La Paradoja Del Riesgo: Por qué La Política Económica Tendrá Que Asumir Más Riesgos Si Quiere Salvarnos De La Próxima Crisis — Ángel Ubide / The Paradox of Risk – Leaving the Monetary Policy Comfort Zone by Ángel Ubide

Un lúcido análisis de las políticas económicas y de los mercados en los últimos años. Gran lectura de fondo para prepararse para la próxima crisis, donde se parte de la premisa el miedo de los bancos centrales a la inflación y a la asunción de riesgos obstaculizó sus esfuerzos por reactivar la prosperidad global. Y argumenta que los políticos hicieron que la recuperación fuera más débil.
Tras la Gran Crisis de 2008-2013 se ha llegado a un punto en el que se cree que toda deuda es mala de por sí, lo que hace imposible que la política fiscal pueda cumplir su función decisiva en la economía de cualquier país, ayudando a que los Estados miembros puedan salir de cada crisis recurrente. También resulta muy peligroso para los gobiernos tener que esconderse detrás del banco central y convertir la política monetaria en la única opción de la política económica.

Una década después de que estallara la crisis financiera, los principales bancos centrales siguen luchando con la finalidad de conseguir un marco sólido para lograr sus objetivos económicos de obligado cumplimiento. El crecimiento del PIB se ha restituido, pero, a pesar de los bajísimos tipos de interés, la inactividad económica sigue siendo considerable, la inversión indiferente y la inflación no ha recuperado de forma creíble niveles sostenibles seguros. La virulencia de la crisis pilló a los bancos centrales por sorpresa y, en muchos casos, se mostraron reticentes a ampliar sus paquetes de instrumentos. Incluso cuando reaccionaron de forma más enérgica, se encontraron con desconfianza y resistencia política. Las ofensivas oportunistas contra sus estrategias, en particular contra la compra de activos, obstaculizaron sus acciones y dificultaron aún más lograr la reflación. La eficacia de sus políticas recientes sigue poniéndose en duda, lo cual es justificable sólo en parte. Crece justificadamente la preocupación ante la necesidad de reevaluar premisas muy arraigadas.
El mundo cruzó su Rubicón financiero el 1 de marzo de 2016, aunque casi nadie se dio cuenta de ello. Japón, el país más endeudado del mundo, con una deuda pública de 2,5 veces su PIB, consiguió obtener dinero prestado a diez años al –0,02 por ciento. Los inversores estaban deseando pagar por el privilegio de prestar dinero al país con la ratio deuda pública/PIB más alta de la historia moderna.
Japón no estaba solo. A mediados de 2016, en el punto álgido, más de un tercio del total mundial de bonos —por valor de más de 10 billones de dólares— se cotizaban a tipos de interés negativos. Los récords se acumulaban. Después de que el Reino Unido votara a favor de abandonar la Unión Europea, la rentabilidad de los bonos en Estados Unidos y el Reino Unido, aunque todavía positiva, alcanzó mínimos históricos, más bajos que durante la Gran Depresión o las grandes guerras.
La paradoja del riesgo no sólo es aplicable a la política monetaria. Ningún banco central opera en el vacío. El consenso sobre las causas de la crisis se armó en torno al concepto de «la deuda es mala». Esta idea se sostenía en dos pilares: 1) una deuda financiera excesiva llevó a la crisis financiera y 2) una deuda fiscal excesiva llevó a la crisis de la zona euro y a la quiebra de Grecia. Por consiguiente, la conclusión fue que la deuda debía reducirse a toda costa. Este discurso fomentó el desapalancamiento del sector privado y la austeridad fiscal, y se convirtió en un viento de cara adverso de gran intensidad para la política monetaria. Después de una coordinada, aunque modesta y transitoria, expansión fiscal en 2009, los gobiernos de todo el mundo cantaron victoria prematuramente y procedieron al ajuste fiscal.

En la zona euro, la diabólica política de los planes de rescate afectó sobre todo a las relaciones entre países. Cuando el BCE adoptó su política de provisión ilimitada de liquidez a todos los bancos en sus subastas semanales, esta liquidez empezó a redistribuirse por los países de la zona euro en función de las características del sistema bancario de cada país, así como de las presiones del mercado. Los bancos de los países débiles tuvieron que aumentar su dependencia de la liquidez del BCE. Dado que el volumen total de liquidez que genera un banco central no puede abandonar el sistema (a menos que se convierta a moneda extranjera), el gran endeudamiento de algunos bancos de países deudores con el BCE se vio reflejado en los grandes depósitos que algunos bancos de países acreedores tenían en el BCE. En gran medida, esta distribución de liquidez reflejaba el comportamiento relativo de la economía de los países, sobre todo de sus sectores externos. El resultado fueron grandes depósitos por parte de bancos en Alemania y un gran endeudamiento por parte de bancos en países periféricos bajo presión.
Conceptualmente, el marco de actuación de un banco central tiene cuatro componentes principales:
• Los objetivos de la política monetaria y el marco temporal para lograrlos (por ejemplo, una tasa de inflación del 2 por ciento en dos años).
• Las herramientas para lograr los objetivos (por ejemplo, tipos de interés a corto plazo, compra de activos, intervención en el mercado de divisas).
• La estrategia para usar las herramientas (por ejemplo, una regla de la política que vincule el tipo de interés a corto plazo con las perspectivas de inflación).
• Los métodos de comunicación para explicar la estrategia a la ciudadanía (por ejemplo, comunicados que describan las decisiones, actas de las reuniones que expliquen las decisiones, previsiones…)
Cuando los tipos de interés son cero, la política monetaria tiene que operar a través de cambios directos en los tipos de interés a más largo plazo. Esto añade una dimensión extra, porque los tipos de interés real a largo plazo son una combinación de la media de tipos de interés a corto plazo previstos, la prima de plazo y la inflación prevista. Las políticas «no convencionales» (tanto la compra de activos como la forward guidance) operan influyendo en alguno de los elementos o en todos. Los cambios en la función de respuesta de la política, a través de una forward guidance explícita o del «efecto de señal» de la compra de activos, influyen en los tipos de interés a corto plazo previstos. El efecto de la escasez y de la duración de las compras de activos es el mayor determinante de la prima de plazo, aunque la forward guidance puede contribuir a través de su impacto en la reducción de la prima de plazo en vencimientos cortos de la curva de rendimiento. El mensaje completo que ofrece la política monetaria, que incluye la compra de activos, la guidance y el compromiso por alcanzar los objetivos de la política monetaria, afectan a las expectativas de inflación. Así pues, las políticas convencionales son sólo un caso especial de políticas no convencionales, con una excepción: cuando el arbitraje y el funcionamiento del mercado se alteran, se emplean las compras de activos y mecanismos de crédito para corregir la alteración, independientemente del nivel de tipos de interés a corto plazo.

Los bancos centrales tenían muchos elementos en su contra. En un contexto adverso, quisieron ser conservadores como medida de supervivencia. Corrieron algunos riesgos, a veces no suficientes, pero todos acabaron ofreciendo garantías y seguros.
Desde la crisis de 2008, cuando los mercados se vieron sorprendidos por las imprevistas interconexiones entre activos que generaron enormes pérdidas en el sector bancario mundial, los mercados se han vuelto hipersensibles a la posibilidad de que una «pequeña» perturbación pueda provocar otra crisis sistémica. Esta sensibilidad ha mantenido la aversión al riesgo más elevada de lo que habría sido en otras circunstancias, como quedó patente a principios de 2016, cuando la preocupación por la estabilidad del mercado de crédito de alto riesgo de Estados Unidos, la fuga de capitales en China, y las dudas sobre el sector bancario europeo, se combinaron para crear una sensación de pánico a medida que los inversores buscaban conexiones inesperadas.
La hipersensibilidad ante otra crisis ha mantenido bajos los niveles de asunción de riesgos. Naturalmente, las crisis financieras suelen aparecer donde nadie se espera; si se han creado o no focos de riesgo excesivo es algo que sólo se sabrá a posteriori. El exceso de confianza siempre es un riesgo. Con los datos que tenemos a día de hoy, la postura de la política monetaria contribuyó al incremento del precio de los activos, como se pretendía, pero a mediados de 2017 no había generado una asunción de riesgos excesiva. El análisis de la Fed fue que la vulnerabilidad financiera de la economía estadounidense era «moderada en comparación con períodos anteriores». Desde la perspectiva de la estabilidad financiera, los tipos de interés habían sido bajos, pero no demasiado bajos.

La represión financiera (es decir, el uso de la legislación o de una firme persuasión moral para mantener los tipos de interés anormalmente bajos) no provocó el descenso de los tipos de interés experimentado desde la crisis. Tradicionalmente, la represión financiera se ha utilizado para facilitar la financiación de los déficits públicos. Algunos ejemplos de represión fiscal son la exigencia de que las instituciones financieras nacionales posean cierta cantidad de bonos del Estado del país en cuestión. La política monetaria no es represión financiera. No ha mantenido los tipos anormalmente bajos. Los tipos de interés reales de equilibrio vienen determinados por el coste marginal del capital y basándose en el tipo de interés real de equilibrio, los bancos centrales fijan los tipos de interés a niveles que generan estabilidad de precios y crecimiento sostenible.
Toda decisión de política económica va a tener efectos redistributivos a corto plazo. En el caso de la política monetaria, asumiendo que a la relajación le seguirá algún día el endurecimiento, el impacto redistributivo debería ser prácticamente neutro dado que los efectos generados durante la relajación deberían contrarrestarse en gran parte durante el endurecimiento, aunque la naturaleza asimétrica de los ciclos de relajación y endurecimiento implica que esta compensación puede no ser perfecta. El aumento de la desigualdad que puede crear la política monetaria no es razón para que esta última no se relaje. Es una razón para abordarla con políticas compensatorias que neutralicen su posible impacto distributivo.

Los bancos centrales se adentraron en la crisis con la esperanza de volver pronto a las políticas estándar de tipos de interés, pero pasarán la mayor parte de una década con tipos de interés cero, y es muy probable que la próxima recesión llegue con unos tipos de interés todavía muy bajos. Al mismo tiempo, la confianza en los bancos centrales ha disminuido.
Los bancos centrales necesitan intensificar y mejorar su comunicación con la población para recuperar la confianza de la ciudadanía. Pueden adoptar varias medidas para mejorar su comunicación.
Primero, deberían cambiar el lenguaje que emplean para comunicar sus políticas. Deben dejar de usar el término no convencional para describir la compra de activos, los tipos de interés negativos o la forward guidance, ya que todo eso forma parte del arsenal de herramientas que cualquier banco central debe tener a su disposición. Del mismo modo, deberían dejar de hablar de salir (por ejemplo, salir de los tipos de interés cero). Deberían hablar de añadir o reducir acomodación, que describen un proceso continuo, no de salida, lo cual lleva a pensar en un proceso discontinuo. Y deberían dejar de usar conceptos negativos para describir sus políticas. Hacerlo crea confusión y sentimiento negativo, y fomenta la oposición política a esas estrategias.
En segundo lugar, los bancos centrales, especialmente el BCE, deben recalcar de manera explícita que sus objetivos de inflación son simétricos. La formulación «cerca pero por debajo» del BCE es un obstáculo ante la necesidad de aumentar la inflación y las expectativas de inflación, ya que crea confusión entre los políticos, los responsables públicos y los actores del mercado. Esta falta de concreción en su mandato es una razón fundamental de que el BCE haya adoptado de manera sistemática una política monetaria excesivamente restrictiva.
En tercer lugar, es importante preparar mejor al público para que los bancos centrales puedan gestionar perturbaciones de gran tamaño. El comunicado de la Fed de sus objetivos de política monetaria es un buen punto de referencia, con su enfoque «equilibrado» para cumplir su mandato.
En cuarto lugar, los bancos centrales deberían informar mejor a la ciudadanía sobre cómo adoptan sus decisiones de política monetaria; por ejemplo, poniendo a disposición del público el modelo que utilizan para las simulaciones y para la confección de los documentos preparativos para las decisiones de política monetaria.
En quinto lugar, los bancos centrales deberían explicar al público que necesitan el arsenal de instrumentos más amplio posible. Por lo general, las crisis financieras requieren que los bancos centrales adopten estrategias que no son políticamente populares, como rescates bancarios usando fondos públicos o compras de activos que bajan los tipos de interés para los ahorradores. Lamentablemente, la legislación adoptada tras la crisis, como la ley Dodd-Frank en Estados Unidos, ha limitado la capacidad de los bancos centrales para gestionar crisis, lo que ha creado una economía más vulnerable.

Antes de la crisis, los economistas creían que la política fiscal no debía emplearse para estabilizar el ciclo económico; que los bancos centrales debían centrarse en contener la inflación, ya que la política monetaria siempre podría aumentarla; y que las reformas estructurales eran la clave para un crecimiento potencial más elevado. Los expertos pensaban que los problemas de Japón reflejaban los errores de ese país y que Occidente siempre lo haría mejor. Una década después, los banqueros centrales están pidiendo ayuda a gritos a la política fiscal, los tipos de interés están a mínimos históricos mientras la inflación no aumenta, y la inversión pública se considera como la última esperanza para impulsar el cada vez más escaso aumento de la productividad.
Los mercados podrían reaccionar mal ante una coordinación explícita de las políticas monetaria y fiscal, y la volatilidad podría aumentar. La inflación puede, de hecho, acelerarse demasiado. La inversión pública puede no conseguir incrementar el crecimiento potencial. Los políticos quizá quieran interferir en los bancos centrales. La política económica siempre es un ejercicio de toma de decisiones en un contexto de incertidumbre, siempre hay que buscar el equilibrio entre riesgo y beneficio.
La política económica es un ejercicio de gestión del riesgo. La principal diferencia entre un responsable público y un gestor de carteras son las consecuencias de sus análisis. Ambos deben analizar la situación económica. El responsable público necesita decidir qué acciones llevar a cabo para mejorar las perspectivas económicas, teniendo en cuenta la posible reacción de los mercados. El gestor de carteras necesita decidir qué acciones llevar a cabo para sacar provecho de cómo cree que serán las previsiones económicas, teniendo en cuenta los posibles cambios en la política económica. Ambos casos implican incertidumbre: sobre el análisis, sobre el impacto de las políticas económicas, sobre el comportamiento de los mercados. En ambos casos, la clave del éxito es asumir la cantidad justa de riesgo.
Los banqueros centrales son humanos y, como tales, cometen errores. Han pecado de un exceso de confianza en su capacidad de recuperar el crecimiento y la inflación. Asumir riesgos implica cometer errores y tomar decisiones que quizá no comparta todo el mundo, y que pueden generar ganadores y perdedores. Pero los bancos centrales no son el enemigo. Los gobiernos y los políticos los han dejado solos lidiando contra la crisis, y luego los han sometido a una presión política excesiva que ha dado lugar, a veces, a una aversión al riesgo exagerada. Si tenemos en cuenta este contexto, los bancos centrales han hecho un excelente trabajo.
Los principales bancos centrales se enfrentan a una situación muy complicada; necesitan todo el apoyo de la ciudadanía. La Fed se ha convertido en un blanco político: no puede comprar activos del sector privado en caso de necesidad y la han privado de algunos instrumentos importantes para gestionar las crisis. El Banco de Inglaterra es víctima de un ataque político por parte de políticos probrexit y se enfrenta a la gran incógnita de la repercusión del brexit en las previsiones económicas. El BCE es víctima de ataques políticos en Alemania y no puede contar con una autoridad fiscal que proporcione estímulos y apoyo a la política monetaria a corto plazo. Debido al perfil demográfico de Japón y a su colosal endeudamiento, el Banco de Japón trabaja en lo que probablemente podría ser la última oportunidad para recuperar la estabilidad de precios en Japón.
Los banqueros centrales no dudarían en provocar una recesión para aplacar una amenaza inflacionista. Deberían mostrar la misma decisión a la hora de impulsar una economía débil y de aumentar una inflación peligrosamente baja. Si la política monetaria quiere ser tan eficaz como debería, tendría que ser decididamente simétrica, políticamente astuta y estar dispuesta a asumir todos los riesgos necesarios para alcanzar sus objetivos.

A lucid analysis of economic policies and markets in recent years. Great background reading to prepare for the next crisis, where the central banks’ fear of inflation and risk-taking hindered their efforts to reactivate global prosperity. And he argues that the politicians made the recovery weaker.
After the Great Crisis of 2008-2013, it has reached a point where it is believed that any debt is bad in itself, which makes it impossible for fiscal policy to fulfill its decisive role in the economy of any country, helping that the Member States can get out of each recurrent crisis. It is also very dangerous for governments to hide behind the central bank and to make monetary policy the only option for economic policy.

A decade after the financial crisis broke out, the main central banks are still struggling in order to achieve a solid framework to achieve their mandatory economic objectives. GDP growth has returned, but, despite the very low interest rates, economic inactivity remains considerable, indifferent investment and inflation have not credibly recovered safe sustainable levels. The virulence of the crisis caught the central banks by surprise and, in many cases, they were reluctant to expand their instrument packages. Even when they reacted more forcefully, they encountered distrust and political resistance. Opportunistic offensives against their strategies, particularly against the purchase of assets, hampered their actions and made reflation even more difficult. The effectiveness of its recent policies continues to be questioned, which is justifiable in part. There is justifiable concern about the need to reevaluate deep-rooted premises.
The world crossed its financial Rubicon on March 1, 2016, although almost nobody noticed it. Japan, the most indebted country in the world, with a public debt of 2.5 times its GDP, managed to borrow ten years at -0.02 percent. Investors were willing to pay for the privilege of lending money to the country with the highest public debt / GDP ratio in modern history.
Japan was not alone. In mid-2016, at the peak, more than a third of the world total bonds – worth more than 10 billion dollars – were quoted at negative interest rates. The records were accumulated. After the United Kingdom voted in favor of leaving the European Union, the yield on bonds in the United States and the United Kingdom, although still positive, reached historical lows, lower than during the Great Depression or the great wars.
The risk paradox is not only applicable to monetary policy. No central bank operates in a vacuum. The consensus on the causes of the crisis was built around the concept of “debt is bad”. This idea was based on two pillars: 1) excessive financial debt led to the financial crisis and 2) excessive fiscal debt led to the crisis in the euro zone and the bankruptcy of Greece. Therefore, the conclusion was that the debt should be reduced at all costs. This discourse encouraged the deleveraging of the private sector and fiscal austerity, and became an adverse face wind of great intensity for monetary policy. After a coordinated, albeit modest and transitory fiscal expansion in 2009, governments around the world chanted victory prematurely and proceeded to fiscal adjustment.

In the euro zone, the diabolic policy of rescue plans affected relations between countries. When the ECB adopted its policy of unlimited provision of liquidity to all banks in their weekly auctions, this liquidity began to be redistributed by the countries of the euro zone depending on the characteristics of the banking system of each country, as well as the pressures of the market. The banks of the weak countries had to increase their dependence on the ECB’s liquidity. Given that the total volume of liquidity generated by a central bank can not leave the system (unless it is converted to foreign currency), the large indebtedness of some banks of debtor countries with the ECB was reflected in large deposits that some banks of creditor countries had in the ECB. To a large extent, this distribution of liquidity reflected the relative performance of the countries’ economies, especially their external sectors. The result was large deposits by banks in Germany and large indebtedness by banks in peripheral countries under pressure.
Conceptually, the framework of action of a central bank has four main components:
• Monetary policy objectives and the time frame to achieve them (for example, an inflation rate of 2 percent in two years).
• The tools to achieve the objectives (for example, short-term interest rates, purchase of assets, intervention in the currency market).
• The strategy for using the tools (for example, a policy rule that links the short-term interest rate with inflation prospects).
• Communication methods to explain the strategy to the public (for example, communications that describe the decisions, minutes of the meetings that explain the decisions, forecasts …)
When interest rates are zero, monetary policy has to operate through direct changes in longer-term interest rates. This adds an extra dimension, because long-term real interest rates are a combination of the average of short-term interest rates expected, the term premium and the expected inflation. The “unconventional” policies (both the purchase of assets and the forward guidance) operate by influencing some or all of the elements. Changes in the response function of the policy, through explicit forward guidance or the “signal effect” of the purchase of assets, influence the expected short-term interest rates. The effect of the shortage and the duration of asset purchases is the major determinant of the term premium, although forward guidance can contribute through its impact on the reduction of the short maturity term premium of the performance. The complete message offered by monetary policy, which includes the purchase of assets, the guidance and the commitment to achieve monetary policy objectives, affect inflation expectations. Thus, conventional policies are only a special case of unconventional policies, with one exception: when arbitrage and market functioning are altered, asset purchases and credit mechanisms are used to correct the alteration, regardless of the level of short-term interest rates.

The central banks had many elements against them. In an adverse context, they wanted to be conservative as a measure of survival. They ran some risks, sometimes not enough, but all ended up offering guarantees and insurance.
Since the 2008 crisis, when markets were surprised by unforeseen interconnections between assets that generated huge losses in the global banking sector, markets have become hypersensitive to the possibility that a “small” disturbance could trigger another systemic crisis. This sensitivity has maintained the risk aversion higher than it would have been in other circumstances, as was evident in early 2016, when concerns about the stability of the US high-risk credit market, the flight of capital in China , and doubts about the European banking sector, combined to create a sense of panic as investors sought unexpected connections.
Hypersensitivity to another crisis has kept levels of risk-taking low. Naturally, financial crises often appear where nobody expects; Whether or not risky foci have been created is something that will only be known a posteriori. Overconfidence is always a risk. With the data we have today, the monetary policy stance contributed to the increase in the price of assets, as was intended, but by mid-2017 it had not generated excessive risk taking. The Fed’s analysis was that the financial vulnerability of the US economy was “moderate compared to previous periods.” From the perspective of financial stability, interest rates had been low, but not too low.

Financial repression (ie, the use of legislation or a strong moral persuasion to keep interest rates abnormally low) did not cause the interest rates experienced since the crisis to fall. Traditionally, financial repression has been used to facilitate the financing of public deficits. Some examples of fiscal repression are the requirement that national financial institutions hold a certain amount of government bonds of the country in question. Monetary policy is not financial repression. It has not kept the types abnormally low. The real equilibrium interest rates are determined by the marginal cost of capital and, based on the equilibrium real interest rate, central banks set interest rates at levels that generate price stability and sustainable growth.
Any economic policy decision will have redistributive effects in the short term. In the case of monetary policy, assuming that relaxation will one day be followed by hardening, the redistributive impact should be practically neutral since the effects generated during relaxation should be largely offset during hardening, although the asymmetric nature of the Relaxation and hardening cycles implies that this compensation may not be perfect. The increase in inequality that monetary policy can create is not a reason for the latter not to relax. It is a reason to approach it with compensatory policies that neutralize its possible distributive impact.

Central banks entered the crisis with the hope of returning to standard interest rate policies soon, but will spend most of a decade with zero interest rates, and it is very likely that the next recession will come with some interest rates. interest still very low. At the same time, confidence in central banks has decreased.
Central banks need to intensify and improve their communication with the population in order to regain the trust of citizens. They can take several measures to improve their communication.
First, they should change the language they use to communicate their policies. They should stop using the unconventional term to describe the purchase of assets, negative interest rates or forward guidance, since all this is part of the arsenal of tools that any central bank should have at its disposal. Similarly, they should stop talking about going out (for example, getting out of zero interest rates). They should talk about adding or reducing accommodation, which describes a continuous process, not an exit, which leads to thinking about a discontinuous process. And they should stop using negative concepts to describe their policies. Doing so creates confusion and negative feelings, and encourages political opposition to these strategies.
Second, central banks, especially the ECB, should emphasize explicitly that their inflation targets are symmetrical. The “near but below” formulation of the ECB is an obstacle to the need to increase inflation and inflation expectations, as it creates confusion among politicians, public officials and market players. This lack of specificity in its mandate is a fundamental reason why the ECB has systematically adopted an excessively restrictive monetary policy.
Third, it is important to prepare the public better so that central banks can manage large disruptions. The Fed’s statement of its monetary policy objectives is a good point of reference, with its “balanced” approach to fulfilling its mandate.
Fourth, central banks should better inform citizens about how they make their monetary policy decisions; for example, by making available to the public the model they use for the simulations and for the preparation of the preparatory documents for monetary policy decisions.
Fifth, central banks should explain to the public that they need the broadest arsenal of instruments possible. In general, financial crises require central banks to adopt strategies that are not politically popular, such as bank bailouts using public funds or purchases of assets that lower interest rates for savers. Regrettably, the legislation adopted after the crisis, such as the Dodd-Frank law in the United States, has limited the ability of central banks to manage crises, which has created a more vulnerable economy.

Before the crisis, economists believed that fiscal policy should not be used to stabilize the economic cycle; that central banks should focus on containing inflation, since monetary policy could always increase it; and that structural reforms were the key to higher potential growth. Experts thought that Japan’s problems reflected the mistakes of that country and that the West would always do better. A decade later, central bankers are clamoring for help to fiscal policy, interest rates are at historic lows while inflation does not rise, and public investment is seen as the last hope to boost the increasingly scant rise in inflation. the productivity.
Markets could react badly to an explicit coordination of monetary and fiscal policies, and volatility could increase. Inflation can, in fact, accelerate too much. Public investment may not succeed in increasing potential growth. Politicians may want to interfere with central banks. Economic policy is always an exercise in decision-making in a context of uncertainty; one must always look for a balance between risk and benefit.
Economic policy is an exercise in risk management. The main difference between a public manager and a portfolio manager are the consequences of their analysis. Both must analyze the economic situation. The public official needs to decide what actions to take to improve the economic outlook, taking into account the possible reaction of the markets. The portfolio manager needs to decide what actions to take to take advantage of how he thinks the economic forecasts will be, taking into account possible changes in economic policy. Both cases imply uncertainty: about the analysis, about the impact of economic policies, about the behavior of the markets. In both cases, the key to success is to assume the right amount of risk.
The central bankers are human and, as such, make mistakes. They have sinned from overconfidence in their ability to regain growth and inflation. Taking risks involves making mistakes and making decisions that may not be shared by everyone, and that may generate winners and losers. But central banks are not the enemy. Governments and politicians have left them alone to deal with the crisis, and then subjected them to excessive political pressure that has sometimes led to an aversion to exaggerated risk. If we take into account this context, the central banks have done an excellent job.
The main central banks face a very complicated situation; They need all the support of the citizens. The Fed has become a political target: it can not buy assets from the private sector in case of need and has deprived it of some important instruments to manage crises. The Bank of England is the victim of a political attack by probrexit politicians and faces the great mystery of the impact of brexit on economic forecasts. The ECB is the victim of political attacks in Germany and can not count on a fiscal authority that provides stimulus and support for monetary policy in the short term. Due to the demographic profile of Japan and its colossal indebtedness, the Bank of Japan is working on what could probably be the last chance to regain price stability in Japan.
The central bankers would not hesitate to provoke a recession to appease an inflationary threat. They should show the same decision when it comes to boosting a weak economy and increasing dangerously low inflation. If monetary policy wants to be as effective as it should be, it would have to be decidedly symmetrical, politically astute and willing to take all the risks necessary to achieve its objectives.

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