Rebaño — Óscar Contardo / Herd by Óscar Contardo (spanish book edition)

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En febrero de 2011, el sacerdote salesiano Rimsky Rojas se suicida, tres días después de que el caso por la desaparición de Ricardo Harex —un joven puntarenense que fue visto por última vez en octubre de 2001— diera un importante giro. Entre las muchas pistas que se barajaron en dicha investigación policial, el nombre de Rimsky Rojas —con varias denuncias a su haber por abuso— fue cobrando fuerza hasta convertirse en el principal sospechoso de la desaparición de Harex.
Barros había estado en las misas y Francisco lo había saludado alegremente, a pesar del movimiento de laicos que buscaba expulsarlo de la diócesis de Osorno que encabezaba. Los laicos no toleraban que un encubridor estuviera a cargo de su Iglesia. El papa Francisco respondió con un gesto de furia contenida: «El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia, ¿está claro?». Eso fue al mediodía del jueves 18 de enero. ¿Por qué Francisco había dicho eso si el Vaticano tenía todo el proceso canónico sobre Fernando Karadima? En ese proceso las víctimas y testigos apuntaban a Barros y a otros tres obispos como encubridores de abuso.
La respuesta del papa provocó indignación no solo entre los católicos chilenos, sino en la opinión pública en general.
La peor crisis de la Iglesia católica chilena en toda su historia crecía cada vez más. Una grieta se ensanchaba y permitía asomarse a un pozo hondo y oscuro que, hasta hace poco, permanecía oculto bajo una tapia de silencio.

La muerte de Rimsky Rojas suponía poner una lápida de silencio sobre las denuncias en su contra. Muerto él, todas las investigaciones tenderían a cerrarse, algo que para la congregación de los salesianos, que tenía al cardenal Ricardo Ezzati, uno de los suyos, como arzobispo de Santiago y líder de la Iglesia chilena, parecía ser más importante que las víctimas, quienes no recibieron gestos de reparación alguno de su parte. Cuando Rirnsky Rojas murió, en 2011, las denuncias por abuso sexual en contra de sacerdotes católicos chilenos se habían hecho frecuentes. Un asunto que hacía tan solo una década hubiera sido inimaginable, repentinamente parecía no detenerse. Hasta los años noventa la Iglesia católica chilena disfrutaba de un espacio privilegiado en los medios.

Nunca juzgué a los sacerdotes homosexuales. O más bien, nunca pensé que los sacerdotes que llevaban una doble vida, como religiosos en un mundo y como hombres gay en otro, fueran personas especialmente inmorales o particularmente hipócritas, sino más bien víctimas de sus propias contradicciones. Para mí eran parte de un cierto folclor del ambiente gay que comencé a conocer durante mi juventud en Santiago. Muchos de mis amigos gay se habían topado alguna vez con uno de ellos en sitios de ambiente, como bares o discotheques. Una de las víctimas de Rimsky Rojas, un hombre de Punta Arenas que de muchacho fue su monaguillo, me dio una clave del significado que tenía para ese sacerdote la homosexualidad. El antiguo acólito de Rimsky Rojas, a quien llamaré Sebastián Ramírez porque me pidió resguardar su identidad, me contó que cuando lo confrontó y le avisó que lo denunciaría, Rimsky Rojas lloró desesperado y le gritó: «No soy homosexual, no soy homosexual». Ramírez le respondió que ser homosexual no era el problema, que ese no era el punto; el delito era hacer lo que hizo con sus alumnos. Sin embargo, Rimsky Rojas insistía en lo mismo; finalmente, al parecer la acusación más grave para el cura era que lo consideraran un hombre homosexual.
Durante mucho tiempo la Iglesia y la cultura popular asimilaron la orientación sexual con abuso de menores varones, algo tan absurdo como asimilar la heterosexualidad con un crimen extendido, como es la violación de niñas y mujeres.

Poco tiempo después de llegar al Liceo San José, y tal como lo hizo en Valdivia, Rimsky Rojas se propuso revitalizar el llamado Movimiento Juvenil Salesiano, que había sido opacado durante años por otros movimientos católicos de la ciudad. Rojas lo logró rápidamente, cada semestre sumaba estudiantes. Los grupos de muchachos o «comunidades» del movimiento se reunían semanalmente en el colegio. El sacerdote pronto creó la costumbre de los campamentos semestrales: uno de primavera en la región y otro de invierno en Río Gallegos, la ciudad argentina más cercana. El viaje a Río Gallegos en bus tomaba unas cinco horas. El campamento significaba alojar en un colegio salesiano de esa ciudad desde un día sábado hasta el día martes siguiente, cuando retornaban. Tal como había ocurrido en Valdivia, Rimsky Rojas se rodeó de un grupo de incondicionales, por lo general, hijos de funcionarios de cierta importancia —agentes de empresas estatales, oficiales de alguna rama de las Fuerzas Armadas, empresarios locales— que recibían un trato preferente respecto de sus compañeros. El sacerdote pasaba con ellos gran parte del día, de hecho, su relación con los otros sacerdotes que vivían en la casa —cinco o seis, según el año— era distante.
La compañía de los muchachos se extendía más allá de la jornada escolar. En enero de 2018, Juan José Arcos, abogado de los padres de Ricardo Harex, anunció en la prensa que tenía nuevos antecedentes sobre Rimsky Rojas. Según Arcos, había descubierto documentación que probaría que el sacerdote y un funcionario del obispado habían tenido vínculos con la CNI durante la dictadura. Frente a las nuevas declaraciones del abogado de los padres de Harex, el obispo Bernardo Bastres respondió: «No podría negar ni afirmar la participación de Rojas en la muerte de Harex».
Para los padres del muchacho desaparecido, sin embargo, Rimsky Rojas es el principal sospechoso del destino de su hijo. Para la Iglesia no resultaba relevante que la comunidad, colegio o liceo en donde esos exsacerdotes denunciados ejercían como profesores y directivos conociera sus antecedentes, por muy graves que fueran. La Iglesia custodiaba que esos hechos no se revelaran. Sin embargo, el sacerdote David Albornoz me advertía de un modo amable que yo no debía interpretar la justicia canónica como una justicia inútil. Es decir, tampoco se me estaba permitido sacar mis propias conclusiones.

A principios de octubre de 2010, los fieles de la parroquia Cristo Salvador de Puerto Montt le preguntaron a las autoridades salesianas por la salud de Rimsky Rojas. La gente lo extrañaba. El cura había dejado la ciudad sin aviso después de la visita de Sebastián Ramírez, su antiguo alumno. El rumor que circulaba en la parroquia era que Rimsky Rojas estaba enfermo. No sabían que mientras estaba en la capital había intentado suicidarse ingiriendo un cóctel de tranquilizantes que le provocó una grave intoxicación. Tras el primer intento de suicidio fue internado en la clínica Santa María y finalmente llevado a la Casa de Salud de los salesianos, una especie de hogar de retiro para sacerdotes enfermos y ancianos. Estos hechos fueron mantenidos en secreto. La versión oficial que la congregación ofrecía a los cercanos que preguntaban por su salud era que Rojas estaba enfermo producto de una descompensación sufrida por algún efecto tardío de la malaria, enfermedad que contrajo durante su breve paso por África.
Después del primer episodio suicida, Rimsky Rojas fue atendido por un psiquiatra que solía tratar a sacerdotes de la orden. Acudió a él en forma periódica. El médico le prohibió el acceso a internet y le restringió las visitas; solo sus hermanos podían verlo y conversar con él. Ese mismo mes, Rimsky Rojas asistió a un control médico: el cura estaba ansioso, se quejaba de insomnio, pero las ideas suicidas habían cesado. El 27 de febrero de 2011, a eso de las ocho y media de la tarde, la auxiliar de enfermería de la Casa de Salud visitó a Rimsky Rojas en su habitación. Le dio sus medicamentos, mantuvieron una breve conversación y se despidieron. En la madrugada del 28 de febrero Rimsky Rojas se levantó de la cama, salió de su pieza en pijamas, caminando con muletas, buscó una soga —¿la había comprado él? ¿La consiguió en el mismo lugar? ¿Dónde la tenía guardada?— que medía varios metros y la amarró a una especie de baranda o balaustrada metálica del piso superior: primero en una barra de fierro, luego en otra barra paralela, varias veces en línea recta y después en diagonal, trazando con la cuerda una zeta entre ambas barras, para darle mayor firmeza al soporte. El sacerdote dejó al menos una nota escrita (existe una versión que indica que dejó varias cartas para distintas personas). Esa nota nunca fue entregada a la PDI. El funeral de Rimsky Rojas fue organizado dos días después de su muerte en la Iglesia San Juan Bosco de Gran Avenida, a pocas cuadras de la casa de sus padres. La despedida fue encabezada por el obispo Bernardo Bastres, el obispo emérito Tomás González y Leonardo Santibáñez, provincial de los salesianos. Asistieron cerca de cincuenta sacerdotes salesianos, diocesanos y de otras congregaciones. La liturgia fue preparada por seminaristas. Aunque algunos cercanos comentaron la ausencia de los alumnos predilectos del cura en la ceremonia.

Interesados en el tema os recomiendo el libro de Frédéric Martel comentado en mi blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/13/sodoma-poder-y-escandalo-en-el-vaticano-frederic-martel-in-the-closet-of-the-vatican-power-homosexuality-hypocrisy-by-frederic-martel/

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On February 2011, the Salesian priest Rimsky Rojas committed suicide, three days after the case of the disappearance of Ricardo Harex -a young man from Puntarenas who was last seen in October 2001- gave an important turn. Among the many clues that were considered in this police investigation, the name of Rimsky Rojas -with several complaints to his credit for abuse- was gaining strength until becoming the main suspect in the disappearance of Harex.
Barros had been at the Masses and Francisco had greeted him happily, despite the movement of lay people who sought to expel him from the diocese of Osorno that he headed. The laity did not tolerate that a concealer was in charge of his Church. Pope Francis responded with a gesture of contained fury: «The day they bring me a test against Bishop Barros, there I will speak. There is not a single proof against. Everything is slander, is that clear? » That was at noon on Thursday, January 18. Why had Francis said that if the Vatican had the whole canonical process over Fernando Karadima? In that process, the victims and witnesses pointed to Barros and three other bishops as cover-ups of abuse.
The pope’s response provoked outrage not only among Chilean Catholics, but in public opinion in general.
The worst crisis of the Chilean Catholic Church in its history grew more and more. A crack widened and allowed to peek into a deep dark well that, until recently, remained hidden under a wall of silence.

The death of Rimsky Rojas supposed to put a tombstone of silence on the denunciations against him. After he died, all the investigations would tend to close, something that for the Salesians’ congregation, which had Cardinal Ricardo Ezzati, one of his own, as archbishop of Santiago and leader of the Chilean Church, seemed to be more important than the victims, who did not receive any gesture of reparation on their part. When Rirnsky Rojas died, in 2011, allegations of sexual abuse against Chilean Catholic priests had become frequent. An issue that only a decade ago would have been unimaginable, suddenly seemed not to stop. Until the nineties the Chilean Catholic Church enjoyed a privileged space in the media.

I never judged homosexual priests. Or rather, I never thought that priests who led a double life, as religious in one world and as gay men in another, were especially immoral or particularly hypocritical people, but rather victims of their own contradictions. For me they were part of a certain folklore of the gay scene that I began to know during my youth in Santiago. Many of my gay friends had ever met one of them in places of environment, such as bars or discotheques. One of the victims of Rimsky Rojas, a man from Punta Arenas who, as a boy, was his altar boy, gave me a clue to the meaning that homosexuality had for that priest. The old acolyte of Rimsky Rojas, whom I will call Sebastián Ramírez because he asked me to protect his identity, told me that when he confronted him and warned him that he would denounce him, Rimsky Rojas cried desperately and shouted: «I’m not gay, I’m not homosexual.» Ramirez replied that being gay was not the problem, that was not the point; the crime was to do what he did with his students. However, Rimsky Rojas insisted on the same thing; finally, apparently the most serious accusation for the priest was that he be considered a homosexual man.
For a long time the Church and popular culture assimilated sexual orientation with the abuse of minors, something as absurd as assimilating heterosexuality with a widespread crime, such as the rape of girls and women.

Shortly after arriving at the San José Lyceum, and just as he did in Valdivia, Rimsky Rojas set out to revitalize the so-called Salesian Youth Movement, which had been overshadowed for years by other Catholic movements in the city. Rojas did it quickly, every semester he added students. Groups of boys or «communities» of the movement met weekly at the school. The priest soon created the custom of the semiannual camps: one of spring in the region and another of winter in Río Gallegos, the nearest Argentine city. The trip to Río Gallegos by bus took about five hours. The camp meant staying in a Salesian school in that city from one Saturday until the next Tuesday, when they returned. As had happened in Valdivia, Rimsky Rojas surrounded himself with a group of stalwarts, usually children of officials of some importance – agents of state companies, officers of some branch of the Armed Forces, local businessmen – who received preferential treatment. respect to his companions. The priest spent much of the day with them, in fact, his relationship with the other priests who lived in the house – five or six, depending on the year – was distant.
The company of the boys extended beyond the school day. In January 2018, Juan José Arcos, attorney for Ricardo Harex’s parents, announced in the press that he had new information about Rimsky Rojas. According to Arcos, he had discovered documentation that would prove that the priest and an official of the bishopric had had links with the CNI during the dictatorship. Faced with the new statements of the lawyer of the parents of Harex, Bishop Bernardo Bastres replied: «I could not deny or affirm the participation of Rojas in the death of Harex».
For the parents of the missing boy, however, Rimsky Rojas is the main suspect in the fate of his son. For the Church it was not relevant that the community, college or high school where those ex-priests denounced exercised as teachers and managers knew their background, however serious they were. The Church guarded that these facts would not be revealed. However, the priest David Albornoz warned me in a kind way that I should not interpret canonical justice as a useless justice. That is, I was not allowed to draw my own conclusions either.

At the beginning of October 2010, the faithful of the Cristo Salvador parish of Puerto Montt asked the Salesian authorities for the health of Rimsky Rojas. The people missed him. The priest had left the city without warning after the visit of Sebastián Ramírez, his former student. The rumor that circulated in the parish was that Rimsky Rojas was sick. They did not know that while he was in the capital he had tried to commit suicide by ingesting a cocktail of tranquillizers that caused serious intoxication. After the first suicide attempt, he was admitted to the Santa Maria clinic and finally taken to the Salesians’ House of Health, a kind of retirement home for sick and elderly priests. These facts were kept secret. The official version that the congregation offered to the people who asked for their health was that Rojas was sick due to a decompensation suffered by some late effect of malaria, a disease he contracted during his brief passage through Africa.
After the first suicide episode, Rimsky Rojas was treated by a psychiatrist who used to treat priests of the order. He came to him periodically. The doctor prohibited him from accessing the internet and restricted his visits; only his brothers could see him and converse with him. That same month, Rimsky Rojas attended a medical check-up: the priest was anxious, complaining of insomnia, but the suicidal ideas had ceased. On February 27, 2011, at about half past eight in the afternoon, the nursing assistant of the Health House visited Rimsky Rojas in his room. He gave him his medications, they had a brief conversation and they said goodbye. In the early morning of February 28 Rimsky Rojas got out of bed, left his room in pajamas, walking with crutches, looked for a rope – had he bought it? Did he get it in the same place? Where did he keep it? – which measured several meters and tied it to a kind of railing or metal balustrade of the upper floor: first in an iron bar, then in another parallel bar, several times in a straight line and then diagonally, tracing with the rope a zeta between both bars, to give greater support to the support. The priest left at least one written note (there is a version that states that he left several letters for different people). That note was never delivered to the PDI. The funeral of Rimsky Rojas was organized two days after his death in the San Juan Bosco Church of Gran Avenida, a few blocks from his parents’ house. The farewell was led by Bishop Bernardo Bastres, Bishop Emeritus Tomás González and Leonardo Santibáñez, Provincial of the Salesians. Nearly fifty Salesian, diocesan and other congregation priests attended. The liturgy was prepared by seminarians. Although some nearby commented the absence of the favorite students of the priest in the ceremony.

Interested in the subject I recommend the book by Frédéric Martel commented on my blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/13/sodoma-poder-y-escandalo-en-el-vaticano-frederic-martel-in-the-closet-of-the-vatican-power-homosexuality-hypocrisy-by-frederic-martel/

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