Auschwitz: Investigación Sobre El Complot Nazi — Florent Brayard / Auschwitz, Enquête Sur Un Complot Nazi (Auschwitz: Research on The Nazi Plot) by Florent Brayard

743B09D8-891F-4952-8758-1793CF2AFB33
Siguiendo el trabajo de este historiador de la generación de los 80, uno se da cuenta de que el genocidio es un modelo reproducible y exportable. Cualquiera que sea el régimen político incluido en la democracia.
Un trabajo lúcido y saludable. El cargo de los partidarios de la responsabilidad estrictamente alemana de la Shoah es patético. Eso si se agradecería un libro menos extenso los argumentos se repiten de un capítulo a otro. Interesante leerlo.

Tuvieron que pasar tres semanas desde de la invasión de Polonia por parte del ejército alemán para que Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, Gauleiter de Berlín y amigo íntimo de Hitler, anotase su primera reflexión en tiempo de guerra sobre los judíos. En ese periodo grandioso en el que, con pocos costes, el Reich consiguió por fin desplazar muy al este la frontera de su «espacio vital», la «cuestión judía»pasó, de manera provisional, a un segundo plano. En periodos favorables, la presión de la obsesión antisemita flaqueaba. Porque si bien los judíos eran, por principio, culpables, aunque se llegase a declarar que eran simple y llanamente «culpables de todo», no se les podía reprochar nada en aquellos tiempos de victoria. Por ello, el 23 de septiembre de 1939, un interlocutor de Goebbels le contó a este su periplo por los territorios recién conquistados y la hostilidad, el «odio» incluso, de la población local respecto a los invasores. El ministro resumió el intercambio al día siguiente en su Diario: «Entonces aún habrá mucho trabajo que hacer. Lo que más nos desgasta son los judíos». Y concluyó: «Por tanto solo hay una manera de alcanzar la paz: ¡la fuerza bruta!». Esta consigna se aplicaría mucho más allá de lo que se podría haber imaginado entonces. Pero, a pesar de un uso monstruoso de la «fuerza bruta», nunca hubo una pax nazi.

El 8 de mayo de 1940, Himmler habló con Goebbels de la situación en el Gobierno General, «y sobre todo del judío. Solo es un desecho. Se les debe tratar con una disciplina de hierro […]. Solo pueden existir encerrados, si no, empuercan por completo la moralidad». Pero el objetivo último seguía siendo el de una expulsión total, como atestigua el proyecto de reordenación étnica hacia el este que estaba redactando el Reichsführer en ese mismo momento y que terminaría a mediados de mayo de 1940. Con Hitler como único destinatario, este esbozo es un documento particularmente importante para evaluar los proyectos nazis: afirmaba con rotundidad su «convicción interna» de que era conveniente «rechazar como contrario al espíritu germánico y como imposible el método bolchevique de exterminación física de un pueblo». Por tanto, aún no había una perspectiva genocida asentada y faltarían aún muchos meses antes de que esa idea comenzase a germinar. En aquel momento Himmler solo se proponía «borrar por completo el concepto de judío» procediendo, en un plazo indeterminado, a «una gran emigración de conjunto de los judíos a África o, si no, a una colonia». Como prueba de su total aprobación de las ideas prospectiva del Reichsführer, que le parecían «muy buenas y acertadas», Hitler ordenó que fueran transmitidas a un pequeño número de responsables directamente interesados, bajo el sello del «más alto secreto». Goebbels no figuraba en la breve lista de destinatarios. El 21 de abril de 1941, Goebbels ordenó que los judíos de Berlín llevasen una señal distintiva, siguiendo una lógica que desarrolló en su Diario: «Si no, como quien no quiere la cosa, siguen mezclándose con nuestro pueblo y este protesta». Era una medida tomada por despecho, consecuencia directa, tal y como explicó a uno de sus subordinados, de la «desafortunada» imposibilidad de proceder «por el momento» a la «evacuación de los judíos de Berlín en las condiciones deseadas». Pero Goebbels, aún estando a cargo de modular la opinión pública a través de la propaganda, no podía instaurar por sí solo una medida tan importante y su medida no se ejecutó, mientras que al mismo tiempo Göring se tomó su tiempo para aprobar una medida similar propuesta por Heydrich al considerar que el propio Hitler debía ser quien dirimiese la cuestión. Decididamente, había que esperar.

A mediados de marzo de 1945, algunas semanas antes del hundimiento final del Reich y de su suicidio en familia, Goebbels habló aún de la «cuestión judía»: «Cuando se tiene el poder, a los judíos hay que molerlos a palos como si fuesen ratas. En Alemania ya nos hemos ocupado bien de ello, gracias a Dios. Espero que el mundo tome nota». Y al día siguiente: «Aún no podemos decir qué naciones estarán del lado de los vencedores y cuáles del de los vencidos cuando acabe la guerra. Pero los judíos estarán en el de los vencidos, de eso no cabe duda».
Tal fue la última frase sobre los judíos en la copia del Diario que ha llegado a nosotros, en la que faltan las últimas semanas. El día de su suicidio seguía escribiéndolo, lamentándose, hasta donde sabemos, del infortunio de las armas y prediciendo la victoria del bolchevismo. Es poco probable que no hablase una última vez de los judíos, a los que atribuía la responsabilidad de la guerra y la voluntad de conquistar el mundo. Goebbels: ese actor histórico no formaba parte del estrecho grupo de altos responsables nazis que hablaban «a solas», en total conocimiento de causa y de manera explícita, del asesinato de todos los judíos. Si Goebbels no fue informado de manera oficial del paso al asesinato total, ¿por qué no había dejado de reclamar o de ver con buenos ojos, en artículos feroces o en discursos llenos de odio, el «exterminio», la «aniquilación» de los judíos? El 15 de junio de 1942, exclamó: «Los judíos desempeñan en esta guerra su papel ignominioso y tendrán que pagarlo con el exterminio de su raza en Europa, y quizá fuera de ella». ¿Cómo conciliar una frase como esta y la supuesta persistencia de un imaginario carcelario para los judíos alemanes? En resumen, y por decirlo de otra manera, ¿podía conducir el «exterminio» de los judíos a algo distinto del asesinato?.

En definitiva, tanto el proyecto de destrucción de los judíos polacos presentado en marzo de 1942 por Himmler como el plan elaborado con Hitler el siguiente mes de junio, que afectaba a la totalidad de los judíos en los territorios ocupados por Alemania (y más allá), habían sufrido filtraciones. Y solo pasaron algunas semanas o algunos meses antes de que se supieran al otro lado del Atlántico. La información se había difundido de manera errática. Por accidente de un informador, Goebbels fue puesto al corriente del destino prometido para los judíos polacos, pero no parece que le hablase a nadie de ello. A diferencia del embajador húngaro en Berlín, que lo transmitió en julio, con grandes retoques, a su gobierno, Goebbels no supo del «plan del Reichsführer».
Lo importante es constatar que, a la inversa, no existe durante la guerra ningún ejemplo de filtración que asimile Wannsee a un giro radical en la «solución final». Por tanto, el silencio que siguió a esta reunión interministerial difícilmente puede ser explicado como una especificidad del secreto nazi.

Como principal responsable de la concepción y ejecución de la «solución final de la cuestión judía», Himmler era quien había integrado en mayor profundidad su práctica cotidiana con el imperativo del secreto. El 20 de noviembre de 1942, escribió en los siguientes términos a su subordinado, el SS-Gruppenführer Heinrich Müller, jefe de la Gestapo: «Le envío en anexo una información muy interesante sobre un recuerdo del Dr. Wise de septiembre de 1942. 1) No me extrañaría que tales rumores sobre el gran movimiento de emigración de los judíos llegasen un día a circular por el mundo. Los dos sabemos que entre los judíos empleados en el trabajo se observa una tasa de mortalidad acrecentada. 2) Tendréis que asegurarme que en cada lugar los cadáveres de esos judíos muertos sean incinerados o enterrados y que en ningún sitio se haga otra cosa con los cadáveres. 3) Ordene inmediatamente y en todas partes una investigación para determinar si, en cualquier entorno, ha tenido lugar algún tipo de abuso como el evocado en el punto 1 y que se ha extendido de manera falaz por todo el mundo. Cualquier abuso de este tipo me debe ser transmitido bajo juramento-SS. Hitler no habló, refiriéndose a los judíos, de «exterminio»: dijo «saldar cuentas», «expiar sus pecados». Después de todo, también habría podido negarlo: aprovechándose del secreto desarrollado, de los archivos destruidos y de las fosas vacías, habría sido fácil para él anunciar que, con él muerto, los judíos no dejarían de inventar con todas sus piezas un crimen que él no había cometido, que anegarían sus medios de comunicación de relatos de atrocidades falsas, que se acusaría sin razón a Alemania de una masacre tan enorme que resultaría increíble. Pero Hitler no lo negó. Puso en paralelo a los millones de muertos alemanes y a la «expiación» del «verdadero culpable», reconociendo de manera implícita millones de víctimas judías. Aún se preocupó de tergiversar el paralelismo. Estas muertes habían sido diferentes: por un lado, la brutalidad de la hambruna, de los combates sin piedad, de los campos de bombas; por el otro, «medios más humanos». Esta precisión que, a mi modo de ver, solo puede remitir a las cámaras de gas, es importante: hasta el último momento, Hitler intentó, en suma, reducir el carácter transgresor del asesinato haciendo creer que ese método concebido para proteger la sensibilidad de los verdugos había proporcionado a los judíos un asesinato más dulce.
La derrota había acortado el tiempo. La decisión que las generaciones alemanas posteriores habrían debido tomar —hablar de ello o callar— resultó vencida antes de tiempo. En su búnker, asediado, en el centro de un imperio deshecho, Hitler, ante la historia, no solo asumió el asesinato de los judíos, sino que lo reivindicó.

—————————–

FA87D476-0C0D-4174-9C54-8DA254E0889E
Following the work of this historian of the generation of the 80s, one realizes that genocide is a reproducible and exportable model. Whatever the political regime included in democracy.
A lucid and healthy work. The charge of the supporters of the strictly German responsibility for the Shoah is pathetic. If a less extensive book would be appreciated, the arguments are repeated from one chapter to another. Interesting reading.

It took three weeks since the invasion of Poland by the German army for Joseph Goebbels, Minister of Propaganda, Gauleiter of Berlin and close friend of Hitler, to record his first reflection in time of war on the Jews. In this grandiose period in which, at few costs, the Reich finally succeeded in displacing the border of its «vital space» to the east, the «Jewish question» provisionally moved to the background. In favorable periods, the pressure of the anti-semitic obsession wavered. Because although the Jews were, in principle, guilty, even if they were to declare that they were simply and simply «guilty of everything,» nothing could be reproached in those times of victory. Therefore, on September 23, 1939, a Goebbels interlocutor told him about his journey through the newly conquered territories and the hostility, even «hatred», of the local population towards the invaders. The minister summed up the exchange the next day in his Diary: «Then there will still be a lot of work to do. What wears out most are the Jews. » And he concluded: «Therefore there is only one way to achieve peace: brute force!» This slogan would apply far beyond what could have been imagined then. But, despite a monstrous use of «brute force,» there was never a Nazi pax.

On May 8, 1940, Himmler spoke with Goebbels of the situation in the General Government, «and above all of the Jew. It’s just a waste. They must be treated with an iron discipline […]. They can only exist locked up, if not, they can completely embrace morality. » But the ultimate goal remained that of total expulsion, as attested by the project of ethnic rearrangement to the East that was being written by the Reichsführer at the same time and that would end in mid-May 1940. With Hitler as the sole addressee, this outline is a particularly important document for evaluating Nazi projects: he strongly affirmed his «internal conviction» that it was convenient «to reject as contrary to the Germanic spirit and as impossible the Bolshevik method of physical extermination of a people». Therefore, there was not yet a genocidal perspective established and it would still be many months before that idea began to germinate. At that time, Himmler only intended to «completely erase the concept of a Jew» by proceeding, within an indeterminate period of time, to «a great emigration of the Jews as a whole to Africa or, if not, to a colony.» As proof of his total approval of the prospective ideas of the Reichsführer, which he thought were «very good and accurate», Hitler ordered that they be transmitted to a small number of directly interested persons under the seal of the «highest secret». Goebbels was not on the short list of recipients. On April 21, 1941, Goebbels ordered the Jews of Berlin to wear a distinctive sign, following a logic he developed in his diary: «If not, like those who do not want the thing, they continue to mingle with our people and this protest.» It was a measure taken by spite, a direct consequence, as he explained to one of his subordinates, of the «unfortunate» impossibility of proceeding «for the moment» to the «evacuation of the Jews of Berlin in the desired conditions.» But Goebbels, still in charge of modulating public opinion through propaganda, could not set up such an important measure by himself and his measure was not implemented, while at the same time Göring took his time to approve a similar measure proposed by Heydrich considering that Hitler himself should be the one to settle the issue. Decidedly, we had to wait.

In mid-March 1945, a few weeks before the final collapse of the Reich and his suicide as a family, Goebbels spoke of the «Jewish question»: «When you have power, Jews must be beaten with sticks as if they were rats In Germany we have already taken good care of it, thank God. I hope the world takes notice ». And the next day: «We can not yet say which nations will be on the side of the victors and which of the defeated when the war is over. But the Jews will be in that of the vanquished, there’s no doubt about that. »
Such was the last sentence about the Jews in the copy of the Diary that has come to us, in which the last weeks are missing. On the day of his suicide, he continued to write it, lamenting, as far as we know, about the misfortune of arms and predicting the victory of Bolshevism. It is unlikely that he did not speak one last time about the Jews, to whom he attributed responsibility for the war and the will to conquer the world. Goebbels: that historical actor was not part of the narrow group of senior Nazi officials who spoke «alone», in full knowledge of the cause and explicitly, of the murder of all Jews. If Goebbels was not officially informed of the transition to total murder, why had he not stopped complaining or seeing with good eyes, in fierce articles or hateful speeches, the «extermination», the «annihilation» of the Jews? On June 15, 1942, he exclaimed: «The Jews play their ignominious role in this war and they will have to pay for it with the extermination of their race in Europe, and perhaps outside it.» How to reconcile a phrase like this and the supposed persistence of a prison imaginary for German Jews? In short, and to put it another way, could the «extermination» of the Jews lead to anything other than murder?

In short, both the project of destruction of Polish Jews presented in March 1942 by Himmler and the plan drawn up with Hitler the following month of June, which affected the totality of Jews in the territories occupied by Germany (and beyond) They had suffered leaks. And it only took a few weeks or a few months before they knew the other side of the Atlantic. The information had spread erratically. By accident of an informer, Goebbels was made aware of the fate promised to the Polish Jews, but he does not seem to speak to anyone about it. Unlike the Hungarian ambassador in Berlin, who transmitted it in July, with great alterations, to his government, Goebbels did not know about the «Reichsführer’s plan».
The important thing is to note that, conversely, there is no example of filtration during the war that assimilates Wannsee to a radical turn in the «final solution». Therefore, the silence that followed this interministerial meeting can hardly be explained as a specificity of the Nazi secret.

As the main responsible for the conception and execution of the «final solution of the Jewish question», Himmler was the one who had integrated in greater depth his daily practice with the imperative of secrecy. On November 20, 1942, he wrote in the following terms to his subordinate, the SS-Gruppenführer Heinrich Müller, head of the Gestapo: «I send you in annex very interesting information about a memory of Dr. Wise of September 1942. 1 ) I would not be surprised if such rumors about the great emigration movement of the Jews would one day circulate around the world. We both know that among the Jews employed at work there is an increased mortality rate. 2) You will have to make sure that in each place the corpses of those dead Jews are incinerated or buried and that nothing else is done with the corpses. 3) Order immediately and everywhere an investigation to determine if, in any environment, some type of abuse has occurred such as the one mentioned in point 1 and that has spread fallaciously throughout the world. Any abuse of this type must be transmitted to me under oath-SS. Hitler did not speak, referring to the Jews, of «extermination»: he said «settle accounts», «expiate his sins». After all, he could also have denied it: taking advantage of the developed secret, of the destroyed archives and the empty pits, it would have been easy for him to announce that, with him dead, the Jews would not stop inventing with all their parts a crime that he he had not committed, that his media would be inundated with stories of false atrocities, that Germany would be wrongly accused of such a huge massacre that it would be incredible. But Hitler did not deny it. It put in parallel the millions of German dead and the «atonement» of the «true culprit», implicitly recognizing millions of Jewish victims. He even worried about twisting the parallelism. These deaths had been different: on the one hand, the brutality of the famine, of the merciless combats, of the bomb camps; on the other, «more human means». This precision, which, in my view, can only refer to the gas chambers, is important: until the last moment, Hitler tried, in short, to reduce the transgressive character of the murder by making believe that this method designed to protect the sensitivity of the executioners had provided the Jews with a sweeter murder.
The defeat had shortened time. The decision that subsequent German generations should have taken-talk about it or be silent-was defeated before its time. In his besieged bunker, at the center of a broken empire, Hitler, before history, not only assumed the murder of the Jews, but claimed it.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.