Identidad: La Demanda De Dignidad Y Las Políticas De Resentimiento — Francis Fukuyama / Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment by Francis Fukuyama

Un buen ensayo, Fukuyama plantea que los colectivos se están atomizando en busca de una identidad respetada y reconocida, la cual gracias a las redes, ha puesto en contacto a muchísimas personas con unas inquietudes antes nunca vistas y en algunos casos incluso no deseables, por lo artificial de algunas. De esas necesidades surgen unas micro reivindicaciones que minan otras más absolutas y derivan en muchos casos en confrontaciones que socavan las democracias.
Plantea como solución la vuelta al concepto de nación en sentido estricto, como freno ideológico de estas derivas, en aras de evitar desmanes que acaben con muertos, puede ser polémico lo expuesto, pero lo está de manera argumentada y hace pensar y disfrutar de su lectura, la cual por cierto está muy bien estructurada y traducida.

El autor encuentra el primer indicio de identitarismo en “la tercera parte del alma”, el “thymos” de Platón tal como se presenta en la República. Thymos se refiere al orgullo, el juicio y el sentido de autoestima. Esto es peculiar del aristócrata, el hombre que gobierna porque es responsable de la sociedad. El autor ignora a los escritores cristianos sobre el alma antes de la Reforma Protestante. Fue Lutero quien reafirmó la existencia de un “hombre interior”, visible solo para Dios, ya que la verdadera piedad nunca podría reducirse a la virtud externa. Antes de Lutero, no había sentido de la parte interna de la mente humana.
Después de la época de Lutero, se afirmaron varios seres internos. Kant vio al yo interno como un seguidor de reglas racional, limitado por el imperativo categórico y capaz de libre elección. Rousseau supuso una voluntad general que unió a todos los seres humanos en cuestiones morales, pero fue reprimida en las condiciones de la vida civilizada. Hegel resumió estas creencias anteriores y otras sobre el yo en términos de libertad e igualdad, que eran los puntos finales del esfuerzo humano. Así, el concepto de “identidad” en términos modernos se formó a partir de conceptos más antiguos. Pero no podría haberse desarrollado completamente sin agregar un concepto más: la importancia de los pueblos además de los individuos. Este fue el trabajo de J. G. von Herder, quien respetó las sociedades y culturas de todos los pueblos, incluso los africanos de su tiempo. Así fue un estudiante de etnicidad y un precursor de la antropología moderna.
Después de Hegel, la revolución industrial comenzó con la sustitución de ‘gemeinschaft’ por ‘gesellschaft’. Eso significa que en lugar de la vida basada en el pueblo había sociedad industrial. La pérdida de un viejo estilo de vida y su reemplazo por uno nuevo causó infelicidad entre la gente común de la sociedad de masas, que fue explotada por escritores racistas alemanes como Paul de Lagarde. Marx y otros socialistas pueden ver el problema como económico, pero también puede ser visto como uno de autoestima o dignidad. Esta asociación de la pobreza con la infelicidad, ya reconocida en la “Teoría de los sentimientos morales” de Adam Smith, causó que se fundara mucha política izquierdista porque el mensaje iba “a la dirección incorrecta”, como lo expresa Fukuyama.
Pero hubo otros problemas con el mensaje, por ejemplo, los siguientes: “… para Rousseau, la libertad no es solo la elección moral de aceptar reglas morales; se convierte en la expresión plena de los sentimientos y emociones que constituyen el auténtico yo interior ”(p.53). ¿Pero qué pasa si el ser interior es cruel, violento, narcisista u otras cosas malas? Lo que solía ser religión ahora se convirtió en terapia, con el objetivo de recuperar el auténtico ser interior de todos. La solución aparente a este problema fue que la sociedad reconociera y restaurara el potencial de todos. Dado que hay muchos seres internos diferentes, habrá muchos grupos que difieren en virtud de sus diferentes prioridades. Aquí vemos un problema con la izquierda contemporánea, que atiende a gays y personas transgénero, por ejemplo, pero en general no presta atención a la clase trabajadora. (Mark Lilla tiene mucho que decir sobre esto).
Para muchas personas, había mensajes para los diversos seres correspondientes a cada afiliación grupal que la izquierda consideraba dignos de atención comprensiva. Si una persona tenía múltiples afiliaciones, una situación conocida como “interseccionalidad”, se tenía que considerar que actuaban juntas. Los efectos de las afiliaciones alcanzaron las profundidades de la psique, más allá del alcance del análisis racional. Por ejemplo, la esclavitud y los linchamientos llevaron a los negros a tener diferentes sentimientos acerca de la policía que los blancos; Las mujeres sentían sobre el asalto sexual de manera diferente a los hombres. La izquierda política hizo una distinción entre “erfahrung” (experiencia explicable, compartible) y “erlebnis” (experiencia vivida, no necesariamente compartible o racionalmente explicable). Algo así fue explorado por primera vez por el crítico literario de la década de 1930 Walter Benjamin en relación con la explicación de novelas y películas. El autor (Fukuyama) acepta hasta cierto punto la distinción erfahrung-erlebnis.
Un problema similar pero con exceso de trabajo es la corrección política. Tanto en erfahrung / erlebnis como en la corrección política, los sufrimientos de los grupos de víctimas son exagerados y repetidos, lo que lleva a dificultades en las discusiones y en la formación de coaliciones políticas. Ahora, en la era actual de Trump, el ala derecha ha asumido la corrección política, en gran medida ante el desconcierto de la izquierda, que parecía sentir que el concepto era inherentemente suyo por derecho. En este punto, hemos completado la encuesta del lado personal del identitarianismo. Es “la poderosa idea moral que nos ha llegado”, por lo que no podemos esperar vivir sin ella. No se puede esperar que la demanda de dignidad desaparezca.
Pero el identitarismo político tiene su lado nacional, comenzando con la cuestión de si las naciones son necesarias en absoluto. ¿Una nación necesita un “yo” como un individuo necesita un yo? El autor lo cree así, explicando el concepto así: “Las democracias necesitan su propia cultura para funcionar. … Las democracias no sobrevivirán si los ciudadanos no están, en cierta medida, apegados irracionalmente a las ideas del gobierno constitucional y la igualdad humana a través de sentimientos de orgullo y patriotismo “. (P.131) Su concepción del tipo correcto de nación es muy importante como el de Samuel P. Huntington en el libro final “¿Quiénes somos?” (Menciona esto a menudo.) La identidad nacional de los Estados Unidos debería ser más rica de lo que es ahora y “creedal”, basada en creencias. Favorece un sistema de estados-nación como el actual. Las democracias deben tener derecho a controlar sus propias fronteras. A los refugiados se les debe la ciudadanía y los derechos humanos, pero no necesariamente un derecho a la ciudadanía en ningún país en particular. Quizás pueda haber una negociación sobre la reforma migratoria; el gobierno tomaría medidas serias para controlar las fronteras a cambio de una amnistía y un camino hacia la ciudadanía para los ilegales no criminales en los Estados Unidos. Suena familiar para cualquier lector general acerca de la inmigración. Pero este aspecto nacional (e internacional) de la identidad necesita un libro completo, especialmente porque él trata el tema para la Unión Europea, así como para los Estados Unidos y, en cierta medida, para el resto del mundo.

El problema de Trump era doble, por sus políticas y por su personalidad. Era probable que su nacionalismo económico empeorara las cosas en lugar de mejorarlas para quienes lo apoyaban, mientras que su abierta preferencia por los hombres fuertes y autoritarios, en detrimento de los aliados democráticos, prometía desestabilizar el orden internacional. Con respecto a la personalidad, era difícil imaginar a alguien menos apropiado para ser presidente de Estados Unidos. Carecía completamente de las virtudes que uno asocia con el liderazgo (integridad, fiabilidad, buen juicio, devoción por el interés público y una brújula moral incuestionable). El principal objetivo de Trump a lo largo de su carrera había sido la autopromoción, y no había tenido empacho a la hora de sortear a personas o leyes que se interpusieran en su camino por cualquier medio a su alcance.
Trump representaba una tendencia general de la política internacional hacia lo que se ha dado en llamar nacionalpopulismo.
No es sorprendente que las potenciales nuevas democracias como Túnez, Ucrania y Birmania deban luchar a fondo para construir instituciones viables, o que la democracia liberal no haya arraigado en Afganistán o Irak después de las intervenciones de Estados Unidos en dichos países. Es decepcionante, aunque no del todo sorprendente, que Rusia haya vuelto a la tradición autoritaria. Lo que era mucho más inesperado era que las amenazas a la democracia surgieran dentro de las propias democracias consolidadas. Hungría fue uno de los primeros países de Europa del Este en derrocar a su régimen comunista. Cuando entró en la OTAN y en la Unión Europea, parecía haberse reincorporado a Europa como lo que los politólogos describían como una democracia liberal «consolidada». Sin embargo, bajo Orbán y su partido Fidesz, ha liderado el camino hacia lo que Orbán ha denominado una «democracia iliberal». Pero aún mayores sorpresas provocaron los votos en Reino Unido y Estados Unidos en relación con el brexit y Trump, respectivamente.
Estas dos democracias fueron los principales arquitectos del orden internacional liberal moderno, países que lideraron la revolución «neoliberal» bajo Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante los años ochenta. Sin embargo, ellos mismos parecían retirarse hacia un nacionalismo más cerrado.
Otro gran problema es la megalotimia. Las democracias liberales han sido bastante buenas a la hora de proporcionar paz y prosperidad (aunque algo menos en los últimos años). Estas sociedades seguras y ricas son los dominios del Último Hombre de Nietzsche, «hombres sin pecho» que se pasan la vida en la búsqueda interminable de la satisfacción de lo material, pero que no tienen nada en su núcleo, ni metas ni ideales más elevados por los que estén dispuestos a luchar y sacrificarse. Tal vida no satisfará a todos. La megalotimia prospera en la excepcionalidad: asumir grandes riesgos, involucrarse en luchas monumentales, buscar grandes efectos, porque todo esto lleva al reconocimiento de uno mismo como ser superior a los demás. En algunos casos, puede llevar a un líder heroico como un Lincoln o un Churchill o un Nelson Mandela. Pero en otros casos, puede llevar a tiranos como Julio César, Hitler o Mao, que llevan a sus sociedades a la dictadura y al desastre.
Puesto que la megalotimia ha existido históricamente en todas las sociedades, no va a desaparecer; sólo puede canalizarse o moderarse.

En algún momento a mediados de la segunda década del siglo XXI, la política mundial cambió drásticamente.
El período desde principios de la década de 1970 hasta mediados de la década de 2000 fue testigo de lo que Samuel Huntington denominó la «tercera ola» de democratización, ya que el número de países que podían clasificarse como democracias electorales aumentó de aproximadamente treinta y cinco a más de ciento diez. En este período, la democracia liberal se convirtió en la forma de gobierno predeterminada para gran parte del mundo, al menos como aspiración, si no en la práctica.
En paralelo a este cambio en las instituciones políticas, hubo un crecimiento correspondiente de la interdependencia económica entre los países, o lo que llamamos globalización. Sin embargo, este orden mundial liberal no benefició a todos. En muchos países de todo el mundo, y particularmente en las democracias desarrolladas, la desigualdad aumentó drásticamente, de modo que muchos de los beneficios del crecimiento beneficiaron sobre todo a una élite definida principalmente por la educación. A partir de mediados de la década de 2000, el impulso hacia un orden mundial cada vez más abierto y liberal comenzó a fallar, y luego se invirtió. Este cambio coincidió con dos crisis financieras, la primera originada en el mercado subprime de Estados Unidos en 2008, que condujo a la Gran Recesión subsiguiente, y la segunda surgió sobre la amenaza al euro y a la Unión Europea planteada por la insolvencia de Grecia. En ambos casos, las políticas de élite produjeron enormes recesiones, altos niveles de desempleo y la caída de los ingresos de millones de trabajadores comunes en todo el mundo. Dado que Estados Unidos y la UE eran los mayores exponentes de la democracia liberal, estas crisis dañaron su reputación.
El experto en democracia Larry Diamond caracterizó los años posteriores a la crisis como los de la «recesión democrática», en la cual el número total de democracias cayó de su punto máximo en prácticamente todas las regiones del mundo.

Los practicantes de la política del resentimiento se reconocen mutuamente. La simpatía que Vladímir Putin y Donald Trump se tienen no es sólo personal, sino que está arraigada en su común nacionalismo. Viktor Orbán lo explicó: «Algunas teorías describen los cambios que se están produciendo en el mundo occidental y el surgimiento en el escenario de un presidente de Estados Unidos como una lucha en la arena política mundial entre la élite transnacional, denominada “global”, y una élite nacional patriótica», de la que él fue un ejemplo temprano.
En todos los casos, un grupo, ya sea una gran potencia como Rusia o China o los votantes de Estados Unidos o Reino Unido, cree que tiene una identidad que no recibe el reconocimiento adecuado por parte del mundo exterior, en el caso de un país, o por parte de otros miembros de la misma sociedad. Esas identidades pueden ser y son increíblemente variadas, según la nación, la religión, el origen étnico, la orientación sexual o el género. Todas son manifestaciones de un fenómeno común, el de la política de la identidad.

Tanto el nacionalismo como el islamismo pueden considerarse un tipo de política de identidad. Afirmarlo no hace justicia a la complejidad o la especificidad de cualquiera de estos fenómenos. Pero, pese a todo, guardan importantes similitudes. Ambos aparecieron en el escenario mundial en momentos de transición social desde sociedades agrarias aisladas tradicionales a sociedades modernas conectadas a un mundo más amplio y diverso. Ambos brindan una ideología que explica por qué las personas se sienten solas y confusas, y ambos se centran en la victimización, que culpa de la situación infeliz del individuo a grupos ajenos. Y ambos exigen el reconocimiento de la dignidad de manera restrictiva: no para todos los seres humanos, sino para los miembros de un grupo nacional o religioso en particular.

La dignidad se democratizaba. Pero, en las democracias liberales, las políticas de identidad comenzaron a cambiar hacia formas colectivas e iliberales de identidad como nación y religión, ya que, con mucha frecuencia, los individuos no buscaban el reconocimiento de su individualidad, sino el reconocimiento de su semejanza con otras personas. No podemos obviar la identidad o la política de la identidad. La identidad es ese «poderoso ideal moral que nos ha llegado», en palabras de Charles Taylor, y ha cruzado fronteras y culturas desde su fundamento psicológico humano universal del thymós. Este ideal moral nos dice que albergamos seres interiores auténticos a los que no se reconoce, y sugiere que la sociedad exterior es falsa y represiva. Centra nuestra demanda natural de reconocimiento de nuestra dignidad y nos ofrece un lenguaje para expresar el resentimiento que surge cuando no se recibe dicho reconocimiento.
No es posible ni deseable que desaparezca la demanda de dignidad. Fue la chispa que encendió innumerables protestas populares, desde la Revolución francesa…

Las democracias liberales se benefician enormemente de la inmigración, tanto económica como culturalmente. Pero sin duda tienen también derecho a controlar sus propias fronteras. Un sistema político democrático se basa en un contrato entre Gobierno y ciudadano en el que ambos asumen obligaciones. Dicho contrato no tiene sentido sin delimitar la ciudadanía y el ejercicio del sufragio. A toda persona le protege un derecho humano básico a la ciudadanía, algo que, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no se les puede quitar arbitrariamente. Pero eso no significa que tengan derecho a la ciudadanía en ningún país en particular. Además, el derecho internacional no niega el derecho de los Estados a controlar sus fronteras ni a establecer criterios para la ciudadanía. A los refugiados se les debe empatía, compasión y apoyo. Sin embargo, como toda obligación moral, se ve atenuada por las consideraciones prácticas de los recursos escasos, prioridades en competencia y la sostenibilidad política de un programa de apoyo.
Para Europa, esto implica que la UE en su conjunto debe poder controlar sus fronteras exteriores mejor de lo que lo hace, lo que en la práctica significa brindar a países como Italia y Grecia ayuda material y más autoridad para regular el flujo de migrantes hacia Europa. La organización con mandato para hacerlo, Frontex no cuenta con suficiente personal ni fondos, y carece del apoyo político necesario por parte de los Estados miembros más preocupados por mantener alejados a los migrantes. El sistema Schengen de libre movimiento interno no será políticamente sostenible si el problema de las fronteras exteriores de Europa no se resuelve de manera efectiva.

Estados Unidos tiene una situación diferente. Si Estados Unidos se toma en serio la integración de los inmigrantes, entonces debe reformar su sistema de inmigración siguiendo las líneas que acabamos de describir. La adquisición de la ciudadanía estadounidense y el juramento de naturalización son indicadores fundamentales y emotivos de la asimilación. Algunos objetan que ofrecer a los extranjeros indocumentados un camino hacia la ciudadanía funciona como una recompensa por violar la ley de Estados Unidos y les permite colarse en detrimento de los extranjeros legales que buscan la naturalización. El requisito del servicio nacional podría ayudar a aliviar tales preocupaciones. Estados Unidos se autoimpone un obstáculo innecesario para la asimilación al alimentar la fantasía de que los millones de extranjeros indocumentados que viven de manera pacífica y productiva en el país serán finalmente deportados a sus países de origen. Mientras tanto, la incapacidad de Estados Unidos para hacer cumplir la ley garantiza la persistencia del problema.
Las políticas públicas que se centran en la integración exitosa de los extranjeros deben contribuir al debilitamiento del auge populista tanto en Europa como en Estados Unidos. Los nuevos grupos contrarios a la inmigración son en realidad coaliciones de personas con incentivos distintos.

La identidad es el tema que subyace en muchos fenómenos políticos actuales, desde los nuevos movimientos nacionalpopulistas hasta los combatientes islamistas, pasando por las polémicas que tienen lugar en los campus universitarios. No podemos evitar pensar en nosotros mismos y en nuestras sociedades en términos de identidad. Pero debemos recordar que las identidades que residen en lo más profundo de nosotros no son fijas ni están necesariamente definidas por el azar del nacimiento. La identidad se puede utilizar para dividir, pero también para integrar, como se ha hecho en el pasado. Ése será, al final, el remedio contra la política populista de nuestros días.

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 A good essay, Fukuyama states that the collectives are spreading in search of a respected and recognized identity, which thanks to the networks, has put in contact many people with concerns previously unseen and in some cases even undesirable, for the artificial of some. From these needs arise micro-claims that undermine more absolute ones and derive in many cases in confrontations that undermine democracies.
Poses as a solution the return to the concept of nation in the strict sense, as ideological brake of these drifts, in order to avoid excesses that end with dead, it can be controversial, but it is argued and makes think and enjoy reading , which by the way is very well structured and translated.

The author finds the first hint of identitarianism in “the third part of the soul”, Plato’s ‘thymos’ as presented in the Republic. Thymos refers to pride, judgment, and the sense of self-worth. This is peculiar to the aristocrat, the man who rules because he is responsible for society. The author ignores Christian writers on the soul before the Protestant Reformation. It was Luther who re-asserted the existence of an “inner man”, visible only to God, since true piety could never be reduced to external virtue. Before Luther there was no sense of the inner part of the human mind.
After Luther’s time, various inner selves were asserted. Kant saw the inner self as a rational rule-follower, bound by the categorical imperative and capable of free choice. Rousseau supposed a General Will which united all human beings on moral issues but was repressed under the conditions of civilized life. Hegel summarized these earlier beliefs and others about the self in terms of freedom and equality, which were the endpoints of human striving. Thus the concept of “identity” in modern terms was formed from older concepts. But it could not have been fully developed without adding one more concept: the importance of peoples in addition to individuals. This was the work of J. G. von Herder, who respected the societies and cultures of all peoples, even the Africans of his time. Thus he was a student of ethnicity and a precursor of modern anthropology.
After Hegel the industrial revolution took off with the replacement of ‘gemeinschaft’ by ‘gesellschaft’. That means that instead of village-based life there was industrial society. The loss of an old way of life and its replacement by a new one caused unhappiness among the ordinary people of mass society, which was exploited by German racist writers like Paul de Lagarde. Marx and other socialists might view the problem as economic, but it could also be viewed as one of self-esteem or dignity. This association of poverty with unhappiness, already recognized in Adam Smith’s ‘Theory of the Moral Sentiments’, caused a lot of leftist politics to founder because the message was going “to the wrong address,” as Fukuyama puts it.
But there were other problems with the message, for example, the following: “… for Rousseau, freedom is not just the moral choice to accept moral rules; it becomes the full expression of the feelings and emotions that constitute the authentic inner self.” (p.53). But what if the inner self is cruel, violent, narcissistic, or other bad things? What used to be religion now became therapy, aiming at the recovery of the authentic inner being of all. The apparent solution to this problem was for society to recognize and restore the potential of everyone. Since there are many different inner selves, there will be many groups differing by virtue of their many different priorities. Here we see a problem with the contemporary left, which attends to gays and trans-gender people, for example, but pays almost no attention to the working class generally. (Mark Lilla has a lot to say on this.)
For many an individual, there were messages for the various selves corresponding to each group affiliation that the left considered worthy of sympathetic attention. If a person had multiple affiliations, a situation known as ‘intersectionality’, they had to be considered as acting together. The effects of affiliations reached into the depths of the psyche, beyond the reach of rational analysis. For example, slavery and lynchings led blacks to have different feelings about police than whites did; women felt about sexual assault differently than men. The political left made a distinction between ‘erfahrung’ (explainable, sharable experience) and ‘erlebnis’ (lived experience, not necessarily shareable or rationally explainable). Something like this was first explored by the 1930’s literary critic Walter Benjamin in connection with explaining novels and films. The author (Fukuyama) accepts the erfahrung-erlebnis distinction to some degree.
A similar but overworked issue is political correctness. In both erfahrung/erlebnis and political correctness, the sufferings of victim groups are exaggerated and over-repeated, leading to difficulties in discussions and in the building of political coalitions. Now in the current era of Trump, the right wing has taken up political correctness, greatly to the discomfiture of the left, who seemed to feel the concept was inherently theirs by right. At this point we have completed the survey of the personal side of identitarianism. It is “the powerful moral idea that has come down to us” and so we can’t expect to live without it. The demand for dignity cannot be expected to disappear.
But political identitarianism has its national side, beginning with the question of whether nations are necessary at all. Does a nation need a ‘self’ as an individual needs a self? The author thinks so, explaining the concept like this: “Democracies need their own culture to function. … Democracies will not survive if the citizens are not in some measure irrationally attached to the ideas of constitutional government and human equality through feelings of pride and patriotism.” (p.131) His conception of the right kind of nation is very much like that of Samuel P. Huntington in the final book ‘Who Are We?’ (He mentions this often.) The national identity of the US should be richer than it is now and “creedal” — based on beliefs. He favors a system of nation-states like the present one. Democracies should have a right to control their own borders. Refugees are owed citizenship and human rights but not necessarily a right to citizenship in any particular country. Perhaps there can be a bargain on immigration reform; government would undertake serious measures to control borders in return for amnesty and a path to citizenship for noncriminal illegls in the US. It sounds familiar to any general reader about immigration. But this national (and international) aspect of identity needs an entire book, especially since he discusses the issue for the European Union as well as the US and to some extent, the rest of the world.

Trump’s problem was twofold, because of his policies and his personality. It was likely that his economic nationalism would make matters worse instead of improving them for those who supported him, while his open preference for strong and authoritarian men, to the detriment of democratic allies, promised to destabilize the international order. With respect to personality, it was difficult to imagine someone less appropriate to be president of the United States. It completely lacked the virtues that one associates with leadership (integrity, reliability, good judgment, devotion to the public interest and an unquestionable moral compass). Trump’s main objective throughout his career had been self-promotion, and he had not been embarrassed to get around people or laws that got in his way by any means at his disposal.
Trump represented a general trend of international politics towards what has been called national populism.
It is not surprising that potential new democracies such as Tunisia, Ukraine and Burma must struggle to build viable institutions, or that liberal democracy has not taken root in Afghanistan or Iraq after US interventions in those countries. It is disappointing, though not entirely surprising, that Russia has returned to the authoritarian tradition. What was much more unexpected was that threats to democracy arose within the consolidated democracies themselves. Hungary was one of the first Eastern European countries to overthrow its communist regime. When he entered NATO and the European Union, he seemed to have rejoined Europe as what political scientists described as a “consolidated” liberal democracy. However, under Orbán and his Fidesz party, he has led the way towards what Orbán has called an “illiberal democracy”. But even greater surprises provoked the votes in the United Kingdom and the United States in relation to Brexit and Trump, respectively.
These two democracies were the main architects of the modern liberal international order, countries that led the “neo-liberal” revolution under Ronald Reagan and Margaret Thatcher during the 1980s. However, they themselves seemed to retreat towards a more closed nationalism.
Another big problem is megalothymia. Liberal democracies have been quite good at providing peace and prosperity (although somewhat less in recent years). These safe and rich societies are the domains of Nietzsche’s Ultimate Man, “men without chests” who spend their lives in the endless pursuit of material satisfaction, but who have nothing in their core, nor higher goals and ideals for those who are willing to fight and sacrifice. Such a life will not satisfy everyone. Megalothymia thrives in exceptionality: taking great risks, getting involved in monumental struggles, looking for great effects, because all this leads to the recognition of oneself as being superior to others. In some cases, it may lead to a heroic leader such as a Lincoln or a Churchill or a Nelson Mandela. But in other cases, it can lead to tyrants like Julio César, Hitler or Mao, who lead their societies to dictatorship and disaster.
Since megalothymia has historically existed in all societies, it will not disappear; it can only be channeled or moderated.

Sometime in the middle of the second decade of the 21st century, world politics changed drastically.
The period from the early 1970s to the mid-2000s witnessed what Samuel Huntington called the “third wave” of democratization, since the number of countries that could be classified as electoral democracies increased from approximately thirty-five to more than one hundred and ten. In this period, liberal democracy became the default form of government for much of the world, at least as an aspiration, if not in practice.
In parallel to this change in political institutions, there was a corresponding growth of economic interdependence among countries, or what we call globalization. However, this liberal world order did not benefit everyone. In many countries around the world, and particularly in developed democracies, inequality increased drastically, so that many of the benefits of growth benefited above all an elite defined primarily by education. Beginning in the mid-2000s, the drive towards an increasingly open and liberal world order began to fail, and then it was reversed. This change coincided with two financial crises, the first originated in the US subprime market in 2008, which led to the subsequent Great Recession, and the second arose over the threat to the euro and the European Union posed by the insolvency of Greece. In both cases, elite policies produced huge recessions, high levels of unemployment and falling incomes for millions of ordinary workers around the world. Given that the United States and the EU were the greatest exponents of liberal democracy, these crises damaged its reputation.
The democracy expert Larry Diamond characterized the post-crisis years as those of the “democratic recession,” in which the total number of democracies fell from their peak in virtually every region of the world.

Practitioners of the politics of resentment recognize each other. The sympathy that Vladimir Putin and Donald Trump have is not only personal, but is rooted in their common nationalism. Viktor Orbán explained: “Some theories describe the changes that are taking place in the western world and the emergence on the stage of a US president as a struggle in the global political arena between the transnational elite, called” global “, and a patriotic national elite “, of which he was an early example.
In all cases, a group, whether a great power such as Russia or China or the voters of the United States or the United Kingdom, believes that it has an identity that does not receive adequate recognition from the outside world, in the case of a country , or by other members of the same company. These identities can be and are incredibly varied, depending on the nation, religion, ethnic origin, sexual orientation or gender. All are manifestations of a common phenomenon, that of the politics of identity.

Both nationalism and Islamism can be considered a type of identity politics. Affirming it does not do justice to the complexity or specificity of any of these phenomena. But, despite everything, they have important similarities. Both appeared on the world stage in moments of social transition from traditional isolated agrarian societies to modern societies connected to a wider and more diverse world. Both provide an ideology that explains why people feel lonely and confused, and both focus on victimization, which blames the unhappy situation of the individual on other people’s groups. And both require the recognition of dignity in a restrictive way: not for all human beings, but for the members of a particular national or religious group.

Dignity was democratized. But, in the liberal democracies, the identity politics began to change towards collective and illiberal forms of identity as a nation and religion, since, very often, individuals did not seek the recognition of their individuality, but the recognition of their resemblance to others. We can not ignore the identity or politics of identity. Identity is that “powerful moral ideal that has come to us”, in the words of Charles Taylor, and has crossed borders and cultures from his universal human psychological foundation of the thymós. This moral ideal tells us that we harbor authentic inner beings that are not recognized, and suggests that the external society is false and repressive. It centers our natural demand for recognition of our dignity and offers us a language to express the resentment that arises when this recognition is not received.
It is neither possible nor desirable that the demand for dignity disappear. It was the spark that ignited innumerable popular protests, since the French Revolution …

Liberal democracies benefit greatly from immigration, both economically and culturally. But without doubt they also have the right to control their own borders. A democratic political system is based on a contract between government and citizen in which both assume obligations. This contract does not make sense without delimiting citizenship and the exercise of suffrage. Every person protects a basic human right to citizenship, something that, according to the Universal Declaration of Human Rights, can not be arbitrarily removed. But that does not mean they have the right to citizenship in any particular country. In addition, international law does not deny the right of States to control their borders or to establish criteria for citizenship. Refugees are owed empathy, compassion and support. However, like any moral obligation, it is tempered by the practical considerations of scarce resources, competing priorities and the political sustainability of a support program.
For Europe, this implies that the EU as a whole should be able to control its external borders better than it does, which in practice means giving countries like Italy and Greece material assistance and more authority to regulate the flow of migrants to Europe. . The organization mandated to do so, Frontex does not have enough staff or funds, and lacks the necessary political support from the Member States most concerned to keep migrants away. The Schengen system of free internal movement will not be politically sustainable if the problem of Europe’s external borders is not solved effectively.

The United States has a different situation. If the United States takes the integration of immigrants seriously, then it must reform its immigration system along the lines that we have just described. The acquisition of US citizenship and the naturalization oath are fundamental and emotive indicators of assimilation. Some object that offering undocumented foreigners a path to citizenship works as a reward for violating US law and allows them to sneak in to the detriment of legal foreigners seeking naturalization. The national service requirement could help alleviate such concerns. The United States imposes an unnecessary obstacle to assimilation by feeding the fantasy that the millions of undocumented foreigners who live in a peaceful and productive way in the country will finally be deported to their countries of origin. Meanwhile, the inability of the United States to enforce the law guarantees the persistence of the problem.
Public policies that focus on the successful integration of foreigners should contribute to the weakening of the populist boom in both Europe and the United States. The new anti-immigration groups are actually coalitions of people with different incentives.

Identity is the theme that underlies many current political phenomena, from the new national populist movements to the Islamist fighters, passing through the controversies that take place on university campuses. We can not avoid thinking about ourselves and our societies in terms of identity. But we must remember that the identities that reside in the deepest part of us are not fixed nor are they necessarily defined by the chance of birth. Identity can be used to divide, but also to integrate, as has been done in the past. That will be, in the end, the remedy against the populist politics of our day.

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