Sovietistán: Un Viaje Por Las Repúblicas De Asia Central — Erika Fatland / Sovjetistan. En Reise Gjennom Turkmenistan, Kasakhstan, Tadsjikistan, Kirgisistan Og Usbekistan (Sovjetistan: A Trip To Kasakhstan, Kirgisistan, Tadsjikistan, Turkmenistan And Usbekistan) by Erika Fatland

Los pueblos centroasiáticos son ampliamente conocidos por su hospitalidad y para los que hemos disfrutado como viajeros de la ruta de la seda, Samarcanda, Bujará, Tashkent… este libro traerá recuerdos.
Los países de Asia Central son prácticamente desconocidos para nosotros en Occidente, aunque Turkmenistán, Kazajstán, Tayikistán, Kirguistán y Uzbekistán cubren juntos un área de más de cuatro millones de kilómetros cuadrados. Los turistas casi no se pierden aquí; Turkmenistán, por ejemplo, está más cerrado que Corea del Norte. La periodista y antropóloga social noruega Erika Fatland ha podido viajar a estos países durante más de ocho meses. Su libro, que ganó el premio Norwegian Book Trade Award en 2015, es mucho más que un cuaderno de viaje.
En sus viajes, Fatland ha adquirido una gran cantidad de información concreta sobre la vida cotidiana actual en estos países, está bien versada en la historia diversa de la región y sabe cómo contar estas retrospectivas de manera vívida y clara. Por supuesto, su mirada es ocasionalmente fugaz y su sentido de los países individuales depende de la posibilidad de encuentros, de la apertura de sus interlocutores y de la cuidadosa planificación de los viajes. Evitó el invierno terriblemente frío así como los meses de verano insoportablemente calurosos, pero siempre llegó en primavera y otoño. El equilibrio entre la luz, a menudo ingeniosas anécdotas de viaje y las discusiones geográficas e históricas fácticas constituye el atractivo del libro.
El capítulo sobre Turkmenistán está dominado por los dos presidentes más extraños, Nijasow, llamados Turkmenbashi, y su sucesor, Berdimuhamedov. Turkmenbashi ha estado creando su propia realidad desde la década de 1990: los perros fueron prohibidos por odiar a los perros; prohibió fumar cuando se convirtió en un no fumador; su libro Ruhnama se convirtió en un tema en escuelas y universidades; Las estatuas doradas se consideraban sagradas, incluso los meses llevaban el nombre de él y su familia.
Después de su muerte, su dentista se hizo cargo de los asuntos de estado. Berdimuhamedow atenuó el culto a la personalidad al principio, pero ahora su semejanza también es omnipresente y su palabra es la única ley. El país, que en realidad es rico debido a los grandes yacimientos de petróleo, es explotado rigurosamente, la población se mantiene atemorizada, alimentada con electricidad, gas, agua y sal gratis. Las calles de la capital Ashgabat, bordeadas por magníficos edificios de mármol blanco y lujosamente iluminados, están prácticamente desiertas.
Kazajstán, incluso más rico que Turkmenistán, estaba casi completamente a merced de los rusos en la época soviética. En 1989, seis millones de rusos vivían en el país, e incluso hoy en día los lazos económicos y políticos son muy estrechos. El estilo de liderazgo de Nasbayev se asemeja al de un absolutista ilustrado. Prometió magnánimamente que Kazajstán en 2050 será una democracia completamente desarrollada. Hasta entonces, el parlamento es un accesorio decorativo. La libertad de prensa, los derechos civiles y las instituciones democráticas están aún poco desarrolladas.
La mezcla de informe de viaje detallado y reportaje político ha tenido éxito. Las escenas y los temas cambian rápidamente, pero todos los encuentros, narraciones, análisis históricos, experiencias, retratos y paisajes ofrecen una imagen clara de la situación actual de estos cinco países. Una pequeña galería de fotografías de la autora ilustra sus historias. Cualquier persona que tenga curiosidad por conocer lugares del mundo extranjeros y apenas viajados estará encantado de leer este libro.

El experimento socialista fue una catástrofe. Sin embargo, no todo fue igual de negativo en la Unión Soviética. Los bolcheviques invirtieron mucho en educación y en escuelas, casi consiguieron erradicar el analfabetismo en aquellas zonas de la Unión donde estaba muy extendido, como en Asia Central. Hicieron un esfuerzo enorme para construir carreteras e infraestructuras, y se ocuparon de que todos los ciudadanos soviéticos tuvieran acceso tanto a los servicios de salud como a la ópera, al ballet y a otros bienes de la cultura y de la sociedad del bienestar. Por todas partes, desde Karelia en el oeste hasta las estepas mongolas en el este, podías hacerte entender en ruso, y por todas partes ondeaba la bandera roja comunista. Desde los puertos del mar Báltico hasta las orillas del océano Pacífico, la sociedad estaba organizada bajo el mismo modelo ideológico, con el pueblo soberano, los rusos, en los puestos de dirección y altos cargos burocráticos. En la época de su mayor esplendor, la Unión Soviética ocupaba la sexta parte de la superficie del mundo y más de cien grupos étnicos tenían su hogar dentro de sus fronteras.
A través de los siglos, Asia Central ha sido sometida por diferentes pueblos, desde los persas y los griegos hasta los mongoles, los árabes y los turcos. Esas continuas invasiones son el precio que los centroasiáticos han tenido que pagar por su situación geográfica, una encrucijada entre el Este y el Oeste. Pero esa misma ubicación fue la causa de que muchas de las ciudades de Asia Central florecieran durante la época del comercio de la seda entre Asia y Europa, hace más de mil años.
Sin embargo, hasta la fecha ningún poder extranjero ha impactado tan profunda y sistemáticamente en los pueblos centroasiáticos como el de las autoridades soviéticas. En la época de los zares, los rusos estaban interesados en el beneficio económico ante todo, y desarrollaron el cultivo de algodón y el control de los mercados centroasiáticos, sin interesarse por la forma de vida de la población local. Al emir de Bujará se le permitió continuar en el trono, siempre y cuando acatara las órdenes rusas. Las autoridades soviéticas, por el contrario, tenían una agenda mucho más ambiciosa: querían hacer realidad una utopía. En pocos años los pueblos de Asia Central fueron obligados a pasar de ser sociedades organizadas en clanes al socialismo puro y duro. Todo debía cambiar, desde el alfabeto hasta el lugar que ocupaban las mujeres en la sociedad, incluso por la fuerza si era necesario. Mientras se producían esos drásticos cambios, en realidad, Asia Central desapareció del mapa. Durante la época soviética, partes extensas de la región estuvieron cerradas herméticamente a los extranjeros.

Saparmurat Niyázov, más conocido como Turkmenbashí, el hombre que ha pasado a la historia como uno de los dictadores más extravagantes que hayan existido, nació el 19 de febrero de 1940 en Gypjak, que entonces era un pueblo pequeño e insignificante no lejos de Asjabad.
La vida en la República Socialista Soviética de Turkmenistán, una de las más pobres del imperio, no había sido una balsa de aceite. No obstante, durante el régimen soviético, poco a poco, la mayoría de la gente había mejorado sus condiciones de vida. Los niños estaban escolarizados, los jóvenes y los viejos tenían acceso a la sanidad. Carreteras, vías férreas y líneas aéreas internas comunicaban el país con el resto de la Unión. Con este mar de fondo no es difícil entender que, en agosto de 1991, Niyázov apoyara el intento de golpe de Estado de los contrarios al reformismo de Gorbachov. Cuando el golpe fracasó, resultó evidente que la Unión Soviética tenía los días contados.
El dictador endureció aún más la represión. Todos los cibercafés fueron clausurados, cosa que impidió el acceso a la red a la gente corriente. En 2003 se implementó una nueva ley que convirtió en traidores a todos aquellos que cuestionaban la política del presidente, que endureció la anterior ley referente a la «honra y dignidad del presidente» de 1991. Después del circo y la ópera, se proscribió el ballet en el país, y dado que el presidente no soportaba el olor de los perros, se prohibió tener perros en Asjabad. También se prohibió emitir música diferida en televisión y en los banquetes de las grandes ocasiones. La música debía ser en vivo, sin sincronización de labios.
El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe de manera absoluta, señaló el historiador británico Lord Acton en su época. Pocos ejemplos ilustran mejor esta máxima que la deriva vital de Turkmenbashí. ¿Cómo se convirtió el huérfano Saparmurat Niyázov en el dictador que prohibió el circo y los perros, y que encarceló a todos sus detractores? Una de las explicaciones se halla en el sistema soviético, que era corrupto, autoritario y con una tradición bien aprendida de culto a la personalidad.

La historia es como una matrioshka, la muñeca rusa. Dentro de cada una de las muñecas siempre hay una más; algunas son idénticas entre sí, mientras que otras están pintadas con motivos y colores diferentes. Capa tras capa, desaparecen los colores y los materiales se deterioran. ¿Ha sido esto una matrioshka también? ¿Y qué ocurre con la última astillita de dentro? Al final, llegamos a una muñeca que ya no se abre. Suena algo en su interior cuando la zarandeamos y creemos que todavía puede haber una más; quizá no hayamos destapado ni tan siquiera la mitad. Pero no llegamos más adentro. No por esta vez.

El mar de Aral del Norte es la prueba tangible de que las catástrofes ecológicas provocadas por el ser humano pueden revertirse, en todo caso en cierta medida, si los poderes públicos tienen voluntad y medios para intervenir. Las autoridades kazajas han actuado y han tenido éxito.
En el país más grande del mundo sin litoral de mar abierto, el pescado es más importante que el algodón.
Quizá la esperanza no esté totalmente perdida para los 30.000 habitantes de Aral, pensé. Quizá las grúas oxidadas del puerto puedan repararse y, un buen día, ponerse en marcha otra vez. Quizá los barcos que ahora reposan en la arena puedan traer nueva pesca a la lonja. Si esto sucede, es posible que a alguien se le ocurra incluso renovar el hotel Aral.
No sorprende en absoluto que Tayikistán y Kirguistán estén interesados en pertenecer a la Unión Euroasiática. Estos dos países montañosos, ricos agrícolamente, están entre los más pobres de los antiguos Estados soviéticos. Los dos dependen totalmente de los ingresos que los emigrantes envían desde Rusia, y que suman la mitad y una tercera parte del producto nacional bruto respectivamente en uno y otro país.
La relación de Kazajistán con Rusia es más complicada. Kazajistán es todavía más rico que Turkmenistán y su base económica es firme, pero gran parte de la exportación de petróleo se hace a través de oleoductos rusos. Ningún otro país del mundo comparte una frontera tan extensa con Rusia (un total de 6.846 kilómetros) y en ningún otro país centroasiático viven tantos rusos.
La colonización rusa de Kazajistán empezó en el siglo XVIII, cuando las principales tribus kazajas pidieron protección al zar frente a las hordas invasoras. Durante el siglo XIX, continuamente hubo rusos que se establecieron en las estepas kazajas, pero esta emigración no adquirió su máximo auge hasta la década de 1950, cuando Nikita Jruschov puso en marcha su imponente campaña para hacer que se cultivaran las llamadas «tierras vírgenes» del norte de Kazajistán. La idea era que el país, con su gran extensión de tierras, fuera la reserva de cereal de la Unión Soviética.

Tayikistán es indiscutiblemente el país más pobre de todos los Estados postsoviéticos. El país no tiene ni petróleo ni gas y el 90 por ciento del territorio es montañoso. Solamente el 7 por ciento de la superficie es cultivable. La industria del país, si es que se puede hablar de industria, está descuidada, y el Estado depende de la ayuda de organizaciones internacionales para poder salir adelante. La mitad de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y alrededor del 20 por ciento de los ocho millones de habitantes sobreviven con menos de un euro diario.
Sin embargo, el mástil de bandera más alto del mundo está en Dusambé.
Dusambé se considera la capital más bella de Asia Central. Avenidas con grandes árboles caducifolios dan sombra a casas bajas de colores pastel y estilo neoclásico. Las calles, anchas y polvorientas, fueron trazadas para el futuro socialista, y la mitad de las aceras estaban reservadas a los ciclistas, que decididamente pertenecían también al futuro. En los cuatro días que estuve en la capital tan solo vi a un ciclista; un anciano montado en un cacharro desvencijado y herrumbroso. Las aceras parecían ser para las mujeres, que paseaban tranquilamente en grupos de dos o tres, vestidas con túnicas de algodón y estampados llamativos, largas hasta la rodilla, y pantalones anchos a juego. La mayoría llevaban su largo pelo negro suelto o recogido en trenzas…

Kirguistán es el único país postsoviético de Asia Central donde un presidente en activo ha dimitido por voluntad propia. El país también tiene el récord centroasiático en número de presidentes que han pasado por el cargo, pero la lista no es muy larga. En Kazajistán y Uzbekistán todavía llevan el timón los líderes que Gorbachov designó en su época, con el pelo más gris y unas cuantas arrugas más como es natural, pero aún con el apoyo de una aplastante mayoría, según indican los resultados electorales.
En todos los índices sobre democracia y libertad, el pequeño vecino de Kazajistán destaca con un color diferente al de los países circundantes: Kirguistán es el país más libre y democrático de Asia Central. La prensa es la más libre de la región; también en términos de libertad económica, este pequeño país pobre y montañoso se sitúa entre los cien mejores, muy por encima de sus autocráticos vecinos. Además, Kirguistán es el único país centroasiático que ha introducido el parlamentarismo y ha limitado el poder del presidente.
Cuando la Unión Soviética se desmoronó, muchos kirguises temieron que los uzbekos obtuvieran demasiado poder e influencia en Kirguistán. Acababan de liberarse del yugo ruso, y ahora querían gobernarse solos. Por su parte, los uzbekos estaban cansados de ser calificados de «diáspora uzbeka», como si allí fueran huéspedes temporales, expulsados de su propio país, cuando en realidad habían vivido en territorio kirguís durante siglos. Los libros de texto kirguises de la asignatura de historia no mencionaban a los uzbekos ni una sola vez, y a consecuencia de la nueva ley lingüística de 2004, no está permitido usar la lengua uzbeka en los documentos oficiales del país. Por eso, los uzbekos quedan excluidos de los puestos políticos y de las posiciones de poder.

Una de las razones por las que la vida intelectual floreció en Asia Central en esa época fue que el papel era fácilmente accesible. El papel fue descubierto en China hace unos dos mil años y se extendió rápidamente por Asia Central. Mientras que el papel chino se hacía con fibras de morera y de bambú, los artesanos de Samarcanda descubrieron que podían producir un papel aún más fino y delgado con fibras de la planta de algodón. Además, estas fibras eran más económicas y fáciles de obtener, y pronto Samarcanda se convirtió en el principal exportador de papel para Occidente.
La Ruta de la Seda pudo muy bien haberse llamado Ruta del Papel. Durante varios siglos, el papel de Samarcanda fue una de las mercancías más importantes y lucrativas que se cargaban a lomos de los camellos para ser transportadas hacia el oeste por la ruta de las caravanas. A pesar de que la producción de papel se extendió por otros lugares, como Damasco, El Cairo y la Córdoba musulmana, el papel de alta calidad procedente de Samarcanda continuó siendo codiciado hasta el siglo XIII, cuando los europeos empezaron a producirlo.
Mientras el papel de Samarcanda era un lujo en Europa, en Asia Central era considerado un producto barato para el consumo. Aunque el arte de imprimir todavía no se había descubierto, se producían libros escritos a mano en grandes cantidades, tanto obras originales como traducidas. En el mercado de Bujará había a la venta tantos libros copiados a mano que los libreros tenían que competir para conseguir clientes.
En el siglo XI, Bujará era conocida como la Sagrada Bujará, y durante siglos, la ciudad fue uno de los centros islámicos más importantes del mundo. Por desgracia, solo unos cuantos edificios de esa época han sobrevivido puesto que, en 1220, el ejército de Gengis Kan se plantó al pie de las murallas de la ciudad. Los 20.000 soldados de Bujará huyeron al ver aquel enorme ejército mongol. Los pocos soldados que se quedaron se escondieron en la fortaleza donde confiaban que las macizas murallas les protegerían.
La actual ciudad vieja data, en realidad, de su segunda época de esplendor, acaecida en el siglo XVI, cuando las tribus uzbekas tomaron el poder. Uno de los pocos edificios que ha sobrevivido de la época de Gengis Kan es el esbelto y elegante minarete de Kalyan, también conocido como Torre de la Muerte. Además de llamar a la oración, este minarete fue usado para ejecutar públicamente a los reos. El pregonero anunciaba primero el delito que había cometido el condenado y, después, éste era arrojado desde la torre del minarete, de cuarenta y cinco metros de altura. Las ejecuciones se solían llevar a cabo en días de mercado para que un mayor número de gente las presenciara. La práctica continuó ejerciéndose durante la ocupación rusa, pues, en sus colonias, los rusos eran muy pragmáticos: mientras los nativos pagaran sus impuestos y no se sublevaran, los dejaban en paz casi siempre.
A corta distancia de Bujará se alza una de las ciudades más importantes de la Ruta de la Seda. El nombre en sí mismo ya es una leyenda: «Samarcanda». Un nombre portador de un romántico mensaje que se asocia a especies exóticas, a países lejanos, a alfombras de seda artesanales, a caravanas de camellos, a mercados antiguos y a cúpulas azul cielo.
Un viajero chino que visitó la ciudad en el siglo VII, observó que «a todos sus habitantes se les educa para ser comerciantes. Cuando un niño cumple los cinco años, le enseñan a leer y empieza a aprender temas comerciales».15 En esa época, Samarcanda era la capital del reino de Sogdiana. Los sogdianos eran buenos comerciantes y durante varios siglos controlaron el comercio entre Oriente y Occidente. Fundaron colonias comerciales por toda Asia y administraron una gran cantidad de rutas que iban desde el mar Negro y Constantinopla hasta Sri Lanka.
En el mercado de Siyab, uno de los más grandes de Samarcanda, todavía es posible impregnarse un poco del antiguo ambiente de la Ruta de la Seda. Bajo el régimen de Karimov, el mercado ha sido modernizado y estandarizado, se ha cubierto con tejado de hojalata y se han colocado mesas en hilera; pero los vendedores que ofrecen sus pulcras pilas de mercancía con una gran sonrisa y entusiasmo parece que hayan estado siempre allí. Muchos de ellos son descendientes directos de comerciantes sogdianos de la famosa Ruta de la Seda y llevan el comercio en la sangre.

Taskent es la última estación de la línea del ferrocarril que recorre 1864 kilómetros, desde Turkmenbashí atraviesa el desierto de Karakum y llega hasta la capital uzbeka. En 1880, la construcción de esta línea de ferrocarril fue un factor de tensión en el marco del Gran Juego entre Rusia y Gran Bretaña. Los británicos temían que el ferrocarril les diera superioridad militar, pero los rusos no tenían ninguna intención de invadir la India, como se comprobó más tarde, y usaron los trenes para transportar algodón. En la actualidad, el último tramo de la línea se ha modernizado para que pueda circular por ella un tren de alta velocidad, y ahora los vagones van llenos de turistas y hombres de negocios.
Taskent te devuelve al presente. Con sus más de dos millones de habitantes, la capital uzbeka es indiscutiblemente la ciudad más grande de Asia Central. No queda nada de la ciudad idílica del siglo XIX. Por la mañana temprano, aquel 26 de abril de 1966 Taskent fue sacudido por un fuerte terremoto que en segundos casi aniquiló la ciudad vieja. Varios cientos de personas se quedaron sin hogar de la noche a la mañana, pero como por milagro solo diez personas perdieron la vida. Las autoridades soviéticas aprovecharon la catástrofe para crear una ciudad al estilo comunista, con anchas avenidas, bloques altos de viviendas, parques enormes y muchas plazas amplias para desfiles y actos oficiales. El metro, que se inauguró dos años después del terremoto, puede compararse con el de Moscú. Las estaciones, adornadas con columnas de mármol y lámparas de araña, son una atracción turística en sí mismas.
Como evidencia externa de que también Uzbekistán nada en la abundancia de recursos petrolíferos y de gas, aunque no tan grandes como los de Turkmenistán y Kazajistán.
Hoy día, los -stán se encuentran en una encrucijada. ¿Deben acercarse a Rusia o a China? ¿Quizá mirar hacia Occidente? ¿En qué interpretación de su propia historia deben confiar? Después de cumplir los casi veinticinco años de independencia, a estas cinco naciones les cuesta encontrar su propia identidad, ancladas en un lapso entre Oriente y Occidente, entre lo viejo y lo nuevo, en mitad de Asia, rodeadas de naciones poderosas como Rusia y China y de vecinos controvertidos como Irán y Afganistán. El 90 por ciento de los rusos que vivían en Tayikistán, dos terceras partes de los que vivían en Turkmenistán y la mitad de los que vivían en Uzbekistán se han marchado. Con ello Asia Central ha sido más «ella misma» estos últimos veinticinco años, al menos étnicamente. Pero la herencia de la Unión Soviética pesa mucho sobre todos los -stán, tanto económica como políticamente. Mientras la mayoría de los políticos de la época soviética estén en el poder, hay pocas esperanzas de cambio. Como me dijo Murat, el único guía que tuve en Turkmenistán, cuando cruzábamos el desierto de norte a sur:
—La generación del sóviet es como es. Todo lo hacen a la manera de antes.

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The Central Asian peoples are widely known for their hospitality and for those of us who have enjoyed traveling on the Silk Road, Samarkand, Bukhara, Tashkent … this book will bring back memories.
The countries of Central Asia are practically unknown to us in the West, although Turkmenistan, Kazakhstan, Tajikistan, Kyrgyzstan and Uzbekistan together cover an area of more than four million square kilometers. The tourists almost do not get lost here; Turkmenistan, for example, is more closed than North Korea. Norwegian social journalist and anthropologist Erika Fatland has been able to travel to these countries for more than eight months. His book, which won the Norwegian Book Trade Award in 2015, is much more than a travel notebook.
In her travels, Fatland has acquired a large amount of concrete information about the current daily life in these countries, she is well versed in the diverse history of the region and knows how to tell these retrospectives vividly and clearly. Of course, his look is occasionally fleeting and his sense of individual countries depends on the possibility of encounters, the openness of his interlocutors and the careful planning of travel. He avoided the terribly cold winter as well as the unbearably hot summer months, but he always arrived in spring and autumn. The balance between light, often witty travel anecdotes and factual historical and geographical discussions is the book’s appeal.
The chapter on Turkmenistan is dominated by the two strangest presidents, Nijasow, called Turkmenbashi, and his successor, Berdimuhamedov. Turkmenbashi has been creating its own reality since the 1990s: dogs were banned for hating dogs; he banned smoking when he became a non-smoker; his book Ruhnama became a subject in schools and universities; The golden statues were considered sacred, even the months bore the name of him and his family.
After his death, his dentist took over state affairs. Berdimuhamedow tempered the cult of personality at first, but now his likeness is also omnipresent and his word is the only law. The country, which is actually rich due to the large oil fields, is exploited rigorously, the population remains frightened, fed with electricity, gas, water and free salt. The streets of the capital Ashgabat, lined with magnificent buildings of white marble and luxuriously lit, are practically deserted.
Kazakhstan, even richer than Turkmenistan, was almost completely at the mercy of the Russians in Soviet times. In 1989, six million Russians lived in the country, and even today the economic and political ties are very close. Nasbayev’s leadership style resembles that of an enlightened absolutist. He promised magnanimously that Kazakhstan in 2050 will be a fully developed democracy. Until then, the parliament is a decorative accessory. Freedom of the press, civil rights and democratic institutions are still poorly developed.
The mix of detailed travel report and political reporting has been successful. Scenes and themes change rapidly, but all encounters, narrations, historical analyzes, experiences, portraits and landscapes offer a clear picture of the current situation of these five countries. A small photo gallery of the author illustrates her stories. Anyone who is curious to know foreign places and hardly traveled will be happy to read this book.

The socialist experiment was a catastrophe. However, not everything was equally negative in the Soviet Union. The Bolsheviks invested heavily in education and schools, almost succeeded in eradicating illiteracy in those areas of the Union where it was widespread, as in Central Asia. They made a huge effort to build roads and infrastructures, and they made sure that all Soviet citizens had access to health services as well as opera, ballet and other goods of culture and welfare society. Everywhere, from Karelia in the west to the Mongol steppes in the east, you could make yourself understood in Russian, and everywhere the red communist flag waved. From the ports of the Baltic Sea to the shores of the Pacific Ocean, society was organized under the same ideological model, with the sovereign people, the Russians, in management positions and high bureaucratic positions. At the time of its greatest splendor, the Soviet Union occupied one sixth of the world’s surface and more than one hundred ethnic groups had their home within its borders.
Through the centuries, Central Asia has been subdued by different peoples, from Persians and Greeks to Mongols, Arabs and Turks. These continuous invasions are the price that the Central Asians have had to pay for their geographical situation, a crossroads between the East and the West. But that same location was the reason why many of the cities of Central Asia flourished during the era of the silk trade between Asia and Europe, more than a thousand years ago.
However, to date no foreign power has impacted so profoundly and systematically on the Central Asian peoples as the Soviet authorities. In the time of the Tsars, the Russians were interested in the economic benefit first and foremost, and developed the cultivation of cotton and the control of the Central Asian markets, without being interested in the way of life of the local population. The emir of Bukhara was allowed to continue on the throne, as long as he complied with Russian orders. The Soviet authorities, on the other hand, had a much more ambitious agenda: they wanted to make a utopia a reality. In a few years, the peoples of Central Asia were forced to move from being clan-organized to pure socialism. Everything had to change, from the alphabet to the place that women occupied in society, even by force if necessary. While these drastic changes were taking place, in reality, Central Asia disappeared from the map. During the Soviet era, large parts of the region were hermetically sealed to foreigners.

Saparmurat Niyázov, better known as Turkmenbashi, the man who has gone down in history as one of the most extravagant dictators who ever lived, was born on 19 February 1940 in Gypjak, which was then a small and insignificant town not far from Ashgabat.
Life in the Soviet Socialist Republic of Turkmenistan, one of the poorest in the empire, had not been a raft of oil. However, during the Soviet regime, little by little, most people had improved their living conditions. The children were schooled, the young and the old had access to health. Roads, railways and internal airlines communicated the country with the rest of the Union. With this sea of bottom it is not difficult to understand that, in August of 1991, Niyázov supported the attempt of coup d’etat of the opponents to the reformism of Gorbachov. When the coup failed, it became clear that the Soviet Union had its days numbered.
The dictator hardened the repression even more. All cybercafes were closed, which prevented ordinary people from accessing the network. In 2003 a new law was implemented that turned into traitors all those who questioned the president’s policy, which hardened the previous law regarding the “honor and dignity of the president” of 1991. After the circus and the opera, the ballet was outlawed in the country, and since the president could not stand the smell of dogs, it was forbidden to have dogs in Ashgabat. Deferred music was also banned on television and at banquets on big occasions. Music should be live, without lip syncing.
Power corrupts, and absolute power corrupts absolutely, said British historian Lord Acton in his time. Few examples better illustrate this maxim than the vital drift of Turkmenbashi. How did the orphan Saparmurat Niyázov become the dictator who banned circuses and dogs, and who imprisoned all his detractors? One of the explanations is found in the Soviet system, which was corrupt, authoritarian and with a well-learned tradition of personality cult.

The story is like a matrioshka, the Russian doll. Inside each of the dolls there is always one more; some are identical to each other, while others are painted with different motifs and colors. Layer after layer, the colors disappear and the materials deteriorate. Has this been a matrioshka too? And what about the last little chip inside? In the end, we come to a doll that no longer opens. It sounds something inside when we shake it and we think there can still be one more; maybe we have not even uncovered half. But we do not get inside anymore. Not for this time.

The North Aral Sea is the tangible proof that ecological catastrophes caused by human beings can be reversed, in any case to a certain extent, if public authorities have the will and the means to intervene. The Kazakh authorities have acted and succeeded.
In the world’s largest landlocked open-ocean country, fish is more important than cotton.
Maybe hope is not totally lost for the 30,000 inhabitants of Aral, I thought. Maybe the rusty cranes in the harbor can be repaired and, one fine day, get going again. Perhaps the ships that now rest in the sand can bring new fish to the fish market. If this happens, it is possible that someone even plans to renovate the Aral hotel.
It is not at all surprising that Tajikistan and Kyrgyzstan are interested in belonging to the Eurasian Union. These two mountainous countries, agriculturally rich, are among the poorest of the former Soviet states. Both depend totally on the income that the emigrants send from Russia, and that they add half and a third part of the gross national product respectively in both countries.
The relationship of Kazakhstan with Russia is more complicated. Kazakhstan is still richer than Turkmenistan and its economic base is firm, but much of the oil export is done through Russian oil pipelines. No other country in the world shares such an extensive border with Russia (a total of 6,846 kilometers) and in no other Central Asian country do so many Russians live.
The Russian colonization of Kazakhstan began in the eighteenth century, when the main Kazakh tribes sought protection from the Tsar against the invading hordes. During the nineteenth century, there were continually Russians who settled in the Kazakh steppes, but this emigration did not reach its peak until the 1950s, when Nikita Khrushchev launched his impressive campaign to have the so-called “virgin lands” cultivated. of northern Kazakhstan. The idea was that the country, with its large area of land, was the cereal reserve of the Soviet Union.

Tajikistan is indisputably the poorest country in all the post-Soviet states. The country has neither oil nor gas and 90 percent of the territory is mountainous. Only 7 percent of the area is arable. The industry of the country, if it is possible to talk about industry, is neglected, and the State depends on the help of international organizations to be able to move forward. Half of the population lives below the poverty line and around 20 percent of the eight million inhabitants survive on less than one euro per day.
However, the highest flag mast in the world is in Dushanbe.
Dushanbe is considered the most beautiful capital of Central Asia. Avenues with large deciduous trees give shade to low houses of pastel colors and neoclassical style. The streets, wide and dusty, were laid out for the socialist future, and half of the sidewalks were reserved for cyclists, who decidedly belonged also to the future. In the four days that I was in the capital I only saw a cyclist; an old man in a rickety and rusty pile-up. The sidewalks seemed to be for the women, who strolled peacefully in groups of two or three, dressed in cotton tunics and striking prints, knee length, and matching wide pants. Most wore their long black hair loose or collected in braids …

Kyrgyzstan is the only post-Soviet country in Central Asia where an active president has resigned voluntarily. The country also has the Central Asian record in the number of presidents who have passed through the post, but the list is not very long. In Kazakhstan and Uzbekistan the leaders that Gorbachev appointed in his time, with gray hair and a few wrinkles more naturally, but still with the support of an overwhelming majority, according to the election results, still take the helm.
In all the indexes on democracy and freedom, the small neighbor of Kazakhstan stands out in a different color from the surrounding countries: Kyrgyzstan is the most free and democratic country in Central Asia. The press is the freest in the region; also in terms of economic freedom, this small, poor, mountainous country is among the 100 best, well above its autocratic neighbors. In addition, Kyrgyzstan is the only Central Asian country that has introduced parliamentarism and limited the power of the president.
When the Soviet Union collapsed, many Kyrgyz feared that the Uzbeks gained too much power and influence in Kyrgyzstan. They had just freed themselves from the Russian yoke, and now they wanted to govern themselves. For their part, the Uzbeks were tired of being described as “Uzbek diaspora,” as if they were temporary guests there, expelled from their own country, when in fact they had lived in Kyrgyz territory for centuries. The Kyrgyz textbooks of the history subject did not mention the Uzbeks once, and as a result of the new linguistic law of 2004, it is not allowed to use the Uzbek language in the official documents of the country. Therefore, Uzbeks are excluded from political positions and positions of power.

One of the reasons why intellectual life flourished in Central Asia at that time was that paper was easily accessible. The paper was discovered in China about two thousand years ago and quickly spread through Central Asia. While Chinese paper was made with mulberry and bamboo fibers, the artisans of Samarkand discovered that they could produce an even thinner and thinner paper with fibers from the cotton plant. In addition, these fibers were cheaper and easier to obtain, and soon Samarkand became the main exporter of paper for the West.
The Silk Road could very well have been called Paper Route. For several centuries, the role of Samarkand was one of the most important and lucrative goods that were loaded on the backs of camels to be transported to the west by the caravan route. Although the production of paper spread to other places, such as Damascus, Cairo and Muslim Cordoba, the high quality paper from Samarkand continued to be coveted until the thirteenth century, when the Europeans began to produce it.
While the role of Samarkand was a luxury in Europe, in Central Asia it was considered a cheap product for consumption. Although the art of printing had not yet been discovered, books were produced by hand in large quantities, both original and translated. There were so many books copied by hand in Bujara’s market that booksellers had to compete to get customers.
In the 11th century, Bukhara was known as the Sacred Bukhara, and for centuries, the city was one of the most important Islamic centers in the world. Unfortunately, only a few buildings of that time have survived since, in 1220, Genghis Khan’s army stood at the foot of the city walls. The 20,000 soldiers of Bukhara fled at the sight of that huge Mongol army. The few soldiers who remained hid in the fortress where they trusted that the massive walls would protect them.
The current old city dates, in fact, from its second period of splendor, which occurred in the sixteenth century, when the Uzbek tribes took power. One of the few surviving buildings of the Genghis Khan era is the slender and elegant minaret of Kalyan, also known as Tower of Death. In addition to calling prayer, this minaret was used to publicly execute the inmates. The town crier first announced the offense committed by the condemned man, and then it was thrown from the tower of the minaret, forty-five meters high. The executions were usually carried out on market days so that a greater number of people could witness them. The practice continued to be exercised during the Russian occupation, because, in their colonies, the Russians were very pragmatic: as long as the natives paid their taxes and did not revolt, they left them in peace almost always.
A short distance from Bukhara is one of the most important cities of the Silk Road. The name itself is already a legend: «Samarkand». A name that bears a romantic message that is associated with exotic species, distant countries, handmade silk carpets, camel caravans, ancient markets and sky-blue domes.
A Chinese traveler who visited the city in the seventh century observed that “all its inhabitants are educated to be merchants. When a child turns five, they teach him to read and he begins to learn commercial subjects. “15 At that time, Samarkand was the capital of the kingdom of Sogdiana. The Sogdians were good merchants and for several centuries they controlled the trade between East and West. They founded trading colonies throughout Asia and administered a large number of routes from the Black Sea and Constantinople to Sri Lanka.
In the market of Siyab, one of the largest in Samarkand, it is still possible to immerse yourself a bit in the ancient environment of the Silk Road. Under the Karimov regime, the market has been modernized and standardized, it has been covered with tin roof and tables have been placed in a row; but the sellers who offer their neat piles of merchandise with a big smile and enthusiasm seem to have always been there. Many of them are direct descendants of Sogdian merchants of the famous Silk Road and carry the trade in their blood.

Tashkent is the last station on the 1864-km railway line, from Turkmenbashi, it crosses the Karakum desert and reaches the Uzbek capital. In 1880, the construction of this railway line was a factor of tension in the framework of the Great Game between Russia and Great Britain. The British feared that the railroad would give them military superiority, but the Russians had no intention of invading India, as it was later proved, and used trains to transport cotton. Currently, the last section of the line has been modernized so that a high-speed train can circulate through it, and now the wagons are full of tourists and businessmen.
Tashent returns you to the present. With its more than two million inhabitants, the Uzbek capital is indisputably the largest city in Central Asia. Nothing remains of the idyllic city of the nineteenth century. In the early morning, that April 26, 1966, Taskent was shaken by a strong earthquake that in seconds almost annihilated the old city. Several hundred people were left homeless overnight, but as a miracle only ten people lost their lives. The Soviet authorities took advantage of the catastrophe to create a communist-style city, with wide avenues, high blocks of houses, huge parks and many large plazas for parades and official events. The subway, which opened two years after the earthquake, can be compared to the one in Moscow. The stations, adorned with marble columns and chandeliers, are a tourist attraction in themselves.
As external evidence that also Uzbekistan swims in the abundance of oil and gas resources, although not as large as those of Turkmenistan and Kazakhstan.
Today, they are at a crossroads. Should they approach Russia or China? Maybe look towards the West? In what interpretation of your own history should you trust? After fulfilling the almost twenty-five years of independence, these five nations find it difficult to find their own identity, anchored in a lapse between East and West, between the old and the new, in the middle of Asia, surrounded by powerful nations such as Russia and China. and controversial neighbors like Iran and Afghanistan. Ninety percent of Russians living in Tajikistan, two thirds of those living in Turkmenistan and half of those living in Uzbekistan have left. With that, Central Asia has been more “herself” in the last twenty-five years, at least ethnically. But the legacy of the Soviet Union weighs heavily on all – both economically and politically. While the majority of the politicians of the Soviet era are in power, there is little hope for change. As Murat told me, the only guide I had in Turkmenistan, when we crossed the desert from north to south:
-The generation of the Soviet is as it is. They do everything the way they used to.

2 pensamientos en “Sovietistán: Un Viaje Por Las Repúblicas De Asia Central — Erika Fatland / Sovjetistan. En Reise Gjennom Turkmenistan, Kasakhstan, Tadsjikistan, Kirgisistan Og Usbekistan (Sovjetistan: A Trip To Kasakhstan, Kirgisistan, Tadsjikistan, Turkmenistan And Usbekistan) by Erika Fatland

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