La Pachamama Y El Humano — Eugenio Raúl Zaffaroni / The Pachamama And The Human Being by Eugenio Raúl Zaffaroni (spanish book edition)

Un libro de reflexión. La pregunta fundamental. La vida. ¿Qué ha hecho el humano hasta ahora para responder? El humano no ha respondido adecuadamente aún sobre cómo ha venido tratando a la Pachamama. En lugar de lograr el equilibrio para llegar a una paz eterna, ha hecho todo lo contrario. Las guerras, la fabricación de armas, la expoliación y explotación de la naturaleza hasta el hartazgo, no han hecho más que promover un mundo de ricos, pobres, hambrientos, esclavos… de razas “superiores y civilizadas” y de “inferiores y salvajes”. Las religiones tampoco han logrado el equilibrio necesario ni el respeto a la vida, no sólo de los seres humanos sino de todo lo existente. Al contrario, elaboraron instituciones y categorías discriminadoras y crueles: inquisiciones, santos y pecadores, impíos y genuflexos, ricos y hambrientos… “La guerra suicida la emprendió una cultura, no la cultura”.

Desde la tradición griega hasta el presente se cruzan dos posiciones: o bien los humanos somos unos convidados más a participar de la naturaleza o ésta se creó para nuestro habitat y, por ende, disponemos del derecho sobre ella (administradores, propietarios, con diferente intensidad de derechos). Aristóteles y los estoicos estuvieron del lado de la naturaleza en espera del humano y los epicúreos del otro, en especial Lucrecio en su De rerum natura. Es interesante observar que pese al presupuesto de que los animales son inferiores, el humano les atribuyó virtudes y defectos propios y exclusivos de él. La torpeza del asno, la fidelidad del perro, la nobleza del caballo, la satanidad del gato, la abyección del cerdo, etc. son valoraciones humanas conforme a las que se jerarquizó a los animales (coronando heráldicamente al oso primero y al león más tarde), que permanecen vigentes para injuriar o exaltar a otro humano, en tanto que los animales, por supuesto, no se han dado por enterados. En la Edad Media y hasta el Renacimiento –es decir, entre los siglos XIII y XVII– fueron frecuentes los juicios a animales, especialmente a cerdos que habían matado o comido a niños, lo que unos justificaban pretendiendo que los animales –por lo menos los superiores– tenían un poco de alma mientras otros lo negaban, aunque insistían en sostenerlos en razón de la necesidad de castigo ejemplar. Sea como fuere se ejecutaron animales y hasta se sometió a tortura y se obtuvo la confesión de una cerda. Los tribunales citaban y sancionaban con excomunión a sanguijuelas, ratas y otras plagas. La diferencia con lo sucedido a partir del siglo XIII con los procesos a animales es que, aprovechando la intuición de la época, el chivo expiatorio era a veces verdaderamente el animal, con lo cual se evitaba que la pena recayese siempre sobre el humano o que se difundiese y fuese a dar contra otro humano.
Cuando se excomulgaba a las ratas o a las plagas, el acto formal y público mostraba que el poder hacía todo lo posible para sancionar a los responsables y, de ese modo, se evitaba que el malestar de los cultivos arrasados y de la hambruna consiguiente se derivase contra el señor o los príncipes. Éstos reafirmaban su autoridad incluso sobre los animales y al mismo tiempo eludían el peligro de que la venganza cayese sobre ellos.
Cuando se ejecutaba a la cerda que había matado a un niño, se evitaba que la pena recayese sobre la madre negligente…

No ha cambiado tanto nuestra sensibilidad, hoy los animales no son aptos como chivos expiatorios del poder punitivo, sino los humanos inferiores y salvajes, los negros y latinos en los USA y los inmigrantes en casi toda Europa.
Lo que ha cambiado es que el animal no es hoy en nuestra sociedad un chivo expiatorio idóneo, por lo menos en forma abierta. ¿Por qué el animal perdió a nuestros ojos los caracteres que lo hacían chivo expiatorio en la Edad Media y en el Renacimiento? Sencillamente porque al mismo tiempo que se le reconocieron derechos al humano, en el sentido moderno del término, se le negaron rotundamente al animal y para eso fue necesario dejar de penarlos, pues constituía una contradicción insalvable.

El ecologismo jurídico en general reconoce al medio ambiente la condición de bien jurídico y como tal lo asocia a lo humano por la vía de los bienes colectivos o bien de los derechos humanos, no faltando autores que directamente dan por presupuesto que se vincula a la protección de la vida humana, lo que también parece ser compartido por la mayoría de los penalistas. La propia tutela constitucional del medio ambiente seguía claramente la tradición de considerarlo como un derecho humano. Puede decirse, pues, que el ecologismo jurídico es en realidad un ambientalismo jurídico, donde campea la idea de que el medio ambiente sano es un derecho del humano.
De todas formas, para algunos penalistas esta referencia a la titularidad humana presenta algunos problemas, como por ejemplo, que la afectación al humano no es presente, sino respecto de personas que aún no existen, como son las generaciones futuras, lo que los lleva a pensar en bienes jurídicos diferentes de los conocidos hasta la creación de estos tipos penales, aunque nunca desvinculados de lo humano. La cuestión ecológica no sólo centró la atención de los científicos, sino también de los teóricos de la ecología, planteándose una suerte de divisoria de aguas entre:
(a) una ecología ambientalista, que sigue considerando que el humano es el titular de los derechos y que si bien puede reconocer obligaciones de éste respecto de la naturaleza, no corresponde asignar a ésta el carácter de titular de derechos;
(b) y una ecología profunda –deep ecology– que le reconoce personería a la naturaleza, como titular de derechos propios, con independencia del humano.
Esta ecología profunda se distancia del ambientalismo y gana adeptos entre los científicos y también entre los teóricos que disputan en el campo de la ética. En realidad los científicos y los filósofos son pensadores provenientes de diferentes campos que confluyen en la ética.

La Pachamama es una deidad protectora –no propiamente creadora, interesante diferencia– cuyo nombre proviene de las lenguas originarias y significa Tierra, en el sentido de mundo. Es la que todo lo da, pero como permanecemos en su interior como parte de ella, también exige reciprocidad, lo que se pone de manifiesto en todas las expresiones rituales de su culto.
Con ella se dialoga permanentemente, no tiene ubicación espacial, está en todos lados, no hay un templo en el que vive, no tiene una morada porque es la vida misma. Si no se la atiende cuando tiene hambre o sed, produce enfermedades. Sus rituales, justamente consisten en proporcionarle bebida y comida (challaco). Pachamama es la naturaleza y se ofende cuando se maltrata a sus hijos: no le gusta la caza con armas de fuego. Aparecen acólitos o descendientes de ella en forma de enanos que defienden a las vicuñas en las serranías y a los árboles en las selvas. No impide la caza, la pesca y la tala, pero si la depredación, como buena reguladora de la vida de todos los que estamos en ella. Pacha les permitió vivir, sembrar, cazar (aunque no en tiempos de veda), construir sus terrazas para aprovechar las lluvias, y les enseñó a usar de la naturaleza, es decir de ella misma –que también somos nosotros–, pero en la medida necesaria y suficiente. Gaia llega de Europa y la Pachamama es nuestra, pero esos son sólo nombres de la Tierra, en la que no sólo estamos, sino de la cual formamos parte. Se trata de un encuentro entre una cultura científica que se alarma y otra tradicional que ya conocía el peligro que hoy le vienen a anunciar y también su prevención e incluso su remedio.

La devastación del capitalismo imperialista ha unido, no sólo por el espanto sino también por provenir de cosmogonías resistentes comunes, el discurso ecologista de preservación de la biodiversidad latinoamericana y las rebeliones populares que buscan vociferar la rabia de los marginados, los vilipendiados y los olvidados. Así, la lógica campesina y comunitaria, subalternizada durante más de cinco centurias, impone una racionalidad productiva sostenible con la naturaleza, porque al tiempo que asegura el alimento a las presentes generaciones debe garantizar la subsistencia de los que vendrán.

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A book of reflection. The fundamental question. Life. What has the human been doing until now to respond? The human has not responded adequately yet about how he has been treating the Pachamama. Instead of achieving balance to reach an eternal peace, he has done the opposite. The wars, the manufacture of weapons, the plundering and exploitation of nature until the satiety, have done nothing but promote a world of rich, poor, hungry, slaves … of races “superior and civilized” and “inferior and wild”. Religions have not achieved the necessary balance or respect for life, not only of human beings but of everything that exists. On the contrary, they elaborated discriminating and cruel institutions and categories: inquisitions, saints and sinners, impious and genuflex, rich and hungry … “The suicide war was waged by a culture, not by culture”.

From the Greek tradition to the present two positions are crossed: either humans are invited more to participate in nature or this was created for our habitat and, therefore, we have the right over it (administrators, owners, with different intensity of rights). Aristotle and the Stoics were on the side of nature waiting for the human and the Epicureans of the other, especially Lucretius in his De rerum natura. It is interesting to note that despite the assumption that animals are inferior, humans attributed virtues and defects that are their own and exclusive to them. The clumsiness of the donkey, the fidelity of the dog, the nobility of the horse, the cat’s satanity, the abjection of the pig, etc. they are human valuations according to which the animals were hierarchized (heraldically crowning the bear first and the lion later), which remain in force to insult or exalt another human being, while the animals, of course, have not been taken for granted. aware. In the Middle Ages and until the Renaissance-that is, between the thirteenth and seventeenth centuries-animal trials were frequent, especially pigs that had killed or eaten children, which some justified by pretending that animals-at least superiors- had a bit of soul while others denied it, although they insisted on supporting them because of the need for exemplary punishment. In any case, animals were executed and even subjected to torture and the confession of a sow was obtained. Courts cited and sanctioned leeches, rats and other pests with excommunication. The difference with what happened from the thirteenth century with the processes to animals is that, taking advantage of the intuition of the time, the scapegoat was sometimes truly the animal, which prevented the penalty always fall on the human or it spread and it was going to hit another human.
When the rats or pests were excommunicated, the formal and public act showed that the power was doing everything possible to punish those responsible and, in this way, the discomfort of the devastated crops and the resulting famine was avoided. against the lord or the princes. They reaffirmed their authority even over animals and at the same time avoided the danger of revenge falling on them.
When the sow that had killed a child was executed, the punishment was prevented from falling on the negligent mother …

Our sensibility has not changed so much, today animals are not suitable as scapegoats of punitive power, but inferior and savage humans, blacks and Latinos in the USA and immigrants in almost all of Europe.
What has changed is that the animal is not today in our society a suitable scapegoat, at least in an open manner. Why did the animal lose to our eyes the characters that made it a scapegoat in the Middle Ages and in the Renaissance? Simply because at the same time human rights were recognized, in the modern sense of the term, the animal was denied outright and for that it was necessary to stop punishing them, since it constituted an insurmountable contradiction.

Legal environmentalism in general recognizes the environment as a legal asset and as such associates it with the human through the collective goods or human rights, not missing authors who directly give a budget that is linked to the protection of human life, which also seems to be shared by most criminal lawyers. The constitutional protection of the environment itself clearly followed the tradition of considering it as a human right. It can be said, then, that legal environmentalism is really a legal environmentalism, where the idea that the healthy environment is a right of the human being resides.
Anyway, for some criminal lawyers this reference to human ownership presents some problems, such as, for example, that human involvement is not present, but rather regarding people who do not yet exist, such as future generations, which leads them to think of legal assets different from those known until the creation of these criminal types, although never disconnected from the human. The ecological issue not only focused the attention of scientists, but also of the theorists of ecology, considering a kind of watershed between:
(a) an environmentalist ecology, which continues to consider that the human being is the owner of the rights and that although it can recognize its obligations with respect to nature, it is not appropriate to assign the nature of rights holder;
(b) and a deep ecology -deep ecology- that recognizes nature as nature, as the owner of its own rights, regardless of the human being.
This deep ecology distances itself from environmentalism and gains acceptance among scientists and also among the theorists who dispute in the field of ethics. In fact, scientists and philosophers are thinkers from different fields that converge in ethics.

The Pachamama is a protective deity – not properly creative, interesting difference – whose name comes from the original languages and means Earth, in the sense of the world. She is the one who gives everything, but because we remain inside her as part of her, she also demands reciprocity, which is evident in all the ritual expressions of her cult.
With it there is a permanent dialogue, it has no spatial location, it is everywhere, there is no temple in which it lives, it does not have a dwelling because it is life itself. If it is not attended to when it is hungry or thirsty, it produces diseases. Their rituals, just consist of providing drink and food (challaco). Pachamama is nature and is offended when he mistreats his children: he does not like hunting with guns. Acolytes or descendants of her appear in the form of dwarves who defend the vicuñas in the mountains and the trees in the jungles. It does not prevent hunting, fishing and logging, but it does prevent predation, as a good regulator of the lives of all of us in it. Pacha allowed them to live, sow, hunt (although not in times of closure), build their terraces to take advantage of the rains, and taught them to use nature, that is to say of herself, which is also us, but to the extent necessary and sufficient. Gaia comes from Europe and the Pachamama is ours, but those are only names of the Earth, in which we are not only, but of which we are a part. It is a meeting between a scientific culture that is alarmed and another traditional one that already knew the danger that today they come to announce and also its prevention and even its remedy.

The devastation of imperialist capitalism has united, not only for the fright but also for coming from common resistant cosmogonies, the ecologist discourse of preservation of the Latin American biodiversity and the popular rebellions that seek to rage the rage of the marginalized, the vilified and the forgotten. Thus, the rural and community logic, subalternized for more than five centuries, imposes a sustainable productive rationality with nature, because while ensuring food for the present generations, it must guarantee the subsistence of those who will come.

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