El Mundo Tal Y Como Es: Cambiar El Mundo Desde El Ala Oeste — Ben Rhodes / The World as It Is: A Memoir of the Obama White House by Ben Rhodes

“El mundo tal y como es” me dio un sentido más profundo del funcionamiento interno de la Presidencia de Obama. Rhodes, aunque no era “el cerebro de Obama” en el sentido de una figura de Karl Rove, fue el portavoz de Obama durante 10 años, trabajando diligentemente para elaborar el palabras e imágenes para acompañar las políticas. Y quedan pocas dudas de que la operación de relaciones públicas de la Administración de Obama fue sistemática, auténtica, enérgica y un esfuerzo de equipo. Parte del viaje me dio simpatía, especialmente el ruido sordo de los medios y los republicanos. La exitosa misión de capturar a Bin Laden. Estoy de acuerdo con Rhodes en que el 1 de mayo de 2011 fue un momento para celebrar, sentirme unificado como nación y deleitarse con las extraordinarias fuerzas de fuerzas especiales y el liderazgo presidencial demostrado. del cinismo burdo y la adicción diaria a los teatros de conflicto que habían superado a los medios ahora enganchados a Twitter y a la segmentación de la audiencia. Deseo que Obama haya reaccionado enérgicamente a la balcanización y el hedonismo de los medios de comunicación cuando primero amenazaba con devorar su Presidencia solo por el bien de la próxima comida.
Soy mucho menos comprensivo con la pérdida de Hillary en 2016. La Administración de Obama tuvo un mal papel en el tema de la ciberdelincuencia y los ataques cibernéticos. Oh, gastaron decenas de miles de millones de dólares en contratistas de seguridad cibernética, pero no se puede esperar que los estadounidenses midan el éxito por los insumos consumidos. Para mí, hay un poco de justicia poética en los Demócratas que perdieron las elecciones de 2016 con los rusos que se alejaron en su desventaja.
Presidente Obama tuvo 8 años para reunir a los cerebros informáticos de nuestro país para desarrollar una nueva arquitectura de Internet segura, una que excluir o disuadir el daño del que la campaña rusa de “medidas activas” es solo un ejemplo. ¿Qué pasa con la piratería china de 22 millones de archivos de personal federal de trabajadores de OPM? ¿Ben Rhodes contempló que ocupar el puesto de liderazgo en OPM por patrocinio político (la Sra. Archeluta, una latina con poca comprensión de los problemas de seguridad cibernética), podría haber desempeñado un papel en el debilitamiento de las defensas en OPM? ¿Dónde estaba el Equipo Nacional de Estrategia de Seguridad Cibernética durante estos 8 años? Claro, puedes señalar a los chinos, rusos, norcoreanos por tomar ventaja de las vulnerabilidades de Internet, pero eso no va a detener el próximo ataque. La vergüenza es ineficaz como estrategia.
Rediseñar una Internet de nueva generación, construida de abajo hacia arriba basada en la confiabilidad como valor de diseño clave (a diferencia de la conectividad, que impulsó el diseño de Internet en el que se basa nuestro mundo hoy en día), sería la manera correcta de hacer avanzar al país. Obama ni siquiera lo intentó, y nada de lo que Rhodes dice sugiere que alguien en el círculo interno estaba dispuesto a tomar el toro por los cuernos.
Estoy a favor de darle crédito al equipo de Obama por rescatar a la industria automotriz y al sistema bancario, por hacer frente a Netanyahu para rechazar la guerra innecesaria de Irán en su nombre, por mantener a EE. UU. En su mayoría fuera de Siria y después de 2011 en Irak, por acercándose a ISIS después de haber permitido ingenuamente que se pudriera y creciera, y por docenas de otras “victorias” más pequeñas. Sin embargo, tenemos que hacer frente a una respuesta política altamente cuestionable a la militancia nuclear de Corea del Norte, el papel aún no resuelto de la CIA en el movimiento que condujo al fallido golpe de Estado turco, la locura de reconocer a Morsi y la Hermandad Musulmana como los administradores de la democracia. En Egipto, la irresponsable aceptación de Presidente. La promesa de Xi de detener el espionaje económico hecho en el Jardín de Rosas y la falta de voluntad para desafiar su renuncia a esa promesa, el trato injusto de Pres. El trabajo de Duterte es restaurar la ley y el orden en Filipinas y docenas de otros fracasos de la política exterior.
Fue bueno escuchar el lado de Ben de la respuesta de las relaciones con la prensa después del ataque de Benghazi que mató a Amb. Chris Stevens. No parece para nada profesional. Aunque es un poco extraño que este incidente y su entrega por Rhodes, Samatha Powers, Susan Rice y Obama, no se discuta en el contexto de una temporada de elecciones presidenciales en plena floración. Sí, él hace una crónica de la victoria de Obama sobre Mitt Romney en el segundo debate al sugerir con calma que Romney “leyó la transcripción” cuando Obama originalmente llamó a Benghazi “un acto de terror”. Este capítulo muestra uno de los momentos en que la marca de Obama de “guerra de la verdad” prevaleció sobre una narrativa fabricada diseñada para elevar a Romney y destrozar a Obama.
Donde Obama tuvo éxito, recibió consejos de asesores principales (por ejemplo, Ben Bernanke, Bob Gates), y donde se quedó corto, escuchaba a los idealistas jóvenes e ingenuos, entre los que destaca a Ben Rhodes como una voz clave. Las voces de los mayores fueron consejería para hacer un progreso incremental, pero permanente, donde es factible, mientras se apuntala las vulnerabilidades de los EE. UU. Los jóvenes “fueron grandes” en su deseo de transformar el mundo, ignoraron las enormes vulnerabilidades de los EE. UU., Como CyberSecurity, y se derrumbaron.
Creo que esa es la narrativa histórica que surgirá con el tiempo.
Y, ¿qué tal esto para decir erróneamente “el mundo tal y como es”? Obama es el primer presidente multirracial, criado por una familia blanca del medio oeste. Aferrándose a la falsa narrativa de que él es “el primer presidente negro” muestra una fuerte inclinación por jugar la verdad. Los de Obama fueron la primera familia multirracial. Piense cuánto más unificado es ese mensaje que poder marcar la casilla “primer presidente negro”. Estos y otros “cuentos”
Los excesos se manifiestan alto y claro en el libro de Ben Rhodes. No es un “Ministro de Información”, pero también está muy metido en su propia perspectiva para llegar a un entendimiento compartido sobre las fuerzas con las que se enfrentó y cómo el Presidente Trump leyó las hojas de té que Presidente Obama perdió.

El afán de deslegitimar a Obama sería hecho público por primera vez cuando Sarah Palin fue proclamada candidata a la vicepresidencia con McCain unas semanas más tarde. Me enteré de la noticia una mañana al despertarme, al día siguiente de que Obama pronunciara su discurso de aceptación en la Convención Nacional Demócrata. «¿Qué es esto?», pensé, mirando atónito la pantalla del televisor. Pero al mismo tiempo que Palin se convertía en una especie de final recurrente de una frase, su ascensión venía a romper el precinto de la caja de Pandora: las insinuaciones y las teorías de la conspiración existentes en los correos recibidos y en las páginas web marginales de la derecha se habían convertido ahora en una voz mayoritaria, y durante los ocho años siguientes esa tendencia no haría más que aumentar. Habíamos demostrado que Obama podía desempeñar el papel de líder del mundo libre, y lo único que había conseguido su éxito era irritar todavía más a todo un sector del país.

Obama quería que su Gobierno entendiera cómo tomaba las decisiones: necesitábamos saber lo que estaba sucediendo en Afganistán y Pakistán, definir nuestros intereses, comprobar qué recursos eran necesarios, sopesar dichas necesidades en relación con el resto de las prioridades en nuestro país y en el resto del mundo, y luego tomar una decisión.
Obama no estaba en contra de enviar más tropas, pero quería estar seguro de que no definíamos su misión en términos demasiado generales. Se pasaba el tiempo tomando notas mientras hablaban los diferentes altos cargos. Luego, al término de la sesión, exponía el resumen que había elaborado.

La frustración de Obama por el G20 era a todas luces el resumen de lo que sentía por todo lo demás: las elecciones de mitad de mandato, la prensa, la sensación de haber recibido una herencia malísima, peor que la recibida por cualquier presidente desde los tiempos de Roosevelt, y de que a nadie le importara nada de eso. Para entonces me había dado cuenta de que Obama se enfadaba solo con las personas más cercanas; con el resto era en todo momento sumamente cortés. Cuando llegamos a Japón, fui el único de su entorno que estaba allí dispuesto a oír sus quejas. Me hizo ir a su suite, una más de las decenas de habitaciones similares en las que me recibió a lo largo de los años, todas ellas misteriosamente familiares en su incómoda opulencia. El presidente tenía todos los periódicos desparramados encima de una mesa junto a la puerta. Los titulares eran una especie de coro de teatro griego entonando una cantilena ridícula. Los señaló haciendo un gesto con la mano, el ceño fruncido y el sarcasmo en la voz:
—¿No hay nada que podamos hacer al respecto?…

Cualquier presidencia es como un cuento con un personaje protagonista. Así es como Estados Unidos organiza su vida política y sus libros de historia. Así es como el mundo consume los elementos dispares de nuestra democracia en una época de predominio de Estados Unidos. El presidente es el bueno o el malo; el presidente es el personaje que decide, consuela, conmemora y reacciona; el presidente es como un rey temporal, capitaneando los acontecimientos que le han tocado vivir y a merced de ellos.
En la primavera de 2011, el cuento protagonizado por Barack Obama estaba cobrando cierta fuerza. Cien mil soldados habían salido de Irak. La economía se había estabilizado. La reforma sanitaria había sido aprobada en forma de ley. Bin Laden había muerto. Obama había hecho, en gran medida, las cosas más importantes que había prometido hacer. Estados Unidos había salvado su economía y podía dar un nuevo giro y pasar a juntar las piezas para crear una nueva base. La guerra de Afganistán estaba a punto de poner freno a la escalada de la violencia. La Primavera Árabe ofrecía la promesa de que las masas de la población frustrada pudieran imponer al mundo un cambio positivo.
Pero faltaba algo: los personajes secundarios, tanto en el Congreso como en el resto del mundo.
A medida que fuimos adentrándonos en 2011, fui siendo cada vez más consciente de la línea divisoria que existía entre nuestras reacciones ante los acontecimientos y las cuestiones en las que actuábamos por iniciativa propia para darles forma. Esa línea divisoria siempre había existido —la tensión entre lo que un presidente quiere que se haga y aquello ante lo que el mundo lo obliga a reaccionar—, pero con el estallido de la Primavera Árabe el equilibrio se había desplazado de manera espectacular hacia el lado de la reacción.
Aquel verano, la sensación de crisis en Siria fue intensificándose. Grupos de jóvenes empezaron a concentrarse en las calles, y escribían pintadas en las paredes: «El pueblo quiere que caiga el régimen». El dictador del país, Bashar al-Ásad, de cuarenta y cinco años, respondió con detenciones masivas y el uso de la tortura. Nosotros, por nuestra parte, desplegamos los instrumentos ya conocidos: condena pública y sanciones concretas. Pero aquello no era Egipto; Siria era un adversario que podía desconectarse de Estados Unidos y contar con el apoyo de Irán y Rusia, ambos dispuestos a apoyar a al-Ásad.
Obama quería sacar a Estados Unidos de la guerra permanente que había empezado el 11-S. El día en el que asumió el cargo, había aproximadamente 180.000 soldados en Irak y Afganistán. A finales de 2014, el número de efectivos presentes en Afganistán había bajado a los 15.000. En Irak ya no quedaban tropas estadounidenses. Fueron estos unos logros muy significativos, pues salvaron muchas vidas de estadounidenses; el número de bajas pasó de casi un centenar de muertos en acción cada mes a prácticamente cero, y el gasto de guerra se vio reducido en decenas de miles de millones de dólares. Otro aspecto, mucho más controvertido, sería el hecho de la no intervención militar en Siria.
En 2014, prácticamente todas las fuerzas negativas de Oriente Próximo habían confluido en Siria: un autócrata asesino apoyado por Rusia e Irán, grupos extremistas socios de Al Qaeda, conflictos sectarios y una guerra por el poder entre Arabia Saudí e Irán y el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL, más conocido como ISIL o ISIS, por sus siglas en inglés), la versión rebautizada de Al Qaeda en Irak.
Cada vez resultaba más evidente que tendríamos que intervenir de nuevo en Irak para detener el avance del ISIS. El momento crítico llegó a comienzos de agosto, cuando el ISIS se hizo con el control de una presa próxima a Mosul, una infraestructura que, de romperse, podía inundar una gran extensión de territorio iraquí. Erbil, la capital kurda, normalmente un oasis de paz, se veía amenazada por el ISIS, que acababa de provocar el éxodo de decenas de miles de yazidíes a las montañas de Sinyar. Los yazidíes constituían una secta religiosa dentro de Irak, y su fe, cuyas tradiciones habían venido preservándose a lo largo de miles de años, enlazaba con una antigua rama monoteísta con raíces en el zoroastrismo. Pero el ISIS los consideraba infieles; a comienzos de agosto había empezado a atacar a los yazidíes, asesinando a los varones y esclavizando a las mujeres, y había manifestado su firme intención de borrar a ese pueblo de la faz de la Tierra.
Durante un par de días, una sensación de crisis invadió la Casa Blanca. Obama estaba enfadado porque, a su juicio, la información que iba llegándole no era ni buena ni suficiente.

Cuando comenzamos el último cuarto de su mandato, Obama tenía el equipo de Seguridad Nacional que quería: Susan Rice, Lisa Monaco y la principal vicesecretaria de Susan, Avril Haines, una mujer inteligente, resuelta y excéntrica que poseía la experiencia de haber sido la máxima jurista del NSC, que hacía hincapié en la fidelidad al Estado de derecho, y a ello sumaba su bagaje como subdirectora de la CIA. Aquel equipo de mujeres había elaborado una estrategia anti-ISIS y un dispositivo global de emergencia para acabar con la epidemia de ébola que había desencadenado el temor de que perecieran millones de personas en todo el mundo.
Hacia finales de 2014, el Comité de Inteligencia del Senado hizo público el resumen de un informe de 6.700 páginas acerca del uso de la tortura y de la deportación que había llevado a cabo la Administración Bush, detallando en términos inequívocos la decadencia moral del Gobierno de Estados Unidos después del 11-S. Había habido un largo periodo de desclasificación, en el que la Casa Blanca se había visto obligada a mediar entre la CIA, contraria a que se hicieran públicas más informaciones, y un comité del Senado que deseaba la menor cantidad de expurgaciones posible.

La popularidad de Obama seguía subiendo en nuestro país y en todo el mundo, pero las críticas vertidas en Estados Unidos contra nuestra política exterior habían alcanzado una virulencia que venía a reforzar la visión distópica que ofrecía Trump de una América en caída libre. Por supuesto, el mundo tenía que hacer frente a una situación que suponía un auténtico reto. Todos los intentos que habíamos hecho por detener las matanzas en Siria habían fracasado. Los refugiados llegaban en masa a Europa. Rusia arremetía contra todo y contra todos, desde Ucrania hasta Siria. Pero Obama era el líder más respetado del mundo, y el reconocimiento de que nuestra capacidad de resolver todos los problemas del planeta quizá tuviera límites, podía ser ignorado fácilmente por un individuo como Trump. Pues se limitaba a afirmar que él era el único capaz de resolverlos.
Estábamos en el centro del poder, cómodamente instalados en la Casa Blanca. Pero cada vez era menor el control que teníamos sobre las fuerzas políticas que agitaban el país, la modalidad tóxica de nacionalismo exhibida en los mítines de Trump; unos medios de comunicación que se habían metido en cámaras de resonancia impenetrables, herméticamente cerradas, de carácter cada vez más partidista; los evidentes intentos de Rusia por influir en nuestras elecciones, que no cesaban de ninguna manera. Incluso nuestros escándalos habían seguido adelante: lo de Bengasi ya no tenía que ver con las apariciones de Susan Rice en las tertulias del domingo; ahora la cosa iba del servidor de correos electrónicos privados de Hillary Clinton, algo que justificaba los cánticos de la gente que decían: «¡Metedla en la cárcel!».

Obama era como todos nosotros; intentaba elaborar diversas teorías para explicar lo que había sucedido e intentaba imaginarse lo que significaba, lo que se decía de nosotros como país. Pero, naturalmente, él era distinto. Había visto nuestro país y el mundo desde una perspectiva distinta. Y el único asunto sobre el que seguía volviendo una y otra vez era nuestra duración en el tiempo, el hecho de que no éramos más que un simple «puntito» en la historia de la humanidad. A la hora de aconsejar cómo había que tratar con Trump, lo único que decía era una máxima muy sencilla: «Busca un sitio bien alto y quédate agachado».
Miles de millones de personas de todo el planeta habían podido conocer a Barack Obama, habían escuchado sus palabras, habían visto sus discursos por la televisión y, de una forma desconocida pero irreductible, habían llegado a ver el mundo como un lugar que podía ir cambiando, aunque fuera paulatinamente. El arco de la historia. ¿Cómo había alterado la presencia de Obama las direcciones de esos seres humanos y las grandes fuerzas con las que estos estaban en contacto? ¿Las vidas que iban a llevar? ¿Las historias que iban a contar? Yo era únicamente un ser humano más en aquella enorme extensión, modificado por la experiencia, distorsionado por fuerzas que estaban fuera de mi control.

“The World as It Is” gave me a deeper sense of the inner workings of the Obama Presidency. Rhodes, while not “Obama’s brain” in the sense of a Karl Rove figure, was Obama’s Mouthpiece for 10 years, working diligently to craft the words and images to go with the policies. And there’s little doubt left that the Obama Admin’s P.R. operation was systematic, authentic, energetic and a team-effort. Parts of the journey found me sympathetic, especially the dull thud of the media and Republicans upon the successful mission to capture Bin Laden. I agree with Rhodes that May 1, 2011 was a time to celebrate, feel unified as a nation and revel in the extraordinary special-forces chops and Presidential leadership demonstrated. I wasn’t as aware back then of the crass cynicism and daily-addiction to conflict theatrics that had overtaken the media now hooked on Twitter and audience segmentation. I wish Pres. Obama had reacted forcefully to the Balkanization and hedonism of the news media endocrinocracy when it was first threatening to devour his Presidency just for the sake of the next meal.
I’m much less sympathetic to Hillary’s loss in 2016. The Obama Administration whiffed badly on the gathering issue of cybercrime and cyberattacks. Oh, they spent tens of $billions on cyberSecurity contractors, but Americans can’t be expected to measure success by inputs consumed. To me, there is some poetic justice in the Dems losing the 2016 election with the Russians hacking away to their disadvantage.
Pres. Obama had 8 years to rally the computer science brains of our country to develop a new Secure Internet architecture, one which would
preclude or deter the mischief of which the Russian “active measures” campaign is just one example. What about the Chinese hacking of 22 million federal workers’ personnel files from OPM? Did Ben Rhodes contemplate that filling the leadership position at OPM by political patronage (Mrs. Archeluta, a Latina with little understanding of CyberSecurity issues), might have played a role in weakening the defenses at OPM? Where was the National CyberSecurity Strategy Team during these 8 years??? Sure, you can point the finger of blame at the Chines, the Russians, the North Koreans for taking advantage of the internet’s vulnerabilities, but that isn’t going to stop the next attack. Shaming is ineffective as a strategy.
Redesigning an new-generation internet, built from the bottom up based on trustability as the key design value (as opposed to connectivity, which drove the internet design our world is built on today), would be the correct way to steer the country forward. Obama didn’t even try, and nothing Rhodes says hints that anyone in the inner circle was willing to take the bull by the horns.
I’m all for giving Obama’s team credit for rescuing the auto industry and the banking system, for standing up to Netanyahu to decline fighting an unnecessary Iran war on his behalf, for keeping the US mostly out of Syria and post-2011 Iraq, for closing in on ISIS after having naively allowed it to fester and grow, and for dozens of other smaller “wins”. However, we have to stack this up against a highly questionable policy response to North Korea’s nuclear militancy, the still unresolved CIA role in the movement leading up to the failed Turkish coup, the foolishness of recognizing Morsi and the Muslim Brotherhood as the stewards of democracy in Egypt, the feckless acceptance of Pres. Xi’s promise to stop economic espionage made in the Rose Garden and unwillingness to challenge his reneging on that promise, the unfair treatment of Pres. Duterte’s job restoring law and order in the Philippines, and dozens of other foreign policy flops.
It was good to hear Ben’s side of the press relations response after the Benghazi attack that killed Amb. Chris Stevens. It doesn’t seem at all unprofessional. It’s a bit odd though that this incident and its handing by Rhodes, Samatha Powers, Susan Rice and Obama, isn’t discussed in the context of a Presidential election season in full bloom. Yes, he does chronicle Obama’s having triumphed over Mitt Romney in the 2nd debate by calmly suggesting that Romney “read the transcript” when Obama had originally called Benghazi “an act of terror”. This chapter evinces one of the times where Obama’s brand of “truth warfare” prevailed over a manufactured narrative designed to uplift Romney and trash Obama.
Where Obama had success, he was taking advice from senior advisors (e.g., Ben Bernanke, Bob Gates), and where he came up short he was listening to the young, naive idealists, among whom Ben Rhodes stands out as a key voice. The senior voices were counseling to make incremental, but permanent progress where such as feasibile, while shoring up U.S. vulnerabilities. The youngsters “went big” in their desire to transform the world, ignored gaping U.S. vulnerabilities such as CyberSecurity, and fell flat.
I believe that is the historical narrative that will emerge over time.
And, how about this for misstating “the world as it is”??? Obama is the first multiracial President, raised by a white, midwestern family. Clinging to the false narrative that he’s “the first black President” shows a strong penchant for gaming the truth. The Obama’s were the first multiracial First Family. Think how much more unifying such a message is than being able to check off a box “first black President”. These and other “story-telling”
excesses come through loud and clear in Ben Rhodes’ book. He’s no “Minister of Information”, but he’s also way too deep into his own perspective to come to a shared understanding about the forces that he ran up against, and how President Trump read the tea leaves that Pres. Obama missed.

The eagerness to delegitimize Obama would be made public for the first time when Sarah Palin was proclaimed a vice presidential candidate with McCain a few weeks later. I heard the news one morning when I woke up, the day after Obama delivered his acceptance speech at the Democratic National Convention. “What is this?” I thought, staring blankly at the TV screen. But at the same time that Palin became a kind of recurring end of a sentence, her ascension came to break the seal of Pandora’s box: the insinuations and conspiracy theories in the received mails and marginal web pages on the right they had now become a majority voice, and for the next eight years that trend would only increase. We had shown that Obama could play the role of leader of the free world, and the only thing that had achieved its success was to irritate even more a whole sector of the country.

Obama wanted his government to understand how he made the decisions: we needed to know what was happening in Afghanistan and Pakistan, define our interests, check what resources were necessary, weigh those needs in relation to the rest of the priorities in our country and in the rest of the world, and then make a decision.
Obama was not against sending more troops, but I wanted to be sure that we did not define his mission in too general terms. He spent his time taking notes while the different senior officials spoke. Then, at the end of the session, he presented the summary he had produced.

Obama’s frustration for the G20 was clearly the summary of what he felt for everything else: the mid-term elections, the press, the feeling of having received a very bad inheritance, worse than that received by any president since Roosevelt times, and that nobody cared about that. By then I had realized that Obama got angry only with the people closest to him; with the rest he was at all times extremely courteous. When we arrived in Japan, I was the only one around who was there willing to hear their complaints. He made me go to his suite, one of the dozens of similar rooms in which he received me over the years, all of them mysteriously familiar in their uncomfortable opulence. The president had all the newspapers scattered on a table by the door. The headlines were a kind of Greek theater choir singing a ridiculous cantilena. He pointed to them with a wave of his hand, a frown and a sarcasm in his voice:
-Is there nothing we can do about it? …

Any presidency is like a story with a main character. This is how the United States organizes its political life and its history books. This is how the world consumes the disparate elements of our democracy in a time of predominance in the United States. The president is the good or the bad; the president is the character that decides, comforts, commemorates and reacts; the president is like a temporary king, captaining the events that they have lived and at their mercy.
In the spring of 2011, the story starring Barack Obama was gaining some strength. One hundred thousand soldiers had left Iraq. The economy had stabilized. The health reform had been approved in the form of a law. Bin Laden was dead. Obama had done, to a large extent, the most important things he had promised to do. The United States had saved its economy and could take a new turn and move to put the pieces together to create a new base. The war in Afghanistan was about to curb the escalation of violence. The Arab Spring offered the promise that the masses of the frustrated population could impose a positive change on the world.
But something was missing: the secondary characters, both in Congress and in the rest of the world.
As we got deeper into 2011, I became increasingly aware of the dividing line that existed between our reactions to events and the issues on which we acted on our own initiative to give them shape. That dividing line had always existed – the tension between what a president wants done and what the world forces him to react to – but with the outbreak of the Arab Spring the balance had shifted dramatically to the side of the reaction.
That summer, the sensation of crisis in Syria intensified. Groups of young people began to concentrate on the streets, and wrote painted on the walls: “The people want the regime to fall.” The country’s dictator, Bashar al-Ásad, aged forty-five, responded with mass arrests and the use of torture. We, on our part, deploy the already known instruments: public condemnation and specific sanctions. But that was not Egypt; Syria was an adversary that could disconnect from the United States and have the support of Iran and Russia, both willing to support al-Ásad.
Obama wanted to get the United States out of the permanent war that had started on September 11. On the day he took office, there were approximately 180,000 troops in Iraq and Afghanistan. By the end of 2014, the number of troops present in Afghanistan had fallen to 15,000. In Iraq there were no more American troops. These were very significant achievements, because they saved many lives of Americans; the number of casualties went from almost one hundred killed in action each month to practically zero, and war spending was reduced by tens of billions of dollars. Another aspect, much more controversial, would be the fact of military non-intervention in Syria.
In 2014, practically all the negative forces in the Middle East had converged on Syria: a murderous autocrat supported by Russia and Iran, extremist groups associated with al Qaeda, sectarian conflicts and a war for power between Saudi Arabia and Iran and the Islamic State of Iraq and the Levant (ISIL, better known as ISIL or ISIS, for its acronym in English), the renamed version of Al Qaeda in Iraq.
It was increasingly evident that we would have to intervene again in Iraq to stop the advance of ISIS. The critical moment came at the beginning of August, when ISIS took control of a dam near Mosul, an infrastructure that, if broken, could flood a large area of ​​Iraqi territory. Erbil, the Kurdish capital, normally an oasis of peace, was threatened by ISIS, which had just caused the exodus of tens of thousands of Yazidis to the mountains of Sinyar. The Yazidis were a religious sect within Iraq, and their faith, whose traditions had been preserved for thousands of years, linked with an ancient monotheistic branch rooted in Zoroastrianism. But the ISIS considered them infidels; by the beginning of August he had begun to attack the Yazidis, murdering the men and enslaving the women, and had expressed his firm intention to erase that people from the face of the Earth.
For a couple of days, a sense of crisis invaded the White House. Obama was angry because, in his opinion, the information that was coming to him was neither good nor enough.

When we began the last quarter of his term, Obama had the National Security team he wanted: Susan Rice, Lisa Monaco and Susan’s chief deputy secretary, Avril Haines, an intelligent, determined and eccentric woman who had the experience of having been the ultimate She was an NSC jurist, who emphasized fidelity to the rule of law, and this added to her background as assistant director of the CIA. That women’s team had developed an anti-ISIS strategy and a global emergency device to end the Ebola epidemic that had sparked fears that millions of people would perish worldwide.
Towards the end of 2014, the Senate Intelligence Committee published the summary of a 6,700-page report on the use of torture and deportation by the Bush Administration, detailing in unequivocal terms the moral decadence of the Government of United States after 9/11. There had been a long period of declassification, in which the White House had been forced to mediate between the CIA, contrary to the disclosure of more information, and a committee of the Senate that wanted the least amount of possible expurgations.

Obama’s popularity continued to rise in our country and throughout the world, but the criticisms leveled at the United States against our foreign policy had reached a virulence that reinforced Trump’s dystopian vision of an America in free fall. Of course, the world had to face a situation that was a real challenge. All the attempts we had made to stop the killings in Syria had failed. The refugees arrived en masse to Europe. Russia attacked everything and everyone, from Ukraine to Syria. But Obama was the most respected leader in the world, and the recognition that our ability to solve all the problems of the planet might have limits, could easily be ignored by an individual like Trump. For he limited himself to affirming that he was the only one capable of solving them.
We were in the center of power, comfortably installed in the White House. But the control we had over the political forces that agitated the country, the toxic modality of nationalism displayed in Trump’s rallies, was less and less; media that had gotten into impenetrable, hermetically closed resonance chambers, of an increasingly partisan character; Russia’s obvious attempts to influence our choices, which did not cease in any way. Even our scandals had gone on: the Benghazi thing no longer had to do with the appearances of Susan Rice in the Sunday gatherings; now the thing went from the server of private e-mails of Hillary Clinton, something that justified the songs of the people who said: “Put her in jail!”.

Obama was like all of us; I tried to elaborate various theories to explain what had happened and tried to imagine what it meant, what was said of us as a country. But, of course, he was different. I had seen our country and the world from a different perspective. And the only thing he kept coming back to over and over again was our duration in time, the fact that we were nothing more than a mere “little dot” in the history of mankind. When it came to advising how to deal with Trump, the only thing he said was a very simple maxim: “Look for a high place and stay crouched.”
Billions of people from all over the planet had been able to meet Barack Obama, had heard his words, had seen his speeches on television and, in an unknown but irreducible way, had come to see the world as a place that could change , although it was gradually. The arc of history. How had Obama’s presence altered the directions of those human beings and the great forces with which they were in contact? The lives they were going to lead? The stories they were going to tell? I was just another human being in that vast expanse, modified by experience, distorted by forces that were beyond my control.

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