El Rastro De Los Rusos Muertos — Vicente Vallés / The Trail Of The Dead Russians by Vicente Vallés (spanish book edition)

A modo de crónica más que de ensayo, el autor nos relata en un primer capítulo los cadáveres relacionados con la administración rusa. Algunos de ellos mal explicados y, que dan origen a teorías de la conspiración, al ser diplomáticos poco va a trascender de sus actividades.
Usando ese primer capítulo como hilo, conocerá el público menos informado como se las gastan los rusos, eso sí, con una pega enorme en este libro, la cual no es otra que el dar por supuesto que todo el público conoce el origen del estado corrupto y dictatorial que es Rusia, toca temas de la mafia en España, injerencias y demás pero de manera superficial, estilo informativo.
Por lo tanto una obra aceptable, entretenida a ratos y superficial, demasiado superficial y de la que esperaba más.

Carter Page, puso en marcha el fondo Global Energy Capital junto con Serguéi Yatesenko, que había sido ejecutivo de Gazprom, la primera empresa de Rusia. Page consiguió conformar una voluminosa agenda de contactos en ese país desde que a principios de siglo trabajó en Moscú para Merrill Lynch. Y, sobre todo, acumuló un conocimiento exhaustivo del potente mercado ruso del crudo. Se convirtió, además, en un profundo admirador de Vladímir Putin, y en un crítico permanente de la política de Estados Unidos hacia el Kremlin.
Días después, Trump explicó a otros periodistas que Carter Page elaboraba para él documentos sobre Rusia y sobre política energética. Meses más tarde negó conocerle. Mientras que Page aseguraba a la prensa que era miembro del equipo de campaña de Trump, la postura oficial de ese equipo es que no se recordaba ninguna reunión en la que hubiera participado Page. La prensa americana publicó que Page había sido investigado por los servicios de inteligencia debido a sus contactos con altos funcionarios rusos.
Pasados cuatro meses de aquella visita de Trump a The Washington Post, Carter Page dio una conferencia en la Escuela de Alta Economía de Moscú. En el entorno de esas horas, también se reunió con Igor Diveikin, alto responsable de la Duma —el Parlamento ruso—. Y, además, mantuvo un encuentro con Igor Sechin, de cincuenta y cinco años, nacido en la antigua Leningrado, principal ejecutivo de la Compañía nacional de petróleo de Rusia, Rosneft, y antiguo vice primer ministro.

Denis Nikolaievich Voronenkov, murió veintiocho días después que Vitali Churkin, cincuenta y tres días después que Alexander Kadakin, setenta días después que Andréi Malanin, ochenta y cuatro días después que Oleg Erovinkin y Roman Skrylnikov, noventa y un días después que Petr Polshikov y Andréi Kárlov, y ciento treinta y dos días después que Serguéi Krikov.

Watts había publicado, junto con dos colegas más, un informe muy revelador sobre las habilidades rusas en materia de influencia en las mentes occidentales a través de las herramientas que ofrece internet. «Troleando por Trump: cómo Rusia trata de destruir nuestra democracia». El título no pretendía insinuar y, de hecho, no insinuaba nada. Su ostentosa claridad solo dejaba margen a la imaginación al leer el subtítulo: «Trump no es el objetivo final de la guerra informativa de Rusia contra Estados Unidos. No han hecho más que empezar».
Watts explica en su informe cómo Rusia supo aprovechar las muchas opciones que ofrece internet para multiplicar el impacto de su propaganda, emboscada en webs de supuesta información, y a través de las redes sociales. Utilizó a sus hackers para robar correos electrónicos y lanzarlos en la batalla política de la campaña electoral.
Pero el objetivo del presidente ruso no era solo que Hillary Clinton perdiera, y colocar a Trump en la Casa Blanca. Según la tesis de Watts, el Kremlin buscaba establecer raíces más profundas, provocando una fuerte «división en el electorado y —haciendo que ganara— un presidente sin un mandato claro de gobierno», hasta generar un fallo del sistema democrático americano: su jibarización, limitar su efectividad, «erosionar la democracia desde dentro», «destruir la confianza de los americanos en su sistema de gobierno». «Por desgracia, está teniendo éxito», concluía Watts. Y utilizando para ello a los sectores más extremistas: especialmente a la extrema derecha, pero también a la extrema izquierda.
Los objetivos estaban marcados: que los ciudadanos occidentales perdieran su confianza en el sistema democrático, exacerbar la división política en Occidente, erosionar la confianza de los ciudadanos hacia sus representantes y hacia las instituciones democráticas, poner en valor las políticas de Rusia, y crear confusión sobre las informaciones de los medios de comunicación hasta provocar que no esté muy clara la línea que separa la verdad de la ficción. «En definitiva, pretendían debilitar a los enemigos de Rusia sin usar la fuerza».
La misma agitprop —agitación y propaganda— que se había utilizado dos décadas antes para levantar a las masas y tomar el palacio de Invierno de San Petersburgo, se utilizaba hacia el exterior para debilitar a los adversarios extranjeros: propagación de rumores y descrédito de personalidades y líderes de otros países. Andropov dirigió el KGB durante quince años, empezando en los sesenta, en plena Guerra Fría, y desarrolló el uso de las medidas activas para promover la subversión y la disidencia en Occidente. Lo hizo con gran éxito en algunas ocasiones, y generó cierto halo de grandeza y heroicidad patriótica a su alrededor. Putin gustaba de recordar aquellos éxitos de Andropov cuando asumió el liderazgo del FSB a finales de los noventa. Y siguió los pasos de su antecesor en el KGB: primero, el control de los servicios secretos; después, el poder. También siguió sus pasos estratégicos de lucha contra Occidente en la aplicación de medidas activas en procesos electorales.

A principios de siglo la petrolera rusa Lukoil intentó tomar posiciones en España. Lo consiguió en 2012, invirtiendo cincuenta millones de euros en el conocido como «Muelle de la energía» del puerto de Barcelona. Pero ya en 2002 quiso instalar gasolineras en colaboración con la compañía española Sarmet on Plus. Oniani participó en las conversaciones. En 2008, Lukoil pretendió dar el golpe definitivo haciéndose con la mayoría de la multinacional petrolera Repsol, una de las principales empresas españolas, y estratégica para el sector energético del país. El Gobierno lo impidió. El entonces presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, recibió informes del Centro Nacional de Inteligencia —CNI, el servicio secreto español— en los que se informaba de la posible conexión de Lukoil con el crimen organizado ruso. Incluso el presidente de la compañía, Vaguit Alekpérov, había figurado en una lista del propio ministerio del Interior de Rusia. También Zajar Kalashov aparecía como propietario «de una parte significativa de una de las sociedades rusas más grandes de petróleo»: Lukoil. La operación no se realizó.
Muchos de los mafiosos se habían instalado cómodamente en mansiones de la costa mediterránea española, donde encontraron sol, temperaturas agradables, poco riesgo judicial, anonimato y facilidad para blanquear el dinero conseguido con sus actividades delictivas: extorsión, secuestros, prostitución, compraventa de propiedades inmobiliarias con dinero negro, tráfico de arte, joyas y armas, fraude, drogas y cualquier otra actividad ilegal que generase rendimientos económicos voluminosos. Por entonces, Litvinenko se había convertido en un destacado informador remunerado con fondos públicos del Reino Unido y España.
La Tambovskaya tenía el control de los movimientos en el puerto de San Petersburgo, y eso generaba ingentes cantidades de dinero en comisiones ilegales. Y desde esa atalaya comprobó cómo otros mafiosos de similar condición a la suya corrían riesgo. Por ejemplo, su camarada Víctor Gabrilenkov había sufrido al menos dos intentos de atentado fallidos, mientras eran asesinados diputados de la Duma poco complacientes con el hampa, como Galina Starovoitova, que recibió certeros y fatales disparos cuando iba a entrar en su casa. Galina había denunciado la relación entre el crimen organizado y el Gobierno ruso. Fue asesinada el 20 de noviembre de 1998. Tres días antes, Litvinenko y otros agentes del FSB habían denunciado en una rueda de prensa la responsabilidad criminal de los servicios secretos rusos, a las órdenes del Gobierno.
Monastirski decidió ponerse a resguardo. Encontró en la localidad de Estepona, en la Costa del Sol española, una hermosa casa de dos plantas y piscina en la urbanización El presidente. Tenía un garaje, que él llenó de coches de lujo.

Alexander Litvinenko, exagente del KGB y colaborador de los servicios de inteligencia británicos y españoles, murió el 23 de noviembre de 2006 a las nueve y veintiún minutos de la noche. Era milagroso que su cuerpo hubiese aguantado tantos días después de ingerir el polonio. Pero fue el tiempo que necesitó para dar a las autoridades británicas horas y horas de datos sobre lo que él creía que le había pasado. Y las autoridades británicas dedicaron los años siguientes a investigarlo.
Una década después Theresa May, la entonces ministra del Interior del Gobierno británico y posterior primera ministra, dirigía un discurso ante el pleno de la Cámara de los Comunes del Parlamento, en Westminster. Aquel 21 de enero de 2016 se hacía público el resultado de la investigación oficial sobre el asesinato de Alexander Litvinenko, realizada por sir Robert Owen, antiguo juez de la Corte Suprema de Inglaterra y Gales. Theresa May leyó las conclusiones del informe, en las que se establecía la responsabilidad de Andréi Lugovoi y Dmitri Kovtun. Y, mucho más importante que eso, May dijo que «hay una gran probabilidad de que actuaran bajo la dirección del Servicio de Seguridad Federal o FSB. Y la investigación ha concluido que la operación del FSB para matar al señor Litvinenko fue probablemente aprobada por el señor Patrushev, el jefe del FSB, y por el presidente Putin». Dicho en la solemnidad de la sede parlamentaria del Reino Unido, por un miembro del Gobierno de su majestad británica. El Reino Unido acusaba formalmente de un asesinato al jefe de Estado de la Federación Rusa, Vladímir Putin.
Apenas dos años después, la ya primera ministra Theresa May se dirigía de nuevo a la Cámara de los Comunes en marzo de 2018 para acusar a Rusia del intento de asesinato de Serguéi Skripal, un excoronel del GRU —servicio de inteligencia del ejército ruso— y agente doble, pagado por la inteligencia británica. Skripal, su hija, y varias decenas de personas más sufrieron las consecuencias de un gas nervioso de uso militar, desarrollado en Rusia en los años ochenta y noventa, aunque Rusia asegura que cualquier país puede disponer de él. Era la primera vez que se utilizaba una sustancia de ese tipo en Europa Occidental desde la Segunda Guerra Mundial.

Putin solo declara ser el propietario de dos apartamentos, una plaza de aparcamiento y un coche utilitario. Opinión muy distinta es la de Stanislav Belkovski. Este analista político ruso ha dedicado parte de su vida a investigar las capacidades económicas de Putin, más allá de los aproximadamente ciento veinte mil dólares anuales que le paga el Estado ruso por ser su presidente. Y más allá de los caros regalos que recibe, y que reconocen personas cercanas al presidente: relojes de marca, por ejemplo.
Según los cálculos de Belkovski, Putin posee y controla a través de personas interpuestas porcentajes importantes de empresas rusas de recursos naturales como Gazprom o Gunvor. Su estimación es que el presidente ruso dispondría de una fortuna personal cercana a los cuarenta mil millones de dólares. La CIA da credibilidad a esas cifras, aunque nadie podrá nunca poner sobre una mesa una pila de papeles oficiales firmados por Putin que demuestren nada de forma inequívoca.
No hay mejor gesto improvisado que aquel que se prepara concienzudamente. La añoranza de la grandeza soviética pasada nunca desaparece en Rusia. Y nunca se ha difuminado en la mente y el corazón de Vladímir Putin.
Vladímir Putin no había alcanzado el mando para ser una versión joven de Yeltsin, un nuevo líder débil y entregado al poderío de Estados Unidos y de sus aliados de Occidente. Para empezar, nunca se vería a Putin borracho en una rueda de prensa, ni en calzoncillos pidiendo un taxi en Washington para ir a comprar pizza. Putin tenía la determinación de reequilibrar la partida que, poco a poco, la Unión Soviética había empezado a perder en tiempos de Leónidas Breznev, que empeoró con los breves y frágiles liderazgos de Yuri Andropov y Konstantín Chernenko, que entró en fase de derrota ineludible con Mijaíl Gorbachov, y que terminó en ruina con Boris Yeltsin. De continuar ese recorrido acelerado hacia lo más profundo del precipicio, a Putin le correspondería jugar el papel de enterrador de Rusia. Pero no estaba dispuesto a aceptarlo.
Era presidente de la Federación Rusa cuando vio salir de la Casa Blanca a Bill Clinton el 20 de enero de 2001. Ese mismo día vio entrar a George W. Bush. Desde el Kremlin, vio salir de la Casa Blanca a Bush el 20 de enero de 2009. Ese mismo día, vio entrar a Barack Obama. Con todo el poder en sus manos, el 20 de enero de 2017 vio salir de la Casa Blanca a Obama, y vio entrar a Donald Trump. Sí, con todo el poder de Rusia en sus manos. Para entonces, el anfitrión que había recibido a Bill Clinton en Moscú en junio de 2000, había conseguido que el mundo entero diera por hecho que era él quien había provocado la derrota de Hillary Clinton y había facilitado la victoria de Donald Trump. Si eso fuese cierto, el mundo habría asistido a la más exitosa operación de espionaje y sabotaje de la historia: Rusia, decidiendo quién sería el presidente de los Estados Unidos.
El 18 de marzo de 2018 los rusos le renovaron en la presidencia por seis años más. El muchacho de Leningrado, que se hizo espía del KGB, se convertía en el dirigente ruso que más tiempo había ostentado el liderazgo en el país, después de Josif Stalin. Volodia, como le llaman en casa, era ya el espía que dominaba el mundo.

El putinismo es admirado por amplios sectores políticos y sociales en países con larga tradición democrática. El mito del líder fuerte es muy del gusto de la derecha más extrema en Estados Unidos, Holanda, Alemania o Reino Unido. Y los efluvios soviéticos que emite Putin encuentran una calurosa acogida en buena parte de la extrema izquierda nostálgica de países como Grecia, Italia, España o Francia. Húngaros y polacos ya han elevado al poder a líderes que abrazan el concepto de la llamada «democracia iliberal», en contraposición a la democracia liberal que soportó los embates del fascismo y del comunismo en el siglo XX, y que trata de sobrevivir en el XXI.
El objetivo de Vladímir Putin: provocar el caos en Estados Unidos y en los países europeos para así reequilibrar la partida que Rusia empezó a perder en los años sesenta; alentar el extremismo de izquierdas y de derechas en las sociedades libres para dañarlas; fomentar el populismo destructivo y provocar odios internos en los países rivales para empequeñecerlos; provocar situaciones límite que pongan a prueba la resolución de los líderes occidentales y su capacidad de respuesta ante los desafíos, a sabiendas de que enfrente solo encontrará división y pusilanimidad. En definitiva, trasladar al tablero político mundial la paradójica enseñanza del judo, el deporte que Putin ha practicado desde siempre: aprovechar las fortalezas del adversario en su contra. Aprovechar la tradición democrática de Occidente, para doblegar a Occidente. Sacar ventaja de las libertades de Occidente, para introducir discordias en Occidente. Utilizar las nuevas tecnologías inventadas en Occidente, para alimentar el extremismo y provocar enfrentamientos internos en Occidente.
Putin ha sabido sacar provecho, por ejemplo, de la dependencia que buena parte de Europa Occidental tiene del gas ruso. Y ha desplegado su fuerza militar allí donde le ha interesado, sin que las potencias occidentales hayan dado una respuesta armada. Putin sabía que nunca lo harían, porque las sociedades occidentales no podrían asumir un conflicto de ese tipo. La rusa, sí. Putin es más poderoso en su país gracias, también, a esas intervenciones militares. Rusia ha desafiado a Estados Unidos y a la Unión Europea, que han hecho lo único que sus opiniones públicas iban a permitir que se hiciera: imponer sanciones económicas. Pero, mientras, Rusia se anexionó Crimea, fuerzas prorrusas controlaron el este de Ucrania, y un despliegue militar ruso se hizo fuerte en Siria, país determinante en el infernal tablero de Oriente Medio, antes controlado por Estados Unidos.

El analista británico Timothy Garton Ash definió el concepto con una comparación muy ilustrativa:
—La diferencia entre una democracia y una democracia soberana es la misma que entre una camisa y una camisa de fuerza.

Otros libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/08/13/trump-y-la-caida-del-imperio-clinton-vicente-valles/

As a chronicle rather than essay, the author tells us in a first chapter corpses related to the Russian administration. Some of them poorly explained and, which give rise to theories of conspiracy, being diplomatic little will transcend their activities.
Using that first chapter as a thread, you will know the less informed public as the Russians spend it, though, with a huge clout in this book, which is none other than the assumption that all the public knows the origin of the corrupt state and dictatorial that is Russia, touches issues of the mafia in Spain, interference and others but in a superficial, informative style.
Therefore an acceptable work, entertained at times and superficial, too superficial and of which I expected more.

Carter Page, launched the Global Energy Capital fund together with Sergei Yatesenko, who had been an executive of Gazprom, the first company in Russia. Page managed to form a voluminous agenda of contacts in that country since at the beginning of the century he worked in Moscow for Merrill Lynch. And, above all, he accumulated an exhaustive knowledge of the powerful Russian oil market. He also became a profound admirer of Vladimir Putin, and a permanent critic of US policy toward the Kremlin.
Days later, Trump explained to other journalists that Carter Page was preparing documents for him on Russia and on energy policy. Months later he denied knowing him. While Page assured the press that he was a member of Trump’s campaign team, the official position of that team is that no meeting in which Page had participated was remembered. The American press reported that Page had been investigated by the intelligence services because of his contacts with senior Russian officials.
Four months after Trump’s visit to The Washington Post, Carter Page gave a lecture at the Moscow School of High Economics. In the vicinity of those hours, he also met with Igor Diveikin, the head of the Duma – the Russian Parliament. And, in addition, he had a meeting with Igor Sechin, fifty-five years old, born in the old Leningrad, chief executive of the Russian National Oil Company, Rosneft, and former deputy prime minister.

Denis Nikolaievich Voronenkov, died twenty-eight days after Vitali Churkin, fifty-three days after Alexander Kadakin, seventy days after Andréi Malanin, eighty-four days after Oleg Erovinkin and Roman Skrylnikov, ninety-one days after Petr Polshikov and Andrei Karlov, and one hundred and thirty-two days after Sergei Krikov.

Watts had published, along with two other colleagues, a very revealing report on Russian skills in influencing Western minds through the tools offered by the internet. «Trolling for Trump: how Russia tries to destroy our democracy». The title did not intend to insinuate and, in fact, did not hint at anything. Its ostentatious clarity only left room for the imagination to read the subtitle: “Trump is not the ultimate goal of Russia’s war of information against the United States. They have only just begun ».
Watts explains in his report how Russia knew how to take advantage of the many options offered by the internet to multiply the impact of its propaganda, ambush websites of supposed information, and through social networks. He used his hackers to steal emails and throw them into the political battle of the election campaign.
But the goal of the Russian president was not only that Hillary Clinton lost, and place Trump in the White House. According to Watts’s thesis, the Kremlin sought to establish deeper roots, provoking a strong “division in the electorate and – making it win – a president without a clear mandate of government”, until generating a failure of the American democratic system: its jibarization, limit its effectiveness, “erode democracy from within”, “destroy the confidence of Americans in their system of government.” “Unfortunately, he’s succeeding,” Watts concluded. And by using the most extreme sectors: especially the extreme right, but also the extreme left.
The objectives were marked: for Western citizens to lose their confidence in the democratic system, to exacerbate the political division in the West, to erode the confidence of citizens towards their representatives and to democratic institutions, to value Russia’s policies, and to create confusion on the information of the media to cause the line between truth and fiction is not very clear. “Ultimately, they intended to weaken Russia’s enemies without using force”.
The same agitprop-agitation and propaganda-that had been used two decades earlier to lift the masses and take the Winter Palace of St. Petersburg, was used outwardly to weaken foreign adversaries: spreading rumors and discrediting personalities and leaders from other countries. Andropov led the KGB for fifteen years, beginning in the 1960s, during the Cold War, and developed the use of active measures to promote subversion and dissidence in the West. He did it with great success on some occasions, and generated a halo of greatness and patriotic heroism around him. Putin liked to remember those successes of Andropov when he assumed the leadership of the FSB at the end of the nineties. And he followed in the footsteps of his predecessor in the KGB: first, the control of the secret services; after, the power. He also followed his strategic steps of struggle against the West in the application of active measures in electoral processes.

At the beginning of the century the Russian oil company Lukoil tried to take positions in Spain. He got it in 2012, investing fifty million euros in what is known as “Muelle de la energía” in the port of Barcelona. But already in 2002 he wanted to install gas stations in collaboration with the Spanish company Sarmet on Plus. Oniani participated in the conversations. In 2008, Lukoil tried to take the final blow by taking over the majority of the oil multinational Repsol, one of the main Spanish companies, and strategic for the country’s energy sector. The government prevented it. The then president, José Luis Rodríguez Zapatero, received reports from the National Intelligence Center – CNI, the Spanish secret service – informing about the possible connection of Lukoil with Russian organized crime. Even the president of the company, Vaguit Alekperov, had been on a list of the Russian Ministry of the Interior. Also Zajar Kalashov appeared as the owner “of a significant part of one of the largest Russian oil companies”: Lukoil. The operation was not carried out.
Many of the gangsters had settled comfortably in mansions of the Spanish Mediterranean coast, where they found sun, pleasant temperatures, little judicial risk, anonymity and facility to launder the money obtained with their criminal activities: extortion, kidnapping, prostitution, real estate purchase and sale with black money, art traffic, jewelry and weapons, fraud, drugs and any other illegal activity that generated bulky economic returns. By then, Litvinenko had become a leading informant paid with public funds from the United Kingdom and Spain.
Tambovskaya had control of the movements in the port of St. Petersburg, and that generated huge amounts of money in illegal commissions. And from that watchtower he saw how other mobsters of similar condition to his ran risk. For example, his comrade Víctor Gabrilenkov had suffered at least two unsuccessful attempts at assassination, while deputies from the Duma who were not very compliant with the underworld, such as Galina Starovoitova, who received accurate and fatal shots when he was entering his house, were murdered. Galina had denounced the relationship between organized crime and the Russian Government. She was murdered on November 20, 1998. Three days earlier, Litvinenko and other FSB agents had denounced at a press conference the criminal responsibility of the Russian secret services, at the orders of the Government.
Monastirski decided to take shelter. He found in the town of Estepona, on the Spanish Costa del Sol, a beautiful two-storey house and swimming pool in the El Presidente urbanization. He had a garage, which he filled with luxury cars.

Alexander Litvinenko, former KGB and collaborator of the British and Spanish intelligence services, died on November 23, 2006 at nine twenty-one minutes of the night. It was miraculous that his body had endured so many days after ingesting polonium. But it was the time it took to give the British authorities hours and hours of data on what he thought had happened to him. And the British authorities spent the following years investigating it.
A decade later, Theresa May, the then Minister of the Interior of the British Government and later Prime Minister, was addressing a plenary session of the House of Commons in Westminster. On January 21, 2016, the result of the official investigation into the murder of Alexander Litvinenko, made by Sir Robert Owen, former judge of the Supreme Court of England and Wales, was made public. Theresa May read the conclusions of the report, which established the responsibility of Andréi Lugovoi and Dmitri Kovtun. And, much more important than that, May said that “there is a high probability that they would act under the direction of the Federal Security Service or FSB. And the investigation has concluded that the operation of the FSB to kill Mr. Litvinenko was probably approved by Mr. Patrushev, the head of the FSB, and by President Putin. ” Said on the solemnity of the parliamentary seat of the United Kingdom, by a member of the Government of his British Majesty. The United Kingdom formally accused the head of state of the Russian Federation, Vladimir Putin, of a murder.
Barely two years later, already Prime Minister Theresa May went back to the House of Commons in March 2018 to accuse Russia of the attempted assassination of Sergei Skripal, an ex-commander of the GRU, the intelligence service of the Russian army. double agent, paid by British intelligence. Skripal, his daughter, and several dozen others suffered the consequences of a nervous gas for military use, developed in Russia in the eighties and nineties, although Russia ensures that any country can dispose of it. It was the first time such a substance had been used in Western Europe since the Second World War.

Putin only declares to be the owner of two apartments, a parking space and a utility car. Stanislav Belkovski’s opinion is very different. This Russian political analyst has devoted part of his life to investigating Putin’s economic capabilities, beyond the approximately one hundred and twenty thousand dollars a year that the Russian state pays for being its president. And beyond the expensive gifts it receives, and that recognize people close to the president: branded watches, for example.
According to Belkovski’s calculations, Putin owns and controls through important people important percentages of Russian companies of natural resources such as Gazprom or Gunvor. His estimate is that the Russian president would have a personal fortune of nearly forty billion dollars. The CIA lends credence to these figures, although no one will ever be able to put a stack of official papers signed by Putin on a table that demonstrate anything unequivocally.
There is no improvised gesture better than the one who prepares himself conscientiously. The longing for past Soviet greatness never disappears in Russia. And it has never faded into the mind and heart of Vladimir Putin.
Vladimir Putin had not reached command to be a younger version of Yeltsin, a new weak leader and delivered to the might of the United States and its allies in the West. To begin with, you would never see Putin drunk at a press conference, or in his underpants asking for a cab in Washington to go buy pizza. Putin was determined to rebalance the game that, little by little, the Soviet Union had begun to lose in the time of Leonidas Breznev, which worsened with the brief and fragile leaderships of Yuri Andropov and Konstantin Chernenko, who entered the phase of unavoidable defeat with Mikhail Gorbachev, and that ended in ruin with Boris Yeltsin. If this accelerated path to the deepest of the precipice continues, Putin would have to play the role of the gravedigger of Russia. But I was not willing to accept it.
He was president of the Russian Federation when he saw Bill Clinton leaving the White House on January 20, 2001. That same day he saw George W. Bush enter. From the Kremlin, he saw Bush leave the White House on January 20, 2009. That same day, he saw Barack Obama enter. With all the power in his hands, on January 20, 2017 saw Obama leave the White House, and saw Donald Trump enter. Yes, with all the power of Russia in your hands. By then, the host who had received Bill Clinton in Moscow in June 2000, had got the whole world to assume that it was he who had caused the defeat of Hillary Clinton and had facilitated the victory of Donald Trump. If that were true, the world would have attended the most successful espionage and sabotage operation in history: Russia, deciding who would be the president of the United States.
On March 18, 2018 the Russians renewed him in the presidency for six more years. The boy from Leningrad, who became a KGB spy, became the Russian leader who had held the most leadership in the country, after Josif Stalin. Volodia, as they call him at home, was already the spy who dominated the world.

Putinism is admired by broad political and social sectors in countries with a long democratic tradition. The myth of the strong leader is very much to the taste of the most extreme right in the United States, the Netherlands, Germany or the United Kingdom. And the Soviet effluvia that Putin emits finds a warm welcome in a good part of the nostalgic extreme left of countries like Greece, Italy, Spain or France. Hungarians and Poles have already raised to power leaders who embrace the concept of so-called “illiberal democracy”, as opposed to the liberal democracy that endured the ravages of fascism and communism in the twentieth century, and that tries to survive in the XXI century .
The goal of Vladimir Putin: to cause chaos in the United States and in European countries in order to rebalance the departure that Russia began to lose in the 1960s; encourage left and right extremism in free societies to harm them; encourage destructive populism and provoke internal hatreds in rival countries to belittle them; provoke extreme situations that test the resolution of the western leaders and their ability to respond to challenges, knowing that in front only find division and pusillanimity. In short, transfer the paradoxical teaching of judo to the world political board, the sport that Putin has always practiced: take advantage of the adversary’s strengths against him. Take advantage of the democratic tradition of the West, to bend the West. Take advantage of the freedoms of the West, to introduce discord in the West. Use the new technologies invented in the West, to feed extremism and provoke internal confrontations in the West.
Putin has known how to take advantage, for example, of the dependence that a large part of Western Europe has on Russian gas. And he has deployed his military strength wherever he has been interested, without the Western powers have given an armed response. Putin knew that they would never do it, because Western societies could not take on such a conflict. The Russian, yes. Putin is more powerful in his country thanks, also, to these military interventions. Russia has challenged the United States and the European Union, which have done the only thing that their public opinions would allow it to do: impose economic sanctions. But, while, Russia annexed Crimea, pro-Russian forces controlled eastern Ukraine, and a Russian military deployment became strong in Syria, a decisive country on the infernal board of the Middle East, once controlled by the United States.

The British analyst Timothy Garton Ash defined the concept with a very illustrative comparison:
-The difference between a democracy and a sovereign democracy is the same as between a shirt and a straitjacket.

Books commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/08/13/trump-y-la-caida-del-imperio-clinton-vicente-valles/

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