Brasil. Cambio De Era: Crisis Protestas Y Ciclos Políticos — José Maurício Domingues & Breno M. Bringel / Brazil. Change of Age: Crisis Protests and Political Cycles by José Maurício Domingues & Breno M. Bringel

Interesante breve libro sobre la realidad de Brasil. La prisión del principal líder del Partido de los Trabajadores (PT) es un evento político saturado de significados que condensa elementos centrales de la vida política brasileña contemporánea, evocando una serie de dudas sobre el presente, pero también movilizando imaginarios y escenarios sobre el pasado y el futuro, con la vida política brasileña muy polarizada en los últimos años. Para gran parte de la izquierda se trata de simple y perversa persecución, de una (in)justicia selectiva, de una venganza contra Lula y su partido por haber favorecido a las clases populares. Por otra parte, el combate a la corrupción —o lo que se puede definir como neopatrimonialismo, que se encuentra en todos los estados modernos pero que en Brasil evidencia una fuerza tremenda— moviliza sectores muy amplios de la sociedad brasileña. En este sentido, el poder judicial pasó a ocupar un espacio central en la dinámica del país, con enorme impacto en la política. La vida social ha cambiado mucho en el país durante las últimas décadas. Brasil ha dejado de ser una sociedad agraria desde hace mucho, pero tampoco se caracteriza ya por ser un mundo industrial de masas, secundado por una clase media relativamente homogénea, como lo era a finales de los años setenta e inicios de los ochenta. Vivimos, como en otras partes del mundo, una enorme fragmen­­tación, tanto de la sociedad como de las expresiones ac­­tivistas, hoy mucho más descentradas que antes y con fronteras mucho más tenues en términos identitarios y organizativos.

Inhábil políticamente, en especial comparada con su mentor Luiz Inácio Lula da Silva, Rousseff cometió innumerables errores durante sus gobiernos. Poco dada al diálogo, acabó contribuyendo a la alienación de buena parte de la sociedad, en particular de las clases medias (médicos, científicos y gran parte del poder judicial) e incluso de las clases populares ascendentes. Asimismo, Rousseff y el PT terminaron enfrentándose a sus principales aliados, empezando por el Partido Socialista Bra­­si­­le­­ño (PSB), seguido del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB). Para empezar, las fuerzas de centroderecha y de derecha nada tienen que ofrecer a no ser una reanudación de un neoliberalismo económico más despiadado y un social liberalismo más restringido (basado en políticas focalizadas para los más pobres), como ya se empieza a vislumbrar también en otros países de América Latina. Tanto el Gobierno de Michel Temer, vicepresidente con Rousseff que asumió el cargo tras su destitución el 31 de agosto de 2016, como su partido, el PMDB, rechazaban inicialmente un ajuste duro y una agenda totalmente neoliberal (como temas sensibles se puede mencionar el establecimiento de límites de gasto en salud y educación, así como en ciencia y tecnología, recortes en el funcionariado público y contrarreformas laborales y de la seguridad social), aunque el desmantelamiento de Petrobras y la apertura del presal brasileño para la exploración de reservas de petróleo por parte de empresas extranjeras ya estaba en curso desde el primer momento.

El mundo del derecho brasileño es hoy bastante complejo. Aunque se haya democratizado mínimamente, permanece muy estratificado y con poco control externo, probablemente por equívocos del legislador constituyente de 1988 en su conformación. En general, las familias bien establecidas siguen ocupando las posiciones de más prestigio desde hace bastante tiempo. Esto se aplica sobre todo a la magistratura y a la abogacía, con el ministerio público y los defensores públicos mostrándose algo menos “elitizados” (y con mayor participación de mujeres). En lo que se refiere a la abogacía, la amplia estructura —nacional y estatal— de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB) utiliza su examen de admisión a la profesión para eliminar a los profesionales supuestamente poco cualificados, frente a la proliferación de facultades de calidad dudosa. A la vez, esta, que tiene un enorme poder sobre la estructura general del sistema jurídico, se ve controlada por los grandes bufetes y por los abogados de mayor prestigio en el país. Es evidente que la superación de los callejones sin salida de Brasil hoy debería pasar por una gran reorganización y renovación del sistema político. Los partidos se encuentran muy desgastados, empezando por el PT. Desde junio de 2013 se ha aislado progresivamente, buscando neutralizar los desafíos lanzados por los ciudadanos. Las reformas que se están proponiendo en el sistema electoral y en términos de cláusulas de barrera, así como para forzar el regreso de la financiación electoral por empresas (prohibido por el STF) y amnistiar a aquellos que usaron la “Caja B” electoral7, expresan exactamente lo contrario: la manutención de un sistema político cerrado en aras de garantizar la hegemonía de los grandes partidos. Todos los menores, como la Red de Sustentabilidad (REDE) o incluso el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), por ejemplo, quedarían fuera del Par­­lamento y privados de recursos públicos (pero no aquellas agremiaciones, que son lo suficientemente grandes para mantenerse allí). Finalmente, es importante subrayar que la reorganización de la izquierda tendrá que darse en un momento de crisis y agotamiento del sistema político, pues, si la representación siempre refracta la voluntad popular, en el momento presente el divorcio entre ambas es cada vez mayor. Se tomará tiempo para que se solucione esa situación, sean cuales sean las candidaturas en las próximas elecciones, en particular a nivel presidencial. Un amplio proceso de acumulación de fuerzas es necesario para que la política y la opinión se inclinen a la izquierda. Esta necesita, sin conciliación, pero sin sectarismo, ganar corporaciones y sectores profesionales importantes en la clase media mientras reorganiza los sectores populares y disputa la sociedad. Si el PT del comienzo de los 2000 se perdió en alianzas espurias y negociaciones complicadas, no se trata, como ya se ha dicho, de volver a su cara previa. Volver a controlar el Ejecutivo tampoco resolverá nuestros problemas y, sobre todo, los de Brasil. La cuestión es mucho más compleja. Se trata de construir un bloque más sólido, menos amorfo, pero al mismo tiempo plural, con propuestas a más largo plazo y de cambios más profundos en nuestra visión del mundo.

La actual crisis política brasileña debe ser entendida como parte integrante de una ola más amplia de desestabilización que sacude América Latina en los últimos años. En algunos casos, las ofensivas golpistas resultaron en intentos fallidos, como en los procesos que buscaron destituir a Hugo Chávez en Venezuela (2002), a Evo Morales en Bolivia (2008) o a Rafael Correa en Ecuador (2010). Sin embargo, en otros casos el desenlace fue menos feliz y las fuerzas conservadoras lograron perpetrar golpes contra presidentes legítimamente elegidos, como ocurrió en Honduras contra Manuel Zelaya (2009), en Paraguay contra Fernando Lugo (2012) y, más recientemente, en Brasil contra Dilma Rousseff (2016). La actual crisis política en Brasil tiene raíces diversas. Cualquier explicación que se centre solo en una dimensión específica (por ejemplo, el deterioro de la política económica, la crisis de gobernabilidad, la incapacidad de Dilma para manejar la amplia coalición política gubernamental, los escándalos de corrupción, la presión de las calles, etc.) o en antecedentes temporales que remitan solo al corto plazo (las protestas masivas iniciadas en junio de 2013 atraen todos los focos en este sentido) está condenada al fracaso. De este modo, la crisis política contemporánea solo puede ser comprendida dentro de un análisis procesual, dinámico y multidimensional de la vida sociopolítica brasileña y del actual contexto global. Eso implica combinar elementos propiamente políticos con otros de naturaleza económica, cultural y social. Además, exige que seamos capaces de imbricar temporalidades diversas, abriendo el análisis para el cruzamiento y la superposición de ciclos políticos distintos. En 2015 el discurso del miedo y del odio se expande, y hay continuos intentos de apropiación de los significados de las protestas de 2013. El campo liberal-conversador y el autoritario-reaccionario se hacen más visibles, y el cam­­po alteractivista se repliega hacia un trabajo más invisible y subterráneo, local y fragmentado. La potencia de radicalización de la democracia que apostaba por las protestas como posibilidad de emergencia de lo nuevo era vista por muchos como una tragedia y se veía ahogada por la repetición de la historia como farsa, entre junio de 2013 y el golpe de 2016. El presente es muy duro, pero el futuro está abierto. Si lo que está en juego es una perspectiva emancipadora, sería poco sensato en este escenario jugarse todas las cartas en las elecciones presidenciales de 2018. Si entendemos las protestas de junio de 2013 no como un evento aislado, sino como un proceso amplio y complejo que no se ha agotado con el golpe, toca ahora reactivar el trabajo territorial —hegemonizado en los últimos años por sectores conservadores, principalmente evangélicos— y tratar de potenciar la articulación de las fuerzas sociopolíticas y los activismos emergentes.
Aquellos actores que nacieron en los años setenta y ochenta como los “nuevos personajes” que entraban en escena (Sader, 1988) —el PT, el “nuevo” sindicalismo y varios movimientos populares— hoy son vistos como sinónimo de lo “viejo”. Pero el envejecimiento no lleva a una muerte abrupta, sino agonizante. Por eso vivimos un escenario de transición. El fin del ciclo político de la redemocratización abre un escenario incierto, pero el fin de un mundo no es el fin del mundo.

Hubo en 2017 en Brasil 4.473 homicidios dolosos de mujeres. A la vez, el Atlas de la violencia 2017, publicado por el Instituto de Pesquisa Económica Aplicada (IPEA), alerta que los jóvenes negros y con baja escolaridad son las principales víctimas de muertes violentas en el país. De cada 100 personas asesinadas en Brasil, 71 son negras. Si ponemos el foco en los activistas de derechos humanos, Amnistía Internacional, en su Informe 2017/2018, denuncia el incremento de los excesos policiales, el aumento de la violencia y de los homicidios, los reveses legislativos en propuestas que suponen amenazas frontales a los derechos y el ascenso de los asesinatos de defensores y defensoras de derechos humanos.
La ejecución de Marielle aumenta tristemente esas cifras, pero no puede ser vista como una cifra más. Tiene un simbolismo enorme por lo que ella combatía, representaba y visibilizaba. Y también por la posición política que ocupaba, habitualmente negada a las jóvenes, a las negras, a la población pobre y periférica, a las feministas. Desde hace unos años Brasil —así como varios países del mundo— vive una polarización política que simplifica profundamente la realidad social, oculta los verdaderos (y urgentes) problemas existentes y restringe las posibilidades de apertura a nuevas fuerzas políticas transformadoras. Toda polarización, al oponer dos campos o polos que se presentan como opuestos, congela la realidad social entre dos prácticas, discursos e imaginarios enfrentados, dejando fuera de esta ecuación a todos aquellos actores, fuerzas y miradas que no se identifican con la dinámica polarizada. A diferencia de momentos previos en la transición y en la consolidación de los órdenes mundiales (pensemos, por ejemplo, en la guerra fría), la polarización política de hoy se produce entre fuerzas sistémicas, es decir, entre actores y posiciones que no contestan el capitalismo y que, a pesar de diversas, no apuntan hacia la ruptura del degradado sistema, sino que aprovechan sus múltiples crisis (económica, política, ecológica, entre otras) para reacomodarse, fortalecerse o, en el mejor de los ca­­sos, generar algunas brechas de reforma y de defensa de derechos históricamente conquistados. Tras la muerte de Marielle se volvió a escuchar en las calles de Río y de otros lugares de Brasil eslóganes que estaban muy vinculados a los momentos iniciales de las protestas de junio de 2013, como, por ejemplo: “No ha acabado. Tiene que acabar. Quiero el fin de la Policía Militar”. Las voces más críticas de la sociedad brasileña y las fuerzas invisibilizadas, pero latentes, de 2013 volvieron a las calles. No sabemos si de forma duradera. No sabemos todavía con qué fuerza. Pero hay mucho en juego. Muchas vidas y todo un futuro. De ahí que sea fundamental una investigación imparcial, una amplia solidaridad de los movimientos populares de todo el mundo y un acompañamiento cuidadoso de la comunidad internacional que no se restrinja a estos primeros días posteriores al desenlace fatal de la vida de Marielle. Marielle no era. Marielle es. Marielle será: un puente, cuyas estructuras no se abalarán con disparos. Que se multiplicará, en su memoria y en la de tantas otras luchadoras, más o menos anónimas, tejiendo afectos, caminos y luchas. Puentes de esperanza contra la barbarie instalada en Brasil. ¡Marielle presente!.

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Interesting brief book about the reality of Brazil. The prison of the main leader of the Workers’ Party (PT) is a political event saturated with meanings that condenses central elements of contemporary Brazilian political life, evoking a series of doubts about the present, but also mobilizing imaginaries and scenarios about the past and the future, with the Brazilian political life very polarized in recent years. For a large part of the left, it is a question of simple and perverse persecution, of selective (in) justice, of a revenge against Lula and his party for having favored the popular classes. On the other hand, the fight against corruption – or what can be defined as neopatrimonialism, which is found in all modern states but in Brazil shows tremendous strength – mobilizes very broad sectors of Brazilian society. In this sense, the judicial power came to occupy a central space in the dynamics of the country, with enormous impact on politics. Social life has changed a lot in the country during the last decades. Brazil has long ceased to be an agrarian society, but it is no longer characterized by being a mass industrial world, supported by a relatively homogeneous middle class, as it was in the late seventies and early eighties. We live, as in other parts of the world, a huge fragmentation, both of society and of activist expressions, today much more decentered than before and with borders much more tenuous in terms of identity and organization.

Politically unsuitable, especially compared to his mentor Luiz Inácio Lula da Silva, Rousseff made innumerable mistakes during his governments. Little given to the dialogue, it ended up contributing to the alienation of a good part of society, in particular of the middle classes (doctors, scientists and a large part of the judiciary) and even of the rising popular classes. Also, Rousseff and the PT ended up facing their main allies, starting with the Brazilian Socialist Party (PSB), followed by the Brazilian Democratic Movement Party (PMDB). To begin with, right-wing and right-wing forces have nothing to offer other than a resumption of a more ruthless economic neoliberalism and a more restricted social liberalism (based on targeted policies for the poorest), as is already beginning to be glimpsed in other countries in Latin America. Both the government of Michel Temer, vice president with Rousseff who took office after his dismissal on August 31, 2016, and his party, the PMDB, initially rejected a hard adjustment and a totally neoliberal agenda (as sensitive issues can be mentioned the establishment of expenditure limits in health and education, as well as in science and technology, cuts in public officials and labor and social security counter-reforms), although the dismantling of Petrobras and the opening of the Brazilian pre-salt for the exploration of oil reserves by part of foreign companies was already in progress from the first moment.

The world of Brazilian law is today quite complex. Although it has been minimally democratized, it remains very stratified and with little external control, probably due to misunderstandings of the constituent legislator of 1988 in its conformation. In general, well-established families continue to occupy the most prestigious positions for quite some time. This applies above all to the judiciary and the legal profession, with the public prosecutor and the public defenders being somewhat less “elitized” (and with greater participation of women). With regard to the legal profession, the broad national and state structure of the Brazilian Bar Association (OAB) uses its examination of admission to the profession to eliminate supposedly low-skilled professionals, in the face of the proliferation of Faculties of doubtful quality. At the same time, this one, which has enormous power over the general structure of the legal system, is controlled by the big law firms and by the most prestigious lawyers in the country. It is evident that overcoming the dead ends of Brazil today should go through a major reorganization and renewal of the political system. The parties are very worn, starting with the PT. Since June 2013 it has been progressively isolated, seeking to neutralize the challenges launched by citizens. The reforms that are being proposed in the electoral system and in terms of barrier clauses, as well as to force the return of electoral financing by companies (prohibited by the STF) and to grant amnesty to those who used the “Caja B” electoral7, express exactly the opposite: the maintenance of a closed political system in order to guarantee the hegemony of the great parties. All minors, such as the Sustainability Network (REDE) or even the Socialism and Freedom Party (PSOL), for example, would be out of Parliament and deprived of public resources (but not those unions, which are large enough to stay there) . Finally, it is important to underline that the reorganization of the left will have to take place in a moment of crisis and exhaustion of the political system, because, if the representation always refracts the popular will, in the present moment the divorce between both is increasing. It will take time for that situation to be resolved, whatever the candidacies in the next elections, particularly at the presidential level. A broad process of accumulation of forces is necessary for politics and opinion to incline to the left. It needs, without conciliation, but without sectarianism, to win corporations and important professional sectors in the middle class while reorganizing the popular sectors and disputing society. If the PT of the early 2000s was lost in spurious alliances and complicated negotiations, it is not, as has already been said, returned to its previous face. Going back to control the Executive will not solve our problems and, above all, those of Brazil. The question is much more complex. It is about building a more solid block, less amorphous, but at the same time plural, with longer-term proposals and deeper changes in our vision of the world.

The current Brazilian political crisis must be understood as an integral part of a broader wave of destabilization that has shaken Latin America in recent years. In some cases, the coup offensives resulted in failed attempts, as in the processes that sought to oust Hugo Chávez in Venezuela (2002), Evo Morales in Bolivia (2008) or Rafael Correa in Ecuador (2010). However, in other cases the outcome was less happy and the conservative forces managed to perpetrate coups against legitimately elected presidents, as happened in Honduras against Manuel Zelaya (2009), in Paraguay against Fernando Lugo (2012) and, more recently, in Brazil against Dilma Rousseff (2016). The current political crisis in Brazil has diverse roots. Any explanation that focuses only on a specific dimension (for example, the deterioration of economic policy, the governance crisis, Dilma’s inability to handle the broad governmental political coalition, the corruption scandals, the pressure of the streets, etc. .) or in temporary antecedents that refer only to the short term (the massive protests initiated in June 2013 attract all the focuses in this sense) is doomed to failure. In this way, the contemporary political crisis can only be understood within a processual, dynamic and multidimensional analysis of Brazilian socio-political life and the current global context. This implies combining elements that are properly political with others of an economic, cultural and social nature. In addition, it demands that we be able to imbricate diverse temporalities, opening the analysis for the crossing and the superposition of different political cycles. In 2015 the discourse of fear and hatred expands, and there are continuous attempts to appropriate the meanings of the 2013 protests. The liberal-speaking and the authoritarian-reactionary camps become more visible, and the alteractivist camp retreats towards a work more invisible and underground, local and fragmented. The power of radicalization of democracy that opted for the protests as a possibility of emergence of the new was seen by many as a tragedy and was drowned out by the repetition of history as a farce, between June 2013 and the coup of 2016. Present is very hard, but the future is open. If what is at stake is an emancipatory perspective, it would be unwise in this scenario to play all the cards in the presidential elections of 2018. If we understand the June 2013 protests not as an isolated event, but as a broad and complex process that It has not been exhausted with the coup, it is now time to reactivate the territorial work -hegemonized in recent years by conservative sectors, mainly evangelicals- and try to strengthen the articulation of sociopolitical forces and emerging activism.
Those actors who were born in the seventies and eighties as the “new characters” who entered the scene (Sader, 1988) -the PT, the “new” trade unionism and various popular movements-are now seen as synonymous with the “old”. But aging does not lead to an abrupt death, but agonizing death. That’s why we live in a transition scenario. The end of the political cycle of redemocratization opens an uncertain scenario, but the end of a world is not the end of the world.

In 2017 there were 4,473 intentional homicides of women in Brazil. At the same time, the Atlas of Violence 2017, published by the Institute of Applied Economic Research (IPEA), warns that black youth with low schooling are the main victims of violent deaths in the country. Of every 100 people murdered in Brazil, 71 are black. If we focus on human rights activists, Amnesty International, in its Report 2017/2018, denounces the increase in police excesses, the increase in violence and homicides, the legislative setbacks in proposals that pose frontal threats to the rights and the rise of murders of human rights defenders.
The execution of Marielle sadly increases those figures, but can not be seen as a figure. It has an enormous symbolism for what she fought, represented and made visible. And also because of the political position that it occupied, usually denied to the young women, to the black women, to the poor and peripheral population, to the feminists. For a few years, Brazil – as well as several countries of the world – is experiencing a political polarization that profoundly simplifies social reality, hides the real (and urgent) existing problems and restricts the possibilities of opening up to new transforming political forces. All polarization, by opposing two fields or poles that are presented as opposites, freezes the social reality between two practices, discourses and imaginary faced, leaving out of this equation all those actors, forces and views that do not identify with the polarized dynamics. Unlike previous moments in the transition and in the consolidation of world orders (think, for example, in the Cold War), today’s political polarization occurs between systemic forces, that is, between actors and positions that do not answer the question. Capitalism and that, in spite of diverse, do not aim at breaking the degraded system, but take advantage of its multiple crises (economic, political, ecological, among others) to rearrange, strengthen or, at best, generate some gaps of reform and defense of historically conquered rights. After the death of Marielle, slogans that were closely linked to the initial moments of the June 2013 protests were again heard in the streets of Rio and elsewhere in Brazil, such as: “It is not over. It has to end. I want the end of the Military Police. ” The most critical voices of Brazilian society and the invisible but dormant forces of 2013 returned to the streets. We do not know if in a lasting way. We do not know yet with what force. But there is a lot at stake. Many lives and a whole future. That is why an impartial investigation, a broad solidarity of the popular movements of the whole world and a careful accompaniment of the international community that is not restricted to these first days after the fatal outcome of Marielle’s life is fundamental. Marielle was not. Marielle is. Marielle will be: a bridge, whose structures will not be shot. That will multiply, in his memory and in that of many other fighters, more or less anonymous, weaving affections, paths and struggles. Bridges of hope against the barbarism installed in Brazil. Marielle present!

 

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