Barcelona, Madrid Y El Estado — Jacint Jordana / Barcelona, Madrid And The State by Jacint Jordana (spanish book edition)

Un libro interesante. Si algo puede tener claro, desde hace ya mucho tiempo, pero muy especialmente desde septiembre de 2017, cualquiera que se atreva a criticar decisiones tomadas desde el independentismo y también otras tomadas por el Estado (en el ámbito judicial o político) es que tiene garantizada la rotunda descalificación desde ambos polos. Negar que este conflicto tiene un componente nacionalista esencial sería absurdo. No lo niega el autor, pero se plantea y nos plantea a sus lectores el reto de bucear en otras claves menos manoseadas. Ya sabemos que la relación entre Cataluña y el resto de España está marcada por el enfrentamiento entre un nacionalismo catalán y un nacionalismo español empujados a menudo en sus acciones por sus sectores más radicales o excluyentes.  La resistencia estatal a ceder competencias y soberanía hacia abajo, en beneficio de los entes regionales, autonómicos y, sobre todo, locales. Si cruzamos esa realidad política, que en el caso de España obviamente hay que encajar en su pertenencia a la Unión Europea, con una globalización económica y financiera en la que multinacionales empresariales y bancarias dominan la toma de decisiones, tiene todo el sentido preguntarse por los efectos que estos procesos tienen sobre la democracia (lo que el profesor Sánchez-Cuenca definió como “impotencia democrática”).

Madrid y Barcelona, han to­­mado un enorme protagonismo en el marco de la globalización y cuyo crecimiento en las últimas décadas ha tensionado, y mucho, las dinámicas políticas tradicionales. El segundo problema es el deterioro de las relaciones entre niveles de gobierno en España, que ha afectado gravemente a la formulación de las políticas públicas, generando una creciente frustración respecto al papel del Estado para articular espacios de colaboración y coordinación territorial. La crisis catalana nos muestra cómo la ausencia de un complejo tejido institucional multinivel, capaz de producir políticas públicas eficaces, que abordará también el reto de las ciudades globales, acabó alimentando las expectativas de formar un nuevo Estado en una parte de su territorio.
Aunque el mundo político ha tenido en escasa consideración el impacto de los procesos de europeización y globalización en los equilibrios territoriales de España, no por ello estos son menos importantes. La emergencia de grandes ciudades globales, la aparición de nuevas interdependencias hacia el exterior, los enormes cambios en los flujos comerciales o el impacto de internet y las nuevas redes de comunicación, entre otras transformaciones, han planteado graves desafíos a muchas políticas públicas, que en pocos casos se han afrontado de forma decidida. La frustración de las políticas públicas del Estado español proviene de una crisis profunda, que pone de relieve la incapacidad estructural del Estado para vertebrar iniciativas realmente efectivas en muchos ámbitos sectoriales. Sin reformas profundas, existen importantes limitaciones para dar respuesta a las expectativas de los ciudadanos, o de los territorios y ciudades más dinámicas, así como para afrontar la competencia inherente a nuestro mundo globalizado.

El independentismo en Cataluña no es exclusivamente un movimiento nacionalista, aunque mantiene un fuerte componente de nacionalismo cívico, ni un movimiento basado exclusivamente en componentes de identidad, que proponen la reivindicación de un pasado glorioso (si bien convive con algunos elementos en esta dirección). De hecho, el pulso por la independencia puede considerarse también como una respuesta política, con un fuerte componente estratégico de base territorial, a los desafíos que está generando la globalización, en particular, en su actual fase multipolar en el conjunto de países desarrollados. Hay que añadir que confluye también en este pulso una respuesta a un problema de articulación estatal no resuelto históricamente, lo que hace mucho más probable su dinamización. En todo caso, el pulso por la independencia de Cata­­luña, surgido en la segunda década de este siglo, muestra claramente que la lucha por la supervivencia y el bienestar de las comunidades políticas en el norte desarrollado no ha hecho más que empezar y, posiblemente, tensiones similares emergerán donde aparezcan otras coaliciones similares, aunque sea en contextos muy diversos, en particular, cuando existan contratos sociales en crisis. Segu­­ramente, nuevas formas de colaboración entre ciudades globales y estados, por una parte, y la expansión de mecanismos de integración regional, por otra, serán deter­­minantes para evitar tensiones y superar conflictos estancados, derivados de los problemas de adaptación de algunos de los estados europeos al nuevo contexto global. Establecidos hace ya siglos, los estados europeos, especialmente los más grandes, afrontan grandes retos para su supervivencia en el futuro como entidades políticas capaces de aportar valor público y, para superarlos, se requiere de una gran capacidad de innovación y transformación, trabajando conjuntamente con las ciudades globales.

En momentos de crisis, renovar la comunión de la identidad nacional se convierte en la nueva religión compartida, cuya fe no se discute para no sembrar dudas sobre las creencias que sustentan el apoyo a los estados en tiempos inciertos. Por ello, la sensación de pánico también se explica porque el territorio es percibido como el núcleo de la soberanía de los estados y, en un contexto de incertidumbre, la última frontera. En un país con dificultades para dar respuestas a las necesidades de la sociedad y la economía frente a los retos de la globalización y la competencia internacional, las tensiones territoriales irresueltas, en múltiples ámbitos sectoriales, se han ido acumulando con los años. En este sentido, no es del todo imposible que estos problemas escalen y contribuyan a provocar conflictos sistémicos que afecten al conjunto del régimen político, como en el caso del pulso por la independencia en Cataluña. Una de las consecuencias que se puede extraer de este conjunto de casos es la necesidad de impulsar serias transformaciones institucionales, que permitan un giro en las formas de gobernanza multinivel en España, y consoliden la calidad y la cultura democrática del país. Junto a estos factores, en parte estructurales y en parte intencionales, hay otro elemento que es necesario examinar en detalle para comprender mejor el lamentable estado de las políticas de I+D en España, así como la ausencia de un debate político y la escasa preocupación social al respecto. Se trata de su dimensión territorial, donde se puede observar la ausencia de todo tipo de coordinación entre niveles de gobierno; en particular, entre el aparato central del Estado y las autonomías. El problema es antiguo, ya emergió en los años fundacionales del Estado de las autonomías en España y, de hecho, podemos añadir que solo ha ido a peor en las décadas siguientes.
Hay que remontarse a los tiempos de la transición política para entender el origen de este problema. Después de una discusión inicial sobre el nivel territorial responsable de las políticas de investigación e innovación durante la transición, en 1982 el nuevo Gobierno socialista orientó de forma centralizada esta política, no permitiendo que las autonomías tuvieran un papel relevante.

Ya en los años noventa, se empezó a plantear la opción de transformar el llamado Estado de las autonomías en un modelo federal, mediante una reforma constitucional. Hubiera sido una fórmula clarificadora de algunas reglas de juego, que habría eliminado persistentes ambigüedades. De hecho, se hicieron numerosas propuestas en este sentido, especialmente desde Cataluña, con el propósito de transformar el Estado de las autonomías en un modelo federal más homologable internacionalmente y más adecuado a las tensiones territoriales que históricamente ha sufrido España. Sin embargo, tales propuestas despertaron poco interés entre los partidos políticos de ámbito estatal y generaron escasos debates y reflexiones, más allá de algunos círculos académicos. Cabe destacar, no obstante, que bastante a pesar de algunos de sus propios líderes, el PSOE finalmente presentó su propuesta federal en el año 2013, con lo que reconoció las limitaciones de la estructura institucional existente. Por su propia lógica institucional y la ausencia de contrapesos territoriales efectivos, el modelo actual del Estado español sigue manteniendo su formato unitario, con una fuerte capacidad de control normativo en casi todos los ámbitos de las políticas públicas. Mantener un modelo de Estado unitario, por otra parte, a pesar de introducir una fuerte descentralización, especialmente en las políticas sociales, tampoco representó una buena solución para afrontar la complejidad territorial en España, como se ha mostrado previamente en relación con el caso catalán. Tampoco es posible argumentar que el modelo del Estado de las autonomías haya derivado hacia una cuasifederalización, con una profundización de la descentralización política. Por el contrario, incluso dejando al margen las actitudes especialmente centralizadoras de los últimos años, ya desde mediados de los años noventa, fue posible observar numerosas tendencias a la concentración del poder administrativo y regulativo en el centro, sin que se llegase a desplegar un sistema de equilibrios territoriales con una efectiva dimensión política. La restructuración de responsabilidades y la delegación de soberanía en algunos ámbitos de políticas públicas hacia la UE fueron, posiblemente, elementos adicionales que influyeron en el comportamiento del Estado, sobre todo, en sus dinámicas organizativas.

Las interrelaciones entre ciudades globales y estados soberanos parecen estar definiendo la dinámica de la globalización en las primeras décadas del siglo XXI. No se trata tanto de pensar en un enfrentamiento entre ciudades y estados, sino de encontrar fórmulas de articulación entre ambas que permitan explorar todas las sinergias posibles. Las ciudades necesitan a los estados en su carrera para convertirse en nodos clave de la globalización, mientras que los estados necesitan cada vez más a las ciudades para proyectarse globalmente. Aunque el número de ciudades Estado sigue creciendo, dado que es una fórmula simple de satisfacer ambas necesidades, no es este el único modelo institucional posible. Existen muchas otras fórmulas posibles y la experimentación continúa. La ausencia de mecanismos de coordinación interterritorial efectivos o de unas prácticas institucionales que reconocieran las peculiaridades existentes acabó desarmando las posibilidades y esperanzas sobre la gobernanza de políticas multinivel en muchos ámbitos, generando más y más espacios de frustración y desespero en la ciudad global que se sentía ajena al Estado. Por otra parte, tampoco se habían producido arreglos institucionales que facilitaran espacios de autonomía mejor definidos, como hubiera podido derivarse de una constitución de carácter federal, con una cámara de representación de las autonomías con poderes legislativos reales, entre otras novedades. Es este el contexto en el que habría que situar, realmente, el pulso por la independencia de Cataluña, en­­tendiendo también que la consolidación de Barcelona y su entorno como una ciudad global de primer nivel internacional requería de unas capacidades de gobernanza singulares, a las que no pudo dar respuesta un Estado que se identificaba demasiado con la que consideraba su propia ciudad global, dada su capitalidad. Las dos grandes ciudades globales muestran un enorme dinamismo, independientemente de la fuerte asimetría en el papel del Estado respecto a ellas. No obstante, la incomodidad es evidente y la búsqueda de alternativas, por parte de una de ellas, incluye la opción de establecer un Estado propio. No es simplemente una cuestión de apoyo estatal, más o menos constante, más o menos puntual, a la dinámica de las ciudades globales, sino también de recomposición de muchas políticas públicas muy deterioradas, fundamentalmente en su articulación territorial, que necesitan una nueva arquitectura institucional y cultural.
Actualmente, España, en su conjunto, comparte con el resto de miembros de la UE una serie de elementos comunes que los hace fuertemente interdependientes: mercado único, moneda única, fronteras comunes, etc. Se trata de un espacio de integración único en el mundo, con una cierta porosidad en sus espacios de frontera, que ejercen como cámaras de despresurización en relación con el núcleo de la Unión. La estructuración de sus unidades interiores admite mucha diversidad, dado que se ha construido a partir de tradiciones estatales y administrativas muy distintas y sigue adaptándose con facilidad a nuevas singularidades. Por ello, cualquier iniciativa para afrontar el conjunto de problemas planteados debería tomar como punto de partida el marco europeo actual e incorporar su flexibilidad institucional en los fundamentos de sus propuestas.

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An interesting book. If something can be clear, for a long time, but especially since September 2017, anyone who dares to criticize decisions taken from the independence movement and also others taken by the State (in the judicial or political sphere) is guaranteed. the outright disqualification from both poles. Denying that this conflict has an essential nationalist component would be absurd. The author does not deny it, but he raises his mind and presents his readers with the challenge of diving into other less mannered keys. We already know that the relationship between Catalonia and the rest of Spain is marked by the confrontation between a Catalan nationalism and a Spanish nationalism often pushed in its actions by its most radical or excluding sectors. The state’s resistance to yield powers and sovereignty downwards, for the benefit of regional, autonomous and, above all, local authorities. If we cross that political reality, which in the case of Spain obviously has to fit into its membership of the European Union, with an economic and financial globalization in which business and banking multinationals dominate decision-making, it makes perfect sense to ask about the effects that these processes have on democracy (what Professor Sánchez-Cuenca defined as “democratic impotence”).

Madrid and Barcelona, have taken a huge role in the context of globalization and whose growth in recent decades has stressed, and much, the traditional political dynamics. The second problem is the deterioration of relations between levels of government in Spain, which has seriously affected the formulation of public policies, generating a growing frustration regarding the role of the State to articulate spaces for collaboration and territorial coordination. The Catalan crisis shows us how the absence of a complex multi-level institutional fabric, capable of producing effective public policies, which will also address the challenge of global cities, ended up fueling the expectations of forming a new State in a part of its territory.
Although the political world has had little regard for the impact of the processes of Europeanization and globalization on the territorial equilibrium of Spain, this does not mean that they are less important. The emergence of large global cities, the emergence of new interdependencies abroad, the enormous changes in trade flows or the impact of the Internet and new communication networks, among other transformations, have posed serious challenges to many public policies, which in few cases have been addressed in a decisive manner. The frustration of the public policies of the Spanish State comes from a deep crisis, which highlights the structural incapacity of the State to structure truly effective initiatives in many sectors. Without deep reforms, there are important limitations to respond to the expectations of citizens, or of the most dynamic territories and cities, as well as to face the inherent competition of our globalized world.

The independence movement in Catalonia is not exclusively a nationalist movement, although it maintains a strong component of civic nationalism, nor a movement based exclusively on identity components, which propose the claim of a glorious past (although it coexists with some elements in this direction). In fact, the pulse for independence can also be considered as a political response, with a strong strategic component of territorial base, to the challenges that globalization is generating, particularly in its current multi-polar phase in the set of developed countries. It must be added that a response to a problem of state articulation that has not been solved historically, also makes its impulse much more probable. In any case, the pulse for the independence of Catalonia, emerged in the second decade of this century, clearly shows that the struggle for survival and well-being of political communities in the developed north has only just begun and, possibly, Similar tensions will emerge where other similar coalitions appear, albeit in very diverse contexts, particularly when there are social contracts in crisis. Surely, new forms of collaboration between global cities and states, on the one hand, and the expansion of regional integration mechanisms, on the other, will be decisive to avoid tensions and overcome stagnant conflicts, derived from the adaptation problems of some of the European states to the new global context. Established centuries ago, European states, especially the largest, face great challenges for their survival in the future as political entities capable of providing public value and, to overcome them, requires a great capacity for innovation and transformation, working together with the global cities.

In times of crisis, renewing the communion of national identity becomes the new shared religion, whose faith is not discussed so as not to cast doubt on the beliefs that sustain support for states in uncertain times. Therefore, the sense of panic can also be explained because the territory is perceived as the nucleus of the sovereignty of the states and, in a context of uncertainty, the last frontier. In a country with difficulties in responding to the needs of society and the economy in the face of the challenges of globalization and international competition, unresolved territorial tensions, in multiple sectors, have accumulated over the years. In this sense, it is not entirely impossible that these problems escalate and contribute to provoking systemic conflicts that affect the whole political regime, as in the case of the pulse for independence in Catalonia. One of the consequences that can be extracted from this set of cases is the need to promote serious institutional transformations, which allow a turn in the forms of multilevel governance in Spain, and consolidate the quality and democratic culture of the country. Along with these factors, partly structural and partly intentional, there is another element that needs to be examined in detail in order to better understand the lamentable state of R & D policies in Spain, as well as the absence of a political debate and the scarce concern social about it It is about its territorial dimension, where one can observe the absence of any kind of coordination between levels of government; in particular, between the central apparatus of the State and the autonomies. The problem is old, it already emerged in the founding years of the State of the autonomies in Spain and, in fact, we can add that it has only worsened in the following decades.
We must go back to the times of the political transition to understand the origin of this problem. After an initial discussion on the territorial level responsible for research and innovation policies during the transition, in 1982 the new socialist government centrally oriented this policy, not allowing the autonomies to have a relevant role.

Already in the nineties, began to raise the option of transforming the so-called State of autonomy into a federal model, through a constitutional reform. It would have been a clarifying formula for some rules of the game, which would have eliminated persistent ambiguities. In fact, numerous proposals were made in this regard, especially from Catalonia, with the purpose of transforming the State of the autonomies into a federal model more internationally comparable and more appropriate to the territorial tensions that Spain has historically suffered. However, such proposals aroused little interest among the political parties at the state level and generated little debate and reflection, beyond some academic circles. It should be noted, however, that despite some of its own leaders, the PSOE finally presented its federal proposal in 2013, recognizing the limitations of the existing institutional structure. Due to its own institutional logic and the absence of effective territorial counterweights, the current model of the Spanish State continues to maintain its unitary format, with a strong capacity for regulatory control in almost all areas of public policy. Maintaining a unitary State model, on the other hand, despite introducing a strong decentralization, especially in social policies, did not represent a good solution to face the territorial complexity in Spain, as has been shown previously in relation to the Catalan case. Nor is it possible to argue that the model of the State of autonomies has led to a quasi-federalization, with a deepening of political decentralization. On the contrary, even leaving aside the especially centralizing attitudes of recent years, and since the mid-nineties, it was possible to observe numerous tendencies to the concentration of administrative and regulatory power in the center, without a system being deployed. of territorial equilibria with an effective political dimension. The restructuring of responsibilities and the delegation of sovereignty in some areas of public policies towards the EU were, possibly, additional elements that influenced the behavior of the State, especially in its organizational dynamics.

The interrelations between global cities and sovereign states seem to be defining the dynamics of globalization in the first decades of the 21st century. It is not so much about thinking about a confrontation between cities and states, but about finding formulas of articulation between both that allow exploring all the possible synergies. Cities need states in their careers to become key nodes of globalization, while states increasingly need cities to project themselves globally. Although the number of state cities continues to grow, given that it is a simple formula to satisfy both needs, this is not the only possible institutional model. There are many other possible formulas and experimentation continues. The absence of effective interterritorial coordination mechanisms or institutional practices that recognized the existing peculiarities ended up disarming the possibilities and hopes on the governance of multilevel policies in many areas, generating more and more spaces of frustration and despair in the global city that was felt alien to the State. On the other hand, there had been no institutional arrangements to provide better-defined areas of autonomy, as could have been derived from a federal constitution, with a chamber representing autonomy with real legislative powers, among other novelties. This is the context in which the pulse for the independence of Catalonia should really be placed, understanding also that the consolidation of Barcelona and its surroundings as a global city of first international level required unique governance capabilities, to which A State that identified too much with what it considered its own global city, given its capital status, could not respond. The two big global cities show an enormous dynamism, independently of the strong asymmetry in the role of the State with respect to them. However, the discomfort is evident and the search for alternatives, by one of them, includes the option of establishing a State of one’s own. It is not simply a question of state support, more or less constant, more or less punctual, to the dynamics of global cities, but also of recomposition of many deteriorated public policies, fundamentally in their territorial articulation, that need a new institutional architecture and cultural.
Currently, Spain, as a whole, shares with the rest of the EU members a series of common elements that make them strongly interdependent: single market, single currency, common borders, etc. It is a space of integration unique in the world, with a certain porosity in its frontier spaces, which act as depressurization chambers in relation to the nucleus of the Union. The structuring of its interior units admits a lot of diversity, since it has been built from very different state and administrative traditions and continues adapting easily to new singularities. Therefore, any initiative to address the set of problems raised should take as a starting point the current European framework and incorporate its institutional flexibility in the foundations of its proposals.

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