El No Tan Salvaje Oeste — Terry Lee Anderson & Peter Jensen Hill / The Not So Wild, Wild West: Property Rights on the Frontier by Terry Lee Anderson & Peter Jensen Hill

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Este libro está escrito por dos académicos que se describirían a sí mismos como ecologistas del libre mercado. Si no sabes qué es eso, probablemente deberías leer este libro. En contraste con otros tomos en tales asuntos, aborda el tema a través de ejemplos intrínsecamente divertidos, tomados del «Salvaje Oeste» en la historia de los Estados Unidos.
En el primer capítulo, Anderson y Hill discuten varios sistemas de derechos de propiedad en el Salvaje Oeste: instituciones tribales, comerciantes de pieles, mineros en Sierra Nevada, derechos de agua de apropiación previa y asociaciones de ganaderos.
El segundo capítulo proporciona una revisión general del concepto de derechos de propiedad y cómo se diseñan. Anderson y Hill reconocen desde el principio que muchas personas usan sistemas de derechos de propiedad para beneficiarse a costa de otros. Esta «búsqueda de rentas» a menudo implica entrometerse con el mercado y perjudica a la sociedad en general. En resumen, Anderson y Hill reconocen (al menos en principio) que los derechos de propiedad no siempre son eficientes en términos económicos. Tienen una mentalidad justa, al menos en principio, lo que permite que el gobierno, las comunidades locales y / o los empresarios puedan proporcionar soluciones a estos problemas, tanto en la teoría como en la práctica.
Los siguientes dos capítulos concretan este argumento abstracto al observar los derechos de propiedad en el país indio. Obviamente, la mayoría de las tierras de la India fueron tomadas por la fuerza o por la amenaza de la fuerza, un excelente ejemplo de búsqueda de rentas por parte de blancos con efectos trágicos para los nativos.
Después de esto, los autores recurren a una serie de otros problemas de derechos de propiedad en el Oeste, desde comerciantes de pieles y vagones hasta campos de minería y riego mormón. La afirmación principal es que los éxitos económicos estadounidenses reflejan la capacidad de las comunidades locales para desarrollar nuevas instituciones de derechos de propiedad para resolver los nuevos problemas que encontraron. En contraste, cuando los solicitantes de rentas establecen derechos de propiedad que los benefician a expensas de otros, suceden cosas malas.
Dadas sus propias tendencias, Anderson y Hill tienden a ver «los buenos derechos de propiedad que conducen a buenos resultados» más que a los buscadores de rentas que pervierten en los mercados y dañan el medio ambiente. Sin embargo, el uso indebido de poder político y económico es omnipresente, y debería haberse reconocido más en la práctica. Reconocen el mal trato de los indios, pero aparentemente no encuentran mucho mal comportamiento de los blancos contra otros blancos.
El libro hace un poco de pretensión de presentar una teoría general, pero en realidad solo tiene un marco que permite a los autores contar un montón de «historias muy interesantes» interesantes. Tampoco prestan atención al diseño de la investigación ni a la selección de casos, ni proporcionan una justificación para contar estas historias particulares en lugar de otras. Plantean el libro como una historia revisionista, contra el mito de la violencia en el Salvaje Oeste. Tuvieron éxito en contar una historia alternativa, pero para hacer eso, dejaron de lado algunas cosas, en particular los ferrocarriles.
Aunque es fácil leer este libro como parte de la derecha, hay elementos del argumento que provocarán a ambos lados del espectro político. Por un lado, el libro a menudo ofrece una visión pollyannish de las glorias de los mercados y la propiedad privada que molestarán a la izquierda. Por otro lado, Anderson y Hill brindan una visión muy comprensiva de las instituciones de los nativos americanos, y son muy críticos con la forma en que la tierra india fue tomada con fuerza y luego mal manejada por los blancos, temas que a la derecha le gustaría ocultar.
A los de la derecha probablemente les guste este libro debido a su énfasis en los derechos de propiedad y los mercados. Aún así, los de la izquierda también podrían leer este libro como una acusación poderosa de bienestar corporativo, que se refleja históricamente en el pastoreo subsidiado y continúa hoy en día en la minería y la exploración petrolera subsidiadas, todo lo cual ha devastado el medio ambiente. Eso debería dar la pausa correcta.

En resumen, ambos lados del debate sobre los mercados libres y el ambientalismo podrían aprender algo de este libro. Pero, como las personas son como son, probablemente no lo harán. Dos fundamentalistas del libre mercado se unieron para forzar su ideología económica en la historia del oeste de los Estados Unidos. Esto no es historia, son sus historias familiares mezcladas con dogmas neoliberales. Los autores (ab) usan la historia para hacer afirmaciones normativas infundadas sobre cómo «debería» funcionar el mundo. El punto principal del libro es mostrar cuán absolutamente central fue el estado para la historia del desarrollo económico de los EE. UU., Pero como buenos fundamentalistas del libre mercado, trabajan arduamente para tratar de mistificar este hecho. El papel del estado está velado a través de palabras de código especiales como «empresarios institucionales», en lugar de simplemente hablar con claridad y decir que los «empresarios» dependían completamente del gobierno de los Estados Unidos para proteger su propiedad privada. Así es como funciona la ideología del libre mercado en los EE. UU. Y cómo prospera: la ofuscación, la corrupción del lenguaje, la mitología como historia y el blanqueo de todo lo que es el genocidio desagradable y el capitalismo de compinches que podría trastornar a los reaccionarios de piel delgada.
En cambio, en un libro de «historia», el lector es tratado con una serie de ejemplos de fantasía que ayudan a los autores a hacer sus argumentos ahistóricos.

El Oeste no era tan salvaje como la leyenda nos ha hecho creer. El mercado ofrecía protección y agencias de arbitraje que funcionaban con bastante eficacia, y que sustituían al gobierno total o parcialmente. Más de una vez hemos visto en la gran pantalla como una turba enfurecida de vecinos asaltaba la prisión de un pueblo americano en el lejano Oeste para intentar sacar por la fuerza a un reo con el propósito de ahorcarlo. La rapidez con la que se extendían los ganaderos, agricultores o mineros a los territorios del Oeste era mucho mayor que la del sistema gubernamental americano. Y sin embargo, la producción y ejecución de leyes se llevaba a cabo por parte de los particulares. Las leyes privadas se aplicaron a través de los land clubs (o clubes de propietarios de tierras), las asociaciones de ganaderos, las caravanas que tantas veces hemos vistos en películas atravesar las praderas de lo desconocido, o las empresas y explotaciones mineras que se asentaban en las tierras californianas en busca de oro.
Los nuevos propietarios de las tierras fronterizas debían asociarse para procurarse la ley y para ello adoptaban sus propias constituciones según las preferencias de los integrantes de estos clubes y disponían de sus propios jueces y oficiales que se encargaban de llevar a cabo estas disposiciones. Los gastos del juicio corrían a cargo del demandante y del demandado. Resolver disputas y conflictos era a través de sistemas de arbitraje, más rápidos y neutrales que los juicios estatales: como sucedía en las caravanas, en donde fácilmente surgían conflictos y disputas y donde leyes propias se pactaban voluntariamente antes de salir hacia las praderas americanas. En estos casos encontramos las mismas cualidades y beneficios que actualmente.

La violencia se producía con certeza y, en esos casos, adquiría dos variantes. El primero de ellos es que la violencia, o más concretamente, el poder coactivo, lo ejercían individuos e instituciones para defender sus derechos de propiedad frente a intrusos. Por ejemplo, las asociaciones de ganaderos exhibían su fuerza al excluir a los recién llegados del pastoreo al aire libre, y grupos de vigilantes se encargaban de asegurar el cumplimiento de las leyes. En segundo lugar, la violencia se manifestaba a través del ejercicio del poder gubernamental al arrebatar recursos a otros. Las Guerras Indias de finales del siglo XIX son el ejemplo por antonomasia de estas prácticas.
Si el Oeste no era el lugar violento y confuso que describen muchos historiadores e incontables novelas y películas del oeste, la pregunta entonces es: ¿bajo qué condiciones se promovió en la frontera la cooperación frente al conflicto? Sostenemos que la cooperación dominó al conflicto porque los beneficios y los costes del cambio institucional redundaron en pequeños grupos y comunidades bien definidas. Mientras que las nuevas instituciones evolucionaron local y voluntariamente, los costes del conflicto y los beneficios de la colaboración fueron interiorizados por aquellos que tomaban las decisiones. Por consiguiente, las instituciones locales se adaptaron eficientemente a nuevas condiciones económicas y medioambientales. El Oeste Americano:

– Con anterioridad a la llegada de los europeos, los nativos americanos conseguían sacar adelante instituciones cooperativas que sobrevivieron al reconocer y hacerse con los beneficios derivados del comercio y la especialización. Pese a que no se trataba de sociedades capitalistas, sus instituciones establecieron incentivos que promovían la misma «riqueza de naciones» descrita por Adam Smith. Este reconocimiento de los beneficios económicos derivados del comercio se extendió a las relaciones con los blancos tras su llegada. No obstante, con el aumento de los ejércitos permanentes, los blancos optaron por arrebatarles las tierras a los indios en vez de negociar por ellas.
– En busca del «oro suave», los mercaderes de pieles intercambiaban objetos manufacturados con los indios a cambio de pieles de castores, y organizaron empresas complejas para llevar estas pieles al mercado, pese a que el coste del transporte y de la mercadotecnia era muy elevado. A pesar de que los emprendedores fueron capaces de solventar la mayoría de los problemas de obtener y vender pieles de castores, negociar por bisontes resultaba más complicado.
– De manera similar, los primeros granjeros y los mineros reaccionaron a las condiciones áridas, en las que el agua debía ser depositada y redistribuida a través de un arroyo, mediante el desarrollo con anterioridad de derechos de apropiación previa del agua, en respuesta a los derechos ribereños que habían evolucionado en las regiones en las que el agua era abundante.
– Los emigrantes que se desplazaban en caravanas entendieron la importancia de la cooperación para poder sobrevivir a las duras condiciones del viaje, y de ahí que llegasen a acuerdos constitucionales que promovían la eficiencia y la justicia.
– Muy pronto se formaron asociaciones de ganaderos que definieron y reforzaron los derechos de propiedad del ganado y los pastos. El rodeo común y marcar a las vacas bastó para limitar el acceso a tierras valiosas para el pasto, hasta que la llegada de los pastores y sus rebaños de ovejas interrumpieron el sistema impuesto y dieron lugar a guerras en el campo.

Los derechos de propiedad que evolucionan desde abajo y no desde arriba, tienen muchas más probabilidades de conservar recursos y promover la inversión, si bien lo contrario también es cierto. Cuando los derechos de propiedad los dictan autoridades centrales con un interés menor en el resultado, normalmente se desperdicia tiempo y esfuerzo en el proceso de crear derechos de propiedad, por lo que la inversión productiva sufre. Al igual que el cambio tecnológico es, por lo general, de un incremento gradual y no discontinuo, el cambio institucional efectivo evoluciona lentamente, teniendo en cuenta condiciones específicas de tiempo y lugar. Los emprendedores se benefician de tres actividades: (1) reorganizar los derechos de propiedad existentes, (2) definir nuevos derechos de propiedad donde son necesarios y (3) redistribuir los derechos de propiedad existentes. Si comparamos las tres, nos daremos cuenta de que el objetivo de los emprendedores de las instituciones no siempre es el mismo: mientras que la reestructuración y la definición de los derechos crea riqueza para la sociedad, la redistribución de los derechos la reduce.

Los havasupai también reconocían la propiedad privada de las tierras de cultivo, siempre que estas estuvieran en uso. Los hopis asignaron derechos exclusivos de la tierra a los distintos clanes matrilineales del poblado, tal y como señala Edward Kennard: «La asignación de cada clan se marcaba mediante mojones de piedra en las esquinas de la parcela, y estos se decoraban con símbolos que pintaban los clanes». Daryll Forde afirma también que las tierras del clan hopi se marcaban «con numerosas piedras que se situaban en las esquinas y en las intersecciones de los caminos» y que estas «las grababan con símbolos del clan correspondiente». Las parcelas de los clanes se asignaban por lo general a las mujeres, y se asociaban a una familia concreta a través de la herencia.
Las presas y los canales de riego que construyeron los indios pueblo, a diferencia de lo que pasaba con la tierra, eran de propiedad común. Este tipo de tenencia era más eficiente que la propiedad individual porque estos sistemas precisaban de una inversión considerable que no estaba al alcance de un único individuo, y porque su construcción conllevaba significativas economías de escala. Estos sistemas habrían sido por tanto prohibitivos para los particulares, debido sobre todo a los costes de transacción por estar continuamente negociando para llegar a acuerdos sobre su mantenimiento. El uso del caballo se fue extendiendo de tribu en tribu al norte de México en el periodo comprendido entre 1600 y 1740. Este simple hecho cambió las vidas de los indios a lo largo de los siglos XVIII y XIX, ya que aumentó su movilidad y redujo los costes de transporte. «El efecto inmediato que produjo en los indios conseguir unos cuantos caballos españoles mediante el intercambio o la sustracción, fue disuadirles de su mínima agricultura y que empezasen a depender del búfalo todavía más que antes (…). Con el caballo podían deambular largas distancias, allanar las tierras de caza de otros grupos e ir a la guerra, por lo que se convirtieron en los moradores de las llanuras».
Los indios cambiaron su dieta a base de semillas y raíces, unas cuantas plantas de cultivo y poca carne, por una compuesta básicamente por las proteínas de la carne del búfalo. Además, aprovechaban mucho menos los animales que cazaban:
Durante el siglo XIX, los búfalos fueron masacrados sin necesidad debido a la abundancia de ellos en la Nación Pies Negros, a la facilidad de cazarlos a caballo, a la escasez de instrumentos para transportar el excedente…

Para cuando los indios americanos se hicieron con caballos, no solo concibieron nuevas y revolucionarias tecnologías para la caza, la vivienda y el transporte, sino también instituciones dedicadas a la creación de riqueza, excepto en el momento en el que los caballos aumentaron la competición por las zonas comunes. El aumento de la movilidad trajo consigo un aumento de la competición por los recursos (en especial de los bisontes que deambulaban por territorios amplios), e incitó conflictos entre las tribus indias. Incapaces de establecer derechos de propiedad para recursos móviles, los indios se enfrentaron entre sí antes de enfrentarse a los blancos. De hecho, si los indios no hubieran desarrollado sus instituciones militares en respuesta al conflicto entre tribus, quizás no habrían sido capaces de resistir las arremetidas de los blancos durante todo el tiempo que lo hicieron. En cualquier caso, tanto las guerras entre tribus como las guerras contra los blancos tenían como finalidad la búsqueda de rentas, como consecuencia de derechos de propiedad que eran incompletos.

La mejor manera para comprender la interacción entre indios y europeos en la frontera es dentro de un contexto de definición y aplicación de los derechos de propiedad. En un principio, los dos grupos fundamentalmente comerciaban y no se atacaban. Los costes de transacción del comercio disminuyeron debido a que las tribus del Este tenían derechos de propiedad sobre tierras que estaban situadas mucho más cerca de las que necesitaban los blancos. Además, la guerra es un juego de suma negativa, por lo que durante los primeros años de interacción, los bandos que hubieran escogido ir a la guerra tendrían que haber afrontado directamente los gastos derivados de los enfrentamientos.
Sin embargo, varios factores condujeron a un predominio de los enfrentamientos durante la primera mitad del siglo XIX. Primero, los costes de transacción eran más altos porque las tribus nómadas de las llanuras no tenían derechos de propiedad que fueran compatibles con los que los colonos blancos necesitaban para establecer la agricultura. En segundo lugar, el establecimiento de un ejército estadounidense permanente tras la Guerra Mexicana y la Guerra Civil condujo a una ventaja diferencial en el uso de la fuerza, permitiendo a los colonos de la frontera confiar en el contribuyente medio para costear los gastos derivados de la guerra. Y, por último, las Guerras Indias le dieron al ejército permanente una razón de ser que les permitió mantener sus cifras y presupuestos.
Las batallas para arrebatarle tierras a los indios no terminaron con las Guerras Indias, sino que continuaron con la redistribución burocrática de los derechos de propiedad indios. Desde la Ley General de Distribución de Tierras de 1887, pasando por la Ley de Reorganización Indígena de 1934 y hasta el día de hoy, los derechos de propiedad en las reservas han sido principalmente determinados de arriba para abajo, esto es, no por los propietarios de las tierras sino por mandamases de la burocracia que no tenían que cargar con el coste directo de sus decisiones. Los derechos de propiedad de las tierras indias son, por lo general, inconsistentes con las limitaciones específicas de tiempo y de lugar de cada reserva y tribu. Como además estaban sometidas a merced del gobierno federal, siempre estaban disponibles para quien los quisiera. No resulta sorprendente que, en un mar de riqueza, las reservas hayan sido siempre islas tercermundistas.

Por una serie de razones, la era del comercio de pieles terminó en 1840 casi tan rápido como había comenzado. Desde mediados de la década de 1830, la demanda de pieles de castor se precipitó conforme la seda reemplazaba a la piel de castor como el material de moda para sombreros en el Este y en Europa. Además, el aumento de la disponibilidad de la nutria suramericana (que es un roedor acuático) compitió con lo que quedaba del mercado de pieles. Finalmente, el castor se fue volviendo más y más escaso, lo que provocó que el coste de encontrarlo y ofrecerlo en el mercado aumentase. De ahí que, «en 1840 dejaron la montaña más tramperos que cualquier otro año».
Dada la distancia a la que se encontraban de los mercados, el territorio desconocido en el que se hallaban y las diferentes maneras que había de obtener pieles, los comerciantes que se dedicaban al comercio con pieles de castor encontraron un desafío para establecer y reconfigurar los derechos de propiedad de su comercio. Para ello, tuvieron que desarrollar contratos de inversión de capital que financiasen expediciones que tenían una alta probabilidad de no regresar. También para contratar a un equipo que remase, empujase o tirase, o cualquier otra manera de conseguir que los barcos fueran río arriba. Debían coordinar su defensa contra los indios, además de encontrar castores, ya fuera mediante el comercio con los indios o cazándolos ellos. Y, finalmente, esos contratos debían servir también para hacer llegar las pieles a los mercados europeos.

El sistema de rendezvous podría haber aportado una manera de reducir los costes de coordinación, pero el sistema era precario, ya que incluso había competición por establecer la ubicación de los rendezvous. Como ya describimos anteriormente, numerosas compañías peleteras compitieron por ser las primeras en llegar al emplazamiento del rendezvous y, cualquier intento de restringir esta competición, habría tenido como resultado la aparición de lugares alternativos.
En segundo lugar, la competición entre las compañías era voraz. Si un trampero o un grupo descubría territorio fértil, otros se introducirían rápidamente. «La estrategia operativa de la Compañía Peletera Americana en las Montañas Rocosas era muy clara: Henry Vanderburgh y Andrew Drips (que eran los capitanes sobre el terreno) tenían la intención de seguir a las brigadas de la Compañía de Pieles de las Montañas Rocosas para conocer los mejores lugares para poner trampas, y así capturar el comercio de los tramperos libres ofreciéndoles precios inflados por sus pieles.

La minería en el Oeste ofrece una prueba interesante de la hipótesis de que los derechos de propiedad se desarrollaron en respuesta a los cambios en los beneficios y en los costes. Debido a que la irrupción del oro y de la plata se produjo tan súbitamente, calcular la influencia en el aumento del valor de otros factores es relativamente fácil. Tanto en California como en Nevada, los mineros encontraron modos efectivos de definir y aplicar los derechos de propiedad rápidamente. Los grupos de mineros eran tan pequeños que el ahorro en recursos resultante de diseñar y adjudicar normas fue obvio. Pese a que la mayor parte del cambio institucional no se dio en forma de redistribución, sino de creación de derechos de propiedad y en su reempaquetado en nuevas formas contractuales de producción. En California, la mayor parte de la actividad alrededor de la definición y la protección de los derechos tuvo lugar a nivel local, extralegal, a pesar de que finalmente se ratificó y codificó a través de la acción del estado y de los tribunales. Nevada, en cambio, adoptó rápidamente un sistema legal formal debido a la complejidad de establecer derechos de propiedad a las vetas subterráneas, y dado el regreso a la especialización que se produjo en la definición y en la protección. Incluso allí, la fuerte influencia de la minería en la economía estatal provocó que las normas se centrasen en la creación y en la defensa de derechos de propiedad, más que en su redistribución.

La era romántica de la ganadería en los pastos libres precisó de un tremendo espíritu emprendedor e institucional. Organizar los viajes para trasladar a miles de reses a lo largo de 1500 millas hacia los prados del norte, proteger los derechos de propiedad del ganado tanto en el viaje como en los pastizales, así como comerciar con ellos una vez que hubieran engordado, presentaba retos en el proceso de contratación para crear nuevos derechos de propiedad y reorganizar los ya existentes. Amasar capital del otro lado del país que financiase las operaciones ganaderas planteó desafíos similares e incluso mayores. Pero a pesar de los tremendos obstáculos a los que se tuvieron que enfrentar, se pudieron transportar millones de cabezas de ganado desde Texas hasta las llanuras del Oeste, al mismo tiempo que evolucionó una efectiva combinación de derechos privados y comunitarios con el fin de producir carne de ternera para los mercados del Este. El hecho de que la mayoría de aquellas innovaciones institucionales, tales como herrar a los animales y el registro de marcas, continúen empleándose hoy en día, atestigua la innovación demostrada por los ganaderos de la frontera.

La escasez de agua en el Oeste americano, en comparación con Inglaterra y el Este de los Estados Unidos, condujo a la evolución de derechos de propiedad asegurados y transferibles bajo la doctrina de apropiación previa. Bajo este marco, los emprendedores institucionales desarrollaron numerosas formas organizativas para almacenar y distribuir el agua a las minas y a los campos agrícolas.
No obstante, las políticas federales limitaron el potencial del desarrollo privado del agua. En particular, los costes de transacción artificiales hicieron más difícil que los emprendedores institucionales capturasen las economías de escala inherentes a los grandes proyectos de riego, así como para integrarse verticalmente y superar los problemas derivados de las actitudes oportunistas y de no colaboración. La retirada de las tierras públicas y de los emplazamientos de los embalses para la privatización limitó todavía más la iniciativa privada en el desarrollo hídrico. A partir de 1902, el gobierno federal comenzó a inmiscuirse de forma directa en el reparto del agua en el Oeste a través de la Ley de Recuperación. Esta ley no solo fue un esfuerzo equivocado para solventar lo que se percibía como un fallo del mercado, sino una oportunidad para que los terratenientes del Oeste buscaran rentas a gran escala. La entrada del Cuerpo de Ingenieros en el desarrollo del agua en el Oeste en la década de 1930 proporcionó oportunidades adicionales para la redistribución. Y la centralización del reparto del agua por parte de las legislaturas y de las agencias de la administración, aumentó todavía más las oportunidades de búsqueda de rentas. En resumen, la historia del agua en el Oeste evolucionó de una era de creación y de reorganización de los derechos de propiedad del agua a una era dominada por la redistribución de tales derechos.

La frontera del Oeste tuvo sus héroes en los emprendedores institucionales que concibieron derechos de propiedad para la tierra, el agua, la fauna, los minerales e incluso los parques nacionales. Las nuevas fronteras también tendrán sus héroes emprendedores. La lección que deberíamos aprender del «no tan salvaje Oeste» es que los derechos de propiedad asegurados y transferibles quizás no sean fáciles de desarrollar, pero son necesarios para sustituir el conflicto por la cooperación.

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This book is written by two scholars who would describe themselves as free market environmentalists. If you don’t know what that is, you should probably read this book. In contrast to other tomes on such matters, it engages the topic through inherently fun examples, taken from the «Wild West» in US history.
In the first chapter, Anderson and Hill discuss various systems of property rights on the Wild West: tribal institutions, fur traders, miners in the Sierra Nevada, water rights of prior appropriation, and Cattlemen’s associations.
The second chapter provides a general review of the concept of property rights and how they are designed. Anderson and Hill recognize from the start that many people use systems of property rights to benefit themselves at the expense of others. This «rent-seeking» often involves messing with the market, and harms society as a whole. In short, Anderson and Hill recognize (at least in principle) that property rights may not always be efficient in economic terms. They are fair minded, at least in principle, allowing that government, local communities, and/or entrepreneurs might each provide solutions to these problems in both theory and practice.
The next two chapters make this abstract argument concrete by looking at property rights in Indian country. Obviously, most Indian lands were taken by force or by the threat of force, an excellent example of rent-seeking by whites with tragic effects for Natives.
After this, the authors turn to a series of other property rights issues in the West, from fur traders and wagon trains to mining camps and Mormon irrigation. The core claim is that American economic successes reflect the ability of local communities to develop new institutions of property rights to solve the novel problems that they found. In contrast, when rent-seekers establish property rights that benefit them at the expense of others, bad things happen.
Given their own leanings, Anderson and Hill tend to see «good property rights leading to good outcomes» more than they see rent-seekers perverting markets and harming the environment. However, the misuse of both political and economic power is ubiquitous, and should have been acknowledged more in practice. They do recognize the bad treatment of Indians, but apparently don’t find much bad behavior by whites against other whites.
The book makes some pretense of presenting an overall theory, but it really has only a framework that allows the authors to tell a bunch of interesting «just-so stories.» They also do not given any attention to research design or case selection, nor do they provide a justification for telling these particular stories as opposed to others. They pose the book as providing a revisionist history, against the myth of violence on the Wild West. They’re successful in telling an alternative story, but to do that, they left some things out – – most notably the railroads.
Though it’s easy to read this book as part of the Right, there are elements of the argument that will provoke both sides of the political spectrum. On the one hand, the book often serves up a Pollyannish view of the glories of markets and private property that will annoy the Left. On the other hand, Anderson and Hill provide a very sympathetic view of Native American institutions, and are highly critical of how Indian land was forcefully taken and then mismanaged by whites – – issues that the Right would like to gloss over.
Those on the Right will probably like this book because of its emphasis on property rights and markets. Still, those on the Left could also read this book as a powerful indictment of corporate welfare, reflected historically in subsidized grazing and continuing to subsidized mining and oil exploration today, all of which has devastated the environment. That should give the Right pause.

In short, both sides of the debate over free markets and environmentalism could learn something from this book. But, people being the way they are, they probably won’t. Two free market fundamentalists got together to force their economic ideology onto the history of the US West. This isn’t history, it’s their family stories mixed with neoliberal dogma. The authors (ab)use history to make unfounded, normative assertions about how the world «should» work. The main point of the book is to show how absolutely central the state was to the history of US economic development, but as good free market fundamentalists, they work extra hard at trying to mystify this fact. The role of the state is veiled via special code words like «institutional entreprenuers,» instead of just speaking plainly and saying that «entrepreneurs» were completely dependent on the US government to protect their private property. This is how free market ideology in the US works, and how it thrives: obfuscation, corruption of language, mythology as history, and white-washing out all that nasty genocide stuff and crony capitalism that might upset the thin-skinned reactionaries.
Instead, in a «history» book, the reader is treated to a series of fantasy examples that help the authors make their ahistorical arguments.

The West was not as wild as the legend has led us to believe. The market offered protection and arbitration agencies that functioned quite effectively, and that replaced the government totally or partially. More than once we have seen on the big screen how an enraged crowd of neighbors assaulted the prison of an American town in the far West to try to forcibly remove an inmate for the purpose of hanging him. The rapidity with which ranchers, farmers or miners extended to the territories of the West was much greater than that of the American governmental system. And yet, the production and enforcement of laws was carried out by individuals. Private laws were applied through the land clubs (clubs of landowners), the associations of farmers, the caravans that we have seen so many times in films crossing the meadows of the unknown, or the companies and mining operations that settled in the Californian lands in search of gold.
The new owners of the border lands had to associate to procure the law and for this they adopted their own constitutions according to the preferences of the members of these clubs and had their own judges and officials who were responsible for carrying out these provisions. The costs of the trial were borne by the plaintiff and the defendant. Resolving disputes and conflicts was through arbitration systems, faster and more neutral than the state trials: as it happened in the caravans, where conflicts and disputes easily arose and where our own laws were voluntarily agreed upon before leaving for the American prairies. In these cases we find the same qualities and benefits as currently.

Violence occurred with certainty and, in those cases, it acquired two variants. The first one is that violence, or more specifically, coercive power, was exercised by individuals and institutions to defend their property rights against intruders. For example, ranchers’ associations showed their strength by excluding new arrivals from outdoor grazing, and groups of vigilantes were charged with ensuring compliance with the laws. Second, violence manifested itself through the exercise of governmental power by taking resources from others. The Indian Wars of the late nineteenth century are the quintessential example of these practices.
If the West was not the violent and confusing place described by many historians and countless western novels and films, the question then is: under what conditions was cooperation promoted in the frontier against the conflict? We argue that cooperation dominated the conflict because the benefits and costs of institutional change resulted in small groups and well-defined communities. While the new institutions evolved locally and voluntarily, the costs of conflict and the benefits of collaboration were internalized by those who made the decisions. Consequently, local institutions adapted efficiently to new economic and environmental conditions. The American West:

– Prior to the arrival of the Europeans, the Native Americans were able to move forward cooperative institutions that survived by recognizing and taking advantage of the benefits derived from trade and specialization. Although these were not capitalist societies, their institutions established incentives that promoted the same «wealth of nations» described by Adam Smith. This recognition of the economic benefits derived from trade extended to relations with whites after their arrival. However, with the increase of permanent armies, the whites opted to take the lands from the Indians instead of negotiating for them.
– In search of «soft gold», the fur merchants exchanged manufactured objects with the Indians in exchange for beaver skins, and organized complex companies to bring these skins to the market, although the cost of transport and marketing was very high. high. Although the entrepreneurs were able to solve most of the problems of obtaining and selling beaver skins, negotiating for bison was more complicated.
– Similarly, the first farmers and miners reacted to the arid conditions, in which the water had to be deposited and redistributed through a stream, through the prior development of rights of prior appropriation of the water, in response to the riparian rights that had evolved in regions where water was abundant.
– The migrants who traveled in caravans understood the importance of cooperation in order to survive the harsh conditions of the trip, and from there they reached constitutional agreements that promoted efficiency and justice.
– Farmer associations were soon formed that defined and reinforced the property rights of livestock and pastures. The common rodeo and marking the cows was enough to limit access to valuable land for pasture, until the arrival of the shepherds and their flocks of sheep interrupted the imposed system and led to wars in the countryside.

Property rights that evolve from below and not from above are much more likely to conserve resources and promote investment, although the opposite is also true. When property rights are dictated by central authorities with a lower interest in the result, time and effort are usually wasted in the process of creating property rights, so that productive investment suffers. Just as technological change is, generally speaking, a gradual and not discontinuous increase, effective institutional change evolves slowly, taking into account specific conditions of time and place. Entrepreneurs benefit from three activities: (1) reorganize existing property rights, (2) define new property rights where they are needed, and (3) redistribute existing property rights. If we compare the three, we will realize that the objective of the entrepreneurs of the institutions is not always the same: while the restructuring and definition of rights creates wealth for society, the redistribution of rights reduces it.

The havasupai also recognized private ownership of farmland, provided that they were in use. The Hopi assigned exclusive rights to the land to the different matrilineal clans of the village, as Edward Kennard points out: «The assignment of each clan was marked by stone markers at the corners of the plot, and these were decorated with symbols that painted the clans ». Daryll Forde also affirms that the lands of the Hopi clan were marked «with numerous stones that were placed in the corners and at the intersections of the roads» and that these «were engraved with symbols of the corresponding clan». The plots of the clans were usually assigned to women, and were associated with a specific family through inheritance.
The dams and irrigation canals that the Pueblo Indians built, unlike what happened with the land, were common property. This type of tenure was more efficient than individual property because these systems required a considerable investment that was not available to a single individual, and because their construction entailed significant economies of scale. These systems would therefore have been prohibitive for individuals, mainly due to the transaction costs of being continuously negotiating to reach agreements on their maintenance. The use of the horse was extended from tribe to tribe in northern Mexico in the period between 1600 and 1740. This simple fact changed the lives of Indians throughout the eighteenth and nineteenth centuries, as it increased their mobility and reduced transportation costs. «The immediate effect on the Indians of getting a few Spanish horses through exchange or subtraction was to dissuade them from their minimal agriculture and to begin to depend on the buffalo even more than before (…). With the horse they could wander long distances, pave the hunting grounds of other groups and go to war, so they became the inhabitants of the plains. »
The Indians changed their diet based on seeds and roots, a few plants of culture and little meat, for one composed basically by the proteins of the meat of the buffalo. In addition, they took much less advantage of the animals they hunted:
During the nineteenth century, the buffalo were massacred unnecessarily because of the abundance of them in the Black Feet Nation, the ease of hunting them on horseback, the shortage of instruments to transport the surplus …

By the time the American Indians took horses, they not only conceived new and revolutionary technologies for hunting, housing, and transportation, but also institutions dedicated to the creation of wealth, except at the time when the horses increased competition for the common areas. The increase in mobility brought with it an increase in competition for resources (especially of bison that roamed large territories), and incited conflicts among Indian tribes. Unable to establish property rights for mobile resources, the Indians clashed with each other before confronting whites. In fact, if the Indians had not developed their military institutions in response to inter-tribal conflict, they might not have been able to withstand the onslaughts of the whites for as long as they did. In any case, both the wars between tribes and the wars against whites were aimed at the search for rents, as a consequence of property rights that were incomplete.

The best way to understand the interaction between Indians and Europeans at the border is within a context of definition and application of property rights. In the beginning, the two groups basically traded and did not attack. The trade transaction costs decreased because the Eastern tribes had property rights over land that was located much closer to what the whites needed. In addition, war is a game of negative sum, so during the first years of interaction, the parties that had chosen to go to war should have directly faced the costs resulting from the clashes.
However, several factors led to a predominance of confrontations during the first half of the 19th century. First, the transaction costs were higher because the nomadic tribes of the plains had no property rights that were compatible with those that the white settlers needed to establish agriculture. Second, the establishment of a permanent US military after the Mexican War and the Civil War led to a differential advantage in the use of force, allowing border settlers to rely on the average taxpayer to pay for the expenses derived from the use of force. war. And, finally, the Indian Wars gave the permanent army a raison d’etre that allowed them to maintain their numbers and budgets.
The battles to wrest land from the Indians did not end with the Indian Wars, but continued with the bureaucratic redistribution of Indian property rights. From the General Land Distribution Act of 1887, through the Indigenous Reorganization Act of 1934 and until today, the property rights in the reserves have been mainly determined from top to bottom, that is, not by the owners of the lands but by the bosses of the bureaucracy who did not have to bear the direct cost of their decisions. The property rights of Indian lands are, in general, inconsistent with the specific time and place limitations of each reservation and tribe. Since they were also at the mercy of the federal government, they were always available to anyone who wanted them. It is not surprising that, in a sea of wealth, reserves have always been Third World islands.

For a number of reasons, the fur trade era ended in 1840 almost as quickly as it had begun. From the mid-1830s, the demand for beaver skins plummeted as silk replaced beaver skin as the fashionable material for hats in the East and in Europe. In addition, the increased availability of the South American otter (which is an aquatic rodent) competed with what was left of the fur market. Finally, the beaver became more and more scarce, which caused that the cost of finding it and offering it in the market increased. Hence, «in 1840 they left the mountain more trappers than any other year.»
Given the distance they were from the markets, the unknown territory they were in and the different ways they were to obtain skins, the merchants who were engaged in the trade with beaver skins found a challenge to establish and reconfigure the rights owned by your trade. For this, they had to develop capital investment contracts that financed expeditions that had a high probability of not returning. Also to hire a team to row, push or pull, or any other way to get the boats upstream. They had to coordinate their defense against the Indians, in addition to finding beavers, either by trading with the Indians or by hunting them. And, finally, those contracts should also serve to get skins to European markets.

The rendezvous system could have provided a way to reduce coordination costs, but the system was precarious, as there was even competition to establish the location of the rendezvous. As we have already described, many furriers competed to be the first to arrive at the rendezvous site and any attempt to restrict this competition would have resulted in the appearance of alternative locations.
Second, the competition between the companies was voracious. If a trapper or a group discovered fertile territory, others would be introduced quickly. «The operational strategy of the American Fur Company in the Rocky Mountains was very clear: Henry Vanderburgh and Andrew Drips (who were the captains on the ground) had the intention to follow the brigades of the Rocky Mountain Fur Company to know the best places to set traps, and thus capture the trade of free trappers by offering inflated prices for their skins.

Mining in the West offers interesting evidence of the hypothesis that property rights developed in response to changes in benefits and costs. Because the irruption of gold and silver occurred so suddenly, calculating the influence on the increase in the value of other factors is relatively easy. In both California and Nevada, miners found effective ways to define and enforce property rights quickly. The groups of miners were so small that the saving in resources resulting from designing and awarding standards was obvious. In spite of the fact that most of the institutional change did not take the form of redistribution, but rather the creation of property rights and their re-packaging into new contractual forms of production. In California, most of the activity surrounding the definition and protection of rights took place at the local, extralegal level, although it was finally ratified and codified through the action of the state and the courts. Nevada, on the other hand, quickly adopted a formal legal system due to the complexity of establishing property rights to underground veins, and given the return to specialization that occurred in the definition and protection. Even there, the strong influence of mining on the state economy caused the rules to focus on the creation and defense of property rights, rather than on their redistribution.

The romantic era of livestock in free pastures required a tremendous entrepreneurial and institutional spirit. Organizing the trips to move thousands of cattle along 1500 miles to the northern meadows, protecting the property rights of the cattle both on the trip and in the pastures, as well as trading with them once they had gained weight, presented challenges in the hiring process to create new property rights and reorganize existing ones. Amassing capital from the other side of the country that financed livestock operations posed similar and even greater challenges. But despite the tremendous obstacles they faced, millions of head of cattle could be transported from Texas to the plains of the West, while an effective combination of private and community rights evolved to produce meat. of beef for the eastern markets. The fact that most of those institutional innovations, such as shoeing animals and trademark registration, continue to be used today, attests to the innovation demonstrated by the border ranchers.

The shortage of water in the American West, in comparison with England and the East of the United States, led to the evolution of insured and transferable property rights under the doctrine of prior appropriation. Under this framework, institutional entrepreneurs developed numerous organizational forms to store and distribute water to mines and agricultural fields.
However, federal policies limited the potential for private water development. In particular, artificial transaction costs made it more difficult for institutional entrepreneurs to capture the economies of scale inherent in large irrigation projects, as well as to integrate vertically and overcome the problems arising from opportunistic and non-cooperative attitudes. The withdrawal of public lands and reservoir sites for privatization further limited private initiative in water development. Beginning in 1902, the federal government began to directly interfere in the distribution of water in the West through the Recovery Act. This law was not only a wrong effort to settle what was perceived as a market failure, but an opportunity for the landlords of the West to seek rents on a large scale. The entrance of the Corps of Engineers into the development of water in the West in the 1930s provided additional opportunities for redistribution. And the centralization of the distribution of water by the legislatures and the agencies of the administration, further increased the opportunities for rent seeking. In short, the history of water in the West evolved from an era of creation and reorganization of water property rights to an era dominated by the redistribution of such rights.

The western border had its heroes in the institutional entrepreneurs who conceived property rights for land, water, fauna, minerals and even national parks. The new borders will also have their entrepreneurial heroes. The lesson we should learn from the «not so wild West» is that insured and transferable property rights may not be easy to develop, but they are necessary to replace the conflict with cooperation.

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