Me Llamo Nueva York — Francesc Peirón / My Name Is New York by Francesc Peirón (spanish book edition)

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Una forma original de contarte una ciudad. Muy bien escrito a través de unos protagonistas de carne y hueso, como nosotros querido lector y que se disfruta … Como sostiene Colson Whitehead en su libro The Colossus of New York, «tal vez nos convertimos en neoyorquinos el día en que entendemos que Nueva York continuará sin nosotros. Para posponer lo inevitable, tratamos de retener la ciudad en un lugar, recordándola como era, haciéndole a la ciudad aquello que nunca permitiríamos que nos hicieran a nosotros mismos… La ciudad de Nueva York no mantiene nuestros antiguos yo contra nosotros. Tal vez podamos aplicar idéntica cortesía».

Entre contradicciones, sin el gamberrismo o la creatividad inigualable que la caracterizó o, mejor dicho, a causa de la homogeneidad planetaria que ha establecido la inmediatez del mundo digital, esta Nueva York no sorprende como antes, a pesar de que su oferta cultural y social resulta inabarcable y sin igual. Mirad esta ciudad, de cualquier lugar del mundo del que vengáis, lo único que se necesita es subir al metro y podréis ir a la comunidad que refleja vuestra fe, la nacionalidad o la etnia de la que procedéis. Siempre digo que el metro de Nueva York es un ejemplo destacable del mundo porque todas las fes, todas las etnicidades, todos los niveles de ingresos, todo está mezclado. La persona cuya familia lleva aquí diez generaciones se sienta al lado de la que llegó hace una semana. El metro de Nueva York representa esa poderosa idea de la unidad humana. Está lejos de ser perfecto, y a menudo estamos hacinados como sardinas en el sentido de que no debería ser un modelo para la humanidad, pero todavía funciona. Hay una armonía funcional que es sorprendente.

Existe una expresión ciudadano-deportiva que surge como metáfora de esa capacidad estructural. Los partidos de béisbol —cada partido son en verdad tres o cuatro— en los que se enfrentan los dos equipos locales, los Yankees y los Mets, se denominan popularmente subway series, las series del metro. Los aficionados se trasladan por este trazado del Bronx a Queens, y viceversa, una distancia de alrededor de doce kilómetros.
El metro es el hilo conductor de este volumen.

(Upper West Side) Me gusta Zabar’s, por su café y porque hay gente interesante», comenta Renée. «Por la mañana —aclara—, por la tarde es diferente, vienen personas mayores a tomar sopa —se ríe—. Aunque soy una de esas personas mayores, me siento más cómoda con los jóvenes.»
El amplio ventanal del establecimiento, con sus taburetes, permite experimentar la sensación de estar mirando a través de una pantalla gigante. Un par de apuntes del entorno. En la acera de enfrente, a la altura de la calle 84, un edificio ostenta una placa. Reza así: «Edgar Allan Poe y su familia vivieron en una casa de campo ubicada en este mismo emplazamiento, durante 1844, donde acabó de escribir El cuervo».

Brooklyn ya existía. Mucho antes de que los literatos, los artistas, los jóvenes tecnoempresarios o las barbas de los hipsters lo convirtieran en una marca planetaria, un enclave de muy buen rollo, reciclaje y cooperativas, todo orgánico, había otro Brooklyn.
Otro que sigue ahí, al que la fama global oculta su dimensión más profunda, densa y extensa, oscura, perenne, poco atractiva para el turismo de masas y los vendedores de apartamentos de lujo a precio de zona pija en Manhattan. «El paisaje bohemio del Greenwich Village se erosionó hace mucho tiempo».

El comercio del cabello se mantiene al alza. En 2016, Estados Unidos importó pelo humano por valor de 685 millones de dólares. Esa cifra no superaba los 51,6 millones en 1992. Es una industria sin regular, una economía oculta, pasto del abuso y los robos. Los mercaderes van a los parajes más remotos para dar con materia prima. En plena crisis en Venezuela, se detectó un flujo de mujeres que acudían a La Parada, ciudad de la frontera colombiana, para vender sus melenas.
Línea 1 del metro, estación de la calle 28. Un corto paseo permite conocer el denominado «distrito del pelo humano», que se expande de las calles 27 a 31, entre Broadway y la avenida de las Américas. Los establecimientos de mayoristas copan la zona. Entre otros muchos abalorios —Rasta Enterprise, líder mundial en la cultura y productos rastafaris—, se suceden los distribuidores de cabello al por mayor. «100 % virgen, sin procesar», anuncia el Party Queen Hair Inc. En Cleopatra tienen en oferta «100 % pelo humano brasileño».

Nueva York es una gran ciudad para desarrollar este proyecto. Saco unas 200 o 300 fotos a la semana. Hay cantidad de material, suceden muchas cosas, resulta fácil moverse y nadie se fija, pasas inadvertido», señala mientras continuamos la ruta. M. echa de menos precisamente esa relación entre los músicos. Antes había bastantes más, y en esos contactos de escalera se establecía una red que era el equivalente a las actuales redes sociales. Se cruzaban en el vestíbulo, en las cabinas de teléfono que había allí, se dejaban mensajes en recepción. Se ríe al recordar el gran invento que fueron esos aparatos que se incorporaban a los teléfonos para grabar mensajes. La de ofertas que esos cacharros evitaron que se perdieran por la incomunicación.
«Vivo de mi música, este es mi trabajo», subraya. M. toca en servicios religiosos, en bodas —«buen dinero»—, en centros para personas mayores, tiene alumnos, participa en grabaciones, actúa en clubes, ameniza los brunch y toca en bandas siempre que le llaman.
Ha estado de bolos por Estados Unidos y por todo el mundo. «Es más original ser escritor de canciones. Los músicos son reemplazables. ¿A quién le preocupa quién toca en el próximo álbum de Bob Dylan? A nadie. Pero ¿la canción? Imposible reemplazar una canción.

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An original way to tell you a city. Very well written through some real characters of flesh and blood, as we dear reader and enjoyed … As Colson Whitehead argues in his book The Colossus of New York, «Maybe we become New Yorkers the day we understand that New York will continue without us. To postpone the inevitable, we tried to keep the city in one place, remembering it as it was, making the city what we would never allow ourselves to do … New York City does not keep our old selves against us. Maybe we can apply the same courtesy. »

Among contradictions, without the hooliganism or unique creativity that characterized it or, rather, because of the planetary homogeneity that has established the immediacy of the digital world, this New York is not surprising as before, despite its cultural and social offer It is unbeatable and without equal. Look at this city, from any place in the world you come from, the only thing that is needed is to get on the subway and you can go to the community that reflects your faith, nationality or ethnicity from which you proceed. I always say that the New York subway is a remarkable example of the world because all faiths, all ethnicities, all income levels, everything is mixed. The person whose family has been here for ten generations sits next to the one who arrived a week ago. The New York subway represents that powerful idea of human unity. It is far from perfect, and we are often crowded like sardines in the sense that it should not be a model for humanity, but it still works. There is a functional harmony that is surprising.

There is a citizen-sport expression that emerges as a metaphor for that structural capacity. The baseball games – each match is really three or four – in which the two local teams, the Yankees and the Mets, face each other, are popularly called subway series, the metro series. The fans move along this route from the Bronx to Queens, and vice versa, a distance of around twelve kilometers.
The meter is the thread of this volume.

(Upper West Side) I like Zabar’s, for its coffee and because there are interesting people », comments Renée. «In the morning,» he clarifies, «it’s different in the afternoon. Older people come for soup,» she laughs. Even though I am one of those older people, I feel more comfortable with young people. »
The large window of the establishment, with its stools, allows you to experience the sensation of looking through a giant screen. A couple of notes from the environment. On the opposite sidewalk, at 84th Street, a building has a plaque. It reads like this: «Edgar Allan Poe and his family lived in a country house located in this same place, during 1844, where he finished writing El Cuervo».

Brooklyn already existed. Long before the literati, the artists, the young techno-entrepreneurs or the beards of the hipsters turned it into a planetary brand, an enclave of very good roll, recycling and cooperatives, all organic, there was another Brooklyn.
Another that is still there, to which global fame hides its deepest, densest and most extensive, dark, perennial, unattractive dimension for mass tourism and sellers of luxury apartments at the price of a posh area in Manhattan. «The bohemian landscape of Greenwich Village eroded a long time ago”.

The hair trade remains on the rise. In 2016, the United States imported human hair worth 685 million dollars. That figure did not exceed 51.6 million in 1992. It is an unregulated industry, a hidden economy, the source of abuse and theft. The merchants go to the most remote places to find raw materials. In the middle of the crisis in Venezuela, a flow of women was detected who came to La Parada, a city on the Colombian border, to sell their hair.
Line 1 of the subway, station of the street 28. A short walk allows to know the denominated «district of the human hair», that expands of the streets 27 to 31, between Broadway and the avenue of the Americas. The wholesale establishments cover the area. Among many other beads -Rasta Enterprise, world leader in Rastafarian culture and products-, wholesale hair distributors follow one another. «100% virgin, unprocessed», announces the Party Queen Hair Inc. In Cleopatra they have «100% Brazilian human hair» on offer.

New York is a great city to develop this project. I take about 200 or 300 photos a week. There is a lot of material, many things happen, it is easy to move and no one is fixed, you pass unnoticed, «he says as we continue the route. M. misses precisely that relationship between musicians. Before there were many more, and in those ladder contacts a network was established that was the equivalent of the current social networks. They crossed in the lobby, in the telephone booths that were there, they left messages in reception. He laughs to remember the great invention that were those devices that were incorporated into telephones to record messages. The offers that those pots prevented from being lost due to lack of communication.
«I live from my music, this is my job», he emphasizes. M. plays in religious services, at weddings – «good money» -, in centers for the elderly, has students, participates in recordings, acts in clubs, entertains brunch and plays in bands whenever they call him.
He has been touring in the United States and throughout the world. «It’s more original to be a songwriter. The musicians are replaceable. Who cares who plays on Bob Dylan’s next album? To nobody. But the song? Can not replace a song.

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