the foundations of their discipline.
It is true, however, that in some cases the good intentions are recognized to the decrecentistas who would meet, however, and always from the official discourse, with three obstacles. The first would be the presumed catastrophist condition – and I presume because there is a growing scientific consensus with regard to the very delicate consequences of the ecological crisis – of the decrecentist diagnosis.
2. A second critical position was born within the framework of certain segments of the left that are linked, rightly or wrongly, to Marx’s thinking. In reality, the answers to the decline that have arisen in this area are not strictly speaking: most of the time what they do is ignore, without further ado, the existence of the ecological crisis. If it is true that in certain circles of radical environmentalism the concept of an ecological footprint has been abused – as if it served to ground everything.
3. The third critical position drinks from what I will call the insurrectionist left. In this case what stands out is not, as in the previous one, the willingness to ignore the relief of the ecological crisis that is coming upon us, but, rather, the purpose of emphasizing that the decrease is a reformist project that in the facts would not aspire to anything other than to thin capitalism so that it recovers its good type of yesteryear. It is not a question of denying that certain modulations of the decrease proposal can justify that fear; it will suffice to mention those that contemplate exclusively changes in individual behavior and hardly assume criticism of the prevailing system. Taking the part for the whole is, however, distorting reality, and in this case it means ignoring that most of the people who fight for degrowth do so from manifestly anti-capitalist perspectives.

It is true that behind these disputes there is another: while the insurrectionary sectors seem to expect everything from a general collapse of the system that will be accompanied by an inevitable revolution – or await a revolution that will accelerate the collapse of the system – most of the positions decrecentistas, without discarding the previous thing, they consider that it is necessary to put hands to the task of abrir spaces of autonomy with respect to the capitalism, so much for what they imply of construction of a new world as for what they have of accumulation of forces and of diffusion of alternative and rebellious visions. The insurrectionalism that ignores this horizon runs the risk, moreover, of remaining in a vacuum.

It is not true that capitalism lacks an answer to the collapse. It happens, yes, that the one that is probably in the making is, in itself, a form of collapse. I am referring to what begins to be called eco-fascism. I already know that the term is moderately surprising, since we are used to conclude that the prefix echo- always accompanies healthy realities or, at least, neutral. It will be good to remember, however, that in the National Socialist Party of Germany, Hitler’s party operated an active pressure group of an ecologist nature, determined to defend the return to the rural world, to criticize the negative consequences of urbanization and of industrialization. At the core of the ecofascist proposal is, in keeping with Amery’s thesis that I have handled at the time, the idea that there are many people on the planet. As a result, it would be a question of marginalizing those who are left over – this is already the case – in the more moderate version, or of exterminating them directly, in the hardest. It should be noted, however, that the scenario that prepares eco-fascism does not seem to fit the metaphor of a third world war, but, rather, that of a neo-feudal horizon in which the remains of the old order.

Our chances of dodging the collapse are dramatically reduced. Perhaps what is now within our reach is to postpone a little that one and mitigate somewhat its most negative consequences. Neither climate change seems to be slowing down nor are we in a position to cancel the progressive depletion of energy raw materials.
The second one obliges us to underline the enormous difficulties that arise when giving credit to the idea that the answer to all these problems must come from the institutions. The system that we suffer shows an enormous ability: that of getting us not to ask the important questions. We are told again and again, for example, that we have to look for new sources of energy that allow us to conserve, and if necessary increase, what we have achieved, without offering us the opportunity to discuss the main thing: do we really want to preserve that? that we have obtained or, on the contrary, we could do without, with many advantages, many of its elements ?.

Un pensamiento en “El Decrecimiento Económico Explicado Con Sencillez — Carlos Taibo / The Economic Decrease Explained With Simplicity by Carlos Taibo (spanish book edition)

  1. Un libro de lectura necesaria para darnos cuenta los vaivenes que tiene la economía y que afectan los sueldos. Con mucha claridad explican los resultados nefasto de la política neoliberal. Un aporte al conocimiento cuando no somos expertos en estos temas. Saludos.

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