En El Futuro: Perspectivas Para La Humanidad — Martin Rees / On the Future: Prospects for Humanity by Martin Rees

No hay nada particularmente nuevo aquí, pero es interesante ver lo que Rees tiene que decir al respecto de una de las personas mayores de la ciencia británica (y, por lo que parece, un buen chico). Curiosamente, las partes que me parecieron más interesantes fueron las más alejadas de sus campos de especialización. Entonces, me sentí bastante comprometido con la extensa sección sobre el cambio climático y donde Rees discute su opinión sobre la religión. Esto es muy refrescante en comparación con el de los ateos fundamentalistas. Rees nos dice que no cree en Dios, pero a veces va a la iglesia, ya que le gusta participar en el ritual de su herencia cultural. Esto me parece una actitud mucho mejor que reprender a cualquiera con creencias o prácticas religiosas por su estupidez.
La parte que consideré menos efectiva fue donde Rees se sumergió en la ciber futurología. Si bien fue bueno ver que era sensiblemente escéptico acerca de la aceptación generalizada de los autos que conducen por sí mismos y la idea de que todos abandonarán la propiedad de los automóviles, su consideración de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático parecía demasiado optimista, en comparación con el enfoque más realista, por ejemplo, en El engaño de AI de Gary Smith.
También se realizó un análisis útil de la naturaleza de la ciencia, en general eliminando el estrés del ‘método científico’ y enfatizando el enfoque más ad hoc que realmente sucede. Rees también deja en claro lo importante que es para el público en general estar más al tanto de la ciencia, ya que las decisiones sobre la dirección futura de la ciencia y la tecnología nos influyen a todos y deben ser tomadas por todos nosotros, no solo como tecnarquía científica.
Con todo, En el futuro resultó realmente interesante.  Se siente un poco mordaz y es quizás demasiado personal si no te interesa Martin Rees, pero estoy interesado y me alegro mucho de haberlo leído.

El siglo XXI es especial por otra razón: es el primero en el que los humanos pueden desarrollar hábitats más allá de la Tierra. Los «colonos» pioneros en un mundo extraño tendrán que adaptarse a un ambiente hostil, y se hallarán fuera del alcance de reguladores terrestres. Estos aventureros podrían encabezar la transición de la inteligencia orgánica a la electrónica. Esta nueva encarnación de la «vida», al no requerir una superficie planetaria o una atmósfera, podría extenderse mucho más allá de nuestro sistema solar. El viaje interestelar no es intimidante para entidades electrónicas casi inmortales. Si la vida es ahora única de la Tierra, esta diáspora sería un acontecimiento de importancia cósmica. Pero si la inteligencia ya impregna el cosmos, nuestra progenie se unirá a ella. Esto podría producirse a escalas de tiempo astronómicas, no de «meros» siglos. Ciertamente, los riesgos son cada vez mayores; la nueva ciencia ofrece enormes oportunidades, pero sus consecuencias podrían poner en peligro nuestra supervivencia. Son muchos los que están preocupados porque avanza tan deprisa que ni los políticos ni el público profano pueden asimilarla o estar al día.

Las técnicas agrícolas que usan organismos GM pueden ser beneficiosas. Para tomar un ejemplo específico, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 40 % de los niños de menos de cinco años en el mundo en desarrollo padecen deficiencia de vitamina A; esta es la principal causa de la ceguera infantil a escala global, que afecta a cientos de miles de niños cada año. El llamado arroz dorado, desarrollado por vez primera en la década de 1990 y mejorado posteriormente, libera beta-caroteno, el precursor de la vitamina A, y mitiga la deficiencia de vitamina A. Lamentablemente, las organizaciones que hacen campaña, Greenpeace en particular, han obstaculizado el cultivo del arroz dorado. Desde luego, es preocupante «manipular la naturaleza», pero, en este caso, unas técnicas nuevas podrían haber mejorado la «intensificación sostenible». Además, hay esperanzas de que una modificación más drástica del genoma del arroz (la llamada ruta C4) podría mejorar la eficiencia de la fotosíntesis, lo que permitiría un crecimiento más rápido y más intensivo del primero de los alimentos esenciales del mundo.
Dos innovaciones potenciales de la dieta no se enfrentan a una gran barrera técnica: convertir a insectos (muy nutritivos y ricos en proteína) en comida apetitosa, y producir carne artificial a partir de proteína vegetal. Por lo que se refiere a esto último, una compañía de California llamada Impossible Foods ha estado vendiendo hamburguesas de «vacuno» (hechas principalmente de trigo, coco y patata) desde 2015. Hemos de ser evangelistas de las nuevas tecnologías; sin ellas careceremos de mucho de lo que hace que nuestra vida sea mejor que la vida de las generaciones anteriores. Sin la tecnología, el mundo no puede proporcionar alimento, ni energía sostenible, para una población en expansión y más exigente. Pero necesitamos que dicha tecnología esté dirigida sabiamente. Los sistemas de energía renovable, los avances médicos y la producción de alimentos con alta tecnología (la carne artificial, etc.) son objetivos sensatos; las técnicas de geoingeniería probablemente no lo sean. Sin embargo, los descubrimientos científicos y técnicos pueden producirse de manera tan rápida e impredecible que quizá no podamos manejarlos adecuadamente; será todo un reto aprovechar sus beneficios al tiempo que evitamos sus aspectos negativos.

Consecuencia de los avances en medicina es la difuminación de la transición entre la vida y la muerte. En la actualidad la muerte se define normalmente como «muerte cerebral»: la fase en la que todas las señales medibles de actividad cerebral se han extinguido. Este es el criterio que los médicos de trasplantes emplean para decidir cuándo pueden «cosechar» adecuadamente los órganos de un cuerpo. Pero la línea se difumina todavía más por propuestas según las cuales se puede hacer funcionar de nuevo el corazón después de la «muerte cerebral», simplemente para mantener los órganos previstos «frescos» durante más tiempo. Esto introduce más ambigüedad moral en la cirugía de trasplantes. Los avances en microbiología (diagnósticos, vacunas y antibióticos) ofrecen perspectivas de mantener la salud, controlar la enfermedad y contener las pandemias. Pero estos beneficios han desencadenado un peligroso «contraataque» por parte de los mismos patógenos. Existe preocupación sobre la resistencia a los antibióticos, por la que las bacterias evolucionan (mediante una selección darwiniana acelerada) para ser inmunes ante los antibióticos utilizados para eliminarlas. Esto ha conducido, por ejemplo, a una reaparición de la tuberculosis. A menos que se desarrollen nuevos antibióticos, los riesgos de infecciones intratables después de intervenciones quirúrgicas, por ejemplo, aumentarán hasta el nivel de hace un siglo. A corto plazo, es urgente evitar el empleo excesivo de antibióticos (por ejemplo, en el ganado en Estados Unidos) e incentivar el desarrollo de nuevos antibióticos, aunque estos sean menos lucrativos para las compañías farmacéuticas que las medicinas que controlan las enfermedades de larga duración.

Resulta evidente que las máquinas se encargarán de gran parte del trabajo de fabricar y de distribuir al por menor. Pueden sustituir a muchos empleos administrativos: trabajo legal rutinario (como transmisión de la propiedad), contabilidad, programación informática, diagnósticos médicos e incluso cirugía. Muchos «profesionales» encontrarán que sus destrezas, obtenidas duramente, tendrán menos demanda. En cambio, algunos empleos cualificados del sector servicios (fontanería y jardinería, por ejemplo) requieren interacciones no rutinarias con el mundo externo y por lo tanto serán los empleos más difíciles de automatizar. Los vehículos autónomos pueden aceptarse rápidamente en áreas limitadas en las que tendrán las carreteras a su disposición, en partes delimitadas del centro de las ciudades o quizá en carriles o carreteras especiales. Y existe un potencial para el uso de máquinas autónomas en tareas agrícolas y de cosecha, que operan fuera de las carreteras. Pero lo que no está tan claro es si los vehículos autónomos serán capaces de funcionar con seguridad cuando se enfrenten a toda la complejidad de la conducción rutinaria: recorrer carreteras estrechas y serpenteantes y compartir calles urbanas con vehículos conducidos por humanos, bicicletas y peatones. Pienso que esto topará con una resistencia pública.

Ahora es el momento de una visión optimista del destino de la vida: en este mundo, y quizá más allá. Necesitamos pensar globalmente, necesitamos pensar racionalmente, necesitamos pensar a largo plazo… empoderados por la tecnología del siglo XXI, pero guiados por valores que solo la ciencia puede proporcionar.

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There’s nothing particularly new here, but it is interesting to see what one of the grand old persons of British science (and, by all accounts, a jolly nice chap), Rees has to say on the matter. Oddly, the parts I found more interesting were those more removed from his fields of expertise. So, I felt quite engaged with the lengthy section on climate change and where Rees discusses his view on religion. This is very refreshing when compared with the that of the fundamentalist atheists. Rees tells us that he does not believe in God but does sometimes go to church, as he likes being involved in the ritual of his cultural heritage. This seems to me a far better attitude than berating anyone with religious beliefs or practices for their stupidity.
The part I thought least effective was where Rees dived into cyber futurology. While it was good to see that he was sensibly sceptical of the widespread acceptance of self-driving cars and the idea that everyone will abandon car ownership, his consideration of AI and machine learning seemed overly optimistic, compared with the more realistic approach, say, in Gary Smith’s The AI Delusion.
There was also a useful analysis of the nature of science, on the whole de-stressing the ‘scientific method’ and emphasising the more ad-hoc approach that really happens. Rees also makes it clear how important it is for the general public to be more aware of science, as decisions about the future direction of science and technology influence us all and should be made by us all, not just as scientific technarchy.
All in all, On the Future proved genuinely interesting.  It feels rather bitty and is perhaps too personal if you don’t happen to be interested in Martin Rees – but I am interested and am really glad I read it.

The 21st century is special for another reason: it is the first in which humans can develop habitats beyond Earth. Pioneering “settlers” in a strange world will have to adapt to a hostile environment, and will be out of reach of terrestrial regulators. These adventurers could lead the transition from organic to electronic intelligence. This new incarnation of “life”, by not requiring a planetary surface or an atmosphere, could extend far beyond our solar system. Interstellar travel is not intimidating for almost immortal electronic entities. If life is now unique to Earth, this diaspora would be an event of cosmic importance. But if the intelligence already impregnates the cosmos, our progeny will join it. This could occur at astronomical timescales, not “mere” centuries. Certainly, the risks are increasing; The new science offers enormous opportunities, but its consequences could endanger our survival. There are many who are worried because it moves so fast that neither politicians nor the profane public can assimilate it or be up to date.

Agricultural techniques that use GM organisms can be beneficial. To take a specific example, the World Health Organization (WHO) estimates that 40% of children under the age of five in the developing world suffer from vitamin A deficiency; This is the main cause of childhood blindness on a global scale, which affects hundreds of thousands of children each year. The so-called golden rice, developed for the first time in the 1990s and subsequently improved, releases beta-carotene, the precursor of vitamin A, and mitigates vitamin A deficiency. Unfortunately, the campaigning organizations, Greenpeace in particular, they have hindered the cultivation of golden rice. Of course, it is worrying to “manipulate nature”, but in this case, new techniques could have improved the “sustainable intensification”. In addition, there is hope that a more drastic modification of the rice genome (the so-called C4 route) could improve the efficiency of photosynthesis, which would allow a faster and more intensive growth of the first essential food in the world.
Two potential innovations of the diet do not face a great technical barrier: convert insects (very nutritious and rich in protein) into appetizing food, and produce artificial meat from vegetable protein. Regarding the latter, a California company called Impossible Foods has been selling “bovine” hamburgers (made mainly of wheat, coconut and potato) since 2015. We have to be evangelists of new technologies; without them we will lack much of what makes our life better than the life of previous generations. Without technology, the world can not provide food or sustainable energy for an expanding and more demanding population. But we need that technology to be directed wisely. Renewable energy systems, medical advances and high-tech food production (artificial meat, etc.) are sensible objectives; Geoengineering techniques probably are not. However, scientific and technical discoveries can occur so quickly and unpredictably that we may not be able to handle them properly; It will be a challenge to take advantage of its benefits while avoiding its negative aspects.

Consequence of advances in medicine is the blurring of the transition between life and death. Nowadays death is usually defined as “brain death”: the phase in which all measurable signs of brain activity have been extinguished. This is the criterion that transplant doctors use to decide when they can properly “harvest” the organs of a body. But the line is further blurred by proposals according to which the heart can be made to function again after “brain death”, simply to keep the organs “fresh” planned for a longer time. This introduces more moral ambiguity in transplant surgery. Advances in microbiology (diagnostics, vaccines and antibiotics) offer prospects for maintaining health, controlling disease and containing pandemics. But these benefits have unleashed a dangerous “counterattack” on the part of the pathogens themselves. There is concern about resistance to antibiotics, by which bacteria evolve (through accelerated Darwinian selection) to be immune to the antibiotics used to eliminate them. This has led, for example, to a reappearance of tuberculosis. Unless new antibiotics are developed, the risks of intractable infections after surgical interventions, for example, will increase to the level of a century ago. In the short term, it is urgent to avoid the excessive use of antibiotics (for example, in cattle in the United States) and to encourage the development of new antibiotics, even though these are less lucrative for pharmaceutical companies than medicines that control long-term diseases. .

It is clear that the machines will be responsible for much of the manufacturing and retailing work. They can replace many administrative jobs: routine legal work (such as transfer of ownership), accounting, computer programming, medical diagnostics and even surgery. Many “professionals” will find that their hard-earned skills will have less demand. In contrast, some skilled jobs in the services sector (plumbing and gardening, for example) require non-routine interactions with the outside world and therefore will be the most difficult jobs to automate. Autonomous vehicles can be quickly accepted in limited areas where they will have roads at their disposal, in delimited parts of the center of the cities or perhaps in special lanes or roads. And there is a potential for the use of autonomous machines in agricultural and harvesting tasks, which operate off the roads. But what is not so clear is whether autonomous vehicles will be able to function safely when faced with all the complexity of routine driving: traveling narrow and meandering roads and sharing urban streets with vehicles driven by humans, bicycles and pedestrians. I think this will come up against a public resistance.

Now is the time for an optimistic vision of the destiny of life: in this world, and perhaps beyond. We need to think globally, we need to think rationally, we need to think long term … empowered by 21st century technology, but guided by values that only science can provide.

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