La Guerra Más Larga De La Historia — Lola Venegas & Isabel M. Reverte & Margó Venegas / The Longest War In History by Lola Venegas & Isabel M. Reverte & Margó Venegas (spanish book edition)

Seamos claros, no existe la sociedad perfecta, es un interesante libro entre ensayo y novela y donde debemos preguntarnos si el tiempo dirá si estamos ante un momento nuevo o si la intolerancia contra la violenta discriminación de la mitad de la humanidad es una tendencia, mainstream, como preferirán algunos, para consumo de oportunistas. Ojalá haya más de lo primero que de lo segundo, porque la rotunda verdad de la violencia, sistemática, universal, contra las mujeres ya no admite componendas. En todas las sociedades, incluidas las que se tienen por más avanzadas, se ha ejercido a lo largo de la Historia, y se ejerce en nuestros días, una violencia sistemática sobre la mitad de la población. Violencia física, pero también muy diversas y sutiles formas de violencia cultural y estructural practicadas sobre niñas y mujeres.
A través de los siglos y de todas las geografías puede narrarse una crónica de la infamia, de la opresión y de la desigualdad. Una crónica cuyos rostros más visibles son los actos de violencia física y sexual: las violaciones, los asesinatos machistas, el maltrato, la esclavitud sexual, los matrimonios forzados, la trata, los infanticidios de niñas, los castigos físicos a las insumisas…
Son violencia cultural las tradiciones que hieren a las mujeres, como la obligación del uso del velo islámico, la penalización del aborto, la educación en la desigualdad, el talento silenciado en la ciencia, el arte o la literatura, las sentencias judiciales que culpabilizan a la víctima, los cánones de la moda, los estereotipos sobre la belleza… Pero hay también una violencia estructural, quizá la más difícil de erradicar, construida a partir de todo aquello que impide a las niñas y a las mujeres su plena realización, que limita su desarrollo y que genera subordinación y exclusión en ámbitos como la política, el trabajo o la creación artística. Violencia estructural que permite que una parte —la mitad de la población— se beneficie siempre en detrimento de la otra mitad.

Las numerosas formas de la violencia contra las mujeres han de vincularse directamente al patriarcado, el sistema de organización social, común a todas las sociedades —aunque se presente de diferentes maneras—, basado en la dominación masculina sobre las mujeres. Un dominio por el cual los hombres, que han configurado el mundo a su medida, poseen el poder político y económico en todas sus manifestaciones. Este dominio, como ya hemos dicho, exige la previa devaluación y subordinación de las mujeres, así como su consentimiento en el control de su sexualidad, ya sea de forma pacífica o mediante el ejercicio de la violencia.
El uso de la violencia contra las mujeres ha sido legitimado por las construcciones culturales del patriarcado (construcciones que son otra forma de violencia), que las convierten en inferiores, necesariamente sometidas a la superioridad del hombre al que deben sumisión y obediencia. En todas las culturas, las mujeres son educadas para obedecer a los hombres. La legitimación de la inferioridad de las mujeres y, con ella, de la violencia, tiene un largo desarrollo entre numerosos autores y pensadores. Para Aristóteles, la mujer es «un varón deforme»; Cervantes las calificaba de «animal imperfecto»; Quevedo escribió que la mujer «es buena cuando está en la sepultura»; Rousseau defendía para las niñas una educación basada en la obediencia, la castidad y la sumisión, y opinaba que «la mujer está hecha especialmente para complacer al hombre»; Nietzsche aconsejaba llevar un látigo para tratar con mujeres, y Schopenhauer creía que «solo infundiéndoles temor puede mantenerse a las mujeres dentro de los límites de la razón». Sin olvidarnos de Hegel, para quien las mujeres, a las que excluye de la ciudadanía, deben vivir solo para la familia y para el varón: «En el hijo, la madre ha traído al mundo a su señor».

Las religiones monoteístas, a través de la Biblia y del Corán, definieron muchos de los mitos y símbolos que han servido para justificar la inferioridad y la subordinación de las mujeres. Las leyes regulan, desde hace al menos 4.000 años, la sexualidad y la capacidad reproductiva de las mujeres. De esa regulación, de la intervención del Estado en el cuerpo de las mujeres, quedan claros testimonios en la penalización del aborto, responsable de 25 millones de abortos inseguros al año, o en las leyes y sentencias judiciales que convierten a la mujer en sospechosa cuando no en culpable. Todo ello sin olvidar el peso de tradiciones aberrantes, como, entre otras, la de la ablación, que mutila cada año a tres millones de niñas. Tradiciones y costumbres que han convertido a la mujer en un ser sucio, necesitado de operaciones de purificación, y que someten su cuerpo a dolorosos rituales. El planchado de pechos en Camerún, las novias temporales de Kenia o el engorde de niñas en Mauritania son solo algunas de ellas. La creación de la mujer a partir de la costilla de Adán es un símbolo que consolida la inferioridad de las mujeres porque el hombre fue creado primero, a imagen de Dios, y porque la mujer fue, según el Génesis, creada desde el hombre y para el hombre. Este símbolo ha permitido sostener que «el hombre es reflejo e imagen de Dios […], pero la mujer es reflejo del hombre» (san Pablo), que «la mujer se mantenga en silencio, porque Adán fue tomado primero y Eva en segundo lugar», o que «la mujer no fue más que un añadido del hombre» (Calvino).

Lamrabet realiza una lectura contextualizada del Corán mediante la cual intenta corregir lo que ella llama «estereotipos sobre el islam y la mujer», interpretaciones erróneas masculinas que fueron realizadas «hace muchos siglos y que no tuvieron en cuenta el mensaje espiritual» del Corán. En unas declaraciones a la Agencia Efe, la autora reconocía que dichas interpretaciones fueron realizadas por hombres influidos por las costumbres y la cultura de su tiempo, por lo que en otros momentos históricos pueden dar lugar a situaciones de discriminación de la mujer.
Para la escritora marroquí, los teólogos clásicos no creen en la igualdad:

… dicen que el islam ha dignificado a la mujer, pero es un discurso paternalista que la infantiliza. Dicen que el hombre tiene que proteger a la mujer porque esta «es una flor y una joya», pero yo nunca he visto que el Corán diga que la mujer es una joya o una flor que debamos proteger. He descubierto en el Corán un discurso igualitario.
Lamrabet denuncia que de «la totalidad de los 6.236 ver­sículos [del Corán], la visión tradicionalista ha basado toda su exégesis en solo seis versículos que se han convertido en el marco referencial de la lectura patriarcal y a partir de los cuales se ha interpretado toda la relación entre hombres y mujeres». Por el contrario, ella defiende una lectura progresista, reformista y despolitizada para dar un nuevo enfoque al tema de las mujeres en el islam a través de la deconstrucción de la ortodoxia musulmana, que ya no funciona en nuestros días.

Una constante en las teólogas de la liberación y en las teólogas feministas latinoamericanas es su denuncia de la pasividad de la Iglesia frente a la miseria y la pobreza del continente, la connivencia con Gobiernos corruptos y dictatoriales, la doble moral de la Iglesia que no se pronuncia sobre la violación de niñas, pero sí sobre el control de natalidad, etc. Como bien nos recuerda la teóloga uruguaya Gladys Parentelli, en numerosos foros, las teólogas feministas han rechazado «las estructuras patriarcales, machistas y antievangélicas que se dan en las Iglesias cristianas, especialmente en la católica».

Customizaciones, transformaciones que cambian cuerpos, que violentan cuerpos de mujeres para que cumplan los ideales de belleza creados por la tradición y, hoy, por la publicidad y la industria. En el pasado fueron, entre otras, las torturas sobre los pies de millones de mujeres chinas. Hoy se convence a las mujeres, de manera cruel y obsesiva, de que su cuerpo es feo y de que solo las dietas eternas, el gimnasio y la cirugía pueden redimirlo. Millones de operaciones quirúrgicas (más de 23 millones en 2016) cambian cada año el rostro y el cuerpo insatisfecho de las mujeres. El bisturí uniformiza mujeres, customiza sus cuerpos. La publicidad, las pasarelas y la moda bordean lo admisible y juegan al equívoco con las niñas, nuevas Lolitas para consumo de mirones. En otras geografías, las siniestras telas del burka borran y ocultan el rostro y el cuerpo de las mujeres. Las llamadas «mujeres jirafa», de la etnia kayan, alargan artificialmente el cuello mediante la progresiva colocación de anillos de latón. El primero, cuando las niñas tienen cinco años; los siguientes se suman anualmente hasta que cumplen los 12. La longitud del cuello depende del número de anillos: existen registros de alguna mujer que alcanzó los 25 centímetros usando 27 anillos, y en las fotografías de las webs de las agencias de viajes puede apreciarse cómo la mayoría de las adultas suman más de 20. Estos nunca se retiran del cuello; con ellos duermen, trabajan y se lavan durante toda su vida.
En realidad, el alargamiento del cuello es una ilusión óptica. El peso de los anillos —no menos de cinco kilos, que en ocasiones pueden doblarse— presiona hacia abajo las clavículas, los hombros y la cavidad de las costillas, y crea la falsa impresión de un cuello más estilizado.
Al parecer, los antepasados de las mujeres jirafa llegaron a la antigua Birmania, hoy Myanmar, hace 2.000 años, procedentes del desierto de Gobi (Mongolia). Más tarde fueron desplazados hacia el Estado de Kayah, al este del país, para instalarse después, en los años ochenta y noventa del siglo XX, al norte de Tailandia, huyendo de la guerra civil. Hoy son un atractivo turístico que explotan las agencias de viajes. Cuanto más largo era el cuello, mayor era el atractivo de las mujeres kayan para los hombres de su etnia. Y la presencia de anillos —que originariamente fueron de oro— era además una señal de estatus: la mujer kayan, un objeto más entre las posesiones de los hombres del grupo. Hoy, probablemente, las razones por las que esta tradición se conserva son solo económicas.

(Pies de Loto – China) Las vendas y las ataduras han deformado durante siglos los pies de millones de niñas y mujeres chinas, condicionando toda su existencia. La práctica, que se remonta a la dinastía Song (siglo X) y se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, consistía en atar fuertemente los dedos, doblándolos y comprimiéndolos bajo las plantas. Imposible conseguir resultados sin quebrar los huesos de los dedos y sin forzar salvajemente el arco del pie.
Las mujeres chinas padecieron, a causa de esta práctica, terribles dolores. El proceso empezaba en la primera infancia y continuaba durante años. Se obtenía así un pie de tamaño muy pequeño, deforme, que exigía muchos cuidados y condicionaba radicalmente la vida diaria de estas mujeres. Las infecciones eran muy frecuentes —casi inevitables— y las dificultades para caminar provocaban lesiones y patologías en caderas y piernas. La costumbre, que empezó en las clases altas y se extendió después a las zonas rurales, no estaba necesariamente vinculada a la satisfacción de fantasías eróticas. Según la antropóloga Laura Bossen, la práctica del vendado respondía a una razón económica: las niñas y jóvenes eran obligadas de esta forma a permanecer todo el día sentadas, hilando, tejiendo, arreglando redes y otros enseres, y contribuyendo así, sin mucha capacidad de elección, a la economía familiar.

La última palabra sobre esos zapatos que no están hechos para caminar aún no se ha escrito. En 2017 las ventas de los zapatos de altísimo tacón descendieron un 12 % y al tiempo subieron un 37 % las de las zapatillas deportivas. Las grandes firmas de la moda empiezan a incluir deportivas, zapatos planos y bailarinas en sus colecciones. Y algunas actrices hacen también gestos para reivindicar su derecho a pasear la alfombra roja llevando en los pies lo que les venga en gana.

Circula por la red el caso de una cadena de gimnasios de Brasil que en su campaña de publicidad preguntaba: «¿Este verano qué quieres ser, ballena o sirena?». Al parecer, una mujer de São Paulo envió a la empresa (Runner) un mensaje en el que decía: «Las ballenas están siempre rodeadas de amigos. Tienen una vida sexual activa, se embarazan y tienen ballenitas de lo más tiernas. Las ballenas amamantan. Son amigas de los delfines y se lo pasan bien comiendo camarones. También se lo pasan bien jugando en el agua y nadando por ahí, surcando los mares, conociendo lugares maravillosos, como los hielos de la Antártida y los arrecifes de coral de la Polinesia… Las sirenas no existen. Si existieran, vivirían en permanente crisis existencial: ¿soy un pez o soy un ser humano? […]. Son bonitas, sí, pero tristes y solitarias […]. Prefiero ser ballena». El negocio es el negocio. Y se estima que el de los concursos de misses infantiles mueve en Estados Unidos 1.000 millones de dólares al año. Los promotores obtienen hasta 100.000 dólares por cada evento. Y no son los únicos, porque en torno a los concursos infantiles se ha desarrollado una industria que incluye a modistos, consultores de imagen, fotógrafos, preparadores y un largo etcétera.
También para los padres es un aliciente la promesa no solo de dinero, sino, sobre todo, de éxito. Eden Wood (13 años en 2018), la concursante más famosa de Estados Unidos, había ganado a los seis años 300 concursos de belleza, tiene una muñeca con su nombre y ya ha escrito sus memorias. De la niña que tenía que haber sido no hay noticias.
La industria del entretenimiento, como la de la moda y la publicidad, hace negocio al tiempo que explota indecentemente el cuerpo de las niñas. En todos esos ámbitos se usan sus cuerpos para comercializar el deseo y vender artículos, denuncia Henry Giroux. Y añade: «Lo que conecta el mundo de los concursos infantiles de belleza con el mundo de la publicidad y de la moda es que enseñan a las niñas a convertirse en mujeres en pequeño, mientras a las mujeres se les enseña a asumir las identidades de niñas abandonadas e impotentes».

El velo de la mujer judía era símbolo de distinción y lujo, es decir, añadía dignidad y superioridad a las mujeres que de por sí ya eran nobles. Si una mujer era acusada de infidelidad, era obligada a quitarse el velo. Actualmente, las mujeres judías también se cubren el pelo para entrar en las sinagogas, y en las ultraortodoxas sectas jasídicas las mujeres rapan su pelo y usan peluca.
En el catolicismo, recuerda Pintos, el velo cubre a las monjas. Las cartas de Pablo a los Corintios están llenas de citas en esta dirección: «Si una mujer no se cubre la cabeza, que se corte el pelo. Y si es afrentoso para una mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra. El hombre no debe cubrirse la cabeza, pues es imagen y reflejo de Dios; pero la mujer es reflejo del hombre. La mujer debe llevar sobre la cabeza una señal de sujeción». Y así sigue siendo.

Como en Irán, también en Arabia Saudí algunas mujeres han mostrado en las redes sociales su rechazo a la imposición de una vestimenta que las quiere hacer invisibles y las esconde a otros ojos que no sean los de su familia. El pasado noviembre algunas usuarias de Twitter iniciaron la protesta con el lema #Abaya-del-revés acompañado de fotografías en que la túnica se muestra con las costuras hacia fuera. Un gesto que puede parecer nimio pero que no lo es en un país en el que las mujeres son detenidas si no usan el sayón cuando están en público.
La imposición de la abaya es solo una más de las muchas que padecen las saudíes. El país ocupa el puesto 141 (de 144) en lo que a desigualdades de género se refiere, según un informe de 2016 del Foro Económico Mundial. Un puesto que el llamado Reino del Desierto se ha ganado a pulso. En Arabia Saudí la influencia de los líderes religiosos fundamentalistas obliga a las mujeres a tener un tutor —el padre, el esposo y, en ausencia de estos, el hijo—; jóvenes y adultas necesitan permiso de un varón para trabajar, estudiar o viajar. Y la segregación por sexos impera en todos los ámbitos públicos. Una oscura distopía financiada por el petróleo.

La violación es el más grave de los delitos contra la libertad sexual de las mujeres. Pero las muy diferentes formas que pueden adoptar el abuso y el acoso son también delitos contra su libertad, su dignidad y el derecho a decidir sobre su cuerpo. Delitos que se producen porque muchos hombres parecen ­suponer que tienen algún derecho de pernada sobre las mu­jeres.
El término «abusos» es un gran cajón de sastre. Abusos son, desde el punto de vista legal en países como España, las violaciones en las que no se ha demostrado violencia. Para las mujeres son abuso y acoso cientos de situaciones que a lo largo de su vida experimentan, probablemente, todas las mujeres.
Abuso es ser obligada a contemplar los genitales de un hombre (el Código Penal español lo considera falta administrativa, y solo es delito si el exhibicionismo lo es ante menores o discapacitados), los extraños achuchones en el transporte público, el manoseo en las abigarradas fiestas populares, los besos que no se quieren, las manos que se posan en sitios para los que no se ha obtenido permiso… El 12 % de las europeas (22 millones) y el 20 % a nivel mundial ha sufrido alguna forma de abuso sexual a manos de un adulto antes de haber cumplido 15 años.

En algunas ciudades de India hay también servicio de taxis exclusivos para mujeres. En Brasil, el servicio Femitaxi garantiza a las usuarias de São Paulo y Belo Horizonte que si piden un taxi, este va a tener como conductora a una mujer. Otras ciudades del mundo han establecido medidas similares. Tienen autobuses exclusivos para mujeres ciudades como México D. F. o Kuala Lumpur. Y vagones de metro a los que solo pueden acceder mujeres otras como Río de Janeiro, Tokio, El Cairo o Yakarta. En España han empezado también a aparecer iniciativas para que las mujeres se muevan con mayor seguridad. En Vigo y en Bilbao las usuarias de los autobuses nocturnos de todas las líneas pueden solicitar al conductor que les permitan bajarse entre paradas, para quedar más cerca de su domicilio o para evitar zonas menos seguras. Barcelona inició a principios de 2018 un programa piloto en el transporte público nocturno con los mismos criterios.

La preferencia de las familias indias a favor de los hijos varones está provocando un feticidio de dimensiones genocidas en el país asiático. Cada año, los abortos selectivos de fetos femeninos alcanzan una cifra de entre 300.000 y 600.000, según la revista médica The Lancet. Otras fuentes, como la ONG Plan, la sitúan en una magnitud no inferior al medio millón.
The Lancet estima que 12 millones de fetos femeninos se perdieron en el periodo comprendido entre 1980 y 2010. Las causas culturales que explican este fenómeno.

La sociedad irlandesa ha asistido conmocionada a la revelación de los detalles sobre las vidas de estas mujeres tras los muros de las lavanderías. Se han sucedido los documentales y dramas de televisión, reportajes en prensa, estudios históricos e incluso una película. La conmoción, acusa Frances Finnegan, oculta el hecho de que la mayoría de la gente sabía lo que pasaba en las lavanderías, pero casi todos prefirieron mirar para otro lado.
Las llamadas «residentes» —un término que Finnegan considera ridículo dadas las condiciones de vida en esos centros— fueron confinadas por un periodo indeterminado y sometidas a una férrea disciplina, vigilancia, penitencia, trabajo no remunerado y oración.
El duro trabajo en la lavandería, el estricto régimen de silencio y la religión se impusieron a las niñas y jóvenes no solo como un castigo, sino también como un instrumento para su reforma. No fueron educadas ni rehabilitadas para su reinserción en la sociedad. Fueron retenidas, de por vida incluso, para evitar una nueva exposición al «pecado». Pero durante sus encierros formaron además parte de un sistema de trabajo esclavo. Las congregaciones realizaban los servicios de lavandería para el Ejército, el Gobierno, empresas…, pero las lavanderas no recibieron ni un penique por su trabajo.
Esta encarcelación de mujeres, nunca de hombres, refleja para Finnegan «el doble estándar que en estos asuntos se atribuía a los victorianos, pero se extendió hasta finales del siglo XX. Demuestra, también, un miedo mórbido a la sexualidad de las mujeres».
Una de las cuestiones más discutidas sobre las lavanderías ha sido si las mujeres entraban o no en ellas de forma voluntaria. La comisión oficial McAlesse puso mucho empeño en destacar las entradas voluntarias pero lo cierto es que de sus propios informes se deduce que estas fueron minoritarias.
La mayoría de mujeres eran transferidas desde otras lavanderías o desde otras congregaciones, enviadas por la familia, por un sacerdote, por el sistema judicial, prisiones, reformatorios y escuelas industriales, diversas casas de acogida para madres, hospitales y psiquiátricos.
Respecto a la duración media de las estancias en las lavanderías, oscilaba entre algunas semanas y años. El 39 % de las estancias de las que se tienen datos fueron de duración superior a un año, el 15 % de más de cinco años. Algunas mujeres permanecieron en los centros de por vida.
Finalizado su encierro, solo el 22 % volvió a casa; el resto fueron transferidas a otras lavanderías (10 %), a un empleo (7 %), a hospitales psiquiátricos, a casas de acogida, escuelas industriales, a otros conventos… Por tanto, muchas salían de las lavanderías para seguir dentro de las redes asistenciales y de control. Según datos de la comisión McAlesse, más de un 40 % eran menores de 19 años. El cierre final de las lavanderías de las Magdalenas en las décadas de los años ochenta y noventa del siglo XX tuvo lugar, según Finnegan,

… no por razones humanitarias o liberales o por nuestras actitudes cambiantes hacia el sexo, sino porque, con el advenimiento de la lavadora doméstica, estas instituciones dejaron de ser financieramente viables. Pero, sin duda, si aún necesitáramos mujeres vulnerables para lavar nuestra ropa sucia, ellas seguirían siendo encarceladas, todavía estarían sujetas a esa existencia distorsionada, y aún serían despojadas de su sexualidad y privadas de una vida normal y saludable.
En España hubo una versión no menos terrible de reclusión de mujeres. Desde 1941 hasta principios de los años ochenta, el Patronato de Protección a la Mujer encerró contra su voluntad a miles de jóvenes de entre 16 y 25 años. Algunas —las menos— eran prostitutas; otras, madres solteras, también víctimas de violaciones y de incestos, y, muy frecuentemente, mujeres que no cumplían, a juicio de sus familias —sus padres y hermanos— o de las autoridades, el papel que la naciente dictadura les había asignado. Dirigidos por órdenes religiosas y bajo el falso nombre de colegios, los centros del Patronato fueron cárceles encubiertas.

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Let’s be clear, there is no perfect society, it is an interesting book between essay and novel and where we must ask ourselves if time will tell if we are facing a new moment or if intolerance against the violent discrimination of half of humanity is a tendency, mainstream , as some will prefer, for the consumption of opportunists. I hope there is more of the first than of the second, because the categorical truth of violence, systematic, universal, against women no longer allows for compromises. In all societies, including those that are considered to be more advanced, it has been exercised throughout history, and is practiced today, a systematic violence on half of the population. Physical violence, but also very diverse and subtle forms of cultural and structural violence practiced on girls and women.
Throughout the centuries and all geographies, a chronicle of infamy, oppression and inequality can be told. A chronicle whose most visible faces are the acts of physical and sexual violence: rapes, sexist murders, mistreatment, sexual slavery, forced marriages, trafficking, infanticide of girls, physical punishment of the insumisas …
Cultural violence is the traditions that hurt women, such as the obligation to wear the Islamic veil, the criminalization of abortion, education in inequality, talent silenced in science, art or literature, judicial sentences that blame the victim, the canons of fashion, stereotypes about beauty … But there is also a structural violence, perhaps the most difficult to eradicate, built on everything that prevents girls and women from fully realizing it, which limits their development and that generates subordination and exclusion in areas such as politics, work or artistic creation. Structural violence that allows one part – half of the population – to always benefit to the detriment of the other half.

The many forms of violence against women must be directly linked to patriarchy, the system of social organization, common to all societies – even if presented in different ways – based on male domination over women. A domain by which men, who have shaped the world to their measure, have political and economic power in all its manifestations. This domain, as we have already said, requires the prior devaluation and subordination of women, as well as their consent to the control of their sexuality, either peacefully or through the exercise of violence.
The use of violence against women has been legitimized by the cultural constructions of patriarchy (constructions that are another form of violence), which make them inferior, necessarily subject to the superiority of man to which they must submit and obedience. In all cultures, women are educated to obey men. The legitimization of the inferiority of women and, with it, of violence, has a long development among many authors and thinkers. For Aristotle, the woman is “a deformed man”; Cervantes called them an “imperfect animal”; Quevedo wrote that the woman “is good when she is in the grave”; Rousseau defended an education for girls based on obedience, chastity and submission, and believed that “women are specially made to please men”; Nietzsche advised to take a whip to deal with women, and Schopenhauer believed that “only by instilling fear can women be kept within the limits of reason.” Without forgetting Hegel, for whom women, whom he excludes from citizenship, must live only for the family and for the man: «In the son, the mother has brought her lord to the world».

The monotheistic religions, through the Bible and the Koran, defined many of the myths and symbols that have served to justify the inferiority and subordination of women. Laws regulate, for at least 4,000 years, the sexuality and reproductive capacity of women. From this regulation, from the intervention of the State in the women’s body, there are clear testimonies in the criminalization of abortion, responsible for 25 million unsafe abortions per year, or in laws and court decisions that make women suspect when not guilty All this without forgetting the weight of aberrant traditions, such as, among others, that of ablation, which mutilates three million girls each year. Traditions and customs that have turned the woman into a dirty being, in need of purification operations, and that subject her body to painful rituals. Breast pressing in Cameroon, temporary brides in Kenya, or fattening girls in Mauritania are just some of them. The creation of the woman from the rib of Adam is a symbol that consolidates the inferiority of women because man was created first, in the image of God, and because woman was, according to Genesis, created from man and for the man. This symbol has allowed to sustain that “man is a reflection and image of God […], but the woman is a reflection of man” (Saint Paul), that “the woman should remain silent, because Adam was taken first and Eva second. place “, or that” the woman was no more than an addition of man “(Calvin).

Lamrabet makes a contextualized reading of the Qur’an through which she tries to correct what she calls “stereotypes about Islam and women”, male misinterpretations that were made “many centuries ago and did not take into account the spiritual message” of the Qur’an. In a statement to the Efe Agency, the author acknowledged that these interpretations were made by men influenced by the customs and culture of their time, so in other historical moments can lead to situations of discrimination against women.
For the Moroccan writer, classical theologians do not believe in equality:

… they say that Islam has dignified women, but it is a paternalistic discourse that infantilizes it. They say that the man has to protect the woman because this “is a flower and a jewel”, but I have never seen the Qur’an say that the woman is a jewel or a flower that we should protect. I have discovered an egalitarian discourse in the Qur’an.
Lamrabet denounces that of “all of the 6,236 verses [of the Koran], the traditionalist view has based all its exegesis on only six verses that have become the frame of reference for patriarchal reading and from which all the relationship between men and women ». On the contrary, she defends a progressive, reformist and depoliticized reading to give a new approach to the issue of women in Islam through the deconstruction of Muslim orthodoxy, which no longer works in our days.

A constant in liberation theologians and Latin American feminist theologians is their denunciation of the Church’s passivity in the face of poverty and poverty on the continent, connivance with corrupt and dictatorial governments, the double standard of the Church that is not pronounces about girls’ rape, but about birth control, etc. As Uruguayan theologian Gladys Parentelli reminds us, in many forums, feminist theologians have rejected “the patriarchal, machism and anti-evangelical structures that exist in Christian Churches, especially in Catholic Churches”.

Customizations, transformations that change bodies, that violate women’s bodies so that they fulfill the ideals of beauty created by tradition and, today, by advertising and industry. In the past they were, among others, the tortures on the feet of millions of Chinese women. Today women are convinced, in a cruel and obsessive way, that their bodies are ugly and that only eternal diets, the gym and surgery can redeem it. Millions of surgical operations (more than 23 million in 2016) change the unsatisfied face and body of women every year. The scalpel uniforms women, customizes their bodies. The publicity, the catwalks and the fashion border the admissible thing and they play to the misunderstanding with the girls, new Lolitas for consumption of voyeurs. In other geographies, the sinister fabrics of the burqa erase and hide the face and body of women. The so-called “giraffe women”, of the Kayan ethnic group, artificially lengthen the neck by the progressive placement of brass rings. The first, when girls are five years old; the following are added annually until they reach 12. The length of the neck depends on the number of rings: there are records of some woman who reached 25 centimeters using 27 rings, and in the photographs of the websites of the travel agencies can be seen how most adults add more than 20. These are never removed from the neck; with them they sleep, work and wash throughout their lives.
Actually, elongation of the neck is an optical illusion. The weight of the rings – not less than five kilos, which can sometimes bend – press down the clavicles, shoulders and the cavity of the ribs, and create the false impression of a more stylized neck.
Apparently, the ancestors of the giraffe women arrived in ancient Burma, today Myanmar, 2,000 years ago, from the Gobi Desert (Mongolia). Later they were displaced towards the State of Kayah, to the east of the country, to settle later, in the Eighties and ninety of the XXth century, to the north of Thailand, fleeing from the civil war. Today they are a tourist attraction exploited by travel agencies. The longer the neck was, the greater the attractiveness of the Kayan women for the men of their ethnicity. And the presence of rings -which were originally made of gold- was also a sign of status: the Kayan woman, another object among the possessions of the men in the group. Today, probably, the reasons why this tradition is conserved are only economic.

(Lotus Feet – China) The bandages and ties have deformed for centuries the feet of millions of Chinese girls and women, conditioning their entire existence. The practice, which dates back to the Song Dynasty (tenth century) and remained well into the twentieth century, consisted of tying the fingers tightly, bending them and compressing them under the plants. Impossible to achieve results without breaking the bones of the fingers and without forcing the arch of the foot wildly.
Chinese women suffered terrible pain because of this practice. The process began in early childhood and continued for years. This resulted in a foot of very small size, deformed, that required a lot of care and radically conditioned the daily life of these women. Infections were very frequent -almost unavoidable- and difficulties in walking caused injuries and pathologies in the hips and legs. The custom, which began in the upper classes and later spread to rural areas, was not necessarily linked to the satisfaction of erotic fantasies. According to the anthropologist Laura Bossen, the practice of the bandage responded to an economic reason: the girls and young women were forced in this way to stay all day sitting, spinning, weaving, arranging networks and other equipment, and thus contributing, without much capacity of choice, to the family economy.

The last word about those shoes that are not made for walking has not yet been written. In 2017, the sales of high-heeled shoes fell by 12% and at the same time the sports shoes increased by 37%. The big fashion companies begin to include sports shoes, flat shoes and dancers in their collections. And some actresses also make gestures to claim their right to walk the red carpet carrying on their feet what they please.

The case of a chain of gyms in Brazil circulates through the network, asking in its advertising campaign: “This summer, what do you want to be, whale or mermaid?” Apparently, a woman from São Paulo sent the company (Runner) a message in which she said: “Whales are always surrounded by friends. They have an active sex life, get pregnant and have the most tender whales. The whales suckle. They are friends of the dolphins and they have a good time eating shrimp. They also have fun playing in the water and swimming around, sailing the seas, knowing wonderful places, such as the Antarctic ice and the coral reefs of Polynesia … The sirens do not exist. If they existed, they would live in a permanent existential crisis: am I a fish or am I a human being? […] They are pretty, yes, but sad and lonely […]. I prefer to be a whale ». Business is business. And it is estimated that the contests of children’s misses in the United States moves 1,000 million dollars a year. The promoters get up to $ 100,000 for each event. And they are not the only ones, because around the children’s contests an industry has been developed that includes couturiers, image consultants, photographers, trainers and a long etcetera.
Also for parents is an incentive the promise not only of money, but, above all, of success. Eden Wood (13 years old in 2018), the most famous contestant in the United States, had won 300 beauty contests at age six, has a doll with her name and has already written her memoirs. Of the girl that had to have been there is no news.
The entertainment industry, such as fashion and advertising, does business while indecently exploiting the bodies of girls. In all these areas their bodies are used to market the desire and sell items, denounces Henry Giroux. She adds: “What connects the world of beauty pageants with the world of advertising and fashion is that they teach girls to become women as children, while women are taught to assume the identities of women. abandoned and impotent girls ».

The veil of the Jewish woman was a symbol of distinction and luxury, that is, it added dignity and superiority to women who were already noble. If a woman was accused of infidelity, she was forced to remove her veil. Currently, Jewish women also cover their hair to enter the synagogues, and in ultra-orthodox Hasidic sects women rape their hair and wear a wig.
In Catholicism, recalls Pintos, the veil covers the nuns. Paul’s letters to the Corinthians are full of quotations in this address: “If a woman does not cover her head, let her hair be cut. And if it is outrageous for a woman to cut her hair or shave her hair, to cover herself. Man should not cover his head, for he is the image and reflection of God; but the woman is a reflection of man. The woman must wear a sign of restraint on her head. ” And so it continues to be.

As in Iran, also in Saudi Arabia some women have shown in social networks their rejection of the imposition of a dress that wants to make them invisible and hides them from other eyes than those of their family. Last November some Twitter users started the protest with the slogan # Abaya-del-reverse accompanied by photographs in which the tunic is shown with the seams facing out. A gesture that may seem insignificant but is not in a country in which women are arrested if they do not use the baton when they are in public.
The imposition of the abaya is just one of the many that the Saudis suffer. The country is ranked 141 (out of 144) in terms of gender inequalities, according to a 2016 report by the World Economic Forum. A post that the so-called Kingdom of the Desert has earned. In Saudi Arabia the influence of fundamentalist religious leaders forces women to have a guardian – the father, the husband and, in the absence of these, the son -; Young and adult need a man’s permission to work, study or travel. And segregation by sex prevails in all public spheres. A dark dystopia financed by petroleum.

Rape is the most serious crime against women’s sexual freedom. But the very different forms that abuse and harassment can take are also crimes against their freedom, their dignity and the right to decide over their bodies. Crimes that occur because many men seem to assume that they have some right to pernada on women.
The term “abuse” is a big tailor. Abuses are, from the legal point of view in countries like Spain, violations in which violence has not been demonstrated. For women are abuse and harassment hundreds of situations that throughout their lives, probably all women experience.
Abuse is being forced to contemplate the genitals of a man (the Spanish Penal Code considers it an administrative fault, and it is only a crime if the exhibitionism is before minors or disabled), the strangers in public transport, the groping in the colorful parties popular, kisses that are not wanted, hands that settle on sites for which permission has not been obtained … 12% of European (22 million) and 20% worldwide have suffered some form of sexual abuse hands of an adult before they have turned 15 years old.

In some cities of India there are also taxi services exclusively for women. In Brazil, the Femitaxi service guarantees users in São Paulo and Belo Horizonte that if they ask for a taxi, they will have a woman as driver. Other cities in the world have established similar measures. They have exclusive buses for women cities such as Mexico DF or Kuala Lumpur. And subway cars that can only be accessed by women like Rio de Janeiro, Tokyo, Cairo or Jakarta. In Spain, initiatives have begun to appear so that women can move more safely. In Vigo and Bilbao, users of night buses of all lines can request the driver to allow them to get off between stops, to be closer to their home or to avoid less safe areas. Barcelona started a pilot program in public transport at the beginning of 2018 with the same criteria.

The preference of Indian families in favor of male children is causing a feticide of genocidal dimensions in the Asian country. Each year, selective abortions of female fetuses reach between 300,000 and 600,000, according to the medical journal The Lancet. Other sources, such as the NGO Plan, place it at a magnitude of not less than half a million.
The Lancet estimates that 12 million female fetuses were lost in the period between 1980 and 2010. The cultural causes that explain this phenomenon.

Irish society has been shocked by the revelation of details about the lives of these women behind the walls of laundries. There have been documentaries and television dramas, press reports, historical studies and even a movie. The shock, accuses Frances Finnegan, hides the fact that most people knew what was happening in the laundries, but almost all preferred to look the other way.
The so-called “residents” – a term that Finnegan considers ridiculous given the conditions of life in those centers – were confined for an indeterminate period and subjected to strict discipline, vigilance, penance, unpaid work and prayer.
The hard work in the laundry, the strict regime of silence and religion were imposed on girls and young people not only as a punishment, but also as an instrument for their reform. They were not educated or rehabilitated for their reintegration into society. They were retained, even for life, to avoid a new exposure to “sin”. But during their confinement they also formed part of a slave labor system. The congregations performed laundry services for the Army, the Government, companies … but the washer women did not receive a penny for their work.
This incarceration of women, never of men, reflects for Finnegan “the double standard that in these matters was attributed to the Victorians, but it extended until the end of the 20th century. It also shows a morbid fear of women’s sexuality. ”
One of the most discussed questions about laundries has been whether or not women entered them voluntarily. The official McAlesse commission put a lot of effort to highlight the voluntary entries but the truth is that from their own reports it is deduced that these were minority.
The majority of women were transferred from other laundries or from other congregations, sent by the family, by a priest, by the judicial system, prisons, reformatories and industrial schools, various shelters for mothers, hospitals and psychiatric hospitals.
Regarding the average length of stays in the laundries, it ranged from a few weeks to years. 39% of the stays for which data are available were longer than one year, 15% more than five years. Some women remained in the centers for life.
After his confinement, only 22% returned home; the rest were transferred to other laundries (10%), to a job (7%), to psychiatric hospitals, to shelters, industrial schools, to other convents … Therefore, many left the laundries to continue within the networks assistance and control. According to data from the McAlesse commission, more than 40% were under 19 years of age. The final closure of the Magdalenas laundries in the decades of the eighties and nineties of the twentieth century took place, according to Finnegan,

… not for humanitarian or liberal reasons or for our changing attitudes towards sex, but because, with the advent of the domestic washing machine, these institutions ceased to be financially viable. But, no doubt, if we still needed vulnerable women to wash our dirty clothes, they would still be incarcerated, they would still be subject to that distorted existence, and they would still be deprived of their sexuality and deprived of a normal and healthy life.
In Spain there was a no less terrible version of women’s seclusion. From 1941 to the early eighties, the Patronato de Proteccion a la Mujer locked up against their will thousands of young people between 16 and 25 years old. Some – the least – were prostitutes; others, single mothers, also victims of rapes and incest, and, very frequently, women who did not comply, in the judgment of their families – their parents and brothers – or of the authorities, the role that the nascent dictatorship had assigned them. Directed by religious orders and under the false name of schools, los centros of the Patronato (Patronate centers) were hidden prisons.

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4 pensamientos en “La Guerra Más Larga De La Historia — Lola Venegas & Isabel M. Reverte & Margó Venegas / The Longest War In History by Lola Venegas & Isabel M. Reverte & Margó Venegas (spanish book edition)

  1. SAAHO for your patience…..
    By the way iam asking two question???
    How much time you take on an average for a post ??
    and also on an average to read a book???
    Please answer both questions………

    Note: SAAHO (The Title Of The Upcoming Film From The BAHUBALI GUY “PRABHAS” )
    It means ( I BOW TO YOU / BOW MY HEAD TO YOU

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