Vivir Con Los Dioses: Pueblos, Objetos Y Creencias — Neil MacGregor / Living With The Gods: On Beliefs And Peoples by Neil MacGregor

Es un placer leer el libro, con numerosas hermosas ilustraciones en color.
Leyéndolo, escuchas la voz del polimático, Neil MacGregor. Él muestra, a través de objetos, lugares y rituales, cómo los impulsos religiosos construyeron comunidades y cómo la comunidad construyó la religión y los estados. “¿A quiénes incluimos en la comunidad, a lo que llamamos” nosotros “?”

Se hacen puntos significativos. A veces piensa: “¿Por qué no lo sabía / me di cuenta?”
* “Las historias son sociedad”. Crean y unen comunidades.
* Los espíritus y los dioses se imaginan como actores que causan lo inexplicable, los espíritus a una hoja de distancia, los dioses en las cimas de las montañas o en los cielos que causan el trueno.
* “Vivir con los muertos” es normal, en el Neolítico, pasando las partes del cuerpo de los antepasados mano a mano, en reliquias y capillas medievales y en el moderno Día de los Muertos de México. Separar a los vivos y los muertos, como lo hace “nuestra” cultura, es anormal.
* “Un lugar en la tradición” describe la iniciación a la condición de hombre en las sociedades tradicionales. En el mundo moderno, donde los adolescentes saben más sobre la tecnología digital, etc. que sus padres, los jóvenes tienen sus propios ritos de paso.
* El Partenón de Atenas (y el Templo de Artemisa en Éfeso) eran tiendas de valor (“bancos centrales” clásicos) tanto como lugares de culto.
* Los templos también eran mataderos, los sitios de sacrificio de animales a la vista. Tras el sacrificio, hubo una orden estricta de división de la canal. Ciertas partes fueron quemadas, subiendo a los dioses en humo, las entrañas examinadas en busca de signos de aprobación divina, y luego asadas. La carne fue tallada y distribuida, la única vez que muchos griegos comían carne. El sacrificio ritual, por lo tanto, jugó un papel importante en la construcción de la comunidad. También tuvo importancia en la teología clásica, adaptada por el niño de Roma, el cristianismo, en “el sacrificio del cordero de Dios” y el ritual de la misa.
* Una litografía muestra a un hindú siendo bautizado por un misionero victoriano. Se sugiere que, para los hindúes, no habría habido idea de conversión, dejando atrás las creencias y adoptando nuevas creencias. Más bien, habría abordado el acto con la mayor tolerancia de la religión politeísta que monoteísta. “Un dios más, y experimentar otro ritual, no puede hacer daño”.

Las limitaciones
El capítulo sobre el sacrificio, “Matanza sagrada”, sigue a “Regalos a los dioses”, a la deposición votiva, a las espadas en la piedra, etc. Cualquier vínculo entre las prácticas del sacrificio ritual y la deposición votiva, que los académicos sugieren se superponen, y son, en parte , complementarias, sin embargo son ignoradas.
“Comienzos de la creencia” describe a Löwenmensch (hombre-león) de 40,000 años de antigüedad, una figura, parte león, parte hombre, tallada en un colmillo de mamut curvo. Su producción requería habilidad e imaginación, el tiempo necesario para crear una inversión de esta obra de arte por parte de una comunidad. Que representa el totemismo, virtualmente universal entre los cazadores-recolectores, la creencia adaptativa hombre y naturaleza, hombre y criaturas, son uno, con transformaciones entre los dos, se ignora.
“El poder de la canción” describe el significado de la música luterana tanto en la fe como en la cultura y cómo los regímenes totalitarios explotan la marcha y el canto sincronizados. MacGregor no hace comentarios sobre la forma en que la música precedió y contribuyó a la emergencia crítica del lenguaje humano.
“El regreso de la luz” se refiere al solsticio de invierno del norte. La aparición de la diosa del sol, Amateresu, supuestamente antepasada de los emperadores japoneses, de una cueva en la que se había refugiado, se recuerda en el estandarte japonés “El sol naciente”. Newgrange, un sepulcro neolítico sobre el valle de Boyne, está iluminado por un rayo de sol “en pleno invierno”. Se sugiere que el solsticio es cuando las barreras entre los vivos y los muertos se desvanecen, el rayo que lleva a los recientemente muertos a unirse a los antepasados en el interior de la tumba, recordándoles que nada termina en la muerte y la oscuridad, que hay un renacimiento. No hay referencias cruzadas de Newgrange a “Living with the Dead”, dos capítulos más adelante. Te dejan sentir tu propio camino.
“Regreso de La Luz” se centra en las imágenes y los sitios que marcan el solsticio de invierno. Cómo esto se relaciona con otras tumbas de pasaje, como Hogue Bie, Jersey, iluminada por el sol en los equinoccios de primavera y otoño, o con los numerosos monumentos británicos circulares, incluidos los henges y los círculos de piedra, que se cree que representan el cielo sobre nosotros, sin consideración.
“Un Dios o muchos” describe cómo el paisaje australiano no es solo el terreno por el que caminaron los ancestros y sus espíritus habitados, sino que fue creado por y desde esos ancestros. Hay una teología del lugar, que la comunidad, no nacida, viva y muerta, habita permanentemente. Comunidad y lugar son inseparables. Estas son personas que no pueden alejarse. Quería explorar estas ideas más a fondo y encontré la falta de referencias frustrante. A lo largo, hay una falta de notas, solo tres páginas delgadas de “Lecturas adicionales”.
En “Fuego y Estado”, MacGregor sugiere que el control del fuego, por seguridad, calor y cocina, contribuya a la creación de comunidades. Esta es una visión persuasiva, pero no se proporciona ninguna referencia de apoyo. La llama sagrada de Roma fue mantenida por Vesta, una diosa virgen invisible. MacGregor alude a la paradoja “encontrada en muchas sociedades, de que la diosa virgen es también la figura materna por excelencia”. Piensas en la Virgen María, a la que no se hace referencia aquí, pero, nuevamente, no hay ninguna nota que indique la fuente de la idea.
Un capítulo bastante separado, “Protectoras”, [¡Me gustó el título, con su falta de neutralidad de género!] Describe primero a la Virgen María, en su aspecto nativo mexicano, segunda Diane / Afrodita, la diosa casta de las chicas cazadoras y solteras, y , tercero y tras su muerte, la princesa Diane. Claramente, la Protectora está relacionada con “la diosa virgen [que] también es la … figura materna”, mencionada anteriormente, pero sin ninguna referencia cruzada entre las dos, que no son exactamente las mismas que quedan sin explorar.

Conclusión
Luché en cómo definir este libro. Describe lo que nos dicen los objetos hermosos sobre la religión y la comunidad, el libro de tapa dura, en su cubierta de papel dorado, en sí mismo un objeto hermoso.
Algunos capítulos individuales son geniales con nombres de capítulos ingeniosos. Sin embargo su orden es excéntrico. Es posible que haya esperado que “el poder de la canción” y “espíritus del lugar” aparezcan al principio del libro y no como los capítulos 10 y 23, respectivamente.
Me refiero anteriormente a algunos de los capítulos que me han gustado. Hay otros, “La acumulación de significado”, “Cosecha y homenaje”, etc. Me parecieron triviales. Ya sabía lo que MacGregor tenía que decir.
Las limitaciones del libro, (creo), se derivan en parte de estar basadas en una serie de radio. Los capítulos separados, (elegantes en sí mismos), encajan mal. Leyendo el libro de principio a fin, como lo hice, empiezas a perder el hilo. Tal vez sería mejor leerlo como un libro de origen, sumergiéndose en capítulos particulares, pero, para esto, querría mejores referencias cruzadas y notas adecuadas.
Si el libro se considerara totalmente por sus méritos… Sin embargo, escrito por Neil MacGregor, un excelente escritor, locutor y titular de la Orden del Mérito, y con los recursos de la BBC y el Museo Británico a sus espaldas. ¿Es eso justo? Bueno, esa es otra pregunta.

El libro trata de uno de los hechos cruciales de la existencia humana: toda sociedad conocida comparte un conjunto de creencias y de supuestos —una fe, una ideología, una religión— que van mucho más allá de la vida del individuo y forman parte esencial de su identidad común. Tales creencias poseen un poder único para definir —y dividir— a los pueblos y constituyen una de las fuerzas motrices de la política en muchas partes del mundo. A veces son de carácter laico: el nacionalismo es el ejemplo más claro; pero a lo largo de la historia han sido sobre todo religiosos, en el sentido más amplio del término.
A primera vista podría parecer que la nueva rotulación de los billetes era una afirmación de la supremacía de Dios en el sistema político de Estados Unidos, una especie de moderna versión estadounidense de las letras D. G., o Dei Gratia («Por la gracia de Dios»), que acompañan al retrato del soberano en la moneda británica, o de los versículos coránicos que aparecen grabados en las monedas de muchos estados islámicos. En realidad, se trataba de casi lo contrario.
La religión aborda muchas de las cuestiones que definen la política. ¿Cómo se organiza una sociedad para sobrevivir? ¿Qué sacrificios resulta apropiado que la sociedad exija al individuo en aras de un bien mayor? Y, sobre todo, ¿quién forma parte de esa comunidad a la que llamamos «nosotros»? Los relatos religiosos pueden crear símbolos de solidaridad muy poderosos. Las creencias religiosas también han sido manipuladas de manera deliberada por gobernantes y sacerdotes durante milenios para excluir a diferentes partes de la sociedad, al poner la fe al servicio de la opresión política. El máximo ejemplo es el exterminio de judíos a manos de los nazis, aunque aquí examinaremos otras persecuciones no tan conocidas: la de los cristianos en Japón y la de los hugonotes en Francia, ambas en el siglo XVII, y destinadas, en ambos casos, a definir y a eliminar a aquellos que el poderoso Estado central consideraba que no debían formar parte del «nosotros» . Sin embargo, esas mismas estructuras religiosas también pueden constituir el refugio y la fuerza de los oprimidos.

El Imperio sasánida, con el zoroastrismo como religión oficial, siguió floreciendo, mientras en Europa occidental Roma trastabillaba, y durante los tres siglos posteriores a la acuñación de nuestra moneda la cultura persa configuró una gran parte de Oriente Próximo. Sin embargo, en la década de 640, frente a las invasiones árabes, el imperio se desmoronó a una velocidad asombrosa y el islam se convirtió en la nueva religión oficial; pero el fuego sagrado no desapareció: simplemente se trasladó. Un grupo de zoroástricos huyó de Irán y se estableció en Guyarat, en el noroeste de la India. Dado que procedía de Persia, a sus componentes se les daría el nombre de «parsis», y aunque hoy su número sea reducido, esta comunidad sigue desempeñando un importante papel en la India moderna, en particular en la capital comercial, Bombay. Según la tradición, los parsis trajeron consigo de Persia las cenizas de un fuego sagrado y en su nuevo hogar consagraron y después velaron por una nueva llama sagrada. Se dice que esta no se ha extinguido desde el año 721, y actualmente sigue ardiendo en la ciudad de Udvada, en el estado de Guyarat.
Cuando uno visita esta remota ciudad de la costa situada a unas horas en coche al norte de Bombay —cuyo destartalado aspecto recuerda mucho a los centros turísticos costeros occidentales que han dejado atrás su pasado esplendor—, no puede por menos de sorprenderse al ver en la puerta del templo del fuego parsi un letrero que reza «Iransah», con lo que se anuncia que se trata de la morada de un monarca, el sah, o rey, de Irán. Para los parsis, como para todos los zoroástricos, el fuego sigue desempeñando en esencia el mismo papel religioso y social que ha tenido a lo largo de los siglos. En Roma, el culto a Vesta mostró una extraordinaria resistencia frente a la cristianización del imperio tras la conversión de Constantino en torno al año 312: se trataba de un símbolo muy arraigado en la mente y en el corazón de la gente, por lo que no pudo ser desechado con rapidez y durante algunas décadas incluso los emperadores cristianos siguieron practicando…

Cuando uno entra en la catedral de Salisbury por la gran puerta oriental, lo primero que encuentra en la nave es agua: una pila bautismal o, más bien, una fuente, un amplio pilón de bronce en forma de cruz rebosante de agua que mana sin parar de cada uno de sus cuatro brazos, a primera vista la superficie permanece misteriosamente inmóvil, pero siempre a punto de desbordar como una promesa de perpetua renovación.
El hecho de que haya agua a la entrada de esta catedral reviste una gran importancia, puesto que en la teología cristiana el agua del bautismo es la puerta por la que todo cristiano no solo accede a la fe, sino a toda la comunidad cristiana, pasada, presente y futura. Para el obispo de Salisbury, Nicholas Holtam, las aguas bautismales constituyen en sí mismas el «agua de la vida»:
Nos purifican. Es algo que tiene que ver con el viaje a la tierra prometida, tras atravesar las aguas del mar Rojo. Salimos al otro lado de la pila, por así decirlo, y entramos en la nave de la catedral, donde la comunidad se reúne para celebrar la Eucaristía. Se nos convoca individualmente, pero nos reunimos todos juntos…

El agua de este río (Ganges) que une la tierra y el cielo, la propia diosa en forma líquida, es venerada por todos los hindúes (véase el frontispicio) y los que peregrinan al río quieren, en general, llevarse parte de él a casa, como hacen los musulmanes con el agua del pozo de Zamzam o los cristianos con la del Jordán. La historia de Ganga, la diosa que es un río y a la vez muchos otros repartidos por el subcontinente, constituye uno de esos elementos de la vida religiosa donde lo literal, lo simbólico y lo metafórico convergen con fuerza para configurar la imaginación de un pueblo. Nuestra popular e intensamente coloreada ilustración de Jarischandra, realizada para servir de acompañamiento a la narración pública de su historia, representa una parte pequeña, pero emblemática, de un proceso secular que no solo ha contribuido a moldear a la comunidad religiosa hindú, sino la propia identidad de la India.
La primera persona que ocupó el cargo de primer ministro de la India independiente, Jawaharlal Nehru, declaró en su testamento que no creía en las ceremonias religiosas y no quería que se celebrara ninguna en su incineración. Sin embargo, a continuación, aquel no creyente acérrimo, que se había asegurado de que la Constitución de la moderna India fuera decididamente laica, continuaba diciendo:
El Ganges, sobre todo, es el río de la India, amado por su gente, en torno al que se entrelazan sus memorias raciales, sus esperanzas y temores, sus victorias y sus derrotas […]. El Ganges ha sido para mí un símbolo y un recordatorio del pasado de la India, que discurre en el presente y fluye hacia el gran océano del futuro. Así, como un último homenaje al legado cultural de la India, solicito que un puñado de mis cenizas sean arrojadas al Ganges en Allahabad, para que sean transportadas al gran océano que baña las costas de la India.

No podemos saber con certeza qué creencias o rituales llevaron a la construcción de Newgrange, pero todos los expertos coinciden en que, sin duda, intervinieron ambos elementos. Cuando uno penetra en el corazón de este túmulo circular tiene la impresión de realizar un corto viaje al misterio de la vida y de la muerte. En el lado este hay una entrada no muy amplia, de un metro de ancho, más o menos, que conduce a un corredor lo bastante grande para que pase una persona, un túnel techado y flanqueado por enormes piedras, que a veces sobresalen hacia el interior, de modo que tienes que agacharte y abrirte paso como puedes hasta que, después de casi veinte metros avanzando con dificultad, accedes a una amplia cámara. Allí, diez hiladas de grandes piedras planas colocadas una sobre otra de forma escalonada se alzan y convergen para componer un techo piramidal como una falsa bóveda que alcanza la sorprendente altura de seis metros. En tres pequeños nichos de la cámara se aprecian grandes pilas de piedra destinadas a contener los huesos y las cenizas de los muertos. Nos hallamos ahora bajo cien mil toneladas de piedra y la estructura se mantiene casi intacta. Cinco mil años después de su construcción, esta cámara sigue siendo estanca. Para una mente occidental, el mito de Amaterasu parece increíblemente extraño, pero su propósito, como el de Newgrange, resulta comprensible enseguida. En todo el mundo, ya sea en Oriente u Occidente, el poder del retorno del sol resulta fundamental para la existencia: demuestra literalmente que para la naturaleza, si no para el individuo, hay vida después de la muerte.
Los mitos y rituales asociados al solsticio de invierno todavía están muy arraigados en la conciencia nacional japonesa y también parecen experimentar un cierto renacimiento en Irlanda. Newgrange es hoy el monumento nacional favorito de Irlanda y atrae a un número de visitantes cada vez mayor, lo cual —sugieren algunos— representaría un aspecto de la búsqueda de una nueva identidad irlandesa que trascienda las seculares divisiones religiosas.

Existe, sin embargo, un aspecto de la maternidad en el que la religión tradicional japonesa se aparta de manera destacada de la norma global y que parece —al menos para el observador occidental— haber seguido una línea muy original: el aborto. Nos dice Aya Homei, al hablar de la evolución en las últimas décadas de una práctica ceremonial muy singular y particularmente japonesa:

Es una forma de ceremonia conmemorativa realizada en los templos budistas, cuyo objetivo es mitigar el dolor y el sufrimiento infligidos a la gran cantidad de bebés que no han podido venir a este mundo, que no han nacido, debido a una muerte fetal o a un aborto natural o inducido. Curiosamente, se trata de un invento algo reciente, ideado por médicos y por comadronas en colaboración con sacerdotes budistas. No llegó a generalizarse hasta la década de 1970, cuando el aborto empezó a realizarse de una forma tan extendida que, en la práctica, pasó a utilizarse como un modo para controlar la natalidad.

Quienes han tomado la decisión de abortar llevan ofrendas al templo, pues creen y esperan que el bodhisattva Jizō, la deidad protectora de los niños y niñas y de los viajeros perdidos, cuidará del bebé que ya no nacerá. Tras la ceremonia, los padres depositan juguetes y golosinas en torno a una estatua de piedra del bodhisattva, situada por regla general en un cementerio dentro del propio recinto del templo, lo que los convierte en lugares con una fuerte carga emocional. Esta nueva ceremonia conmemorativa es un fenómeno netamente budista y parece reflejar un punto de vista hoy muy aceptado en la sociedad japonesa: que, aunque se niegue la existencia de una potencial vida humana, la decisión de abortar no es un asunto legal, ni pertenece al ámbito público, sino que se trata de algo de naturaleza esencialmente privada y espiritual.
En Europa y en América, por el contrario, el aborto constituye, desde hace varias décadas —en concreto desde la de 1970—, el centro de un encarnizado debate, a menudo violento, en torno a las políticas relacionadas con el cuerpo de la mujer. Es un debate, o más bien un conflicto político, en el que la religión ha desempeñado un importante papel, sobre todo por las exigencias que esta tradicionalmente hacía valer.

El cuchillo simboliza espectacularmente y encarna físicamente los dos aspectos centrales de la guerra azteca: el sacrificio de sus víctimas elegidas y el sistema de tributos que imponían a los pueblos sometidos. Los diferentes componentes de su decoración —turquesa y malaquita, ostra escarlata y madreperla— eran, todos ellos, materiales muy apreciados. Procedían de diferentes partes del imperio, ubicadas a muchos cientos de kilómetros de distancia, y aparecen con regularidad en las listas de tributos que han llegado hasta nosotros. Dichos tributos se recaudaban localmente y después se transportaban a la capital.

La «liturgia» del sacrificio de animales en el mundo griego constituía, pues, un proceso que, al mismo tiempo, no solo fortalecía las relaciones de las personas con los dioses, sino también las de aquellas con otras. Los ciudadanos compartían una experiencia intensamente emotiva y extremadamente cargada de sensaciones. Después comían juntos; lo hacían en presencia de los dioses, pero, dado que estos últimos solo consumían humo, aquello constituía un recordatorio de que unos y otros habitaban un reino cosmológico distinto. El orden del mundo, el humano, el animal y el divino —separados, pero enlazados e interdependientes—, se había reafirmado de nuevo. Resulta difícil exagerar la perdurable influencia de este gran ritual cívico y religioso griego, más adelante asimilada por los romanos y practicado en todo su imperio. Un sacerdote ofrece un sacrificio ritual; un sacrificio que la gente espera que se juzgue aceptable. Asciende el humo del incienso. Se bebe la sangre de la víctima y luego el cuerpo es compartido y consumido por la comunidad, que resulta unida y fortalecida gracias a este proceso. Los cristianos que surgieron en este mundo clásico describirían el ritual central de su nueva fe como el sacrificio, y la cena, del Cordero.

De todos los peregrinos que aparecen en los célebres Cuentos de Canterbury, de Chaucer, sin duda la comadre de Bath es la más alegre, y quizá, habría sido también la mejor compañía. La mayoría de los relatos tienen un fondo de historias picantes, pero ella es con mucho la más atrevida, al jactarse burlonamente de su habilidad para agotar a un marido tras otro, con sus insaciables exigencias en la cama, y ser capaz de justificar su comportamiento con citas prontas, y totalmente apropiadas, del Antiguo y Nuevo Testamento. También es, sin duda, la que más ha viajado de toda la compañía. La lista de lugares que ha visitado, y que la ha llevado a «saber muchísimo de viajes», nos proporciona un mapa del mundo tal como lo concebía el europeo piadoso (y próspero) de finales del siglo XIV: una geografía espiritual determinada casi en su totalidad por reliquias y peregrinaciones. Las fiestas religiosas, ya sea en el invierno europeo o en el verano siberiano, son objeto de una constante remodelación, no por parte de las autoridades, sino de la gente. Nos permiten contemplarnos a nosotros y a quienes nos rodean en un mismo punto cada año que pasa. La mayoría de nosotros recordamos las Navidades (o los Eids, Diwalis o Janucás) de nuestra infancia, así como a aquellas personas, hoy fallecidas, con quienes las celebramos; y damos por supuesto que nuestros hijos y nietos seguirán haciéndolo mucho después de que también nosotros hayamos muerto, reafirmando así tanto el legado que compartimos como nuestro propio y efímero lugar en el esquema del tiempo.

En Gran Bretaña, hoy a menudo se olvida la unción de la reina y la dimensión sacramental de su papel constitucional; pero en Rusia y en Estados Unidos el Dios cristiano desempeña un destacado papel en la política. Tanto Vladímir Putin como Donald Trump se presentan ante su pueblo como hombres fuertes que disfrutan del favor del poder divino. La supremacía de Putin ha ido de la mano del resurgimiento de la Iglesia ortodoxa rusa, que coopera con su régimen y de la que él es un abierto partidario. Por su parte, la investidura del presidente Trump en 2017 fue casi una fiesta religiosa, con coros de iglesia y plegarias multirreligiosas. «No hay que tener miedo —declaró el nuevo presidente estadounidense a la nación—. Estamos protegidos, y siempre lo estaremos…, por los grandes hombres y mujeres de nuestro ejército y nuestras fuerzas del orden. Y, lo que es más importante, estaremos protegidos por Dios.

Es el dilema humano, es la historia de todos y cada uno de nosotros, es la historia del mundo hasta ahora y para siempre…, todo ello en una única pintura de vivos colores que representa el giro incesante de la rueda de nuestra vida individual y colectiva. Este thangka, una pintura budista tibetana sobre tela del siglo XIX, montada sobre un tejido de algodón azul que se enrolla en unas varas en la parte superior e inferior, se diseñó para ser colgado en las paredes de un templo en el Tíbet o en la India. Tiene el tamaño de una gran pantalla de televisión familiar y su intensidad de color y grado de detalle no tienen nada que envidiar a las imágenes de alta definición. Destinado a acompañar una sosegada meditación, sobre todo para las personas que no saben leer, ofrece una guía sobre el terreno acerca de la vida cotidiana y de cómo avanzar más allá de esta. Al transmitir la visión budista del universo, este thangka lleva a cabo lo que deben hacer todas las religiones: cuenta una historia; una historia que conecta nuestra vida individual con la comunidad y con el mundo de los que, fugazmente, formamos parte. Y la cuenta en forma de rueda porque, aunque nuestra vida es finita, el relato del mundo que presenta no tiene ni principio ni fin. La clave es que, en cada uno de los reinos, hay una imagen de Buda. Puedes estar en el infierno o puedes estar entre los dioses o entre los fantasmas hambrientos. Sin embargo, donde quiera que estés, existe el potencial de alcanzar la iluminación y la «budeidad». Todos tenemos naturaleza de Buda. Es una idea muy próxima al concepto cristiano del Dios interior. Todos podemos alcanzar la iluminación, sin importar dónde estemos o cuál sea la historia de nuestra vida. Esa es la esperanza y la promesa radical que ofrecen esta pintura y esta enseñanza.

Cada año, a orillas del Ganges, se representa un drama de fugacidad y renovación similar al que podemos ver en nuestro thangka, en este caso a gran escala, que hace hincapié de manera similar en las virtudes redentoras del desapego y la compasión. El Kumbh Mela es, con mucho, la mayor celebración religiosa —y, de hecho, también la mayor aglomeración humana— del planeta; pero creo que en el fondo los millones de personas que se bañan en el Ganges están realizando algo similar a lo que hacen otros grupos, como los agricultores que construyeron la gran tumba en Newgrange para unir a los vivos y a los muertos en el solsticio de invierno, las fiestas que señalan el verano en Siberia o que se celebran en homenaje a las focas sacrificadas en Alaska, las congregaciones que cantan en las iglesias luteranas o los peregrinos que acuden a Canterbury, o a Guadalupe, o a La Meca. Todos ellos participan en complejos y exigentes rituales que les ayudan a entender su lugar en el mundo y en el tiempo. Participar en ellos conlleva la esperanza de un nuevo comienzo y afianza a la comunidad que los celebra. Todas las tradiciones que hemos examinado afirman que la vida del individuo se puede vivir mejor en comunidad y todas ellas ofrecen formas de hacer realidad esa afirmación. Hay una escultura que, más que ningún otro objeto que conozca, da forma física a esta idea. Proviene inevitablemente de una tradición específica, la cristiana, y de un tiempo concreto, en torno a 1480. En ella se representa, con un tamaño ligeramente inferior al natural, lo que los alemanes denominan una Schutzmantelmadonna: la Virgen María extendiendo su manto protector. Bajo sus pliegues se refugian diez pequeñas figuras, representantes de toda una sociedad: hombres y mujeres de diferentes tipos y edades, todos rezando o mirando ansiosamente. Sin embargo, María, que por tradición representa a la Iglesia, está serena. Espléndidamente vestida de dorado y azul, acoge a la comunidad de fieles, los mantiene unidos y los protege de todo mal. Representada a una escala distinta de aquellos a quienes protege, ella es la historia en curso de la que estos últimos son meros episodios, una institución perdurable que los abarca a todos y los sobrevivirá a todos. Mira resueltamente hacia el futuro y, de manera muy llamativa, todos, ellos y ella, avanzan juntos hacia él.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/26/la-historia-del-mundo-en-100-objetos-neil-macgregor/

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It is a pleasure to read, with numerous beautiful colour illustrations.
Reading it, you hear the voice of the polymath, Neil MacGregor. He shows, through objects, places and rituals, how religious impulses built communities and how community built religion and states. “Who do we include in the community, which we call “we”?”

Significant points are made. At times you think, “Why didn’t I know/realise that?”
*”Stories are society”. They create and bind communities.
* Spirits and gods are imagined as actors causing the inexplicable, spirits a leaf away, gods on the mountain tops or in the heavens causing thunder.
* “Living with the Dead” is normal, in the Neolithic, passing ancestor’s body parts from hand to hand, in Medieval relics and chantries and in modern Mexico’s Day of the Dead. Separating the living and the dead, as “our” culture does, is abnormal.
*”A Place in Tradition” describes initiation into manhood in traditional societies. In the modern world, where teenagers know more about digital technology etc than their parents, the young have their own rites of passage.
*The Athenian Parthenon (and the Temple of Artemis at Ephesus) were stores of value (Classical “central banks”) as much as places of worship.
*Temples were also abattoirs, the sites of animal sacrifice in clear view. Following the sacrifice, there was a strict order to division of the carcase. Certain parts were burned, going up to the Gods in smoke, the entrails examined for signs of divine approval, then barbecued. Meat was carved and distributed, the only time many Greeks ate meat. Ritual sacrifice thus played an important role in building community. It also had importance in Classical theology, adapted by Rome’s child, Christianity, in “the sacrifice of the lamb of God” and ritual of Mass.
* A lithograph shows a Hindu being baptised by a Victorian missionary. It is suggested that, for the Hindu, there would have been no idea of conversion, leaving beliefs behind and adopting new beliefs. Rather, he would have approached the act with the greater tolerance of polytheistic than monotheistic religion. “One more god, and experiencing another ritual, can’t do harm.”

The limitations
The chapter on sacrifice, “Holy Killing”, follows “Gifts to the Gods”, on votive deposition, swords in the stone etc. Any links between the practices of ritual sacrifice and votive deposition, which academics suggest overlap, and are, in part, complementary, are however ignored.
“Beginnings of Belief” describes the 40,000 year old (!) Löwenmensch (Lion-man), a figure, part-lion, part-man, carved out of a curving mammoth tusk. Its production required skill and imagination, the time taken to create such a work of art investment by a community. That it represents totemism, virtually universal amongst hunter-gatherers, the adaptive belief man and nature, man and creatures, are one, with transformations between the two, is ignored.
“The Power of Song” describes the significance of Lutheran music in both faith and culture and how totalitarian regimes exploit synchronised marching and singing. MacGregor doesn’t comment on the way music preceded, and contributed to, the critical emergence of human language.
“Return of the Light” concerns the northern winter solstice. The emergence of the sun-goddess, Amateresu, supposedly ancestor of the Japanese emperors, from a cave in which she had taken refuge, is remembered in the Japanese “Rising Sun” banner. Newgrange, a Neolithic passage grave above the Boyne valley, is lit by a sunbeam “at the dead of winter”. It is suggested solstice is when barriers between the living and the dead faded, the beam leading the recently dead to join the ancestors in the tomb’s interior,reminding them that nothing ends in death and darkness, there is rebirth. There is no cross reference from Newgrange to “Living with the Dead”, two chapters later. You are left to feel your own way.
“Return of the Light” is focused on images of, and sites marking, the winter solstice. How this ties in with other passage graves, like Hogue Bie, Jersey, illuminated by the sun at the spring and autumn equinoxes, or to the numerous circular British monuments, including henges and stone circles, thought to represent the sky above us, unconsidered.
“Spirits of Place” describes how the Australian landscape is not just the terrain the ancestors once walked and their spirits inhabited, it was created by and from those ancestors. There is a theology of place, which the community, unborn, living and dead, permanently inhabits. Community and place are inseparable. These are people who cannot move away. I wanted to explore these ideas further and found the lack of references frustrating. Throughout, there is a lack of notes, only three thin pages of “Further Reading”.
In “Fire and State”, MacGregor suggests the control of fire, for security, warmth and cooking, contributed to creation of communities. This is a persuasive view, but no supporting reference is provided. Rome’s sacred flame was maintained by Vesta, an unseen virgin goddess. MacGregor alludes to the paradox “found in many societies, that the virgin goddess is also the quintessential mother figure”. You think of the Virgin Mary, who is not referred to here, but, again, there is no note indicating a source for the idea.
A quite separate chapter,”Protectoresses”, [I liked the title, with its lack of gender neutrality!] describes first the Virgin Mary, in her native Mexican aspect, second Diane/ Aphrodite, the chaste goddess of hunt and unmarried girls, and, third and following her death, Princess Diane. Clearly the Protectoress is related to “the virgin goddess [who] is also the…mother figure”, referred to above, but without any cross-reference between the two, that they are not quite the same left unexplored.

Conclusion
I struggled how to score this book. It describes what beautiful objects tell us about religion and community, the hard back book, in its gold paper cover, itself a beautiful object.
Some individual chapters are great with witty chapter-names. However their order is eccentric. You might have expected “The Power of Song” and “Spirits of Place” to appear early in the book and not as the 10th and 23rd chapters, respectively.
I refer above to some of the chapters I liked. There are others, “The Accretion of Meaning”, “Harvest & Homage” etc I found trite. I already knew what MacGregor had to say.
The book’s limitations, (I think), derive partly from being based on a radio series. The separate chapters, (elegant in themselves), fit together poorly. Reading the book from cover to cover, as I did, you begin to lose the thread. Maybe it would be better read as a source book, dipping into particular chapters, but, for this, you would want better cross-referencing and proper notes.
If the book is looked at wholly on its merits… However, written by Neil MacGregor, a superb writer and broadcaster and holder of the Order of Merit, and with the resources of the BBC and British Museum behind it. Is that fair? Well that’s another question.

The book deals with one of the crucial facts of human existence: every known society shares a set of beliefs and assumptions – a faith, an ideology, a religion – that go far beyond the life of the individual and are an essential part of life. your common identity Such beliefs possess a unique power to define – and divide – peoples and constitute one of the driving forces of politics in many parts of the world. Sometimes they are secular: nationalism is the clearest example; but throughout history they have been mostly religious, in the broadest sense of the term.
At first glance it might seem that the new banknote marking was an affirmation of the supremacy of God in the political system of the United States, a kind of modern American version of the letters DG, or Dei Gratia (“By the grace of God” ), which accompany the portrait of the sovereign in the British currency, or the Quranic verses that appear engraved on the coins of many Islamic states. Actually, it was about the opposite.
Religion addresses many of the issues that define politics. How is a society organized to survive? What sacrifices is appropriate for society to demand the individual for the sake of a greater good? And, above all, who is part of that community that we call “us”? Religious stories can create powerful symbols of solidarity. Religious beliefs have also been deliberately manipulated by rulers and priests for millennia to exclude different parts of society, putting faith at the service of political oppression. The greatest example is the extermination of Jews at the hands of the Nazis, although here we will examine other less well-known persecutions: that of the Christians in Japan and that of the Huguenots in France, both in the seventeenth century, and destined, in both cases, to define and eliminate those that the powerful central State considered should not be part of the “we”. However, those same religious structures can also be the refuge and strength of the oppressed.

The Sassanid Empire, with Zoroastrianism as the official religion, continued to flourish, while in Western Europe Rome staggered, and during the three centuries after the coinage of our currency the Persian culture shaped a large part of the Middle East. However, in the 640s, in the face of Arab invasions, the empire collapsed at an astonishing rate and Islam became the new official religion; but the sacred fire did not disappear: it simply moved. A group of Zoroastrians fled Iran and settled in Gujarat, in northwestern India. Since it came from Persia, its components would be called “Parsis”, and although its number is small today, this community continues to play an important role in modern India, particularly in the commercial capital, Bombay. According to tradition, the Parsees brought with them from Persia the ashes of a sacred fire and in their new home consecrated and then veiled by a new sacred flame. It is said that it has not been extinguished since 721, and it is still burning in the city of Udvada, in the state of Gujarat.
When one visits this remote coastal town located a few hours’ drive north of Bombay – whose ramshackle appearance is reminiscent of Western seaside resorts that have left behind their past splendor – you can not help but be surprised to see the door of the temple of the Parsi fire a sign that says «Iransah», with what is announced that it is the abode of a monarch, the sah, or king, of Iran. For the Parsis, as for all Zoroastrians, fire continues to play in essence the same religious and social role that it has had throughout the centuries. In Rome, the cult of Vesta showed an extraordinary resistance against the Christianization of the empire after the conversion of Constantine around the year 312: it was a symbol deeply rooted in the minds and hearts of the people, so that it could be quickly discarded and for a few decades even the Christian emperors continued to practice …

When someone enters the cathedral of Salisbury through the great eastern gate, the first thing he finds in the ship is water: a baptismal font or, rather, a fountain, a broad cross-shaped bronze pylon overflowing with water flowing without stopping each of its four arms, at first glance the surface remains mysteriously immobile, but always about to overflow as a promise of perpetual renewal.
The fact that there is water at the entrance to this cathedral is of great importance, since in Christian theology the water of baptism is the door through which all Christians not only access the faith, but the entire Christian community, passed , present and future. For the bishop of Salisbury, Nicholas Holtam, the baptismal waters constitute in themselves the “water of life”:
They purify us. It is something that has to do with the trip to the promised land, after crossing the waters of the Red Sea. We go to the other side of the pile, so to speak, and enter the nave of the cathedral, where the community gathers to celebrate the Eucharist. We are summoned individually, but we all meet together …

The water of this river (Ganges) that unites the earth and the sky, the goddess herself in liquid form, is venerated by all Hindus (see frontispiece) and those who make a pilgrimage to the river want, in general, to take part of it to house, as the Muslims do with the water of the well of Zamzam or the Christians with the water of the Jordan. The story of Ganga, the goddess who is a river and at the same time many others spread across the subcontinent, is one of those elements of religious life where the literal, the symbolic and the metaphorical converge with force to shape the imagination of a people. Our popular and intensely colored illustration of Jarischandra, made to serve as an accompaniment to the public narration of its history, represents a small but emblematic part of a secular process that has not only helped shape the Hindu religious community, but also its own identity of India.
The first person to hold the post of independent Indian Prime Minister, Jawaharlal Nehru, declared in his will that he did not believe in religious ceremonies and did not want any to be celebrated in his cremation. However, then that staunch non-believer, who had ensured that the Constitution of modern India was decidedly secular, continued:
The Ganges, above all, is the river of India, loved by its people, around which their racial memories, their hopes and fears, their victories and their defeats intertwine […]. The Ganges has been for me a symbol and a reminder of India’s past, which flows through the present and flows into the great ocean of the future. Thus, as a final tribute to India’s cultural legacy, I request that a handful of my ashes be thrown into the Ganges at Allahabad, so that they may be transported to the great ocean that bathes the coasts of India.

We can not know with certainty what beliefs or rituals led to the construction of Newgrange, but all experts agree that, undoubtedly, both elements intervened. When one penetrates the heart of this circular mound, he has the impression of making a short trip to the mystery of life and death. On the east side there is a not very wide entrance, one meter wide, more or less, which leads to a corridor large enough for one person to pass, a covered tunnel and flanked by huge stones, which sometimes protrude towards the inside, so you have to duck and open your way as you can until, after almost twenty meters moving with difficulty, you access a large camera. There, ten courses of large flat stones placed one over the other in a staggered way rise and converge to compose a pyramidal roof like a false vault that reaches the surprising height of six meters. In three small niches in the chamber, large piles of stone can be seen destined to contain the bones and ashes of the dead. We are now under one hundred thousand tons of stone and the structure remains almost intact. Five thousand years after its construction, this chamber remains sealed. For a Western mind, the myth of Amaterasu seems incredibly strange, but its purpose, like that of Newgrange, is immediately understandable. Throughout the world, whether in the East or the West, the power of the return of the sun is fundamental to existence: it literally demonstrates that for nature, if not for the individual, there is life after death.
The myths and rituals associated with the winter solstice are still deeply rooted in the Japanese national consciousness and also seem to experience a certain renaissance in Ireland. Newgrange is now Ireland’s favorite national monument and attracts a growing number of visitors, which – some suggest – would represent one aspect of the search for a new Irish identity that transcends secular religious divisions.

There is, however, one aspect of motherhood in which traditional Japanese religion stands apart from the global norm and which seems – at least to the Western observer – to have followed a very original line: abortion. Aya Homei tells us, when talking about the evolution in the last decades of a very singular and particularly Japanese ceremonial practice:

It is a form of commemorative ceremony held in Buddhist temples, whose aim is to mitigate the pain and suffering inflicted on the large number of babies who have not been able to come to this world, who have not been born, due to a fetal death or an abortion. natural or induced. Interestingly, it is a rather recent invention, devised by doctors and midwives in collaboration with Buddhist priests. It did not become widespread until the 1970s, when abortion began to take place in such a widespread way that, in practice, it was used as a way to control the birth rate.

Those who have made the decision to abort take offerings to the temple, because they believe and hope that Bodhisattva Jizō, the protective deity of children and lost travelers, will take care of the baby that will no longer be born. After the ceremony, the parents deposit toys and treats around a stone statue of the bodhisattva, usually located in a cemetery inside the temple compound, which makes them places with a strong emotional charge. This new commemorative ceremony is a purely Buddhist phenomenon and seems to reflect a point of view now widely accepted in Japanese society: that, although the existence of a potential human life is denied, the decision to abort is not a legal matter, nor does it belong to the public sphere, but it is something of an essentially private and spiritual nature.
In Europe and America, on the contrary, abortion has been, for several decades – in particular since the 1970s – the center of a fierce debate, often violent, around policies related to women’s bodies. . It is a debate, or rather a political conflict, in which religion has played an important role, above all because of the demands that this traditionally enforced.

The knife dramatically symbolizes and physically embodies the two central aspects of the Aztec war: the sacrifice of their chosen victims and the system of tributes they imposed on the subject peoples. The different components of its decoration – turquoise and malachite, scarlet oyster and mother-of-pearl – were, all of them, highly appreciated materials. They came from different parts of the empire, located many hundreds of kilometers away, and appear regularly in the lists of tributes that have come down to us. These taxes were collected locally and then transported to the capital.

The “liturgy” of the sacrifice of animals in the Greek world constituted, then, a process that, at the same time, not only strengthened the relations of people with the gods, but also those of others with others. Citizens shared an intensely emotional and extremely charged experience. Afterwards they ate together; they did it in the presence of the gods, but since the latter only consumed smoke, that constituted a reminder that both inhabited a different cosmological realm. The order of the world, the human, the animal and the divine – separate, but linked and interdependent – had been reaffirmed again. It is difficult to exaggerate the enduring influence of this great Greek civic and religious ritual, later assimilated by the Romans and practiced throughout its empire. A priest offers a ritual sacrifice; a sacrifice that people expect to be deemed acceptable. Ascend the smoke of the incense. The blood of the victim is drunk and then the body is shared and consumed by the community, which is united and strengthened thanks to this process. The Christians who emerged in this classical world would describe the central ritual of their new faith as the sacrifice, and the supper, of the Lamb.

Of all the pilgrims who appear in the famous Canterbury Tales, by Chaucer, surely the comadre of Bath is the happiest, and perhaps, it would also have been the best company. Most stories have a background of spicy stories, but she is by far the most daring, boasting mockingly of her ability to exhaust one husband after another, with her insatiable demands on the bed, and be able to justify her behavior with prompt, and totally appropriate, quotes from the Old and New Testaments. It is also, without a doubt, the one that has traveled most of the whole company. The list of places he has visited, which has led him to “know a lot about travel,” provides us with a map of the world as conceived by the pious (and prosperous) European of the late fourteenth century: a spiritual geography determined almost in its totality by relics and pilgrimages. Religious holidays, whether in the European winter or in the Siberian summer, are subject to constant remodeling, not by the authorities, but by the people. They allow us to contemplate ourselves and those around us at the same point every year that passes. Most of us remember the Christmas (or the Eids, Diwalis or Chanukahs) of our childhood, as well as those people, now deceased, with whom we celebrate them; and we assume that our children and grandchildren will continue to do so long after we too have died, thus reaffirming both the legacy we share and our own ephemeral place in the time framework.

In Britain, the anointing of the queen and the sacramental dimension of her constitutional role are often forgotten today; but in Russia and the United States the Christian God plays a prominent role in politics. Both Vladimir Putin and Donald Trump appear before their people as strong men who enjoy the favor of divine power. The supremacy of Putin has gone hand in hand with the resurgence of the Russian Orthodox Church, which cooperates with his regime and of which he is an open supporter. For its part, the inauguration of President Trump in 2017 was almost a religious festival, with church choirs and multireligious prayers. “We must not be afraid,” declared the new American president to the nation. We are protected, and always will be … by the great men and women of our army and our forces of order. And, most importantly, we will be protected by God.

It is the human dilemma, it is the history of each and every one of us, it is the history of the world until now and forever …, all in a single painting of bright colors that represents the incessant turning of the wheel of our life individual and collective. This thangka, a nineteenth-century Tibetan Buddhist painting on canvas, mounted on a blue cotton fabric that is rolled up into rods at the top and bottom, was designed to be hung on the walls of a temple in Tibet or in the India. It has the size of a large family television screen and its intensity of color and degree of detail have nothing to envy the high definition images. Aimed at accompanying a quiet meditation, especially for people who can not read, offers a guide on the ground about everyday life and how to move beyond it. In conveying the Buddhist vision of the universe, this thangka accomplishes what all religions must do: tell a story; a story that connects our individual life with the community and with the world of which, fleetingly, we are a part. And the account in the form of a wheel because, although our life is finite, the story of the world that presents has no beginning or end. The key is that, in each of the kingdoms, there is a Buddha image. You can be in hell or you can be among the gods or among the hungry ghosts. However, wherever you are, there is the potential to attain enlightenment and “Buddhahood.” We all have Buddha nature. It is an idea very close to the Christian concept of the God within. We can all achieve enlightenment, no matter where we are or what the story of our life is. That is the hope and the radical promise offered by this painting and this teaching.

Each year, on the banks of the Ganges, a drama of transience and renewal similar to what we see in our thangka, in this case on a large scale, which similarly emphasizes the redeeming virtues of detachment and compassion, is represented. The Kumbh Mela is by far the largest religious celebration – and, indeed, also the largest human agglomeration – on the planet; but I think that deep down the millions of people who bathe in the Ganges are doing something similar to what other groups do, like the farmers who built the big tomb in Newgrange to unite the living and the dead in the winter solstice , the festivals that mark the summer in Siberia or that are celebrated in homage to the seals sacrificed in Alaska, the congregations that sing in the Lutheran churches or the pilgrims that go to Canterbury, or to Guadalupe, or to Mecca. All of them participate in complex and demanding rituals that help them understand their place in the world and in time. Participating in them brings hope for a new beginning and strengthens the community that celebrates them. All the traditions that we have examined affirm that the life of the individual can be lived better in community and all of them offer ways to make that affirmation a reality. There is a sculpture that, more than any other object that I know, gives physical form to this idea. It inevitably comes from a specific tradition, the Christian, and a specific time, around 1480. It represents, with a size slightly less than the natural, what the Germans call a Schutzmantelmadonna: the Virgin Mary extending its protective mantle. Beneath its folds are ten small figures, representatives of a whole society: men and women of different types and ages, all praying or looking anxiously. However, Mary, who traditionally represents the Church, is serene. Splendidly dressed in gold and blue, it welcomes the community of the faithful, holds them together and protects them from all evil. Represented on a different scale from those it protects, it is the ongoing story of which the latter are mere episodes, an enduring institution that embraces them all and will outlive them all. Look resolutely towards the future and, in a very striking way, everyone, they and she, advance together towards it.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/26/la-historia-del-mundo-en-100-objetos-neil-macgregor/

2 pensamientos en “Vivir Con Los Dioses: Pueblos, Objetos Y Creencias — Neil MacGregor / Living With The Gods: On Beliefs And Peoples by Neil MacGregor

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