Entender La Rusia De Putin. De La Humillación Al Restablecimiento — Rafael Poch-De-Feliu / Understand Putin’s Russia. From Humiliation to Restoration by Rafael Poch-De-Feliu (spanish book edition)

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Interesante breve libro de este periodista español para comprender la situación de Rusia.
La Rusia postsoviética y el particular régimen del presidente Putin, su nacionalismo, su crítico desdén y desconfianza hacia Occidente y su cínico escepticismo hacia los valores reclamados como «occidentales», así como el considerable consenso que todo ello tiene en la sociedad rusa, no se comprenden sin atender a los años noventa y al rasgo central que esa década imprimió en la conciencia social y nacional de los rusos: la humillación.
Aquel periodo no sólo supuso una gran y traumática depresión para millones de rusos, sino que ofreció también el entorno idóneo para la reconversión social de una casta administrativa en clase propietaria. Una vez realizada aquella crucial operación, en las elites rusas se planteó de nuevo la cuestión del Estado: recuperar su maltrecha función y restablecer su prestigio, tanto dentro como fuera del país.
El actual sistema ruso puede definirse como un capitalismo burocrático basado en el acuerdo entre la burocracia y el capital privado. El desafío militar ruso está afectando a las bases de ese acuerdo, porque parte de la elite rusa se ve perjudicada por él en sus intereses económicos más vitales. Eso quiere decir que no puede excluirse un cisma en el seno mismo de las fuerzas vivas que gobiernan el país y monopolizan su Gobierno. Respecto a la sociedad, su consenso
hacia un Gobierno firme y autoritario tampoco está garantizado y se enfrenta también a grandes contradicciones.
Por fuerte que parezca el nacionalismo de la sociedad rusa, su proverbial disposición hacia el sacrificio en el altar del Estado parece haber caducado. El patriotismo y su recuperado orgullo no son incompatibles, sino más bien complementarios con un fuerte vector de occidentalización y modernidad europea que es el espejo en el que los rusos se miran. Si, como parece, el desafío que implica el resurgir de la potencia rusa exigiera dolorosos sacrificios para su sociedad, habrá que estar muy atentos a la reacción de la calle.
Pero lo peor es que, fuera de la industria militar, el régimen ruso no está siendo muy eficaz en el desarrollo.

La especificidad de la tradición y de la cultura política de Rusia hay que buscarlas dentro de un triángulo que está formado por:

a) El tipo de cristianismo, las condiciones en las que se implantó en el país la Iglesia ortodoxa.
b) El estatismo exacerbado desde los tiempos del Principado de Moscú, con su concentración de poder en manos de un monarca que es propietario del país y sus gentes, y que ejerce el poder con un absolutismo total que sobrevive y se reproduce, tanto durante el Imperio de los zares como durante el periodo comunista.
c) El mundo agrario ruso, con sus únicas condiciones naturales y sus antiguas y resistentes tradiciones y relaciones comunales, que todavía hace muy poco estaban completamente vigentes y que en Europa Occidental habían desaparecido en el siglo XVIII.

La Iglesia oriental se va convirtiendo en un factor que favorece la fundación de un Estado autocrático centralizado que deja pocos espacios al pluralismo y la autonomía.
En Occidente, por el contrario, el clero es un estamento social sometido a una doble autoridad; por un lado, a la del monarca de su país y, por el otro, a la exterior papal. En esa duplicidad hay un terreno para la autonomía, un espacio y un margen de maniobra que no existen en Oriente. Una autonomía que influye en otros estamentos y da un cierto clima a todo el universo social.
Paradójicamente, la indiscutible autoridad del papa da también al cristianismo occidental mayor confianza y tranquilidad doctrinal. En Roma no se temen tanto como en Oriente las disputas teológicas, que llegan a ser apasionadas, con multitud de matices y corrientes, ni las diferencias de pensamiento. En última instancia, la existencia del papado ofrece la seguridad de poder determinar indiscutiblemente lo que es verdad y lo que no.

La disolución de la URSS es un tema muy amplio, así que, en una exposición sucinta como esta, lo más que podemos ofrecer es un esquema: tres puntos esenciales, necesariamente simplificados, pero a partir de los cuales se podría pintar un cuadro más serio con todos los matices y los detalles sobre los motivos por los que la URSS se disolvió. Adelantamos que esos tres puntos tienen que ver con fenómenos y desarrollos internos.
Esos tres motivos de la disolución son; el técnico-instrumental, la lógica de la lucha entre grupos dirigentes para acceder al máximo poder en Moscú; el degenerativo, que describirá una casta que pone sus intereses y codicias de grupo por delante de cualquier consideración de Estado o idea de responsabilidad; y el tercero, el espiritual, que tiene que ver con el agotamiento de las creencias, con la muerte del «alma» del llamado comunismo soviético.

La humillación tuvo dos vectores, uno interior y otro exterior.
En el ámbito interior, la aplicación del llamado Consenso de Washington –es decir, las recetas económicas del capitalismo neoliberal del momento (privatización, desregularización estatal, liberalización de los precios) pensadas para economías de mercado– tuvo un efecto particularmente devastador en Rusia, cuyo sistema económico burocrático-administrativo, plagado de acuerdos informales y subterráneos entre sus sujetos, y ajeno a procedimientos legalmente definidos, no era una economía de mercado, sino otra cosa muy diferente.
No voy a entrar en detalles sino sólo en las consecuencias: un desastre social para la mayoría y unas oportunidades inauditas de enriquecimiento para los sectores dirigentes del antiguo régimen, sumados a otros grupos de la sociedad soviética reconvertidos: delincuentes y hombres de negocios de la economía sumergida, militares, deportistas, agentes de los servicios de seguridad, etcétera.
El desastre social fue consecuencia del derrumbe general de la economía…
Junto con todo eso, una vertiginosa sucesión de cambios que para mucha gente, especialmente la población madura, era inasimilable: cambios en los nombres de las calles, de las estaciones de metro, de las ciudades, delincuencia en auge (las puertas blindadas se generalizaron) y continuos cambios de Gobierno y en las instituciones del Estado: en ocho años, entre 1991 y 1999, Rusia tuvo ocho primeros ministros, cuatro ministros de Defensa, cinco de Interior, ocho de Privatización, nueve de Finanzas, nueve secretarios del Consejo de Seguridad y doce ministros de Economía. Además, fueron incontables las remodelaciones de la estructura de Gobierno y de la administración presidencial que tuvo siete jefes. Los servicios secretos fueron objeto de cinco reformas y tres cambios de nombre… El propio nombre del país y sus fronteras cambiaron; Ucrania, Kazajstán, Letonia y otras repúblicas llenas de rusos pasaron a quedar en el «extranjero».
¿Por qué la población rusa no explotó ante todo este cúmulo de abusos, flagrantes injusticias y denigración de la identidad secular de gran potencia? Una explicación es el miedo. Un miedo profundo de la población rusa al caos y al cambio de régimen político. Miedo a la revolución, a la guerra civil, a que la acción popular instaure un desorden y un mal (una smuta) aun superiores al que produce un «mal Gobierno». Prevención y alergia ante la acción política, ante la revuelta popular por los «recuerdos genéticos» de las penalidades de la época revolucionaria, las penalidades, el terror y la represión del estalinismo, los recuerdos concretos de sufrimiento, hambre y frío del periodo de la guerra… Así, la respuesta a esa pregunta sería que los rusos consintieron pasivamente todos los abusos que sufrieron en los noventa por razones de un temeroso pragmatismo.
Tanto el miedo como los recursos de supervivencia desarrollados por la sociedad ayudan a comprender la pasividad de los rusos ante los cataclismos de los años noventa, pero no disminuyen un ápice el sentimiento de humillación que acumularon durante esa turbulenta década.

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Interesting brief book by this Spanish journalist to understand the situation in Russia.
The post-Soviet Russia and the particular regime of President Putin, his nationalism, his critical disdain and distrust of the West and his cynical skepticism about the values claimed as «Western», as well as the considerable consensus that all this has in Russian society, are not they understand without paying attention to the nineties and to the central feature that decade imprinted on the social and national consciousness of the Russians: humiliation.
That period not only meant a great and traumatic depression for millions of Russians, but it also offered the ideal environment for the social reconversion of an administrative caste into a proprietary class. Once that crucial operation was completed, the question of the State was raised again in the Russian elites: recovering its battered function and restoring its prestige, both inside and outside the country.
The current Russian system can be defined as a bureaucratic capitalism based on the agreement between bureaucracy and private capital. The Russian military challenge is affecting the basis of that agreement, because part of the Russian elite is harmed by it in its most vital economic interests. This means that a schism can not be excluded in the very bosom of the living forces that govern the country and monopolize its Government. Regarding society, its consensus
It is not guaranteed to a firm and authoritarian government, and it also faces great contradictions.
However strong the nationalism of Russian society may seem, its proverbial disposition towards sacrifice on the altar of the State seems to have lapsed. Patriotism and its recovered pride are not incompatible, but rather complementary with a strong vector of westernization and European modernity that is the mirror in which the Russians look at themselves. If, as it seems, the challenge implied by the resurgence of the Russian power demanded painful sacrifices for your society, you will have to be very attentive to the reaction of the street.
But the worst thing is that, outside the military industry, the Russian regime is not being very effective in development.

The specificity of Russian political tradition and culture must be sought within a triangle that consists of:

a) The type of Christianity, the conditions in which the Orthodox Church was implanted in the country.
b) The statism exacerbated since the time of the Principality of Moscow, with its concentration of power in the hands of a monarch who owns the country and its people, and who exercises power with a total absolutism that survives and reproduces, both during the Empire of the tsars as during the communist period.
c) The Russian agrarian world, with its unique natural conditions and its ancient and resilient traditions and communal relations, which until recently were fully in force and which in Western Europe had disappeared in the eighteenth century.

The Eastern Church is becoming a factor that favors the foundation of a centralized autocratic state that leaves few spaces for pluralism and autonomy.
In the West, on the other hand, the clergy is a social class subject to a double authority; on the one hand, the monarch of his country and, on the other, the papal exterior. In that duplicity there is a terrain for autonomy, a space and a margin of maneuver that do not exist in the East. An autonomy that influences other estates and gives a certain climate to the entire social universe.
Paradoxically, the undisputed authority of the pope also gives western Christianity greater trust and doctrinal tranquility. In Rome the theological disputes are not so much feared as in the East, they become passionate, with a multitude of nuances and currents, nor differences of thought. Ultimately, the existence of the papacy offers the security of being able to determine indisputably what is true and what is not.

The dissolution of the USSR is a very broad subject, so in a succinct exposition like this, the most we can offer is a scheme: three essential points, necessarily simplified, but from which a more serious picture could be painted with all the nuances and details about the reasons why the USSR was dissolved. We advance that these three points have to do with phenomena and internal developments.
Those three reasons for the dissolution are; the technical-instrumental, the logic of the struggle between leading groups to gain maximum power in Moscow; the degenerative, which will describe a caste that puts their interests and group greeds ahead of any consideration of state or idea of responsibility; and the third, the spiritual, which has to do with the exhaustion of beliefs, with the death of the «soul» of so-called Soviet communism.

The humiliation had two vectors, one internal and one external.
In the domestic sphere, the application of the so-called Washington Consensus – that is, the economic recipes of neoliberal capitalism at the time (privatization, state deregulation, price liberalization) designed for market economies – had a particularly devastating effect on Russia, whose bureaucratic-administrative economic system, plagued by informal and underground agreements between its subjects, and alien to legally defined procedures, was not a market economy, but something very different.
I will not go into details but only the consequences: a social disaster for the majority and unprecedented opportunities for enrichment for the ruling sectors of the old regime, added to other groups of Soviet society reconverted: criminals and businessmen of the economy submerged, military, sportsmen, agents of the security services, etcetera.
The social disaster was the result of the general collapse of the economy …
Along with all that, a dizzying succession of changes that for many people, especially the mature population, was unassimilable: changes in the names of the streets, metro stations, cities, crime on the rise (the armored doors became generalized ) and continuous changes of Government and State institutions: in eight years, between 1991 and 1999, Russia had eight Prime Ministers, four Ministers of Defense, five of the Interior, eight of Privatization, nine of Finance, nine Secretaries of the Council of Security and twelve economy ministers. In addition, the remodeling of the Government structure and the presidential administration that had seven leaders were countless. The secret services were the subject of five reforms and three changes of name … The name of the country and its borders changed; Ukraine, Kazakhstan, Latvia and other republics full of Russians happened to be in the «foreigner».
Why did not the Russian population explode above all this accumulation of abuses, flagrant injustices and denigration of secular identity of great power? An explanation is fear. A deep fear of the Russian population to chaos and change of political regime. Fear of the revolution, of the civil war, to the popular action to establish a disorder and an evil (a smut) even superior to the one that produces a «bad Government». Prevention and allergy to political action, to the popular revolt for the «genetic memories» of the hardships of the revolutionary era, the hardships, the terror and the repression of Stalinism, the concrete memories of suffering, hunger and cold of the period of war … Thus, the answer to that question would be that the Russians passively consented all the abuses they suffered in the nineties for reasons of fearful pragmatism.
Both the fear and survival resources developed by society help to understand the passivity of the Russians before the cataclysms of the nineties, but do not diminish an iota the feeling of humiliation that accumulated during that turbulent decade.

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