El Planeta Vacío: El Shock Del Declive De La Población Mundial — Darrell Bricker & John Ibbitson / Empty Planet: The Shock of Global Population Decline by Darrell Bricker & John Ibbitson

Bricker e Ibbitson debaten acerca de por qué, hacia finales del siglo XXI, no habrá una superpoblación global sino una rápida disminución demográfica, al tiempo que proponen medios para adaptarnos a ella.
Aún cuando la población mundial está aumentando, tod@s sabemos que la tasa de natalidad ya ha empezado a caer en todo el mundo. En otros tiempos, los descensos de población se debieron a desastres naturales como la erupción del Toba, la peste negra o la gripe, pero la caída que viene ahora será cosa exclusivamente nuestra.
En El planeta vacío, los autores revelan cómo esta caída de la población traerá consigo distintos beneficios y algún que otro inconveniente…
En mi opinión, se trata de una obra de lo más interesante y necesaria, aunque muy irregular, puesto que presenta un análisis exhaustivo de la realidad (mediante sus causas y posibles consecuencias) y sorprende con algunas reflexiones -a mi parecer, brutales- sobre la reproducción del ser humano y la reticencia que presentan cada vez las mujeres a la hora de ser madres jóvenes o a la hora de tener muchos hijos.

Cualquiera que haya estado prestando atención durante mucho tiempo ha entendido la verdad: nuestro problema es la subpoblación, no la sobrepoblación. Esto pronto será cierto a escala global, ya es cierto en la mayoría de los países desarrollados. “Planeta vacío” explica por qué esto es innegable. Desafortunadamente, la explicación está envuelta en confusión y distorsión ideológica, por lo que los autores nunca pueden proporcionar un mensaje claro. En su lugar, ofrecen bromuros contradictorios y entrecruzados combinados con “soluciones” tontas hasta que el lector levanta las manos con desesperación, como lo hice yo. Pero luego tomé un trago fuerte, terminé el libro y ahora estoy listo para contártelo.
Los autores, dos canadienses, Darrell Bricker y John Ibbitson, ofrecen una historia aparentemente completa. Cada parte del mundo está cada vez más urbanizada. La urbanización provoca una caída en la tasa de fertilidad, por tres razones. Primero, cuando están fuera de la granja, los niños son un centro de costos, en lugar de un centro de ganancias. En segundo lugar, las mujeres urbanizadas optan por tener menos hijos. En tercer lugar, la urbanización significa la atomización de la vida social, de modo que las redes en las que las personas estaban integradas, la mayoría de las cuales ejercían presión para que los niños desaparecieran y, si se reemplazaban, son reemplazadas por amigos o compañeros de trabajo que no ejercen la misma presión. “Los miembros de la familia se animan entre sí a tener hijos, mientras que los no familiares no lo hacen”. Estas causas del declive de la población se ven exacerbadas por otros dos factores que no están vinculados a la urbanización: el declive mundial de las creencias religiosas y la menor mortalidad infantil y de bebés, que Significa que las personas no tienen hijos como seguro. Y el final de la historia es que cuando la tasa de fertilidad desciende lo suficiente, es, en el mundo moderno, permanente. Es la “trampa de la fertilidad”, análoga a la conocida “trampa maltusiana”.
¿Por qué las mujeres urbanizadas eligen tener menos hijos (aparte de las otras dos razones indicadas, los gastos y la menor presión familiar)? Los autores citan el deseo de una carrera; el deseo de autonomía y empoderamiento; el deseo de escapar del control de los hombres; y el deseo de “elaborar una narrativa personal”. Todas estas cosas están vinculadas por los autores a la “educación” o, en sus momentos descuidados y más precisos, “ser socializados para tener una educación y una carrera”. Es decir, la modernidad conduce a las mujeres que eligen tener menos hijos, a menudo no tienen hijos, y muchos menos niños que los necesarios para reemplazar a las personas que tenemos ahora.

¿Por qué la trampa de la fertilidad? Se debe a dos causas totalmente distintas. Una es mecánica: si una sociedad tiene menos hijos, obviamente habrá menos mujeres para tener nuevos hijos. Pero el otro es social. Cuando hay menos niños, “los patrones de empleo cambian, el cuidado infantil y las escuelas se reducen, y hay un cambio de una sociedad orientada hacia la familia / el niño a una sociedad individualista, con niños que forman parte de la realización y el bienestar individual”. En otras palabras, No es una trampa, es una elección social. Curiosamente, según los autores, las caídas en la tasa de fertilidad, y por lo tanto la trampa de la fertilidad, no son el resultado del aborto legalizado y la anticoncepción fácil, como puede verse en los ejemplos de problemas de fertilidad anteriores a los años sesenta. Por ejemplo, la tasa de natalidad fue brevemente menor que la de reemplazo en gran parte de Occidente antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la anticoncepción era mucho menos común y el aborto mucho más raro (es un mito total que el aborto ilegal estaba muy extendido antes de lo moderno). era, al menos en occidente). Pero el aborto y la anticoncepción ciertamente contribuyen a la trampa de la fertilidad. Es decir, son los factores sociales los que hacen que la tasa de fertilidad disminuya, pero, si todo lo demás es igual, cuanto más fácil es prevenir (o matar) a los niños, más difícil es volver a subir. En cualquier caso, el resultado es el mismo: menos personas, cada vez menos.
“Planeta vacío” examina secuencialmente Europa, Asia, África y América del Sur. Hay una gran cantidad de repeticiones molestas. No obstante, también hay muchos datos interesantes, todos en apoyo del punto básico: la población en todas partes va a disminuir, pronto y rápidamente. Es cierto que las Naciones Unidas pronostican que la población mundial alcanzará un máximo de once mil millones alrededor de 2100, y luego disminuirá. En cambio, los autores piensan y argumentan convincentemente que las Naciones Unidas exageran la fertilidad en el siglo XXI. Los autores dicen, y hacen un buen trabajo demostrando por qué, la población alcanzará los nueve mil millones en 2050 (ahora son siete mil millones) y luego disminuirá. Algunas disminuciones serán precipitantes y sorprendentes: China, actualmente con 1.400 millones de habitantes pero en lo más profundo de la trampa de la fertilidad, tendrá 560 millones de personas para fines de siglo. Por extraño que parezca, los autores no calculan las estimaciones de la población global en torno a 2150, pero observando los números, parece que rondarán los dos o tres mil millones, tal vez menos, y se dirigen hacia abajo, rápidamente.
Bricker e Ibbitson no son amables con la sobrepoblación. Señalan cuán completamente equivocados están los de los años sesenta y setenta, como el infame Paul Ehrlich. (Charles Mann lo hace mejor en su excelente “El mago y el profeta”). Curiosamente, Ehrlich no se arrepiente, en un grado que sugiere que está desquiciado; los autores lo citan diciendo que en 2015, sin ningún tipo de razonamiento, “Mi lenguaje sería aún más apocalíptico hoy” y que los niños se confundan con la basura. Ellos no creen que los perdedores del juicio moderno sean más correctos. La mayoría simplemente no tiene una base objetiva para sus afirmaciones, que son básicamente afirmaciones antihumanas de naturaleza religiosa, y los autores incluso se atreven a notar el hecho obvio de que las Naciones Unidas, un dispositivo utilizado principalmente para extraer dinero de las economías exitosas de El mundo y dárselo a lo que no tiene éxito, tiene un interés personal en exagerar los problemas de las partes atrasadas del mundo.

Entonces, ¿qué problemas resultan de un envejecimiento y luego la disminución de la población mundial? El estancamiento económico es en lo que se centran los autores. Esto se debe a una menor demanda de los consumidores, pero también, de manera menos visible pero más importante, a un menor dinamismo. Los ancianos son tomadores, no fabricantes. Además, no hacen nada útil para impulsar a la sociedad, seamos francos. No es que los autores sean francos; Se saltan el problema del dinamismo sin hacer muchos comentarios, aunque al menos lo reconocen. Pero la realidad es que para el florecimiento humano, el dinamismo de los jóvenes lo es todo, y mucho más importante que la demanda de los consumidores. Uno solo tiene que pensar en cualquier logro positivo que haya cambiado el mundo, en ciencia, arte, exploración o cualquier otra cosa. Más del noventa por ciento de tales logros han sido realizados por personas menores de treinta y cinco. (En realidad, por hombres menores de treinta y cinco, por razones que probablemente son en su mayoría biológicas, pero esa es otra discusión.) La simple realidad es que son los jóvenes los que logran y los viejos los que no. Y cuando no tienes jóvenes, no tienes logros. Nuestro futuro, en el arco actual, es ser el Eloi; Esperemos que no haya Morlocks.
Los gobiernos de Alemania a Irán reconocen este problema. Los autores dan numerosos ejemplos, todas las fallas, de tratar de resolver el problema rogando y pagando a las mujeres para que tengan hijos. Incluso aquí, los autores se sienten obligados a decirnos “La idea de que los gobiernos les digan a las mujeres que deberían tener más bebés por el bien de la nación nos parece repugnante”. No se nos dice por qué debería ser así, probablemente porque obviamente es falso. Pero, en cualquier caso, está claro que un gobierno moderno que simplemente instruye o hace propaganda a las mujeres no va a hacer el truco.
¿Cuál es la solución de los autores, entonces? Ellos no tienen uno. Bueno, tienen uno a corto plazo, o dicen. Gran parte de la mitad posterior del libro está ocupada con infinitas variaciones en la exigencia de que Occidente admita cantidades masivas de inmigrantes del Tercer Mundo. La razón alegada para esto es la necesidad: sin inmigración, Europa y América del Norte no tendrán suficientes contribuyentes para apoyar a los ancianos en el estilo que desean. Se dan cuenta del desastre que está ocurriendo en Europa al admitir a inmigrantes extranjeros con nada más que con sus dos manos. (Ellos afirman rechazar el modelo “humanitario” sueco. Pero todo su lenguaje enarbolado de deber moral sin ataduras e inexplicable respalda implícitamente el modelo humanitario). En cambio, recomiendan el sistema canadiense a Estados Unidos, donde solo la crema de la cosecha, educada y con habilidades laborales, es admitido, pero debemos, debemos, debemos admitir de inmediato no menos de 3.5 millones de inmigrantes al año. Y, por supuesto, no señalan que la crema de la cosecha es, por definición, un pequeño porcentaje de la cantidad total de inmigrantes, por lo que no está claro cómo exactamente daremos la bienvenida a estos inmigrantes valiosos, especialmente si otros países lo son. compitiendo por ellos Tampoco los autores señalan que, en el mejor de los casos, esta es una solución a corto plazo: si todos los países del mundo pronto tendrán una tasa de natalidad que no sea de reemplazo, la emigración pronto se volverá rara, por lo que ninguna competencia atraerá suficiente gente. Por lo tanto, su “solución” no es una solución en absoluto, y más allá de esto, Brickell e Ibbitson no tienen nada que ofrecer, excepto murmurar acerca de cómo sería bueno tener un planeta más limpio cuando no haya personas que disfruten del planeta limpio.
Observo que los autores no nos dicen cuántos hijos tienen, lo que parece ser muy relevante. Si va a ser un profeta, inspeccione mejor su propia casa o reconozca que otros la encontrarán relevante. Si cavas, Bricker tiene un hijo, una hija. Ibbitson parece no tener hijos. No puedo decir por qué, por supuesto, y sería injusto asumir una elección egoísta. Pero sea cual sea la razón, es innegable que, como resultado, tienen menos inversión en el futuro que las personas con hijos. (Desde que me preguntas, tengo cinco hijos. Soy parte de la solución, no parte del problema.) Tal vez es por eso que encontrar una solución no es muy importante para ellos.

El libro tiene muchas inexactitudes molestas que parecen ser endémicas entre este tipo de escritura popular, donde los editores parecen estar permanentemente fuera a almorzar. No es cierto que la canción de cuna “Ring Around the Rosie” se refiera a Black Death. Los autores ofrecen media página para analizar la rima, pero eso es una leyenda urbana: la rima apareció por primera vez alrededor de 1800. (Incluso Snopes, el sitio de piratería política de la izquierda notorio por la propaganda mentirosa, es correcto al respecto, probablemente porque existe). ningún elemento político.) La palabra “dote” solo se refiere a los pagos hechos a la familia del novio; pagos similares hechos a la familia de la novia son el “precio de la novia”. El G.I. Bill no creó el sistema de autopistas interestatales estadounidense. El término es “paladar hendido”, no “paleta hendida”. El estancamiento económico de la India durante décadas después de la independencia no se debió a las “tarifas protectoras”; fue, como todos los que no son marxistas admiten, debido al socialismo, exacerbado por el rechazo del capital externo, junto con el Permit Raj. (Los aranceles tienen mucho sentido para muchos países en desarrollo que dependen de la sustitución de importaciones para hacer crecer sus economías; tanto Gran Bretaña como Estados Unidos los utilizaron con gran éxito). La carabela portuguesa del siglo XV no estaba basada en la tecnología musulmana. La ola de migrantes en Europa que llegó a su máximo (quizás) alrededor de 2016 fue económica, no a causa de la guerra, y ni una sola persona en Europa cree lo que los autores afirman repetidamente, que la mayoría de esas personas volverán a sus países de origen pronto. O nunca La negligencia de este tipo hace que el lector se pregunte acerca de las otras afirmaciones objetivas más críticas del libro.
Así que eso es “Planeta vacío”. Todo esto podría haberse dicho en veinte o treinta páginas. En la superficie es una historia de pat, aunque sin un final feliz. Eso no es por la falta de los autores de tratar de ser felices. Abundan los juicios normativos, todos ellos extrañamente en tensión con la actitud sombría de alto nivel del libro hacia el problema de la subpoblación. Por lo tanto, los autores asumen que las grandes poblaciones son necesariamente terribles para cualquiera que vive allí; Los adjetivos tales como “miserable” abundan para cualquier persona nacida en un país con alta tasa de natalidad. No para ellos ningún reconocimiento del punto de Angus Deaton en “The Great Escape” de que la gente en los países pobres en general está muy feliz. Se hace referencia a todo el control de la población con adjetivos tales como “benéfico”. Se nos instruye didácticamente que “la educación sexual y el control de la natalidad [son] cosas buenas en sí mismas”. Y en lo que puede ser el párrafo más sencillo en un libro. Llenos de ellos, los autores ofrecen esto:
Las familias pequeñas son, en todo tipo de formas, cosas maravillosas. Los padres pueden dedicar más tiempo y recursos para criar al niño, de hecho, para molestarlo. Es probable que los niños se críen con los modelos positivos de un padre trabajador y una madre trabajadora. Dichas familias reflejan una sociedad en la que las mujeres son iguales, o al menos casi iguales, con los hombres en el hogar y en el lugar de trabajo. Las trabajadoras también ayudan a mitigar la escasez de mano de obra producida por fuerzas laborales más pequeñas que resultan de muy pocos bebés. No va demasiado lejos para decir que las familias pequeñas son sinónimo de sociedades ilustradas y avanzadas.

Dado que el objetivo principal del libro es que las familias pequeñas son un desastre para la humanidad, a pesar de que intentan desviar esta conclusión obvia mediante afirmaciones no convincentes y sin respaldo, como “el declive de la población no es algo bueno o malo”, este tipo De lo que sugiere, para ser caritativo, la disonancia cognitiva. Por no mencionar que no es sorprendente que los niños se sientan cómodos, aunque no lo sorprenda que dos personas con un hijo piensen que sí, y que el envío de más mujeres a trabajar fuera del hogar cuando se envíe a mujeres a ese tipo de trabajo es parte del problema. um, contraintuitivo. Pero como veremos, este párrafo nos da una pista de lo que realmente está impulsando el colapso de la población humana.
Intentemos descubrir qué está sucediendo realmente, porque a pesar de lo que parece, la historia de los autores no está completa. Si miras la historia desde otro ángulo, no el de la sabiduría recibida, en el texto aparecen extrañas lagunas inexplicables. La tasa de fertilidad en los Estados Unidos y Gran Bretaña comenzó a disminuir a principios del siglo XIX, pero solo a fines del siglo XIX en el Continente, a pesar de que la urbanización llegó antes en este último, y los Estados Unidos eran casi todos agrícolas a principios del siglo XIX. . “En Francia, curiosamente, las disminuciones de la fertilidad ya estaban en marcha a fines del siglo XVIII. Nadie está seguro de por qué. . . “Las tasas de fertilidad parecen haber aumentado en Francia y Bélgica durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que ambos países estaban bajo la ocupación o control de Alemania y los suministros como alimentos y carbón eran cada vez más escasos”. Algunos países que son en gran parte pobres, sin educación, y no urbanizados (Brasil, México, Uruguay) tienen tasas de fertilidad extremadamente bajas, mientras que otros países que parecen muy similares todavía tienen tasas altas (Paraguay, Honduras, Guatemala). Los habitantes de la favela brasileña sin educación, normalmente el tipo de personas que tienen muchos hijos, han experimentado una gran caída en la fertilidad. Y así, y así, extraños tidbits que sobresalen de la narrativa de los autores, no encajan en la justa historia de la urbanización seguida de una inevitable y necesaria elección para dejar de tener hijos.

¿Qué podría explicar todos estos hechos? Los autores ciertamente no lo saben. Pero yo si. Lo que reúne a todos estos aparentes hechos del forastero, y en la oscuridad los une, es la inevitable tendencia humana hacia el interés egoísta. Una vez que esto fue universalmente reconocido como un vicio, pero siempre ha sido reconocido como una gran parte de lo que impulsa a los seres humanos a menos que luchemos contra él. La creación de la virtud, a través de la autodisciplina, el autocontrol y, en el pensamiento cristiano, cuidar de los demás a nuestra costa, buscando la verdadera libertad y el bien común, fue una vez el ideal. La virtud ayudó a controlar nuestros impulsos más básicos, y era la meta hacia la cual se esperaba que una persona buena y bien formada luchara y guiara a otros. Era, y es, lo opuesto a “vivir como a uno le gusta”, a la búsqueda de una supuesta emancipación. Tener hijos es una de las cosas menos egoístas y más abnegadas que una mujer, y en menor medida un hombre, puede hacer; así, cuando ser egoístas y egocéntricos se exaltan, tenemos menos hijos. No es un misterio.
¿Cómo llegamos aquí? Como resultado de dos desarrollos de finales del siglo XVIII. El primero, el fruto de la Revolución Científica y la Revolución Industrial, es la riqueza. He reflexionado en otra parte sobre si una sociedad rica puede seguir siendo una sociedad virtuosa, y el declive de la población es simplemente un subconjunto de esta pregunta. El segundo, el fruto de la Ilustración (que no tuvo nada que ver con la Revolución científica o la Revolución industrial), es la exaltación de la autonomía individual, de la autorrealización como objetivo de la existencia humana. El problema con la urbanización y su impacto en las tasas de natalidad, especialmente en Occidente, no es algo inherente a la urbanización, pero los habitantes de la ciudad son más ricos (o al menos están expuestos a la riqueza) y, en la práctica, han sido víctimas de la Ilustración con mayor facilidad. ideas
Cualquiera de estos desarrollos contra las virtudes puede destruir la fertilidad por sí mismo. Combinados, son letales para el progreso humano. Por ejemplo, una sociedad rica, como Venecia en el siglo XVII, nunca puede someterse a la Ilustración, pero la riqueza por sí sola llevará a la despoblación, a medida que la virtud se desvanece y la búsqueda del yo se exalta. Y una sociedad pobre y no urbanizada, como a finales de la década de 1700, Francia o principios de la década de 1800, puede experimentar una erosión ideológica de la virtud únicamente al abrazar los principios de la Ilustración. O, para tomar un ejemplo más moderno, los países sudamericanos con altas tasas de fertilidad son aquellos que aún son fuertemente cristianos, y se adhieren a las virtudes cristianas. Los propios autores notan esta correlación, pero pasan por alto las implicaciones. De manera similar, los brasileños pobres no se convierten al evangelio del yo directamente por Rousseau y Locke, o por la riqueza, de la cual carecen totalmente, sino indirectamente por ambos, por la observación obsesiva de las telenovelas, cuyos argumentos, como señalan los autores, “Involucrar a familias más pequeñas, mujeres empoderadas, consumismo desenfrenado y relaciones románticas y familiares complicadas”.

Para un conjunto final de pruebas, es obvio a partir de las propias estadísticas de Planeta Vacío, aunque aparentemente no es obvio para los propios autores, que a medida que las bendiciones materiales de Occidente se extienden finalmente por todo el mundo, las tasas de fertilidad se reducen a la par con la adopción de las técnicas de Occidente. para adquirir riqueza, se exacerba aún más cuando los países adoptan los valores de la Ilustración. Y en la medida en que la elite del país retroceda contra los valores de la Ilustración, como en Hungría y Rusia, se puede avanzar algo en el aumento de las tasas de natalidad. De manera similar, cuando la gente de un país experimenta desafíos compartidos, la presión social contra la autonomía individual de la Ilustración atomizada puede aumentar enormemente, lo que resulta en más niños. Tal fue aparentemente el caso en tiempos de guerra de Bélgica y Francia. También es la razón por la que los judíos en Israel, solo entre las economías avanzadas, tienen una tasa de natalidad muy por encima del reemplazo, incluso si excluyes a los ortodoxos. Valoran algo más allá de sus propios deseos inmediatos a corto plazo, que contrarrestan la tendencia natural humana hacia el vicio.

La población de la India, ¿alcanzará su valor máximo de 1,7 mil millones de personas en 2060, tal como prevé la ONU? Al menos con respecto a esto, Wolfgang Lutz y sus colegas del Instituto Internacional para Análisis de Sistemas Aplicados están básicamente de acuerdo. Sin embargo, durante nuestra estancia en Nueva Delhi, una y otra vez los demógrafos y los funcionarios del gobierno que llevaban a cabo investigación local nos decían, sotto voce, que, a su entender, la tasa de fertilidad ya había descendido por debajo de 2,1. En tal caso, la India va una década por delante de la ONU y la escuela de Viena. Si la India ya tiene una tasa de 2,1 o inferior, es improbable que, según los modelos de variante baja, llegue a superar los 1,5 mil millones de habitantes, por lo que en torno a 2100 volverá a tener 1,2 mil millones.
Si los creadores de modelos de la ONU están en lo cierto, China y la India podrían contribuir a que el mundo alcanzara una cifra cercana a los once mil millones. Sin embargo, China y la India están mandando señales inequívocas de que estas predicciones son demasiado elevadas, de que se sumarán al proceso de pérdida de población de casi todo el resto del planeta.

La inmigración puede ser la principal ventaja competitiva de Norteamérica en el siglo XXI. A la larga, a medida que los países progresen y las tasas de fertilidad sigan descendiendo, las migraciones de personas se ralentizarán. La gente reemigrará a sus países de origen, atraída por nuevos y buenos empleos y el reencuentro con la familia. Con poblaciones que envejecen y menguan casi en todas partes, quizá llegue el día en que los países compitan por inmigrantes. En una lucha así, siempre se impondrá Estados Unidos. Los valores culturales estadounidenses dominan el planeta. La economía de Estados Unidos sigue siendo un lugar dinámico, si bien caótico, en el que invertir. Los políticos norteamericanos no son menos dinámicos ni menos caóticos. En el ámbito de la iniciativa empresarial y la creatividad, Norteamérica sigue llevando la delantera. Las personas que buscan nuevas oportunidades y una vida mejor continúan acudiendo en masa a esta desenfrenada ciudad en la colina, reluciente, revuelta, mal planificada, magníficamente ejecutada pese a sí misma. Si no cierra sus puertas, la ciudad no dejará nunca de prosperar.

Gracias a la urbanización, el combate contra el calentamiento global y otras batallas medioambientales contarán con un nuevo aliado: los árboles, a medida que las tierras de labor poco rentables vuelvan a ser monte. Este proceso también está ya en marcha. En los países colonizadores todavía hay personas lo bastante mayores para acordarse de dónde estaba la granja familiar, antes de que se fueran todos a la ciudad. Los mares del mundo también sufren una tensión tremenda. La sobrepesca, la contaminación de las aguas costeras debido a la escorrentía agrícola y urbana y un sinfín de abusos humanos están trastocando la cadena alimentaria. El daño se extiende desde la decoloración del coral hasta las ballenas en peligro de extinción. Cuanto antes actuemos para limitar el calentamiento del aire, mejor para nuestros mares. No obstante, la mejor receta para protegerlos es, en última instancia, reducir el tamaño de la población humana. Menos bocas para comer peces. El gran peligro es que Estados Unidos desperdicie precisamente el instrumento que ha supuesto el secreto de su grandeza. Hoy en día, las actitudes nativistas y contrarias a la inmigración están corroyendo la república como ha sucedido tantas veces en el pasado. ¿Hasta qué punto arraigará el movimiento América Primero de Donald Trump? ¿Estados Unidos cerrará la frontera a los inmigrantes ilegales, tan necesarios en el sector de la construcción y los servicios?. Si Norteamérica flaquea, otra gran potencia puede alcanzar una posición dominante: la India. Pese a sus numerosas contradicciones internas, el país está creciendo y modernizándose. La India, cuya tasa de fertilidad actual está en el nivel de reemplazo, disfrutó de una etapa de Oro que duró décadas, con muchísimos jóvenes que generaban y consumían riqueza. Con el tiempo, la población india también empezará a disminuir, pero entretanto el mundo contempla fascinado a esta sociedad dinámica y rebosante avanzar hacia el centro del escenario. Las sociedades colonizadoras, como las de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, que representan el legado más duradero del Imperio Británico, son más abiertas a la gente nueva. No obstante, aunque su población se compone casi exclusivamente de inmigrantes o descendientes de inmigrantes, no son inmunes a la cerrazón social. En Estados Unidos, la herencia de la esclavitud sigue separando a los blancos y los negros; la herencia de la colonización sigue distanciando a los indígenas y los no indígenas en Canadá y otros sitios. De todos modos, por regla general, cuanto mayor es el sentido de coherencia nacional o étnica, menores son las posibilidades de integrar a los recién llegados en un todo armónico. Nos gustaría saber si los húngaros algún día dejarán de sentirse húngaros; o los japoneses, japoneses. Nos gustaría saber si algún día aceptarán en su seno a los extranjeros en calidad de iguales. En cualquier caso, para las sociedades que quieren estabilizar su población, quizá incluso volver a crecer, no hay otra vía.

Si cada generación tiene solo uno o dos hijos por familia —o, como suele pasar, ninguno—, dentro de dos o tres generaciones las personas seguramente estarán muy solas. El futuro seguirá su propio camino; nosotros hemos de seguir el nuestro. Hemos de cuidar a los viejos y estimular a los jóvenes y fomentar la igualdad para todos. Hemos de acoger a recién llegados y compartir con ellos nuestro espacio mientras preservamos la libertad y la tolerancia, gracias a las cuales vale la pena vivir en una sociedad. El descenso demográfico no tiene por qué ser una época de declive social. No obstante, sí hemos de entender lo que nos está pasando y lo que está a punto de pasarnos. En todos los años que llevamos juntos en este planeta, jamás nos habíamos enfrentado a nada igual.
Seremos cada vez menos.

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Bricker and Ibbitson debate about why, towards the end of the 21st century, there will not be a global overpopulation but a rapid demographic decline, while proposing ways to adapt to it.
Even as the world population is increasing, we all know that the birth rate has already started to fall all over the world. In other times, population declines were due to natural disasters such as the eruption of Toba, the Black Death or the flu, but the fall that is coming now will be exclusively ours.
In The Empty Planet, the authors reveal how this fall in population will bring different benefits and the odd inconvenience …
In my opinion, it is a most interesting and necessary work, since it presents an exhaustive analysis of reality (through its causes and possible consequences) and surprises with some reflections – in my opinion, brutal – about the reproduction of being and the reluctance that women have when they are young mothers or when they have many children.

Anybody who has been paying attention has long grasped the truth: underpopulation, not overpopulation, is our problem. This will soon be true on a global scale, it is already true in most of the developed world. “Empty Planet” explains why this is undeniably so. Unfortunately, the explanation is shrouded in confusion and ideological distortion, so the authors are never able to provide a clear message. Instead, they offer rambling, contradictory bromides combined with dumb “solutions” until the reader throws his hands up in despair, as I did. But then I got a stiff drink, finished the book, and now am ready to tell you about it.
The authors, two Canadians, Darrell Bricker and John Ibbitson, offer an apparently complete story. Every part of the world is becoming more urbanized. Urbanization causes a drop in the fertility rate, for three reasons. First, when off the farm, children are a cost center, rather than a profit center. Second, urbanized women choose to have fewer children. Third, urbanization means atomization of social life, such that the networks in which people were embedded, most of which exercised pressure to have children, disappear, and if replaced, are replaced by friends or co-workers who do not exercise the same pressure. “Family members encourage each other to have children, whereas non-kin don’t.” These causes of population decline are exacerbated by two other factors not tied to urbanization—the worldwide decline of religious belief, and lower infant and child mortality, which means people don’t have children as insurance. And the end of the story is that when the fertility rate drops far enough, it is, in the modern world, permanent. It is the “fertility trap,” analogous to the well-known “Malthusian trap.”
Why do urbanized women choose to have fewer children (aside from the other two stated reasons, expense and less family pressure)? The authors cite the desire for a career; the desire for autonomy and empowerment; the desire to escape the control of men; and the desire for “crafting a personal narrative.” All of these things the authors tie to “education,” or, in their unguarded moments and more accurately, “being socialized to have an education and a career.” That is, modernity leads to women choosing to have fewer children, often no children at all, and far fewer children than are necessary to replace the people we have now.

Why the fertility trap? It’s due to two totally separate causes. One is mechanical—if a society has fewer children, obviously there will then be fewer women to bear new children. But the other is social. When there are fewer children, “Employment patterns change, childcare and schools are reduced, and there is a shift from a family/child oriented society to an individualistic society, with children part of individual fulfilment and well-being.” In other words, it’s not a trap, it’s a societal choice. Interestingly, according to the authors, drops in the fertility rate, and therefore the fertility trap, are not the result of legalized abortion and easy contraception, as can be seen from examples of fertility problems prior to the 1960s. For example, the birth rate was briefly at less than replacement in much of the West prior to World War II, when contraception was much less common, and abortion very much rarer (it is a total myth that illegal abortion was widespread prior to the modern era, at least in the West). But abortion and contraception certainly contribute to the fertility trap. That is, it is societal factors that cause the fertility rate to drop, but all else being equal, the easier it is to prevent (or kill) children, the harder it is to climb back up. In any case, the result is the same—fewer people, getting fewer.
“Empty Planet” then sequentially examines Europe, Asia, Africa, and South America. There is a great deal of annoying repetition. Nonetheless, there is also much interesting data, all in support of the basic point—population everywhere is going to go down, soon and fast. True, the United Nations predicts that global population will top out at eleven billion around 2100, and then decline. The authors instead think, and make a compelling case that, the United Nations overstates fertility in the twenty-first century. The authors say, and do a good job demonstrating why, population will top out at nine billion by around 2050 (it is seven billion now) and then decline. Some declines will be precipitous and startling—China, currently at 1.4 billion but deep into the fertility trap, will have 560 million people by the end of the century. Strangely, the authors do not calculate global population estimates around, say, 2150, but eyeballing the numbers, it appears they will be around two or three billion, maybe less—and heading downward, fast.
Bricker and Ibbitson are not kind to overpopulation doomsayers. They note how completely wrong those of the 1960s and 1970s, such as the infamous Paul Ehrlich, have been proven. (Charles Mann does it better in his excellent “The Wizard and the Prophet”). Bizarrely, Ehrlich is unrepentant, to a degree that suggests he is unhinged; the authors quote him as saying in 2015, without any reasoning, “My language would be even more apocalyptic today,” and analogizing children to garbage. They don’t believe modern doomsayers are any more correct. Most just have no factual basis for their claims, which are basically just anti-human claims of a religious nature, and the authors even dare to note the obvious fact that the United Nations, a device primarily used to extract money from the successful economies of the world and give it to the unsuccessful, has a vested interest in exaggerating the problems of the backward parts of the world.

So what problems result from an aging and then declining global population? Economic stagnation is what the authors focus on. This is driven by less consumer demand, but also, less visibly but more importantly, by less dynamism. Old people are takers, not makers. Moreover, they don’t do anything useful for driving society forward, let’s be frank. Not that the authors are frank; they skip by the dynamism problem without much comment, though at least they acknowledge it. But the reality is that for human flourishing, the dynamism of the young is everything, and far more important than consumer demand. One just has to think of any positive accomplishment that has changed the world, in science, art, exploration, or anything else. In excess of ninety percent of such accomplishments have been made by people under thirty-five. (Actually, by men under thirty-five, for reasons which are probably mostly biological, but that is another discussion.) The simple reality is that it is the young who accomplish and the old who do not. And when you have no young people, you have no accomplishments. Our future, on the current arc, is being the Eloi; hopefully there will be no Morlocks.
Governments from Germany to Iran recognize this problem. The authors give numerous examples, all failures, of trying to resolve the problem by, in effect, begging and paying women to have children. Even here, the authors feel obliged to tell us “The idea of governments telling women they should have more babies for the sake of the nation seems to us repugnant.” We are not told why that should be so, probably because it is obviously false, but regardless, it is clear that a modern government merely instructing or propagandizing women isn’t going to do the trick.
What is the authors’ solution, then? They don’t have one. Well, they have a short-term one, or claim to. Much of the back half of the book is taken up with endless variations on demanding that the West admit massive amounts of Third World immigrants. The claimed reason for this is necessity—without immigration, Europe and North America will not have enough taxpayers to support the old in the style they desire. They realize the disaster that’s befallen Europe by admitting alien immigrants with nothing but their two hands. (They claim to reject the Swedish “humanitarian” model. But all their soaring language of untethered and unexplained moral duty implicitly endorses the humanitarian model.) Instead, they recommend the Canadian system to America, where only the cream of the crop, educated and with job skills, is admitted—but we must, must, must immediately admit no fewer than 3.5 million such immigrants every year. And, of course, they fail to point out that the cream of the crop is by definition a tiny percentage of the overall amount of immigrants, so how exactly we are going to welcome only these worthwhile immigrants is not clear, especially if other countries are competing for them. Nor do the authors point out that at best, this is a short-term solution—if every country in the world will soon have a less-than-replacement birth rate, emigration will soon enough become rare, so no amount of competition will attract enough people. Therefore, their “solution” is no solution at all, and beyond this, Brickell and Ibbitson have nothing to offer, except muttering about how it’ll be nice to have a cleaner planet when there are no people to enjoy the clean planet.
I note that the authors do not tell us how many children they have, which seems highly relevant. If you are going to be a prophet, best inspect your own house, or acknowledge that others will find it relevant. If you dig, Bricker has one child, a daughter. Ibbitson appears to have no children. I cannot say why, of course, and it would be unfair to assume a selfish choice. But whatever the reason, it is undeniably true that as a result they have less investment in the future than people with children. (Since you ask, I have five children. I am part of the solution, not part of the problem.) Maybe this is why finding a solution isn’t very important to them.

The book has many annoying inaccuracies that seem to be endemic among this type of popular writing, where editors appear to be permanently out to lunch. It is not true that the nursery rhyme “Ring Around the Rosie” refers to the Black Death. The authors offer a half-page so parsing the rhyme, but that’s an urban legend—the rhyme first appeared around 1800. (Even Snopes, the left-wing political hack site notorious for lying propaganda, is correct on this, probably because there is no political element.) The word “dowry” only refers to payments made to the groom’s family; similar payments made to the bride’s family are “bride price.” The G.I. Bill did not create the American interstate highway system. The term is “cleft palate,” not “cleft palette.” India’s economic stagnation for decades after independence was not due to “protective tariffs”; it was, as everybody who is not a Marxist admits, due to socialism, exacerbated by refusal of outside capital, along with the Permit Raj. (Tariffs make perfect sense for many developing countries that rely on import substitution to grow their economies; both the Britain and the United States used them extremely successfully.) The fifteenth-century Portuguese caravel was not based on Muslim technology. The wave of migrants into Europe that peaked (maybe) around 2016 was economic, not because of war, and not a single person in Europe believes what the authors repeatedly claim, that most of those people will return to their countries of origin soon. Or ever. Sloppiness of this type makes the reader wonder about the other, more critical, factual claims in the book.
So that’s “Empty Planet.” All of it could have been said in twenty or thirty pages. On the surface it’s a pat story, though one without a happy ending. That’s not for the authors’ lack of trying to be happy. Normative judgments abound, all of them oddly in tension with the gloomy top-level attitude of the book toward the problem of underpopulation. Thus, the authors assume that large populations are necessarily terrible for anyone who lives there; adjectives such as “miserable” abound for any people born in a high birth-rate country. Not for them any acknowledgement of Angus Deaton’s point in “The Great Escape” that people in poor countries are generally very happy. All population control is referred to with adjectives such as “beneficent.” We are didactically instructed that “Sex education and birth control [are] good things in and of themselves.” And in what may be the single most clueless paragraph in a book chock full of them, the authors offer this:
Small families are, in all sorts of ways, wonderful things. Parents can devote more time and resources to raising—indeed, cossetting—the child. Children are likely to be raised with the positive role models of a working father and working mother. Such families reflect a society in which women stand equally, or at least near equally, with men in the home and the workplace. Women workers also help to mitigate the labor shortages produced by smaller workforces that result from too few babies. It isn’t going too far to say that small families are synonymous with enlightened, advanced societies.

Given that the entire point of the book is that small families are a disaster for humanity, even though they try to deflect this obvious conclusion by unpersuasive and unsupported claims such as “Population decline isn’t a good or a bad thing,” this type of thing suggests, to be charitable, cognitive dissonance. Not to mention that cosseting children is not a good goal, although it’s not surprising that two people with one child between them think so, and that sending more women to work outside the home when sending women to such work is part of the problem seems, um, counterintuitive. But as we will see, this paragraph gives us a clue to what is really driving human population collapse.
Let’s try to figure out what’s really going on, because despite seeming to be so, the authors’ story is not complete. If you look at the story from another angle, not the one of received wisdom, strange unexplained lacunae appear within the text. The fertility rate in the United States and Britain begin to drop in the early 1800s, but only at the end of the 1800s on the Continent, even though urbanization came sooner in the latter, and the United States was almost all agricultural in the early 1800s. “In France, oddly, fertility declines were already underway by the late 1700s. No one is sure why. . . .” “Fertility rates appear to have increased in France and Belgium during the Second World War, even though both countries were under German occupation or control and supplies such as food and coal were increasingly scarce.” Some countries that are largely poor, uneducated, and not urbanized (Brazil, Mexico, Uruguay) have extremely low fertility rates, while other, very similar-seeming countries still have high rates (Paraguay, Honduras, Guatemala). Uneducated Brazilian favela dwellers, normally the type of people who have lots of children, have experienced a big drop in fertility. And on, and on, strange tidbits that jut out from the authors’ narrative, not fitting into the just-so story of urbanization followed by an inevitable and necessary choice to stop having children.

What could explain all these facts? The authors certainly don’t know. But I do. What brings together all these seeming outrider facts, and in the darkness binds them, is the inevitable human tendency toward selfish self-interest. Once this was universally recognized as vice, but it has always been recognized as a large part of what drives human beings unless we struggle against it. The creation of virtue, through self-discipline, self-control, and, in Christian thinking, caring for others at our own expense, aiming at true freedom and the common good, was once the ideal. Virtue helped control our baser impulses, and was the goal toward which a good and well-formed person was expected to strive and to lead others. It was, and is, the opposite of “living as one likes,” of the quest for supposed emancipation. Having children is among the least selfish and most self-sacrificing things a woman, and to a lesser extent a man, can do; thus, when being selfish and self-centered both become exalted, we have fewer children. It is not a mystery.
How did we get here? As the result of two late-eighteenth-century developments. The first, the fruit of the Scientific Revolution and the Industrial Revolution, is wealth. I have pondered elsewhere whether a rich society can ever stay a virtuous society, and population decline is merely a subset of this question. The second, the fruit of the Enlightenment (which had nothing to do with the Scientific Revolution or the Industrial Revolution), is the exaltation of individual autonomy, of self-actualization as the goal of human existence. The problem with urbanization and its impact on birth rates, especially in the West, is not something inherent to urbanization, but that city dwellers are more wealthy (or at least exposed to wealth) and have, in practice, fallen prey more easily to Enlightenment ideas.
Either of these anti-virtue developments can crash fertility by itself. Combined, they are lethal to human progress. For example, a rich society, such as Venice in the 1600s, can never undergo the Enlightenment, but wealth alone will lead to depopulation, as virtue fades and pursuit of self becomes exalted. And a poor and not urbanized society, such as late 1700s France or early 1800s America, can experience an ideological erosion of virtue solely through embracing Enlightenment principles. Or, to take a more modern example, the South American countries with high rates of fertility are those that are still strongly Christian, and hew to the Christian virtues. The authors themselves note this correlation, but gloss over the implications. Similarly, poor Brazilians are not converted to the gospel of self directly by Rousseau and Locke, or by wealth, both of which they totally lack, but indirectly by both—by obsessive watching of telenovelas, the plots of which, as the authors note, “involve smaller families, empowered women, rampant consumerism, and complicated romantic and family relationships.”

For a final set of proofs, it is obvious from Empty Planet’s own statistics, though apparently not obvious to the authors themselves, that as the material blessings of the West finally spread around the world, fertility rates drop in tandem with adoption of the West’s techniques for acquiring wealth, further exacerbated when countries adopt Enlightenment values. And to the extent the country’s elite push back against Enlightenment values, such as in Hungary and Russia, some progress can be made in increasing birth rates. Similarly, when a country’s people experiences shared challenges, social pressure against atomized Enlightenment individual autonomy can increase greatly, resulting in more children. Such was apparently the case in wartime Belgium and France. It is also why Jews in Israel, alone among advanced economies, have a birthrate far in excess of replacement, even if you exclude the Orthodox. They value something beyond their own immediate, short-term desires, which counterbalances the natural human tendency towards vice.

Will the population of India reach its maximum value of 1.7 billion people in 2060, as predicted by the UN? At least with respect to this, Wolfgang Lutz and his colleagues at the International Institute for Applied Systems Analysis are basically in agreement. However, during our stay in New Delhi, again and again the demographers and government officials who carried out local research told us, sotto voce, that, in their opinion, the fertility rate had already dropped below 2. ,one. In such a case, India is a decade ahead of the UN and the Vienna school. If India already has a rate of 2.1 or less, it is unlikely that, depending on the low variant models, it will exceed 1.5 billion inhabitants, so around 2100 it will have 1.2 again. one billion
If the creators of UN models are right, China and India could contribute to the world reaching a figure close to eleven billion. However, China and India are sending unmistakable signals that these predictions are too high, that they will add to the process of population loss of almost the entire rest of the planet.

Immigration can be the main competitive advantage of North America in the 21st century. In the long run, as countries progress and fertility rates continue to decline, people’s migration will slow down. People will re-emigrate to their countries of origin, attracted by new and good jobs and the reunion with the family. With populations that age and decline almost everywhere, perhaps the day will come when countries will compete for immigrants. In such a struggle, the United States will always prevail. American cultural values dominate the planet. The US economy remains a dynamic, if chaotic, place to invest in. American politicians are no less dynamic or less chaotic. In the field of entrepreneurship and creativity, North America continues to lead. People looking for new opportunities and a better life continue to flock to this rampant hilltop city, gleaming, revolted, poorly planned, superbly executed despite itself. If it does not close its doors, the city will never stop prospering.

Thanks to urbanization, the fight against global warming and other environmental battles will have a new ally: the trees, as the unprofitable farmland will return to the forest. This process is also already underway. In colonizing countries there are still people old enough to remember where the family farm was, before they all left for the city. The seas of the world also suffer tremendous tension. Overfishing, pollution of coastal waters due to agricultural and urban runoff and endless human abuses are disrupting the food chain. The damage extends from coral discoloration to endangered whales. The sooner we act to limit the heating of the air, the better for our seas. However, the best recipe to protect them is, ultimately, to reduce the size of the human population. Fewer mouths to eat fish. The great danger is that the United States wasted precisely the instrument that has supposed the secret of its greatness. Nowadays, nativist and anti-immigration attitudes are corroding the republic as it has happened so many times in the past. To what extent will the First America movement of Donald Trump take root? Will the United States close the border to illegal immigrants, so necessary in the construction and services sector? If America falters, another great power can reach a dominant position: India. Despite its numerous internal contradictions, the country is growing and modernizing. India, whose current fertility rate is at the replacement level, enjoyed a period of Gold that lasted for decades, with many young people who generated and consumed wealth. Over time, the Indian population will also begin to decline, but in the meantime the world is fascinated by this dynamic and overflowing society moving towards the center of the stage. Colonizing societies, such as those of the United States, Canada, Australia and New Zealand, which represent the most lasting legacy of the British Empire, are more open to new people. However, although its population is composed almost exclusively of immigrants or descendants of immigrants, they are not immune to social closure. In the United States, the legacy of slavery continues to separate whites and blacks; the heritage of colonization continues to alienate indigenous and non-indigenous people in Canada and elsewhere. In any case, as a general rule, the greater the sense of national or ethnic coherence, the fewer the possibilities of integrating the newcomers into a harmonious whole. We would like to know if the Hungarians will one day stop feeling Hungarians; or the Japanese, Japanese. We would like to know if one day they will accept foreigners as equals. In any case, for societies that want to stabilize their population, perhaps even grow back, there is no other way.

If each generation has only one or two children per family – or, as is usually the case, none – within two or three generations people will surely be very lonely. The future will follow its own path; we have to follow ours. We have to take care of the old and stimulate young people and promote equality for all. We have to welcome newcomers and share our space with them while preserving freedom and tolerance, thanks to which it is worth living in a society. The demographic decline does not have to be a time of social decline. However, we do have to understand what is happening to us and what is about to happen to us. In all the years we’ve been together on this planet, we’ve never faced anything like it. We will be less and less.

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