El Corazón De Todo Lo Existente. La Historia Jamás Contada De Nube Roja — Tom Clavin & Bob Drury / The Heart of Everything That Is: The Untold Story of Red Cloud, An American Legend by Tom Clavin & Bob Drury

Es una biografía magnífica de Nube Roja, comenzando por los orígenes de los Sioux, como llegaron hasta lo que son actualmente los Estados de Dakota del Norte, Dakota del sur y Wyoming. El libro te engancha desde el principio, porque cada capitulo es corto, y los autores tienen una narrativa muy mordaz y no escatiman nada para mostrarte la realidad del conflict entre los Indigenas y los Euro Americanos, en este caso los Estadounidenses, aunque tambien Franceses, Ingleses, y Espanoles, con los que los Nativos tuvieron contacto permanente. Las disposiciones de las tribus y el Gobierno de Estados Unidos. Y lo que mas me ha encantado es el realismo, como Vivian las tribus de las Llanuras, sus creencias religiosas, la aportacion de las armas de fuego y el caballo Mustang de origen Espanol. Los Sioux eran una de las tribus mas violentas y temibles entre las distintos tribus, enzarzadas casi siempre en conflictos constantes, robandose mutuamente. La forma terrible de matar a sus oponentes. Nube Roja ha sido uno de los grandes personajes de la Historia por su vision y cualidades para unir a diferentes pueblos nativos en la lucha titanica contra una gran superpotencia en expansion. Entra en detalles poco conocidos de la personalidad de Nube Roja, su distanciamiento con Toro Sentado, y su gestion como lugarteniente de Caballo Loco, sus sentimientos, y punto de vista de como cambiaba el panorama en las Grandes Llanuras con la llegada del Hombre Blanco. Es un libro maravilloso.

Excelente libro por lo que cuenta. Es trágico que gran parte de la historia de las tribus nativas de América del Norte desde la época de los asentamientos europeos apenas haya sido explorada. Sin embargo, hay algunas publicaciones que intentan cerrar la brecha y los autores hacen un excelente trabajo en este libro. Todavía hay muchas oportunidades para explorar más el tema: se describe la batalla decisiva, pero quizás haya más detalles históricos disponibles. Por ejemplo, la batalla en Little Bighorn ha sido ampliamente documentada. No sé si la masacre de Fetterman está bien documentada, pero incluso más detalles serían bienvenidos.
Además, el invierno después de la masacre de Fetterman se pasa casi completamente por alto, lo que deja al lector curioso sobre lo que ocurrió en el Fuerte durante ese invierno y también se pregunta por qué Red Cloud et al no regresaron para completar la ruta. Las revistas de los sobrevivientes deberían hacer una de las lecturas más sorprendentes, pero prácticamente no hay nada en el libro sobre esto. Tal vez fue considerado fuera del alcance del libro o tal vez está cubierto en otro lugar.

Hubo varias variaciones de las tribus Sioux y los autores detallan el tiempo que precede a Red Cloud con Old Man Afraid of His Horses como líder de la tribu Oglala Sioux. También recibimos un retrato de Jim Bridger, conocido como Old Gabe, y los autores se preguntan por qué no se ha escrito más sobre este hombre influyente en la historia occidental. Pretty Owl y Pine Leaf fueron amores de Red Cloud y la trágica muerte de Pine Leaf por su propia mano es tratada.
El controvertido edificio de fortalezas a lo largo del odiado camino de Bozeman a través de Wyoming y en Montana le brinda al lector información adicional sobre el edificio de Fort Phil Kearny que condujo a la infame Fetterman Fight el 21 de diciembre de 1866, en la que William Judd Fetterman perdió la vida. con otros ochenta. ¿Quién era el culpable de este fiasco? ¿Fue el mismo Fetterman o el mal comandante del fuerte Henry Carrington? ¿De qué papel en la derrota, en su caso, jugó Tenedore Ten Eyck? ¿Se demoró en ir a la defensa de Fetterman? ¿Fetterman y sus hombres o su apoyo acabaría de agregarse a las víctimas?
Me enteré de que fue American Horse quien mató a Fetterman y John “Portugee” Phillips tuvo otros dos que enviaron noticias del desastre en Fort Phil Kearny, siendo Phillips el único que viajó hasta Fort Laramie para avisarles el día. después de Navidad. Además, Jim Bridger pensó que la ubicación que Henry Carrington eligió para construir Fort Phil Kearny era una mala elección, pero la opinión de Carrington prevaleció. Además de los ya mencionados, este libro contiene varios otros personajes interesantes, como Nelson Story, que se convirtió en la inspiración de la novela Lonesome Dove, George y Francis Grummond y Margaret Carrington, Crazy Horse, Spotted Tail, John Bozeman y John Jacobs, quienes comenzaron El sendero Bozeman, y muchos otros.
El Jefe Red Cloud pudo traer la victoria sobre el ejército de los Estados Unidos con el Tratado de 1868 que provocó el cierre de Bozeman Trail y los fuertes (Reno, Phil Kearny y C. F. Smith) que estaban ubicados en él. Las fortalezas fueron destruidas y los Estados Unidos tenían otros asuntos más apremiantes en sus manos, como la reconstrucción del Sur después de la Guerra Civil y la finalización del ferrocarril Union Pacific.
El jefe Red Cloud murió a la edad de ochenta y ocho años en 1909 y está enterrado en los terrenos de la escuela Red Cloud, que actualmente educa a los niños en la reserva india de Pine Ridge. Incluso si ha leído los otros libros sobre este aspecto de la historia de los indios sioux, esta biografía en Chief Red Cloud es una obra maestra para agregar a su biblioteca.

Era el 2 de noviembre, y los sesenta y tres oficiales y reclutas de la Compañía C del Segundo de Caballería del Ejército de EE. UU. habían tardado más de un mes en atravesar los mil cien kilómetros que separaban las planicies al este de Nebraska y la cabeza de la ruta Bozeman, en el centro-sur de Wyoming. Habían seguido el gran meandro del North Platte a través de llanuras azotadas por tempestades, escalado a praderas a kilómetros de altitud donde los pulmones apenas les respondían y sufrían dolores de cabeza, y vadeado más de dos docenas de ríos y arroyos cubiertos de hielo. A esas alturas, cuando viraron al oeste desde el río South Powder, desaparecieron en los oteros ondulados que se torcían y doblaban hacia el horizonte, al norte. Los jinetes estaban aún a un día de viaje de su destino, el aislado fuerte Phil Kearny, un reducto de apenas siete hectáreas en la bifurcación de los arroyos Little Piney y Big Piney, a escasa distancia de la frontera con Montana.
Durante más de un año, Nube Roja había dirigido un ejército de más de tres mil guerreros sioux, cheyenes del norte y arapahoes en una campaña por un territorio que abarcaba dos veces el tamaño de Texas. Se trataba de la primera vez que Estados Unidos se había encontrado ante un enemigo que usaba el mismo tipo de tácticas de guerrilla que un siglo antes había ayudado a su país a garantizar su existencia, aunque dicha ironía pasaba bastante desapercibida en los barracones militares polvorientos del Oeste y en las salas de juntas del Este, donde barones del ferrocarril, magnates de la minería y políticos ambiciosos conspiraban para crear un imperio. Los combatientes de Nube Roja habían tendido emboscadas y quemado caravanas de carretas, habían asesinado y mutilado a civiles, y habían superado en inteligencia y fuerza a las tropas del Gobierno en una serie de asaltos sangrientos que sacudieron al alto mando del Ejército de EE. UU. El hecho mismo de que un «líder» bárbaro hubiese reunido y coordinado una fuerza multitribal tan amplia suponía una sorpresa para los estadounidenses, cuyos prejuicios raciales eran representativos de la época. Pero que Nube Roja hubiese logrado mostrar la suficiente determinación para mantener la autoridad sobre sus guerreros combativos y notablemente faltos de disciplina provocaba un impacto aún mayor.
Para noviembre de 1866, Nube Roja, con cuarenta y cinco años, se encontraba en la cima de su considerable poder, y las partidas de guerra que reclutaba estaban movidas a partes iguales por la desesperación, la venganza y una autoconfianza exagerada en su dominio militar de las Altas Llanuras. El estilo de vida nómada que habían llevado durante décadas se estaba viendo alterado inexorablemente por la invasión blanca y sentían que su única salvación era resistir con firmeza «aquí y ahora»; de otro modo, estarían condenados al exterminio. Las advertencias de Nube Roja demostrarían ser clarividentes: la última mitad de la década de 1860 supuso un punto de inflexión psicológico en las relaciones entre blancos e indios en la sección central del país. El primer colonialismo europeo había provocado no solo la destrucción de los pueblos nativos, sino también una veneración paternalista —influenciada en parte por James Fenimore Cooper— hacia las culturas de los «Nobles Salvajes […] con un destino decretado por un gobierno federal sin corazón, cuya política deliberada era matar a tantos como fuera posible en guerras innecesarias».
¿El territorio de Nube Roja? Durante los cuatro últimos años, y en palabras del presidente Lincoln, muchos hombres buenos se habían entregado hasta las últimas consecuencias para conservar la Unión. ¿Y un bárbaro consideraba esa tierra «su territorio»? De cualquier modo, las palabras elegidas por Carrington eran otro ejemplo más de la división cultural entre blancos y pieles rojas. Nube Roja no consideraba que el territorio del río Powder fuese «su territorio», en el sentido que le daban los estadounidenses a esas palabras, más de lo que podía creer que le pertenecían la luna y las estrellas. A lo sumo, estaba luchando por conservar un territorio que el Wakan Tanka, el Gran Espíritu, había provisto para uso de los indios. El hecho de que Washington se hubiese dignado cederle a su tribu el derecho de ocupar esas tierras en una sucesión de tratados y «pactos de amistad» que databan de 1825 no era más que una muestra de lo confusos que estaban esos blancos con respecto al gran esquema del universo. Al contrario que los conciliadores líderes indios que un año antes se mostraron dispuestos a cesar las hostilidades a cambio de «protección» y «derechos comerciales», Nube Roja estaba una guerra para detener la intromisión cada vez mayor de los blancos en tierras de caza sioux: nada más, y nada menos.

Las rutas abiertas por los primeros exploradores de la frontera en las décadas de 1820 y 1830 habían atraído en un principio a científicos, misioneros e incluso deportistas acaudalados a ese prístino territorio en lo más remoto del río Missouri. Al regresar al Este, dichos hombres contaban historias preciosas, aunque fabulosas, sobre las glorias del nuevo Edén más allá del río Big Muddy, y los periodistas se bebían sus relatos. En 1846, un periódico barato de la ciudad de Nueva York, al narrar la llegada a Manhattan de dos aristócratas británicos después de hacer una «amplia ruta de caza de búfalos por Oregón y el salvaje Oeste», usó los términos «maravillas», «agradable», «grandioso», «reluciente» y «magnífico» en un solo párrafo para describir aquella región silvestre. «Se dice que las pesquerías son las mejores del país —concluía el artículo—, igualadas únicamente por las escasas instalaciones agrícolas». Este tipo de publicidad apasionada agitó por supuesto la imaginación de miles de pequeños granjeros y gentes de ciudad deseosos por empezar una nueva vida en el paraíso; siempre y cuando una familia o su clan más amplio pudieran reunir los cuatrocientos dólares necesarios para equipar una carreta con ganado y provisiones, claro.
Al interpretar la vida y la época de Nube Roja en el contexto del Tratado del Arroyo Horse, quizá —solo quizá— fuese aceptable afirmar que el jefe indio podría haber vivido sin atacar activamente las caravanas de emigrantes y sin provocar guerras con Estados Unidos, al menos hasta ese momento (aunque, teniendo en cuenta lo ocurrido después, dicho argumento resulta peliagudo). A lo mejor sería lícito incluso argüir que, pese a la profunda tradición política de su pueblo ligada a un individualismo cuasi fanático, Nube Roja podría haber llegado a asumir el concepto de un único «jefe» sioux, máxime cuando ese título habría recaído sobre él.
Pero resultaba inconcebible imaginar a Nube Roja —desde luego, para él lo era— como una araña metida en una botella, confinado a un territorio específico, independientemente de lo grande o copioso que fuera. La idea de un Nube Roja que tuviese prohibido liderar asaltos, robar caballos, cortar cabelleras (hazañas por las que ya era famoso) resultaba contraria a su naturaleza. Aventuras de ese tipo habían sido la esencia de los valores sioux desde tiempos inmemoriales. Y, por sobre todas las cosas, Nube Roja era una criatura de los mitos y las leyendas de sus antepasados, vinculado a esos fantasmas por medio de lo que un futuro presidente de EE. UU. —contra quien Nube Roja libraría algún día una guerra— definió como los acordes místicos de la memoria.

Los sioux, como todos los indios americanos, descienden de nómadas asiáticos que cruzaron los mil seiscientos kilómetros del puente de tierra de Bering en diversas migraciones entre los años 16.500 y 5.000 a. C. Existen evidencias arqueológicas que sugieren que los primeros pueblos precolombinos en emprender camino al sur desde Beringia hasta lo que ahora son las Llanuras del Norte de Estados Unidos, extensas y herbosas, partieron hace unos doce mil años, siguiendo al acecho las rutas migratorias de las grandes manadas de mastodontes, mamuts lanudos y una especie gigante de bisonte que estaba ya extinta cuando llegaron los europeos. Estos cazadores, que concibieron sus primeros arcos y flechas más o menos al mismo tiempo que Jesucristo predicaba en Judea, se extendieron rápidamente hacia el este y el oeste, a las orillas del Atlántico y del Pacífico, a través de América Central y cruzando el istmo de Panamá. Según la hipótesis de algunos lingüistas, los grupos errantes de primeros sioux surgieron en algún punto del sureste de Estados Unidos, quizá en las Carolinas o cerca del golfo de México.
Para el siglo XVI, los sioux habían emprendido la marcha otra vez, remontando el valle del río Mississippi y estableciéndose cerca del nacimiento del caudal, en los bosques del norte de Minnesota.
A principios del siglo XVIII, el Pueblo de los Siete Fuegos del Consejo se vio alejado al oeste y al sur de sus viejas tierras de caza y allí, en el meandro del río Minnesota al suroeste de Minnesota —donde el curso del río hace un giro brusco al noreste hacia el Mississippi—, las tribus se fragmentaron aún más. Cada vez que llegaba una tribu a esta frontera geográfica crucial, tenía lugar la misma escena. Tras las negociaciones del consejo, que siempre acababan en riñas, los líderes tribales más mayores y conservadores optaban por seguir el río Minnesota al noroeste hasta su nacimiento, ciñéndose a los terrenos más boscosos. Los clanes más jóvenes, por su parte, vadeaban el río y se metían de cabeza en la pradera, infinita en apariencia, pero donde al final se alzaban las colinas Black y, más allá, las Rocosas. Así surgió la nación de los sioux del oeste.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, empezaron a llegar informes incompletos a los comerciantes ingleses en el Missouri sobre un movimiento tectónico en el equilibrio de poder de la pradera. La poca información que se conserva sobre este periodo procede casi en exclusiva de los relatos de invierno lakotas, que ofrecen varias interpretaciones, en el mejor de los casos, y solo intuiciones aventuradas, en el peor. A este respecto, no ayudan demasiado. Sigue siendo un misterio, por ejemplo, por qué los oglalas, anteriores moradores del bosque, aparentemente prefirieron conservar como campamento base el terreno cubierto de maleza que hoy se ubica en Dakota del Sur, cerca de las aguas salobres del río Bad (acertado nombre). Los primeros tramperos franceses, que fueron además los primeros blancos en poner los ojos sobre este paisaje, bautizaron oportunamente esas tierras como Mauvaises Terres. Los sioux estuvieron de acuerdo y las llamaron mako sica, «tierra mala». Sería interesante saber qué les pasaría por la cabeza a los indios al atravesar la formación geográfica más desolada, y más extraña, de Estados Unidos.

Los pueblos se habían visto forzados prácticamente a punta de pistola a cerrar un pacto con los colonizadores españoles: a cambio de trabajos forzados y su conversión accidental al catolicismo, los españoles los protegerían de los apaches. No obstante, una vez que los apaches tuvieron caballos, ese cometido resultó ser imposible. Los asaltos montados a las comunidades pueblo aumentaron y, antes de que las expediciones españolas emprendieran la marcha, los apaches desaparecían como fantasmas en la penumbra rembrandtesca de la frontera. Los asaltos apaches se hicieron más frecuentes y feroces y, en 1680, los pueblos se levantaron por fin, alentados por la desesperación y por un curandero carismático de nombre Juan de Popé.
La masacre subsiguiente se produjo en represalia por un siglo de crueldad. Los pueblos saquearon haciendas españolas, demolieron edificios gubernamentales y se regodearon especialmente en la destrucción de conventos e iglesias y el asesinato de sacerdotes franciscanos, veinte de los cuales fueron capturados en el patio de una iglesia y torturados hasta la muerte; los cuerpos los tiraron en el armazón carbonizado de la capilla. Los pocos españoles que sobrevivieron abandonaron el ganado en una huida desorganizada al sur de El Paso o al propio México.
Con su primer muerto, Nube Roja recibió también otra lección de importancia: los guerreros que agredían físicamente a un enemigo sin matarlo, o «se contaban un golpe», disfrutaban del mayor de los respetos de la tribu, más que quienes hubiesen cortado cabelleras. Entre las tribus occidentales se creía que la mayor muestra de valor era acercarse lo bastante a un hombre como para oler su aliento cálido mientras se le golpeaba o daba con el látigo, permitiéndole seguir con vida. Según la teoría, al hacerlo, el guerrero se enfrentaba a más posibilidades de morir. Tal era el intelecto intuitivo de Nube Roja que ya de adolescente estaba empezando a comprender cómo podía servirse de las costumbres ancestrales para acumular poder, incluso él que era un niño sin padre. Y así se abrió la mente estratégica y táctica de Nube Roja; almacenaría este recuerdo para usarlo durante el resto de su vida, empezando por un incidente que ocurrió solo unos meses después.
Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX, el castor fue a la moda europea lo que el pan y el circo al pueblo romano. El fieltro de lana del Castor canadensis dominó en tal medida los mercados europeos de sombreros masculinos que, entre 1700 y 1770, los sombrereros ingleses exportaron más de veintiún millones de esos sombreros solo a la Europa Continental. Para 1820, dicha cifra se había casi duplicado; en el Viejo Mundo, habían cazado todas las especies de este animal hasta casi extinguirlas, y el destino de su primo norteamericano, al menos al este del Mississippi, no había sido mucho mejor. A dicho vacío comercial se incorporaron las muchas compañías peleteras del Oeste.

Por el tratado pendiente de ratificación entre Estados Unidos y los indios sioux en el fuerte Laramie, se dispone que es deber de todo soldado tratar a todos los indios con amabilidad. El indio que sufra algún daño acometerá su venganza contra cualquier hombre blanco que encuentre en su camino».
Esto fue lo que escribió el coronel Henry Beebee Carrington el 13 de junio de 1866, mientras cabalgaba al oeste a la cabeza del Segundo Batallón del Regimiento de Infantería n.º 18 de Estados Unidos. Dado que seguía en el este de Nebraska, el coronel Carrington todavía no se había topado con ningún indio hostil, por lo que no tenía manera de saber cuánta razón llevaba. Estaba a punto de descubrirlo; y, de momento, aún no contaba con su segundo al mando, el capitán William Judd Fetterman.
Tras el final de la Guerra de Secesión, tanto Carrington como Fetterman habían decidido dedicarse a la carrera militar.
Los oficiales subordinados del coronel Carrington, muy familiarizados con la rutina del Ejército, comprendían las razones del oficial para ausentarse del frente durante la guerra. Eso no significaba que tuvieran que respetar esas razones, ni siquiera respetar al propio oficial quisquilloso (actitud que el coronel iría entendiendo poco a poco). Así las cosas, por el momento el coronel se contentó con pasar el invierno de 1865-1866 en el fuerte Kearney, solo trescientos doce kilómetros al oeste de Omaha, y fue desde allí desde donde escribió al general Cooke que había adquirido doscientos caballos «excelentes» a voluntarios de caballería de Iowa y Nebraska licenciados del servicio de la Guerra de Secesión, además de montones de carretas de carga con las que arrastrar sacos de semillas de patatas y bulbos de cebolla, materiales de topografía y equipos de construcción para sus herreros, ruederos y carpinteros. Había segadoras de heno, máquinas para hacer ladrillos y tejas, guillotinas para ventanas, cierres y barriles de clavos.

Nube Roja había empezado también a atraer hacia su círculo interno a Caballo Loco, el líder cada vez más maduro de una cohorte de combatientes jóvenes que miraba al blotahunka ataya en busca de directrices y guía. El hosco Panza Grande, físicamente imponente, y el guerrero flaco y reservado que llevaba diecinueve años siendo su aprendiz formaban una extraña pareja. Todos los lakotas eran conscientes de que Caballo Loco aún añoraba a Mujer Búfalo Negra, a quien Nube Roja había prometido de manera informal a otro guerrero. Aun así, nadie dudaba de que Caballo Loco y sus Corazones Fuertes eran los causantes de buena parte de los daños infligidos en la parte baja de la ruta Bozeman durante el verano. Los Corazones Fuertes habían llegado con sus saqueos hasta el fuerte Laramie como lugar más al sur y al este, y Caballo Loco había encabezado una partida de asalto que se coló en el corral de la estación Reno para llevarse los caballos y las mulas una semana antes de tenderles una emboscada a los soldados blancos en el Crazy Woman. Cuando el clima cambió y las caravanas de emigrantes se redujeron, los Corazones Fuertes se trasladaron al norte a hostigar a los destacamentos de taladores y segadores de heno del fuerte Phil Kearny. Cada vez que Caballo Loco regresaba esporádicamente de esos asaltos, había un asiento esperándole en el fuego del consejo de Nube Roja. Caballo Loco nunca había mostrado interés por las mundanas políticas tribales —las elecciones de subjefes, la planificación de las cacerías, los debates sobre futuras ubicaciones de campamentos—, pero desde que la conversación se había centrado en matar a blancos, solía estar presente, aunque hablase poco.
Se añadía otro problema: el incipiente invierno de las Altas Llanuras parecía estar inquietando demasiado a algunas personas. A mediados de octubre, un mensajero trajo noticias de Omaha, según las cuales el comandante de guarnición a quien Carrington había dejado al cargo de la estación Reno, un capitán con el que Carrington no tenía más que una relación formal transitoria, había arrestado al teniente que le servía como segundo al mando. El delito del joven oficial parecía consistir en haber permitido a los indios escaparse con la mayoría de las mulas y los caballos del puesto durante el asalto de agosto. Carrington estaba fuera de sí, no solo por lo que él consideraba una acción disciplinaria injusta, sino sobre todo por haber tenido que enterarse por el general Cooke del lío provocado por su propio comandante. El fuerte Phil Kearny estaba aún en un estado demasiado precario para que Carrington pudiese recorrer los ciento cinco kilómetros hasta la estación Reno e investigar el asunto de primera mano…
Caballo Loco antes callado la que más se oía en los fuegos del consejo. Exhortaba a los jefes de guerra a atacar en bloque, a asestar un único golpe final contra los soldados. Pero Nube Roja dudaba. Sabía exactamente cuánta comida y forraje de invierno había almacenado la guarnición, y planeaba dejar que estuviesen hambrientos y débiles hasta tal punto de impotencia que los habitantes del fuerte fuesen tan fáciles de matar como unos recién nacidos. Por otro lado, admitía que quizá no fuese buena idea obviar por completo las palabras de su mejor combatiente. Siempre había respetado las tácticas de Caballo Loco; quizá fuese hora de hacer caso también de la estrategia de su joven teniente. Quizá fuese hora de poner a prueba a los estadounidenses allí donde vivían.
Nube Roja lo tenía claro: aquellos soldados estúpidos estaban listos para ser sacrificados. Había observado la batalla del día anterior e incluso dirigido parte de ella desde un cerro elevado en el valle del arroyo Peno, maravillado ante el comportamiento totalmente falto de ingenio de los soldados estadounidenses. Eran como niños malcriados e ignorantes: ponles un trozo de melaza dura delante y harán lo que sea por cogerlo, da igual lo estúpido que resulte. De vuelta en el campamento indio en el Tongue, Caballo Loco describió al detalle las partes de la batalla que Nube Roja no había presenciado personalmente.

Nube Roja nunca habló con ningún blanco de su gran victoria, por lo que hay que conformarse con imaginar sus pensamientos cuando los malas caras guiaron a los lakotas hacia el oeste, al valle del Bighorn. Quizá se acordase de su infancia como huérfano, o de su primer golpe letal contra los pawnees, o incluso del suicidio de la trágica Hoja de Pino. Lo que sí se sabe es que el niño a quien tantos rehuían y el hombre a quien todos temían había conseguido lo que ningún otro indio antes.
El hijo de un brule alcohólico había aprendido por sí solo a ser un líder, a reprimir sus gruñidos y su ira personal y permanecer quieto cuando quería atacar. Había desarrollado una autodisciplina férrea y eso le había permitido convertirse en el primer jefe guerrero en transfigurar una cultura militar india que había permanecido inalterada durante siglos, si no milenios. No solo había unido a los fragmentados lakotas, seduciendo a oglalas, brules, miniconjous y sans arcs para luchar como un solo grupo, sino que además había atraído bajo su estandarte a los cheyenes, arapahoes, nez percés y shoshones. Ese era el único modo —lo supo desde el principio— de derrotar a los estadounidenses, de humillar a un pueblo tan fuerte, tan numeroso, tan decidido a quitarle su tierra, teniendo tanta tierra propia. Y se lo había demostrado a Estados Unidos; en cierto sentido, había conseguido lo que generales más glorificados como Cornwallis y Lee habían sido incapaces de hacer.
La ironía, por supuesto, reside en el hecho de que Nube Roja ni siquiera supiera quiénes eran esos hombres.
Si la fama de Nube Roja no estaba ya consolidada en Estados Unidos —aunque sin duda lo estuviese entre los blancos de la frontera—, la batalla de los Cientos en las Manos la afianzó. La Guerra de Nube Roja se alargaría más de otro año antes de que Estados Unidos admitiese que había sido derrotado y pidiese la paz; y, por primera vez, bajo las condiciones de los indios.
Tras la batalla de Fetterman, Nube Roja permitió que el resto del invierno de 1866-1867 transcurriese sin incidentes, ayudando así a garantizar la supervivencia de quienes permanecieron en el Fuerte Phil Kearny. Pero su hostigamiento contra los tres fuertes estadounidenses en el territorio del río Powder comenzó de nuevo en cuanto las primeras hierbas de la primavera de 1867 comenzaron a nutrir a los ponis indios. En agosto —la Luna de las Cerezas Negras—, la poderosa alianza del jefe de guerra lakota lanzó su siguiente ataque a gran escala. Aquella batalla, el 2 de agosto, pasó a conocerse como la batalla de Caja de Carreta, que terminaría siendo un hecho importante tanto para el Hombre Cabeza oglala como para el Gobierno de Estados Unidos, aunque por motivos completamente distintos.
A finales de julio, los jefes de guerra de la alianza tribal se habían vuelto a reunir en el Tongue, y Nube Roja y los otros Panzas Grandes trazaron planes para atacar dos de los fuertes del hombre blanco casi simultáneamente. La mañana del 1 de agosto, una gran partida de guerra de cheyenes encabezados por Cuchillo Romo y Dos Lunas rodearon un destacamento civil de segadores protegidos por noventa soldados, a unos tres kilómetros del Fuerte C. F. Smith en Montana. Murieron dos soldados y un civil mientras los estadounidenses acosados, refugiados en un corral improvisado, resistieron un día de asalto. Solo cuando llegaron los obuses del puesto cerca del anochecer, los cheyenes se diluyeron con las monturas estadounidenses incautadas.

El 6 de noviembre de 1868 —tras hacer esperar a unos comisionados blancos y oficiales del Ejército cada vez más nerviosos a que terminase la caza del búfalo de otoño—, el jefe guerrero mala cara de cuarenta y siete años llegó cabalgando al Fuerte Laramie y firmó triunfante el tratado por el que Estados Unidos les concedía a su pueblo y a él el territorio situado entre las Bighorns hasta el río Missouri hacia el este, y entre el paralelo cuarenta y seis hasta la frontera entre Dakota y Nebraska al sur. Se entendía, al menos entre los blancos, que los indios vivirían en la sección oriental y reservarían la occidental, el territorio del río Powder, para terrenos de caza abiertos a todas las tribus y los grupos. El centro de esa extensión de tierras lo ocupaban las colinas Black, como una joya reluciente. El Pahá Sapa. El Corazón de Todo lo Existente.
Fue el momento de mayor orgullo en la vida de Nube Roja, si bien esa sensación le duraría apenas doce meses. Y es que los lakotas no dejaron de morir.
En otoño de 1868, desde el lado más alejado de las colinas Black, Toro Sentado mandó avisar a Nube Roja y a la comisión de paz estadounidense de que no estaba de acuerdo en hacer ningún tratado con Estados Unidos, ni pensaba obedecerlo. Pese a que las concesiones que Nube Roja logró exprimir al Gobierno «no tenían precedente en la historia de las Guerras Indias», los hunkpapas y sus menguantes aliados dakotas continuarían en guerra. Incluso algunos miembros de la facción más joven y combativa de los propios oglalas de Nube Roja cabalgaron después al este para unirse a la lucha; el más notable de ellos fue Caballo Loco.

En 1874, se descubrió oro en las colinas Black. Haberles garantizado el Pahá Sapa a las tribus tenía poca importancia para los blancos. Después del pánico financiero de 1873, extraer oro se había convertido en una prioridad nacional y, como siempre, Washington urdió una racionalización para violar un tratado y ocupar la tierra india. La administración de Grant decidió que ya no impediría a los mineros entrar en las colinas Black, y que obligaría a los lakotas y a los cheyenes que aún deambulaban libremente a ambos lados de la cordillera a recluirse en reservas, velando aparentemente por su seguridad. Aquel invierno, se enviaron mensajeros para comunicar a los indios la decisión adoptada a casi dos mil seiscientos kilómetros. Se trataba de poco más que una excusa política: ambas partes sabían que no era posible ni viable obedecer tal directriz; de hecho, Estados Unidos ya estaba planeando la campaña militar. Todo ello se ajustaba a la postura del general Sheridan, gruñón y bebedor.
La metedura de pata del general George Armstrong Custer en el gran campamento de lakotas y cheyenes del norte junto al Little Bighorn en junio de 1876 —una contienda que los indios llamaron la Batalla del Hierba Grasosa454 y que los explorados cuervos recomendaron a Custer no combatir— fue el último grito de hurra de los sioux. La impactante matanza de la unidad al completo bajo el mando inmediato de Custer intensificó el fervor nacional por erradicar a las tribus de las Llanuras del Norte. Irónicamente, lo que a los indios les faltó fue un estratega de la talla de Nube Roja para dar seguimiento a su gran victoria táctica en el Little Bighorn. Estados Unidos devolvió el golpe con dureza y las operaciones de limpieza del Ejército continuaron a lo largo de la primavera de 1877, cuando incluso Caballo Loco se dio cuenta de la inutilidad de la lucha y regresó junto a los soldados de la Agencia de Nube Roja. Cuatro meses después, Caballo Loco murió a bayoneta a manos de un guardia en la agencia, supuestamente, mientras trataba de escapar de la llamada custodia protectora. Su muerte aún está envuelta en polémica.
Con Caballo Loco muerto y Toro Sentado huido en Canadá, lo que quedaba de las tribus hostiles se resignó a su suerte: vivir en las reservas. De nuevo, tristemente, Nube Roja había sido profético. En 1878, la Agencia de Nube Roja, y Nube Roja con ella, fue trasladada al suroeste de Dakota del Sur y pasó a llamarse Reserva de Pine Ridge.
Pocos hombres tienen la capacidad de apartarse completamente de su filosofía de vida, sobre todo en la ancianidad, pero Nube Roja fue uno de ellos. Al establecerse en Pine Ridge, cambió su actitud hacia las reservas, símbolo en otros tiempos de una vida enjaulada que no merecía la pena vivirse. Terminaría adaptándose al modo de vida del hombre blanco, viviendo en una casa, vistiendo ropas de hombre blanco, implicándose en actividades comerciales del pueblo blanco y enviando a sus hijos a las escuelas de los blancos. Nube Roja había sido un hombre de un lugar y un tiempo concretos; para entonces era ya un hombre de otro lugar y de otro tiempo. Tenía numerosas dotes políticas muy arraigadas, e hizo uso de ellas para seguir siendo el líder físico y espiritual de los oglalas. Nube Roja no había cambiado, pero sí se había adaptado y, al contrario que Toro Sentado y Caballo Loco y los demás que siguieron luchando, había visto el futuro de su pueblo. Comprendía que tanto ellos como él habían quedado superados por las fuerzas de la historia.
A lo largo de décadas, Nube Roja hizo varios viajes más al Este para suplicar la mejora de las condiciones de su pueblo, especialmente de la siguiente generación de lakotas. Al contrario que sus incursiones militares, sus objetivos políticos estaban destinados a fracasar, aunque no por falta de esfuerzo. En un discurso notable dedicado al presidente Rutherford B. Hayes el 26 de septiembre de 1877, se quejó de las tierras secas, polvorientas e infértiles de la Reserva de Pine Ridge y declaró: «Dios hizo esta tierra para nosotros y para todos. Hay buenos arroyos, buenos terrenos, y deseo que ustedes me lleven a un buen sitio donde criar a mis hijos. El lugar en el que ahora estoy se eligió siguiendo el consejo del Gran Padre. También quiero escuelas para que mis hijos aprendan a leer y a escribir y puedan ser así tan sabios como los hijos del hombre blanco. Tengo los mismos sentimientos que todos los hombres blancos albergan hacia sus familias; ellos quieren a sus hijos, como yo quiero a los míos, y me gustaría criar bien a mis hijos».
Nube Roja se preocupó también por señalar que no había apoyado el levantamiento de Toro Sentado, distanciándose con ello astutamente de la masacre de Custer. Sin embargo, esta concesión a los estadounidenses no sentó bien entre los miembros más combatientes de su tribu y, hasta el día de hoy, se mantienen las acusaciones de que la mano del jefe indio estuvo detrás de la muerte de quien había sido su protegido, Caballo Loco. De cualquier forma, con el paso de los años, Nube Roja siguió siendo una figura respetada, aunque cada vez más distante, en la Reserva de Pine Ridge. Sus hijos tuvieron hijos, y el primogénito de Nube Roja, Jack, lo sucedería como Hombre Cabeza de la tribu (por su parte, a Jack Nube Roja, lo sustituyó su hijo James; el hijo de este, el jefe Oliver Nube Roja, murió a los noventa y tres años, un 4 de julio de 2013, ciento diez años después del día en que su bisabuelo dimitió como jefe). Nube Roja y Lechuza Hermosa vivieron tranquilamente, aunque de vez en cuando el indio siguió haciendo de portavoz de los lakotas y protestando contra las intrusiones en las colinas Black y las condiciones en la reserva. Su último viaje a Washington D. C. fue en 1897.
El 4 de julio de 1903, Nube Roja, con ochenta y dos años y casi ciego, dio su último discurso público ante una congregación de lakotas. «Mi sol se pone. Mi día ha llegado. La oscuridad se cierne sobre mí. Antes de tumbarme para no levantarme más, quiero hablarle a mi pueblo. Escuchadme, amigos, pues no es momento para que os diga mentira alguna. El Gran Espíritu nos hizo, a los indios, y nos dio esta tierra en la que vivimos. Él nos dio el búfalo, el antílope y el ciervo para comer y vestirnos. Trasladamos nuestras tierras de caza del Minnesota al Platte y del Mississippi a las grandes montañas. Nadie nos puso límites. Éramos libres como el viento y, al igual que el águila, no atendíamos a las órdenes del hombre».
Los hombres blancos habían alterado todo eso. Eran demasiado numerosos y demasiado poderosos, y con su llegada provocaron un cambio de era, en la misma medida en que condujeron a la desaparición del búfalo. «Las sombras son largas y oscuras ante mí —concluyó Nube Roja—. Pronto me tumbaré para no levantarme más. Mientras mi espíritu esté con mi cuerpo, el humo de mi aliento ascenderá al sol, pues él lo sabe todo y sabe que aún le soy fiel».
El 10 de diciembre de 1909, Nube Roja murió en paz mientras dormía a la edad de ochenta y ocho años. Su muerte protagonizó titulares en todo el país. En un artículo extenso de reconocimiento, el New York Times apuntaba: «Cuando Nube Roja luchó contra los blancos, lo hizo dando lo mejor de sí. Pero cuando firmó el primer documento de paz, enterró su hacha de guerra y ese pacto de paz nunca se rompió».
Pese a su cercanía a los nuevos colonos y sus muchos viajes por Estados Unidos, quizá Nube Roja nunca llegase a comprender realmente a esos blancos: sus motivos, su avaricia, sus deseos insaciables…

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It’s a magnificent biography of Red Cloud, beginning with the origins of the Sioux, as they came to what are now the States of North Dakota, South Dakota and Wyoming. The book engages you from the beginning, because each chapter is short, and the authors have a very scathing narrative and do not skimp on anything to show you the reality of the conflict between the Indians and the Euro Americans, in this case the Americans, but also French, English, and Spanish, with which the Natives had permanent contact. The dispositions of the tribes and the United States Government. And what I loved the most is realism, like Vivian tribes of the Plains, their religious beliefs, the contribution of firearms and the Mustang horse of Spanish origin. The Sioux were one of the most violent and fearsome tribes among the different tribes, almost always in constant conflict, stealing from each other. The terrible way to kill your opponents. Red Cloud has been one of the great characters of History for its vision and qualities to unite different native peoples in the titanic struggle against a great expanding superpower. He goes into little-known details of the personality of Nube Roja, his estrangement with Sitting Bull, and his management as a loyal lieutenant of Caballo Loco, his feelings, and the point of view of how the landscape in the Great Plains changed with the arrival of the White Man. It is a wonderful book.

Excellent book as far as it goes. It is tragic that so much of the history of the North American Native Tribes since the time of European settlement has barely been explored. There are however, a few publications that attempt to bridge the gap and the authors do an excellent job in this book. There is still plenty of opportunity to explore the topic further – the decisive battle is described but perhaps there is more historical detail yet available. For example, the battle at Little Bighorn has been extensively documented. I do not know if the Fetterman massacre is as well documented but even more detail would be welcome.
Also, the winter after the Fetterman massacre is almost completely passed over, leaving the reader curious about what transpired in the Fort during that winter and also wondering why Red Cloud et al did not return to complete the route. The journals of the survivors ought to make for some of the most amazing reading, but there is virtually nothing in the book about this. Perhaps it was considered outside of the scope of the book or perhaps it is covered elsewhere.

There were several variations of the Sioux tribes and the authors go into detail regarding the time preceding Red Cloud with Old Man Afraid of His Horses as the leader of the Oglala Sioux tribe. We also get a portrait of Jim Bridger, known as Old Gabe, and the authors wonder why more hasn’t been written about this influential man in western history. Pretty Owl and Pine Leaf were loves of Red Cloud and the tragic death of Pine Leaf by her own hand is dealt with.
The controversial building of forts along the hated Bozeman Trail through Wyoming and into Montana provides the reader with additional information regarding the building of Fort Phil Kearny which led to the infamous Fetterman Fight on December 21, 1866, in which William Judd Fetterman lost his life along with eighty others. Who was to blame for this fiasco? Was it Fetterman himself or the ill-suited commander of the fort Henry Carrington? Of what role in the defeat, if any, did Tenedore Ten Eyck play? Did his delay in going to Fetterman’s defense doom Fetterman and his men or would his support have just added to the victims?
I learned that it was American Horse who killed Fetterman and John “Portugee” Phillips had two others who sent out word of the disaster at Fort Phil Kearny with Phillips being the only one who traveled all the way to Fort Laramie to bring word on the day after Christmas. Also, Jim Bridger thought the location that Henry Carrington chose to build Fort Phil Kearny was a poor choice but Carrington’s opinion prevailed. In addition to those already mentioned this book contains several other interesting characters such as Nelson Story who became the inspiration for the novel Lonesome Dove, George and Francis Grummond and Margaret Carrington, Crazy Horse, Spotted Tail, John Bozeman and John Jacobs both of whom started the Bozeman Trail, and many others.
Chief Red Cloud was able to bring victory over the United States army with The Treaty of 1868 which brought about the closing of the Bozeman Trail and the forts (Reno, Phil Kearny, and C. F. Smith) that were located on it. The forts were destroyed and the United States had other more pressing matters on its hands such as the rebuilding of the South following the Civil War and the completion of the Union Pacific railroad.
Chief Red Cloud died at the age of eighty-eight in 1909 and is buried on the grounds of the Red Cloud school that presently educates children on the Pine Ridge Indian Reservation. Even if you have read the other books on this aspect of Sioux Indian history this biography on Chief Red Cloud is a masterpiece to add to your library.

It was November 2, and the sixty-three officers and recruits of Company C of the Second Cavalry of the US Army. UU It had taken more than a month to traverse the 1,100 kilometers that separated the plains east of Nebraska and the head of the Bozeman route in south-central Wyoming. They had followed the great meander of the North Platte through plains lashed by storms, climbed to meadows miles high where the lungs barely responded and suffered headaches, and waded over two dozen rivers and streams covered in ice. At this point, when they turned west from the South Powder River, they disappeared into the undulating hills that twisted and turned toward the horizon to the north. The riders were still a day’s journey from their destination, the isolated Phil Kearny, a redoubt of barely seven acres at the fork of the Little Piney and Big Piney brooks, a short distance from the border with Montana.
For more than a year, Red Cloud had led an army of more than three thousand Sioux warriors, Northern Cheyenne and Arapahoes in a campaign for territory twice the size of Texas. It was the first time that the United States had encountered an enemy that used the same kind of guerrilla tactics that had helped its country a century ago to guarantee its existence, although this irony went largely unnoticed in the dusty military barracks of the country. West and in the East boardrooms, where railroad barons, mining magnates and ambitious politicians conspired to create an empire. The Red Cloud fighters had ambushed and burned caravans of wagons, killed and maimed civilians, and outmaneuvered government forces in a series of bloody assaults that rocked the US Army high command. UU The very fact that a barbarian “leader” had assembled and coordinated such a large multitribal force was a surprise to the Americans, whose racial prejudices were representative of the time. But that Red Cloud had managed to show enough determination to maintain authority over his militant warriors and remarkably lack of discipline caused an even greater impact.
By November 1866, Red Cloud, forty-five years old, was at the peak of his considerable power, and the war parties he recruited were equally divided by desperation, revenge and an exaggerated self-confidence in his military dominance of the High Plains. The nomadic lifestyle they had lived for decades was being inexorably altered by the white invasion and they felt that their only salvation was to firmly resist “here and now”; otherwise, they would be condemned to extermination. Red Cloud’s warnings would prove to be clairvoyant: the last half of the 1860s was a psychological turning point in relations between whites and Indians in the central section of the country. The first European colonialism had caused not only the destruction of the native peoples, but also a paternalistic veneration – influenced in part by James Fenimore Cooper – towards the cultures of the “Wild Nobles […] with a destiny decreed by a federal government without a heart , whose deliberate policy was to kill as many as possible in unnecessary wars ».
The territory of Red Cloud? During the last four years, and in the words of President Lincoln, many good men had given themselves to the last consequences to preserve the Union. And a barbarian considered that land “his territory”? In any case, the words chosen by Carrington were another example of the cultural division between whites and redskins. Red Cloud did not consider the territory of the Powder River to be “his territory,” in the sense that Americans gave those words, more than he could believe that the moon and the stars belonged to him. At the most, he was fighting to preserve a territory that the Wakan Tanka, the Great Spirit, had provided for the use of the Indians. The fact that Washington had deigned to give its tribe the right to occupy these lands in a succession of treaties and “friendship pacts” dating from 1825 was but a sample of how confused these whites were with respect to the great scheme of the universe. Unlike the leading Indian conciliators who a year earlier were willing to cease hostilities in exchange for “protection” and “commercial rights,” Red Cloud was a war to stop the growing meddling of whites on Sioux hunting grounds. : nothing more and nothing less.

The routes opened by the first explorers of the frontier in the 1820s and 1830s had originally attracted scientists, missionaries and even wealthy athletes to that pristine territory in the far reaches of the Missouri River. Returning to the East, these men told precious but fabulous stories about the glories of the new Eden beyond the Big Muddy River, and the journalists drank their stories. In 1846, a cheap newspaper in New York City, in recounting the arrival in Manhattan of two British aristocrats after making a “broad buffalo hunting route through Oregon and the Wild West,” he used the terms “wonders,” ” nice “,” great “,” gleaming “and” magnificent “in a single paragraph to describe that wild region. “It is said that the fisheries are the best in the country,” the article concluded, “equaled only by the scarce agricultural facilities.” This type of passionate advertising of course stirred the imagination of thousands of small farmers and city people eager to start a new life in paradise; as long as a family or its wider clan could raise the four hundred dollars needed to equip a cart with livestock and supplies, of course.
In interpreting the life and times of Red Cloud in the context of the Horse Stream Treaty, perhaps – just perhaps – it was acceptable to say that the Indian chief could have lived without actively attacking the caravans of emigrants and without provoking wars with the United States. less until that moment (although, considering what happened later, this argument is tricky). Perhaps it would be fair to even argue that, despite the deep political tradition of his people linked to a quasi-fanatic individualism, Red Cloud could have come to assume the concept of a single Sioux “chief”, especially when that title would have fallen on him .
But it was inconceivable to imagine Red Cloud – of course, for him it was – like a spider stuck in a bottle, confined to a specific territory, no matter how big or copious it was. The idea of a Red Cloud that was forbidden to lead assaults, steal horses, cut hair (feats for which he was already famous) was contrary to his nature. Adventures of that kind had been the essence of Sioux values since time immemorial. And, above all things, Red Cloud was a creature of the myths and legends of his ancestors, linked to those ghosts by means of what a future president of the United States. UU – against whom Red Cloud would one day wage a war – defined as the mystical chords of memory.

The Sioux, like all American Indians, descend from Asian nomads who crossed the sixteen hundred kilometers of the Bering Land Bridge in various migrations between the years 16,500 and 5,000 BC. C. There are archaeological evidences that suggest that the first pre-Columbian peoples to undertake their way south from Beringia to what are now the extensive and grassy North American Plains, departed some twelve thousand years ago, following the lurking migratory routes of the great herds of mastodons, woolly mammoths and a giant species of bison that was already extinct when the Europeans arrived. These hunters, who conceived their first bows and arrows at about the same time that Jesus Christ preached in Judea, quickly spread east and west, to the Atlantic and Pacific shores, through Central America and across the isthmus. from Panama. According to the hypothesis of some linguists, wandering groups of first Sioux arose somewhere in the southeastern United States, perhaps in the Carolinas or near the Gulf of Mexico.
By the sixteenth century, the Sioux had begun the march again, going up the Mississippi River valley and settling near the source of the stream, in the forests of northern Minnesota.
At the beginning of the eighteenth century, the Town of the Seven Fires of the Council was far to the west and south of its old hunting grounds and there, in the meander of the Minnesota River in southwest Minnesota – where the course of the river makes a turn abruptly to the northeast towards the Mississippi-, the tribes were further fragmented. Each time a tribe arrived at this crucial geographic boundary, the same scene took place. After council negotiations, which always ended in quarrels, the older and conservative tribal leaders chose to follow the Minnesota River northwest until its birth, sticking to the more wooded land. The youngest clans, for their part, forded the river and plunged headlong into the meadow, seemingly infinite, but where in the end rose the Black hills and, beyond, the Rockies. Thus arose the nation of the West Sioux.
During the second half of the eighteenth century, incomplete reports began to arrive to English merchants in the Missouri about a tectonic movement in the balance of prairie power. The little information that is preserved about this period comes almost exclusively from the stories of winter lakotas, which offer several interpretations, at best, and only risky intuitions, at worst. In this respect, they do not help much. It remains a mystery, for example, why the Oglalas, former forest dwellers, apparently preferred to keep as a base camp the overgrown area that today is located in South Dakota, near the brackish waters of the Bad River (right name) . The first French trappers, who were also the first targets to put their eyes on this landscape, appropriately named these lands as Mauvaises Terres. The Sioux agreed and called them Mako Sic, “bad land.” It would be interesting to know what would happen to the Indians as they crossed the most desolate, and strangest, geographical formation in the United States.

The towns had been forced practically at gunpoint to close a pact with the Spanish colonizers: in exchange for forced labor and their accidental conversion to Catholicism, the Spaniards would protect them from the Apaches. However, once the Apaches had horses, that task turned out to be impossible. Assaults mounted on the village communities increased and, before the Spanish expeditions set out, the Apaches disappeared like ghosts in the penumbra rembrandtesca of the border. The Apache assaults became more frequent and ferocious and, in 1680, the towns finally rose, encouraged by despair and by a charismatic healer named Juan de Popé.
The subsequent massacre occurred in retaliation for a century of cruelty. The towns plundered Spanish haciendas, demolished government buildings, and especially reveled in the destruction of convents and churches and the murder of Franciscan priests, twenty of whom were captured in the courtyard of a church and tortured to death; the bodies threw them into the charred frame of the chapel. The few Spaniards who survived left the cattle in a disorganized flight south of El Paso or to Mexico itself.
With his first death, Red Cloud also received another lesson of importance: the warriors who physically attacked an enemy without killing him, or “they told each other a blow”, enjoyed the greatest respect of the tribe, more than those who had cut hair. Among the western tribes it was believed that the greatest show of courage was getting close enough to a man to smell his warm breath as he was hit or hit with the whip, allowing him to stay alive. According to the theory, in doing so, the warrior faced more possibilities of dying. Such was the intuitive intellect of Red Cloud, who as a teenager was beginning to understand how he could use ancestral customs to accumulate power, even he who was a child without a father. And so the strategic and tactical mind of Red Cloud was opened; He would store this memory to use it for the rest of his life, starting with an incident that happened only a few months later.
For much of the eighteenth and nineteenth centuries, the beaver went to European fashion what bread and circus to the Roman people. The wool felt of the Castor canadensis dominated to such an extent the European markets of male hats that, between 1700 and 1770, the English hatters exported more than twenty one million of those hats only to the Continental Europe. By 1820, that figure had almost doubled; in the Old World, they had hunted all the species of this animal until they were almost extinct, and the fate of their American cousin, at least east of the Mississippi, had not been much better. The many furriers of the West joined this commercial void.

For the pending treaty of ratification between the United States and the Sioux Indians in Fort Laramie, it is provided that it is the duty of every soldier to treat all Indians with kindness. The Indian who suffers some damage will undertake his revenge against any white man who finds his way ».
This is what Colonel Henry Beebee Carrington wrote on June 13, 1866, while riding west at the head of the Second Battalion of the 18th Infantry Regiment of the United States. Since he was still in eastern Nebraska, Colonel Carrington had not yet encountered any hostile Indian, so he had no way of knowing how right he was. I was about to discover it; and, for now, he still did not have his second in command, Captain William Judd Fetterman.
After the end of the Civil War, both Carrington and Fetterman had decided to pursue a military career.
The subordinate officers of Colonel Carrington, who were very familiar with Army routine, understood the official’s reasons for leaving the front during the war. That did not mean they had to respect those reasons, not even respect the fussy officer himself (attitude that the colonel would understand little by little). Thus, for the moment the colonel was content to spend the winter of 1865-1866 in Fort Kearney, only three hundred twelve kilometers west of Omaha, and it was from there that he wrote to General Cooke that he had acquired two hundred “excellent” horses. »Iowa and Nebraska cavalry volunteers licensed from the Civil War service, plus lots of freight wagons with which to drag sacks of potato seeds and onion bulbs, surveying materials and construction equipment for their blacksmiths, rollers and carpenters. There were hay mowers, brick and tile making machines, window guillotines, latches and nail barrels.

Red Cloud had also begun to draw into his inner circle Crazy Horse, the increasingly mature leader of a cohort of young fighters who looked at the blotahunka ataya for guidance and guidance. The sullen Panza Grande, physically imposing, and the skinny and reserved warrior who had been his apprentice for nineteen years were a strange couple. All the Lakotas were aware that Crazy Horse still longed for Black Buffalo Woman, whom Red Cloud had informally promised another warrior. Even so, no one doubted that Crazy Horse and its Strong Hearts were the cause of much of the damage inflicted on the lower part of the Bozeman route during the summer. The Strong Hearts had come with their plundering to Fort Laramie as a place further south and east, and Crazy Horse had led an assault party that slipped into the corral at Reno Station to take the horses and mules a week before. to ambush the white soldiers in the Crazy Woman. When the weather changed and migrant caravans were reduced, Strong Hearts moved north to harass the loggers and hay harvesters of Fort Phil Kearny. Every time Crazy Horse sporadically returned from those assaults, there was a seat waiting for him in the Red Cloud council’s fire. Crazy Horse had never shown any interest in mundane tribal politics-sub-chief elections, hunt planning, debates about future camp locations-but since the conversation had focused on killing whites, it used to be present, although speak little.
Another problem was added: the incipient winter of the High Plains seemed to be disturbing some people too much. In mid-October, a courier brought news from Omaha, according to which the garrison commander whom Carrington had left in charge of the Reno station, a captain with whom Carrington had no more than a transitory formal relationship, had arrested the lieutenant that served him as second in command. The crime of the young officer seemed to consist in having allowed the Indians to escape with most of the mules and horses of the post during the August assault. Carrington was beside himself, not only for what he considered an unjust disciplinary action, but above all for having had to learn from General Cooke about the mess caused by his own commander. Fort Phil Kearny was still too precarious for Carrington to walk the hundred and five kilometers to Reno Station and investigate the matter first-hand …
Crazy horse before silent the one that was most heard in the fires of the council. He exhorted the war chiefs to attack in block, to deliver a single final blow against the soldiers. But Red Cloud doubted. He knew exactly how much food and winter fodder the garrison had stored, and planned to let them be hungry and weak to the point of impotence that the inhabitants of the fort were as easy to kill as newborns. On the other hand, he admitted that it might not be a good idea to completely ignore the words of his best fighter. He had always respected the Crazy Horse tactics; maybe it was time to also pay attention to the strategy of his young lieutenant. Maybe it was time to test the Americans where they lived.
Red Cloud had it clear: those stupid soldiers were ready to be sacrificed. He had observed the battle of the previous day and even directed part of it from a high hill in the valley of the Peno stream, marveling at the totally unskilled behavior of the American soldiers. They were like spoiled and ignorant children: put a piece of hard molasses in front of them and they will do whatever it takes to get it, no matter how stupid it is. Back at the Indian camp in the Tongue, Crazy Horse described in detail the parts of the battle that Red Cloud had not personally witnessed.

Red Cloud never spoke to any target of his great victory, so you have to settle for imagining your thoughts when the bad faces led the Lakotas westward, to the Bighorn Valley. Perhaps he remembered his childhood as an orphan, or his first lethal blow against the Pawnee, or even the suicide of the tragic Pine Leaf. What is known is that the child whom so many shunned and the man whom everyone feared had achieved what no other Indian before.
The son of an alcoholic brule had learned by himself to be a leader, to suppress his grunts and personal anger and to stand still when he wanted to attack. He had developed an iron self-discipline and that had allowed him to become the first warrior chief to transfigure an Indian military culture that had remained unchanged for centuries, if not millennia. Not only had he united the fragmented Lakotas, seducing oglalas, brules, miniconjous, and sans arcs to fight as a single group, but he had also attracted under his banner the Cheyennes, Arapahoes, Nez Perces, and Shoshone. That was the only way – he knew it from the beginning – to defeat the Americans, to humiliate a people so strong, so numerous, so determined to take away their land, having so much land of their own. And he had shown it to the United States; in a certain sense, he had achieved what more glorified generals such as Cornwallis and Lee had been unable to do.
The irony, of course, lies in the fact that Red Cloud did not even know who these men were.
If the reputation of Red Cloud was not already consolidated in the United States -although without doubt it was among the whites of the border-, the battle of the Hundreds in the Hands strengthened it. The Red Cloud War would last longer than another year before the United States admitted that it had been defeated and called for peace; and, for the first time, under the conditions of the Indians.
After the battle of Fetterman, Red Cloud allowed the rest of the winter of 1866-1867 to pass without incident, thus helping to ensure the survival of those who remained at Fort Phil Kearny. But their harassment against the three American forts in the territory of the Powder River began again as soon as the first weeds of the spring of 1867 began to nourish the Indian ponies. In August – the Moon of the Black Cherries – the powerful alliance of the Lakota war chief launched his next full-scale attack. That battle, on August 2, became known as the battle of Caja de Carreta, which would end up being an important event for both the Oglala Head Man and the United States Government, albeit for completely different reasons.
By the end of July, the war chiefs of the tribal alliance had reconvened in the Tongue, and Red Cloud and the other Big Panzas plotted to attack two of the white man’s forts almost simultaneously. On the morning of August 1, a large war party of Cheyenne headed by Romo Knife and Dos Lunas surrounded a civilian detachment of reapers protected by ninety soldiers, about three kilometers from Fort C. F. Smith in Montana. Two soldiers and a civilian died while the harassed Americans, refugees in a makeshift pen, resisted a day of assault. Only when the shells of the post arrived near nightfall did the Cheyenne become diluted with the American mounts seized.

On November 6, 1868 – after waiting for white commissioners and army officers increasingly nervous to end the autumn buffalo hunt – the forty-seven-year-old wicked warrior chief came riding to Fort Laramie and signed triumphant the treaty by which the United States granted its people and he the territory located between the Bighorns to the Missouri River to the east, and between the forty-sixth parallel to the border between Dakota and Nebraska to the south. It was understood, at least among the whites, that the Indians would live in the eastern section and reserve the western one, the Powder River territory, for hunting grounds open to all tribes and groups. The center of that stretch of land was occupied by the Black Hills, like a glittering jewel. The Pahá Sapa. The Heart of Everything Existing.
It was the moment of greatest pride in the life of Red Cloud, although that feeling would last only twelve months. And the fact is that the Lakotas did not stop dying.
In the autumn of 1868, from the far side of the Black Hills, Sitting Bull sent word to Red Cloud and the US peace commission that he did not agree to make any treaty with the United States, nor did he intend to obey it. Although the concessions Nube Roja managed to squeeze from the government “had no precedent in the history of the Indian Wars,” the hunkpapas and their dwindling Dakotas allies would continue to be at war. Even some members of the youngest and most combative faction of Red Cloud’s own oglalas later rode east to join the fight; the most notable of them was Caballo Loco.

In 1874, gold was discovered in the Black Hills. To have guaranteed the Pahá Sapa to the tribes was of little importance to whites. After the financial panic of 1873, extracting gold had become a national priority and, as always, Washington devised a rationalization to violate a treaty and occupy Indian land. The Grant administration decided that it would no longer prevent the miners from entering the Black Hills, and that it would force the Lakota and the Cheyenne who still roamed freely on both sides of the range to retreat into reserves, apparently watching over their safety. That winter, messengers were sent to inform the Indians of the decision taken at almost two thousand six hundred kilometers. It was little more than a political excuse: both sides knew that it was neither possible nor feasible to obey such a directive; in fact, the United States was already planning the military campaign. All this fit the posture of General Sheridan, grumpy and drinker.
The blunder of General George Armstrong Custer at the great Lakotas and Cheyenne camps in the north near the Little Bighorn in June 1876 – a contest that the Indians called the Battle of the Fatty Grass454 and that the explored crows recommended to Custer not to fight- It was the last cry of the Sioux hurray. The shocking slaughter of the entire unit under the immediate command of Custer intensified the national fervor to eradicate the tribes of the Northern Plains. Ironically, what the Indians lacked was a strategist of the stature of Red Cloud to follow up on his great tactical victory in the Little Bighorn. The United States returned the blow harshly and the Army’s clean-up operations continued throughout the spring of 1877, when even Crazy Horse realized the futility of the fight and returned with the soldiers of the Red Cloud Agency. Four months later, Crazy Horse died at bayonet by a guard in the agency, supposedly while trying to escape the so-called protective custody. His death is still involved in controversy.
With Crazy Horse dead and Sitting Bull fled in Canada, what remained of the hostile tribes resigned themselves to their fate: living in reserves. Again, sadly, Red Cloud had been prophetic. In 1878, the Red Cloud Agency, and Red Cloud with it, was moved to southwest South Dakota and was renamed the Pine Ridge Reserve.
Few men have the ability to completely depart from their philosophy of life, especially in old age, but Red Cloud was one of them. When he settled in Pine Ridge, he changed his attitude toward reserves, a symbol in other times of a life in a cage that was not worth living. He would end up adapting to the way of life of the white man, living in a house, wearing white men’s clothes, getting involved in the white people’s commercial activities and sending his children to the white schools. Red Cloud had been a man from a specific place and time; by then he was already a man from another place and from another time. He had many deep-rooted political gifts, and he made use of them to remain the physical and spiritual leader of the Oglalas. Red Cloud had not changed, but it had adapted and, unlike Sitting Bull and Crazy Horse and the others who kept fighting, he had seen the future of his people. He understood that both he and them had been overcome by the forces of history.
Throughout decades, Red Cloud made several trips further east to beg for the improvement of the conditions of his people, especially the next generation of lakotas. Unlike their military incursions, their political objectives were destined to fail, though not for lack of effort. In a remarkable speech dedicated to President Rutherford B. Hayes on September 26, 1877, he complained about the dry, dusty and infertile lands of the Pine Ridge Reserve and declared: “God made this land for us and for all. There are good streams, good lands, and I want you to take me to a good place to raise my children. The place where I am now was chosen following the advice of the Great Father. I also want schools so that my children can learn to read and write and can be as wise as the children of the white man. I have the same feelings that all white men harbor towards their families; They love their children, as I love my children, and I would like to raise my children well. ”
Red Cloud was also concerned to point out that he had not supported the rising of Sitting Bull, distancing himself with it cunningly from the Custer massacre. However, this concession to the Americans did not sit well with the most combatant members of his tribe and, to this day, accusations remain that the hand of the Indian chief was behind the death of the one who had been his protege, Crazy Horse. In any case, over the years, Red Cloud continued to be a respected, though increasingly distant, figure in the Pine Ridge Preserve. His children had children, and Red Cloud’s eldest son, Jack, would succeed him as Head Man of the tribe (for his part, Jack Red Cloud, he was replaced by his son James, his son, Chief Oliver Red Cloud, died at ninety-three, on July 4, 2013, one hundred and ten years after the day his great-grandfather resigned as chief). Red Cloud and Beautiful Owl lived quietly, although from time to time the Indian continued to act as spokesman for the Lakota and protest against intrusions in the Black Hills and conditions in the reserve. His last trip to Washington D.C. was in 1897.
On July 4, 1903, Nube Roja, eighty-two years old and almost blind, gave his last public address to a congregation of Lakota. «My sun goes down. My day has arrived. The darkness hovers over me. Before I lay down to not get up anymore, I want to talk to my people. Listen to me, friends, because it is not time for me to tell you a lie. The Great Spirit made us, the Indians, and gave us this land in which we live. He gave us the buffalo, the antelope and the deer to eat and dress. We moved our hunting lands from the Minnesota to the Platte and from the Mississippi to the great mountains. Nobody put limits on us. We were free like the wind and, like the eagle, we did not attend to the orders of man ».
The white men had altered all that. They were too numerous and too powerful, and with their arrival caused a change of era, in the same measure that led to the disappearance of the buffalo. “The shadows are long and dark before me,” Red Cloud concluded. Soon I will lie down to not get up anymore. While my spirit is with my body, the smoke of my breath will ascend to the sun, because he knows everything and knows that I am still faithful to him ».
On December 10, 1909, Red Cloud died in peace while he slept at the age of eighty-eight. His death made headlines throughout the country. In a lengthy article of recognition, the New York Times noted: “When Red Cloud fought the whites, he did it to the best of his ability. But when he signed the first peace document, he buried his hatchet and that pact of peace was never broken”.
Despite their closeness to the new settlers and their many trips to the United States, perhaps Red Cloud never really understood those whites: their motives, their greed, their insatiable desires …

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