Guerras Del Siglo XXI: El Imperio Contra Irak — Ignacio Ramonet / Wars of the 21st Century: New Threats, New Fears by Ignacio Ramonet (spanish book edition)

El trabajo de Ramonet aquí es muy amplio en su alcance. En un trabajo relativamente corto, es capaz de reunir un amplio y amplio conjunto de información y análisis sobre las tendencias ambientales, políticas, económicas y culturales actuales para juntar sus enclavamientos y formular una imagen cohesiva del estado del mundo. Su información y razonamiento son sólidos, mientras que su análisis es definitivamente negativo y ciertamente podría ser acusado de pesimismo, verá que Ramonet tiene todo el derecho de estar preocupado. Y no debemos dejar de leer este libro por su amplio alcance y presentación de tendencias globales altamente devastadoras. Si no debemos quedar atrapados entre un neoliberalismo global indiferente que coloca el beneficio por encima de las personas y un nacionalismo regresivo que podría revivir el racismo fascista, debemos enfrentarlo. Si no quisiéramos esperar y ver qué crisis ecológicas nos pueden deparar, debemos abrir nuestros oídos a estos argumentos. Si preferimos pretender ser felices y contentos, podemos mantener nuestros ojos en nuestros televisores y seguir comprando sin pensar y sin leer tales trabajos, esperando que otros cuiden del mundo por nosotros y no nos guíen al desastre. Pero la democracia requiere trabajo diario y la capacidad de tomar en serio las tendencias amenazadoras que han surgido. Lo mejor del libro la idea que nos roban, nos mienten, nos matan… nos da igual, o eso parece. Esta es una obra ideal para saber lo que pasa y por qué suceden las cosas de una determinada manera en el mundo, de qué manera se ha construido una comunidad internacional que opera de espaldas a la población del planeta, mientras super compañías supra nacionales se han hecho con el poder político, económico y social del mundo.

Por primera vez en la historia de la humanidad, el mundo se encuentra dominado por una única hiperpotencia. Esta hiperpotencia ha exhibido en Afganistán su hegemonía imperial de tres maneras: aniquilando bajo las bombas en cuestión de semanas al régimen talibán y a la mayoría de las redes armadas de al-Qaida que lo sostenían; poniendo en pie una formidable coalición diplomática de apoyo a su acción de represalia (con la contribución, en particular, de Rusia y China) al tiempo que limitaba al mínimo la referencia a la Organización de las Naciones Unidas (ONU); y, por último, reclutando como simples tropas auxiliares a las antaño orgullosas fuerzas británicas, mientras mantenía a distancia a aliados solícitos pero prescindibles, como Francia, Alemania, España, Italia, Canadá o Japón. A diferencia de lo que ocurría en el siglo XIX y durante gran parte del XX, la supremacía militar ya no se traduce en conquistas territoriales. Otro fenómeno esencial: todos los estados se ven afectados por la dinámica de la globalización. En cierto modo, se trata de una segunda revolución capitalista. La globalización económica se extiende a los rincones más apartados del planeta soslayando tanto la independencia de los pueblos como la diversidad de los regímenes políticos. Esta concentración del capital y del poder se ha acelerado formidablemente durante los últimos veinte años, bajo el efecto de las revoluciones de las tecnologías de la información. La globalización no aspira tanto a conquistar países como a ganar mercados. El objetivo de este poder moderno no es la anexión de territorios, como en las épocas de las grandes invasiones o en los períodos coloniales, sino el control de riquezas. La globalización es también el saqueo de la naturaleza, el pillaje planetario. Las grandes empresas privadas depredan el medio ambiente utilizando herramientas desmesuradas; esquilman las riquezas naturales, que son el bien común de la humanidad; y lo hacen sin escrúpulos y sin freno. Este fenómeno se añade a una criminalidad económica ligada al mundo financiero y a la gran banca, que reciclan sumas superiores al billón de euros por año, es decir, más que el producto nacional bruto (PNB) de un tercio de la humanidad.

A escala planetaria, los tres protagonistas principales (que, bajo el Antiguo Régimen monárquico, eran la nobleza, el clero y el estado llano), son actualmente: 1) las asociaciones de estados: Alena (Estados Unidos, Canadá y México), Unión Europea, Mercosur, Asean, etc.; 2) las empresas globales y los grandes grupos mediáticos o financieros, y 3) las organizaciones no gubernamentales (ONG) de dimensión mundial (Greenpeace, Amnistía Internacional, Attac, Human Rights Watch, World Wide Life, etc.).
Estos tres nuevos actores operan en un marco planetario fijado no tanto por la Organización de las Naciones Unidas, como —signo de los tiempos— por la Organización Mundial del Comercio (OMC), nuevo árbitro global.
El voto democrático del conjunto de los ciudadanos tiene muy poco peso en el funcionamiento interno de estos tres nuevos actores. Esta gran mutación del mundo, que vacía de contenido a la democracia, se ha consumado sin que nadie lo advirtiera, ni siquiera los propios responsables políticos. A nivel mundial, la pobreza sigue siendo la regla y el bienestar, la excepción. Las desigualdades se han convertido en una de las características estructurales de nuestro tiempo. Y siguen agravándose y alejando a los ricos de los pobres cada vez más. A medida que avance el siglo XXI, la nueva riqueza de las naciones se basará cada vez más en la materia gris, el saber, la información, la investigación y la capacidad de innovar, y no en la producción de materias primas. A este respecto, no es exagerado afirmar que, en esta era postindustrial, los tres factores tradicionales del poder —extensión del territorio, importancia demográfica y abundancia de materias primas— han dejado de constituir atributos envidiables para convertirse, paradójicamente, en graves desventajas.
Los estados muy extensos, muy poblados y muy ricos en materias primas —Rusia, India, China, Brasil, Nigeria, Indonesia, Pakistán, México…— figuran entre los más pobres del planeta. La excepción de Estados Unidos confirma la regla.
En el extremo opuesto, en nuestra época de globalización financiera, microestados sin apenas territorio, con muy poca población y ninguna materia prima —Mónaco, Liechtenstein, Gibraltar, las islas Caimán, Singapur…—, tienen algunas de las rentas per cápita más altas del mundo.

Al borde de la bancarrota, Pakistán es una de las principales plataformas del fundamentalismo musulmán. En el plano interior, es un polvorín. Está dividido por disensiones religiosas que oponen a sunníes y shiíes (el 20 % de la población), enfrentamientos étnicos entre pastunes, baluchis, sindhis y punjabíes, y desigualdades sociales: el 40 % de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, y el número de niños esclavos asciende a unos veinte millones… Por añadidura, es uno de los países más corruptos del mundo, con una economía criminal que, según la ONU, supera, en valor absoluto, a la economía legal.
Todo esto no ha impedido que, después del 11 de septiembre de 2001, la administración norteamericana del presidente Bush, abandonando cualquier escrúpulo, haya hecho de Pakistán su principal aliado en Asia del Sur…Este nuevo tipo de conflicto, en el que el fuerte se enfrenta al débil o al loco, es más fácil de empezar que de concluir. Y, por masivo que sea, el empleo de medios militares ultramodernos no garantiza necesariamente que se alcancen los objetivos perseguidos. Basta recordar los fracasos estadounidenses en Vietnam, en 1975, y en Somalia, en 1994. La actual «guerra mundial contra el terrorismo» y la propaganda que la acompaña pueden dar la impresión de que no hay más terrorismo que el islamista. Evidentemente, no es así. En el momento mismo en que se desarrolla esta nueva «guerra mundial», diversas organizaciones «terroristas» siguen actuando en casi todos los rincones del mundo no musulmán. Con la globalización, estamos asistiendo a la aparición de la red-Estado e incluso del individuo-Estado.

Aparte del constante apoyo a Israel, Estados Unidos no dispone de ninguna estrategia global para Oriente Próximo. Washington no ha hecho nada decisivo para redinamizar las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, ni siquiera tras los atentados del 11 de septiembre (el envío como mediador del general Anthony Zinni fue una medida diplomática menor).
Sin embargo, la situación actual en el mundo árabe difiere de la existente en 1991, durante la guerra del Golfo. La brutalidad del embargo impuesto a Bagdad (desde hace once años, un niño iraquí muere cada seis minutos…) y los sucesivos bombardeos estadounidenses de 1992, 1993, 1996 y 1998 dan la impresión de un encarnizamiento antiiraquí cuyas principales víctimas son los civiles.
En contraste, la actitud de Estados Unidos es excepcionalmente indulgente en lo relativo a las autoridades de Israel, país que sigue ocupando, con grave desprecio a las leyes internacionales, una parte de Siria (el Golán) y los territorios de Gaza y Cisjordania, además de Jerusalén Este.

La guerra de ls Balcanes, deberíamos hablar de dos guerras. Una, del fuerte contra el débil, de la OTAN contra Yugoslavia, que fue, como ya hemos dicho, más bien una acción de castigo. La otra, del débil contra el más débil, de Serbia contra los kosovares, de las fuerzas de Belgrado contra el UÇK. De un lado, la guerra ultramoderna, electrónica y tecnológica; del otro, matanzas con tronzador, deportaciones masivas, violaciones y ejecuciones sumarias.
Otra originalidad de este conflicto: la OTAN declaró explícitamente que no quería matar. Ni siquiera a los militares serbios, y menos aún a los civiles. Fue una guerra de aparatos contra aparatos, de máquinas contra máquinas. Casi un videojuego. Y, cuando morían civiles debido a un error de cálculo, la Alianza se deshacía en excusas, lamentaciones, remordimientos, golpes de pecho y otras súplicas de perdón.
Aplastar a un adversario abstracto, sí; matar a un enemigo concreto, no. «En la neoguerra —señaló Umberto Eco—, pierde ante la opinión pública quien ha matado demasiado.

Los medios de comunicación hablan mucho de terrorismo desde el 11 de septiembre de 2001, pero en realidad y paradójicamente la violencia política ha disminuido enormemente con respecto a la situación de hace unos años.
En América Latina por ejemplo, había hasta hace poco violencia política y lucha armada en El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Perú y, hace un poco más de tiempo, en Uruguay, Argentina, Bolivia, Chile y Brasil. También había violencia política en Estados Unidos (Black Panther, independentistas puertorriqueños) y en Canadá (Frente de Liberación de Québec). Todas esas violencias han desaparecido y sólo queda, casi como único, el conflicto en Colombia que empezó en 1948…
Lo mismo en África, en donde la violencia política desapareció de Mozambique, África del Sur, Angola, Sierra Leona, Chad, Etiopía, Eritrea…

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Ramonet’s work here is very broad in scope. In one relatively short work, he is able to bring together a vast and sweeping set of information and analysis on current environmental, political, economic and cultural trends in order to piece together their interlockings and formulate a cohesive picture of the state of the world. His information and reasoning are solid, while his analysis is definitively negative and could certainly be accused of pessimism, you will see that Ramonet has every right to be concerned. And we should not shy away from reading this book for its sweeping scope and presentation of highly devastating global trends. If we should not get caught between an indifferent global neo-liberalism that places profit above people and a regressive nationalism that could revive fascist racisms, we must face up. If we should not like to wait and see what ecological crises may be in store for us, we must open our ears to these arguments. If we should prefer to pretend to be happy and content, we can keep our eyes on our tvs and continue to shop mindlessly and not read such works, hoping that others will take care of the world for us and not lead us to disaster. But democracy requires daily work and an ability to take seriously the threatening trends that have emerged. The best thing about the book is the idea that they steal from us, they lie to us, they kill us … we do not care, or so it seems. This is an ideal work to know what happens and why things happen in a certain way in the world, how an international community has been built that operates with its back to the population of the planet, while super supra national companies have made with the political, economic and social power of the world.

For the first time in the history of mankind, the world is dominated by a single hyperpower. This hyperpower has exhibited its imperial hegemony in Afghanistan in three ways: by annihilating the Taliban regime and the majority of the al-Qaida armed networks that supported it under bombs in a matter of weeks; setting up a formidable diplomatic coalition in support of its retaliatory action (with the contribution, in particular, from Russia and China) while limiting to a minimum the reference to the United Nations (UN); and, finally, by recruiting the once-proud British forces as mere auxiliary troops, while keeping away at solicitous but dispensable allies, such as France, Germany, Spain, Italy, Canada, or Japan. Unlike what happened in the nineteenth century and during much of the twentieth, military supremacy no longer translates into territorial conquests. Another essential phenomenon: all states are affected by the dynamics of globalization. In a way, it is a second capitalist revolution. Economic globalization extends to the most remote corners of the planet, avoiding both the independence of the peoples and the diversity of the political regimes. This concentration of capital and power has accelerated tremendously during the last twenty years, under the effect of the revolutions of information technologies. Globalization does not aspire as much to conquer countries as to win markets. The objective of this modern power is not the annexation of territories, as in the times of the great invasions or in the colonial periods, but the control of riches. Globalization is also the plundering of nature, planetary pillage. Large private companies depredate the environment using excessive tools; esquilman natural riches, which are the common good of humanity; and they do it without scruples and without restraint. This phenomenon is added to an economic crime linked to the financial world and to the big bank, which recycle sums over one trillion euros per year, that is, more than the gross national product (GNP) of a third of humanity.

On a planetary scale, the three main protagonists (who, under the Old Monarchical Regime, were the nobility, the clergy and the plain state), are currently: 1) the associations of states: Alena (United States, Canada and Mexico), Union European, Mercosur, Asean, etc .; 2) global companies and large media or financial groups, and 3) non-governmental organizations (NGOs) with a global dimension (Greenpeace, Amnesty International, Attac, Human Rights Watch, World Wide Life, etc.).
These three new actors operate in a planetary framework set not so much by the Organization of the United Nations, as – a symbol of the times – by the World Trade Organization (WTO), the new global arbitrator.
The democratic vote of all citizens has very little weight in the internal functioning of these three new actors. This great mutation of the world, which empties the content of democracy, has been consummated without anyone noticing it, not even the politicians themselves. Globally, poverty remains the rule and well-being, the exception. Inequalities have become one of the structural characteristics of our time. And they continue to aggravate and alienate the rich from the poor more and more. As the 21st century advances, the new wealth of nations will increasingly rely on gray matter, knowledge, information, research and the ability to innovate, and not on the production of raw materials. In this regard, it is not an exaggeration to say that, in this postindustrial era, the three traditional factors of power-land extension, demographic importance and abundance of raw materials-have ceased to be enviable attributes, paradoxically becoming serious disadvantages.
The very large states, very populated and very rich in raw materials – Russia, India, China, Brazil, Nigeria, Indonesia, Pakistan, Mexico … – are among the poorest on the planet. The exception of the United States confirms the rule.
At the opposite extreme, in our time of financial globalization, micro-states with hardly any territory, with very little population and no raw material – Monaco, Liechtenstein, Gibraltar, the Cayman Islands, Singapore … – have some of the highest per capita income in the world.

On the verge of bankruptcy, Pakistan is one of the main platforms of Muslim fundamentalism. On the inner plane, it is a powder keg. It is divided by religious dissensions that oppose Sunnis and Shiites (20% of the population), ethnic clashes between Pashtuns, Baluchis, Sindhis and Punjabi, and social inequalities: 40% of the population lives below the poverty line, and the number of slave children amounts to about twenty million … In addition, it is one of the most corrupt countries in the world, with a criminal economy that, according to the UN, exceeds, in absolute value, the legal economy.
All this has not prevented that, after September 11, 2001, the US administration of President Bush, abandoning any scruples, has made Pakistan its main ally in South Asia … This new type of conflict, in which the fortress face the weak or the crazy, it is easier to start than to conclude. And, however massive, the use of ultramodern military means does not necessarily guarantee that the objectives pursued will be achieved. Suffice it to recall the US failures in Vietnam in 1975 and in Somalia in 1994. The current “world war on terrorism” and the accompanying propaganda can give the impression that there is no more terrorism than the Islamist. Evidently, it is not like that. As this new “world war” unfolds, various “terrorist” organizations continue to operate in almost every corner of the non-Muslim world. With globalization, we are witnessing the appearance of the network-State and even of the individual-State.

Apart from the constant support for Israel, the United States has no global strategy for the Middle East. Washington has not done anything decisive to redynamize the peace negotiations between Israelis and Palestinians, not even after the September 11 attacks (the mediation of General Anthony Zinni was a minor diplomatic measure).
However, the current situation in the Arab world differs from that existing in 1991, during the Gulf War. The brutality of the embargo imposed on Baghdad (eleven years ago, an Iraqi child dies every six minutes …) and the successive US bombings of 1992, 1993, 1996 and 1998 give the impression of an anti-Iraqi fury whose main victims are civilians.
In contrast, the attitude of the United States is exceptionally lenient in relation to the authorities of Israel, a country that continues to occupy, with serious contempt for international law, a part of Syria (the Golan) and the territories of Gaza and the West Bank, as well as of East Jerusalem.

The war of the Balkans, we should talk about two wars. One, of the strong against the weak, of NATO against Yugoslavia, which was, as we have already said, more of an action of punishment. The other, from the weak to the weakest, from Serbia against the Kosovars, from the Belgrade forces against the UÇK. On the one hand, the ultramodern, electronic and technological war; on the other, massacres with a thief, massive deportations, violations and summary executions.
Another originality of this conflict: NATO explicitly stated that it did not want to kill. Not even the Serbian military, let alone the civilians. It was a war of devices against devices, of machines against machines. Almost a video game. And, when civilians died due to a miscalculation, the Alliance melted into excuses, lamentations, remorse, chest blows and other pleas for forgiveness.
Crush an abstract adversary, yes; kill a specific enemy, no. “In the neo-war,” said Umberto Eco, “he loses to public opinion who has killed too much.

The media talks a lot about terrorism since September 11, 2001, but in reality, and paradoxically, political violence has diminished enormously with respect to the situation of a few years ago.
In Latin America, for example, there was, until recently, political violence and armed struggle in El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Peru and, a little while ago, in Uruguay, Argentina, Bolivia, Chile and Brazil. There was also political violence in the United States (Black Panther, Puerto Rican independence fighters) and in Canada (Quebec Liberation Front). All these violence have disappeared and only the conflict in Colombia that began in 1948 remains …
The same in Africa, where political violence disappeared from Mozambique, South Africa, Angola, Sierra Leone, Chad, Ethiopia, Eritrea …

4 pensamientos en “Guerras Del Siglo XXI: El Imperio Contra Irak — Ignacio Ramonet / Wars of the 21st Century: New Threats, New Fears by Ignacio Ramonet (spanish book edition)

  1. Excelente reseña de este interesantísimo libro de Ignacio Ramonet, al que conocí hace bastantes años en Marbella (ciudad en la que residía su extraordinario padre), y con el que sigo manteniendo una entrañable relación. Un saludo cordial y mi sincera felicitación por tu magnífico blog.

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