La Libertad De Ser Libres — Hannah Arendt / The Freedom to Be Free: From Thinking Without a Banister by Hannah Arendt

Este libro es una rama del famoso ensayo sobre la revolución de Hannah Arendt. Agrega algunas notas a sus ideas sobre la revolución como una actividad filosófica compleja y expande sus puntos de vista sobre cómo la libertad y la libertad se relacionan con esa idea. Es una buena lectura y, como siempre en el estilo de Arendt, invita a casi cualquier lector. Me gustó mucho. Fue genial descubrir que todavía hay ensayos inéditos de Arendt, una filósofa increíble que casi cualquiera puede entender.

Lo sucedido a finales del siglo XVIII fue en realidad un intento de restauración y recuperación de antiguos derechos y privilegios que acabó justo en lo contrario: en el desarrollo progresivo y la apertura de un futuro que desafiaba cualquier intento posterior de actuar o de pensar en términos de movimiento circular o giratorio. Y mientras que la palabra «revolución» se transformó radicalmente en el proceso revolucionario, ocurrió algo similar, pero infinitamente más complejo, con la palabra «libertad». Mientras que con ella no se pretendía indicar nada más que la libertad «restaurada por la bendición de Dios», seguiría refiriéndose a los derechos y libertades que hoy asociamos con el gobierno constitucional, lo que propiamente se llaman derechos civiles. Entre estos no se incluía el derecho político a participar en los asuntos públicos. Ninguno de los otros derechos, incluido el derecho a ser representado a efectos de tributación, fue resultado de la revolución, ni en la teoría ni en la práctica. Lo revolucionario no era la proclama de «vida, libertad y propiedad», sino la idea de que se trataba de derechos inalienables de todos los seres humanos, al margen de dónde vivieran o del tipo de gobierno que tuvieran.
Ninguna revolución, independientemente de con cuánta amplitud abra sus puertas a las masas y a los oprimidos —les malheureux, les misérables o les damnés de la terre, como los llamamos en virtud de la grandilocuente retórica de la Revolución francesa—, se ha iniciado nunca por ellos. Y ninguna revolución ha sido jamás obra de conspiraciones, de sociedades secretas o de partidos abiertamente revolucionarios. Hablando en términos generales, ninguna revolución es posible allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones no son respuestas necesarias, sino respuestas posibles a la delegación de poderes de un régimen, no la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política. En todos los lugares en los que se ha permitido que se desarrollen sin control esos procesos desintegradores, habitualmente durante un periodo prolongado de tiempo, pueden producirse revoluciones, a condición de que haya un número suficiente de gente preparada para el colapso del régimen existente y para la toma del poder. Las revoluciones parecen triunfar siempre con una facilidad pasmosa en sus fases iniciales, y el motivo de que así sea es que quienes supuestamente «hacen» las revoluciones no «toman el poder», sino que más bien recogen los pedazos del mismo que yacen en las calles.
Cabría decir que cada revolución pasa primero por la fase de liberación, antes de poder alcanzar la libertad, la segunda fase y también la decisiva en la fundación de una nueva forma de gobierno y de un nuevo cuerpo político.

No tenemos muchos motivos para esperar que, en un momento dado en un futuro no demasiado lejano, esos hombres igualen en sabiduría práctica y teórica a los hombres de la Revolución estadounidense, que se convirtieron en los fundadores de este país. Pero me temo que esa pequeña esperanza es la única que tenemos de que la libertad en un sentido político no desaparezca de nuevo de la faz de la tierra sabe Dios por cuántos siglos…

Lo que hace que las reflexiones en este ensayo sean precisamente revolucionarias, y lo que al mismo tiempo amplía la perspectiva de su auténtica significación para el siglo XXI, es un cambio de dirección radical. Arendt se oponía con todas sus fuerzas al catastrófico siglo que le había tocado vivir, que en los campos de batalla y en los campos de exterminio parecía encontrar la legitimidad de un pensamiento que o bien acababa en deseo de muerte o bien estaba dispuesto a sacrificarlo todo en aras de las utopías.

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This book is an offshoot of Hannah Arendt’s famous book-length essay “On Revolution”. It adds some notes to her ideas about revolution as a complex philosophical activity and expands on her views on how liberty and freedom relate to that idea. It is a good read and, as always in Arendt’s style, it invites almost any reader. I liked it a lot. It was great to discover that there are still unpublished essays by Arendt, an awesome philosopher that almost anyone can understand.

What happened at the end of the 18th century was in fact an attempt to restore and recover old rights and privileges that ended in just the opposite: in the progressive development and opening of a future that challenged any subsequent attempt to act or think in terms of circular or rotating movement. And while the word “revolution” was transformed radically into the revolutionary process, something similar happened, but infinitely more complex, with the word “freedom”. While it was not intended to indicate anything other than freedom “restored by the blessing of God,” it would continue to refer to the rights and freedoms that today we associate with constitutional government, which are properly called civil rights. These did not include the political right to participate in public affairs. None of the other rights, including the right to be represented for tax purposes, was the result of the revolution, neither in theory nor in practice. The revolutionary was not the proclamation of “life, liberty and property”, but the idea that it was the inalienable rights of all human beings, regardless of where they lived or the type of government they had.
No revolution, no matter how broadly it opens its doors to the masses and the oppressed – malheureux, les misérables, or damnés de la terre, as we call them by virtue of the grandiloquent rhetoric of the French Revolution – has never begun. they. And no revolution has ever been the work of conspiracies, secret societies or openly revolutionary parties. Generally speaking, no revolution is possible where the authority of the State is intact, which, under the current conditions, means there where it can be trusted that the Armed Forces will obey the civil authorities. Revolutions are not necessary answers, but possible answers to the delegation of powers of a regime, not the cause, but the consequence of the collapse of political authority. In all the places where these disintegrating processes have been allowed to go unchecked, usually for a prolonged period of time, revolutions can take place, provided there is a sufficient number of people prepared for the collapse of the existing regime and for the taking of power. Revolutions always seem to triumph with astonishing ease in their initial phases, and the reason for this is that those who supposedly “make” revolutions do not “take power”, but rather pick up the pieces of it that lie in the streets.
It could be said that each revolution passes first through the phase of liberation, before it can reach freedom, the second phase and also the decisive one in the foundation of a new form of government and a new political body.

We have little reason to hope that, at a given moment in the not too distant future, these men will equate in practical and theoretical wisdom the men of the American Revolution, who became the founders of this country. But I am afraid that that little hope is the only one we have that freedom in a political sense does not disappear again from the face of the earth. God knows how many centuries …

What makes the reflections in this essay precisely revolutionary, and what at the same time broadens the perspective of its authentic significance for the 21st century, is a radical change of direction. Arendt was opposed with all her strength to the catastrophic century that she had to live, that on the battlefields and in the extermination camps seemed to find the legitimacy of a thought that either ended in death wish or was willing to sacrifice everything for the sake of utopias.

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