La Unión Hace La Fuerza. Europa Ante Los Desafíos Del Siglo XXI — Federico Steinberg & Álvaro Anchuelo & Enrique Feás / Union Make Force. Europe Faced With The Challenges Of The 21st Century by Federico Steinberg & Álvaro Anchuelo & Enrique Feás (spanish book edition)

Interesante libro sobre el reto que significa Europa. La Unión Europea necesita urgentemente una puesta a punto. Nacida hace sesenta años con el propósito de evitar una nueva guerra entre Francia y Alemania, enseguida animó a sus miembros a caminar hacia «una unión cada vez más estrecha». Para algunos europeos, esto significaba avanzar hacia la plena integración política; para otros, simplemente un instrumento para aumentar la prosperidad y la seguridad, evitando la pérdida de influencia —primero ante el poder de Estados Unidos y la Unión Soviética, luego ante las economías emergentes—. En cualquier caso, esa ambigüedad constructiva, intrínseca a la definición del proyecto europeo, tuvo un éxito incuestionable. Dentro de la Unión conviven varios cismas. Por un lado, la brecha entre los países acreedores del Norte y los deudores del Sur, que se hizo patente ante la crisis del euro y que hace difícil completar la unión monetaria, corazón de la Unión Europea. Por otro, la brecha entre los viejos Estados miembros de Europa occidental y los nuevos socios del este —a los que recientemente se ha sumado Italia—, cuyas diferencias sobre las políticas de inmigración y asilo parecen irreconciliables. A estos dos cismas, que amenazan con paralizar a la Unión y volverla irrelevante, se suma un tercero, que está quebrando la cohesión dentro de sus Estados miembros: el existente entre quienes —cada vez menos— abogan por una mayor integración y quienes añoran la vuelta a Estados nación poderosos y soberanos, creyendo que recuperar el control de la economía y las fronteras espantará por arte de magia los fantasmas del desempleo, la creciente desigualdad, las necesarias reformas del Estado del Bienestar, el retraso tecnológico o el auge de China.
En definitiva, tanto la confianza entre países —base de la solidaridad europea— como entre los ciudadanos de los distintos países —que durante décadas compartieron proyectos de país que pasaban inequívocamente por formar parte de Europa— se han visto dañadas (y, con ellas, la confianza en el proyecto europeo). La Unión Europea está constituida por un grupo variado de países y sus sucesivas ampliaciones no siempre han ido acompañadas de una adecuada profundización de las políticas cohesionadoras, lo cual ha contribuido a acentuar distintas divergencias o fracturas. Así, como consecuencia de la crisis, han surgido nuevas constelaciones de países agrupadas por intereses comunes: entre los que más y menos han sufrido la crisis, o entre deudores y acreedores; fracturas que se suman a la de los jóvenes que no encuentran empleo frente a los pensionistas que necesitarán de sus cotizaciones. Hay que tener presente, además, que la revolución tecnológica acentuará las diferencias entre las regiones y ciudades, que poco a poco se constituyen como los referentes más importantes en materia de convergencia (o divergencia) real. Las políticas de cohesión y convergencia del futuro probablemente no tengan que ir tanto hacia las infraestructuras como hacia la potenciación de la capacidad tecnológica y la educación.

La UE necesita alma. Para recuperar su legitimidad y promover la adhesión a largo plazo de nuestros ciudadanos al proyecto europeo, la UE debe desarrollar una dimensión social y protectora, además de cultural.
Es lo que el presidente Macron ha llamado «la Europa que protege». Nuestra Unión debe promover un nuevo contrato social que demuestre a sus ciudadanos que, bajo su protección, la globalización puede ser una fuente de oportunidades y no sólo de amenazas. Esto puede articularse en tres iniciativas: En primer lugar, la UE debe, además de impulsar un crecimiento económico sostenible y sostenido, desarrollar su capacidad redistributiva y estabilizadora mediante un presupuesto para la zona euro. En definitiva, si la Unión no proporciona crecimiento inclusivo y bienestar social, no frenaremos el nacionalismo y la xenofobia. Las sociedades europeas sólo podrán ser abiertas si además están cohesionadas. Hemos logrado la paz, lo que no hay que minusvalorar, pero es preciso también recuperar la prosperidad económica y reducir las desigualdades generadas por la crisis. La salida de la UE de un país tan importante como Gran Bretaña es una malísima noticia para todos, nadie va a ganar con ello. Pero las pérdidas que genere se repartirán de modo desigual. Los análisis publicados por el gobierno de Londres y por el Banco de Inglaterra confirman las previsiones sombrías acerca del fuerte impacto negativo del brexit sobre la economía británica, mucho mayor que el que vayan a experimentar sus antiguos socios. Mientras el Reino Unido inicia un camino lleno de riesgos e incertidumbres, Bruselas ha conseguido limitar los daños de la separación al mínimo imprescindible. Su salida no ha generado hasta ahora imitadores, ni creo que los vaya a haber en el futuro. Al contrario. Para los países que permanecen en la UE, la negociación con Londres ha actuado como antídoto de cualquier tentación centrífuga. Todos ellos, a pesar de las profundas discrepancias que mantienen en áreas relevantes de la agenda política, se han mantenido cohesionados apoyando al equipo negociador dirigido por Michel Barnier.

No siempre será posible lograr el acuerdo de todos los países miembros de la UE para avanzar todos juntos y en el mismo momento hacia un nivel superior de integración en un área concreta. La disposición de avanzar en la integración aun al precio de hacerlo utilizando las diferentes vías disponibles en el marco del actual marco jurídico es una opción posibilista, pero mucho más viable que los planteamientos maximalistas. La utilización de las «pasarelas» y de las «cooperaciones reforzadas» contempladas en los tratados, abre la vía para avanzar a distintas velocidades, como ya se está haciendo en la Unión Económica y Monetaria, en el espacio Schengen y en otras materias. Las condiciones necesarias para utilizar ese recurso y evitar la parálisis en la toma de decisiones son dos: de un lado, hacerlo en el marco jurídico e institucional establecido; y de otro, dejar siempre la puerta abierta para que los países que no deseen subirse a la primera velocidad al comienzo, puedan reconsiderar su posición y ser admitidos en el grupo de vanguardia sin vetos ni exclusiones posteriores. Siguen existiendo prioridades propias de cada país o grupo de países, igual que siguen presentes las divergencias ideológicas. El paro y la situación económica ocupan el primer lugar de las preocupaciones de los españoles o griegos, pero no de alemanes o checos. Los sentimientos de pertenencia a una identidad o ciudadanía europeas son mucho más perceptibles en unos Estados que en otros. Los liderazgos a la hora de mostrar la voluntad inequívoca de apoyo a una Europa políticamente relevante, en el interior de nuestras fronteras comunes y también de cara al exterior, son más frágiles dependiendo de las diferentes maneras de entender el sentido profundo del proyecto europeo, y también en función de la mayor o menor fragilidad política del gobierno en el ámbito nacional. Hay que sostener con claridad la defensa de los valores, principios y razones por las cuales pensamos que la apuesta decidida por la profundización de la integración es la mejor alternativa para avanzar hacia un futuro mejor, frente a los enormes riesgos de intentar dar marcha atrás hacia un pasado de guerras, enfrentamientos y carencia de libertades en buena parte del territorio europeo. El dilema entre el temor al futuro y la memoria de las tragedias que nos deparó el pasado a todos los europeos hay que expresarlo con claridad y determinación, antes de que sea demasiado tarde. Y dada la profundidad de la crisis política actual, hacer frente a la situación en la que nos encontramos no deja de ser una magnífica oportunidad para relanzar el proyecto europeo.

El proceso de desacoplamiento (decoupling) entre los que más y los que menos han sufrido los efectos de la crisis, y los que más y menos se han beneficiado de la recuperación con un crecimiento poco inclusivo, entre la marcha de la economía y la marcha de la sociedad, se ha dado en muchas, casi todas, de las sociedades europeas, con efectos políticos como el crecimiento de los populismos. Aunque existen diferencias entre países, cada vez más europeos sienten que sus hijos vivirán peor ellos, que tendrán menos oportunidades y que contarán con menores niveles de protección social. Este desacoplamiento ha sido más marcado en las sociedades del Sur, lo que nos lleva a la siguiente fractura.Muchos europeos consideran que la UE, lejos de protegerlos contra las tendencias globales, contribuye a exacerbarlas, amplificando sus efectos adversos en vez de atenuarlos. La UE, señala la propia Comisión Europea en su documento de reflexión sobre la globalización, es percibida como parte del problema y no de la solución. Si no hace nada al respecto, si aumentan las disparidades en y entre las sociedades, la UE se puede deshilachar. Recuperar el concepto de convergencia no puede significar retroceder a los tiempos de predominio de los fondos estructurales y de cohesión, sino avanzar hacia políticas mucho más concretas que tenga en cuenta las diferencias en territorios, la recuperación de los atrasos tecnológicos en los que hay que invertir, incluida en una educación que ha de ser permanente, y lograr que la UE actúe más y mejor en lograr que las empresas pequeñas y medianas —un problema general— aumenten de tamaño o al menos se vean favorecidas por políticas europeas específicas para ellas.

Los retos que obligará a afrontar la 4RT (Cuarta Revolución Tecnológica) son numerosos. La capacidad de competir de las economías europeas dependerá no sólo de la capacidad para implementar estas nuevas tecnologías y de colocarse al nivel de sus más cercanos competidores. Por las características especiales del mercado europeo y de su proceso de integración, la irrupción de las nuevas tecnologías que engloba esta nueva revolución obliga a considerar la necesidad de la coordinación.
Europa ha aceptado el reto. Hoy no son pocas las iniciativas que buscan alcanzar estos objetivos. Sin embargo, el tiempo corre y la necesidad apremia. Si Europa quiere no sólo mantener su posición económica y estratégica en un mundo globalizado, sino ser un actor importante, no debe cejar en el esfuerzo que el futuro le exige.

El primer rasgo definitorio de la política migratoria europea es su enfoque fragmentado. La resistencia de los Estados miembros a ceder competencias en materia de admisión de trabajadores impuso desde el origen un enfoque sectorial en el que la actividad legislativa de la Comisión se iba desarrollando de modo un tanto ad hoc, con propuestas de directivas específicas para regular las condiciones de admisión y residencia de diferentes grupos de (trabajadores) migrantes. La dificultad para avanzar en una regulación común de las condiciones de entrada y residencia aumentaba a medida que se pasaba de migración con menos a más contenido económico, y de más a menos cualificación. Un segundo rasgo definitorio de la política migratoria europea es la inoperancia de los Acuerdos de Movilidad, una de las grandes apuestas del Enfoque Global sobre Migración y Movilidad lanzado en 2011 para dar mayor operatividad al Enfoque Global sobre Migración original de 2005. En principio, los Acuerdos de Movilidad se presentaron como mecanismos para comunitarizar la gestión de flujos a partir del establecimiento de una relación más igualitaria entre los países de origen y la Unión. Fundamentalmente, la aspiración era fomentar la apertura de vías legales mediante la puesta en marcha de Acuerdos de Facilitación de Visados, a cambio de la conclusión de Acuerdos de Readmisión que permitieran una lucha más eficaz contra la inmigración irregular. Por último, el tercer rasgo definitorio de la política migratoria europea es la incoherencia entre el compromiso de maximizar el impacto positivo sobre el desarrollo de los países de origen derivado de la migración y la movilidad, por un lado, y la opción por la condicionalidad negativa, así como la ausencia de programas reales de migración circular, por otro lado. La integración europea a menudo ha avanzado a golpe de fracasos. Sin embargo, en una coyuntura política como la actual es necesario replantearse qué estrategias minimizan esos riesgos sin comprometer nuestros valores fundamentales. En este sentido, en lugar de proponer un ambicioso Enfoque Global para la gestión migratoria, que se desmiente a sí mismo día a día, una estrategia más prometedora podría consistir en: 1) mantener un perfil bajo en relación a la determinación de las condiciones de admisión para migrantes que no sean solicitantes de protección internacional; 2) fortalecer entre tanto los derechos de residencia, la igualación de condiciones laborales, las políticas de nodiscriminación, y la creación de pasarelas entre diferentes estatus migratorios (de motivos familiares o de estudios a económicos, especialmente), así como las posibilidades reales de circulación para quienes están ya aquí.
Paralelamente, la Comisión ni debe ni puede renunciar a ser impulsora y servir de acicate para la innovación política, apoyando y orientando a los Estados en las posibilidades y ventajas de una gestión migratoria más flexible.

El primer conjunto de medidas de energía y clima de la Unión Europea se remonta a marzo de 2007, cuando para hacer frente a los compromisos adquiridos durante el Protocolo de Kioto, la Unión Europea acuerda una ambiciosa estrategia integradora en materia de energía y clima denominada 20-20-20. En particular, este conjunto de medidas se compromete a transformar Europa en una economía sostenible, hipocarbónica, competitiva e integradora. Así pues, se propone para el año 2020:
• Reducir en un 20 por ciento las emisiones de GEI (en relación con los niveles de 1990).
• Lograr que el 20 por ciento de la energía final proceda de energías renovables.
• Mejorar la eficiencia energética en un 20 por ciento.

Los principales objetivos del marco para 2030 establecidos por la Comisión son los siguientes:
• Reducir las emisiones de GEI de la Unión en un 40 por ciento con respecto a los valores de 1990 (objetivo vinculante para la Unión Europea).
• Incrementar la cuota de renovables por encima del 27 por ciento como objetivo vinculante a escala europea.
• Mejorar la eficiencia energética en al menos en un 27 por ciento.
• Apoyar la consecución del mercado interior de la energía mediante el aumento de las interconexiones eléctricas entre Estados en un 15 por ciento.
Finalmente, siguiendo con los esfuerzos realizados desde la Comisión Europea en materia de energía y clima y para cumplir con los objetivos del acuerdo de Paris, se acuerda el 30 de noviembre de 2016 el último paquete legislativo denominado «Energía limpia para todos los europeos» (Comisión Europea 2016). Esta nueva propuesta, conocida popularmente como paquete de invierno, incluye tres objetivos fundamentales:
• Priorizar la eficiencia energética con un objetivo de al menos un 32,5 por ciento.
• Liderar mundialmente en el ámbito de las energías renovables con un nuevo objetivo vinculante del 32 por ciento de energía procedente de fuentes limpias.
• Convertir a los consumidores en actores plenamente activos de la convergencia energética.

Aunque la Unión Europea avanza con firmeza hacia los ambiciosos objetivos fijados para 2020 en materia de reducción de emisiones GEI, participación de las energías renovables en el mix de generación eléctrico y en la implantación de mejoras en la intensidad del uso de la energía gracias a un aumento de la eficiencia de los edificios, procesos industriales y vehículos, es totalmente necesario dar prioridad a un marco regulador europeo que permita cambios estructurales en todos los Estados miembros mediante un modo de gobernanza cohesionado. Así pues, únicamente la correcta integración europea permitirá superar los desafíos del sector energético a largo plazo y caminar hacia una economía más competitiva y sostenible, garantizando a los europeos una energía segura, a un precio razonable y respetuosa con el clima.

La unión monetaria es la encarnación de la mayor ambición del proceso de integración europea. En estos primeros veinte años de existencia, el euro no ha conseguido cumplir la aspiración de convertirse en un instrumento de generación de prosperidad para los ciudadanos de todos sus Estados miembros. Aun así, sigue contando con un apoyo significativo del público y el convencimiento de gran parte de las fuerzas políticas de que es la mejor alternativa para afrontar los desafíos de la tecnología, la desigualdad y el peso decreciente de Europa en la economía mundial.
La crisis de 2010-2013 no sólo fue una muestra de la capacidad de autodestrucción de la UEM por la falta de cohesión política interna. Activó las fuerzas de la divergencia real entre las grandes economías, aumentando las cargas financieras y sociales de los países que más sufrieron y alimentando las espirales virtuosas en los países que salieron beneficiados. La grave situación de Italia es el producto de la combinación de las sevicias de la crisis y de las debilidades institucionales y políticas del país. La solución para la encrucijada italiana será extremadamente difícil, si se insiste en aplicar el mismo enfoque y los mismos instrumentos empleados durante la crisis. Lo más urgente es proteger la eficacia y unidad de la política monetaria única. Pero el paso decisivo será abrir el camino de la Unión Fiscal. No por sus efectos económicos inmediatos, sino por su impacto sobre la credibilidad. A fin de cuentas, la confianza en el dinero o la sostenibilidad fiscal dependen de la percepción que tengan los agentes sobre el futuro.
La disyuntiva es entre dejar la sostenibilidad del euro al albur de los choques negativos que volverán a golpearnos, antes o después, o tomar las riendas y completar las reformas iniciadas (que son muy significativas) para aprovechar todo el potencial de generación de prosperidad de esta audaz innovación política que es la unión monetaria.

El BCE no es un banco más. A diferencia de Estados Unidos, lo es de una unión económica monetaria incompleta, sin un tesoro público europeo con plenas competencias fiscales, sin un activo seguro europeo, sin una verdadera unión bancaria con sistema europeo de garantía de depósitos, y sin un respaldo fiscal creíble para el fondo de resolución bancaria, que ayude a romper el círculo vicioso entre riesgo bancario y riesgo soberano. Todo ello hace que el futuro del BCE esté muy condicionado por los avances que se den en estos frentes para completar la arquitectura de la UEM. El BCE ha sido la institución europea más determinante para superar la Gran Recesión en Europa y ha salido claramente reforzado tras la crisis. No sólo ha acreditado su capacidad para desplegar y poner a funcionar herramientas no convencionales. «Whatever it takes». Con sólo tres palabras, ya grabadas en la historia del BCE, ha demostrado también que está dispuesto a hacer todo lo necesario para garantizar la estabilidad y supervivencia de la zona euro.
El balance neto es positivo. La zona euro ha recuperado la senda de crecimiento y la inflación está más cerca de su objetivo. Sin embargo, es evidente que las condiciones en las que ha operado el BCE no han sido las óptimas. Con otro diseño de la UEM se podrían haber alcanzado mejores resultados mucho antes. La crisis de deuda soberana dio lugar a una segunda recesión, que otras economías como Estados Unidos. no sufrieron. El BCE tuvo que hacer frente al riesgo de ruptura del euro con el anuncio en 2012 del programa de Operaciones Monetarias de Compraventa de deuda pública en mercado secundario (OMT) de países bajo condicionalidad. Aunque la segunda recesión empezó a generar señales de desanclaje de expectativas de inflación en 2013, el BCE esperó a iniciar en 2015 el programa de compras de activos. Una de las críticas a la política monetaria del BCE es si esta expansión cuantitativa debería haberse iniciado antes, de manera que la retirada de los estímulos monetarios no habría empezado con tanto retraso respecto a la Fed.
Superada la Gran Recesión, los retos futuros del nuevo BCE no son menores. Debates tan importantes como si debe aumentar su objetivo de inflación en un entorno de tipos de interés de equilibrio más bajos, el tamaño de su balance, la respuesta a futuras burbujas, la interrelación entre la política monetaria y fiscal, la emisión de una moneda digital, o su legitimidad democrática quedan en un segundo plano cuando lo que está en juego son los avances necesarios en la integración europea para afrontar el futuro con éxito. Con mercados fragmentados entre los miembros de la eurozona, el mecanismo de transmisión de la política monetaria seguirá sin funcionar adecuadamente. Sólo cuando Europa haya completado su unión fiscal, bancaria, económica y política el nuevo BCE podrá desplegar sus políticas monetarias con la misma efectividad que otros bancos centrales. La pregunta es saber si la Unión será capaz de liderar a una masa crítica de países afines que proteja el sistema de las embestidas de su antiguo impulsor. Esto no será fácil, porque el comercio funciona a través de cadenas globales de suministro que incluyen a miles de empresas estadounidenses y utiliza el dólar como moneda central. Pero la Unión Europea no tiene elección. El proteccionismo y el nacionalismo no sólo amenazan el comercio mundial: amenazan la sostenibilidad del orden liberal, cuyo colapso puede ser la sentencia de muerte de la Unión Europea, definida por otros presidentes estadounidenses menos hostiles como «una necesidad histórica», un «éxito moral», «el mejor aliado para la paz y la prosperidad» y «uno de los grandes logros de la historia de la humanidad».

Resulta imposible, en el momento de concluir este texto, predecir cuál será el desenlace final de la tragicomedia del brexit. El acuerdo de salida, y una negociación futura según las líneas marcadas en la Declaración Política, delimitan uno de los posibles escenarios. No obstante, dada la dificultad de que el Parlamento británico lo apruebe, otros escenarios (como un brexit caótico sin acuerdo o incluso el no-brexit) siguen siendo posibles. El derecho que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reconocido al Reino Unido a retirar unilateralmente el artículo 50 y detener la salida, facilita el último escenario citado.
En cualquiera de los casos, los temas abordados serán los asuntos centrales que marquen la agenda de cualquier negociación, o los que señalen los principales problemas de una salida no negociada. Todo ello, con independencia de quién gobierne en el Reino Unido. Al menos algo sí ha dejado meridianamente claro el proceso del brexit de cara al futuro: salir de la Unión Europea resulta mucho más difícil de lo que cualquier partidario de abandonarla hubiera podido nunca suponer. Europa no debe ni puede intentar detener el proceso de mutación del orden mundial. No hay vuelta atrás en el tiempo. Los discursos que de forma directa o indirecta lo pregonan están tejidos de nostalgia y abocados al fracaso. Europa no puede obviar la lucha por sus ideales, tampoco escamotearla so pretexto de más urgentes empresas. Porque sin abordarla el bienestar de nuestras sociedades, nuestra cultura profunda, proseguirán su huida del continente. Y es urgente. La comodidad o la desidia abocarían a una espiral fatal. Europa puede, y debe, esforzarse por moldear estos cambios para preservar los valores fundamentales del liberalismo y asegurar su supervivencia en esta nueva era. Esa llamada de atención debe y puede estar en el centro del enfoque de Europa en sus relaciones con los Estados Unidos de Trump, y más allá.

En definitiva, son muchas las dimensiones de la unión monetaria que todavía debemos completar para dotar de mayor solidez al proyecto. Es cierto que el proceso de construcción europea ha avanzado a partir de las soluciones adoptadas frente a las crisis, pero siempre lo ha hecho sobre la base de un amplio apoyo ciudadano al proyecto. Ahora hemos visto que la ausencia de mecanismos adecuados para afrontar una crisis tan potente como la vivida puede dejar cicatrices que acaben generando desconfianza en el proyecto común. Debemos aunar la voluntad y la habilidad necesarias para afrontar los retos que tenemos por delante y aumentar la capacidad de resistencia de la UEM frente a perturbaciones, para evitar así que una nueva crisis pueda volver a erosionar el capital político e institucional que atesora este proyecto común de paz y prosperidad.

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Interesting book about the challenge that Europe means. The European Union urgently needs a tune-up. Born sixty years ago in order to avoid a new war between France and Germany, she immediately encouraged its members to move towards “an ever closer union”. For some Europeans, this meant moving towards full political integration; for others, simply an instrument to increase prosperity and security, avoiding the loss of influence -first before the power of the United States and the Soviet Union, then before emerging economies-. In any case, that constructive ambiguity, intrinsic to the definition of the European project, had an unquestionable success. Several schisms coexist within the Union. On the one hand, the gap between the creditor countries of the North and the debtors of the South, which became patent before the crisis of the euro and which makes it difficult to complete the monetary union, heart of the European Union. On the other hand, the gap between the old member states of Western Europe and the new Eastern partners – to which Italy has recently joined – whose differences over immigration and asylum policies seem irreconcilable. To these two schisms, which threaten to paralyze the Union and render it irrelevant, a third party is added, which is breaking cohesion within its Member States: the existing one among those who increasingly claim for greater integration and those who yearn for turn to powerful and sovereign nation states, believing that regaining control of the economy and borders will magically scare away the specters of unemployment, growing inequality, the necessary reforms of the Welfare State, technological backwardness or the rise of China.
In short, both the trust between countries – the basis of European solidarity – and between the citizens of the different countries – who for decades shared country projects that passed unmistakably as part of Europe – have been damaged (and, with them, confidence in the European project). The European Union is made up of a diverse group of countries and its successive enlargements have not always been accompanied by an adequate deepening of cohesive policies, which has contributed to accentuate different divergences or fractures. Thus, as a consequence of the crisis, new constellations have emerged from countries grouped by common interests: between those who have suffered more and less from the crisis, or between debtors and creditors; fractures that are added to that of young people who do not find employment with pensioners who will need their contributions. It must also be borne in mind that the technological revolution will accentuate the differences between regions and cities, which are gradually becoming the most important references in terms of real convergence (or divergence). The policies of cohesion and convergence of the future probably do not have to go as much towards infrastructures as towards the enhancement of technological capacity and education.

The EU needs soul. In order to recover its legitimacy and promote the long-term adhesion of our citizens to the European project, the EU must develop a social and protective as well as a cultural dimension.
This is what President Macron has called “the Europe that protects.” Our Union must promote a new social contract that demonstrates to its citizens that, under their protection, globalization can be a source of opportunities and not only threats. This can be articulated in three initiatives: First, the EU must, in addition to promoting sustainable and sustained economic growth, develop its redistributive and stabilizing capacity through a budget for the euro zone. In short, if the Union does not provide inclusive growth and social welfare, we will not stop nationalism and xenophobia. European societies can only be opened if they are also cohesive. We have achieved peace, which should not be underestimated, but it is also necessary to recover economic prosperity and reduce the inequalities generated by the crisis. The departure of the EU from a country as important as Britain is a very bad news for all, no one will win with it. But the losses it generates will be distributed unevenly. The analyzes published by the government of London and the Bank of England confirm the gloomy forecasts about the strong negative impact of Brexit on the British economy, much greater than what its former partners will experience. While the United Kingdom starts a path full of risks and uncertainties, Brussels has managed to limit the damage of the separation to the minimum necessary. His departure has not generated imitators so far, nor do I think there will be in the future. Unlike. For the countries that remain in the EU, the negotiation with London has acted as an antidote to any centrifugal temptation. All of them, despite the deep discrepancies that they maintain in relevant areas of the political agenda, have remained cohesive supporting the negotiating team led by Michel Barnier.

It will not always be possible to achieve the agreement of all EU member countries to advance together and at the same time towards a higher level of integration in a specific area. The willingness to move forward in integration even at the price of doing so using the different channels available under the current legal framework is a possible option, but much more viable than maximalist approaches. The use of the “gateways” and the “enhanced cooperations” contemplated in the treaties opens the way to advance at different speeds, as is already being done in the Economic and Monetary Union, in the Schengen area and in other matters. The necessary conditions to use this resource and avoid paralysis in decision-making are two: on the one hand, to do so within the established legal and institutional framework; and on the other, always leave the door open so that countries that do not wish to get on the first speed at the beginning, may reconsider their position and be admitted to the vanguard group without vetoes or subsequent exclusions. There are still priorities of each country or group of countries, just as ideological differences are still present. The unemployment and the economic situation occupy the first place of the worries of the Spaniards or Greeks, but not of Germans or Czechs. The feelings of belonging to a European identity or citizenship are much more perceptible in some States than in others. The leaderships when showing the unequivocal will to support a politically relevant Europe, within our common borders and also facing the outside, are more fragile depending on the different ways of understanding the deep meaning of the European project, and also depending on the greater or lesser political fragility of the government at the national level. We must clearly defend the values, principles and reasons why we believe that the firm commitment to deepening integration is the best alternative to move towards a better future, given the enormous risks of trying to reverse a past of wars, confrontations and lack of freedoms in a good part of European territory. The dilemma between the fear of the future and the memory of the tragedies that brought the past to all Europeans must be expressed with clarity and determination, before it is too late. And given the depth of the current political crisis, addressing the situation in which we find ourselves is still a magnificent opportunity to relaunch the European project.

The process of decoupling between those who most and those who have suffered the least from the effects of the crisis, and those who have benefited most and least from the recovery with little inclusive growth, between the march of the economy and the march of society, has occurred in many, almost all, of European societies, with political effects such as the growth of populisms. Although there are differences between countries, more and more Europeans feel that their children will live worse, that they will have fewer opportunities and that they will have lower levels of social protection. This decoupling has been more marked in Southern societies, which leads to the following fracture. Many Europeans believe that the EU, far from protecting them against global trends, contributes to exacerbate them, amplifying their adverse effects instead of attenuating them. The EU, says the European Commission itself in its reflection on globalization, is perceived as part of the problem and not the solution. If you do nothing about it, if disparities in and between societies increase, the EU can fray. Recovering the concept of convergence can not mean going back to the times of predominance of the structural and cohesion funds, but moving towards much more concrete policies that take into account the differences in territories, the recovery of the technological backwardness in which it is necessary to invest , included in an education that has to be permanent, and getting the EU to act more and better in getting small and medium-sized companies – a general problem – to increase in size or at least be favored by specific European policies for them.

The challenges that will force to face the 4RT (Fourth Technological Revolution) are numerous. The ability of European economies to compete will depend not only on the ability to implement these new technologies and to place themselves at the level of their closest competitors. Due to the special characteristics of the European market and its integration process, the irruption of the new technologies included in this new revolution obliges us to consider the need for coordination.
Europe has accepted the challenge. Today there are many initiatives that seek to achieve these objectives. However, time runs and need presses. If Europe wants not only to maintain its economic and strategic position in a globalized world, but to be an important actor, it must not relent in the effort that the future demands of it.

The first defining feature of European migration policy is its fragmented approach. The resistance of the Member States to cede competences regarding the admission of workers imposed from the beginning a sectoral approach in which the legislative activity of the Commission was developed in a somewhat ad hoc manner, with proposals for specific directives to regulate the conditions of admission and residence of different groups of (workers) migrants. The difficulty to advance in a common regulation of entry and residence conditions increased as migration progressed with less to more economic content, and from more to less qualification. A second defining feature of European migration policy is the ineffectiveness of the Mobility Agreements, one of the major challenges of the Global Approach on Migration and Mobility launched in 2011 to make the 2005 Global Approach to Migration more operational. Mobility Agreements were presented as mechanisms to communitarize the management of flows from the establishment of a more equal relationship between the countries of origin and the Union. Fundamentally, the aspiration was to encourage the opening of legal channels through the implementation of Visa Facilitation Agreements, in exchange for the conclusion of Readmission Agreements that would allow a more effective fight against irregular immigration. Finally, the third defining feature of European migration policy is the incoherence between the commitment to maximize the positive impact on the development of countries of origin derived from migration and mobility, on the one hand, and the option for negative conditionality , as well as the absence of real circular migration programs, on the other hand. European integration has often advanced with failures. However, in a current political situation it is necessary to rethink which strategies minimize these risks without compromising our fundamental values. In this sense, instead of proposing an ambitious Global Approach for migratory management, which disproves itself day by day, a more promising strategy could consist of: 1) maintaining a low profile in relation to the determination of the conditions of admission for migrants who are not applicants for international protection; 2) strengthen, in the meantime, residence rights, equalization of working conditions, non-discrimination policies, and the creation of gateways between different migratory status (from family reasons or studies to economic ones, especially), as well as the real possibilities of circulation for those who are already here.
At the same time, the Commission must neither renounce being a promoter and serve as an incentive for political innovation, supporting and guiding the States in the possibilities and advantages of a more flexible migration management.

The first set of energy and climate measures in the European Union dates back to March 2007, when, in order to meet the commitments made during the Kyoto Protocol, the European Union agreed on an ambitious energy and climate integrating strategy called 20 -20-20. In particular, this set of measures is committed to transforming Europe into a sustainable, low-carbon, competitive and inclusive economy. So, it is proposed for the year 2020:
• Reduce GHG emissions by 20 percent (relative to 1990 levels).
• Achieve that 20 percent of the final energy comes from renewable energies.
• Improve energy efficiency by 20 percent.

The main objectives of the framework for 2030 established by the Commission are the following:
• Reduce the GHG emissions of the Union by 40 percent with respect to 1990 values (binding target for the European Union).
• Increase the share of renewables above 27 percent as a binding objective at European level.
• Improve energy efficiency by at least 27 percent.
• Support the achievement of the internal energy market by increasing electricity interconnections between states by 15 percent.
Finally, following the efforts made by the European Commission in terms of energy and climate and to meet the objectives of the Paris agreement, on November 30, 2016, the last legislative package called “Clean energy for all Europeans” was agreed ( European Commission 2016). This new proposal, popularly known as the winter package, includes three fundamental objectives:
• Prioritize energy efficiency with a goal of at least 32.5 percent.
• Lead globally in the field of renewable energies with a new binding target of 32 percent of energy from clean sources.
• Convert consumers into fully active players in energy convergence.

Although the European Union is moving steadily towards the ambitious targets set for 2020 in terms of reducing GHG emissions, the participation of renewable energies in the mix of electricity generation and the implementation of improvements in the intensity of energy use thanks to a Increasing the efficiency of buildings, industrial processes and vehicles, it is absolutely necessary to give priority to a European regulatory framework that allows for structural changes in all Member States through a cohesive governance mode. Therefore, only the correct European integration will allow us to overcome the challenges of the energy sector in the long term and to move towards a more competitive and sustainable economy, guaranteeing Europeans a safe energy, at a reasonable price and respectful with the climate.

The monetary union is the embodiment of the greatest ambition of the European integration process. In these first twenty years of existence, the euro has not managed to fulfill the aspiration of becoming an instrument of generating prosperity for the citizens of all its member states. Even so, it still has significant public support and the conviction of a large part of the political forces that it is the best alternative to face the challenges of technology, inequality and the decreasing weight of Europe in the global economy.
The crisis of 2010-2013 was not only a sample of the capacity for self-destruction of the EMU due to the lack of internal political cohesion. It activated the forces of real divergence between the big economies, increasing the financial and social burdens of the countries that suffered the most and feeding the virtuous spirals in the countries that benefited. The serious situation in Italy is the product of the combination of the sevicias of the crisis and the institutional and political weaknesses of the country. The solution to the Italian crossroads will be extremely difficult, if you insist on applying the same approach and the same instruments used during the crisis. The most urgent thing is to protect the effectiveness and unity of the single monetary policy. But the decisive step will be to open the path of the Fiscal Union. Not because of its immediate economic effects, but because of its impact on credibility. In the end, trust in money or fiscal sustainability depends on the perception that agents have of the future.
The dilemma is between leaving the sustainability of the euro at the risk of negative shocks that will hit us again, sooner or later, or take the reins and complete the reforms initiated (which are very significant) to take advantage of the potential for generating prosperity of this bold political innovation that is the monetary union.

The ECB is not just another bank. Unlike the United States, it is an incomplete monetary economic union, without a European public treasury with full fiscal powers, without a secure European asset, without a real banking union with a European deposit guarantee system, and without credible fiscal support. for the bank resolution fund, which helps to break the vicious circle between bank risk and sovereign risk. All this means that the future of the ECB is very much conditioned by the progress that is being made on these fronts to complete the architecture of the EMU. The ECB has been the most decisive European institution to overcome the Great Recession in Europe and has emerged clearly reinforced after the crisis. Not only has it demonstrated its ability to deploy and operate non-conventional tools. «Whatever it takes». With only three words, already recorded in the history of the ECB, has also shown that it is willing to do everything necessary to ensure the stability and survival of the euro zone.
The net balance is positive. The euro zone has recovered the path of growth and inflation is closer to its goal. However, it is clear that the conditions in which the ECB has operated have not been optimal. With another EMU design, better results could have been achieved much earlier. The sovereign debt crisis led to a second recession, which other economies like the United States. They did not suffer. The ECB had to face the risk of breaking the euro with the announcement in 2012 of the program of Monetary Transactions for the purchase of public debt in the secondary market (UNWTO) of countries under conditionality. Although the second recession began to generate signs of unbalancing of inflation expectations in 2013, the ECB expected to begin the asset purchase program in 2015. One of the criticisms of the ECB’s monetary policy is whether this quantitative easing should have started earlier, so that the withdrawal of monetary stimulus would not have started so late with respect to the Fed.
After the Great Recession, the future challenges of the new ECB are not minor. Debates as important as if you should increase your inflation target in an environment of lower equilibrium interest rates, the size of your balance sheet, the response to future bubbles, the interrelation between monetary and fiscal policy, the issuance of a digital currency , or their democratic legitimacy are in the background when what is at stake are the necessary advances in European integration to face the future successfully. With fragmented markets among the members of the eurozone, the transmission mechanism of monetary policy will still not work properly. Only when Europe has completed its fiscal, banking, economic and political union will the new ECB be able to deploy its monetary policies as effectively as other central banks. The question is whether the Union will be able to lead a critical mass of like-minded countries to protect the system from the onslaught of its former promoter. This will not be easy, because trade works through global supply chains that include thousands of US companies and uses the dollar as the central currency. But the European Union has no choice. Protectionism and nationalism not only threaten world trade: they threaten the sustainability of the liberal order, whose collapse can be the death sentence of the European Union, defined by other less hostile US presidents as “a historical necessity”, a “moral success” »,« The best ally for peace and prosperity »and« one of the great achievements of the history of mankind ».

It is impossible, at the time of concluding this text, to predict what the final outcome of the Brexit tragicomedy will be. The exit agreement, and a future negotiation according to the lines marked in the Political Declaration, delimit one of the possible scenarios. However, given the difficulty that the British Parliament approves, other scenarios (such as a chaotic brexit without agreement or even non-brexit) are still possible. The right that the Court of Justice of the European Union has granted to the United Kingdom to unilaterally withdraw Article 50 and stop the exit facilitates the last mentioned scenario.
In either case, the issues addressed will be the central issues that mark the agenda of any negotiation, or those that indicate the main problems of a non-negotiated exit. All this, regardless of who governs in the United Kingdom. At least something has made the brexit process very clear for the future: leaving the European Union is much more difficult than any supporter of abandoning it could ever have imagined. Europe must not and can not try to stop the process of mutation of the world order. There is no going back in time. The speeches that directly or indirectly proclaim it are woven with nostalgia and doomed to failure. Europe can not ignore the struggle for its ideals, nor can it shun it under the pretext of more urgent businesses. Because without addressing the well-being of our societies, our deep culture, they will continue their flight from the continent. And it is urgent. Comfort or laziness would lead to a fatal spiral. Europe can, and should, strive to shape these changes to preserve the fundamental values of liberalism and ensure its survival in this new era. That wake-up call must and can be at the center of Europe’s focus on its relations with Trump’s United States, and beyond.

In short, there are many dimensions of the monetary union that we still have to complete to make the project more solid. It is true that the process of European construction has advanced from the solutions adopted in the face of crises, but it has always done so on the basis of broad citizen support for the project. Now we have seen that the absence of adequate mechanisms to face a crisis as powerful as the one lived can leave scars that end up generating distrust in the common project. We must combine the will and the ability to face the challenges that lie ahead and increase the resilience of EMU in the face of disturbances, in order to prevent a new crisis from eroding the political and institutional capital that this common project holds. of peace and prosperity.

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