Posverdad — Lee McIntyre / Post-Truth by Lee McIntyre

La llamada era de la información, junto con la democratización generalizada de los medios de comunicación, nos ha llevado, paradójicamente, no a una era de mayor comprensión y unificación, sino a una era de mayor confusión y fragmentación. Hoy en día, la gente parece creer principalmente en lo que quiere creer y la Internet cada vez más amplia proporciona validación para el punto de vista de cualquier persona o cualquier teoría extravagante, sin importar cuán grandemente divorciada esté de la realidad. Cualquiera puede hacer un llamamiento emocional sobre un tema, con o sin evidencia de apoyo, en un blog o canal de video y acumular un seguimiento de miles o millones simplemente reforzando los sentimientos de las personas sobre cómo quieren que sea el mundo. Las refutaciones y los incómodos pero verificables hechos contrarios por lo general solo se interponen en el camino y muchos simplemente los eliminan, pero mientras la gente se sienta bien ante la realidad de que sus defensores del espacio cibernético de miopía en particular, ¿por qué dejar que el mundo real intervenga? La fantasía se siente mejor de todos modos. La elección de 2016 ejemplificó cuán abajo de este vértice insidioso nos hemos desplomado. Más parecido a un reality show de televisión que a cualquier cosa de verdadera importancia política, llegó más allá de la parodia y muchas veces más allá de la comprensión. La conocida frase romana “pan y circo” me viene a la mente, y aunque no todos parecen tener pan, todos parecen tener un circo. Un atolladero de distracciones, frases, amenazas volátiles, afirmaciones sin fundamento y posturas vacías, la última elección pareció respaldar una visión totalmente nihilista de la relevancia del discurso político popular en los Estados Unidos. Uno podría resumir su mensaje político implícito como “¿eh?” Al final, ¿quién sabía qué creer realmente, aparte de lo que uno realmente quería creer, y dónde se puede encontrar una base? A los humanos les gusta hacer mucho ruido sobre la verdad, pero ¿qué significa la verdad en un mundo de innumerables verdades que uno puede elegir aparentemente sin consecuencias?.

Para describir este dilema, algunos comentaristas sociales evocan el término “post-verdad”. Parece encajar. En una época en la que no existe un criterio para moderar entre la duda y la creencia, la verdad carece de significado y, posiblemente, inexistente. Entonces uno puede pensar y creer cualquier cosa. Si alguien no está de acuerdo con su perspectiva, simplemente instale una caja de jabón en Internet y gane seguidores que brinden apoyo emocional, lo que generalmente se siente como una reivindicación, incluso si a menudo no lo es. Entonces simplemente ignora el resto del universo. Voila! ¿Quién necesita la verdad? ¿Quién necesita fundamentación? Marca a todos los demás como un mentiroso y diviértete en la era de “post-verdad”. No es demasiado difícil. Se lo que quieras ser. Cree lo que quieras creer. Todos los demás también lo hacen, así que no importa. Lamentablemente, en una época así, nada de lo que realmente parece importar. ¿Cómo llegamos aquí? ¿Y podemos arreglar esto? Un libro pequeño y de opinión en la serie “Essential Knowledge Series” de MIT Press intenta responder a estas preguntas espinosas. Con el título apropiado de “Post-Truth”, no se disculpa por su evidente inclinación política. Sin reservas, acusa a la Presidencia de Trump de expandir la post-verdad a nuevas y más complicadas dimensiones. El final del libro incluso sugiere, con algunos ejemplos, que Trump incluso podría creer que puede crear la verdad con sus propias palabras: todo lo que tiene que hacer es decir algo y se convierte en realidad. Un empresario convertido en estrella de la televisión convertido en presidente de una superpotencia podría realmente creer que puede hacer cualquier cosa, incluso crear verdades a partir de meras declaraciones. El libro no acredita en modo alguno a la administración actual la creación de una “verdad posterior”, sino que rastrea el concepto a través de una larga serie de eventos históricos, agrega un análisis de algunas características inconvenientes de la psicología humana y evalúa nuestra situación actual.

La distorsión de los hechos en beneficio propio, a nivel político, social o individual, se remonta hasta los anales de la civilización. Sin duda, las personas siempre se han engañado unas a otras, especialmente cuando confiere poder o prestigio a una persona o un grupo. Al conceder esto, el libro elige un punto de partida histórico en la década de 1950 con lo que denomina “la estrategia del tabaco”, el esfuerzo ahora bien conocido, en gran parte exitoso hasta la década de 1990, para ocultar la evidencia científica de los peligros de fumar de la público en general. Bajo el eslogan “nuestro producto es la duda”, la industria tabacalera emprendió una campaña masiva de relaciones públicas para confundir al público sobre el vínculo del hábito de fumar con el cáncer y otras enfermedades fatales. Contrataron a “expertos” para publicar la investigación que hizo que tales afirmaciones parecieran controvertidas, confusas o altamente disputadas. El público, muchos de los cuales disfrutaron fumando cigarrillos, no sabían qué creer y continuaron fumando. El libro argumenta que “la estrategia del tabaco” se ha convertido en la base para arrojar dudas sobre voluminosos temas posteriores, como “el SDI de Star Wars, el invierno nuclear, la lluvia ácida, el agujero de ozono y el calentamiento global”. La estrategia simplemente intenta socavar las afirmaciones hechas por la comunidad científica, todas las cuales se someten a una rigurosa revisión por pares y amplios ensayos experimentales. Muchas organizaciones han utilizado esta misma estrategia para enturbiar las aguas en torno al consenso científico sobre el cambio climático. La gente complica enormemente el asunto al tener ciertas tendencias cableadas, y no típicamente racionales. Comprensiblemente, queremos evitar las molestias psíquicas y sentirnos bien con nosotros mismos, pero la mayoría de las personas lo logra modificando su visión de la realidad para que se ajuste a sus necesidades emocionales en lugar de cuestionar o alterar esas mismas necesidades emocionales. Las personas que disfrutan fumando probablemente no quieren creer que puede matarlos. Del mismo modo, las personas no quieren creer que sus estilos de vida cómodos y privilegiados contribuyen al colapso ecológico. La confusión inculcada por “la estrategia del tabaco” refuerza la negación de hechos incómodos y permite que las personas mantengan las necesidades emocionales, físicas o sociales cubiertas por hábitos potencialmente peligrosos, que a menudo corren peligro para sí mismos y para los demás. Tres conceptos principales resumen esta imagen de la naturaleza humana: disonancia cognitiva, conformidad social y sesgo de confirmación. El libro también analiza el “efecto de repetición” (es probable que creamos cosas que escuchamos una y otra vez), “el efecto de contraataque” (cuando la evidencia contraria refuerza en lugar de cambiar las convicciones de una persona) y el “efecto Dunning-Kruger” (cuando la falta de habilidad hace que las personas sobrevaloren su habilidad real). Todos estos contribuyen al surgimiento de la “post-verdad”.

Los medios de comunicación tradicionales surgieron de la fabricación gratuita del siglo XIX. Associated Press (AP) se distinguió a sí mismo en la década de 1840 al afirmar que informa sobre “hechos objetivos” sobre especulaciones sesgadas y rumores. Esto se convirtió en el ideal del periodismo, a pesar de los intentos de magnates como William Randolph Hearst para crear sus propias noticias. En 1896, el New York Times argumentaba que la “información” en lugar de las “historias” era un nuevo estándar. Este concepto se mantuvo en gran medida, a pesar de las aplicaciones inconsistentes, hasta la década de 1960, cuando las noticias de televisión se volvieron rentables con el programa “60 minutos”. Tras el frenesí de noticias de la crisis de los rehenes en Irán en 1979, en la que las noticias compitieron abiertamente con el entretenimiento, CNN llegó en 1980 para satisfacer las demandas de “noticias constantes”. Las quejas de “sesgo liberal” llevaron a programas, como los de Rush Limbaugh, que se proclamaron a sí mismos como la “fuente de la verdad” en contra de una corriente dominante. MSNBC y Fox aparecieron en 1996 como alternativas adicionales a CNN. La confirmación de las guerras de sesgo había comenzado. La sátira, paradójicamente, surgió como una “fuente de noticias” a la izquierda con Onion y el Daily Show. La gente acudió a sus cámaras de eco de elección y los “medios de comunicación partidistas” comenzaron a opacar y dominar a los medios tradicionales. Cada vez más, la opinión se convirtió en noticia. Para parecer neutral y objetivo, y probablemente atraer audiencias más grandes, los medios tradicionales comenzaron a emitir “ambos lados” de los problemas, incluso cuando los llamados “otros lados” tenían poca o ninguna credibilidad. Por ejemplo, se necesitaron brotes de sarampión para poner finalmente en tela de juicio el vínculo falso entre el autismo y las vacunas. Aquellos con agendas fácilmente explotaron este aspecto de “escuchar a ambos lados” del periodismo para sus propios fines. Como tal, los puntos de vista que alguna vez se consideraron marginales recibieron tiempo de transmisión en los principales medios de comunicación. Se hizo cada vez más difícil identificar fuentes sesgadas. Los medios tradicionales con sus ideales de objetividad y neutralidad estuvieron a punto de extinguirse. Las redes sociales amplificaron el problema de manera exponencial. A medida que las compañías de noticias tradicionales recortaron los servicios ante la crisis financiera de 2008, también disminuyeron su atractivo una vez masivo. Esto ayudó a plataformas en línea como Facebook y YouTube a convertirse en vehículos para difundir información no verificada de cualquier fuente a millones de personas. Los algoritmos, aquellos que impulsan las recomendaciones “que también te pueden gustar” para mantener a la gente haciendo clic, refuerzan el sesgo de confirmación, lo que lleva a comunidades virtuales donde muchas personas nunca se encontraron expuestas a puntos de vista opuestos. A medida que estas plataformas se monetizaron, los clics condujeron a ingresos, lo que inspiró a muchos a crear historias irresistibles para atraer Me gusta, acciones e ingresos publicitarios. Las “noticias” se convirtieron en un lugar libre para todos, con o sin motivos políticos. En tal entorno, uno puede validar o dudar de casi cualquier cosa. El libro examina casos conocidos de la elección de 2016 en los que los individuos difunden información errónea en línea con fines de lucro o políticos. También acusa al presidente Trump de calificar cualquier cosa con la que no esté de acuerdo con “noticias falsas”. Después de todo, cuando uno puede cuestionar cualquier cosa, cualquiera puede descartar incluso la información verificable con impunidad. La censura se vuelve irrelevante y las oportunidades para el surgimiento de un gobierno autoritario que elige los hechos para que se ajusten a sus propios propósitos parece una posibilidad siniestra. El libro resume este riesgo con la frase “post-verdad es post-fascismo”.

Las primeras décadas del siglo veintiuno han sido hasta ahora un desmoronamiento general de las redes de seguridad política y económica puestas en marcha después de la inimaginable violencia de la Segunda Guerra Mundial. El nacionalismo, el populismo, el racismo, el nazismo y el fascismo parecen estar aumentando en Europa y América. La verdad posterior puede reivindicar prácticamente cualquier posición, sin importar cuán vil sea, por lo que es probable que haya desempeñado un papel importante en estos desarrollos al dar una voz a las perspectivas periféricas que antes no tenían. Se siente como si tuviéramos que volver a aprender las lecciones brutales del siglo veinte antes de llegar a nuestros sentidos. ¿Ya nos hemos olvidado? Además, las catástrofes ecológicas inminentes amenazan con socavar la civilización en general, pero los debates sobre el cambio climático continúan. Como salida, el libro sugiere una inyección masiva de hechos verificables en las máquinas de la verdad posterior, citando la observación de que incluso los defensores más firmes de la verdad posterior se derrumban ante la evidencia abrumadora e innegable. También insta a los lectores a reconocer los prejuicios innegables dentro de sí mismos y en los demás. También puede ayudar alejarse de los medios sociales como fuente de noticias y apoyar los medios informativos tradicionales fallidos. Principalmente, se le pide a la gente que levante la voz cuando se enfrentan con afirmaciones cuestionables. Ofrezca pruebas en contra de cualquier afirmación sin fundamento y no luche con la verdad posterior de una manera “digna” con silencio, llámelo.

Este libro profundiza muy bien cuáles son los orígenes y las consecuencias de la posverdad. En sus poco menos de 200 páginas consigue exponer de forma bastante amena pero sin caer en la superficialidad qué aspectos debemos comprender para ser capaces de combatir el desprestigio de la verdad y los hechos. Recomiendo este ensayo, me han resultado enormemente interesantes los capítulos dedicados a los sesgos cognitivos, a la crisis de reputación de la ciencia y a la relación del posmodernismo con la aparición de la posverdad (en tanto relativizadora del concepto de verdad). Si quieres entender mejor un presente donde todo es susceptible de generar una controversia o adaptarse a los “hechos alternativos” más que a la verdad, en una sociedad donde se ha pasado a dudar de todo para creer solo en aquello que a uno le conviene, en definitiva para entender por qué la mentira se ha instaurado de forma descarada para influir en la política…

La manipulación de la verdad es el recurso favorito al que acuden por igual las dictaduras y los gobiernos democráticos para tratar de reducir los reproches por sus errores e incompetencias. Su intención es crear una imagen falsa (o al menos desorientadora) de una situación con el propósito de engañar. Desde 2016, el año en que se consagró el concepto de «posverdad», muchos han señalado que, tanto las actividades que ese concepto cubre como sus asociadas fake news, carecen de la originalidad que justificaría su constante presencia en los medios y en las conversaciones cotidianas. ¿Se puede hacer algo para neutralizar la posverdad? McIntyre presenta algunos consejos prácticos para hacerle frente. Las acciones que propone son en principio simples y su efectividad pertenece más bien al reino de los buenos deseos.

Dice él que la posverdad «no trata sobre la realidad, sino sobre cómo los humanos reaccionamos ante la realidad». Y no está descaminado: la base sobre la que tomamos la mayor parte de nuestras decisiones son nuestros juicios sobre ella. Con todas las dificultades que se quiera, está en nuestras manos hacer frente a adulteraciones, mentiras, fake news, torticeros usos de los hechos o manipulaciones que interfieren en la formación de nuestros juicios. Pero si aceptamos con indolencia que estos tengan como criterio de corrección ‘lo que alguien recuerda’ o ‘lo que las emociones le dictan’, etc., el peligro cierto reside en que nos alienemos de la realidad o, si se quiere, que nos estemos moviendo frívolamente en una realidad paralela.

El fenómeno de la «posverdad» saltó a la atención pública en noviembre de 2016, cuando los diccionarios Oxford nominaron este término como palabra del año 2016. Tras ver que su uso se disparaba en un 2.000 por 100 frente al de 2015, la elección pareció obvia. Entre los otros contendientes en la preselección estaban «alt-right» (derecha alternativa) y «brexiteer» (persona a favor del Brexit), subrayando así el contexto político de la selección de ese año. Como expresión ómnibus, «posverdad» pareció ser capaz de reflejar la situación del momento. Dada la mistificación de los hechos, el abandono de los estándares evidenciales en el razonamiento y la total y completa mentira que marcaron las votaciones del Brexit en 2016 y las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, muchos se horrorizaron. Los diccionarios de Oxford definen «posverdad» como «aquello que se relaciona con, o denota, circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de conformar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a las creencias personales». En esta definición, subrayan que el prefijo «pos» pretende indicar no tanto la idea de que hemos «dejado atrás» la verdad en un sentido temporal (como sucede en «posguerra») sino en el sentido de que la verdad ha sido eclipsada: que es irrelevante. El ejemplo más destacado en los últimos años es lo que ha ocurrido con el asunto del cambio climático. A pesar de que prácticamente no existe debate científico sobre la cuestión de que la temperatura global está aumentando y de que los humanos son la causa principal de que así sea, se ha embaucado al público para que piense que existe una gran controversia científica sobre este asunto. El calentamiento global es quizás el caso más flagrante de negacionismo moderno. Recomiendo en español los libros de Cristina Martín Jiménez comentados en mi blog.

Con la reputación de los medios de comunicación tradicionales en su punto más bajo, aquellos que tienen interés en que la propaganda se distribuya ya no necesitan preocuparse por conseguir que otros cuenten su lado de la historia. Ahora disponen de sus propios medios de difusión. Y si todo esto falla, siempre estará Twitter. Si los medios de comunicación son el enemigo, entonces Trump puede llevar su mensaje directamente a la gente. ¿Quién necesita la comprobación de los hechos cuando la gente puede oírla directamente del presidente de los Estados Unidos?. Se ha completado el desafío a la realidad.

La posverdad no tiene que ver con la realidad: tiene que ver con cómo los humanos reaccionamos ante la realidad. Una vez somos conscientes de nuestros sesgos cognitivos, estamos en una mejor posición para derribarlos. Si queremos mejores medios de comunicación, tenemos que apoyarlos. Si alguien nos miente, podemos escoger si creerle o no, y desafiar a continuación cualquier falsedad. Cómo reaccionar ante un mundo en el que alguien trata de taparnos los ojos es algo que depende de nuestra decisión. La verdad aún importa, como siempre lo ha hecho. Reparar a tiempo en ello está en nuestras manos.

The so-called information age, coupled with the widespread democratization of mass media, has led us, paradoxically, not into an age of greater understanding and unification but instead into an age of greater confusion and fragmentation. Today people seem to believe mostly what they want to believe and the ever expanding Internet provides validation for anyone’s point of view or any outlandish theory, no matter how greatly divorced from reality. Anyone can make an emotional appeal about a subject, with or without supporting evidence, on a blog or a video channel and amass a following of thousands or millions simply by reinforcing people’s feelings about how they want the world to be. Refutations and uncomfortable yet verifiable contrary facts usually just get in the way and so many just sweep these aside, but as long as people feel good about the reality that their particular myopic nook of cyberspace advocates, why let the real world intervene? Fantasy feels better anyway. The election of 2016 exemplified just how far down this insidious vortex we have plummeted. Resembling more a reality TV show than anything of real political significance, it reached beyond parody and many times beyond comprehension. The well-known Roman phrase “bread and circuses” comes to mind, and though not everyone seems to have bread everyone does seem to have a circus. A quagmire of distractions, catch-phrases, volatile threats, unsubstantiated claims and empty posturing, the last election appeared to endorse a totally nihilistic view of the relevance of popular political discourse in the United States. One could sum up its implicit political message as “huh?” In the end, who knew what to really believe, apart from what one really wanted to believe, and where can one find a footing? Humans like to make a lot of noise about truth, but what does truth mean in a world of countless truths that one can choose from seemingly without consequence?

To describe this dilemma, some social commentators evoke the term “post-truth.” It seems to fit. In an age where no criteria exists to moderate between doubt and belief, truth becomes meaningless and arguably non-existent. One can then think and believe anything. If anyone disagrees with your perspective, just set up some soapbox on the Internet and gain followers who provide emotional support, which usually feels like vindication, even if it often isn’t. Then simply ignore the rest of the universe. Voila! Who needs truth? Who needs substantiation? Brand everyone else a liar and revel in the age of “post-truth!” It’s not too difficult. Be what you want to be. Believe what you want to believe. Everyone else does too, so it doesn’t matter. Sadly, in such an era, nothing whatsoever really seems to matter. How did we get here? And can we fix this?A small and opinionated book in the MIT Press “Essential Knowledge Series” attempts to answer these prickly questions. Aptly titled “Post-Truth,” it does not apologize for its obvious politically slant. Without reservation it accuses the Trump Presidency of expanding post-truth into new and more complicated dimensions. The end of the book even suggests, with a few examples, that Trump might even believe that he can create truth from his very words: all he has to do is say something and it becomes true. A businessman turned television star turned superpower president might actually believe that he can do anything, even create truths from mere utterances. The book in no way credits the current administration with creating “post-truth,” it traces the concept back through a long string of historical events, adds an analysis of some inconvenient features of human psychology and assesses our current predicament.

Twisting facts to one’s advantage, on a political, social or individual level, goes back as far as the annals of civilization. People doubtlessly have always deceived one another, especially when it confers power or prestige on a person or a group. Granting this, the book chooses a historical starting point in the 1950s with what it calls “the tobacco strategy,” the now well-known effort, a largely successful one until the 1990s, to conceal the scientific evidence of the dangers of smoking from the general public. Under the catch-phrase “doubt is our product” the tobacco industry undertook a massive public relations campaign to confuse the public about smoking’s link to cancer and other fatal diseases. They hired “experts” to publish research that made such claims look controversial, confused or highly contested. The public, many of who enjoyed puffing on cigarettes, did not know what to believe and so continued smoking. The book argues that “the tobacco strategy” has become the basis for casting doubt on voluminous subsequent topics, including “Star Wars SDI, nuclear winter, acid rain, the ozone hole and global warming.” The strategy simply attempts to undermine claims made by the scientific community, all of which undergo rigorous peer review and extensive experimental trials. Many organizations have used this same strategy to muddy the waters around the scientific consensus on climate change. People greatly complicate the matter by having certain hardwired, and not typically rational, tendencies. Understandably, we want to avoid psychic discomfort and to feel good about ourselves, but most people accomplish this by altering their view of reality to fit their emotional needs rather than questioning or altering those same emotional needs. People who enjoy smoking probably don’t want to believe that it can kill them. Likewise, people don’t want to believe that their comfortable and privileged lifestyles contribute to ecological collapse. The confusion instilled by “the tobacco strategy” reinforces the denial of uncomfortable facts and allows people to maintain the emotional, physical or social needs met by potentially dangerous habits, sadly often to the peril of themselves and others. Three main concepts summarize this picture of human nature: cognitive dissonance, social conformity and confirmation bias. The book also discusses the “repetition effect” (we’re likely to believe things that we hear over and over again), “the backfire effect” (when contrary evidence reinforces rather than changes one’s convictions) and the “Dunning-Kruger effect” (when lack of ability causes people to overrate their actual skill). These all contribute to the rise of “post-truth”.

Traditional media arose out of the free-for-all fact manufacturing of the 19th century. Out of necessity to appear neutral to voluminous newspapers that supported numerous conflicting platforms, the Associated Press (AP) distinguished itself in the 1840s by claiming to report on “objective facts” over biased speculation and rumor mongering. This became the ideal of journalism, despite attempts by magnates such as William Randolph Hearst to create their own news. In 1896 The New York Times argued for reporting “information” rather than “stories” as a new standard. This concept largely held, despite inconsistent applications, until the 1960s when television news became profitable with the program “60 Minutes.” Following the news frenzy of the 1979 Iran Hostage Crisis, in which news openly competed with entertainment, CNN arrived in 1980 to meet the demands for “constant news.” Complaints of “liberal bias” led to programs, such as Rush Limbaugh’s, proclaiming themselves as the “source of truth” against a slanted mainstream. MSNBC and Fox appeared in 1996 as additional alternatives to CNN. The confirmation bias wars had begun. Satire paradoxically rose as a “news source” on the left with the Onion and the Daily Show. People flocked to their echo chambers of choice and the “partisan media” began to overshadow and dominate the traditional media. Increasingly, opinion became news. To appear neutral and objective, and probably to attract larger audiences, traditional media began airing “both sides” of issues, even when the so-called “other sides” had little or no credibility. For example, it took measles outbreaks to finally bring the bogus link between autism and vaccines into question. Those with agendas easily exploited this “hear both sides” aspect of journalism to their own ends. As such, views once considered fringe received air time on major media outlets. It became increasingly difficult to identify biased sources. The traditional media with its ideals of objectivity and neutrality came close to going extinct. Social media amplified the problem exponentially. As traditional news companies cut services in the face of the 2008 financial crisis, they also decreased their once mass appeal. This helped online platforms such as Facebook and YouTube become vehicles for spreading unverified information from any source whatsoever to millions of people. Algorithms, those that drive “you may also like” recommendations to keep people clicking, further reinforced confirmation bias, leading to virtual communities where many people never found themselves exposed to opposing viewpoints. As these platforms became monetized, clicks led to income, which inspired many to manufacture irresistible stories to attract likes, shares and ad revenue. “News” became a free-for-all, with or without political motives. In such an environment, one can validate or doubt nearly anything. The book examines known cases from the 2016 election where individuals spread misinformation online for profit or politics. It also accuses President Trump of branding anything that he doesn’t agree with as “fake news.” After all, when one can question just about anything, anyone can dismiss even verifiable information with impunity. Censorship becomes irrelevant and opportunities for the rise of an authoritarian government that chooses facts to fit its own purposes seems like an ominous possibility. The book sums up this risk with the phrase “post-truth is post-fascism”.

The first few decades of the twenty-first century have so far witnessed a general unraveling of the political and economic safety nets put in place following the unimaginable violence of World War II. Nationalism, populism, racism, Nazism and fascism all seem on the rise in Europe and America. Post-truth can vindicate pretty much any position, no matter how vile, so it has likely played a major role in these developments by giving a voice to peripheral perspectives that didn’t previously have one. It feels as though we may have to re-learn the brutal lessons of the twentieth century before coming to our senses. Have we already forgotten? Add to that, impending ecological catastrophes threaten to undermine civilization in general, yet the climate change debates roil on. As a way out, the book suggests a mass injection of verifiable facts into the machines of post-truth, citing the observation that even the staunchest defenders of post-truth break down in the face of overwhelming and undeniable evidence. It also urges readers to recognize the undeniable biases within themselves and in others. Moving away from social media as a news source and supporting failing traditional news media may also help. Mostly, it begs people to raise their voices when faced with questionable assertions. Provide counter-evidence to any unsubstantiated claims and don’t fight post-truth in a “dignified manner” with silence, call it out.

This book delves very well into the origins and consequences of post-truth. In his little less than 200 pages, he manages to explain in a very pleasant way, without falling into superficiality, what aspects we must understand in order to be able to combat the loss of prestige of truth and facts. I recommend this essay, the chapters dedicated to cognitive biases, to the reputation crisis of science and to the relationship of postmodernism with the emergence of post-truth (as relativizing the concept of truth) have been extremely interesting. If you want to better understand a present where everything is susceptible to generate a controversy or adapt to the “alternative facts” rather than the truth, in a society where everything has gone into doubt to believe only in what suits you, in short to understand why the lie has been implanted in a shameless way to influence politics …

The manipulation of the truth is the favorite resource to which the dictatorships and democratic governments alike come to try to reduce the reproaches for their mistakes and incompetencies. Its intention is to create a false (or at least disorienting) image of a situation with the purpose of deceiving. Since 2016, the year in which the concept of “post-truth” was established, many have pointed out that both the activities covered by this concept and its associated fake news lack the originality that would justify their constant presence in the media and in conversations everyday Can anything be done to neutralize post-truth? McIntyre presents some practical tips to deal with it. The actions he proposes are in principle simple and their effectiveness belongs rather to the realm of good wishes.

He says that post-truth “is not about reality, but about how humans react to reality.” And it is not misguided: the basis on which we make most of our decisions are our judgments about it. With all the difficulties you want, it is in our hands to face adulterations, lies, fake news, torturers uses of facts or manipulations that interfere in the formation of our judgments. But if we accept with indolence that these have as criterion of correction ‘what someone remembers’ or ‘what emotions dictate’, etc., the true danger is that we get rid of reality or, if you want, that we we are moving frivolously in a parallel reality.

The phenomenon of “post-truth” came to public attention in November 2016, when the Oxford dictionaries nominated this term as the word of the year 2016. After seeing that its use skyrocketed by 2,000 per cent compared to 2015, the election seemed obvious Among the other contenders in the pre-selection were “alt-right” (right alternative) and “brexiteer” (person in favor of Brexit), thus underlining the political context of the selection of that year. As an omnibus expression, “post-truth” seemed to be able to reflect the situation of the moment. Given the mystification of the facts, the abandonment of the evidential standards in the reasoning and the total and complete lie that marked the Brexit vote in 2016 and the presidential elections of the United States, many were horrified. Oxford dictionaries define “post-truth” as “that which relates to, or denotes, circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal beliefs.” In this definition, they emphasize that the prefix “pos” is intended to indicate not so much the idea that we have “left behind” the truth in a temporal sense (as in “post-war”) but in the sense that the truth has been eclipsed: which is irrelevant. The most prominent example in recent years is what has happened with the issue of climate change. Although there is virtually no scientific debate on the issue that the global temperature is increasing and that humans are the main reason for this, the public has been tricked into thinking that there is a great scientific controversy on this issue . Global warming is perhaps the most flagrant case of modern denialism. I recommend in Spanish the books of Cristina Martín Jiménez commented on my blog.

With the reputation of the traditional media at its lowest point, those who are interested in propaganda being distributed no longer need to worry about getting others to tell their side of the story. Now they have their own means of dissemination. And if all this fails, Twitter will always be there. If the media is the enemy, then Trump can take his message directly to the people. Who needs proof of the facts when people can hear it directly from the president of the United States? The challenge to reality has been completed.

The post-truth has nothing to do with reality: it has to do with how humans react to reality. Once we are aware of our cognitive biases, we are in a better position to knock them down. If we want better means of communication, we have to support them. If someone lies to us, we can choose whether to believe him or not, and then challenge any falsehood. How to react to a world in which someone tries to cover our eyes is something that depends on our decision. The truth still matters, as it always has. Repair in time is in our hands.

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