Léxico Familiar — Natalia Ginzburg / Lessico Famigliare (Family Lexicon) by Natalia Ginzburg

Contada desde la memoria afectiva de sus recuerdos familiares, veinte años de convivencia se llenan de imágenes intimas . De reminiscencias, voces y detalles fugaces de su niñez y adolescencia, Natalia rememora la vida con sus padres Beppo y Lidia Levi, con sus tumultuosos hermanos Alberto, Mario , Paola y Gino. Surgen canciones, poemas, frases y expresiones banales oídas que una vez recordadas la obligan a recrearlo en el presente. Las originales y famosas amistades que desfilaron por la casa de los Levi, foco efervescente antifacista desde los comienzos del Duce. Los duros años de la guerra, las separaciones familiares, la perdida de conocidos, las deportaciones sistemáticas de judíos. Muy de pasada y sin mucho énfasis, tal vez por los grandes problemas políticos y sociales del momento, descubre su matrimonio con Leone y el nacimiento de sus hijos Carlo, Andrea y Alessandra. Ya adulta, viuda y con carga familiar ya no tiene tiempo para tantas evocaciones, poco a poco se apagan, vive el presente.
Novela autobiográfica de Natalia Levi (1916-91) – más conocida por su apellido de casada por su matrimonio con Leone Ginzburg (1904-44) – que por su estilo narrativo y nada rebuscado se convierte en una historia intimista, llena de recuerdos, detalles, frases, diálogos, expresiones que abarcan dos décadas (1930-1950) de la vida de los Levi en Turín. Con un trasfondo político, social y cultural, esta original familia judeocristiana no practicante, nos conduce además por la historia de Italia, nos dirige a la vida y obra de cientos de judíos, al movimiento anti fascista, a la Segunda Guerra Mundial y a la vuelta a la normalidad que jamás volvió a ser la misma de antes. Una historia bonita, suave, sin sobresaltos ni sorpresa que se lee bien.

Mi padre siempre se levantaba a las cuatro de la mañana. Su primera preocupación al despertarse era ir a mirar si el mezzorado había salido bien. El mezzorado era leche agria que había aprendido a hacer en Cerdeña con unos pastores. Era simplemente yogur. En esos años el yogur no estaba todavía de moda; no se encontraba a la venta, como ahora, en las lecherías o en los bares. Mi padre, en lo de tomar yogur, como en muchas otras cosas, era un pionero. En esa época no estaban todavía de moda los deportes invernales, y puede ser que mi padre fuera el único que los practicaba en Turín.

Al cuarto de la plancha se le llamaba también «el cuarto de los armarios». En él había una máquina de coser, y Rina se pasaba muchos ratos allí cosiendo. Esta Rina era una especie de sastra, pero sólo servía para volver del revés los abrigos y poner parches a los pantalones, pues no hacía vestidos. Cuando no venía a nuestra casa, iba a la de los Lopez; mi madre y Frances la compartían. Era una mujer bajísima, una especie de enana. Llamaba a mi madre «señora maman», y cuando veía a mi padre por el pasillo escapaba como un ratón, porque él no la podía soportar. En casa vivíamos siempre con la pesadilla de los arrebatos de mi padre, que explotaban de repente y casi siempre por los motivos más nimios: por un par de zapatos que no encontraba, por una bombilla fundida, por un ligero retraso en la comida o por un alimento demasiado cocido. Pero vivíamos también con la pesadilla de las peleas entre mis hermanos Alberto y Mario, que también explotaban de repente. Se oía primero en su cuarto un ruido de sillas arrojadas al aire y de paredes golpeadas, y después gritos desgarradores y salvajes. Alberto y Mario ya eran dos chicos mayores y fortísimos que, cuando se peleaban a puñetazos, se hacían daño y acababan con las narices sangrando, los labios hinchados y la ropa rota. «¡Se están matando!.

Murió mi abuela y todos fuimos a Florencia para su funeral. Fue enterrada allí, en el panteón familiar, con el abuelo Parente, con la «pobrecita Regina» y con todas las demás Margheritas y Reginas.
Mi padre, cuando ahora la nombraba, decía «mi pobrecita madre», y lo decía con un particular tono de afecto y conmiseración. Mientras vivía la había tratado siempre como a una estúpida, como por otra parte a todos nosotros, pero ahora que había muerto, sus defectos le parecían inocentes y pueriles y merecedores de piedad y compasión.
Mi abuela nos dejó sus muebles en herencia. Mi padre decía que eran muebles «de mucho valor», pero a mi madre no le gustaban.

El fascismo no tenía aspecto de ir a acabar pronto. Al contrario, parecía que no iba a acabar nunca.
Los hermanos Rosselli habían sido asesinados en Bagnoles-de-l’Orne.
Desde hacía algunos años Turín estaba llena de judíos alemanes huidos de Alemania. Incluso mi padre tenía a algunos como asistentes en su laboratorio.
Eran unos apátridas. Seguramente, dentro de poco, nosotros figuraríamos entre el gran número de los apátridas, obligados a ir de un país a otro, de una comisaría a otra, sin trabajo ni raíces, sin familia, sin casa. Nosotros pensábamos que la guerra transformaría inmediatamente la vida de todos. Sin embargo, durante años mucha gente se quedó en su casa sin ser molestada, haciendo aquello que había hecho siempre. Pero cuando ya todos pensaban que al fin y al cabo se las habían arreglado con poco y que no habría cambios, casas destruidas, fugas ni persecuciones, de pronto comenzaron a explotar bombas y minas por todas partes, las casas se derrumbaron y las calles se llenaron de escombros, de soldados y de prófugos. Ya no había nadie que, haciendo como que no pasaba nada, pudiera cerrar los ojos, taparse los oídos y esconder la cabeza debajo de la almohada. En Italia la guerra fue así.
Mario volvió a Italia en el 45. Debía de sentirse conmovido y triste, pero no lo dejó traslucir, y cuando mi madre lo abrazó, aproximó a ella su sarcástica mandíbula y su frente tostada y surcada de irónicas arrugas. Ahora estaba completamente calvo, con el cráneo desnudo y como de bronce, y llevaba una bonita chaqueta de una seda gris que parecía de forro, como las que llevan en las películas algunos comerciantes chinos. ¡Cuántos curas! —decía cada vez que salía a la calle—. ¡Cuántos curas tenéis en Italia! ¡En Francia podemos hacer kilómetros sin ver a un solo cura!.

Llegó el armisticio: la breve exaltación y el delirio del armisticio. Y a continuación, dos días después, los alemanes. Por la carretera corrían camiones alemanes, y las colinas y el pueblo estaban llenos de soldados. Había soldados en el hotel, en la terraza, bajo la parra y en la cocina. El pueblo estaba petrificado por el miedo. Seguía llevando a los niños al prado del caballo muerto, y cuando pasaban los aeroplanos nos tirábamos a la hierba. Veía siempre en la carretera a los demás confinados, y nos interrogábamos en silencio, con la mirada, adónde ir y qué hacer.
Recibí una carta de mi madre. Ella también estaba asustada y no sabía cómo ayudarme. Por primera vez en mi vida pensé que para mí no había protección posible, que debía arreglármelas sola.

En aquel tiempo había dos formas de escribir. Una de ellas consistía en una simple enumeración de acontecimientos, siguiendo el rastro de una realidad gris, lluviosa, avara, sobre el telón de fondo de un paisaje austero y mortificado. La otra era un entremezclarse en los acontecimientos con violencia y con delirio de lágrimas, de suspiros convulsivos, de sollozos. Ni en un caso ni en el otro se escogían ya las palabras, porque en un caso las palabras se confundían con lo gris y en el otro se perdían entre los gemidos y los sollozos. Pero el error general consistía siempre en creer que todo se podía transformar en poesía, en palabras. Lo cual trajo aparejado una aversión tan fuerte hacia la poesía y las palabras que llegó a incluir a la auténtica poesía y a las auténticas palabras, por lo que al final todos callaron petrificados por el aburrimiento y la náusea. Era necesario volver a escoger las palabras, a escrutarlas para sentir si eran falsas o auténticas, si tenían verdaderas raíces en nosotros o si tenían tan sólo las efímeras raíces de la ilusión general. Era, pues, necesario, si uno escribía, volver a asumir el propio oficio que había olvidado en la general borrachera. Y el tiempo que siguió fue como el tiempo que sigue a la borrachera, que es de náusea, de languidez y de tedio. Y todos se sintieron engañados y traicionados de alguna forma: tanto los que vivían en la realidad como los que poseían, o creían poseer, los medios para contarla. De esta forma, cada uno volvió a tomar, solo y descontento, su propio camino.

Cuando volví a casarme y pasado algún tiempo me fui a vivir a Roma, mi madre me guardó rencor durante una breve temporada, pero el rencor nunca echaba raíces amargas y profundas en su ánimo. Yo iba y venía de Roma a Turín. Me disponía a dejar Turín para siempre.
Decía adiós en mi corazón a la editorial, a la ciudad. Mi intención era seguir trabajando en la sede de la editorial en Roma, pero pensaba que sería muy distinto. La editorial que yo amaba era la que se hallaba en la avenida Re Umberto, a pocos metros del café Platti, a pocos metros de donde vivían los Balbo cuando estaban aún en Turín y a pocos metros de aquel hotel de los soportales donde había muerto Pavese.
Quería a mis compañeros de trabajo de aquella editorial, a aquéllos y no a otros. Pensaba que no sabría trabajar con otra gente. De hecho, cuando después fui a Roma, acabé dejando la editorial, porque era incapaz de trabajar sin el editor y sin mis antiguos compañeros.

A mí, cuando estaba en mi internado —dijo mi madre—, también me hacían estudiar las ballenas. Enseñaban bien la historia natural, a mí me gustaba mucho. Pero en el internado nos llevaban demasiado a misa. Había que estar siempre confesándose. Algunas veces no sabíamos de qué confesarnos, y entonces decíamos: “¡He robado nieve!”.»
«“¡He robado nieve!” ¡Ah! ¡Qué bonito era mi internado! ¡Cómo me divertía!»…

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Told from the emotional memory of their family memories, twenty years of coexistence are filled with intimate images. With reminiscences, voices and fleeting details of her childhood and adolescence, Natalia remembers life with her parents Beppo and Lidia Levi, with their tumultuous brothers Alberto, Mario, Paola and Gino. Songs, poems, phrases and banal expressions are heard that once remembered force it to recreate it in the present. The original and famous friends who paraded through the house of the Levi, effervescent focus anti-fascist since the beginning of the Duce. The hard years of the war, the family separations, the loss of acquaintances, the systematic deportations of Jews. Very in passing and without much emphasis, perhaps because of the great political and social problems of the moment, he discovers his marriage with Leone and the birth of his sons Carlo, Andrea and Alessandra. As an adult, a widow and with a family burden, she no longer has time for so many evocations, little by little they go out, live in the present.
An autobiographical novel by Natalia Levi (1916-91) – better known by her married surname due to her marriage to Leone Ginzburg (1904-44) – which, due to its narrative style and nothing far-fetched, becomes an intimate story full of memories, details , phrases, dialogues, expressions that span two decades (1930-1950) of the life of the Levi in Turin. With a political, social and cultural background, this original Judeo-Christian non-practicing family, also leads us through the history of Italy, leads us to the life and work of hundreds of Jews, the anti-fascist movement, the Second World War and the return to normality that never returned to the same as before. A beautiful story, smooth, without shock or surprise that reads well.

My father always got up at four in the morning. His first concern when he woke up was to go and see if the mezzorado had gone well. The mezzorado was sour milk that he had learned to make in Sardinia with some shepherds. It was simply yogurt. In those years yogurt was not yet fashionable; It was not for sale, as it is now, in dairies or bars. My father, as a yogurt drinker, as in many other things, was a pioneer. At that time winter sports were not yet fashionable, and it may be that my father was the only one who practiced them in Turin.

The fourth of the iron was also called “the closet room”. There was a sewing machine in it, and Rina spent a lot of time there sewing. This Rina was a kind of sastra, but it only served to turn back the coats and put patches on the pants, since she did not dresses. When he did not come to our house, he went to the Lopez’s; My mother and Frances shared it. She was a very low woman, a kind of dwarf. I called my mother “Señora Maman,” and when I saw my father in the corridor he escaped like a mouse, because he could not stand it. At home we always lived with the nightmare of my father’s outbursts, which exploded suddenly and almost always for the slightest reasons: for a pair of shoes I could not find, for a molten light bulb, for a slight delay in food or for a food too cooked. But we also lived with the nightmare of the fights between my brothers Alberto and Mario, who also exploded suddenly. First there was a noise in his room of chairs thrown into the air and beaten walls, and then heartbreaking and savage cries. Alberto and Mario were already two big and strong guys who, when they fought with fists, hurt themselves and ended up with their noses bleeding, their lips swollen and their clothes torn. «They are killing themselves!

My grandmother died and we all went to Florence for her funeral. She was buried there, in the family vault, with the grandfather Parente, with the “poor little Regina” and with all the other Margheritas and Reginas.
My father, when he now named her, said “my poor mother,” and said it with a particular tone of affection and commiseration. I had always treated her as a stupid person, as she had lived, but now that she had died, her faults seemed innocent and puerile and deserving of pity and compassion.
My grandmother left us her furniture as an inheritance. My father said that they were “very valuable” furniture, but my mother did not like them.

Fascism did not seem to end soon. On the contrary, it seemed that it would never end.
The Rosselli brothers had been murdered in Bagnoles-de-l’Orne.
For some years Turin was full of German Jews fleeing Germany. Even my father had some as assistants in his laboratory.
They were stateless. Surely, before long, we would be among the great number of stateless people, forced to go from one country to another, from one police station to another, without work or roots, without family, without a home. We thought that the war would immediately transform everyone’s life. However, for years many people stayed at home without being disturbed, doing what they had always done. But when everyone thought that after all they had managed with little and that there would be no changes, destroyed houses, escapes or persecutions, suddenly began to explode bombs and mines everywhere, the houses collapsed and the streets They filled with rubble, soldiers and fugitives. There was no longer anyone who, pretending nothing was happening, could close his eyes, cover his ears and hide his head under the pillow. In Italy, the war was like that.
Mario returned to Italy in 45. He must have been moved and sad, but he did not let it show, and when my mother embraced him, he approached her with his sarcastic jaw and his toasted brow furrowed with ironic wrinkles. Now he was completely bald, his skull as bare and bronze, and he wore a pretty gray silk jacket that looked like a lining, like some Chinese merchants wear in the movies. How many cures! He would say every time he went out. How many cures you have in Italy! In France we can do kilometers without seeing a single priest!

The armistice arrived: the brief exaltation and delirium of the armistice. And then two days later, the Germans. German trucks ran along the road, and the hills and town were full of soldiers. There were soldiers in the hotel, on the terrace, under the vine and in the kitchen. The town was petrified by fear. I kept taking the children to the meadow of the dead horse, and when the airplanes passed by, we threw ourselves on the grass. He always saw other inmates on the road, and we interrogated each other silently, with our eyes, where to go and what to do.
I received a letter from my mother. She was also scared and did not know how to help me. For the first time in my life I thought that for me there was no possible protection, that I had to manage on my own.

At that time there were two ways of writing. One of them consisted of a simple enumeration of events, following the trail of a gray, rainy, avaricious reality, against the backdrop of an austere and mortified landscape. The other was an intermingling in events with violence and delirium of tears, convulsive sighs, sobs. Neither in one case nor in the other the words were already chosen, because in one case the words were confused with the gray and in the other they were lost between the moans and the sobs. But the general error was always to believe that everything could be transformed into poetry, into words. Which brought with it a strong aversion to poetry and the words that came to include authentic poetry and authentic words, so in the end everyone was silent petrified by boredom and nausea. It was necessary to choose the words again, to scrutinize them to feel if they were false or authentic, if they had real roots in us or if they had only the ephemeral roots of the general illusion. It was, then, necessary, if one wrote, to assume again the office that he had forgotten in the general drunkenness. And the time that followed was like the time that follows the drunkenness, which is of nausea, of languor and boredom. And everyone felt cheated and betrayed in some way: both those who lived in reality and those who possessed, or believed to possess, the means to tell it. In this way, each one again, alone and discontented, took his own path.

When I remarried and spent some time I went to live in Rome, my mother held a grudge for a brief season, but the rancor never took root deep and bitter in his mind. I went to and from Rome to Turin. I was preparing to leave Turin forever.
I said goodbye in my heart to the publisher, to the city. My intention was to continue working at the headquarters of the publishing house in Rome, but I thought it would be very different. The publisher that I loved was the one on Avenida Re Umberto, a few meters from the Platti cafe, a few meters from where the Balbos lived when they were still in Turin and a few meters from that hotel in the arcades where Pavese had died.
I wanted my colleagues from that editorial, those and not others. I thought I would not know how to work with other people. In fact, when I later went to Rome, I ended up leaving the publishing house, because I was unable to work without the editor and without my former colleagues.

When I was in my boarding school, “my mother said,” they also made me study the whales. They taught natural history well, I liked it a lot. But in the boarding school they took us too much to mass. You had to be always confessing. Sometimes we did not know what to confess, and then we would say, “I’ve stolen snow!”
«” I’ve stolen snow! “Ah! How nice my boarding school was! How I had fun! “…

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