Palabras En El Tiempo: Abecedario Filosófico De Emilio Lledó — Cipriano Játiva / Words In Time: Emilio Lledó’s Philosophical Alphabet by Cipriano Játiva (spanish book edition)

Interesante el acercamiento a la figura de Emili Lledó. Todo acercamiento a un objeto es al mismo tiempo alejamiento de él. Nada se repite, nada es igual, todo es cambio y empezar de nuevo. Por ello la pretensión de este libro nunca puede ser aprehender eso que podríamos llamar el pensamiento de Emilio Lledó. Al pensamiento de Emilio Lledó lo caracteriza, entre muchas otras cosas, una vigorosa y nada acomplejada defensa del humanismo ilustrado. La reivindicación de la lectura directa de estos «clásicos», su conversación reiterada con ellos, con la mejor tradición literaria y filosófica, será el hilo que vincule todas sus obras, desde finales de los años cincuenta hasta la actualidad. La lucha por la palabra, por su valor, en la escritura, pero también en el discurso o en el diálogo; el amor por la lengua, la filología, pues, como núcleo vertebrador del pensamiento. No sería posible diferenciar, pues, en mi opinión, entre el filólogo y el filósofo en Lledó. Su filosofía es filología: cuidado y amor por las palabras, por su origen y sentido, como raíces que son de cualquier pensamiento.

En su naturaleza el hombre es, pues, egoísmo, pero, incluso para esta decisiva cualidad de su ser, será fundamental unirse a otros. Son estos los que radicalmente posibilitan nuestra vida. Es en otro, en otra, donde nacemos, son ellos los que nos nutren, nos cuidan, nos protegen, forjando desde la aurora misma de nuestra existencia la vida colectiva y, con ella, la philía, el reconocimiento afectivo de la sangre, estableciendo de modo más firme que en el mero interés vínculos esenciales. Por eso la sociabilidad es, dice Aristóteles, natural, espontánea, incluso anterior al lenguaje en el ser humano, como lo es en otras formas animales, al configurarnos, en primer lugar, en torno al hogar familiar, al oîkos, ámbito desde el que crecerá la vida política, como de una sencilla semilla surge el arbusto, y luego la plenitud del árbol.
Pero esta última, la vida política, no despliega su poder, su potencia, sino con el desarrollo del lógos,  de la palabra, eso que, al fin, convierte al humano en un animal diferente, en el ser social por excelencia. Este doble comienzo de nuestra esencia: la que nos encadena a la polis, a nuestra muralla, y la que lo hace, idealmente, con nuestra entera condición universal, encontraría un primer eco, dentro de la polis griega, en la diferencia entre el individuo y el poder común, entre interés privados y públicos. El lugar de reunión de lo público y lo personal tiene, pues, en su pensamiento, un ámbito eminente: la educación, allí donde se trasmite el pasado de una sociedad al futuro de aquellos que la han de renovar al hacerla suya. Por eso, insiste, una y otra vez, a lo largo de su obra, en la importancia del aprendizaje de las palabras, de aquello que estas nos llevan a saber e imaginar, a construir en nosotros y en los otros.
La lengua es en su origen habla, oralidad. Nace entre hablantes, se forja en el balbuceo con que el recién nacido repite las palabras próximas y, con ello, va imitando el lenguaje materno, perfilándolo lentamente dentro de sí, hasta llegar a sus primeras palabras, y después a sus primeros recuerdos, su memoria personal.

El concepto de cultura, como sabemos, es especialmente ambiguo. Lledó se refiere esencialmente a dos de sus acepciones: 1) la que define la cultura material como ese conjunto de artificios humanos que favorecen la adaptación al medio. La cultura que nos hace, pues, transformar la manera en que nuestros sentidos, y en general nuestro cuerpo, se adaptan al entorno. Es su resultado, «un mundo construido. No somos, por ello, y en este sentido, nuda naturaleza, sino una conformada para superar la indigencia».
Sin embargo, la acepción que más importa en Lledó, en la que su pensamiento establece uno de sus pilares, es otra: 2) no esa que nos hace «tener más», en el sentido de más cosas, para protegernos y fortalecernos en la lucha por la sobrevivencia, sino la que favorece y cuida el «ser más»; posibilitando el cultivo de la belleza, la justicia, la concordia.

Ser para nosotros es tener palabra, incluso callados ser expresión, signo, símbolo que nos liga desde su raíz a otra palabra, a otro silencio que murmura.
Es religarse para ser, pues en la nada del otro no se es, somos cuando nos enfrentamos a alguien que es. El reconocimiento de la voz ajena nos reconoce. La solidaridad del lógos, de la lengua, nos convierte en tierra de labor, en cultivo, en cultura. Crecemos desde fuera. «Hay dos mundos dentro del mundo de los hombres: el cuerpo, el mundo de la necesidad biológica […] y el que vive la mente, el que levanta, sobre la simple presencia de las cosas y los hombres, una luminosa y complicada constelación de deseos y sueños, de interpretaciones y sistemas conceptuales».
Los fundamentos de ese mundo dentro del mundo, de eso que somos, de nuestra soledad, son, sin embargo, la memoria y la lengua. Es desde ahí, en ese cruce de recuerdos y palabras, desde donde se hila la transparente y leve fortaleza, el fondo de nosotros mismos.

(Felicidad) Nada más humano que querer llenar la vida de posibilidades, de libertad, de felicidad. El ser humano tiene como fin de sus actos ese crecimiento de nuestro propio ser que llamamos felicidad. Como cuando miramos algo la luz abre nuestra mirada, o la concentra, así las posibilidades van aquilatando nuestro ser y haciéndolo más real. Ser es eso: tener peso, y al tiempo fuerza, capacidad de portarse a sí mismo. El que tiene más, y no es capaz de portar lo que es, no puede alcanzar nada, se hunde en la tierra y pierde toda su ligereza, su libertad. Ser feliz es sentirse como el aire que no obstaculiza la luz. Para ello no hay camino mejor que el aprendizaje, la educación, forjar en nosotros un mundo interior, una fortaleza, un espejo, por el que fluya y se deslice el ser; no solo frente al daño que viene de fuera, también al que de modo necesario procede de uno mismo, de ese uno que siempre es tiempo y, en consecuencia, fugacidad, límite.

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Interesting the approach to the figure of Emilio Lledó. All approach to an object is at the same time away from it. Nothing is repeated, nothing is the same, everything is change and start again. For that reason the pretension of this book can never be apprehend that we could call the thought of Emilio Lledó. The thought of Emilio Lledó characterizes him, among many other things, a vigorous and unselfconscious defense of enlightened humanism. The demand for direct reading of these «classics», their repeated conversation with them, with the best literary and philosophical tradition, will be the thread that links all his works, from the late fifties to the present. The struggle for the word, for its value, in writing, but also in discourse or in dialogue; the love for language, philology, then, as the nucleus of thought. It would not be possible to differentiate, then, in my opinion, between the philologist and the philosopher in Lledó. His philosophy is philology: care and love for words, for their origin and meaning, as roots that are of any thought.

In his nature man is, then, egoism, but even for this decisive quality of his being, it will be fundamental to join others. These are the ones that radically make our life possible. It is in another, in another, where we are born, it is they who nourish us, care for us, protect us, forging from the dawn of our existence the collective life and, with it, the philía, the affective recognition of the blood, establishing more firmly than in the mere interest, essential links. That is why sociability is, says Aristotle, natural, spontaneous, even prior to language in human beings, as it is in other animal forms, by configuring ourselves, first of all, around the family home, to the oîkos, an area from which the political life will grow, as from a simple seed the bush arises, and then the fullness of the tree.
But the latter, political life, does not deploy its power, its power, but with the development of logos, of the word, that, at last, turns the human being into a different animal, into the social being par excellence. This double beginning of our essence: the one that chains us to the polis, to our wall, and the one that does it, ideally, with our whole universal condition, would find a first echo, within the Greek polis, in the difference between the individual and the common power, between private and public interest. The meeting place of the public and the personal has, then, in its thought, an eminent domain: education, where the past of a society is transmitted to the future of those who have to renew it by making it their own. For this reason, he insists, over and over again, throughout his work, in the importance of learning the words, of what they lead us to know and imagine, to build in ourselves and in others.
The language is originally speaking, orality. It is born between speakers, it is forged in the babbling with which the newborn repeats the next words and, with it, it imitates the mother language, slowly shaping it inside itself, until it reaches its first words, and then to its first memories, its personal memory

The concept of culture, as we know, is especially ambiguous. Lledó refers essentially to two of its meanings: 1) the one that defines material culture as that set of human artifices that favor adaptation to the environment. The culture that makes us, then, transform the way in which our senses, and in general our body, adapt to the environment. It is their result, «a built world. We are not, therefore, and in this sense, naked nature, but one shaped to overcome indigence.
However, the meaning that matters most in Lledó, in which his thinking establishes one of its pillars, is another: 2) not that which makes us «have more», in the sense of more things, to protect us and strengthen us in the struggle for survival, but the one that favors and cares for «being more»; enabling the cultivation of beauty, justice, concord.

To be for us is to have a word, even to be silent, to be an expression, a sign, a symbol that binds us from its root to another word, to another silence that murmurs.
It is religar to be, because in the nothing of the other one is not, we are when we face someone who is. The recognition of the voice of others recognizes us. The solidarity of the logos, of the language, converts us into a land of labor, culture, and culture. We grow from the outside. «There are two worlds within the world of men: the body, the world of biological necessity […] and the one that lives the mind, the one that raises, on the simple presence of things and men, a luminous and complicated constellation of desires and dreams, of interpretations and conceptual systems ».
The foundations of that world within the world, of that which we are, of our solitude, are, nevertheless, the memory and the language. It is from there, in that crossroads of memories and words, from where the transparent and slight strength is spun, the depths of ourselves.

(Happiness) Nothing more human than wanting to fill life with possibilities, freedom, happiness. The human being has as an end of his acts that growth of our own being that we call happiness. As when we look at something, the light opens our eyes, or concentrates it, so the possibilities go on assessing our being and making it more real. Being is that: having weight, and at the same time strength, ability to behave towards oneself. The one that has more, and is not capable of carrying what is, can not reach anything, sinks into the earth and loses all its lightness, its freedom. To be happy is to feel like the air that does not hinder the light. For this there is no better way than learning, education, forging in us an inner world, a strength, a mirror, through which the being flows and slides; not only against the damage that comes from outside, also to the one that necessarily comes from oneself, from that one that is always time and, consequently, transience, limit.

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