Madres. Un Ensayo Sobre La Crueldad Y El Amor — Jacqueline Rose / Mothers: An Essay on Love and Cruelty by Jacqueline Rose

Este libro es atrevido y provocativo. Rose está interesada en examinar si la madre o el padre simbólico son fundamentales para las relaciones íntimas y culturales. Ella explica cómo las madres tratan a las niñas de manera diferente a los niños. Los destetan antes y los entrenan para ir al baño antes. Los niños aprenden las inhibiciones de la vida de sus madres. Tener que prepararlos también para la guerra, el gobierno, el esfuerzo científico y el mundo digital significa que evocan amor y crueldad, como muestra el autor.
Son las madres las que hacen soldados, e inculcan la valentía. Rose pinta una imagen triste del campamento de refugiados de Calais, donde abundan los niños sin madre. Muchos de ellos tienen madres, pero no pudieron salir de la Siria devastada por la guerra. Tales madres son atacadas en los medios de comunicación. Pero la pérdida de sus hijos es un acto de crueldad y sacrificio hacia el yo.
Rose dice que en el rico oeste las madres han sido reprivatizadas. Los contactos sociales antes de los bebés se deben rehacer en Starbucks y en los gimnasios para bebés. La competencia es inmensa. Las madres ahora investigan información nutricional, desarrollo emocional y, por supuesto, la mejor escuela. Los niños deben tener éxito hoy en un ambiente de expectativas elevadas. Rose argumenta que hoy el logro individual es todo.
En este libro se presenta un argumento simple, a saber, que la maternidad en Occidente es el lugar de nuestra cultura donde alojamos o quizás sepultamos lo que significa ser completamente humano. Es el último chivo expiatorio de nuestros fallos. Se exige demasiado de la madre. ¿Qué le pregunta a Rose, qué le estamos haciendo a las madres cuando les pedimos que carguen con la carga de Al? Las madres dicen que a Rose se le está convirtiendo en objeto de crueldad autorizada. Al hacerlo, nos estamos cegando a nosotros mismos ‘a las iniquidades del mundo …’. Continuaremos ‘destrozando tanto al mundo como a las madres’ a menos que reconozcamos lo que estamos haciendo.
Esta es una polémica pero surge desde el corazón. Hay tres capítulos: castigo social, ceguera psíquica, y la agonía y el éxtasis.

Madres. Un ensayo sobre la crueldad y el amor se ordena en torno a una idea bien definida: en la cultura occidental, la maternidad es ese espacio en el que enterramos la realidad de nuestros conflictos, los que nos identifican como plenamente humanos. Las madres son las responsables últimas de nuestros fracasos personales, de todo lo que está mal en nuestra política y en nuestra sociedad y que, de alguna manera, ellas tienen la obligación de enmendar; una tarea, a todas luces, tan injusta como irrealizable. A la histórica reivindicación feminista en lo tocante a la sobreexigencia de la que son objeto las madres, la autora añade una nueva faceta al plantearse qué estamos haciendo al trasladarles aquello que más nos cuesta aceptar.

En los Estados Unidos y en Europa, llegan de todas partes voces estridentes que nos dicen, cada vez con más insistencia, que la mayor obligación ética que tenemos es la de consolidar las fronteras nacionales y las personales también. Es el caldo de cultivo ideal para censurar a las madres, para marcarlas con el estigma de ser las únicas responsables de un porvenir que se nos antoja imposible, porque no podemos cargarlas con la responsabilidad de asegurar la pervivencia del futuro y, a la vez, acusarlas de poner dicho futuro en peligro. Estas madres ausentes, desaparecidas, son la otra cara de la moneda de las embarazadas que hacen «turismo de maternidad». A las madres, pues, se las pasa por alto o se las anatematiza; pero es la migración y sus miserias la verdadera historia que subyace en ambos casos. A su vez, está el clásico del imaginario maternal, la sufrida maternidad, la madre a la que le han arrebatado al hijo: está Níobe, que se lamenta por el asesinato de sus catorce hijos a manos de los dioses celosos; y está la Pietà, la Virgen María, en su duelo por el Cristo muerto, dos de los ejemplos más conocidos. Eso sí, la madre tiene que ser noble y estar inmersa en una agonía redentora, tiene que mostrar el sufrimiento del mundo grabado a fuego en la cara, y llevar a cuestas la pesada carga de la desgracia humana, la cual aplaca en nombre de todos nosotros, si bien lo que el dolor de las madres no debe mostrar nunca es la cruda injusticia del mundo en el caos que lo gobierna. En julio de 2015, un informe emitido por la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos puso de manifiesto que cada año 54.000 mujeres pierden su puesto de trabajo en el Reino Unido porque están embarazadas. Un 77 por ciento de las mujeres y las madres recién paridas sufren alguna forma de trato negativo en el trabajo (intimidación o comentarios hirientes, cuando no son directamente insultos, o les dejan caer que son una carga para la empresa y el Estado). En general, la gran mayoría de las mujeres embarazadas se enfrenta cada año a algún tipo de discriminación ilícita, o a experiencias negativas (ese 77 por ciento de mujeres embarazadas y puérperas que sufre algún tipo de marginación laboral contrasta con el 45 por ciento de hace una década). La normativa vigente les da tres meses para presentar una denuncia (lo que acaba revelándose del todo imposible, pues la mayor parte de las mujeres se muestra reacia a hacerlo en el embarazo). Parece que el problema empeora, porque esas aproximadamente 54.000 mujeres despedidas doblan la cifra correspondiente al año 2005. En 2016, la organización Citizens Advice denunció un 25 por ciento más de incidencias en las consultas sobre asuntos relacionados con el embarazo y la maternidad. Lo que no es menos chocante, más bien al contrario, es que casi la mitad (el 41 por ciento) de todas las embarazadas en el Reino Unido se enfrenta en el trabajo a algún tipo de riesgo para su seguridad y su salud. El 4 por ciento de las embarazadas y las recién paridas —una cifra que la organización Maternity Action tilda de «asombrosa»— deja el trabajo por motivos de salud y de seguridad. Las empresas en la actualidad están obligadas a evaluar estos riesgos para las mujeres a las que tienen empleadas; no obstante, Maternity Action dice que es «una pena que sea tan inadecuada». Según la ley, si una empresa no puede o se niega a ofrecer un entorno seguro para el desempeño del trabajo a estas mujeres, ellas tienen derecho a ser apartadas de su puesto de trabajo sin suspensión de sueldo.

El tema de las madres está plagado de idealizaciones, y todas han sido blanco principal de la crítica feminista (porque los ideales son una de las formas más certeras que tenemos de castigar a los otros y a nosotros mismos). «Vale ya de difundir el mito de la madre perfecta»: he aquí una queja reciente de la fundadora de Netmums, uno de los mayores portales dedicados al cuidado de niños del Reino Unido, creado en el año 2000. Una de las cosas que más sorprende en el relato sobre la maternidad es que la idealización no cede un ápice de terreno pese a que la realidad hoy día hace que cada vez les sea más difícil a las madres estar a la altura del ideal. Al contrario, gana constantemente más adeptos. Mucho antes de que la crisis migratoria nos ofreciera la nueva imagen de la madre extranjera que viene a invadir nuestras costas, parece evidente que la madre soltera era la «gorrona» original, término que le permite a una sociedad cruelmente desigual darles la espalda a aquellos a los que ella misma ha condenado al fondo del vertedero. Esta madre manipuladora e indigna encarnaba a la perfección la así llamada «cultura de la dependencia»; una idea que renace con fuerza hoy en el Reino Unido para justificar el desmantelamiento todavía a mayor escala del estado de bienestar; y, en el próspero hemisferio norte de un mundo globalizado, como parte de las medidas de austeridad cuyo blanco principal son las ayudas sociales.

Hubo un tiempo en el que, al ser madre, la mujer no dejaba de ejercer el papel que desempeñaba en la vida pública. En la antigua Grecia, una mujer era doncella, novia y, luego, después de dar a luz, mujer madura. No es que fuera una vida vivida en libertad, ni mucho menos: se casaba a las muchachas de trece y catorce años con hombres en la treintena. Y las mujeres, al igual que los esclavos, no eran ciudadanas (de ahí la analogía entre mujer y esclava, que habla por sí sola); y solo podían realizarse siendo madres. No obstante, según una fuente que recoge el tema de la maternidad en Grecia, al ser madre no perdía necesariamente su papel en la vida cívica; sobre todo como partícipe, junto con otras mujeres, en las ceremonias religiosas. Era ese el único escenario en el que las mujeres disfrutaban de cierta paridad. Lo cierto es que, en el Reino Unido y en los Estados Unidos, no siempre fue tan drástica esta separación entre una madre y su entorno político. Porque hay una larga tradición que se remonta al siglo XVIII según la cual la maternidad era una parte de la convivencia ciudadana. El papel de la madre era generar el nuevo miembro de la comunidad; y la estabilidad de la nación estribaba en la virtud cívica que la madre cultivaba en el hijo. Eso sí, como la madre quedaba confinada al hogar, eso solo le confería, según la historiadora Linda Colley, «un papel público muy limitado». Hoy día, claro está, en casi todos los países del mundo, las mujeres son ciudadanas de pleno derecho. Las madres pueden participar en la vida política y encabezarla, aunque quizá convenga señalar que ni Angela Merkel ni Theresa May tienen hijos. En el caso de esta última, cuando Andrea Leadsom, una de sus rivales a primera ministra después del referéndum del brexit de junio de 2016, dejó caer que el hecho de que May no fuera madre la invalidaba para el ejercicio del poder, tuvo que retirarse de la carrera por el liderazgo.
Pero todavía en la actualidad las necesidades corporales de la maternidad se barren debajo de la alfombra o acaban relegadas a otro mundo más íntimo y escondido.

¿Qué le estamos pidiendo a una madre cuando esperamos de ella que vierta en su hijo amor y devoción en estado puro? He llamado a esta sección «Con amor», pero está dentro de un capítulo titulado «Ceguera psíquica», y eso nos ofrece una pista (también podría haber titulado lo que sigue como «El amor como perversión»). Después de todo, cuando lo que se espera de alguien, o lo que se le exige, es amor, podemos estar seguros de que el amor brillará por su ausencia. Es igual que cuando se le apremia a alguien a ser espontáneo, como si la espontaneidad fuera algo que pudiera pedirse; lo mismo sucede con el amor: basta pedirlo para que el amor aplaste el objeto amado y se desvanezca.
Naturalmente, esperar que una madre sea perfecta explica esa ansia de perfección que mueve a las madres tildadas de «narcisistas» o «entregadas en cuerpo y alma», esas que creen que la totalidad de la creación está cifrada en su bebé, y que debe ser, por tanto, intachable. O, por decirlo con otras palabras, si les estamos pidiendo a las madres que sean perfectas. A las madres en Occidente se las castiga por ser madres y, a la vez, se les exige un amor sin límites. Y es un odio que guarda una proporción exacta con el amor: es decir, la intensidad de esa exigencia casa con las expectativas defraudadas; siendo la veneración la tapadera del reproche. Para hallar testimonios de la perversión del amor materno en la época moderna no cabe, por tanto, acudir a las historias de violencia y abandono históricos de escritoras como Morrison o Magona. Una no nace, una se hace mujer. Declaraciones que siguen siendo indispensables para el feminismo de hoy día, porque, si mujer hay que hacerse, entonces qué sea una mujer es algo negociable. Y, dadas las condiciones políticas adecuadas, también puedes deshacerte, desprenderte de ese papel indispensable y hacerte a ti misma. Puede que la única excepción a esta verdad innegociable para la feminidad sea ese momento de ciega necesidad en el que, del cuerpo de una mujer, algo está naciendo. Pero si la maternidad te reduce al ser de la especie, queda siempre el peligro, sin embargo, de que llegue una madre y se crea que el bebé es creación suya, su obra; y, de ahí, solo va un paso a considerarlo de su propiedad. Y esperará entonces demasiado de su hijo, pues creerá que la maternidad le ha otorgado un significado a su vida, la ha llevado de la mano al ser verdadero; lo cual, en la filosofía existencial, quiere decir el ser «por sí mismo» consciente y sentiente. Y, mirado así, puede pensarse que la maternidad alimenta la ilusión de que somos nosotras las que creamos; la creencia de que el mundo entero se surte, a la carta, de dentro de nosotras. De hecho, un bebé no es más que una «proliferación gratuita» de materia bruta cuya «pura contingencia» está al nivel de la muerte.

¿Qué pasaría, en definitiva, si, en vez de pedirles a las madres que deshagan los entuertos de la historia y los males del corazón, y castigarlas luego por no ser capaces de hacerlo, prestáramos atención a lo que tienen que decirnos sobre ambas cosas, eso que les sale de dentro del cuerpo y de la mente? Puede que entonces se acabara el mundo en que vivimos, pero me da la sensación de que, al menos para las madres, no sería mala cosa.

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This book is daring and provocative. Rose is interested in examining the the mother or the symbolic father is central to intimate and cultural relationships. She explains how mothers treat girls differently to boys. They wean them earlier and potty train them sooner. Children learn life’s inhibitons from their mothers. Having to also prepare them for war, government, scientific endeavour and the digital world means they evoke love and cruelty, as the author shows.
It is mothers who make soldiers, and instil bravery. Rose paints a sad picture of the Calais refugee camp where motherless children abound. Many of them in fact have mother’s but they couldn’t get out of war-torn Syria. Such mother’s are attacked in the media. But the loss of their children is an act of cruelty and sacrifice towards the self.
Rose says that in the affluent West mother’s have been reprivatised. Social contacts pre babies are have to be remade Starbucks and baby gyms. Competition is immense.Mothers now research nutritional information, emotional development and of course the best school. Children must succeed today in an environment of raised expectations. Rose argues that today individual attainment is all.
A simple argument runs they this book, namely that motherhood in the West is the place in our culture where we lodge or perhaps bury what it means to be fully human. It is the ultimate scapegoat for our failings. Too much is demanded of mother’s. What, asks Rose, are we doing to mother’s when we ask them to carry the burden of Al our ills? Mothers says Rose are being made the objects of licensed cruelty. In so doing we are blinding ‘ourselves to the world’s iniquities…. ‘. We will continue to ‘tear both the world and mothers to pieces’ unless we recognise what we are doing.
This is a polemic but it is one from the heart. There are three chapters headed: social punishment, psychic blindness, and the agony and the ecstasy.

Mothers An essay on love and cruelty is organized around a well-defined idea: in Western culture, motherhood is that space in which we bury the reality of our conflicts, those that identify us as fully human. Mothers are ultimately responsible for our personal failures, for everything that is wrong with our politics and our society and that, in some way, they have an obligation to amend; a task, clearly, as unjust as unrealizable. To the historical feminist claim regarding the over-exigency of mothers, the author adds a new facet when considering what we are doing by transferring what we find most difficult to accept.

In the United States and in Europe, loud voices are coming from everywhere, telling us, with increasing insistence, that the greatest ethical obligation we have is to consolidate national and personal borders as well. It is the ideal breeding ground to censure mothers, to mark them with the stigma of being the only ones responsible for a future that seems impossible to us, because we can not burden them with the responsibility of ensuring the survival of the future and, at the same time, accuse them of putting that future in danger. These missing mothers, missing, are the other side of the coin for pregnant women who do “maternity tourism”. Mothers, then, are overlooked or anathematized; but it is migration and its miseries the true story that underlies both cases. At the same time, there is the classic of the maternal imagination, the long-suffering motherhood, the mother whose son has been snatched from: Niobe, who laments the murder of her fourteen children at the hands of the jealous gods; and there is the Pietà, the Virgin Mary, in her mourning for the dead Christ, two of the best-known examples. Of course, the mother must be noble and immersed in a redeeming agony, she must show the suffering of the world burned in her face, and carry the heavy burden of human misfortune, which appeases on behalf of all we, although what the pain of mothers should never show is the crude injustice of the world in the chaos that governs it. In July 2015, a report issued by the Equality and Human Rights Commission showed that every year 54,000 women lose their jobs in the UK because they are pregnant. 77 percent of women and newly-born mothers suffer some form of negative treatment at work (intimidation or hurtful comments, when they are not directly insulting, or let them fall that are a burden on the company and the State). In general, the vast majority of pregnant women face every year some kind of illegal discrimination, or negative experiences (that 77 percent of pregnant women and women who suffer some type of marginalization contrasts with 45 percent of decade). The current regulations give them three months to file a complaint (which ends up being completely impossible, since most women are reluctant to do so during pregnancy). It seems that the problem worsens, because those approximately 54,000 dismissed women double the figure for the year 2005. In 2016, the Citizens Advice organization reported 25 percent more incidences in the consultations on matters related to pregnancy and motherhood. What is no less shocking, quite the contrary, is that almost half (41 percent) of all pregnant women in the United Kingdom are at work at some kind of risk to their safety and health. 4 percent of pregnant women and newborns – a figure that the Maternity Action organization calls “amazing” – leaves work for health and safety reasons. Companies are currently obliged to assess these risks for women to whom they have employees; however, Maternity Action says it is “a shame that it is so inadequate.” According to the law, if a company can not or refuses to offer a safe environment for the performance of work to these women, they have the right to be removed from their job without suspension of salary.

The subject of mothers is full of idealizations, and all have been the main target of feminist criticism (because ideals are one of the most accurate ways we have to punish others and ourselves). “It’s enough to spread the myth of the perfect mother”: here is a recent complaint from the founder of Netmums, one of the largest portals dedicated to the care of children in the United Kingdom, created in the year 2000. One of the things that most surprising in the story about motherhood is that idealization does not yield an iota of land even though reality today makes it increasingly difficult for mothers to live up to the ideal. On the contrary, it constantly wins more followers. Long before the migratory crisis offered us the new image of the foreign mother who comes to invade our coasts, it seems evident that the single mother was the original “gorrona”, a term that allows a cruelly unequal society to turn its back on those which she has condemned to the bottom of the landfill. This manipulative and unworthy mother perfectly embodied the so-called “dependence culture”; an idea that is reborn with force today in the United Kingdom to justify the dismantling of the welfare state on a larger scale; and, in the prosperous northern hemisphere of a globalized world, as part of the austerity measures whose main target is social aid.

There was a time when, as a mother, the woman did not stop exercising the role she played in public life. In ancient Greece, a woman was a maid, a girlfriend, and then, after giving birth, a mature woman. Not that it was a life lived in freedom, far from it: the girls of thirteen and fourteen were married with men in their thirties. And women, like slaves, were not citizens (hence the analogy between woman and slave, which speaks for itself); and they could only be done as mothers. However, according to a source that includes the subject of motherhood in Greece, being a mother did not necessarily lose its role in civic life; especially as a participant, along with other women, in religious ceremonies. This was the only scenario in which women enjoyed a certain degree of parity. The truth is that, in the United Kingdom and the United States, this separation between a mother and her political environment was not always so drastic. Because there is a long tradition that dates back to the eighteenth century according to which motherhood was a part of civic coexistence. The role of the mother was to generate the new member of the community; and the stability of the nation lay in the civic virtue that the mother cultivated in her son. Of course, as the mother was confined to the home, that alone gave her, according to the historian Linda Colley, “a very limited public role.” Today, of course, in almost every country in the world, women are citizens with full rights. Mothers can participate in political life and lead it, although perhaps it should be noted that neither Angela Merkel nor Theresa May have children. In the case of the latter, when Andrea Leadsom, one of her rivals to prime minister after the Brexit referendum in June 2016, let slip that the fact that May was not a mother invalidated her for the exercise of power, she had to withdraw of the race for leadership.
But still today the bodily needs of motherhood are swept under the rug or end up relegated to another more intimate and hidden world.

What are we asking a mother when we expect her to pour love and devotion in her pure state into her son? I have called this section «With love», but it is within a chapter entitled «Psychic blindness», and that offers us a clue (I could also have called what follows as «Love as perversion»). After all, when what is expected of someone, or what is required, is love, we can be sure that love will shine by its absence. It is the same as when someone is forced to be spontaneous, as if spontaneity were something that could be asked for; the same thing happens with love: it is enough to ask for it so that love crushes the loved object and vanishes.
Naturally, expecting a mother to be perfect explains that craving for perfection that moves mothers branded as “narcissistic” or “delivered in body and soul,” those who believe that the whole of creation is encoded in their baby, and that they must be, therefore, faultless. Or, to put it in other words, if we are asking mothers to be perfect. Mothers in the West are punished for being mothers and, at the same time, boundless love is demanded of them. And it is a hatred that keeps an exact proportion with love: that is to say, the intensity of that home demand with disappointed expectations; veneration being the cover of reproach. In order to find testimonies of the perversion of maternal love in modern times, it is not necessary to turn to the histories of violence and historical abandonment of writers such as Morrison or Magona. One is not born, one becomes a woman. Declarations that are still indispensable for today’s feminism, because if a woman has to be done, then what a woman is is negotiable. And, given the right political conditions, you can also get rid of yourself, let go of that indispensable role and do yourself. Perhaps the only exception to this nonnegotiable truth for femininity is that moment of blind necessity in which, from the body of a woman, something is being born. But if motherhood reduces you to being of the species, there is always the danger, however, that a mother arrives and believes that the baby is his creation, his work; and, from there, only one step to consider it your property. And then he will expect too much from his son, because he will believe that motherhood has given meaning to his life, has taken her by the hand to the true being; which, in existential philosophy, means being “by itself” conscious and sentient. And, looking like this, it can be thought that motherhood feeds the illusion that we are the ones we create; the belief that the whole world is supplied, a la carte, from within us. In fact, a baby is nothing but a “gratuitous proliferation” of raw matter whose “pure contingency” is at the level of death.

What would happen, in short, if, instead of asking mothers to undo the wrongs of history and the evils of the heart, and then punish them for not being able to do so, pay attention to what they have to tell us about both , what comes from within the body and the mind? Maybe then the world in which we live would end, but I get the feeling that, at least for mothers, it would not be a bad thing.

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3 pensamientos en “Madres. Un Ensayo Sobre La Crueldad Y El Amor — Jacqueline Rose / Mothers: An Essay on Love and Cruelty by Jacqueline Rose

  1. Cuanta falta me hacía involucrarme en tus reseñas. Un libro por demás interesante. Todo lo que atañe al rol de la madre en nuestras vidas, es digno de leerse. Más aún si se trata de otras culturas y al final, es lo mismo. Madre hay una sola.

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