La Compasión Difícil — Chantal Maillard / The Difficult Compassion by Chantal Maillard

La compasión difícil aborda la que hasta ahora ha sido una idea central en el pensamiento de Chantal Maillard: la misma compasión. Sólo que no ya como idea, sino, ciertamente, como acontecimiento.
La compasión difícil tiene su núcleo esencial, a modo de fuente de la que mana el caudal del libro, en un gesto. Quien lo ejecuta es un personaje insertado en otra tragedia, la de Medea.
Se reafirma en su querencia por el pensamiento oriental como una mirada limpia a la realidad, exenta de la contaminación cristiana. Y recupera la compasión tal y como la formulara Siddharta Gautama, exenta de nociones de justicia (también esta preferencia a la compasión como universal por encima de la particularidad de la justicia está, por cierto, en Albert Camus), de moral, de dioses y de inocentes (la representación de Dios como un inocente ajusticiado significa en Maillard la estrategia definitiva para la eliminación de aquella mirada primigenia al mundo, la que desde Oriente prendió el fuego de la Filosofía).
No se trata de juzgar a Medea, como tampoco se trata de negar su crimen; basta con acompañarla. ¿Para qué? Exacto: para que la vida sea más soportable.
Urge a educarnos en la “discriminación sentimental”, consciente de que el hombre actual vive inmerso en la representación y que recibimos la realidad por los mismos medios (la pantalla) y de la misma manera que los seriales. “El problema -comenta- es que no nos han educado para ser espectadores maduros y esto permite que seamos manipulados a través de nuestras emociones”. Por eso, la educación sentimental que propone ayudaría a entender cómo se generan las emociones y cómo se transforman en ideas y creencias. Un aprendizaje que debería formar parte de la asignatura de educación política de la que carecen los actuales planes de estudios.

Sé bien que la primera palabra que se escribe –o la que se pronuncia– no tiene importancia. La que tiene importancia es la última, siempre. La gente piensa –¿la gente? Sí, ese ser múltiple, irreflexivo, memo– que lo que importa es el comienzo.
No es el nacimiento lo que importa sino el hambre. Todo lo que vive se sostiene sobre el hambre. Y el hambre es el otro, la depredación del otro, la muerte del otro.
El hambre es el combustible; la muerte, la semilla. El mundo es la perpetua representación de una violencia primera. La existencia, el resultado de esa violencia.

En un principio fue el sonido, dicen las antiguas escrituras védicas. En el Atharva Veda y el Aitareya Brāhmaṇa se lo denomina vāc: sonido primordial.
Luego fueron las resonancias. Y el verbo –el acto– se conjugó. Yo, tú, nosotros, vosotros, ellos: pro-nombres aún, próximos al nombre que consagra la diferencia.
¿Las formas? Pura reverberación. Analogía sonora.
En la vertiente opuesta quedó aquel sonido impronunciable. Palabra inversa, palabra de retorno.

«Armonía» fue la palabra con la que los antiguos griegos designaron la buena conjunción de las partes. Los pitagóricos la aplicaron al orden de las esferas; Aristóteles, a la supuesta concordancia del entendimiento con la naturaleza. Pero ¿qué es la naturaleza para el entendimiento sino la re-flexión imaginal de unas respuestas neuronales o, en la expresión de otro filósofo, el resultado del ejercicio de las facultades de representar? Sin esa admiración, sin ese profundo y programado acuerdo con el sistema, ¿consentiría con tanta facilidad el animal humano en perpetuarse?.

En sánscrito mā significa «medir». Mātrā es la medida y también la duración, el número, la unidad de tiempo, la porción, el átomo. El peso y la medida. El peso es la densidad o consistencia que adquieren las formas según aumenta la longitud del intervalo sonoro, su duración: su medida.
Mātṛka: sonidos «matriciales» que en su conjunto forman la matriz sonora del universo. En la doctrina tántrica, las ocho matrices que corresponden a los ocho grupos o tipos de letra del alfabeto sánscrito, ocho modos posibles de vibrar. Madres o matrices primordiales: sonidos que configuran, que conforman: que dan figura y forma. Entre el sonido y la forma, la diferencia es dada por el órgano de percepción que los recibe.
Matrices, patrones-fuerza de la materia-mundo, las madres son modulaciones de la energía, los modos de proceder de la fuerza (śakti) cósmica. En el śivaísmo de Cachemira, ella es la personificación de la vibración (spanda) expansiva, la que da forma al sonido (vāc) primordial, inarticulado, que le corresponde a Śiva. Manifestación sonora. El universo es esa vibración. Si los entes se diferencian es por efecto de la diferente velocidad a la que vibran. El universo (o la percepción del mismo) es el resultado de esa diversificación. A ese poder de transformación de la energía sonora en sonidos audibles progresivamente diferenciados se le designa en sánscrito con la palabra māyā. Los entes (o la ilusión perceptiva de los mismos) son resultado de esa actividad. Māyā es la poderosa ilusión que mantiene las partículas de conciencia en la ignorancia de su naturaleza. En cuanto cesa su actividad, la percepción ilusoria (de las formas) se destruye y la multiplicidad sonora vuelve a reabsorberse en su origen.
En esa labor de reversión, la Śakti es Durgā, la inalcanzable, o Kālī, la negra, o Chinnamastā, cuya boca recibe la sangre de su propio cuello degollado, o Cāmuṇdā, la que engulle los ejércitos. Y en cada uno de estos aspectos, la Madre devuelve a su origen lo que engendró.
Los dioses no eran particularmente sabios. Según las escrituras védicas, aunque habitasen mundos independientes, dioses y humanos estaban sometidos por igual a la rueda del devenir, esa cadena de la que los más lúcidos entendían que debían liberarse. Según comentaba el autor del Nāṭyaśāstra, la extrema felicidad de los dioses era el obstáculo que les impedía desear liberarse de la rueda, por lo que una vez cumplido su ciclo –cuyo tiempo se calculaba en eones–, habrían de bajar de nuevo a un mundo inferior. Liberarse es algo que tan sólo puede desearse cuando se sufre.
Siddharta Gautama, el esclarecido, invitaba a quienes quisieran escucharle a comprender las causas del sufrimiento. Lo que enseñaba era un método destinado a romper la cadena de la acción condicionada. ¿Qué otra cosa podría ser la sabiduría, en efecto, sino la íntima comprensión del mecanismo del Hambre?.

El planeta es entre todos sus seres un único cuerpo vibrante. Y esto no es maravilloso, como quisieron pensar algunos alucinados, es terrible. Lo es porque contradice la voluntad de todo individuo, adiestrada en sobrevivir por encima de otros, por encima de los propios hijos, si fuese necesario, escalando sus cuerpos para aspirar, arriba, el resto de oxígeno que quedase flotando, en la cámara, por encima del gas letal.
La paz no es una opción en este mundo. Nada está a salvo en sus límites. Nada perdura. Una conciencia entrenada en la fugacidad y una voluntad acorde tal vez puedan hallar, más allá de la sangre, bajo la dentellada, o mientras el cuerpo resbala hacia el abismo, la serenidad suficiente como para aceptar el orden impuesto.

El suicidio es el único acto de libertad posible, le oigo decir a esta voz ingenua que a menudo se abre paso entre mis huesos. ¿Un acto libre? ¿Qué es un acto libre? ¿De qué pretende liberarse el suicida? ¿Qué libertad es aquella que lleva a un individuo a desistir de su existencia cuando las circunstancias no le favorecen? Si éstas se transformasen de repente y, en el último momento, adoptasen una forma que le resultase satisfactoria, ¿acaso no desistiría de su propósito?
Sabio es aquel que actúa sin apegos, afirmaba el Bhagavadgītā.

Difficult compassion addresses what has been a central idea in Chantal Maillard’s thought: compassion itself. Only not as an idea, but certainly as an event.
Difficult compassion has its essential core, as a source from which flows the book, in a gesture. Who executes it is a character inserted in another tragedy, that of Medea.
He reaffirms his fondness for oriental thought as a clean look at reality, free of Christian contamination. And it recovers compassion as formulated by Siddharta Gautama, exempt from notions of justice (also this preference for compassion as universal above the particularity of justice is, by the way, in Albert Camus), of morals, of gods and of innocents (the representation of God as an innocent executioner means in Maillard the definitive strategy for the elimination of that primitive look to the world, which from the East ignited the fire of Philosophy).
It is not about judging Medea, nor is it about denying her crime; it is enough to accompany her. For what? Exact: so that life is more bearable.
It is urgent to educate ourselves in “sentimental discrimination”, aware that today’s man lives immersed in representation and that we receive reality through the same means (the screen) and in the same way as serials. “The problem,” he says, “is that we have not been educated to be mature spectators and this allows us to be manipulated through our emotions.” That is why the sentimental education that he proposes would help to understand how emotions are generated and how they are transformed into ideas and beliefs. A learning that should be part of the subject of political education that current curricula lack.

I know that the first word that is written -or the one that is pronounced- does not matter. The one that matters is the last, always. People think – people? Yes, that multiple, unreflective being, memo- that what matters is the beginning.
It is not birth that matters but hunger. Everything that lives is sustained on hunger. And hunger is the other, the predation of the other, the death of the other.
Hunger is the fuel; the death, the seed. The world is the perpetual representation of a first violence. Existence, the result of that violence.

At first it was sound, say the ancient Vedic scriptures. In the Atharva Veda and the Aitareya Brāhmaṇa it is called vāc: primordial sound.
Then there were the resonances. And the verb-the act-was conjugated. I, you, we, you, them: pro-names still, close to the name that consecrates the difference.
The forms? Pure reverberation Sound analogy.
On the opposite slope was that unpronounceable sound. Reverse word, return word.

“Harmony” was the word with which the ancient Greeks designated the good conjunction of the parts. The Pythagoreans applied it to the order of the spheres; Aristotle, to the supposed concordance of the understanding with nature. But what is nature for the understanding but the imaginary re-flexion of some neural responses or, in the expression of another philosopher, the result of the exercise of the faculties of representation? Without that admiration, without that deep and programmed agreement with the system, would you consent so easily to the human animal to perpetuate itself?.

In Sanskrit mā means “measure”. Mātrā is the measure and also the duration, the number, the unit of time, the portion, the atom. The weight and the measurement. Weight is the density or consistency that forms acquire as the length of the sound interval increases, its duration: its measurement.
Mātṛka: “matrix” sounds that together form the sound matrix of the universe. In the Tantric doctrine, the eight matrices that correspond to the eight groups or fonts of the Sanskrit alphabet, eight possible ways of vibrating. Mothers or primordial matrices: sounds that shape, that make up: that give shape and form. Between sound and form, the difference is given by the organ of perception that receives them.
Matrices, patterns-force of matter-world, mothers are modulations of energy, modes of proceeding of cosmic force (śakti). In the śivaísmo of Kashmir, she is the personification of the expansive vibration (spanda), which gives shape to the primal, inarticulate sound (vāc), which corresponds to Śiva. Sound manifestation. The universe is that vibration. If the entities differ, it is due to the different speed at which they vibrate. The universe (or the perception of it) is the result of that diversification. This power of transformation of the sound energy into progressively differentiated audible sounds is designated in Sanskrit with the word māyā. The entities (or the perceptive illusion of them) are the result of that activity. Māyā is the powerful illusion that keeps the particles of consciousness in ignorance of their nature. As soon as its activity ceases, the illusory perception (of the forms) is destroyed and the sonic multiplicity becomes reabsorbed in its origin.
In this reversal, the Śakti is Durgā, the unreachable, or Kālī, the black one, or Chinnamastā, whose mouth receives the blood from her own throat that is slit, or Cāmuṇdā, which swallows the armies. And in each of these aspects, the Mother returns to her origin what she engendered.
The gods were not particularly wise. According to the Vedic scriptures, although they inhabited independent worlds, gods and humans were equally subject to the wheel of becoming, that chain of which the most lucid understood that they should be liberated. According to the author of the Nāṭyaśāstra, the extreme happiness of the gods was the obstacle that prevented them from wanting to get rid of the wheel, so that once their cycle -whose time was calculated in eons- was completed, they would descend again to a world lower. Freeing yourself is something that can only be desired when you suffer.
Siddhartha Gautama, the enlightened one, invited those who wanted to listen to him to understand the causes of suffering. What he taught was a method designed to break the chain of conditioned action. What else could be wisdom, in effect, but the intimate understanding of the Hunger mechanism?.

The planet is among all its beings a single vibrant body. And this is not wonderful, as some hallucinates wanted to think, it’s terrible. It is because it contradicts the will of every individual, trained to survive above others, above their own children, if necessary, by climbing their bodies to suck up the rest of the oxygen that remains floating in the chamber. over lethal gas.
Peace is not an option in this world. Nothing is safe in its limits. Nothing lasts. A consciousness trained in transience and a willing will perhaps find, beyond the blood, under the bite, or while the body slides into the abyss, enough serenity to accept the imposed order.

Suicide is the only act of freedom possible, I hear him say to this naive voice that often breaks through my bones. A free act? What is a free act? What does the suicide attempt to free himself from? What freedom is that which leads an individual to desist from his existence when circumstances do not favor him? If these were transformed suddenly and, at the last moment, adopted a form that would be satisfactory, would not it desist from its purpose?
Wise is one who acts without attachments, said the Bhagavadgītā.

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