La Conquista De Ámerica Contada Para Escépticos — Juan Eslava Galán / The Conquest Of America Telling For Skeptics by Juan Eslava Galán (spanish book edition)

El tema podría resultar algo pesado en manos de otro escritor, es un libro muy entretenido y uno ansía el momento de seguir leyendo. En parte le ayuda que los capítulos sean cortos y muy amenos, con muchas anécdotas. Estoy de acuerdo con otro lector que dice que hasta los pies de página son fascinantes. Se lee como una novela y, a pesar de ser un tema muy manido, he aprendido muchas cosas, algunas sorprendentes. Los diálogos son coloquiales y tienen su toque de humor, pero sin resultar forzados en absoluto. Por otro lado, es todo lo objetivo que se puede ser, no hay realmente “malos y buenos” sino que intenta reflejar las cosas como fueron, con sus luces y sombras. Desmitifica un poco la famosa leyenda negra pero sin irse al extremo opuesto.

* Otro acierto seguro del maestro Eslava, siguiendo su línea escéptica disfrutará el lector de un paseo aséptico sin complejos de lo que fue una de las mayores epopeyas de la humanidad, con sucinta descripción de las luces y sombras por parte de todos los implicados.

* Como no podía ser de otra manera, en este libro se disfrutan hasta las notal al pie, contadas con el estilo único y especial del autor, del que no podemos obviar ese toque de humor que hace de la lectura un ocio fértil .

* Lograr mantener la atención y el deseo de leer esta extensa obra (la cual divide en tres libros) desde el comienzo con los viajes de Colón, la Conquista de México y por último la del Perú no es baladí, y menos aún, aportando tanta información veraz.

* A modo de conclusión una obra excelente que no defrauda a los que seguimos al autor desde hace años, desmitificadora como es la IMPAGABLE conclusión del libro y sus perdones, realizada para sustraer al lector de esos perjuicios atávico y estúpidos que atenazan al ciudadano medio, alejándole de nacionalismos baratos y falsas bonhomías.

Hace cinco siglos la situación era muy distinta. La única especia que se producía en Europa era el azafrán. Las restantes procedían de las regiones tropicales de Asia y de las islas Molucas, en Indonesia. Cuando llegaban a Europa, después de pasar por muchos intermediarios, alcanzaban precios exorbitantes. La pimienta aumentaba su precio treinta veces; la nuez moscada, seiscientas veces. Un negocio de ese calibre solo es comparable al de la cocaína en nuestros días, solo que entonces era perfectamente respetable. En una mesa pudiente medianamente servida aparecían hasta seis platos sucesivos de carne, lo que planteaba un problema: ¿cómo conseguir que la misma carne insípida adquiriera distintos sabores en sucesivos platos?. La solución consistía en adobar la carne con una variedad de salsas especiadas. La combinación de pimienta, clavo, canela y nuez moscada en distintas proporciones permitía confeccionar cinco o seis recetas diferentes a partir de la misma carne simplona. Otro efecto de las salsas especiadas era el de disimular los sabores de una carne medio putrefacta (frecuente en un mundo sin refrigeración), así como los de la salvajina, ese hedor que desprende la carne de caza mayor (jabalíes, muflones…). También se adobaban las bebidas: una cerveza mediocre se mejoraba con jengibre; el vino picado, con canela y clavo. Las especias además tenían un uso medicinal: los galenos de la época quizá no alcanzaban a conocer sus propiedades bactericidas y fungicidas, pero en cualquier caso las recetaban en la creencia de que su consumo regulaba los humores de los que dependía la salud. En fin, que las especias de la India eran insustituibles.

—¿Y las especias y las sedas?

—Esas las traen otras caravanas de Alejandría y de Oriente.

Después de breve reflexión, el mercader añadió:

—La verdadera riqueza está en los productos de além mar (ultramar).

Los productos de além mar. ¿Cómo hacerse con ellos? Con apenas veintiún años el infante don Enrique ideó un ambicioso plan. Si Portugal se había formado como nación peleando contra los moros y reconquistando su territorio, ¿por qué no conquistar Ceuta que también es de los moros?. El plan de don Enrique convenció al rey. Armaron una escuadra de doscientas barcazas y se adueñaron de Ceuta y de sus almacenes. ¡Qué riquezas! El botín compensó sobradamente los gastos. La apertura del cabo Bojador despejó el camino de África a los navegantes portugueses. En expediciones sucesivas, cada una de las cuales se atrevía a llegar más lejos que la anterior, los marinos portugueses rebasaron el desierto del Sáhara y alcanzaron Guinea, la zona poblada del continente negro, el origen del oro y los esclavos. El infante don Enrique había conseguido su objetivo. Instalado en Sagres, en el extremo suroccidental del Algarve, donde los vientos del noreste (o alisios portugueses) invitan a viajar al sur, organizó flotas de carabelas que bajaban a Guinea. Como los antiguos fenicios, los portugueses establecieron factorías en islas o penínsulas del litoral, meros enclaves comerciales custodiados por gente armada donde sus mercaderes comerciaban con los jefes de tribu locales. Aquello era la gallina de los huevos de oro: los caciques negros entregaban oro en polvo, esclavos, colmillos de elefante y pimienta malagueta a cambio de viles mercancías, o sea, baratijas de todo a cien (ropa usada, gorros marineros, paños baratos, cuchillitos, cascabeles, almireces, espejitos, cuentas de vidrio…, incluso los platos de los tiestos que se rompían).

Al comienzo de la guerra, en 1475, los Reyes Católicos habían animado a sus súbditos a participar en los rescates de Guinea. Predicando con el ejemplo, los propios reyes armaron en 1478 dos grandes flotas, una para competir con los portugueses en Guinea y la otra para conquistar la isla de Gran Canaria. Las dos flotas fracasaron; la canaria no logró conquistar su objetivo y la guineana fue apresada a su regreso por otra flotilla portuguesa que bajaba a los rescates. Esta flota, compuesta por tres docenas de carabelas, ancló prudentemente en una angosta bahía a un día de navegación de la Mina y allí negoció durante un mes con los caciques de la zona, rescatando de ellos buena cantidad de oro. Cegado por la codicia, el capitán decidió prolongar su estancia en aquellas peligrosas aguas otro mes para rescatar más oro. Seguros de que las riquezas de África les pertenecían, los portugueses edificaron un fuerte, San Jorge de la Mina (1482), en una islita de la Costa de Oro, base de apoyo de futuras expediciones y almacén de exportaciones. Los negocios africanos de los lusos aconsejaron la apertura de un emporio comercial, la Casa de Guinea y la Mina, en Lagos, el puerto principal del Algarve, a la que acudían mercaderes de toda la cristiandad.

En su tiempo, Colón no fue muy famoso. Ahora lo es en buena parte por la reivindicación y apropiación que han hecho del personaje los italianos emigrados a América y los escritores románticos del siglo XIX que lo elevaron a la categoría de héroe. En su época no alcanzó gran notoriedad, lo que explica que no dispongamos de un retrato de Colón mínimamente fiable y la enorme disparidad que existe entre los que lo representan. ¿Un secreto geográfico? Sí, pero también un secreto marinero que lo complementaba: la ruta idónea que aprovechaba los vientos y las corrientes favorables para ir y para regresar de aquellas tierras. La ida bajando hasta las Canarias, el tornaviaje subiendo a la altura de la península de Florida. De esta manera, además de los contralisios, se aprovechaba la corriente del Golfo, un torbellino de agua de unos mil kilómetros de ancho, provocado por el movimiento de rotación de la Tierra. El secreto de Colón implicaba que alguien, un hipotético prenauta, había explorado aquellas tierras y había regresado para contarlo. Colón había vertido a millas italianas las estimaciones de prestigiosos cosmógrafos árabes sobre la medida de la circunferencia de la Tierra. Craso error. De este modo su cálculo reducía la circunferencia terrestre en un 25 por ciento (la adelgazaba hasta dejarla en treinta mil kilómetros). Colón insistió, terco, pero se guardó de revelar que sabía de buena tinta (o eso creía, porque era hombre de fe) que a cierta distancia de la isla de El Hierro existían unas islas (las Antillas Menores y Haití) desde las que fácilmente se alcanzaba Cipango (Japón). Ya estamos viendo que los cálculos de los expertos eran más exactos que los de Colón. De hecho, a pesar de su experiencia, el genovés no estaba muy versado en el arte de navegar por los astros. ¡Pobre Colón, de puerta en puerta con su proyecto! Si finalmente resultó, se debió simplemente a que en medio del océano estaba América, algo que nadie podía prever. De no mediar esta circunstancia, las reservas de agua de la expedición colombina se hubieran agotado antes de alcanzar las costas de Asia y los expedicionarios habrían perecido de sed, pero Colón jugaba con ventaja ya que conocía de antemano la existencia de islas, aunque las identificara erróneamente con Japón.

Existe cierta discusión académica, entreverada de alguna tontería nacionalista, sobre la islita del archipiélago de las Bahamas en la que desembarcó Colón. Antes se creía que fue en Watling, pero cuando redacto estas líneas va ganando Cayo Samaná. Dijimos que los nativos la llamaban Guanahaní (eso le pareció a Colón, a lo mejor lo que querían decir era suelo cuando el almirante les preguntaba cómo se llama esto apuntando con el índice a la tierra). Colón tomó posesión de ella, y del resto del archipiélago, en nombre de los reyes y la bautizó San Salvador para gloria de Dios que se la había manifestado y lo había salvado de muchos peligros. Su segunda escala fue Long Island (que nombró Fernandina). De allí pasó a Crooked Island (La Isabela) y de allí a Cuba (que llamó Juana, por el príncipe don Juan heredero de los reyes). La costeó unos días y, al comprobar que era grande, envió exploradores que regresaron con la noticia de haber encontrado mucha gente, mujeres y hombres, con un tizón en la mano e hierbas para tomar sus sahumerios que acostumbraban. Ni rastro de palacios de jade con tejados de oro, nada de las sedas y joyas de ensueño, nada de los refinamientos chinos que Marco Polo había descrito, nada de especias, nada de nada.

No era solo Colón. La obsesión por el oro o la plata surge repetidamente en las crónicas y escritos indianos. Es el verdadero motor de los conquistadores (después del empeño por cristianar a los indios): Nosotros, los españoles, padecemos una enfermedad del corazón para la que hallamos remedio en el oro, y solo en el oro, le confesará Hernán Cortés al emperador azteca. Durante tres meses, Colón recorrió el mar de las Antillas como pollo sin cabeza, de isla en isla, atropelladamente, dudando sobre qué rumbo seguir, esperando siempre que la siguiente escala fuera el fabuloso Japón donde, recordemos, los tejados y el enlosado de las calles son de oro. En vano. Colón andaba tan crecido que pretendía regresar a las tierras descubiertas con un nutrido séquito de continos u oficiales nombrados directamente por él, sus leales; como si dijéramos, su propia corte.

Colón se mostró un pésimo gobernante. Obsesionado con el oro, intentó convertir en mineros a los nativos, lo que provocó que muchos de ellos escaparan a las montañas lejos de las zonas pobladas por españoles. Los dos funcionarios de la Corona que gozaban de cierta independencia en la isla, el fraile Bernardo Boil, primer vicario en las Indias, y el capitán Pedro Margarit, determinaron regresar a España para denunciar las arbitrariedades de Colón y sus hermanos.

La conquista de América no fue, como se cree, una empresa estatal, o al menos solo lo fue al principio. Después se convirtió en una empresa privada. Los conquistadores no eran soldados enviados por la Corona, sino aventureros que buscaban riqueza y medro en unas tierras donde hay más oro y plata que hierro en Vizcaya, y más ovejas que en Soria. La Corona concedía permiso (carta de merced) a un particular para que organizara, a sus expensas, una conquista o poblamiento, pero ella raramente ponía un duro, aunque se reservaba la quinta parte del botín cobrado, así como la titularidad de las nuevas tierras con sus súbditos y vasallos que en adelante le pagarían impuestos (en producto o en trabajo).

Los indios del Caribe y del Darién apenas habían salido de la Edad de Piedra. Por el contrario, los de Mesoamérica (mayas y mexicas) constituían una civilización incluso más avanzada que la europea en algunos aspectos, aunque vivían en la Edad del Cobre (grave fallo el de ignorar el hierro) y no conocían la escritura alfabética ni la moneda. Ese atraso les acarrearía la ruina. Mayas y mexicas (e incas) habían avanzado en matemáticas, en arquitectura, en ingeniería hidráulica, en astronomía, en medicina e incluso en literatura. En el caso de los incas, incluso trabajaban la piedra como ningún otro pueblo del mundo lo ha hecho. Algún autor ha comparado el Imperio inca con el Egipto faraónico: disponían de calzadas, ciudadelas, grandes templos y pirámides escalonadas, y el santuario y palacio de Machu Picchu (construido por el emperador Pachacútec hacia 1450).

Cortés conquistó el Imperio mexica gracias a la ayuda de una serie de pueblos sometidos (tlaxcaltecas, chalcas, otomíes…) que no dudaron en ayudar al extranjero con tal de desembarazarse de aquel poder abusón. Siglos después, los criollos (españoles nacidos en América, como el cura Morelos) se independizaron de España, también con ayuda de unos indios poco o mal asimilados a la cultura española, que constituían las clases populares. Desligado de Cortés, el recién estrenado capitán general organizó una expedición al oro inca. Logró abrirse camino por la inextricable selva ecuatoriana, una hazaña que le costó la vida de casi todos sus hombres; pero cuando llegó a las tierras de Quito, encontró huellas de herraduras en el barro. Gran decepción: otros españoles, los de Pizarro, se le habían adelantado. Alvarado y los hombres de Pizarro se encontraron con sus respectivas tropas a las afueras de Riobamba. Alcanzaron un acuerdo: Alvarado desistía de la empresa a cambio de una indemnización de cien mil pesos de oro. El inquieto Tonatiuh ideó un nuevo plan que lo haría definitivamente rico (aparte de traer almas de infieles a la verdadera religión, naturalmente): llegar por el mar del Sur a la especiería y a las Molucas, y abrir esa vía en competencia con los portugueses (recordemos que, según los tratados de los Reyes Católicos con Portugal, parte de las Molucas pertenecían a España). Tenía ya casi aparejadas las naves cuando lo requirieron para reprimir una rebelión de los indios caxcanes y chichimecas en Nueva Galicia (hoy estado de Jalisco, México). En esta acción menuda murió Alvarado, el Sol, de manera nada heroica, aplastado accidentalmente por el caballo del escribano Baltasar de Montoya. Lo llevaron agonizante a un poblado cercano y allí falleció cristianamente el 4 de julio de 1541. Se había casado hacía poco con la hermana de su primera mujer Beatriz de la Cueva, llamada la Sin Ventura, que pocos meses después lo siguió a la tumba.

La conquista del Incario acarreó consecuencias universales: las transferencias de oro y plata del Perú alteraron la economía europea y especialmente la española. Con la abundancia de numerario, nuestros reyes echaron la casa por la ventana y se implicaron en empréstitos para financiar guerras y empresas que a la postre acarrearían la ruina de la nación. Entre las consecuencias positivas cabría señalar la aclimatación de la patata, que desde entonces mitigó las estacionales hambrunas del Viejo Continente.

La mítica ciudad de El Dorado con la que soñaban los conquistadores, en la que el oro abundaba como los cantos en los pedregales de Castilla, no apareció por parte alguna, pero los dos extensos territorios incorporados al Imperio español eran ya suficientemente ricos, y además se descubrieron en ellos dos buenos filones de plata (Zacatecas, en México, y Potosí, en el Perú). Todavía en España se escucha la ponderativa expresión vales un Potosí. La Corona española instituyó sendos virreinatos, el de Nueva España, en México, y el de Lima, en el Perú. América no era la India, no había especias, no había pagodas con los techos de oro, pero comenzaba a ser rentable. Sin olvidar la cantidad de paganos que, iluminados por los misioneros, se incorporaban a la fe de Cristo. La burocracia imperial dotó las nuevas tierras americanas con algunas instituciones básicas. Las nuevas ciudades fundadas en los territorios incorporados a la Corona, muchas de ellas con nombres españoles (Córdoba, Toledo, Jaén…), se dotaron de cabildos municipales, de gobernadores (corregidores) y de tribunales de justicia, dependientes de sus correspondientes audiencias, en Santo Domingo, en México, en Guatemala, en Lima, en Bogotá, y de alguna que otra universidad. Como cualquier territorio de la Corona española, América también disfrutó de tribunales de la Inquisición en Lima y México (desde 1569), y en Cartagena de Indias (1610).

Los Austrias no invirtieron en España el dinero extraído de América. Antes bien, lo derrocharon en empresas ruinosas, sin otro objetivo que luchar contra el protestantismo y mantener los intereses de la casa de Austria en Europa: costosos ejércitos y continuas guerras, para las que constantemente solicitaban préstamos a los banqueros extranjeros, siempre a intereses usurarios sobre el fiado de la plata americana de la flota siguiente. Por otra parte, la defensa de las colonias americanas y de la flota mercante contra los piratas y corsarios franceses, ingleses y holandeses se fue encareciendo hasta alcanzar proporciones alarmantes. En el siglo XVIII absorbía tres cuartas partes de lo recaudado. A la postre, fueron Inglaterra, Holanda y los banqueros italianos y alemanes los que recogieron los frutos de tanto esfuerzo y sacrificio.

La leyenda negra. Nuestros compadres y colegas europeos, no solo los alemanes y los belgas, sino sus vecinos ingleses, holandeses y franceses que en su tiempo rivalizaron con España, se muestran olvidadizos con los episodios menos edificantes de su historia, pero tienen cumplida noticia de los trapos sucios de la nuestra. El libro del bienintencionado pero excesivo padre De las Casas que ponía a caer de un burro a sus compatriotas se tradujo rápidamente al francés, inglés, holandés, alemán y latín, e inspiró toda clase de libelos contra España y su colonización. Estos panfletos gozaron de gran difusión entre los países enemistados con el poderío de España, que entonces eran casi todos, y contribuyó a la leyenda negra. Más perniciosos aún que los panfletos fueron los populares dibujos del grabador De Bry, que representaban las crueldades y torturas que los españoles supuestamente infligían a los indios. Cuando diferenciamos los dos tipos de imperialismo, conviene considerar que los conquistadores españoles eran sujetos del siglo XVI, casi contemporáneos de las crueldades de la Guerra de los Treinta Años que ensangrentó el suelo europeo, en la que los dos bandos saqueaban, violaban y degollaban por sistema, los suecos torturaban por placer y los croatas se adornaban los sombreros con orejas y narices amputadas. Por el contrario, los gobiernos que exterminaron sistemáticamente a las tribus indias en el siglo XIX estaban formados por hombres cultos que habían pasado por el tamiz humanizador de la Ilustración. En 1830, el Gobierno norteamericano dictó la Ley del Traslado Forzoso que obligaba a los indios a migrar al oeste del Misisipi. El 20 de junio de 1837, el Ejército de Estados Unidos emprendió otra campaña de distribución de mantas, procedentes de enfermos de viruela del hospital militar de St. Louis, a los indios en torno a Fort Clark (Dakota del Norte). Cuando enfermaron, se les aconsejó apartarse de los otros enfermos, con lo que extendieron la pandemia a las otras tribus del territorio. Después, en la expansión norteamericana hacia el Oeste (por el destino manifiesto), volvieron los indios a ser un estorbo y los colonos y el Ejército exterminaron poblados enteros. Hoy los indios restantes, que son poquísimos en comparación con lo que fueron, están estabulados en reservas, en las que viven de los casinos de juego y del turismo. Los ingleses que colonizaron Australia en el siglo XVIII arrebataron a los supervivientes las tierras fértiles de la costa y los empujaron al desierto del interior, donde terminaron de extinguirse. Los que sobreviven hoy son una exigua minoría que no pasa de ser una curiosidad antropológica. Los aborígenes tasmanos habían conservado, como en una cápsula del tiempo, su sociedad preneolítica de cazadores y recolectores, pero resultaban extremadamente feos y bajitos para el gusto de los ingleses que los descubrieron. Consecuentemente, los oficiales de su graciosa majestad decidieron que aquellos impresentables no servían ni para esclavos, y los exterminaron a partir de 1803 a fin de despejar el terreno para sus colonos (la llamada guerra negra).

¿Qué falla en ciertos países hispanoamericanos que siendo ricos siguen siendo inestables política, social y económicamente dos siglos después de su independencia? ¿A quién culpar? Algunos ven el origen de todos sus males en la colonización y la sangre española. España resulta en ese sentido un útil chivo expiatorio que carga con las culpas de la comunidad. El subdesarrollo y la inestabilidad política nunca es achacable a la élite criolla que sucedió a los españoles en la explotación de los indios. No, la culpa es de la herencia española. ¡Pero la herencia española son ellos!. El contraste entre la prosperidad de Estados Unidos de América y la pobreza y conflictividad de Hispanoamérica ¿se debe a que los yanquis descienden de las colonias anglosajonas y los criollos de las colonias españolas?. Más bien no. Cuando las colonias británicas se independizaron, no constituían ni la sombra de la gran potencia que serían después. La prosperidad les llegó cuando ya eran independientes, en parte debido a la masiva inmigración de europeos que arribaban a la isla de Ellis ya formados y deseosos de abrirse camino en una nueva sociedad, más igualitaria que la que dejaban en Europa. A pesar de las muchas lacras y contradicciones achacables a la colonización española, no puede negarse que España extendió al continente americano la savia civilizadora de Grecia y Roma, de la que se nutre el más fértil y poderoso tronco de la humanidad, y eso es un valor estable y en alza cuando ya han periclitado los discursos paternalistas de la hispanidad.

No pedimos perdón por el desastre en que sumieron a sus países los criollos triunfantes en las independencias, al romper todo el sistema comercial y administrativo virreinal, para convertirse en cacicatos de millones de kilómetros cuadrados.

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The subject could be something heavy in the hands of another writer, it is a very entertaining book and one longs for the moment to continue reading. In part it helps that the chapters are short and very enjoyable, with many anecdotes. I agree with another reader who says that even the footnotes are fascinating. It reads like a novel and, despite being a very busy subject, I have learned many things, some surprising. The dialogues are colloquial and have a touch of humor, but without being forced at all. On the other hand, it is as objective as it can be, there are not really “bad and good” but it tries to reflect things as they were, with their lights and shadows. It demystifies a little the famous black legend but without going to the opposite extreme.

* Another sure hit of the master Eslava, following his skeptical line will enjoy the reader of an aseptic walk without complexes of what was one of the greatest epics of humanity, with a succinct description of the lights and shadows on the part of all those involved.

* How could it be otherwise, in this book are enjoyed until the notal at the foot, counted with the unique and special style of the author, which can not ignore that touch of humor that makes reading a fertile leisure.

* Achieve the attention and desire to read this extensive work (which divides into three books) from the beginning with the trips of Columbus, the Conquest of Mexico and finally the Peru is not trivial, and even less, providing so much truthful information.

* As a conclusion an excellent work that does not disappoint those who followed the author for years, demystifying as the book’s IMPECCABLE conclusion and its pardons, made to subtract the reader from those atavistic and stupid damages that grip the average citizen, moving away from cheap nationalisms and false bonhomies.

Five centuries ago the situation was very different. The only spice that was produced in Europe was saffron. The rest came from the tropical regions of Asia and the Moluccan Islands, in Indonesia. When they arrived in Europe, after going through many intermediaries, they reached exorbitant prices. Pepper increased its price thirty times; the nutmeg, six hundred times. A business of that caliber is only comparable to that of cocaine today, only then it was perfectly respectable. In a moderately served table, up to six successive plates of meat appeared, which posed a problem: how to get the same insipid meat to acquire different flavors in successive dishes? The solution was to marinate the meat with a variety of spicy sauces. The combination of pepper, clove, cinnamon and nutmeg in different proportions allowed to make five or six different recipes from the same simple meat. Another effect of the spicy sauces was to disguise the flavors of a half rotten meat (common in a world without refrigeration), as well as sausage, that stench that gives off the meat of big game (wild boar, mouflon …). The drinks were also marinated: a mediocre beer was enhanced with ginger; the chopped wine, with cinnamon and cloves. The spices also had a medicinal use: the physicians of the time perhaps did not get to know their bactericidal and fungicidal properties, but in any case they prescribed them in the belief that their consumption regulated the humors that depended on health. In short, that the spices of India were irreplaceable.

-And spices and silks?

-These are brought by other caravans from Alexandria and the East.

After a brief reflection, the merchant added:

“The real wealth is in the products of além mar (overseas).

The products of além mar. How to get hold of them? With just twenty-one years the infant Don Enrique devised an ambitious plan. If Portugal had been formed as a nation fighting against the Moors and reconquering its territory, why not conquer Ceuta which is also of the Moors ?. Don Enrique’s plan convinced the king. They set up a squadron of two hundred barges and seized Ceuta and its stores. What riches! The booty more than compensated the expenses. The opening of Cape Bojador cleared the way of Africa to the Portuguese navigators. In successive expeditions, each of which dared to go further than the previous one, the Portuguese sailors crossed the Sahara desert and reached Guinea, the populated area of the black continent, the origin of gold and slaves. The Infante Don Enrique had achieved his goal. Installed in Sagres, in the southwestern corner of the Algarve, where the northeasterly winds (or Portuguese trade winds) invite to travel to the south, organized caravel fleets that went down to Guinea. Like the ancient Phoenicians, the Portuguese established factories on islands or peninsulas on the coast, mere commercial enclaves guarded by armed people where their merchants traded with local tribal chiefs. That was the chicken of the golden eggs: the black chieftains gave gold powder, slaves, tusks of elephant and pepper malagueta in exchange for vile goods, that is, trinkets of all a hundred (used clothes, sailor caps, cheap cloths, little knives, jingle bells, pestles, mirrors, glass beads …, even the dishes of the pots that broke).

At the beginning of the war, in 1475, the Catholic Kings had encouraged their subjects to participate in the rescues of Guinea. Preaching by example, the kings themselves armed in 1478 two large fleets, one to compete with the Portuguese in Guinea and the other to conquer the island of Gran Canaria. The two fleets failed; the Canary Islands failed to achieve their goal and the Guinean was captured on her return by another Portuguese flotilla that came down to the rescues. This fleet, composed of three dozen caravels, anchored prudently in a narrow bay to a day’s navigation of the mine and there negotiated for a month with the caciques of the area, recovering a good amount of gold from them. Blinded by greed, the captain decided to prolong his stay in those dangerous waters another month to rescue more gold. Confident that the riches of Africa belonged to them, the Portuguese built a fort, San Jorge de la Mina (1482), on an island of the Costa de Oro, support base for future expeditions and an export warehouse. The African businesses of the Lusos advised the opening of a commercial emporium, the House of Guinea and the Mine, in Lagos, the main port of the Algarve, to which merchants of all Christendom came.

In his time, Columbus was not very famous. Now it is largely due to the claim and appropriation that have made the character of the Italians emigrated to America and romantic writers of the nineteenth century that elevated him to the category of hero. In his time he did not achieve great notoriety, which explains why we do not have a minimally reliable portrait of Columbus and the enormous disparity that exists between those who represent him. A geographical secret? Yes, but also a sailor secret that complemented it: the ideal route that took advantage of the favorable winds and currents to go and return from those lands. The going down to the Canaries, the tornaviaje rising to the height of the Florida peninsula. In this way, in addition to the contralisios, the current of the Gulf was taken advantage of, a vortex of water of a thousand kilometers in width, caused by the movement of rotation of the Earth. The secret of Columbus implied that someone, a hypothetical prenaut, had explored those lands and had returned to tell about it. Columbus had poured into Italian miles the estimates of prestigious Arabian cosmographers on the measure of the circumference of the Earth. Big mistake. In this way, his calculation reduced the circumference of the earth by 25 percent (he thinned it down to thirty thousand kilometers). Colón insisted, stubbornly, but he kept from revealing that he knew on good (or so he thought, because he was a man of faith) that some distance from the island of El Hierro there were some islands (the Lesser Antilles and Haiti) from which easily Cipango (Japan) was reached. We are already seeing that the calculations of the experts were more accurate than those of Columbus. In fact, despite his experience, the Genoese was not well versed in the art of navigating the stars. Poor Columbus, from door to door with his project! If it finally turned out, it was simply because America was in the middle of the ocean, something no one could foresee. If this circumstance does not exist, the water reserves of the Columbian expedition would have been exhausted before reaching the coasts of Asia and the expeditionaries would have perished of thirst, but Columbus played with advantage since he knew in advance the existence of islands, although he identified them wrongly with Japan.

There is some academic discussion, mixed with some nationalistic nonsense, about the island of the archipelago of the Bahamas in which Columbus landed. Before, it was believed that it was in Watling, but when I write these lines Gaius Samaná is winning. We said that the natives called it Guanahani (that seemed to Columbus, maybe what they wanted to say was ground when the admiral asked them what this is called by pointing the index to the ground). Columbus took possession of her, and of the rest of the archipelago, in the name of the kings and baptized her San Salvador for the glory of God who had manifested it and saved him from many dangers. His second stop was Long Island (which he named Fernandina). From there he went to Crooked Island (La Isabela) and from there to Cuba (which he called Juana, for the Prince Don Juan, heir to the kings). He paid for it for a few days and, finding that it was large, sent scouts who returned with the news that they had met many people, women and men, with a brand in their hands and herbs to take their usual incense. No trace of jade palaces with gold roofs, nothing of silks and dream jewels, nothing of the Chinese refinements that Marco Polo had described, no spices, nothing at all.

It was not only Columbus. The obsession with gold or silver arises repeatedly in the Indian chronicles and writings. It is the real engine of the conquistadors (after the effort to Christianize the Indians): We, the Spaniards, suffer from a heart disease for which we find remedy in gold, and only in gold, Hernán Cortés will confess to the Aztec emperor . For three months, Columbus traveled the West Indies as a headless chicken, from island to island, in a hurry, doubting which way to go, always waiting for the next stop to be the fabulous Japan where, remember, the roofs and the paving of the streets are golden. In vain. Columbus was so grown up that he wanted to return to the uncovered lands with a large entourage of continos or officers appointed directly by him, his loyal ones; as if we were saying, his own court.

Columbus was a lousy ruler. Obsessed with gold, he tried to convert the natives into miners, which caused many of them to escape to the mountains far from areas populated by Spaniards. The two officials of the Crown who enjoyed a certain independence on the island, the friar Bernardo Boil, first vicar in the Indies, and Captain Pedro Margarit, determined to return to Spain to denounce the arbitrariness of Columbus and his brothers.

The conquest of America was not, as it is believed, a state enterprise, or at least it was only at the beginning. Then it became a private company. The conquerors were not soldiers sent by the Crown, but adventurers who sought wealth and prosperity in lands where there is more gold and silver than iron in Vizcaya, and more sheep than in Soria. The Crown granted permission (letter of mercy) to an individual to organize, at his expense, a conquest or settlement, but she rarely put a hard, although reserved a fifth of the booty charged, as well as the ownership of new land with his subjects and vassals who from then on would pay him taxes (in product or work).

The Indians of the Caribbean and Darien had barely left the Stone Age. On the contrary, Mesoamericans (Mayas and Mexicas) constituted a civilization that was even more advanced than the European civilization in some aspects, although they lived in the Copper Age (a serious failure to ignore iron) and did not know the alphabetic writing nor the currency . That delay would bring ruin to them. Mayas and Mexicas (and Incas) had advanced in mathematics, architecture, hydraulic engineering, astronomy, medicine and even literature. In the case of the Incas, they even worked the stone like no other town in the world has done. Some authors have compared the Inca Empire with Pharaonic Egypt: they had roads, citadels, great temples and stepped pyramids, and the sanctuary and palace of Machu Picchu (built by Emperor Pachacutec around 1450).

Cortés conquered the Mexica Empire thanks to the help of a series of subjugated peoples (Tlaxcaltecas, Chalcas, Otomíes …) who did not hesitate to help the foreigner in order to get rid of that abusive power. Centuries later, the Creoles (Spaniards born in America, like the priest Morelos) became independent from Spain, also with the help of some Indians little or poorly assimilated to the Spanish culture, who constituted the popular classes. Detached from Cortés, the newly released Captain General organized an expedition to the Inca gold. He managed to make his way through the inextricable Ecuadorian jungle, a feat that cost the lives of almost all his men; but when he reached the land of Quito, he found footprints of horseshoes in the mud. Great disappointment: other Spaniards, those of Pizarro, had gone ahead of him. Alvarado and Pizarro’s men met their respective troops outside Riobamba. They reached an agreement: Alvarado was leaving the company in exchange for compensation of one hundred thousand pesos of gold. The restless Tonatiuh devised a new plan that would definitely make him rich (apart from bringing souls of infidels to the true religion, of course): arriving by the South Sea to the spice and the Moluccas, and opening that way in competition with the Portuguese ( remember that, according to the treaties of the Catholic Monarchs with Portugal, part of the Moluccas belonged to Spain). The ships were almost ready when they required it to suppress a rebellion of the Caxcan and Chichimec Indians in Nueva Galicia (now the state of Jalisco, Mexico). In this petite action Alvarado, the Sun, died in an unheroic way, accidentally crushed by the scribe’s horse Baltasar de Montoya. He was taken agonizing to a nearby village and there he died Christianly on July 4, 1541. He had recently married the sister of his first wife Beatriz de la Cueva, called Sin Ventura, who a few months later followed him to the grave.

The conquest of the Incario brought universal consequences: the transfers of gold and silver from Peru altered the European economy and especially the Spanish economy. With the abundance of cash, our kings threw the house out of the window and were involved in loans to finance wars and companies that would eventually bring the ruin of the nation. Among the positive consequences should be noted the acclimatization of the potato, which since then mitigated the seasonal famines of the Old Continent.

The mythical city of El Dorado with which the conquistadors dreamed, in which gold abounded like the songs in the rocky outcrops of Castile, did not appear anywhere, but the two extensive territories incorporated into the Spanish Empire were already rich enough, and in addition Two good silver reefs were discovered in them (Zacatecas, in Mexico, and Potosí, in Peru). Still in Spain you can hear the ponderative expression vales un Potosí. The Spanish Crown instituted two viceroyalties, that of New Spain, in Mexico, and that of Lima, in Peru. America was not India, there were no spices, there were no pagodas with golden roofs, but it was beginning to be profitable. Without forgetting the number of pagans who, enlightened by the missionaries, joined the faith of Christ. The imperial bureaucracy endowed the new American lands with some basic institutions. The new cities founded in the territories incorporated to the Crown, many of them with Spanish names (Córdoba, Toledo, Jaén …), were equipped with municipal councils, governors (corregidores) and courts of justice, dependent on their corresponding audiences, in Santo Domingo, in Mexico, in Guatemala, in Lima, in Bogotá, and from some other university. Like any territory of the Spanish Crown, America also enjoyed courts of the Inquisition in Lima and Mexico (since 1569), and in Cartagena de Indias (1610).

The Austrias dinasty  did not invest in Spain the money extracted from America. Rather, they squandered it on ruinous enterprises, with no other aim than to fight against Protestantism and maintain the interests of the Austrian house in Europe: costly armies and continuous wars, for which they constantly solicited loans from foreign bankers, always at usurious interests. on the credit of the American silver of the following fleet. On the other hand, the defense of the American colonies and the merchant fleet against the French, English and Dutch pirates and corsairs became more and more expensive until they reached alarming proportions. In the eighteenth century absorbed three quarters of the proceeds. In the end, it was England, Holland and the Italian and German bankers who reaped the fruits of so much effort and sacrifice.

The black legend. Our compadres and European colleagues, not only the Germans and the Belgians, but their English, Dutch and French neighbors who once competed with Spain, are oblivious to the less edifying episodes of their history, but they have fulfilled the news of dirty rags of ours. The book of the well-intentioned but excessive Father De las Casas, who put his countrymen down from a donkey, was quickly translated into French, English, Dutch, German and Latin, and inspired all kinds of libels against Spain and its colonization. These pamphlets enjoyed great diffusion among the countries at odds with the power of Spain, which at that time were almost all, and contributed to the black legend. More pernicious than the pamphlets were the popular drawings of the engraver De Bry, which represented the cruelties and tortures that the Spaniards supposedly inflicted on the Indians. When we differentiate the two types of imperialism, we should consider that the Spanish conquerors were subjects of the sixteenth century, almost contemporaneous with the cruelties of the Thirty Years War that bloodied the European soil, in which the two sides plundered, raped and slaughtered system, the Swedes tortured for pleasure and the Croats adorned the hats with ears and amputated noses. On the contrary, the governments that systematically exterminated the Indian tribes in the nineteenth century were educated men who had gone through the humanizing sieve of the Enlightenment. In 1830, the North American Government dictated the Law of the Forced Transfer that forced the Indians to migrate to the west of the Mississippi. On June 20, 1837, the Army of the United States undertook another campaign of distribution of blankets, coming from smallpox patients from the military hospital of St. Louis, to the Indians around Fort Clark (North Dakota). When they became ill, they were advised to separate themselves from the other patients, thus extending the pandemic to the other tribes of the territory. Later, in the North American expansion to the West (by manifest destiny), the Indians became a nuisance and the settlers and the army exterminated whole villages. Today the remaining Indians, who are very few compared to what they were, are They are stabled in reserves, where they live from gambling casinos and tourism. The English who colonized Australia in the eighteenth century snatched the fertile lands from the coast to the survivors and pushed them into the interior desert, where they ended up becoming extinct. Those who survive today are a tiny minority that is nothing more than an anthropological curiosity. The Tasmanian aborigines had preserved, as in a time capsule, their pre-neolithic society of hunters and gatherers, but they were extremely ugly and short for the taste of the English who discovered them. Consequently, the officers of his gracious Majesty decided that those unpresentable did not serve even for slaves, and exterminated them from 1803 in order to clear the land for their settlers (the so-called black war).

What fails in certain Latin American countries that being rich continue to be unstable politically, socially and economically two centuries after their independence? Who to blame? Some see the origin of all their evils in colonization and Spanish blood. Spain is in that sense a useful scapegoat that carries the guilt of the community. Underdevelopment and political instability is never attributable to the Creole elite that succeeded the Spaniards in the exploitation of the Indians. No, the fault lies with the Spanish heritage. But the Spanish heritage is them! The contrast between the prosperity of the United States of America and the poverty and conflict of Spanish America is due to the fact that the Yankees descend from the Anglo-Saxon colonies and the Creoles from the Spanish colonies. Rather not. When the British colonies became independent, they were not the shadow of the great power they would be after. The prosperity came to them when they were already independent, partly due to the massive immigration of Europeans who arrived to the island of Ellis and formed and eager to break into a new society, more equal than that left in Europe. In spite of the many blemishes and contradictions attributable to Spanish colonization, it can not be denied that Spain extended to the American continent the civilizing sap of Greece and Rome, from which the most fertile and powerful trunk of humanity is nourished, and that is a stable value and rising when they have periclitado the paternalistic discourses of Hispanidad.

We do not apologize for the disaster in which the triumphant criollos in the independences plunged their countries, breaking the entire commercial and administrative viceregal system, to become cacicatos of millions of square kilometers.

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