Queremos Informarle De Que Mañana Seremos Asesinados Con Nuestras Familias — Philip Gourevitch / We Wish to Inform You That Tomorrow We Will Be Killed With Our Families by Philip Gourevitch

Este sigue siendo uno de los mejores libros escritos en África en los últimos 20 años por su capacidad para hacer realidad para los lectores una crisis que muchos ignoraron. La prosa es asombrosa y las historias dentro son desgarradoras. Se quedará con un lector mucho después de la página final.
En un viaje de fuerza trascendente, Philip Gourevitch toma uno de los eventos más terroríficos de finales del siglo XX y logra encontrar los elementos de esperanza y significado que hacen de este libro más que la suma de las partes del cuerpo que describe como dispersas alrededor de un Iglesia en Nyarubuye, Ruanda.
En la superficie, “Deseamos informarle que mañana seremos asesinados con nuestras familias” es un relato gráfico del genocidio de 1994 en el que el gobierno del “Poder Hutu” llevó a sus ciudadanos a masacrar a 800,000 de sus vecinos tutsis en solo 100 días … mientras que la comunidad internacional se mantuvo a la expectativa y la observó. En un sentido más amplio, sin embargo, esta es una historia sobre cómo las personas se imaginan el mundo y las terribles consecuencias que siguen cuando pierden su humanidad al tratar de crear ese mundo. Se trata de la naturaleza del mal, y el poder del perdón y la justicia para reclamar el futuro sin olvidar el pasado.
Este es un libro difícil y doloroso de leer, pero no por razones obvias. Las atrocidades cometidas por los asesinos son reveladas con gran detalle, sin embargo, Gourevitch hace esto de forma casi parcial y desapasionada. Su indignación moral real parece estar reservada para los llamados países “civilizados” que podrían haber detenido el genocidio, pero en vez de eso no hicieron nada hasta que fue demasiado tarde … y luego agravaron sus pecados de política exterior ayudando a los asesinos hutus en refugiado campamentos
Ciertamente hay un montón de culpa para ir alrededor. Gourevitch proporciona amplia evidencia de que hubo muchas señales de advertencia de las inminentes masacres. Describe la breve historia de los antagonismos étnicos que llevaron a los crímenes y explica por qué la Administración Clinton, las Naciones Unidas (incluido el actual Secretario General de la ONU, Kofi Annan) y las antiguas potencias coloniales en África (como Francia) se negaron a intervenir. para detener la carnicería. Los franceses incluso tomaron medidas para seguir adelante. Gourevitch es particularmente bueno en ubicar el genocidio en un contexto que muestra por qué nuestros líderes políticos estaban demasiado paralizados para involucrarse y se arriesgan a hacer algo para salvar vidas. Básicamente, parece que Rwanda no tiene petróleo, las víctimas eran negras y el momento fue muy incorrecto (los Rangers de los Estados Unidos acababan de ser asesinados y arrastrados por las calles de Mogadishu, Somalia, solo unas semanas antes).
Sin embargo, dejando de lado las excusas oficiales para la inacción, quizás lo mejor de este libro es cómo Gourevitch cuenta gran parte de su historia en las palabras de los propios ruandeses, tanto los acusados de tolerar o participar en la violencia como los que sufrieron. de eso.
Desde Odette Nyiramilimo, un médico que mató a varios miembros de su familia inmediata, hasta Paul Rusesabagina, un gerente de hotel que protegió a 1.000 Tutsis o más de los daños mediante una mezcla de valentía simple y psicología astuta, el escritor ha extraído narraciones de extraordinario valor. incluso bajo las condiciones más brutales. Se esfuerza por no juzgar al pastor Elizaphan Ntakirutimana, el clérigo que ignoró las súplicas de sus ministros condenados para evitar la carnicería, pero no puede disimular su admiración por el gran general del Frente Patriótico Ruandés Paul Kagame, quien elocuentemente dijo: “La gente no es esencialmente mala. pueden hacerse malos. Y se les puede enseñar a ser buenos “. En contraste con el oficial de inteligencia militar estadounidense que comparó cínicamente el genocidio con un sándwich de queso (porque a nadie le importa), es fácil entender por qué Gourevitch tiene a Kagame en mayor estima.
“Deseamos informarle …” no es un libro perfecto. Como otros lo han señalado, realmente necesita un índice (o al menos un glosario) para ayudar al lector a hacer un seguimiento de las diversas siglas de las organizaciones (por ejemplo, RPF, FAR, UNAMIR), personajes (Mayor General Romero Dallaire, ex ex Ruanda). El presidente Habyarimana, y el trabajador de USAID Bonaventure Nyibizi) y grupos (como las milicias “interahamwe” Hutu Power).
Además, Gourevitch comienza a perder su enfoque en el genocidio en la segunda mitad de su historia. Pasa mucho tiempo y decenas de páginas en busca de callejones sin salida sobre los esfuerzos malintencionados de ayuda humanitaria en los campos de refugiados congoleños cercanos, y se desvía por la caída del presidente de Zairea, Mobutu Sese Seko. Cuando el autor regresa a Ruanda y explora cómo el nuevo gobierno tuvo que luchar para unir a la nación nuevamente, está claramente en tierra firme. Su investigación sobre los problemas que enfrentan los sobrevivientes del genocidio, que le pidieron vivir en paz junto a sus antiguos torturadores, es especialmente conmovedora.
El asesinato en masa de los tutsis en Ruanda ocurrió incluso de manera más eficiente y despiadada que las medidas nazis para imponer una “solución final” a los judíos durante el Holocausto en la Segunda Guerra Mundial. Y sin embargo, a pesar de todas las promesas que las democracias occidentales emitieron hace 50 años para “nunca más” permitir el intento de exterminio de un grupo étnico en cualquier otro lugar, lo hizo … y muy recientemente, también. La velocidad a la que los hutus mataron a los tutsis fue realmente enfermiza, pero tal vez la forma en que se permitió que sucediera debería preocuparnos aún más.
Como señala Gourevitch en este excelente libro, que ganó el codiciado Premio George K. Polk para Informes Extranjeros, la pesadilla que se apoderó de Ruanda en abril de 1994 fue en gran parte descubierta por la prensa internacional. Los estadounidenses escucharon poco al respecto. “Deseamos informarle …” puede cambiar eso. Se ubica allí arriba con “Night” de Elie Wiesel y “Forgotten Soldier” de Guy Sajer como uno de los cuentos más perturbadores pero inspiradores del salvajismo humano y la nobleza individual que uno pueda leer. En una cultura pop auto-absorbida que con demasiada frecuencia alimenta al público con una dieta constante de conversaciones felices, “Deseamos informarle …” ofrece una fuerte dosis de perspectiva, con un recordatorio aleccionador de que compartimos este planeta con otras personas. que tienen problemas reales
Siempre hay un peligro en tomar acción. Siempre hay un costo en no tomarlo. Tal vez la próxima vez, cuando se enfrente a un baño de sangre semejante, el mundo muestre algo de la misma decencia humana simple que las niñas hutu que, cuando se les dijo que se separaran de los tutsis, “podrían haber elegido vivir, pero optaron por llamarse a sí mismas “Ruandesas”.

En la monarquía precolonial, los pigmeos eran los bufones de la corte, y como los reyes de Ruanda habían sido tutsis, el recuerdo de este rol ancestral supuso que durante el genocidio a algunos pigmeos se les diera muerte por haber sido instrumentos de la realeza, mientras que en otras ocasiones fueron utilizados por las milicias hutus como violadores… para añadir un toque extra de escarnio tribal a la violación de las mujeres tutsis.

Los cadáveres parecían fotos de cadáveres. No olían. No tenían moscas alrededor. Los habían asesinado hacía trece meses y nadie los había movido. Algunos todavía tenían piel, pegada a los huesos, muchos de los cuales estaban lejos de los cuerpos a los que pertenecían, desmembrados por los asesinos o por animales carroñeros: pájaros, perros, insectos. Los que estaban más enteros parecían personas normales y corrientes, lo que habían sido una vez. Había junto a la puerta una mujer envuelta en un pareo estampado de flores. Tenía los huesos de las caderas, descarnados, elevados y las piernas ligeramente abiertas y el esqueleto de un niño entre ellas. El torso estaba hueco. Las costillas y la columna vertebral asomaban por la tela raída. La cabeza caía hacia atrás con la boca abierta. Una imagen extraña: entre la agonía y el reposo.
El pigmeo de Gikongoro me había dicho que la humanidad forma parte de la naturaleza y que tenemos que ir en contra de la naturaleza para poder convivir en paz. Pero la violencia en masa también necesita organización; no se da sin ton ni son. Hasta las revueltas callejeras y los motines tienen un propósito, y la destrucción a gran escala y sostenida necesita igual dosis de ambición. Tiene que ser concebida como el medio de conseguir un nuevo orden…

Ruanda tiene buenas carreteras, las mejores de África central. Pero hasta ellas hablan de la aflicción de Ruanda. La red de asfalto con sus dos carriles de rigor que irradia desde Kigali tejiendo una cuidada trama que abraza a nueve de las diez capitales provinciales del país, ha dejado fuera a Kibuye. La carretera a Kibuye es un fangal sin pavimentar, una montaña rusa con escarpados zigzags, cuya superficie alterna entre pedruscos que te apalizan los huesos y una tierra rojiza que se convierte en barro profundo y pegajoso cuando llueve, para quedar luego cocido al sol en surcos y aristas duros como piedras. No es accidental que la carretera a Kibuye esté en estas condiciones. En el antiguo régimen —«Antes»—, a los tutsis se les llamaba inyenzi, que significa cucarachas y, como sabrán, en Kibuye había montones de ellos. En los años ochenta, cuando el gobierno contrató obreros chinos para construir las carreteras, la carretera de Kibuye era la última de la lista para remodelar, y cuando por fin le llegó el turno, los millones de dólares reservados a ese fin se habían esfumado. Así que la hermosa Kibuye, apuntalada al este y al oeste por montañas y un lago, bordeada al norte y al sur por ribetes de selva primitiva, se convirtió en una especie de Siberia ecuatorial (con un hotel lleno de obreros chinos sin trabajo).
Los ruandeses no tenían alfabeto; su tradición era oral, y por lo tanto maleable; y como su sociedad es fuertemente jerárquica, las historias que cuentan sobre su pasado tienden a ser dictadas por aquellos que tienen el poder, ya sea a través del Estado o en oposición al mismo. Por supuesto, en el centro de los debates históricos de Ruanda se hallan ideas opuestas acerca de la relación existente entre hutus y tutsis, por lo que resulta frustrante que se desconozcan las raíces precoloniales de dicha relación.
Así que la historia de Ruanda es peligrosa. Como cualquier historia, es un archivo de las sucesivas luchas de poder y, en gran medida, el poder consiste en la habilidad de hacer que otros habiten tu historia de su realidad… aun cuando dicha visión quede escrita en su sangre, como ocurre tan frecuentemente.
Logiest, que prácticamente estaba al frente de la revolución, se vio a sí mismo como el delfín de la democratización, cuya tarea era rectificar el craso error del régimen colonial al que servía. «Me pregunto qué es lo que me hizo actuar con tanta resolución —recordaba posteriormente—. Sin lugar a dudas, fue el deseo de restituir a la gente su dignidad. Y seguramente fue también el deseo de aplacar la arrogancia y denunciar la hipocresía de una aristocracia básicamente opresiva e injusta.»
Que detrás de una revolución haya reivindicaciones legítimas no garantiza, sin embargo, que el régimen revolucionario será justo. A principios de 1960, el coronel Logiest protagonizó un golpe de Estado, y sustituyó a los jefes tutsis por jefes hutus. A mediados de ese mismo año se celebraron elecciones municipales y, como los hutus presidían las mesas electorales, ganaron al menos el 90 por ciento de los cargos más importantes. A esas alturas, más de veinte mil tutsis, habían sido desplazados de sus hogares y la cifra crecía con rapidez, puesto que los nuevos líderes hutus organizaban la violencia contra los tutsis o simplemente los encarcelaban de manera arbitraria para reafirmar su autoridad y arrebatarles sus propiedades. En el reguero de refugiados tutsis que empezaron a huir al exilio se hallaba el mwami.

Los tutsis no fueron los únicos decepcionados al ver que la Segunda República se petrificaba en un régimen totalitario maduro, en el que Habyarimana, que gobernaba sin oposición, decía haber recibido un cómico 99 por ciento de los votos en las elecciones presidenciales. El séquito del presidente estaba integrado en una abrumadora mayoría por personas de su lugar de origen en el noroeste y los hutus del sur se sentían cada vez más marginados. En el área rural, los campesinos hutus eran casi tan menospreciados como los tutsis, y cuando Habyarimana resucitó el tan denostado sistema colonial de destacamentos de trabajo comunal obligatorio, se les adjudicaron trabajos muy duros. Por supuesto, como exigían los ubicuos ejecutores del partido MRND, todo el mundo acudía a cantar y bailar adulando al presidente en los espectaculares desfiles de «animación» política, pero estos vítores obligatorios por parte de los ciudadanos no lograban enmascarar el descontento político creciente en la mayor parte de la sociedad ruandesa. Si bien el país en conjunto había reducido un poco su pobreza durante el mandato de Habyarimana, la gran mayoría de los ruandeses seguían viviendo en situación de extrema miseria, y no les pasaba por alto el hecho de que el omnipotente presidente y sus colaboradores se habían enriquecido mucho.
Y una vez más, Ruanda —nunca había sido de otro modo en su historia— apareció como el paraíso de los donantes de ayuda al desarrollo, sin parangón con el resto del África poscolonial. En casi todos los demás países del resto del continente, veías a los dictadores dependientes de las potencias de la guerra fría, que gobernaban a base de saqueos y asesinatos, y los rebeldes que se les oponían utilizaban una escandalosa retórica antiimperialista que hacía que los cooperantes blancos sintiesen la amarga punzada de la incomprensión. Ruanda estaba tranquila… o, como los volcanes del noroeste, inactiva; tenía buenas carreteras, una elevada asistencia a la iglesia, índices de delincuencia bajos y niveles de salud pública y de educación en constante progreso.

Las noches de Ruanda estaban preñadas de un misterioso silencio. Cuando los pájaros dejaban de cantar, apenas se oían animales. No podía entenderlo. Entonces me di cuenta de que no había perros. ¿Qué país no tiene perros? Empecé a vigilar los mercados, las calles, los campos, los patios de las iglesias, de las escuelas, de las granjas, los cementerios, los depósitos de chatarra y los jardines floridos de las mansiones.
La sincronización de la Operación Turquesa fue apabullante. A finales de mayo, la masacre de tutsis se había hecho más lenta porque la mayoría de ellos ya habían sido asesinados. La caza continuó, por supuesto, especialmente en las provincias occidentales de Kibuye y Cyangugu, pero Gérard Prunier, un experto político que formaba parte de la misión especial que había diseñado el plan de intervención de Francia, ha escrito que la gran preocupación de París cuando preparaban los planes de movilización a mediados de junio era si las tropas encontrarían alguna gran concentración de tutsis a los que rescatar ante las cámaras de televisión. En gran parte de Ruanda, el mensaje del Poder Hutu a las masas había sido modificado; de la orden de matar se había pasado a la orden de huir ante el avance del FPR. El 28 de abril —mucho antes, teniendo en cuenta el restringido marco temporal del apocalipsis ruandés—, doscientos cincuenta mil hutus, huyendo del avance del FPR, habían formado largas filas sobre un puente que los llevaría a Tanzania desde la provincia oriental de Kibungo. Aquella era la huida en masa más rápida y más extensa a través de una frontera internacional.
Nadie sabe cuántas personas fueron asesinadas en Nyarubuye. Algunos dicen que mil, otros muchas más: quince mil, dos mil, tres mil. Grandes diferencias. Pero el recuento de cadáveres no es la cuestión importante en un genocidio, un crimen por el que, en la época de mi primera visita a Ruanda, nadie en el mundo había sido juzgado, y mucho menos condenado. Lo que distingue al genocidio del asesinato, e incluso de los actos de asesinato político que siegan el mismo número de víctimas, es la intención. El delito es querer extinguir a un pueblo. La idea misma es el delito. Por eso es tan difícil de imaginar. Para hacerlo tienes que aceptar el principio del exterminador, y no ver personas, sino un pueblo.
En Nyarubuye había cráneos diminutos de niños esparcidos aquí y allá, y de un patio cercano llegaban a la iglesia las voces de los que habrían sido sus compañeros de clase. Dentro de la nave vacía y solemne, donde un polvo oscuro de sangre seca marcaba las huellas de uno, solo habían dejado un cadáver representativo en el suelo de delante del altar. Parecía que se arrastraba en dirección al confesionario. Le habían cortado los pies y las manos. Esa era la tortura preferida infligida a los tutsis durante el genocidio; la idea era cortarlos, para «dejarlos a la medida correcta». Y la gente se agolpaba para burlarse, reírse y hacer chanza mientras la víctima se retorcía hasta la muerte. Los huesos que emergían de las muñecas del muerto parecían ramas, y todavía le quedaba un mechón de pelo cuadrado que se desprendía de su cráneo, y una oreja perfectamente formada, encogida y reverdecida por el paso del tiempo.
Mentir no era un rasgo ruandés, sino una táctica política, y para él una táctica barata. Eso no significa que no debas mantener secretos; pero los secretos, aunque impliquen un engaño, no son necesariamente mentiras solo verdades que no dices. En un mundo donde se supone que los políticos son mentirosos, Kagame había descubierto que, a menudo, uno puede tener un beneficio inesperado por no ser falso.
—A veces —dijo— dices la verdad porque esa es la mejor salida.

En 1994, en el punto álgido de la campaña de exterminio en Ruanda, mientras París enviaba armas por transporte aéreo a los intermediarios de Mobutu en el este de Zaire para que las transportaran directamente al otro lado de la frontera hasta llegar a manos de los génocidaires, el presidente francés François Mitterrand dijo, como glosó el periódico Le Figaro más tarde: «En estos países, el genocidio no es demasiado importante». Por sus acciones y omisiones, en aquel momento y en los años siguientes el resto de las principales potencias dieron a entender que estaban de acuerdo con él. Evidentemente, no se les ocurría que un país como Ruanda podía negarse a aceptar la insignificancia de su aniquilación; ni tampoco nadie había imaginado que otros africanos podían tomarse suficientemente en serio el peligro de Ruanda como para decidirse a actuar.
El recuerdo del genocidio, combinado con el patrocinio de Mobutu de su reactivación total, tuvo «repercusiones mundiales, más allá de Ruanda —me dijo Museveni—, y aquí en África estábamos resueltos a resistir». De la misma manera que Mobutu era lo que Museveni denominaba una marioneta de sus amos occidentales, así los génocidaires ruandeses, que habían amenazado antaño con reducir a toda la región a un charco de sangre, debían su sustento a la distribución inconsciente de la ayuda humanitaria occidental. Más tarde, Occidente podría retorcerse las manos ante la irresponsabilidad criminal de sus políticas, pero la nebulosa que representa la comunidad internacional no es responsable, en último término, ante nadie. Una y otra vez en África central, las falsas promesas de protección internacional fueron seguidas por un rápido abandono de cientos de miles de civiles ante la extrema violencia. Contra aquella temeraria impunidad, la rebelión congoleña ofrecía a África la oportunidad de unirse contra su demonio político casero más grande y suplantar a Occidente como el árbitro de sus destinos políticos.

Los africanos y los occidentales son dos mundos completamente diferentes». No obstante, parecía reconocer que una derrota de la comunidad internacional no podía interpretarse como una victoria para nadie. Se había pasado la vida en África central, no luchando contra lo que se solía llamar el «mundo civilizado», sino luchando para unirse a él. Sin embargo, había llegado a la conclusión de que aquel mundo estaba intentando utilizar «el tema de los refugiados» para destruir sus logros personales.
—Eso es realmente lo que se proponen —dijo—. No es tanto la preocupación por los derechos humanos, es más político. Es: «Ahoguemos este desarrollo, el desarrollo peligroso de esos africanos que están intentando hacer las cosas a su manera».

A mediados de diciembre de 1997, la secretaria de Estado Madeleine Albright pronunció un discurso ante la Organización para la Unidad Africana en Addis Abeba en el cual dijo: «Nosotros, la comunidad internacional, teníamos que haber sido más activos durante los primeros momentos en que se cometieron las atrocidades en Ruanda en 1994, y llamarlas por su nombre: genocidio». Albright, que haría una breve visita a Ruanda durante su gira por África, también condenó la utilización de la ayuda humanitaria «para mantener los campos armados y para prestar apoyo a los asesinos genocidas».
Durante un ataque a la escuela de Gisenyi, al igual que en el ataque anterior en la escuela de Kibuye, se sacó de la cama a las adolescentes, y se les ordenó que se separasen: hutus a un lado, tutsis al otro lado. Pero las alumnas se negaron. En ambas escuelas, las muchachas dijeron que solo eran ruandesas, así que las apalearon y les dispararon indiscriminadamente.
Los ruandeses no tienen ninguna necesidad, ni espacio en su mente ya abarrotada de cadáveres, para más mártires. Ninguno de nosotros los necesita. Pero ¿no podríamos tomar ejemplo del coraje de aquellas valientes muchachas hutus que podrían haber elegido vivir, pero eligieron llamarse ruandesas?.

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This remains one of the best books written on Africa in the past 20 years for its ability to make real for readers a crisis that many ignored. The prose is staggering and the stories within are heartbreaking. It will stay with a reader long after the final page.
In a transcendent tour de force, Philip Gourevitch takes one of the most horrifying events of the late 20th century, and manages to find the elements of hope and meaning that make this book more than the sum of the body parts it describes as scattered around a church in Nyarubuye, Rwanda.
On the surface, “We Wish to Inform You That Tomorrow We Will Be Killed with Our Families” is a graphic account of the 1994 genocide in which the “Hutu Power” government led its citizens to slaughter 800,000 of their Tutsi neighbors in only 100 days … while the international community stood by and watched helplessly. In a greater sense, however, this is a story about how people imagine the world to be, and the terrible consequences that follow when they lose their humanity in trying to create such a world. It is about the nature of evil, and the power of forgiveness and justice to reclaim the future without forgetting the past.
This is a difficult and painful book to read, but not for the obvious reasons. The atrocities committed by the killers are brought to light in considerable detail, however Gourevitch does this in an almost semi-detached and dispassionate way. His real moral outrage seems to be reserved for the so-called “civilized” countries that could have stopped the genocide, but instead did nothing until it was too late … and then compounded their foreign policy sins by aiding the Hutu murderers in refugee camps.
There is certainly plenty of blame to go around. Gourevitch provides extensive evidence that there were many warning signs of the impending massacres. He outlines the brief history of ethnic antagonisms that led to the crimes, and explains why the Clinton Administration, the United Nations (including current U.N. Secretary General Kofi Annan), and the former colonial powers in Africa (such as France) all refused to intervene to halt the butchery. The French even took steps to keep it going. Gourevitch is particularly good at placing the genocide into a context that shows why our political leaders were too paralyzed to get involved and risk doing anything to save lives. Basically, it seems to come down to the fact that Rwanda has no oil, the victims were black, and the timing was all wrong (U.S. Rangers had just been shot to death and dragged through the streets of Mogadishu, Somalia only weeks earlier).
Putting aside the official excuses for inaction, though, perhaps the best thing about this book is how Gourevitch tells so much of his tale in the words of the Rwandans themselves–both those accused of condoning or participating in the violence, and those who suffered from it.
From Odette Nyiramilimo, a doctor who had several members of her immediate family killed, to Paul Rusesabagina, a hotel manager who protected 1,000 or more Tutsis from harm by using a mixture of simple bravery and shrewd psychology, the writer has extracted narratives of extraordinary courage under even the most brutal conditions. He struggles not to judge pastor Elizaphan Ntakirutimana, the clergyman who ignored his doomed ministers’ pleas to be spared the carnage, but cannot conceal his admiration for Rwandese Patriotic Front Major General Paul Kagame, who eloquently said: “People are not inherently bad. But they can be made bad. And they can be taught to be good.” Contrasted with the American military intelligence officer who cynically compared the genocide to a cheese sandwich (because nobody cares about either), it is easy to understand why Gourevitch holds Kagame in higher esteem.
“We Wish to Inform You …” is not a perfect book. As others have noted, it really needs an index (or at least a glossary) to help the reader keep track of the various acronyms of organizations (for example, RPF, FAR, UNAMIR), characters (Major General Romero Dallaire, Rwandan ex-President Habyarimana, and USAID worker Bonaventure Nyibizi) and groups (such as the “interahamwe” Hutu Power militias).
Also, Gourevitch begins to lose his focus on the genocide in the second half of his story. He spends a lot of time and dozens of pages pursuing blind alleys about the misguided humanitarian relief efforts in the nearby Congolese refugee camps, and getting sidetracked with the downfall of Zairean President Mobutu Sese Seko. When the author returns to Rwanda, and explores how the new government there had to struggle to pull the nation together again, he is clearly back on firmer ground. His investigation into the problems faced by survivors of the genocide, being asked to live peacefully alongside their former tormentors, is especially moving.
The mass murder of the Tutsis in Rwanda occurred even more efficiently and ruthlessly than did the Nazi measures to impose a “final solution” on the Jews during the Holocaust in World War II. And yet, for all of the promises that the Western democracies uttered 50 years ago to “never again” permit the attempted extermination of an ethnic group anywhere else, it did … and very recently, too. The rate at which the Hutus killed the Tutsis was truly sickening, but maybe the way it was allowed to happen should trouble us even more.
As Gourevitch points out in this fine book, which won the coveted George K. Polk Award for Foreign Reporting, the nightmare that gripped Rwanda in April 1994 went largely uncovered by the international press. Americans heard little about it. “We Wish to Inform You …” may change that. It ranks up there with “Night” by Elie Wiesel and “Forgotten Soldier” by Guy Sajer as one of the most disturbing but inspirational tales of human savagery and individual nobility one is ever likely to read. In a self-absorbed pop culture that too often force feeds the public a steady diet of happy talk, “We Wish to Inform You …” offers a strong dose of perspective, with a sobering reminder that we share this planet with other people who have real problems.
There is always a danger in taking action. There is always a cost in not taking it. Maybe next time, when faced with such a bloodbath, the world will show some of the same simple human decency as those Hutu girls who, when told to separate themselves from the Tutsis, “could have chosen to live, but chose instead to call themselves Rwandans”.

In the precolonial monarchy, the Pygmies were the court jesters, and since the kings of Rwanda had been Tutsi, the memory of this ancestral role meant that during the genocide some Pygmies were killed for having been instruments of royalty, while at other times they were used by the Hutu militias as rapists … to add an extra touch of tribal derision to the rape of Tutsi women.

The corpses looked like pictures of corpses. They did not smell. They did not have flies around. They had been murdered thirteen months ago and nobody had moved them. Some still had skin, attached to the bones, many of which were far from the bodies to which they belonged, dismembered by murderers or by scavengers: birds, dogs, insects. Those who were more whole seemed ordinary people, what they had once been. There was a woman by the door, wrapped in a flower-patterned sarong. He had the bones of his hips, fleshless, raised and legs slightly open and the skeleton of a child between them. The torso was hollow. The ribs and the spine protruded from the threadbare cloth. The head fell backwards with its mouth open. A strange image: between agony and rest.
The Pygmy of Gikongoro had told me that humanity is part of nature and that we have to go against nature to be able to live in peace. But mass violence also needs organization; it is not given without rhyme or reason. Even street riots and riots have a purpose, and large-scale and sustained destruction needs an equal dose of ambition. It has to be conceived as the means of getting a new order …

Rwanda has good roads, the best ones in Central Africa. But even they talk about the affliction of Rwanda. The asphalt network with its two lanes of rigor that radiates from Kigali weaving a careful plot that embraces nine of the ten provincial capitals of the country, has left out Kibuye. The road to Kibuye is an unpaved quagmire, a roller coaster with steep zigzags, whose surface alternates between boulders that flatten your bones and a reddish earth that turns into deep and sticky mud when it rains, to be later cooked in the sun in furrows and hard edges like stones. It is not accidental that the road to Kibuye is in these conditions. In the old regime – “Before” – the Tutsis were called Inyenzi, which means cockroaches and, as you know, in Kibuye there were lots of them. In the 1980s, when the government hired Chinese workers to build roads, the Kibuye road was the last one on the list to remodel, and when the turn finally came, the millions of dollars reserved for that purpose had vanished. So the beautiful Kibuye, propped to the east and west by mountains and a lake, bordered to the north and south by borders of primitive forest, became a kind of equatorial Siberia (with a hotel full of unemployed Chinese workers).
The Rwandans did not have an alphabet; its tradition was oral, and therefore malleable; and as their society is strongly hierarchical, the stories that tell about their past tend to be dictated by those who have power, either through the State or in opposition to it. Of course, at the center of Rwanda’s historical debates are opposing ideas about the relationship between Hutus and Tutsis, so it is frustrating that the precolonial roots of that relationship are unknown.
So the history of Rwanda is dangerous. Like any story, it is a record of successive power struggles and, to a large extent, power consists of the ability to make others inhabit your story of your reality … even when that vision is written in your blood, as is so often the case .
Logiest, practically at the forefront of the revolution, saw himself as the dauphin of democratization, whose task was to rectify the gross error of the colonial regime he served. “I wonder what made me act so resolutely,” he recalled later. Undoubtedly, it was the desire to restore to the people their dignity. And surely it was also the desire to appease arrogance and denounce the hypocrisy of a basically oppressive and unjust aristocracy.
That behind a revolution there are legitimate claims does not guarantee, however, that the revolutionary regime will be just. In the early 1960s, Colonel Logiest staged a coup d’etat, and replaced the Tutsi chiefs with Hutu chiefs. In the middle of that same year municipal elections were held and, as the Hutus presided over the polling stations, they won at least 90 percent of the most important positions. By this time, more than twenty thousand Tutsis had been displaced from their homes and the figure was growing rapidly, as the new Hutu leaders organized violence against the Tutsis or simply arbitrarily imprisoned them to reassert their authority and take away their property. . In the stream of Tutsi refugees who began to flee into exile was the Mwami.

The Tutsis were not the only ones disappointed to see that the Second Republic was petrified in a mature totalitarian regime, in which Habyarimana, who governed without opposition, claimed to have received a comic 99 percent of the votes in the presidential elections. The president’s entourage was overwhelmingly composed of people from his place of origin in the northwest and the Hutus of the south felt increasingly marginalized. In the rural area, the Hutu peasants were almost as despised as the Tutsis, and when Habyarimana resurrected the much-reviled colonial system of compulsory communal work detachments, they were assigned very hard jobs. Of course, as demanded by the ubiquitous executors of the MRND party, everyone came to sing and dance, flattering the president in the spectacular parades of political “animation,” but these obligatory cheers on the part of the citizens failed to mask the growing political discontent in politics. most of Rwandan society. Although the country as a whole had reduced its poverty a little during the Habyarimana mandate, the vast majority of Rwandans still lived in extreme poverty, and they did not overlook the fact that the omnipotent president and his collaborators had Enriched a lot.
And once again, Rwanda – it had never been otherwise in its history – appeared as the paradise of development aid donors, unparalleled with the rest of post-colonial Africa. In almost every other country in the rest of the continent, you saw the dictators dependent on the Cold War powers, who ruled on the basis of looting and assassination, and the rebels who opposed them used a scandalous anti-imperialist rhetoric that made the aid workers whites felt the bitter pang of incomprehension. Rwanda was quiet … or, like the volcanoes of the northwest, inactive; it had good roads, high church attendance, low crime rates and levels of public health and education in constant progress.

The nights of Rwanda were pregnant with a mysterious silence. When the birds stopped singing, you could barely hear animals. I could not understand it. Then I realized that there were no dogs. Which country does not have dogs? I started to monitor the markets, the streets, the fields, the courtyards of the churches, the schools, the farms, the cemeteries, the junkyards and the flower gardens of the mansions.
The timing of Operation Turquoise was overwhelming. By the end of May, the Tutsi massacre had slowed down because most of them had already been killed. Hunting continued, of course, especially in the western provinces of Kibuye and Cyangugu, but Gérard Prunier, a political expert who was part of the special mission that had designed the intervention plan for France, has written that Paris’s great concern They prepared the mobilization plans in mid-June, whether the troops would find any large concentration of Tutsis to rescue before the television cameras. In much of Rwanda, the message of the Hutu Power to the masses had been modified; of the order to kill had been passed to the order to flee before the advance of the RPF. On April 28-much earlier, considering the restricted time frame of the Rwandan apocalypse-two hundred and fifty thousand Hutus, fleeing the advance of the RPF, had formed long lines on a bridge that would take them to Tanzania from the eastern province of Kibungo. That was the fastest and most extensive mass flight across an international border.

Nobody knows how many people were killed in Nyarubuye. Some say a thousand, many others: fifteen thousand, two thousand, three thousand. Big differences. But the count of corpses is not the important issue in a genocide, a crime for which, at the time of my first visit to Rwanda, no one in the world had been tried, let alone convicted. What distinguishes genocide from murder, and even acts of political murder that cut the same number of victims, is the intention. The crime is wanting to extinguish a people. The very idea is crime. That’s why it’s so hard to imagine. To do this you have to accept the principle of the exterminator, and not see people, but a people.
In Nyarubuye there were tiny skulls of children scattered here and there, and from a nearby courtyard came the voices of those who would have been their classmates. Inside the empty and solemn nave, where a dark powder of dried blood marked one’s footprints, they had left only one representative corpse on the floor in front of the altar. It seemed he was crawling in the direction of the confessional. His feet and hands had been cut off. That was the preferred torture inflicted on the Tutsis during the genocide; the idea was to cut them, to “leave them to the right measure”. And people crowded to make fun of each other, laugh and make fun while the victim writhed to death. The bones that emerged from the dead man’s wrists looked like branches, and there was still a strand of square hair that fell from his skull, and a perfectly formed ear, shrunken and green with the passage of time.
Lying was not a Rwandan trait, but a political tactic, and for him a cheap tactic. That does not mean you should not keep secrets; But secrets, even if they involve deceit, are not necessarily lies, only truths that you do not say. In a world where politicians are supposed to be liars, Kagame had discovered that, often, one can have an unexpected benefit by not being false.
“Sometimes,” he said, “you tell the truth because that is the best way out.

In 1994, at the height of the extermination campaign in Rwanda, while Paris was sending arms by air transport to Mobutu’s middlemen in eastern Zaire to be transported directly across the border to the hands of the genocidaires , French President François Mitterrand said, as the newspaper Le Figaro later put it: “In these countries, genocide is not too important.” By their actions and omissions, at that time and in the following years the rest of the main powers gave to understand that they were in agreement with him. Evidently, it did not occur to them that a country like Rwanda could refuse to accept the insignificance of its annihilation; nor had anyone imagined that other Africans could take the danger of Rwanda seriously enough to decide to act.
The memory of the genocide, combined with Mobutu’s sponsorship of its total reactivation, had “global repercussions, beyond Rwanda,” said Museveni, “and here in Africa we were determined to resist.” In the same way that Mobutu was what Museveni called a puppet of his western masters, so the Rwandan genocidaires, who had once threatened to reduce the entire region to a pool of blood, owed their livelihood to the unconscious distribution of humanitarian aid western. Later, the West could wring its hands in the face of the criminal irresponsibility of its policies, but the nebula that represents the international community is not responsible, ultimately, to anyone. Again and again in central Africa, false promises of international protection were followed by the rapid abandonment of hundreds of thousands of civilians in the face of extreme violence. Against that reckless impunity, the Congolese rebellion offered Africa the opportunity to unite against its larger home political demon and supplant the West as the arbiter of its political destinies.

Africans and Westerners are two completely different worlds. ” However, he seemed to recognize that a defeat by the international community could not be interpreted as a victory for anyone. He had spent his life in central Africa, not fighting against what used to be called the “civilized world,” but struggling to join it. However, he had come to the conclusion that the world was trying to use “the refugee issue” to destroy his personal achievements.
“That’s really what they propose,” he said. It is not so much the concern for human rights, it is more political. It is: “Let’s drown this development, the dangerous development of those Africans who are trying to do things their own way”.

In mid-December 1997, Secretary of State Madeleine Albright made a speech to the Organization of African Unity in Addis Ababa, in which she said: “We, the international community, should have been more active during the first moments when the atrocities were committed in Rwanda in 1994, and to call them by their name: genocide ». Albright, who would make a brief visit to Rwanda during his tour of Africa, also condemned the use of humanitarian aid “to maintain armed camps and to support genocidal assassins.”
During an attack on the Gisenyi school, as in the previous attack at the Kibuye school, she took the teenage girls out of bed, and they were ordered to separate: Hutus on one side, Tutsis on the other. But the students refused. In both schools, the girls said they were only Rwandans, so they beat them up and shot them indiscriminately.
The Rwandans have no need, no space in their minds already crowded with corpses, for more martyrs. None of us needs them. But could not we take an example of the courage of those brave Hutu girls who could have chosen to live, but chose to call themselves Rwandans?

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