Magia Y Enigma: Edificios Legendarios De España — Henry Kamen / Magic and Enigma: Legendary Buildings of Spain by Henry Kamen

Este libro es una invitación a explorar esta grandeza histórica a partir de un puñado de construcciones que han dejado una marca perdurable en la tierra y en su gente. Los seis ejemplos escogidos se encuentran en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO y son algunos de los numerosos monumentos españoles que también han sido reconocidos por esta institución, ya que simbolizan etapas y características fundamentales de la experiencia histórica de España. En la sociedad medieval ibérica, la religión era fundamental, pero no porque los españoles fueran más religiosos que otros pueblos —no era así—, sino porque había mucha actividad social y militar en torno a la religión. La península Ibérica fue la única región de Europa que contó con la presencia constante de tres grandes fes: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Los miembros de cada religión tenían sus propios centros de culto, pero pasó algún tiempo antes de que las religiones empezaran a pensar en construir grandes edificios. La comunidad judía era la más pequeña de esas tres fes, por lo cual los judíos nunca se dedicaron a construir gran cosa. Las hermosas sinagogas que hicieron estaban, en todo caso, condenadas a la desaparición como consecuencia de la persecución por parte de las religiones mayoritarias.

El primer gran símbolo ideológico de la España medieval, que llamó la atención de todas las religiones, tanto de la cristiana como de la musulmana, fue el santuario de Santiago de Compostela. Compostela tuvo épocas de gloria, pero también días desastrosos. La difusión de la leyenda del apóstol Santiago debe mucho a la legendaria batalla de Clavijo, un hecho que, según los historiadores que han examinado las pruebas con sentido crítico, jamás se produjo. La historia de Clavijo comienza en Asturias en el siglo VIII, después de que España fuera invadida por fuerzas musulmanas procedentes de África. El rey Ramiro I de Asturias y León, hijo de Alfonso II, fue el primer Rey asturiano que se negó a pagar a los dirigentes musulmanes victoriosos el tributo financiero que le exigían. El líder musulmán Abderramán II reunió un gran ejército y cabalgó hacia el norte desde Córdoba para castigar a los asturianos y a quienquiera que se negase a reconocer su supremacía. Dicen que las fuerzas contrarias se congregaron en un lugar llamado Clavijo, cerca de Logroño. La víspera de la batalla, Ramiro, desesperado, reflexionaba en su tienda de campaña cuando se le apareció Santiago y le prometió ayudarlo. Al día siguiente se enfrentaron los dos ejércitos. De pronto, del lado cristiano apareció la figura del apóstol Santiago montado en un caballo blanco, luchando contra los musulmanes.

Bastante antes de que la iglesia de Santiago de Compostela se convirtiera en un centro que atraía a visitantes del continente europeo, recibió visitas muy poco gratas procedentes del mar. A lo largo de los siglos, los peregrinos consiguieron llegar desde todas partes para visitar el lugar sagrado. Como Galicia está situada en el extremo norte de España, era particularmente propicia para quienes accedían por mar y los peregrinos ingleses partían de Southampton para llegar al santuario. Lamentablemente, acudían muchos cuya intención fundamental no era rendir culto, sino robar las ricas ofrendas que habían depositado allí los peregrinos y los reyes. En el siglo XII llegaron vikingos procedentes de las Órcadas, se establecieron en Galicia y se casaron con los lugareños. Entonces muchos vikingos ya eran cristianos y algunos hasta fueron en peregrinación a Santiago de Compostela. El rey Sigurd de Noruega fue el primer soberano escandinavo que peregrinó al santuario. Miles de escandinavos se sumaron a la peregrinación en siglos posteriores. La dolorosa memoria de la presencia de los vikingos es demasiado lejana en el tiempo para que hoy se conserven recuerdos o rastros, pero los lugareños han conseguido resucitar el pasado para entretener a los visitantes modernos. En el municipio de Catoira, a menos de cincuenta kilómetros de Santiago de Compostela, todos los años se celebra una romería que incluye música y juegos, una feria vikinga, una misa y la representación del ataque vikingo con un drakkar, una nave larga característica, además de una comida con ropas medievales imaginarias. Es una presentación pintoresca de un capítulo casi olvidado de la historia gallega.

Saqueó durante toda una semana las escasas riquezas de la ciudad, mientras los soldados tiraban abajo los edificios y las defensas que quedaban. El objetivo fundamental era, naturalmente, el santuario del apóstol Santiago, pero Almanzor, siguiendo la costumbre musulmana, ordenó —según una versión— que se respetara y no se dañara. Su objetivo era humillar a los cristianos —dijo— y no insultar su religión. Arrasó casi toda la iglesia, pero no tocó los huesos de san Jaime. Según una leyenda gallega, hizo beber a su caballo de la pila bautismal, pero el caballo no pudo y enfermó. Santiago de Compostela no era una ciudad rica, pero los musulmanes se llevaron todo lo que había de valor en el santuario, sobre todo las sedas, las escasas pieles, los códices y todos los ornamentos de oro y plata. Los hombres también se llevaron las puertas de la ciudad. Lo más memorable y simbólico fue el robo de las campanas de la torre de la iglesia, que Almanzor hizo transportar a los cristianos cautivos al otro lado de la Península, hasta Córdoba, donde las usaron como lámparas —colgadas al revés— en una nueva ampliación de la mezquita. Cabe recordar que en aquella época la iglesia era un pequeño edificio prerrománico, de modo que las campanas no eran tan grandes como contaría después la leyenda. El gran santuario de los cristianos había sido humillado y destruido. Almanzor fue el líder musulmán que más penetró en el norte cristiano y con consecuencias devastadoras. El santuario de Santiago de Compostela tardó siglos en afianzar su reputación. La catedral que vemos hoy en realidad es la tercera iglesia que se levanta en el supuesto lugar de enterramiento de san Jaime. La primera que se construyó sobre el cuerpo del apóstol se terminó en el 874 y fue consagrada en mayo del 899, con el auspicio del rey Alfonso III. A partir de entonces se introdujeron numerosas modificaciones en el edificio, que sufrió su peor desastre un siglo después, cuando fue arrasado por el ejército musulmán. Se levantó un nuevo lugar de culto donde estaba el que fue destruido por Almanzor y se fortificó con torres. Diego Peláez, obispo de Santiago del 1071 al 1088, contrató a los maestros de obra Bernardo el Viejo y Robertus Galperinus en el 1075, durante el reinado de Alfonso VI de Castilla y León, para que pusieran en marcha la construcción de lo que sería la catedral definitiva, cuya primera parte se completó en el 1077. El santuario de Santiago era muy poco conocido entre los cristianos antes de finales del siglo IX. Después alcanzó el primer puesto, gracias a una combinación de habilidad comercial y política. Se «encontraron» más reliquias relacionadas con la historia del apóstol Santiago. Se inventaron nuevos santos locales. Estas novedades atraían a la gente. Sin embargo, hubo un factor crucial que potenció a Compostela y que no vino de España, sino de Francia. Una influencia fundamental para el auge de Santiago procedió de los monjes franceses de la famosa abadía de Cluny, que tenían un interés especial en la cuestión. La abadía benedictina de Cluny, fundada en el 910 en los bosques del norte de Francia, no tardó en ampliar su actividad mediante la promoción de otras fundaciones en varios países y, a principios del siglo XI, contaba con más de mil monasterios en toda Europa, una cifra que se incrementó durante la siguiente generación. Los monjes no solo fueron pioneros de la difusión del catolicismo, sino que también presentaban en sus monasterios unas comunidades activas y dedicadas al desarrollo económico, con lo cual se volvieron ricos y exitosos. Lo primero que se ve de la catedral al llegar a la plaza del Obradoiro es la espléndida fachada occidental churrigueresca, diseñada en 1740 por el arquitecto Fernando de Casas Novoa. Cuando le encargaron embellecer el edificio, el arquitecto procedió a crear una fachada barroca, llena de curvas vertiginosas y remolinos de flores y enredaderas, con una ornamentación profusa. La fachada occidental de la catedral es una de las perspectivas más conocidas del edificio: aparece en toda la publicidad y hasta en las monedas nacionales. La entrada principal está situada a unos siete metros y medio de altura sobre la plaza y se accede por medio de una impresionante escalinata del siglo XVII. Una vez dentro, el visitante se sorprende de lo diferente que es el interior del exterior. La combinación de estilos de distintas épocas confirma al observador lo rica y variada que ha sido la evolución histórica de la catedral.

El turismo y la peregrinación siempre han sido, sobre todo en nuestra época, los motivos principales para visitar Santiago de Compostela, una ciudad alejada de los principales centros urbanos y de comercio y que, por ende, no atraía visitantes fuera de los períodos especiales de actividad religiosa. No tenía buena comunicación por carretera y por eso muchos extranjeros llegaban por mar. Debido a estas dificultades, la ciudad tuvo un desarrollo desigual. Durante los años intermedios del siglo X, se empezó a forjar la tradición europea de peregrinar a Compostela. A mediados del siglo XI, el peregrinaje se había convertido en un buen negocio, ya que a la tumba acudían en tropel grupos de personas procedentes de todo el continente. El desplazamiento regular de peregrinos dio lugar, por encima y más allá del asunto fundamental de la religión, a dos cuestiones importantes: la promoción de servicios, sobre todo en forma de hostales y posadas, y el mantenimiento de la seguridad, ya que los clientes eran vulnerables a los bandidos. Parece que a partir de entonces la actividad de la peregrinación alcanzó un nivel considerable y prosiguió, en mayor o menor medida, hasta la época de la Reforma.
Las peregrinaciones al santuario de Santiago de Compostela no eran más que un aspecto de la tradición —una tradición universal en el mundo católico— de peregrinar a los lugares sagrados. El clero alentaba a los creyentes a visitar lugares relacionados con su religión, sobre todo los asociados con personas famosas, como la Virgen María, con sucesos milagrosos y, sobre todo, con el cuerpo de los santos. De este modo, todos los cristianos participarían en una creencia común y además llegarían a ser mejores cristianos. Desde los primeros tiempos del cristianismo en Europa, ir de peregrinación se convirtió en un remedio para los pecados y los delitos y era habitual que las autoridades judiciales condenaran a los asesinos a peregrinar como una forma de reparar sus crímenes. El dinero que entregaban los peregrinos, las «ofrendas», ayudaban no solo al mantenimiento, sino también a la reconstrucción de la catedral. Las ofrendas del siglo XI contribuyeron a construir la gran fachada románica de la catedral y las del siglo XVIII sirvieron para reemplazar esta fachada con las fantasías barrocas de Casas Novoa.
El culto a Santiago hizo una aportación importante a la forma de vestir de los peregrinos. El bastón, un palo de madera, era lo más característico del vestuario del peregrino. A continuación venía la túnica, que incluía una bolsa pequeña, por lo general de cuero, para llevar dinero y bienes materiales. A partir del siglo XIII, también se volvió habitual llevar un sombrero especial de ala ancha. En el camino de regreso, el peregrino por lo general llevaba una insignia para demostrar dónde había estado. En este punto hizo Compostela una adición especial a la tradición. Se identificaba Galicia con las conchas de vieira de la costa. Según el Liber Sancti Iacobi, «los peregrinos recogen las conchas, se las cosen a la gorra y las llevan a su regreso, triunfalmente, para mostrárselas a los suyos». No obstante, a principios del siglo XII, la costumbre se había convertido en un negocio para los lugareños.

De todas las regiones de Europa occidental, la península Ibérica fue la más profundamente islámica y la que tuvo la experiencia de dominio musulmán más prolongada. En consecuencia, uno de sus núcleos de población más favorecidos, la ciudad de Córdoba, fue durante largos períodos la capital efectiva de España. En el año 711, un ejército árabe-bereber que cruzó a la Península desde el norte de África para intervenir en las luchas entre los reyes cristianos de España decidió quedarse. No se trataba en modo alguno de una conquista, sino que fue, más bien, un primer paso hacia el asentamiento y la imposición de control, un proceso que transcurrió en diversas etapas. La intervención musulmana se transformó en un dominio sobre la mayor parte de la península Ibérica que duró casi ochocientos años. Tras la muerte de Almanzor se disputaron el poder los árabes y los bereberes y al-Ándalus quedó sumido en la decadencia y la confusión, porque las discordias destruyeron la unidad del reino. Los gobernantes cristianos aprovecharon la situación y comenzaron a ocupar poco a poco las tierras musulmanas, en un proceso que los historiadores llaman «la Reconquista» y que duró varios siglos. La batalla decisiva contra los ejércitos musulmanes, que se libró en 1212 en Las Navas de Tolosa, confirmó el final de su hegemonía. Solo conservaron un territorio grande, el emirato de Granada, aunque siguieron existiendo importantes comunidades musulmanas en el resto de España, sobre todo en el reino de Valencia. Después de Las Navas, transcurrieron casi tres siglos antes de que los gobernantes cristianos estuvieran en condiciones de reanudar las guerras, que finalizaron en 1492, con la capitulación del emirato de Granada. Aunque el islamismo era la fe principal que estaba activa en la España medieval, no se hizo ningún esfuerzo para eliminar las otras dos fes importantes: el judaísmo y el cristianismo. Esto se puede apreciar en la evolución de los edificios religiosos, siendo la mezquita de Córdoba el mejor ejemplo. Así fue que, en el año 784, la antigua construcción musulmano-cristiana se transformó en una mezquita que después fue totalmente reconstruida por los descendientes de los omeyas. El edificio en sí se amplió a lo largo de doscientos años. La edificación original fue obra de Abderramán I entre el 784 y el 786 y en el siglo IX y en el X se le hicieron añadidos que duplicaron su tamaño, con lo cual se convirtió en uno de los edificios sagrados más grandes del mundo islámico. La última de estas reformas fue realizada por Almanzor en el 987. La mezquita se construyó en cuatro fases y cada gobernante y su élite hicieron aportaciones. La contribución de Almanzor fue especialmente memorable, por el botín que trajo de sus incursiones en territorio cristiano. Destacan las campanas de Santiago de Compostela.

Buena parte de lo que en la actualidad puede ver el turista en la mezquita-catedral es relativamente reciente y no formaba parte del edificio medieval. Hasta el siglo XI, el patio era de tierra sin pavimentar, con cítricos y palmeras que al principio se regaban por medio de cisternas de agua de lluvia y, posteriormente, por un acueducto. La excavación demuestra que los árboles se plantaron según un esquema, con canales superficiales de riego. Los canales de piedra que se ven ahora no son los originales. Los naranjos no se introdujeron hasta el siglo XV —en la actualidad hay noventa y ocho— y los olivos y cipreses, hasta el XVIII. Algunas de las cosas a las que atribuimos un origen musulmán eran, en realidad, cristianas.
Abderramán III añadió otra torre, que sigue siendo lo primero que se ve de la mezquita-catedral. En el 794, su predecesor, Hisham I, ya había construido el primer alminar o minarete del edificio, que era un tipo de escalera que sobresalía muy poco del nivel del techo de la mezquita. El primer minarete de verdad fue idea de Abderramán III. Se completó en el 952 y se hizo famoso por su altura y por contener en el interior de la torre dos escaleras independientes, que se construyeron para que el ascenso y el descenso se hicieran por separado. El minarete estaba coronado por un pabellón abovedado. En lo alto había tres manzanas, dos de oro y una de plata, acompañadas de lirios. El minarete tenía catorce ventanas, con arcos sostenidos por columnas de jaspe, y estaba adornado con una tracería intrincada.
En la construcción de la flamante mezquita participaron miles de artesanos y de obreros y una empresa de tanta envergadura trajo como consecuencia el desarrollo de todos los recursos de la zona. Se extrajeron piedras duras y mármoles con hermosas vetas de Sierra Morena y de las regiones que rodeaban la ciudad. Se excavaron metales de diversos tipos y se establecieron fábricas en Córdoba. La planta del edificio terminado forma un gran rectángulo de ciento ochenta por ciento treinta metros: es un poco más pequeño que la basílica de San Pedro de Roma. Alrededor de un tercio de esta superficie corresponde al Patio de los Naranjos y a los claustros que lo rodean al norte, al este y al oeste. A menudo se menciona la mezquita-catedral como un testimonio excepcional de la coexistencia en España de las tres grandes fes del mundo occidental: el cristianismo, el islamismo y el judaísmo. En la actualidad, el Museo de las Tres Culturas de Córdoba presenta una visión general de la evolución medieval de la ciudad entre el siglo IX y el XIII, cuando dicen que allí se fecundaban entre sí la cultura musulmana, la cristiana y la judía. Ya es habitual insistir en la narración de la supuesta felicidad de las tres fes que convivían en paz en la Edad Media. Algunos autores usan la palabra «convivencia» para describir la situación social de la época.
En realidad, la convivencia jamás fue feliz. Ni bajo el mandato musulmán ni bajo el cristiano existió en la práctica libertad ni tolerancia alguna de las otras religiones y las otras razas. La sociedad musulmana de la Córdoba omeya discriminaba con dureza a los cristianos, los judíos, las mujeres y los negros e incluso a otros musulmanes, sobre todo los de origen bereber. La España islámica distaba mucho de ser un modelo de armonía multicultural. La fama de Córdoba en la cultura de los siglos posteriores deriva, sobre todo, de su mezquita-catedral medieval, que sirvió de inspiración a muchas de las leyendas literarias que en el siglo XIX crearon los escritores del movimiento romántico en torno al pasado de la ciudad. Tanto españoles como extranjeros contribuyeron al auge del movimiento estético que conocemos como Orientalismo. Uno de los pioneros de esta tendencia fue un español, oriundo de Córdoba, precisamente, Ángel de Saavedra, el duque de Rivas.

Uno de los edificios más notables de Sevilla, el Alcázar, señala la transición del gobierno musulmán al cristiano. Su situación tenía orígenes romanos y visigóticos y a partir del año 720 se reconstruyó como sede del gobierno de los soberanos musulmanes de al-Ándalus. En tal carácter, la obra se benefició de la variedad de gustos tanto de los gobernantes musulmanes como de los cristianos, lo cual dio lugar a una mezcla y una profusión de estilos que en la época moderna ha enriquecido el aspecto de los jardines y las edificaciones. En el siglo X, el califa Abderramán III se encargó de los primeros cambios importantes y Pedro I de Castilla fue el responsable del hermoso palacio mudéjar. Toda la construcción se ha de admirar como fruto de la rica historia medieval de Andalucía, aunque el producto final que hoy vemos cuenta con tantas mejoras de los últimos cuatro siglos que no se puede considerar exclusivamente medieval. El rasgo fundamental es la continuidad, una característica que también se ha de tener en cuenta con respecto a la catedral de la ciudad.
Una de las primeras decisiones de los cristianos tuvo que ver con la Gran Mezquita, que, como ocurrió en otras ciudades conquistadas, se volvió a dedicar como lugar de culto cristiano y se convirtió en iglesia. Lo habitual era demoler las mezquitas corrientes, pero, como ocurrió en Córdoba, Jaén y Málaga, una gran mezquita tenía una importancia especial y por lo general se conservaba, de modo que la estructura del edificio sobrevivió bastante más de un siglo. No obstante, el cambio decisivo se produjo a mediados del siglo XIV. El plano de la nueva catedral era muy parecido al plano de planta de la mezquita, aunque al final fue mucho más allá y acabó produciendo una inmensa catedral gótica que se terminó en 1520. En el siglo XVI, otras iglesias de Andalucía se sumaron a la moda de la reconstrucción. Jaén derribó su mezquita principal en 1500 y comenzó la construcción de su catedral. La catedral original de Granada —ya lo veremos— se construyó dentro de la mezquita, como la de Córdoba, pero al final se derribó por completo para dejar sitio a una catedral diferente, que se comenzó en 1521 y no se terminó hasta 1714. En 1528 también se derribó la mezquita de Málaga para construir una catedral.
El deseo de construir se inspiraba en parte en el sentido cristiano de orgullo agresivo. Sevilla había tenido el estatus de ser sede de reyes, tanto musulmanes como cristianos, y la herencia conjunta musulmano-cristiana quedaba a la vista en el lujoso palacio islámico construido en la ciudad por el rey cristiano Pedro el Cruel en la década de 1360. Colón dejó en la catedral de Sevilla otro regalo, más indirecto. Quien la visite en la actualidad puede pasar por una entrada situada en la cara norte de la catedral para ingresar en una famosa colección de libros, la Biblioteca Colombina, reunida por el hijo ilegítimo de don Cristóbal: Hernando. En su época, era una de las mejores bibliotecas particulares de Europa y contenía alrededor de quince mil libros. La colección se ha reducido a unos tres mil doscientos volúmenes. Tras la muerte de Hernando, la colección acabó en la catedral y, con el tiempo, los volúmenes empezaron a desaparecer: muchos están en manos de particulares, algunos fueron a parar a las colecciones de Felipe II en El Escorial y otros se estropearon o sufrieron el desgaste natural. Lo que queda incluye manuscritos valiosos como el Libro de las Profecías manuscrito por Colón, un libro sobre los viajes de Marco Polo y varios mapas valiosos.

El lugar que ocupa la catedral en el catolicismo moderno no ha cambiado desde entonces. Hoy las iglesias suelen estar vacías y escasean los clérigos. En España, según las estadísticas del año 2015, el 62 por ciento de los españoles manifestaba que no iba a misa jamás. En Sevilla, en el 2017, según un censo fidedigno, el 75 por ciento de la gente no asistía a misa. Sin embargo, curiosamente, el 70 por ciento de los españoles que viven en Sevilla se definen como católicos, aunque no practiquen esa religión. Al mismo tiempo, la cantidad de sevillanos que disfrutan participando en las fiestas públicas y en las celebraciones de la Semana Santa ha aumentado muchísimo. A menudo se dice que estas celebraciones son muestras de «religiosidad popular», aunque en realidad el contenido religioso es inexistente y se trata de un gran negocio, gracias al cual Sevilla factura alrededor de trescientos millones de euros anuales, de los cuales casi nada va a parar a la catedral. Volveremos a este tema cuando hablemos de la iglesia de la Sagrada Familia en Barcelona.
El dinero y el arte, más que simplemente la religión, fueron fuerzas impulsoras de la historia religiosa de la catedral, que como destacaban los viajeros, era, en realidad, una galería para exponer lo mejor del arte sevillano, algo que no pasó desapercibido a los generales franceses que ocuparon la ciudad en el siglo XIX y se llevaron todas las obras de arte que cayeron en sus manos.

El monumento histórico más conocido de España también es el que más se pierde en un laberinto de mitos y leyendas, con un pasado distorsionado por el descuido e incluso por su opuesto: el exceso de admiración. Por lo general, se considera que representa el apogeo de su civilización, pero en realidad se construyó cuando dicha civilización ya se encontraba en vías de irremediable decadencia. Granada y su monumento, la Alhambra, están presentes en el arte y en la música, pero el arte siempre es una fantasía maravillosa y la música, siempre una melancolía retrospectiva. Los edificios más famosos de la Alhambra son los tres palacios reales originales: el Palacio de Comares, el Palacio de los Leones y el Partal. Los tres se construyeron a lo largo del siglo XIV y fueron las últimas grandes construcciones que se hicieron como consecuencia de la presencia musulmana en la península Ibérica. Posteriormente, el rey cristiano Carlos V comenzó a construir un cuarto palacio. La torre más grande de la Alhambra, la Torre de Comares, contiene el Salón de los Embajadores, un salón del trono construido por Yúsuf I, en el que se pueden ver los elementos artísticos más complejos y decorativos que hay en la Alhambra. Mohamed V construyó en el siglo XIV el elemento más famoso del Palacio de los Leones: una fuente con un sistema hidráulico complejo, que consiste en un tazón de mármol colocado sobre el lomo de doce leones tallados en piedra, situada en la intersección de dos canales de agua que forman una cruz.
Los señores nazaríes no se limitaron a construir dentro de las murallas de la Alhambra. Una de las fincas nazaríes mejor conservadas, justo al otro lado de las murallas, es el Generalife, del árabe Yannat al-Arif. La palabra yannat significa «edén» y, por asociación, «jardín» o lugar de cultivo, que era lo que el Generalife fue, originalmente: un eco de un pasaje del Corán que habla de «jardines bajo los cuales fluyen ríos». En uno de los jardines más espectaculares del Generalife hay un patio estrecho y largo adornado con un canal de agua y dos hileras de fuentes. El Generalife también contiene un palacio con intrincados jardines ornamentales, construidos de la misma forma decorativa que los que hay en la Alhambra. Al final, gracias a la mitología histórica y gracias también a los intentos que consiguieron venderla como una atracción turística, Granada ha dejado una huella imperecedera en la memoria cultural de Europa. Cuando las necesidades de la industria turística del siglo XX impulsaron el desarrollo y la restauración de la Alhambra, se hizo hincapié en los aspectos exóticos y místicos del lugar. El descubrimiento de cárceles subterráneas bajo la construcción estimuló aún más la imaginación del público. Los jefes de Estado que la visitaron quedaron cautivados por el encanto de esta última reliquia del islam en el corazón de Europa occidental.
Para muchos árabes, el magnetismo de Granada consiste en que representa la cultura islámica que prosperó en territorio europeo sin perder su carácter esencial y que se mantuvo durante más de siete siglos. Como tal, fue un fenómeno sin igual en el mundo islámico, una promesa que podría volver a renacer. En los primeros años del siglo XX, Granada sirvió de inspiración al poeta egipcio Ahmad Sawqi (murió en 1932), quien se exilió cuando los británicos se instalaron en su patria y eligió vivir en España, donde permaneció seis años. Viajó por toda Andalucía y escribió una serie de poemas sobre la España medieval: Andalusiyyat. Granada ha sobrevivido y sigue sobreviviendo como símbolo de resistencia, pero también de ratificación cultural.

La aparición de El Escorial a mediados del siglo XVI fue para España un acontecimiento sin precedentes. El edificio era único, porque no obedecía a las aspiraciones del clero ni a las ambiciones de la nobleza. A diferencia de otros grandes edificios históricos europeos, lo concibió la mente de un solo hombre, con el cual quedaría asociado para siempre. Al igual que otras construcciones emblemáticas españolas, también se inspiró en acontecimientos y experiencias de fuera de la Península. Además, la figura central de su historia fue uno de los reyes más famosos de la dinastía de los Habsburgo, Felipe II, quien, sin embargo, no fue el único Rey que tuvo que ver con el edificio. Algo menos de tres siglos después, Fernando VII también tuvo motivos para invertir en el monasterio. La intención del Rey de construir El Escorial pudo cobrar forma en cualquier momento a partir de mediados de siglo, cuando dejó de viajar a través del continente. El motivo principal que dio lugar a la construcción del edificio fue, sin duda, la batalla de San Quintín, librada en los Países Bajos en 1557, en la cual el Ejército de Flandes, compuesto en su mayor parte por generales y soldados flamencos, derrotó al ejército del rey de Francia. Posteriormente, Felipe dio una importancia específica a las circunstancias de la victoria, que se logró en la festividad de san Lorenzo. Aproximadamente diez años después de que se tomaran las decisiones principales y cuatro años después de la colocación de la piedra fundamental de su monasterio, el 22 de abril de 1567 emitió la Carta de Fundación oficial, en la cual explicaba sus motivos. Comenzaba reafirmando que la fundación estaba dedicada a san Lorenzo, por su propia «particular devoción» al santo, «en memoria de la merced y victorias que en el dia de su festividad de Dios començamos a recebir. E otrosi le fundamos de la orden de san Geronimo, por la particular affection y devocion que a esta orden tenemos y le tuvo el Emperador y Rey mi señor».

Quien visite ahora El Escorial verá una construcción enorme de muros de piedra lisos y una explanada, una perspectiva sumamente sombría, pero no era esta la intención del Rey. Felipe II fue el primer aficionado a los jardines de la historia de la España cristiana —ya hemos visto que los califas de Córdoba y de Sevilla también apreciaban los jardines—, pero este hecho se suele pasar por alto. Los estudiosos de El Escorial a menudo ignoran el entorno geográfico previsto por Felipe II y se fijan solo en lo que parece el centro de atención: el palacio-monasterio. Por consiguiente, es importante señalar que no por nada dedicó el Rey tantos meses a buscar un lugar adecuado. Su gran preocupación —no menos importante que el edificio en sí— fue encontrar un entorno en el cual destacara. Toda la vida había amado la naturaleza. Su monasterio tenía que tener un entorno totalmente rural, con bosques, agua y fauna silvestre. Estos requisitos no eran insignificantes: bosques para proporcionar leña, agua para la supervivencia humana y fauna silvestre como telón de fondo y también para cazar. Jamás le interesó el ambiente de la ciudad. Lo que le gustaba era estar al aire, los campos y los bosques, montar a caballo y cazar y siempre insistía, tanto a sus hijos como a sus ministros, que debían pasar más tiempo en contacto con la naturaleza.
Felipe fue el primer rey de la España cristiana que contó con la cultura, el entusiasmo, el tiempo y los fondos necesarios para emprender un programa de jardinería. Durante generaciones, los escritores se han mostrado indiferentes a este interés y disponemos de muy pocos estudios que nos presenten al Rey como aficionado a las flores, las plantas, la hierba, el campo y la naturaleza en general. Toda su vida había amado la naturaleza, pero empezó a aprender sobre jardinería cuando viajó al norte de Europa.

En el siglo XVI, ni la Corona ni la aristocracia españolas disponían de colecciones de libros importantes. Como ya hemos ­comentado, quien reunió la biblioteca más impresionante de aquella época fue el hijo de Cristóbal Colón y lo hizo bien lejos: en Sevilla. Felipe II pensaba usar el monasterio como su propia aportación especial a la creación de una biblioteca similar a las que había visto en el norte de Europa. Cuando era joven, sus tutores, entre los cuales destaca Calvete de Estrella, recibieron fondos para armar una biblioteca para el príncipe. Felipe creció rodeado de libros escritos por los genios de la civilización occidental. Entre los volúmenes que adquirió Calvete para él en 1545 —los compró en Salamanca y en Medina del Campo, aunque la mayoría se habían impreso en el extranjero— había obras de Sófocles, Virgilio, santo Tomás de Aquino, Luis Vives, Beda, Boccaccio, Savonarola, Petrarca, Dionisio Areopagita, Vitruvio, Copérnico (De revolutionibus) y las obras completas (Opera omnia) de Erasmo de Róterdam. En 1553, su biblioteca comprendía «libros sobre distintos temas y en distintas lenguas» e incluía obras de Durero, Dante y Maquiavelo. La colección fue creciendo con los años, a medida que fue comprando objetos relacionados con sus intereses especiales: la arquitectura y el arte, la música y la guerra, la magia y la teología. Su colección fue, posiblemente, la más ambiciosa de sus aspiraciones, ya que planeaba recopilar volúmenes de todas partes de su imperio. Ningún otro monarca de aquella época, ni siquiera el Papa, pretendía tanto. Muchos de los artículos que llegaban se trataban con tanta veneración como si fueran reliquias. Gracias a su extensa red diplomática, el Rey podía llegar a todos los rincones de Europa en su búsqueda de obras excepcionales. Era, según comentó a su enviado en Francia, Francés de Álava, una empresa de lo más personal y uno de los motivos fundamentales para construir El Escorial: «Una de las mas principales cosas que yo alli querria dexar».
Ampliando el material que ya se encontraba en los palacios, a partir de la década de 1560 Felipe creó colecciones en casi todas las ramas conocidas de las artes. También comenzó a ordenar los artículos que tendrían que ir a El Escorial, donde el eje iba a ser la biblioteca, alojada en un ala especial. Puede que la faceta más conocida de El Escorial sea la de depositaria de la colección real de reliquias religiosas. A muchos comentaristas posteriores les encantaba citar la obsesión de Felipe por las reliquias como prueba de su fanatismo. El papel de las reliquias en la ideología de El Escorial fue, sin duda, crucial. Tal vez lo mejor sea empezar por mencionar el total de reliquias, según los cronistas del monasterio. Al final, su colección ascendía a más de siete mil artículos, entre los cuales había diez cuerpos enteros, ciento cuarenta y cuatro cabezas, trescientas seis extremidades, miles de huesos de distintas partes de los cuerpos sagrados, además de cabellos de Cristo y de la Virgen y fragmentos de la vera cruz y de la corona de espinas. Por lo general, cada reliquia se guardaba envuelta en un material rico, habitualmente plata, con lo cual la colección no tenía un aspecto tan macabro como podría sugerir la lista de su contenido.

Los hechos refutan fácilmente el mito de un rey encerrado en El Escorial. Después de su padre, el emperador, Felipe II fue el monarca que más viajó de la historia de España. Ningún soberano español de la Era Moderna, salvo el emperador Carlos V, poseía mejor conocimiento directo de la geografía, la topografía, el clima, la cultura y el ambiente humano del norte de Italia, el centro de Europa, Renania, los Países Bajos e Inglaterra, todos ellos territorios claves del paisaje político europeo. Es fácil resumir sus primeros viajes: en el período durante el cual gobernó España, antes de subir al trono, pasó catorce meses en Inglaterra, un año y tres meses en Alemania y cinco años en los Países Bajos. Multitud de imágenes de aquel Rey ubicuo, de cacería en la Selva Negra o en los bosques bávaros, en los bailes de Binche, Milán y Barcelona, en las justas que se celebraban en el gran patio delante del palacio de Westminster o en los terrenos del castillo de Mariemont, navegando por el Rin y el Danubio… De hecho, el Rey jamás fue un prisionero en El Escorial, donde, a partir de 1567, residió activamente, a pesar de lo cual jamás permaneció en San Lorenzo ni en ningún otro palacio más que períodos breves. San Lorenzo era fundamentalmente un monasterio, de modo que era el lugar escogido como centro para las actividades religiosas del monarca y no como un refugio para huir del calor. Con la misma frecuencia, Felipe pasaba los meses más calurosos del año en Madrid. Las prioridades religiosas, más que la salud, eran el motivo por el cual también eligió residir épocas inclementes del año en San Lorenzo. Prefería pasar allí la Navidad y el invierno, aunque el frío podía ser insoportable. En 1572, por ejemplo, llegó al monasterio el 22 de diciembre, después de dejar El Pardo. Estuvo allí todo el período navideño y se marchó el 8 de enero. También se retiraba a San Lorenzo a pasar la Pascua.
Los años de enfermedad de la década de 1590 crearon un patrón totalmente nuevo de ausencias constantes de El Escorial, al que acudía con mucha menos frecuencia.

El peor apuro comenzó en el verano de 1835, cuando en toda España una oleada de violencia anticlerical, fomentada en parte por el Gobierno, obligó a exiliarse a miles de sacerdotes. En septiembre, la mayoría de los monasterios españoles estaban cerrados y vacíos. El nuevo primer ministro, Mendizábal, presentó una legislación que suprimía las órdenes religiosas en España y confiscaba sus propiedades. Un decreto del 9 de marzo de 1836 ordenaba que «quedan suprimidos todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas de comunidad o de instituto religioso de varones». En 1836, los seminaristas tuvieron que abandonar su residencia de El Escorial y a finales de 1837 se habían ido todos los jerónimos. El gran edificio quedó vacío. Los visitantes posteriores, como Théophile Gautier, veían desde el exterior una mole lúgubre y vacía y cientos de ventanas con los vidrios hechos añicos. Cuando volvió a haber monjes en El Escorial, pertenecían a la orden de los agustinos.
Un siglo después se repitió el patrón. La Segunda República, que llegó al poder en 1931 y era anticlerical, contemplaba impasible cómo se incendiaban y arrasaban los monasterios y se asesinaba a los monjes.

Gaudí al final alcanzó la fama como el creador de un edificio cuya construcción apenas había comenzado cuando fue atropellado. Gaudí entró en contacto con un grupo de personas religiosas que hacían planes para construir una iglesia en honor a san José. En 1883 le encargaron el plano para la iglesia, que no tardó en convertirse en su tarea principal y a la cual dedicó los siguientes cuarenta y tres años de su vida. En aquella década comenzó los demás proyectos, por los cuales es más conocido, como el Palau Güell de Barcelona. En la década de 1900 participó en las reformas de la catedral de Palma de Mallorca y en 1904 comenzó la de la Casa Battló de Barcelona. En 1910 también terminó de trabajar en lo que llegó a ser uno de sus logros más populares en Barcelona: el edificio llamado «la Pedrera». Aquel mismo año, Güell patrocinó una muestra en París de los planos y los diseños de Gaudí. El arquitecto ya era una figura internacional y despertaba interés en lugares tan remotos como Nueva York. Sin embargo, cayó enfermo poco después y decidió dedicarse en exclusiva a un solo proyecto: la Sagrada Familia. En 1925 incluso se fue a vivir allí mismo y cuando murió fue enterrado en la cripta.
En sus primeros trabajos, experimentó con varios estilos tradicionales, como el mudéjar (de origen tradicional cristiano-musulmán), el gótico (de origen medieval) y el barroco. Los estilos eran tradicionales, pero lo que Gaudí hacía con ellos no lo era. No obstante, gracias a la originalidad y la imaginación del arquitecto, sus edificios no se ajustan a la terminología ni a los estilos tradicionales. En lugar de ceñirse con rigor al Art Nouveau, por ejemplo, presentó sus propias variaciones originales, que, en algunos casos —entre ellos destaca la Casa Vicens—, en realidad son previas a la invención del Art Nouveau en el norte de Europa. Varios estudios analizan sus obras en detalle y este no es el lugar adecuado para describirlas. Quien visita sus creaciones capta enseguida algunas de sus ideas, que variaban en cada edificio, pero que alcanzan su máximo dramatismo en el desafío que representa la Sagrada Familia. Entre las maravillas de este edificio increíble —y por mérito, asimismo, de los arquitectos que continuaron la obra de Gaudí— cabe destacar la ausencia de líneas rectas y la sensación de movimiento constante. Puesto que —ya lo veremos— ha habido muchas críticas al estilo y la finalidad de su obra, corresponde hacer hincapié en que muchos arquitectos profesionales de las últimas décadas por fin han reconocido que Gaudí era un artista importante y que tanto su creatividad como su obra terminada son originales y admirables. La increíble originalidad de Gaudí estaba a tono con la que existía en tierras catalanas, en todas las ramas de las artes, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. No era algo único, sino que formaba parte de una corriente de imaginación que fluía por aquellas tierras. La tendencia en el siglo XIX era una visión con orientación europea llamada Modernismo, pero en la primera década del siglo XX se proclamó como noucentisme, un concepto específicamente catalán que se consideraba una reacción contra los conceptos tradicionalistas y que aspiraba a integrar la política con el arte.
El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia fue idea de un librero llamado Josep Maria Bocabella, quien en 1866 fundó la Asociación Espiritual de Devotos de San José con el fin de lograr, por medio de san José —para los católicos, el patrono de los trabajadores—, que estos volvieran a la fe católica tradicional, con la que habían perdido contacto. La propuesta era tener un templo que expiara los pecados de los liberales republicanos y reafirmara el liderazgo de la Iglesia en la cabeza de los trabajadores.

En síntesis, la Sagrada Familia no tiene ningún sentido en términos de creencia religiosa ni de aspiración social. Ha hecho y sigue haciendo caso omiso de la realidad contemporánea y su estilo artístico tampoco tiene nada que ver con la realidad. Este es, desde luego, el motivo principal por el cual, a la larga, ha logrado despertar la curiosidad del público. ¿Cuál era el motivo —se preguntaban todos— para este edificio que no tenía nada en común con las aspiraciones del siglo XX? Incluso a los católicos les costaba creer que aquello fuera una iglesia; más bien parecía el legado estrambótico de un genio loco y esta es, de hecho, la opinión generalizada incluso hoy y sobre todo entre los habitantes de Barcelona.

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This book is an invitation to explore this historical greatness from a handful of buildings that have left a lasting mark on the land and its people. The six selected examples are found in the UNESCO World Heritage List and are some of the many Spanish monuments that have also been recognized by this institution, as they symbolize stages and fundamental characteristics of the historical experience of Spain. In the medieval Iberian society, religion was fundamental, but not because the Spaniards were more religious than other peoples -it was not so-, but because there was much social and military activity around religion. The Iberian Peninsula was the only region in Europe that had the constant presence of three great faiths: Christianity, Judaism and Islam. The members of each religion had their own cult centers, but it was some time before the religions began to think about building large buildings. The Jewish community was the smallest of these three faiths, so the Jews never set out to build much. The beautiful synagogues that were made were, in any case, doomed to disappear as a result of persecution by major religions.

The first great ideological symbol of medieval Spain, which caught the attention of all religions, both Christian and Muslim, was the sanctuary of Santiago de Compostela. Compostela had times of glory, but also disastrous days. The spread of the legend of the apostle James owes much to the legendary battle of Clavijo, a fact that, according to the historians who have examined the evidence with critical sense, never happened. The history of Clavijo begins in Asturias in the 8th century, after Spain was invaded by Muslim forces from Africa. King Ramiro I of Asturias and Leon, son of Alfonso II, was the first Asturian King who refused to pay the victorious Muslim leaders the financial tribute they demanded. The Muslim leader Abderramán II gathered a large army and rode north from Córdoba to punish the Asturians and whoever refused to recognize their supremacy. They say that the opposing forces gathered in a place called Clavijo, near Logroño. On the eve of the battle, Ramiro, desperate, reflected in his tent when Santiago appeared to him and promised to help him. The next day the two armies clashed. Suddenly, on the Christian side appeared the figure of the apostle Santiago mounted on a white horse, fighting against the Muslims.

Long before the church of Santiago de Compostela became a center that attracted visitors from the European continent, it received very unpleasant visits from the sea. Throughout the centuries, pilgrims managed to get from everywhere to visit the sacred place. As Galicia is located in the extreme north of Spain, it was particularly propitious for those who acceded by sea and English pilgrims left from Southampton to reach the sanctuary. Unfortunately, there were many whose fundamental intention was not to worship, but to steal the rich offerings that pilgrims and kings had deposited there. In the 12th century, Vikings came from the Orkneys, settled in Galicia and married the locals. So many Vikings were already Christians and some even went on a pilgrimage to Santiago de Compostela. King Sigurd of Norway was the first Scandinavian sovereign to make his pilgrimage to the sanctuary. Thousands of Scandinavians joined the pilgrimage in later centuries. The painful memory of the presence of the Vikings is too far back in time for memories or traces to be preserved today, but the locals have managed to resurrect the past to entertain modern visitors. In the municipality of Catoira, less than fifty kilometers from Santiago de Compostela, every year there is a pilgrimage that includes music and games, a Viking fair, a mass and the representation of the Viking attack with a drakkar, a characteristic long ship, besides a meal with imaginary medieval clothes. It is a picturesque presentation of an almost forgotten chapter of Galician history.

He plundered the scarce wealth of the city for a whole week, while the soldiers threw down the buildings and the defenses that remained. The fundamental objective was, of course, the sanctuary of the apostle James, but Almanzor, following the Muslim custom, ordered -according to one version- that it be respected and not damaged. His goal was to humiliate Christians, “he said,” and not insult their religion. He almost destroyed the whole church, but he did not touch the bones of Saint James. According to a Galician legend, he had his horse drink from the baptismal font, but the horse could not and fell ill. Santiago de Compostela was not a rich city, but the Muslims took everything that was valuable in the sanctuary, especially the silks, the few skins, the codices and all the ornaments of gold and silver. The men also took away the city gates. The most memorable and symbolic was the theft of bells from the church tower, which Almanzor had captive Christians transported to the other side of the Peninsula, to Córdoba, where they were used as lamps – hung upside down – in a new extension of the mosque. It should be remembered that at that time the church was a small pre-Romanesque building, so that the bells were not as large as the legend would later tell. The great sanctuary of the Christians had been humiliated and destroyed. Almanzor was the Muslim leader who most penetrated the Christian north and with devastating consequences. The sanctuary of Santiago de Compostela took centuries to strengthen its reputation. The cathedral we see today is actually the third church that rises in the supposed burial place of Saint James. The first that was built on the body of the apostle was completed in 874 and was consecrated in May 899, under the auspices of King Alfonso III. Thereafter, numerous modifications were made to the building, which suffered its worst disaster a century later, when it was razed by the Muslim army. A new place of worship was built where was the one that was destroyed by Almanzor and fortified with towers. Diego Peláez, bishop of Santiago from 1071 to 1088, hired the master builders Bernardo el Viejo and Robertus Galperinus in 1075, during the reign of Alfonso VI of Castile and León, to set in motion the construction of what would be the definitive cathedral, whose first part was completed in 1077. The sanctuary of Santiago was little known among Christians before the end of the ninth century. Then he reached the top spot, thanks to a combination of commercial and political ability. More “relics” related to the story of the Apostle Santiago were “found”. New local saints were invented. These novelties attracted people. However, there was a crucial factor that strengthened Compostela and that came not from Spain, but from France. A fundamental influence for the rise of Santiago came from the French monks of the famous Abbey of Cluny, who had a special interest in the matter. The Benedictine Abbey of Cluny, founded in 910 in the forests of northern France, soon expanded its activity by promoting other foundations in several countries and, at the beginning of the eleventh century, had more than a thousand monasteries throughout Europe. , a figure that increased during the next generation. The monks not only were pioneers of the diffusion of the catholicism, but also they presented / displayed in their monasteries some active communities and dedicated to the economic development, with which they became rich and successful. The first thing that can be seen of the cathedral when arriving at the Plaza del Obradoiro is the splendid Churrigueresque western facade, designed in 1740 by the architect Fernando de Casas Novoa. When they commissioned him to beautify the building, the architect proceeded to create a Baroque facade, full of vertiginous curves and swirls of flowers and vines, with profuse ornamentation. The western facade of the cathedral is one of the most well-known perspectives of the building: it appears in all the publicity and even in national currencies. The main entrance is located about seven and a half meters above the plaza and is accessed by means of an impressive staircase from the 17th century. Once inside, the visitor is surprised at how different the inside of the exterior is. The combination of styles from different periods confirms to the observer how rich and varied the historical evolution of the cathedral has been.

Tourism and pilgrimage have always been, especially in our time, the main reasons to visit Santiago de Compostela, a city far from the main urban and commercial centers and that, therefore, did not attract visitors outside the special periods of religious activity. It did not have good communication by road and for that reason many foreigners arrived by sea. Due to these difficulties, the city had an uneven development. During the middle years of the tenth century, the European tradition of pilgrimage to Compostela began to be forged. By the middle of the eleventh century, the pilgrimage had become a good business, as groups of people from all over the continent flocked to the grave. The regular displacement of pilgrims gave rise, above and beyond the fundamental issue of religion, to two important issues: the promotion of services, especially in the form of hostels and inns, and the maintenance of security, since the clients They were vulnerable to bandits. It seems that from then on the activity of the pilgrimage reached a considerable level and continued, to a greater or lesser extent, until the time of the Reformation.
The pilgrimages to the sanctuary of Santiago de Compostela were no more than an aspect of tradition-a universal tradition in the Catholic world-of pilgrimage to sacred places. The clergy encouraged believers to visit places related to their religion, especially those associated with famous people, such as the Virgin Mary, with miraculous events and, above all, with the body of the saints. In this way, all Christians would participate in a common belief and would also become better Christians. From the early days of Christianity in Europe, going on a pilgrimage became a remedy for sins and crimes and it was common for judicial authorities to condemn the murderers to make pilgrimages as a way to repair their crimes. The money given by the pilgrims, the “offerings”, helped not only the maintenance, but also the reconstruction of the cathedral. The offerings of the eleventh century contributed to the construction of the great Romanesque façade of the cathedral and those from the 18th century served to replace this façade with the baroque fantasies of Casas Novoa.
The cult to Santiago made an important contribution to the way of dressing of the pilgrims. The cane, a wooden stick, was the most characteristic of the pilgrim’s wardrobe. Next came the tunic, which included a small bag, usually made of leather, to carry money and material goods. From the thirteenth century, it also became customary to wear a special hat with a wide brim. On the way back, the pilgrim usually wore a badge to show where he had been. At this point Compostela made a special addition to tradition. Galicia was identified with scallop shells from the coast. According to the Liber Sancti Iacobi, “the pilgrims collect the shells, sew them to the cap and bring them back, triumphantly, to show them to their own.” However, at the beginning of the 12th century, the custom had become a business for the locals.

Of all the regions of Western Europe, the Iberian Peninsula was the most deeply Islamic and had the longest experience of Muslim rule. As a result, one of its most favored population centers, the city of Córdoba, was for long periods the effective capital of Spain. In the year 711, an Arab-Berber army that crossed the Peninsula from North Africa to intervene in the struggles between the Christian kings of Spain decided to stay. It was not in any way a conquest, but was rather a first step towards settlement and the imposition of control, a process that went on in various stages. The Muslim intervention was transformed into a domain over most of the Iberian Peninsula that lasted almost eight hundred years. After the death of Almanzor the Arabs and the Berbers disputed power and al-Andalus was plunged into decay and confusion, because discord destroyed the unity of the kingdom. The Christian rulers took advantage of the situation and began to occupy little by little the Muslim lands, in a process that historians call «the Reconquista» and that lasted several centuries. The decisive battle against the Muslim armies, which was fought in 1212 in Las Navas de Tolosa, confirmed the end of its hegemony. Only they conserved a great territory, the emirate of Granada, although they continued existing important Muslim communities in the rest of Spain, mainly in the kingdom of Valencia. After Las Navas, almost three centuries passed before the Christian rulers were able to resume the wars, which ended in 1492, with the capitulation of the emirate of Granada. Although Islamism was the main faith that was active in medieval Spain, no effort was made to eliminate the other two important faiths: Judaism and Christianity. This can be seen in the evolution of religious buildings, the mosque of Cordoba being the best example. So it was that, in the year 784, the old Muslim-Christian construction was transformed into a mosque that was then completely rebuilt by the descendants of the Umayyads. The building itself was extended over two hundred years. The original building was the work of Abderramán I between 784 and 786 and in the ninth century and in the X they were added to double their size, which became one of the largest sacred buildings in the Islamic world. The last of these reforms was made by Almanzor in 987. The mosque was built in four phases and each ruler and his elite made contributions. Almanzor’s contribution was especially memorable, due to the booty he brought from his incursions into Christian territory. The bells of Santiago de Compostela stand out.

Much of what tourists can see at the mosque-cathedral is relatively recent and was not part of the medieval building. Until the eleventh century, the patio was unpaved land, with citrus and palm trees that were first irrigated by rainwater cisterns and, later, by an aqueduct. The excavation shows that the trees were planted according to a scheme, with superficial irrigation channels. The stone channels that you see now are not the original ones. The orange trees were not introduced until the fifteenth century – there are now ninety-eight – and the olive trees and cypresses, until the eighteenth. Some of the things to which we attribute a Muslim origin were, in fact, Christian.
Abderramán III added another tower, which is still the first thing you see of the mosque-cathedral. In 794, his predecessor, Hisham I, had already built the first minaret or minaret of the building, which was a type of staircase that jutted very little from the ceiling level of the mosque. The first real minaret was the idea of Abderramán III. It was completed in 952 and became famous for its height and for containing two independent staircases inside the tower, which were built so that the ascent and descent were made separately. The minaret was crowned by a vaulted pavilion. At the top were three apples, two gold and one silver, accompanied by lilies. The minaret had fourteen windows, with arches supported by columns of jasper, and was adorned with an intricate tracery.
Thousands of artisans and workers participated in the construction of the brand-new mosque and a company of such magnitude brought as a consequence the development of all the resources of the area. Hard stones and marbles were extracted with beautiful veins of Sierra Morena and the regions that surrounded the city. Metals of different types were dug and factories were established in Córdoba. The floor of the finished building forms a large rectangle of one hundred and eighty percent by thirty meters: it is a little smaller than St. Peter’s Basilica in Rome. About a third of this area corresponds to the Patio de los Naranjos and the cloisters that surround it to the north, east and west. The mosque-cathedral is often mentioned as an exceptional testimony of the coexistence in Spain of the three great faiths of the Western world: Christianity, Islam and Judaism. Currently, the Museum of the Three Cultures of Cordoba presents a general view of the medieval evolution of the city between the ninth and the thirteenth century, when they say that there was fertilized Muslim, Christian and Jewish culture. It is already usual to insist on the narration of the supposed happiness of the three faiths that coexisted in peace in the Middle Ages. Some authors use the word “coexistence” to describe the social situation of the time.
Actually, coexistence was never happy. Neither under the Muslim nor under the Christian rule did there exist in practice neither freedom nor tolerance of other religions and other races. The Muslim society of the Umayyad Cordoba discriminated harshly against Christians, Jews, women and blacks and even other Muslims, especially those of Berber origin. Islamic Spain was far from being a model of multicultural harmony. The fame of Cordoba in the culture of later centuries derives, above all, from its medieval mosque-cathedral, which served as inspiration to many of the literary legends that in the nineteenth century created the writers of the romantic movement around the past of the city. Both Spaniards and foreigners contributed to the rise of the aesthetic movement that we know as Orientalism. One of the pioneers of this trend was a Spaniard, native of Cordoba, precisely, Angel de Saavedra, the Duke of Rivas.

One of the most remarkable buildings in Seville, the Alcázar, marks the transition from Muslim to Christian government. Its situation had Roman and Visigothic origins and from the year 720 it was rebuilt as the seat of government of the Muslim rulers of al-Andalus. In this character, the work benefited from the variety of tastes of both the Muslim rulers and Christians, which led to a mixture and a profusion of styles that in modern times has enriched the appearance of gardens and buildings . In the tenth century, Caliph Abderramán III was in charge of the first important changes and Pedro I of Castile was responsible for the beautiful Mudejar palace. All the construction has to be admired as a result of the rich medieval history of Andalusia, although the final product that we see today has so many improvements of the last four centuries that it can not be considered exclusively medieval. The fundamental feature is continuity, a feature that must also be taken into account with respect to the cathedral of the city.
One of the first decisions of the Christians had to do with the Great Mosque, which, as happened in other conquered cities, was rededicated as a place of Christian worship and became a church. The usual thing was to demolish ordinary mosques, but, as happened in Cordoba, Jaen and Malaga, a large mosque had a special importance and was usually preserved, so that the structure of the building survived well over a century. However, the decisive change occurred in the mid-fourteenth century. The plan of the new cathedral was very similar to the floor plan of the mosque, although in the end it went much further and ended up producing an immense Gothic cathedral that was finished in 1520. In the 16th century, other churches in Andalusia joined the fashion of reconstruction. Jaén demolished its main mosque in 1500 and began the construction of its cathedral. The original cathedral of Granada -we will see it- was built inside the mosque, like the one in Córdoba, but in the end it was completely demolished to make room for a different cathedral, which was begun in 1521 and was not finished until 1714. In In 1528 the mosque of Malaga was also demolished to build a cathedral.
The desire to build was inspired in part by the Christian sense of aggressive pride. Seville had had the status of being the seat of kings, both Muslim and Christian, and the joint Moslem-Christian heritage was visible in the luxurious Islamic palace built in the city by the Christian king Pedro the Cruel in the 1360s. Columbus He left another gift in the cathedral of Seville, more indirectly. Those who visit it today can go through an entrance on the north side of the cathedral to enter a famous collection of books, the Biblioteca Colombina, gathered by the illegitimate son of Don Cristóbal: Hernando. In its time, it was one of the best private libraries in Europe and contained about fifteen thousand books. The collection has been reduced to some three thousand two hundred volumes. After the death of Hernando, the collection ended up in the cathedral and, over time, the volumes began to disappear: many are in the hands of private individuals, some went to the collections of Felipe II in El Escorial and others were damaged or suffered the natural wear. What remains is valuable manuscripts such as the Book of Prophecy handwritten by Columbus, a book on Marco Polo’s travels and several valuable maps.

The place occupied by the cathedral in modern Catholicism has not changed since then. Today the churches are usually empty and the clergy are scarce. In Spain, according to statistics for 2015, 62 percent of Spaniards said they never went to Mass. In Seville, in 2017, according to a reliable census, 75 percent of the people did not attend mass. However, curiously, 70 percent of Spaniards living in Seville define themselves as Catholics, even if they do not practice that religion. At the same time, the number of Sevillians who enjoy participating in public holidays and celebrations of Holy Week has increased greatly. It is often said that these celebrations are samples of “popular religiosity”, although in reality the religious content is non-existent and it is a big business, thanks to which Sevilla invoices around three hundred million euros a year, of which almost nothing goes to stop at the cathedral. We will return to this topic when we talk about the church of the Sagrada Familia in Barcelona.
Money and art, more than just religion, were driving forces of the religious history of the cathedral, which, as the travelers emphasized, was, in reality, a gallery to exhibit the best of Sevillian art, something that did not go unnoticed. the French generals who occupied the city in the 19th century and took away all the works of art that fell into their hands.

The most well-known historical monument in Spain is also the most lost in a labyrinth of myths and legends, with a past distorted by neglect and even by its opposite: the excess of admiration. In general, it is considered that it represents the apogee of its civilization, but in reality it was built when that civilization was already in a process of irremediable decadence. Granada and its monument, the Alhambra, are present in art and music, but art is always a wonderful fantasy and music, always a retrospective melancholy. The most famous buildings of the Alhambra are the three original royal palaces: the Palace of Comares, the Palace of the Lions and the Partal. The three were built throughout the fourteenth century and were the last major buildings that were made as a result of the Muslim presence in the Iberian Peninsula. Subsequently, the Christian King Charles V began to build a fourth palace. The largest tower of the Alhambra, the Comares Tower, contains the Hall of the Ambassadors, a throne room built by Yúsuf I, where you can see the most complex and decorative artistic elements in the Alhambra. Mohamed V built in the fourteenth century the most famous element of the Palace of the Lions: a fountain with a complex hydraulic system, consisting of a marble bowl placed on the back of twelve lions carved in stone, located at the intersection of two channels of water forming a cross.
The Nasrid lords did not limit themselves to building inside the walls of the Alhambra. One of the best preserved Nazari farms, just on the other side of the walls, is the Generalife, from the Arab Yannat al-Arif. The word yannat means “Eden” and, by association, “garden” or place of cultivation, which was what the Generalife was, originally: an echo of a passage from the Koran that speaks of “gardens under which rivers flow”. In one of the most spectacular gardens of the Generalife there is a narrow and long patio adorned with a water channel and two rows of fountains. The Generalife also contains a palace with intricate ornamental gardens, built in the same decorative way as those in the Alhambra. In the end, thanks to historical mythology and thanks also to the attempts that managed to sell it as a tourist attraction, Granada has left an undying imprint on the cultural memory of Europe. When the needs of the tourism industry of the 20th century drove the development and restoration of the Alhambra, the exotic and mystical aspects of the place were emphasized. The discovery of underground prisons under construction further stimulated the imagination of the public. The heads of state that visited it were captivated by the charm of this last relic of Islam in the heart of Western Europe.
For many Arabs, the magnetism of Granada is that it represents the Islamic culture that prospered in European territory without losing its essential character and that remained for more than seven centuries. As such, it was a phenomenon without equal in the Islamic world, a promise that could be reborn. In the early years of the twentieth century, Granada served as inspiration to the Egyptian poet Ahmad Sawqi (died 1932), who went into exile when the British settled in their homeland and chose to live in Spain, where he remained for six years. He traveled throughout Andalusia and wrote a series of poems about medieval Spain: Andalusiyyat. Granada has survived and continues to survive as a symbol of resistance, but also of cultural ratification.

The appearance of El Escorial in the mid-sixteenth century was an unprecedented event for Spain. The building was unique, because it did not obey the aspirations of the clergy or the ambitions of the nobility. Unlike other great European historical buildings, it was conceived by the mind of one man, with whom it would be associated forever. Like other emblematic Spanish constructions, it was also inspired by events and experiences from outside the Peninsula. In addition, the central figure in his story was one of the most famous kings of the Habsburg dynasty, Philip II, who, however, was not the only King who had to do with the building. A little less than three centuries later, Ferdinand VII also had reasons to invest in the monastery. The intention of the King to build El Escorial could take shape at any time from mid-century, when he stopped traveling across the continent. The main reason that led to the construction of the building was undoubtedly the Battle of San Quentin, fought in the Netherlands in 1557, in which the Flanders Army, composed mostly of Flemish generals and soldiers, defeated to the army of the king of France. Later, Felipe gave a specific importance to the circumstances of the victory, which was achieved on the feast of St. Lawrence. Approximately ten years after the main decisions were made and four years after the laying of the foundation stone of his monastery, on April 22, 1567 he issued the Charter of the official Foundation, in which he explained his motives. He began by reaffirming that the foundation was dedicated to St. Lawrence, for his own “particular devotion” to the saint, “in memory of the mercy and victories that on the day of his feast of God we began to receive. And others we founded him of the order of San Geronimo, for the particular affection and devotion that we have to this order and he had the Emperor and King my lord ».

Whoever visits El Escorial now will see an enormous construction of smooth stone walls and an esplanade, an extremely somber perspective, but this was not the intention of the King. Felipe II was the first enthusiast of gardens in the history of Christian Spain – we have already seen that the caliphs of Cordoba and Seville also appreciated the gardens – but this fact is often overlooked. The scholars of El Escorial often ignore the geographical environment foreseen by Felipe II and focus only on what seems to be the center of attention: the palace-monastery. Therefore, it is important to note that the King did not spend so many months searching for a suitable place. His great concern – no less important than the building itself – was finding an environment in which he stood out. All life had loved nature. His monastery had to have a totally rural environment, with forests, water and wildlife. These requirements were not insignificant: forests to provide firewood, water for human survival and wildlife as a backdrop and also to hunt. He was never interested in the atmosphere of the city. What he liked was to be outdoors, fields and forests, horseback riding and hunting and he always insisted, both to his children and his ministers, that they should spend more time in contact with nature.
Felipe was the first king of Christian Spain to have the culture, enthusiasm, time and funds necessary to undertake a gardening program. For generations, writers have been indifferent to this interest and we have very few studies that present us to the King as an aficionado of flowers, plants, grass, fields and nature in general. All his life he had loved nature, but he started learning about gardening when he traveled to northern Europe.

In the sixteenth century, neither the Crown nor the Spanish aristocracy had collections of important books. As we have already mentioned, who brought together the most impressive library of that time was the son of Christopher Columbus and he did it far away: in Seville. Philip II intended to use the monastery as his own special contribution to the creation of a library similar to those he had seen in northern Europe. When he was young, his tutors, among which Calvete de Estrella stands out, received funds to set up a library for the prince. Felipe grew up surrounded by books written by the geniuses of Western civilization. Among the volumes that Calvete acquired for him in 1545 – he bought them in Salamanca and Medina del Campo, although most had been printed abroad – there were works by Sophocles, Virgil, St. Thomas Aquinas, Luis Vives, Beda, Boccaccio, Savonarola, Petrarca, Dionisio Areopagita, Vitruvius, Copernicus (De revolutionibus) and the complete works (Opera omnia) by Erasmus of Rotterdam. In 1553, his library included “books on different subjects and in different languages” and included works by Dürer, Dante and Machiavelli. The collection grew over the years, as he was buying objects related to his special interests: architecture and art, music and war, magic and theology. His collection was possibly the most ambitious of his aspirations, since he planned to collect volumes from all parts of his empire. No other monarch of that time, not even the Pope, intended so much. Many of the items that arrived were treated with as much veneration as if they were relics. Thanks to his extensive diplomatic network, the King could reach all corners of Europe in his search for exceptional works. He was, as he told his envoy in France, Francés de Álava, a company of the most personal and one of the fundamental reasons for building El Escorial: “One of the most important things that I would want to leave behind”.
Expanding the material that was already in the palaces, from the decade of 1560 Felipe created collections in almost all known branches of the arts. He also began to order the articles that would have to go to El Escorial, where the axis was going to be the library, housed in a special wing. Perhaps the most well-known facet of El Escorial is the repository of the royal collection of religious relics. Many later commentators loved to cite Felipe’s obsession with relics as proof of his fanaticism. The role of the relics in the ideology of El Escorial was, without a doubt, crucial. Perhaps the best thing to do is start by mentioning the total of relics, according to the chroniclers of the monastery. In the end, his collection amounted to more than seven thousand items, among which were ten whole bodies, one hundred and forty-four heads, three hundred and six limbs, thousands of bones from different parts of the sacred bodies, as well as hair of Christ and the Virgin and fragments of the cross and the crown of thorns. In general, each relic was kept wrapped in a rich material, usually silver, so the collection did not look as macabre as the list of its contents might suggest.

The facts easily refute the myth of a king locked in El Escorial. After his father, the emperor, Felipe II was the monarch who traveled the most in the history of Spain. No Spanish sovereign of the Modern Era, except Emperor Charles V, had better direct knowledge of the geography, topography, climate, culture and human environment of northern Italy, central Europe, the Rhineland, the Netherlands and England, all of them key territories of the European political landscape. It is easy to summarize his first trips: in the period during which he ruled Spain, before ascending the throne, he spent fourteen months in England, one year and three months in Germany and five years in the Netherlands. A multitude of images of that ubiquitous King, of hunting in the Black Forest or in the Bavarian forests, in the dances of Binche, Milan and Barcelona, in the jousts that were celebrated in the great courtyard in front of the Palace of Westminster or in the grounds of the Mariemont castle, navigating the Rhine and the Danube … In fact, the King was never a prisoner in El Escorial, where, from 1567, he resided actively, despite which he never stayed in San Lorenzo or in any other palace more than brief periods. San Lorenzo was essentially a monastery, so it was the place chosen as the center for the religious activities of the monarch and not as a refuge to escape the heat. With the same frequency, Felipe spent the hottest months of the year in Madrid. The religious priorities, more than health, were the reason why he also chose to live inclement times of the year in San Lorenzo. He preferred to spend Christmas and winter there, although the cold could be unbearable. In 1572, for example, he arrived at the monastery on December 22, after leaving El Pardo. He was there throughout the Christmas period and left on January 8. He also retired to San Lorenzo to spend Easter.
The years of illness of the 1590s created a totally new pattern of constant absences from El Escorial, which he attended much less frequently.

The worst hurry began in the summer of 1835, when throughout Spain a wave of anti-clerical violence, fomented in part by the government, forced thousands of priests into exile. In September, most of the Spanish monasteries were closed and empty. The new prime minister, Mendizábal, introduced legislation that suppressed religious orders in Spain and confiscated their property. A decree of March 9, 1836, ordered that “all monasteries, convents, schools, congregations and other houses of community or religious institute of men are abolished.” In 1836, the seminarians had to leave their residence in El Escorial and by the end of 1837 all the Hieronymites had gone. The big building was empty. Later visitors, such as Théophile Gautier, saw from the outside a gloomy and empty mass and hundreds of windows with shattered glass. When monks returned to El Escorial, they belonged to the order of the Augustinians.
A century later the pattern was repeated. The Second Republic, which came to power in 1931 and was anti-clerical, watched impassively as the monasteries burned and razed and the monks were murdered.

Gaudí finally achieved fame as the creator of a building whose construction had barely begun when he was run over. Gaudí came into contact with a group of religious people who were making plans to build a church in honor of St. Joseph. In 1883 they commissioned the plan for the church, which soon became its main task and to which he dedicated the following forty-three years of his life. In that decade he began other projects, for which he is better known, such as the Palau Güell in Barcelona. In the 1900s he participated in the reforms of the Cathedral of Palma de Mallorca and in 1904 he began the Casa Battló de Barcelona. In 1910 he also finished working on what became one of his most popular achievements in Barcelona: the building called «la Pedrera». That same year, Güell sponsored a show in Paris of the plans and designs of Gaudí. The architect was already an international figure and aroused interest in places as far away as New York. However, he fell ill shortly after and decided to dedicate himself exclusively to a single project: the Holy Family. In 1925 he even went to live there himself and when he died he was buried in the crypt.
In his first works, he experimented with several traditional styles, such as Mudejar (of traditional Christian-Muslim origin), Gothic (of medieval origin) and Baroque. The styles were traditional, but what Gaudí did with them was not. However, thanks to the architect’s originality and imagination, his buildings do not conform to the terminology or traditional styles. Instead of sticking rigorously to Art Nouveau, for example, it presented its own original variations, which, in some cases -among them the Casa Vicens stands out-, are actually prior to the invention of Art Nouveau in northern Europe. Several studies analyze their works in detail and this is not the right place to describe them. Who visits his creations immediately captures some of his ideas, which varied in each building, but which reach their maximum drama in the challenge represented by the Holy Family. Among the wonders of this incredible building – and by merit, also, of the architects who continued the work of Gaudí – it should be noted the absence of straight lines and the feeling of constant movement. Since – we will see – there have been many criticisms of the style and purpose of his work, it should be emphasized that many professional architects of the last decades have finally recognized that Gaudí was an important artist and that both his creativity and his work finished are original and admirable. The incredible originality of Gaudí was in tune with what existed in Catalan lands, in all branches of the arts, at the end of the 19th century and the beginning of the 20th century. It was not something unique, but part of a current of imagination that flowed through those lands. The trend in the nineteenth century was a European-oriented vision called Modernism, but in the first decade of the twentieth century was proclaimed as Noucentisme, a specifically Catalan concept that was considered a reaction against traditionalist concepts and that aspired to integrate politics with the art.
The Expiatory Temple of the Holy Family was the brainchild of a bookseller named Josep Maria Bocabella, who in 1866 founded the Spiritual Association of Devotees of San José in order to achieve, through Saint Joseph – for Catholics, the employer of workers -, that these returned to the traditional Catholic faith, with which they had lost contact. The proposal was to have a temple that would expiate the sins of the republican liberals and reaffirm the leadership of the Church in the head of the workers.

In short, the Holy Family has no meaning in terms of religious belief or social aspiration. He has done and continues to ignore contemporary reality and his artistic style has nothing to do with reality either. This is, of course, the main reason why, in the long run, it has managed to awaken the public’s curiosity. What was the reason, everyone wondered, for this building that had nothing in common with the aspirations of the twentieth century? Even Catholics found it hard to believe that it was a church; rather it seemed the bizarre legacy of a mad genius and this is, in fact, the widespread opinion even today and especially among the inhabitants of Barcelona.

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