Tierra De Mujeres: Una Mirada Íntima Y Familiar Al Mundo Rural — María Sánchez / Women Land: An Intimate And Family Look At The Rural World by María Sánchez (spanish book edition)

Una entrañable descripción del papel que han jugado y juegan las mujeres en el entorno rural y un merecido homenaje a las mismas. Magnífico y que es una obligación leer.
Lo reconozco:
Soy una mujer que es tercera generación: mi abuelo era veterinario, mi padre es veterinario y yo también lo soy. Soy la primera nieta, la primera hija, la primera sobrina. Pero también la primera veterinaria. Vengo de una familia que siempre ha estado ligada a la tierra y a los animales, a la ganadería extensiva. Mi infancia está llena de alcornoques, encinas y olivos, algún huerto, despensas y muchos animales. De pequeña, siempre los admiraba a ellos. Los hombres eran la voz y el brazo de la casa. De hecho, quería ser uno de ellos. De pequeña y hasta bien entrada la adolescencia, odiaba los vestidos, la melena que mi madre se empeñaba en peinarme y las muñecas con las que se suponía que tenía que jugar. Yo quería ser fuerte, corría detrás del rebaño sin miedo y me caía una y otra vez cuando me hacía la valiente sorteando las huellas, demasiado grandes para mi bici, que dejaban por un tiempo los tractores en los carriles. Siempre aparecía la primera cuando mi abuelo o mi padre necesitaban ayuda. Quería ser como ellos. Demostrarles que era tan fuerte y estaba tan dispuesta como ellos.
A esa edad, las mujeres de mi casa eran una especie de fantasmas que vagaban por casa, hacían y deshacían. Eran invisibles.
Han tenido que pasar muchas cosas y mucho tiempo para conocer las historias de las mujeres de mi familia, para poder hurgar en ellas, reconocerme y sentirme orgullosa. Para preguntar sin pudor y conocer, y conocerme también, a fin de cuentas. Han tenido que quedarse las casas vacías… Resulta extraño, ahora que vivimos afortunadamente en una sociedad feminista, preguntarse algo tan obvio. Pero volvemos la vista atrás en nuestras casas y encontramos historias parecidas.
Y no todo se reduce al ámbito doméstico. Este aislamiento de las mujeres es una enfermedad que ha sabido expandirse por todos los estratos. Me siento igual que alguien que descubre las habitaciones de una casa abandonada y va entrando, cuarto por cuarto, levantando las sábanas que cubren los muebles y buscando un reflejo en las ventanas y en los espejos. No. No es sólo la casa en la que crecí. La infección llegaba a todas las capas de mi vida: el colegio, la universidad, mi trabajo.
Afortunadamente, hoy los papeles han cambiado: las historias de las mujeres salen a la luz y se convierten en referentes, modelos a seguir y vidas que contar para las niñas de nuestros días y de los que vendrán. Cuando empezamos a ser conscientes de lo importante que es reconocerse en alguien surge un sentimiento nuevo: sentirse hermana de alguien que conoce el camino, convertirla en una pieza clave en nuestra historia, en un engranaje que nos permitirá crecer día a día. Una estela que poder continuar y crear, al fin, nuestra propia narrativa.
Queremos mujeres en todos los espacios.
Que sean ellas las que cuenten, formen y construyan. Que sean ellas las que puedan dar el paso adelante sin sentir miedo ni vergüenza. Es algo que ahora vemos completamente normal en nuestro día a día.

A mi abuela materna, Carmen, la única abuela que me queda, le dan mucho miedo las tormentas. No le gusta que los demás estemos fuera de casa mientras llueve y caen los truenos. No sé quién de mi familia me contó que, cuando era joven y volvían las tormentas, colocaba un tarro de sal con unas tijeras clavadas debajo de la cama con el fin de que no les pasara nada ni a la casa ni a ninguno de sus habitantes. Nunca he sabido el porqué. Nunca lo he preguntado. Como si esa ceremonia fuera algo natural, un rito a celebrar en casa, un ejercicio hermano.

Aunque la nieve me es tan extraña, no he podido evitar hacerla muy mía. Y vuelvo la vista atrás y rebusco, recorro de puntillas los pasos, miro a mi padre y a mi abuelo, me reconozco niña, atenta y pendiente de lo que ellos hacían, y me siento como ese pastor trashumante que coloca con mucho cuidado sus pies sobre las huellas que el anterior ha dibujado con firmeza.

La indiferencia no existe en los pueblos. Aquí todos se conocen. Todos saben de lo bueno y de lo malo. Todos forman parte de las historias que se cuentan y de las que se quedan en casa. En un pueblo no puedes ser invisible, no puedes dejar de existir. Las vidas y la muerte se suceden de formas totalmente diferentes a como se dan paso las unas a las otras en la ciudad. Se convierten en una ceremonia que también pertenece al pueblo, la comunidad forma parte de ellas, se involucra, en una especie de celebración. Los habitantes hablan sin tapujos de los que nacen y los que mueren, contando todo tipo de detalles, haciéndote partícipe de lo que sucede entre sus calles. Se habla de la muerte como de la lluvia y el frío, como se espera el buen tiempo. En los pueblos, a diferencia de las ciudades, la muerte no se esconde. La muerte ensucia, alcanza las campanas y las puertas, deja su olor y su tacto en las habitaciones.
Las mujeres del medio rural parten de otro punto diferente al de las mujeres de las ciudades. El medio rural de este país sigue siendo ese desconocido al que no terminamos de acercarnos. Seguimos escribiendo de nuestro medio rural desde las grandes ciudades, cayendo en la idealización, en esa postal plana y bucólica que no termina de romperse. El país en el que yo me muevo y trabajo poco tiene que ver con ese que retratan con sentimentalismo e incluso con nostalgia en los medios. Es maravilloso ver que el medio rural «está de moda», pero produce impotencia asistir a una ola de columnistas de verano y de fin de semana sin relación ni una preocupación seria por nuestro medio rural. Porque aquí partimos de más abajo. Los habitantes de los pueblos son ciudadanos de segunda. No tiemblo al escribirlo. Desde las ciudades hemos visto como algo normal que la gente de nuestros pueblos no tenga el mismo acceso a los servicios básicos. Sanidad, educación, cultura, infraestructuras. A los que, a pesar de todo, se quieren quedar, los hemos dejado solos. Y lo que menos necesitan esos hombres y mujeres del campo es una literatura «rural» que los rescate. Porque no necesitan ser salvados. Necesitan colegios, buenas carreteras y centros de salud. Necesitan que la administración los ayude y los apoye, que no los maltrate. Necesitan medidas para poder elegir, para no tener que irse a la fuerza.

Vivimos en un país centralista. Madrid manda. Las grandes ciudades son las que toman decisiones. Las que marcan las pautas, los ritmos. A veces parece que la vida y lo importante sólo sucede en estos núcleos. El resto está siempre en un segundo plano, sin importancia, como si necesitara poco. Como si sus habitantes no tuvieran nada que decir.
Y si el medio rural es el gran olvidado.
Vivimos en ciudades en las que prácticamente no se produce nada de lo que consumimos en ellas. Necesitamos que otros trabajen, cultiven, críen, que, a fin de cuentas, produzcan para que nosotros podamos alimentarnos.
No hay un solo tipo de mujer rural. El medio rural es diverso y no tiene una única cara y voz. El medio rural es multitud. Tenemos muchas historias que rescatar y sacar de la sombra.
¿Y si el problema de la despoblación comenzó por la falta de atención y la constante discriminación hacia todas las mujeres de nuestros pueblos?
 Es tan obvia la respuesta que duele. En nuestras manos, y no sólo en las de las mujeres rurales, está la solución. Y aunque son ellas las que han empezado con sus proyectos a no dejar que se muera el medio rural y sus habitantes, tenemos que involucrarnos todos para que todas cuenten y sean visibles. Para alcanzar pronto un medio rural sostenible, justo e igualitario.

Cuando nace un bebé en el pueblo indígena navajo, los padres cortan el cordón umbilical y lo entierran en el corral de sus ovejas. De esta forma, se crea y se materializa el vínculo del nuevo habitante de la tribu con los animales y con su tierra.
«Fuimos creados con nuestras ovejas», dice una de las canciones que se cantan en las ceremonias navajas. Para ellos, es tan importante la relación del ganado y el pastoreo con su pueblo, que se refleja hasta en el origen y creación de la tribu:
Mujer Cambiante (ser celestial) dio a luz a las ovejas y a las cabras. Con el líquido amniótico de su placenta, que envolvía a los rumiantes, empapó la tierra. Y así, de ella germinaron y brotaron las plantas que darían de comer a sus animales, que luego cuidarían y llevarían por la tierra ellos. Así es el orden para el pueblo navajo.
De ese líquido amniótico y de esa placenta de la primera mujer nacen el pastoreo, la ganadería extensiva y sus pastores. Esa unión tan única y tan importante que es la del territorio, el animal y la persona.

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An endearing description of the role played and played by women in rural areas and a well-deserved tribute to them. Magnificent and what an obligation to read.
I recognize it:
I am a woman who is third generation: my grandfather was a veterinarian, my father is a veterinarian and so am I. I am the first granddaughter, the first daughter, the first niece. But also the first veterinary. I come from a family that has always been linked to the land and animals, to extensive livestock. My childhood is full of cork oaks, holm oaks and olive trees, some orchards, pantries and many animals. As a child, I always admired them. The men were the voice and the arm of the house. In fact, I wanted to be one of them. As a little girl and until well into adolescence, I hated dresses, the hair that my mother insisted on combing my hair and the dolls I was supposed to play with. I wanted to be strong, I ran behind the herd without fear and I fell again and again when I bravely made my way around the tracks, too big for my bike, which left the tractors in the lanes for a while. The first one always appeared when my grandfather or my father needed help. I wanted to be like them. Show them that she was as strong and as willing as them.
At that age, the women in my house were a kind of ghosts that roamed the house, made and unmade. They were invisible.
Many things have had to happen and a lot of time to know the stories of the women of my family, to be able to delve into them, recognize myself and feel proud. To ask without shame and know, and also know me, after all. The empty houses have had to stay … It is strange, now that we live happily in a feminist society, to ask ourselves something so obvious. But we look back on our houses and find similar stories.
And not everything is reduced to the domestic sphere. This isolation of women is a disease that has spread throughout all strata. I feel like someone who discovers the rooms of an abandoned house and goes in, room by room, lifting the sheets that cover the furniture and looking for a reflection in the windows and in the mirrors. No. It’s not just the house I grew up in. The infection reached every layer of my life: school, university, my job.
Fortunately, today the roles have changed: the stories of women come to light and they become referents, role models and lives to count for the girls of our time and those who will come. When we begin to be aware of how important it is to recognize ourselves in someone, a new feeling emerges: to feel like the sister of someone who knows the way, to make it a key piece in our history, in a gear that will allow us to grow day by day. A wake that we can continue and create, at last, our own narrative.
We want women in all spaces.
That they are the ones that count, form and build. May they be the ones who can take the step forward without feeling fear or shame. It is something that we now see completely normal in our day to day.

My mother’s grandmother, Carmen, the only grandmother I have left, is very afraid of storms. He does not like that we are out of the house while it rains and the thunder falls. I do not know who in my family told me that, when I was young and the storms were coming back, I would place a jar of salt with scissors stuck under the bed so that nothing would happen to the house or any of its inhabitants . I’ve never known why. I have never asked. As if that ceremony were something natural, a rite to celebrate at home, a brother exercise.

Although the snow is so strange to me, I could not help but make it very mine. And I look back and look, I walk on tiptoe steps, I look at my father and my grandfather, I recognize myself as a girl, attentive and aware of what they did, and I feel like that transhumant pastor who places his feet very carefully on the traces that the previous one has drawn firmly.

Indifference does not exist in the villages. Everyone here knows each other. Everyone knows the good and the bad. All are part of the stories that are told and those that stay at home. In a town you can not be invisible, you can not stop existing. Lives and death follow each other in totally different ways as they give way to one another in the city. They become a ceremony that also belongs to the people, the community is part of them, gets involved, in a kind of celebration. The inhabitants talk openly about those who are born and those who die, counting all kinds of details, making you a part of what happens between their streets. Death is spoken of as rain and cold, as good weather is expected. In the villages, unlike the cities, death does not hide. Death dirty, reaches the bells and doors, leaves its smell and touch in the rooms.
Women in rural areas start from a different point than women in cities. The rural environment of this country remains that unknown to which we do not end up approaching. We continue writing of our rural environment from the big cities, falling in the idealization, in that flat and bucolic postcard that does not finish to break. The country in which I move and work has little to do with that which they portray with sentimentality and even with nostalgia in the media. It is wonderful to see that the rural environment “is fashionable”, but it is impotent to attend a wave of summer and weekend columnists with no relation or serious concern for our rural environment. Because here we start from below. The inhabitants of the villages are second class citizens. I do not tremble when writing it. From the cities we have seen as something normal that the people of our towns do not have the same access to basic services. Health, education, culture, infrastructures. To those who, in spite of everything, want to stay, we have left them alone. And what those men and women in the countryside need least is a “rural” literature that rescues them. Because they do not need to be saved. They need schools, good roads and health centers. They need the administration to help them and support them, not to mistreat them. They need measures to be able to choose, so as not to have to leave by force.

We live in a centralist country. Madrid sends. The big cities are the ones that make decisions. Those that set the guidelines, the rhythms. Sometimes it seems that life and the important thing only happens in these nuclei. The rest is always in the background, unimportant, as if it needed little. As if its inhabitants had nothing to say.
And if the rural environment is the great forgotten.
We live in cities where practically nothing is produced of what we consume in them. We need others to work, to cultivate, to raise, that, in the end, they produce so that we can feed ourselves.
There is not a single type of rural woman. The rural environment is diverse and does not have a single face and voice. The rural environment is a crowd. We have many stories to rescue and take out of the shadows.
What if the problem of depopulation began with the lack of attention and constant discrimination against all the women in our villages?
The answer that hurts is so obvious. In our hands, and not only in those of rural women, is the solution. And although they are the ones who have started with their projects not to let the rural environment and its inhabitants die, we have to get everyone involved so that they all count and are visible. To soon reach a sustainable, fair and egalitarian rural environment.

When a baby is born in the Navajo Indian village, the parents cut the umbilical cord and bury it in the sheep pen. In this way, the bond of the new inhabitant of the tribe with the animals and their land is created and materialized.
“We were created with our sheep,” says one of the songs that are sung in Navajo ceremonies. For them, the relationship of livestock and herding with their people, which is reflected in the origin and creation of the tribe, is so important:
Changing woman (celestial being) gave birth to sheep and goats. With the amniotic fluid from his placenta, which enveloped the ruminants, he soaked the earth. And so, from it germinated and sprouted the plants that would feed their animals, which would then care for and carry them through the land. This is the order for the Navajo people.
From this amniotic fluid and from that placenta of the first woman are born grazing, extensive livestock and herders. That union so unique and so important is that of the territory, the animal and the person.

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