Apolo 11. La Apasionante Historia De Cómo El Hombre Piso La Luna Por Primera Vez — Eduardo García Llama / Apollo 11. The Exciting Story Of How Man Stepped The Moon For The First Time by Eduardo García Llama (spanish book edition)

El 21 de julio del año en el que se escriben estas letras, el 2019, se cumple el 50.º aniversario del Apolo 11 y del instante en el que el primer ser humano imprimió su huella en la superficie de otro mundo. Es fácil percibir el aura especial que rodea a esta misión y son varios los enfoques desde los que semejante aventura puede ser pormenorizada. En muchos aspectos, el Apolo 11 sigue fielmente las etapas de la aventura mitológica del héroe. También el Apolo 11 constituye la primera ocasión en la que prácticamente todos los habitantes de la Tierra fueron testigos de cómo una historia mitológico-heroica se desarrollaba en todas sus etapas en directo gracias a la televisión y la radio, incluida la de su apoteosis, en la que el acto sublime que protagoniza Neil Armstrong puede ser interpretado como el Eje del Mundo de tantas historias míticas.

No, no estaban nerviosos. A pesar de la trascendencia de lo que estaban llamados a hacer, sus ánimos no estaban dominados por la ansiedad, más allá de la que pudiera generar la responsabilidad de no fallar. Un deseo que, paradójicamente, tenía poco que ver con la posibilidad de perder la vida como consecuencia de cometer un error, sino más bien con demostrar que no estaban a la altura.
Ninguno de los tres era inmune al lema «Muerte antes que deshonor» que había llevado a otros tantos pilotos a perder la vida en su obcecación, finalmente estéril, por salvar su nave, por salvar su orgullo.

Dentro de la cabina, la tripulación no sintió el movimiento ascendente en el instante del despegue, sino la transición de una situación estática a otra dinámica y violenta toda vez que los motores entraron en acción y el cohete fue desasido por los brazos de la plataforma. Aquel momento inicial y la lentitud con la que el Saturno V cobró velocidad se vieron enmascarados por las severas vibraciones y oscilaciones que los tres notaron repercutir y propagarse sin clemencia en todas las direcciones dentro de sus cuerpos, haciéndolos sentir como elementos percutantes de algún gigante instrumento musical.
Los astronautas percibieron inicialmente aquella agitación también como un ruido ensordecedor, pero aquello era un engaño de sus sentidos. La racionalización de lo que estaban experimentando les permitió advertir que no se trataba de ruido, ya que podían oír las comunicaciones entre ellos y con el control de la misión, sino que se debía a una combinación incesante de temblores y sacudidas que fue especialmente intensa hasta unos segundos después de rebasar la torre de lanzamiento. El descenso a la superficie de la Luna y el posterior ascenso al reencuentro con el módulo de mando y servicio en órbita lunar eran partes extremadamente delicadas y complejas de esta misión, partes que nunca antes se habían realizado y que ellos tratarían de ejecutar por primera vez. Pero no solo ahí las cosas podían no salir bien. Todo podía torcerse también durante los momentos más anodinos de la misión, incluso justo en el instante último de su regreso a la Tierra, sin importar cuántas veces se hubiera hecho antes o cuantas veces su experiencia los hubiera enfrentado a algo similar. Los equipos, sistemas de a bordo y las naves no eran las mismas que otros utilizaron antes que ellos, y los imprevistos también podrían no serlo. El imprevisto más peligroso siempre era aquel que había sido pasado por alto, aquel que se escabullía del escrutinio de millares de ojos y mentes, y que como un virus pasaba secretamente de un operario cansado, de una norma no pensada lo suficiente, de un escenario no anticipado, de un pequeño cambio no documentado o de una última prueba no hecha, a infectar algún lugar oculto donde nadie pudiera encontrarlo.
El mundo tendría puestos sus ojos en ese momento. La presión mediática y el peso de la historia serían formidables. Tanto si era un éxito como un fracaso, la fase de descenso a la Luna sería recordada para siempre, y Gene Kranz estaría al mando. Para esa fase, Gene Kranz era Vuelo.

Bajo la supervisión de nutricionistas, la tripulación había podido elegir sus menús favoritos entre un catálogo de hasta setenta preparados alimenticios distintos, y en el vuelo se incluían también productos para ser consumidos según la preferencia puntual de cada astronauta y para complementar los menús y sus dietas.
La mayor parte de la comida era preservada en forma liofilizada para ser consumida después de su rehidratación con agua fría o caliente —o templada si se mezclaban las dos—, aunque esto solo era posible a bordo del módulo de mando, ya que en el módulo lunar, sometido a mayores restricciones de masa y, por tanto, de energía, Armstrong y Aldrin solo dispondrían de agua fría. Entre los alimentos liofilizados había zumos de uva, de naranja, de piña, ensaladas de atún o de salmón —por la que Collins sentía especial debilidad—, pudines de plátano y de chocolate, frutas, y el cóctel de gambas tan apreciado por Aldrin. El surtido alimenticio también incluía tentempiés secos, como galletas, cubitos de chocolate, de queso o de fresa. Con alguna excepción y algún producto calificado como bastante bueno, la comida a bordo era considerada un tanto falta de gusto, aunque decente o pasable. Sin embargo, los tres pensaron que los zumos estaban demasiado dulces y que el gusto del café no era particularmente bueno.
Se había progresado mucho en términos culinarios, pero las restricciones impuestas por razones biológicas, operativas y de ingeniería que debían respetarse en un vuelo espacial para prevenir el desarrollo de cultivos, o para permitir la conservación y ahorrar masa, aún resultaban en que la hora de la comida fuera considerada más como una actividad programática para satisfacer la ingestión diaria de las 2.500 calorías aconsejadas por los nutricionistas, y para compartir momentos de conversación relajada, en lugar de constituir una experiencia digna de deleite gastronómico.
Para rehidratar los alimentos liofilizados o para beber agua directamente, la tripulación disponía de dos tubos flexibles, uno conectado al dispensador de agua caliente a sesenta grados y el otro, al de agua fría. No existía una reserva de agua potable destinada a satisfacer el consumo de todo el vuelo, ya que el coste en términos de masa adicional a lanzar a la Luna habría sido prohibitivo. El agua era, en realidad, el producto residual en el ingenioso proceso de generación de electricidad de la nave, cuya clave residía en un artilugio central en el sistema de generación de energía a bordo: las células de combustible.

Apolo 11, aquí Houston. Atentos a la marca de abandono de la esfera de influencia lunar —les comunicó Bruce McCandless, quien, tras unos segundos, emitió la esperada señal—: Mark. Acabáis de abandonar la esfera de influencia lunar. Eran las 148 horas, 7 minutos y 24 segundos de vuelo cuando la tripulación atravesó esa frontera natural invisible que marcaba el cambio de dominio gravitatorio para pasar esta vez a la Tierra, al lugar del que partieron, situada aún a 322.000 km de distancia, y a la que se dirigían ahora a algo más de 1,2 km/s. El suceso se producía al inicio del séptimo día de vuelo, media hora después de que la tripulación se hubiera despertado tras más de ocho horas de un merecido sueño reparador. La responsabilidad de este vuelo reside primero en la historia y en los gigantes de la ciencia que han precedido este esfuerzo. A continuación, en el pueblo estadounidense, que por su voluntad indicó su deseo. A continuación, a cuatro administraciones y a sus Congresos por dar forma a esa voluntad. Y luego, a los equipos de la agencia y de la industria que construyeron nuestras naves espaciales, el Saturno, el Columbia, el Eagle y la pequeña EMU; el traje espacial y la mochila que era nuestra pequeña nave espacial en la superficie lunar. Nos gustaría dar un agradecimiento especial a todos los estadounidenses que construyeron esas naves espaciales, a quienes las diseñaron, probaron, y a quienes pusieron sus corazones y toda su habilidad en esas naves. A esas personas, esta noche, les damos un agradecimiento especial, y a todas las otras personas que están escuchándonos y viéndonos esta noche, que Dios los bendiga.

En el libro El héroe de las mil caras, Joseph Campbell nos dice que el héroe es quien se ha adentrado en lo desconocido, donde ha sido capaz de combatir y triunfar sobre limitaciones históricas globales o personales y locales; y que su segunda tarea es regresar de ese ámbito con un mensaje iluminador para la sociedad, uno que le aporte un conocimiento mayor sobre sí misma que la reconcilie con su verdadera dimensión. No deja de ser singular el hecho de que en el Apolo 11 confluyeran ambos tipos de héroe en las figuras antagónicas de quienes pisasteis por primera vez otro mundo. Neil Armstrong representaba al héroe mítico que encarna el triunfo sobre las limitaciones en el ámbito de lo macroscópico o histórico-mundial; mientras que tú representaste al héroe cuyo triunfo se daría en el terreno de lo microscópico, en el mundo interior. La figura de Neil estaba centrada en el reposo y la armonía de quien ya tiene rotas las ligaduras con su propio ego. Él era el exponente de la imperturbabilidad, de quien no es distraído por las trampas de fuerzas que conspiren en su contra para impedir su victoria, mientras que tú debiste apartar a un lado tu orgullo y tu ambición para ganar la batalla interior. Debiste descubrir a tu opuesto, reconocerte en él y asimilarlo para cruzar los umbrales siniestros de tu propio mundo. Tú también venciste a las fuerzas oscuras, a las que estaban dentro de ti.

Sobrevivirían al amerizaje si solo se desplegaban dos paracaídas principales, pero se desplegaron los tres, y esa no podía ser una visión más bienvenida por la tripulación. En solo cinco minutos impactarían contra el agua. Solo podían desear que el Columbia quedara a flote sobre la base de la cápsula, en la posición llamada Stable I, y no al revés. Su movilidad se habría visto sumamente limitada de haber estado enfundados en ellos, y el aislamiento térmico que estos proporcionaban habría sido insoportable dentro de una cabina ya repleta de aire cuya temperatura aumentaba por momentos. Habían tomado medicación contra el mareo como precaución. Pero su posición invertida sintiendo ya la gravedad terrestre, los vaivenes al capricho de las olas y el intenso calor podía aún inducirlos a vomitar. Y sucumbir a las náuseas habría sido mucho más desagradable de portar un caso burbuja ajustado a la cabeza. Afortunadamente, ninguno de los tres devolvió sus «galletas», pero aprovecharon el momento para volver a tomar medicación contra el mareo y prevenir cualquier asalto indeseado durante el tiempo que hubieran de vestir después el traje hermético de confinamiento biológico hasta que se internaran en el módulo de cuarentena. Estaban a salvo, en la Tierra. Estaban en casa.

Las curiosidades para mi han sido el punto fuerte del libro, el terror con que vivió Collins la posibilidad de que Armstrong y Aldrin murieran en la Luna. Sabía que tener que volver sin ellos lo convertiría en un hombre marcado para siempre. Otra. la parada que hizo Aldrin en la escalerilla al descender por ella a la Luna para orinar, lo que le convirtió, según sus propias palabras, en el primero en orinarse encima en otro mundo. Y la tercera, que el momento cumbre de la misión para Armstrong no fue el primer paso que dio sobre la Luna, sino el momento en el que posó el módulo lunar en la superficie.

Cuando Richard Nixon recibió a la tripulación del Apolo 11 a bordo del portaaviones USS Hornet, proclamó ante los semblantes sonrientes de Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin, que asomaban tras la pequeña ventana del módulo de cuarentena, que aquella había sido «la semana más grande de la historia del mundo desde la creación». En efecto, la primera misión humana a otro mundo había durado poco más de ocho días, apenas un día más que lo que empleó el Yahvé del Génesis en materializar su acto creador. Nixon, sin poder encontrar mejores palabras, quiso exaltar con esta hipérbole la importancia histórica de la llegada a la Luna; un logro cuyo alcance se podía percibir proyectándose de forma especial en la historia, más allá incluso del contexto de las exploraciones y de los descubrimientos. Ciertamente, pareciera que la llegada del hombre a la Luna hubiera sido, tal como el poeta Alfred Tennyson escribió hacía más de un siglo, «Un acontecimiento remoto y divino/Alrededor del que toda la creación se mueve». Jamás un acontecimiento en la historia había congregado semejante atención mundial. Se estima que más de 600 millones de personas contemplaron la imagen escatológica de Neil Armstrong en directo por la televisión a pesar de la Guerra Fría y del escaso número de televisores en la época —calculado en unos 240 millones—, y que un número muy superior de personas siguieron el acontecimiento a través de la radio. Desde multitudes aglomeradas frente a pantallas de televisión en las calles de muchas ciudades del mundo, como Seúl, Frankfurt, Toronto o Nueva York, hasta grupos de personas arremolinadas alrededor de un fuego y una radio en Zambia o en los patios de templos budistas en Bangkok, gentes de toda condición y de todos los rincones de ese oasis azul que los astronautas tuvieron sobre sus cabezas presidiendo aquella escena imposible, siguieron con expectación y suspense el momento de éxtasis en la misión del Apolo 11. Lo hicieron como una gran familia humana que por fin fue testigo, por primera vez, de cómo ocurría la apoteosis de una historia heroica. La llegada a la Luna tal vez constituirá el hito inicial en un proceso de exploración y conquista que lleve al ser humano a perpetuar su presencia en otros mundos. Tal vez ese hito marcará el momento que los historiadores del futuro elegirán para establecer la transición entre dos grandes eras en la historia del Homo sapiens: la Era Terrestre y la Era Espacial o Extraterrestre. Los días del 16 al 24 de julio de 1969 fueron los de la semana en la que la primera especie evolucionada a partir de aquella fue capaz de vivir por unas horas en un mundo diferente de aquel en el que se originó. Este es el verdadero significado del Apolo 11, aquel por el que la especie humana puede y debe reconocerse en él. Esta es la razón que desborda los marcos históricos al uso empleados para encuadrar todos y cada uno de los acontecimientos históricos anteriores, humanos y no humanos; la razón por la que el hito marcado por el Apolo 11 no puede tener parangón con ningún suceso ni empresa humana anterior, y tampoco con ninguno que le suceda, pues nunca más ningún ser humano pisará un cuerpo celeste distinto de la Tierra por primera vez. Esta es la razón por la que una de las noches que contuvo esa semana fue diferente a todas las noches, la razón por la que la del 21 de julio de 1969 fue, sin duda, la noche más grande en la historia del mundo desde la creación.

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The 21st of July of the year in which these letters are written, 2019, marks the 50th anniversary of Apollo 11 and the moment in which the first human being printed his mark on the surface of another world. It is easy to perceive the special aura that surrounds this mission and there are several approaches from which such an adventure can be detailed. In many respects, Apollo 11 faithfully follows the stages of the mythological adventure of the hero. Apollo 11 is also the first time that practically all the inhabitants of the Earth witnessed how a mythological-heroic story was developed in all its stages live thanks to television and radio, including that of its apotheosis, in the one that the sublime act that Neil Armstrong stars can be interpreted as the Axis of the World of so many mythical stories.

No, they were not nervous. Despite the transcendence of what they were called to do, their spirits were not dominated by anxiety, beyond what could generate the responsibility not to fail. A desire that, paradoxically, had little to do with the possibility of losing one’s life as a result of making a mistake, but rather with demonstrating that they were not up to par. None of the three was immune to the slogan “Death before dishonor” that had led many other pilots to lose their life in their stubborn, finally sterile, to save their ship, to save their pride.

Inside the cabin, the crew did not feel the upward movement at the moment of the takeoff, but the transition from a static to a dynamic and violent situation every time the engines went into action and the rocket was untied by the arms of the platform. That initial moment and the slowness with which the Saturn V gained speed were masked by the severe vibrations and oscillations that the three felt reverberate and spread mercilessly in all directions within their bodies, making them feel like elements percutantes of some giant instrument musical. The astronauts initially perceived that agitation also as a deafening noise, but that was a deception of their senses. The rationalization of what they were experiencing allowed them to notice that it was not noise, since they could hear the communications between them and with the control of the mission, but it was due to an incessant combination of tremors and shaking that was especially intense until a few seconds after passing the launching tower. The descent to the surface of the Moon and the subsequent ascent to the reunion with the command and service module in lunar orbit were extremely delicate and complex parts of this mission, parts that had never before been realized and that they would try to execute for the first time . But not only there things could not go well. Everything could be twisted also during the most anodyne moments of the mission, even just in the last moment of his return to Earth, no matter how many times it had been done before or how many times his experience had confronted them with something similar. The equipment, on-board systems and the ships were not the same as others used before them, and the unforeseen events could also not be. The most dangerous unforeseen was always the one that had been overlooked, the one that slipped away from the scrutiny of thousands of eyes and minds, and that like a virus secretly passed from a tired operator, from a norm not thought enough, from a scenario not anticipated, from a small undocumented change or from a last unsuccessful test, to infect some hidden place where no one could find it. The world would have its eyes on that moment. The media pressure and the weight of the story would be formidable. Whether it was a success or a failure, the phase of descent to the Moon would be remembered forever, and Gene Kranz would be in charge. For that phase, Gene Kranz was Flight.

Under the supervision of nutritionists, the crew had been able to choose their favorite menus from a catalog of up to seventy different food preparations, and the flight also included products to be consumed according to the specific preference of each astronaut and to complement the menus and their diets. . Most of the food was preserved in lyophilized form to be consumed after rehydration with cold or hot water – or tempered if both were mixed – although this was only possible on board the control module, since in the module lunar, subject to greater restrictions of mass and, therefore, energy, Armstrong and Aldrin would only have cold water. Among the freeze-dried foods were grape juices, orange juices, pineapple juices, tuna or salmon salads – for which Collins felt special weakness – banana and chocolate puddings, fruits, and the shrimp cocktail so prized by Aldrin. The food assortment also included dry snacks, such as cookies, chocolate cubes, cheese or strawberry. With some exception and some product described as quite good, the food on board was considered somewhat lack of taste, although decent or passable. However, the three of them thought that the juices were too sweet and that the taste of the coffee was not particularly good. Much progress had been made in culinary terms, but restrictions imposed for biological, operational and engineering reasons that had to be respected in a space flight to prevent the development of crops, or to allow conservation and save mass, still resulted in the time of the food was considered more as a programmatic activity to satisfy the daily intake of the 2,500 calories recommended by nutritionists, and to share moments of relaxed conversation, instead of constituting an experience worthy of gastronomic delight. To rehydrate lyophilized foods or to drink water directly, the crew had two flexible tubes, one connected to the hot water dispenser at sixty degrees and the other to the cold water dispenser. There was not a reserve of drinking water destined to satisfy the consumption of the whole flight, since the cost in terms of additional mass to throw to the Moon would have been prohibitive. The water was, in fact, the residual product in the ship’s ingenious process of generating electricity, whose key was a central device in the on-board power generation system: the fuel cells.

Apollo 11, here Houston. Attentive to the mark of abandonment of the sphere of lunar influence, “said Bruce McCandless, who, after a few seconds, issued the expected signal,” Mark. You have just left the sphere of lunar influence. It was 148 hours, 7 minutes and 24 seconds of flight when the crew crossed that invisible natural border that marked the change of gravitational domain to pass this time to the Earth, to the place from which they departed, still 322,000 km away. which were now heading to something more than 1.2 km / s. The event occurred at the beginning of the seventh day of flight, half an hour after the crew had woken up after more than eight hours of a well-deserved restful sleep. The responsibility for this flight lies first in history and in the giants of science that have preceded this effort. Then, in the American people, who by their will indicated their desire. Then, to four administrations and their Congresses to shape that will. And then, to the agency and industry teams that built our spacecraft, the Saturn, the Columbia, the Eagle and the small EMU; the space suit and the backpack that was our little spaceship on the lunar surface. We would like to give special thanks to all the Americans who built those spacecraft, to those who designed, tried, and who put their hearts and all their skill in those ships. To those people, tonight, we give special thanks, and to all the other people who are listening to us and seeing us tonight, may God bless you.

In the book The Hero of the Thousand Faces, Joseph Campbell tells us that the hero is the one who has entered the unknown, where he has been able to fight and triumph over global or personal and local historical limitations; and that his second task is to return from that area with an enlightening message for society, one that provides him with a greater knowledge about himself that reconciles him to his true dimension. The fact that in Apollo 11 both types of hero converge in the antagonistic figures of those who stepped on another world for the first time is not unusual. Neil Armstrong represented the mythical hero that embodies the triumph over limitations in the field of the macroscopic or world-historical; whereas you represented the hero whose triumph would take place in the field of the microscopic, in the inner world. The figure of Neil was centered in the rest and the harmony of those who already have broken the ligatures with their own ego. He was the exponent of imperturbability, who is not distracted by the traps of forces that conspire against him to prevent his victory, while you must have set aside your pride and your ambition to win the inner battle. You should discover your opposite, recognize yourself in it and assimilate it to cross the sinister thresholds of your own world. You also defeated the dark forces, those who were inside you.

They would survive the landing if only two main parachutes were deployed, but all three deployed, and that could not be a more welcome sight for the crew. In only five minutes they would hit the water. They could only wish that the Columbia would be afloat on the base of the capsule, in the position called Stable I, and not vice versa. Their mobility would have been extremely limited if they had been encased in them, and the thermal insulation they provided would have been unbearable inside a cabin already full of air whose temperature increased at times. They had taken medication against seasickness as a precaution. But its inverted position already feeling the terrestrial gravity, the swings at the whim of the waves and the intense heat could still induce them to vomit. And succumbing to nausea would have been much more unpleasant to carry a bubble case fitted to the head. Fortunately, none of the three returned their “cookies”, but they took advantage of the moment to return to take medication against seasickness and to prevent any unwanted assault during the time they would have to wear the hermetic biological confinement suit until they entered the module. of quarantine. They were safe, on Earth. They were at home.

The curiosities for me have been the strong point of the book, the terror with which Collins lived the possibility that Armstrong and Aldrin died on the Moon. He knew that having to go back without them would make him a marked man forever. Other. the stop that Aldrin made on the ladder when descending on it to the Moon to urinate, which made him, according to his own words, the first one to urinate on another world. And the third, that the peak moment of the mission for Armstrong was not the first step he took on the Moon, but the moment he posed the lunar module on the surface.

When Richard Nixon received the crew of Apollo 11 aboard the aircraft carrier USS Hornet, he proclaimed before the smiling faces of Neil Armstrong, Michael Collins and Buzz Aldrin, who loomed behind the small window of the quarantine module, that this had been “the week largest in the history of the world since the creation ». Indeed, the first human mission to another world had lasted little more than eight days, barely a day longer than what the Yahweh of Genesis used to materialize his creative act. Nixon, unable to find better words, wanted to exalt with this hyperbole the historical importance of the arrival to the Moon; an achievement whose scope could be perceived by projecting itself in a special way in history, beyond even the context of explorations and discoveries. Certainly, it would seem that the arrival of man on the Moon had been, as the poet Alfred Tennyson wrote more than a century ago, “A remote and divine event / Around which all creation moves.” Never has an event in history gathered such world attention. It is estimated that more than 600 million people watched the eschatological image of Neil Armstrong live on television despite the Cold War and the small number of televisions at the time – estimated at about 240 million – and that a much higher number of people followed the event through the radio. From crowds crowded in front of television screens in the streets of many cities in the world, such as Seoul, Frankfurt, Toronto or New York, to groups of people swirling around a fire and a radio in Zambia or in the courtyards of Buddhist temples in Bangkok , people of all conditions and from all corners of that blue oasis that the astronauts had over their heads presiding over that impossible scene, followed with expectation and suspense the moment of ecstasy in the mission of Apollo 11. They did it as a great human family that At last he witnessed, for the first time, how the apotheosis of a heroic story occurred. The arrival to the Moon may be the initial milestone in a process of exploration and conquest that will lead human beings to perpetuate their presence in other worlds. Perhaps that milestone will mark the moment that the historians of the future will choose to establish the transition between two great eras in the history of Homo sapiens: the Earth Age and the Space or Extraterrestrial Era. The days of July 16 to 24, 1969 were those of the week in which the first species evolved from that one was able to live for a few hours in a different world from the one in which it originated. This is the true meaning of Apollo 11, the one by which the human species can and should be recognized in it. This is the reason that goes beyond the historical frameworks to the use used to frame each and every one of the previous historical events, human and non-human; the reason why the milestone marked by Apollo 11 can not have any comparison with any previous human event or company, nor with any that happens to it, because no human being will ever step on a celestial body other than Earth for the first time. This is the reason why one of the nights that it contained that week was different to every night, the reason why the one of July 21, 1969 was, without a doubt, the biggest night in the history of the world since the creation.

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