Nuestro Veneno Cotidiano. La Responsabilidad De La Industria Química En La Epidemia De Las Enfermedades Crónicas — Marie-Monique Robin / Our Daily Poison: From Pesticides to Packaging, How Chemicals Have Contaminated the Food Chain and Are Making Us Sick by Marie-Monique Robin

Es un magnífico trabajo de investigación de la periodista francesa Marie-Monique Robin en el que reúne multitud de testimonios y datos muy relevantes acerca de cómo nuestra salud está supeditada a los intereses económicos de grandes empresas de la alimentación. Lo importante es aumentar su cuenta de beneficios, mientras que la salud pública es lo de menos.
Sin palabras. Si has prestado atención, ya lo sabes todo en la exitosa cuenta de Robin, pero no sabes ni la mitad. Las corporaciones agroquímicas, farmacéuticas e industriales nos están envenenando a nosotros y al planeta con pleno conocimiento de su culpabilidad y toda intención de mantener las cosas de esa manera. El fraude, las mentiras, la corrupción, el tráfico de influencias y el autoservicio reportados en este libro lo dejarán enojado y asustado por nuestro futuro. La captura regulatoria por la industria tóxica es peor de lo que imaginaste. La “ciencia” viscosa que emplean es impactante.
Toxicólogos que usan una raza particular de ratas para pruebas en animales porque se sabe que esa raza es inmune a la sustancia que se está probando … ¡y luego, sorpresa! No se demuestra toxicidad! El uso selectivo de los resultados de laboratorio por parte de las agencias reguladoras: escoger un puñado que no demuestre una amenaza química, mientras que ignorar 150 lo hace para justificar límites absurdamente altos en la exposición personal. Relaciones de puerta giratoria entre contaminadores y consejos reguladores. Y excusas constantes, justificaciones, palabras dobles y, peor aún, que nublan lo obvio. Robin, literalmente, se extendió por todo el mundo para este trabajo y una película documental de acompañamiento, sin fuentes ignoradas ni piedras sin remover.
Las tasas de cáncer se están disparando. Los problemas genéticos son rampantes. El futuro de la vida animada en nuestro planeta, especialmente los seres humanos, está en riesgo.
El único defecto de este trabajo asombrosamente bien documentado, para un lector de inglés, es que la traducción del francés a veces parece un poco extraña. Quizás sea simplemente que los franceses dicen cosas de manera diferente a este lector estadounidense, con oraciones más largas y tonos diferentes. Esto no hace que sea particularmente difícil de leer, solo un poco extraño.
Y para agregar una nota brillante: en estudios repetidos, cada niño pequeño analizado tenía rastros de pesticidas en su orina, pero después de cambiar a una dieta completamente orgánica, la orina de cada niño estaba libre de cualquier rastro detectable. Lo que comes, eres.

El alacloro, la molécula activa del Lasso que le confiere su función herbicida, un documento de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Food and Agriculture Organization (FAO) que data de 1996 señala que, en las «ratas expuestas a dosis letales», la muerte va precedida «de producción de saliva, de temblores, de un derrumbamiento y de coma». Cuando se trata del etiquetado de los bidones, las organizaciones de la ONU recomiendan precisar que el producto es un «posible cancerígeno para los seres humanos» y que los usuarios deben llevar un «mono de protección, guantes y una máscara» en el momento de las manipulaciones. Por último precisan que aunque «no se haya informado de ningún caso», los «síntomas de una intoxicación aguda probablemente serían dolores de cabeza, náuseas, vómitos y vértigo. Una intoxicación grave puede producir convulsiones y coma». Debido a todas estas razones Canadá prohibió el uso del Lasso desde el 31 de diciembre de 1985, seguido por la Unión Europea en 2007.

Los pesticidas son incluso «únicos, porque son los únicos productos químicos concebidos por el ser humanos y liberados intencionadamente en el medio ambiente para matar o dañar a otros organismos vivos», tal como afirma Pesticides Action Network (PAN), una red internacional de acción contra los pesticidas, en un fascículo publicado en 2007 con el apoyo financiero de la Unión Europea. Además, la gran familia de los pesticidas es identificable por su sufijo común «cida» (del latín caedere, «matar» o «abatir»), porque, según su etimología, los pesticidas son asesinos de «pestes» (de la palabra inglesa pest, «animal, insecto o planta dañina», ella misma procedente del latín pestis, que designa las plagas o las enfermedades contagiosas): las adventicias o «malas hierbas» (herbicidas), los insectos (insecticidas), los hongos (fungicidas), los caracoles y otros limacos (molusquicidas), los gusanos (nematicidas), los roedores (rodenticidas) o los cuervos (corvicidas).
El desplazamiento que consiste en reemplazar el término «pesticida» por el de «producto fitosanitario» o «fitofarmacéutico» es más que un juego de manos semántico: su objetivo de facto es engañar a los agricultores (y, de rebote, a los consumidores) haciendo pasar unos «productos concebidos para matar» por unos medicamentos que se supone protegen la salud de las plantas y, por consiguiente, la calidad de los alimentos. Un embrollo como es debido que si no se transmitiera a más alto nivel de los organismos del Estado se podría considerar anodino ya que, al fin y al cabo, es típico de las manipulaciones de la comunicación de empresa.
Monsanto constatará secretamente los mismos síntomas tras una explosión producida en su fábrica de 2,4,5-T en Nitro, Virginia occidental, el 8 de marzo de 1949. Víctimas de un envenenamiento por dioxina, los obreros que estaban presentes cuando se produjo el accidente o que fueron movilizados para la limpieza del lugar padecen náuseas, vómitos y persistentes dolores de cabeza, y desarrollan una forma grave de cloracné. El 17 de noviembre de 1953 se produce un accidente similar en una fábrica de BASF que fabrica el herbicida que entonces inunda los campos de Europa y América. Atendidos con el mismo secreto a petición de la empresa por el doctor Karl Schultz, los obreros intoxicados desarrollan la misma enfermedad de la piel, a la que el científico de Hamburgo bautizará «cloracné». A lo largo de la década de 1950 se registran por todo Estados Unidos muchos casos de esta patología que desfigura extremadamente, mientras que una «sorprendente lluvia de muerte»se abate sobre el país…

Las pruebas realizadas por los fabricantes «se hacen en laboratorio en unas condiciones muy alejadas de las condiciones reales de exposición. No entran en consideración los factores esenciales como la duración de la exposición, la temperatura exterior, el tipo de actividad y la duración de contacto». Y su conclusión era inapelable: «Se debe realizar un control de conformidad del conjunto de los monos de protección contra los productos químicos líquidos presentes en el mercado y se deben retirar sin demora los monos no conformes».
Los trastornos observados concernían principalmente a las mucosas y a la piel, con irritaciones, quemaduras, picores o eccema (40 % de los casos estudiados), al sistema digestivo (34 % de los casos), al sistema respiratorio (20 %) y después al resto del organismo, entre otras cosas problemas en el sistema neurológico, como cefaleas (24 %); un 13 % de los autores de una denuncia dejan constancia de una hospitalización consecutiva a la intoxicación y un 27 % tuvieron que recurrir a una baja laboral. Según nuestros cálculos, cada año aproximadamente 100.000 campesinos se quejan de trastornos después de haber utilizado productos fitofarmacéuticos, pero nuestra red se ocupa prioritariamente de las intoxicaciones agudas.
Hay enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Parkinson o la miopatía, cánceres, como el de la sangre —las leucemias o los linfomas no Hodgkin—, los del cerebro, de la próstata, de la piel, del pulmón y del páncreas… De hecho, cuando hablamos de enfermedades crónicas esto nos ayuda a transmitir nuestros mensajes de prevención a los agricultores. Porque si nos contentamos con decirles que corren peligro de tener una pequeña manifestación ocular, estornudos, la nariz que moquea o una irritación cutánea que desaparece en 24 horas, no sirve para mucho… Pero cuando se les dice que se ven más enfermedades de Parkinson, cánceres de cerebro o de próstata en los agricultores que en el resto de la población, esto les hace reflexionar y ahí llegan mejor nuestros mensajes de prevención.
En general todos estos investigadores hacen la misma constatación: si globalmente las poblaciones agrícolas mueren menos de cáncer que la población general, en cambio, algunos tipos de cánceres están más representados en las primeras. Es el caso de las hemopatías malignas, como la leucemia o el LNH, pero también del mieloma múltiple de huesos. Llamado todavía «enfermedad de Kahler» o simplemente «mieloma», este cáncer que se desarrolla en la médula ósea «no deja de progresar por todo el mundo», como pone de relieve el profesor Michael Alavanja en su revisión sistemática en la que cita un metaanálisis que había evaluado treinta y dos estudios publicados entre 1981 y 1996, y que estimó el exceso de riesgo en el medio agrícola en +23 %.

La lectura de la literatura médica de principios del siglo XX da escalofríos. En ella se descubre, por ejemplo, el martirio de los obreros y obreras que trabajaban en las fábricas de cerillas en Alemania, Austria o Estados Unidos, donde la industria del fósforo era floreciente. Diez años después del lanzamiento de esta muy fructífera actividad en 1830, los primeros informes médicos señalan la aparición de una enfermedad tan nueva como terrible: la osteonecrosis de la mandíbula, provocada por los vapores del fósforo amarillo y que se traduce en unas lesiones gravísimas de la mucosa bucal, una pulverización de los huesos de la mandíbula y la desaparición progresiva de los dientes. Como pone de relieve Paul Blanc, la historia de la «necrosis fosforada» ilustra perfectamente los daños del «dejar hacer» en el dominio de la seguridad laboral, ya que habrá que esperar hasta 1913 para que se prohíba el uso de fósforo amarillo en la producción de cerillas después de que la industria pusiera a punto unas alternativas menos peligrosas (como la opción basada en el fósforo rojo).
Hoy es imposible saber cuántas víctimas ha causado y sigue causando la epidemia de cánceres de vejiga debido al uso de aminas aromáticas, entre ellas, por supuesto, la bencidina y la BNA, pero también la ortotoluidina, un antioxidante muy utilizado para la fabricación de productos de caucho, como los neumáticos. Así es como a principios de la década de 1990 las autoridades sanitarias estadounidenses, alertadas por los sindicatos, identificaron un cluster, es decir, una concentración anormal de cánceres de vejiga en una fábrica de Goodyear situada en Buffalo que se aprovisionaba de ortotoluidina en… DuPont. Inútil precisar que el fabricante estadounidense está lejos de constituir una excepción, porque de un producto a otro, pero también de un país a otro, siempre se repite la misma historia siguiendo un esquema en el que invariablemente la industria dicta su ley, con la complicidad tácita de los poderes públicos, los cuales se contentan con contar los muertos y solo actúan cuanto «el coste humano es tan evidente que ya no es aceptable», por retomar las palabras de David Michaels, el nuevo secretario adjunto de Trabajo de Estados Unidos desde 2009.
Para lograr sus fines, las multinacionales colaboran estrechamente con las empresas especializadas en este tipo de trabajo, como Exponent, cuya misión es desarrollar un despliegue de «tácticas» recurrentes: «1) Reclutar y dirigir a científicos exteriores para llevar a cabo investigaciones concebidas con el objetivo de demostrar la “seguridad” de procesos o productos particulares; suscitar controversias y llevar a cabo ataques contra cualquier científico o trabajo científico que demuestren los peligros de los procesos y productos. 2) Organizar grupos de científicos “terceros” y amigos de la industria para apoyar sus posturas científicas ante organismos de reglamentación y de fijación de las normas, de los tribunales y de la opinión pública. Generalmente estos grupos se llaman “consejos de opinión científica”. 3) Crear y/o utilizar grupos de presión, organizaciones industriales y think tanks para dar una apariencia de legitimidad. 4) Utilizar e influenciar a los medios de comunicación para dominar las opiniones populares».
La ciencia desempeña un papel fundamental en este dispositivo implacable que, como pronto veremos, logró infiltrarse en las agencias encargadas de nuestra seguridad como la Food and Drug Administration (FDA) o la Autoridad Europea de Seguridad de los Alimentos (EFSA, por sus siglas en inglés). Y, por desgracia, no son raros los científicos que aceptan poner su talento y su saber al servicio de esta «conspiración ilegal».
Mientras tanto, una cosa es segura: las múltiples tácticas utilizadas por los industriales para ocultar la toxicidad de sus productos dan sus frutos. Y es que, lo vamos a ver, poderosas instituciones académicas (que, por decir las cosas sobriamente, se dejan cegar fácilmente…) toman regularmente el relevo de las mentiras de los fabricantes de veneno.

Cada vez que clasificamos un producto cancerígeno en el grupo 1 es la prueba de nuestro fracaso en anticipar y actuar de manera preventiva. Y es que cuando un producto llega a esta categoría es que ya ha provocado cánceres en los seres humanos. Evidentemente, lo ideal sería que fuéramos capaces de identificar los malos productos antes de que los seres humanos sufran la exposición a ellos durante largos períodos, con el riesgo de sufrir daños irreversibles».
Ahora bien, como vamos a ver, los «daños irreversibles» ya están actuando, porque contrariamente a lo que afirman los directivos de la industria química y sus intermediarios institucionales, las enfermedades crónicas no han dejado de progresar en el curso de los últimos cincuenta años, hasta el punto de que se puede hablar de una verdadera epidemia.
Calculamos que de un 80 % a un 90 % de los cánceres están relacionados con el medio ambiente y el modo de vida —me confirmó por su parte Christopher Wild, director del CIRC—. Es lo que demuestran los estudios sobre las personas que migran de una región del mundo a otra, donde varían la exposición a los contaminantes químicos y el modo de vida; adoptan, por así decirlo, el modelo de los cánceres de las regiones donde se instalan». Entre los estudios citados por el doctor Wild, varios conciernen a los migrantes japoneses que se instalaron en Hawai. En efecto, estos estudios demuestran que, en una o dos generaciones, los inmigrantes «adoptan» el perfil de los cánceres de Estados Unidos presentando un «riesgo mayor de cáncer de próstata, de colon, de tiroides, de mama, de ovarios y de testículos», cuya incidencia es claramente más pequeña en Japón.

El sistema reglamentario que se supone protege la salud pública contra los efectos de los productos cancerígenos no funciona. Si fuera eficaz, la tasa de incidencia del cáncer hubiera tenido que disminuir, pero no es el caso. Creo que el principio de la ingesta diaria aceptable, que representa la herramienta principal de la reglamentación de los productos tóxicos que contaminan la cadena alimentaria, protege más la industria que la salud de los consumidores». El británico Erik Millstone, físico que se pasó a la filosofía y la historia de las ciencias, es profesor de «política científica» (science policy), una cátedra que no tienen equivalente en el resto de Europa. Concretamente, se interesa por la manera como las autoridades públicas establecen su política en el dominio de la salud y del medio ambiente, y muy particularmente, por el papel que desempeña la ciencia en el proceso de decisión. Me recibió un nevado día de enero de 2010 en su despacho de la Universidad de Sussex, en Brighton al sur de Inglaterra, en medio de sus libros y documentos cuidadosamente etiquetados según las investigaciones a las que ha consagrado los treinta últimos años de su carrera: «Contaminación con plomo», «Encefalopatía bovina espongiforme…
Sigue siendo necesario que los estudios en los que se basa la EFSA para evaluar los productos químicos sean de buena calidad o que las presiones ejercidas por los industriales no sesguen completamente el proceso, lo que, por desgracia, es el caso con demasiada frecuencia… Como lo demostró de manera tristemente ejemplar en un dominio completamente diferente del de los pesticidas el inverosímil caso del famoso edulcorante de síntesis, el aspartamo.
El inventor del término «excitotoxicidad», que designa la capacidad de algunos ácidos aminados (los constituyentes fundamentales de las proteínas y péptidos), como el ácido glutámico o el ácido aspártico (un componente del aspartamo) de excitar o hiperactivar algunos receptores neuronales, hasta el punto de provocar la muerte de las neuronas cuando hay exceso de ellos. Este proceso neurotóxico se asocia a enfermedades neurológicas como la epilepsia o a los accidentes cardiovasculares, así como a patologías neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer, la esclerosis en placas o la enfermedad de Parkinson.
El aspartamo o E 951 es un edulcorante de síntesis cuyo poder endulzante es doscientas veces superior al del azúcar de caña. Presente en más de 6.000 productos alimentarios, lo consumen en todo el mundo unos 200 millones de personas (entre ellas 4 millones de franceses), que lo ingurgitan en forma de pastillas de sacarina (en las marcas Canderel o Equal), cereales para el desayuno, chicles, bebidas con gas (como la Coca-cola light u otros líquidos llamados «sin azúcar»), yogures, postres industriales, vitaminas o más de 300 medicamentos. Los principales fabricantes son los estadounidenses Merisant y NutraSweet (dos antiguas filiales de… Monsanto) y el japonés Ajinomoto, que producen cada año 16.000 toneladas de este producto.
La molécula fue descubierta fortuitamente por James Schatter, un químico de la empresa estadounidense G. D. Searle que entonces trabajaba sobre un nuevo medicamento contra las úlceras.
En efecto, un 80 % de los tumores malignos detectados en los seres humanos lo son después de la edad de 60-65 años. Por consiguiente, es aberrante sacrificar a los animales experimentales a las ciento cuatro semanas, lo que trasladado a la especie humana corresponde a la edad de la jubilación en la que es más elevada la frecuencia de la aparición de los cánceres o de las enfermedades neurodegenerativas».
Todo indica, en efecto, que más allá de los retos económicos, el aspartamo se ha convertido en una fortaleza inexpugnable, como pone de relieve Erik Millstone, el indefectible picapica de las agencias reglamentarias: «Si estas admitieran que han cometido un error, se provocaría una pérdida de confianza. Y además, sin duda temen que esto deje libre curso al asunto —me explicó con un tono francamente acusador—. Hay personas que pueden decir: quizás ustedes hayan cometido no uno, sino varios errores; ¡y quizá todo el proceso es defectuoso! El aspartamo es una Caja de Pandora: si se abre puede explotar todo el sistema. Esto también es cierto para el bisfenol A, otro producto simbólico de la ineficacia de la reglamentación tal como funciona desde hace medio siglo…».

En el momento en el que el bisfenol A, otro conocido perturbador endocrino, está en el candelero mediático, la advertencia de la representante de DES resonó como una poderosa desaprobación de las agencias de reglamentación. Y es que, como vamos a ver, en los albores de la década de 2010 estas siguen haciendo caso omiso a las múltiples señales de alerta lanzadas en todo el mundo por decenas de investigadores independientes…
«La industria química ha hecho un enorme trabajo de desinformación para convencer a la gente de que no estamos expuestos al bisfenol A y de que las cantidades presentes en nuestros organismos no son en absoluto preocupantes —declaró Fred vom Saal durante el coloquio de Nueva Orleans—. Los hechos demuestran lo contrario. Solo por ponerles un ejemplo, si ustedes quieren tener su dosis cotidiana de BPA basta con que coman salsa de tomate Heinz o bonito en aceite proveniente de una lata de conserva. El Centro para el Control de las Enfermedades de Atlanta (CDC, en sus siglas en inglés) llevó a cabo varios estudios para medir el nivel de BPA en la orina de la población estadounidense.19 Y como se puede ver en esta investigación nacional, más del 95 % de los estadounidenses están contaminados y cuanto más jóvenes son, más elevado es el nivel de bisfenol. Hay que señalar que la contaminación de los bebés prematuros que se meten en la incubadora o en la unidad de cuidados intensivos es particularmente inquietante debido a la presencia de BPA, pero también de ftalatos, en las bombas y bolsas de perfusión de plástico. Las cantidades de bisfenol A medidas son idénticas a las que utilizo en mis estudios experimentales desde hace más de diez años…».
La reglamentación actual se basa en unos conceptos de la década de 1970, completamente inoperantes para sustancias como los perturbadores endocrinos. Es absolutamente necesario cambiar de programa informático o de esquema de pensamiento. Se ha formado a generaciones de toxicólogos con la idea de que «es la dosis lo que hace el veneno»; ahora bien, hoy se constata que para muchas sustancias es el período, e incluso a veces el día, lo que hace el veneno. Por ejemplo, la formación de los testículos se hace en cuadragésimo tercer día del embarazo: ese día, más vale que la mujer embarazada evite tener una exposición a moléculas que tienen un impacto testicular… Y además, el sistema actual constituye una aberración porque no tiene en cuenta nuestra exposición múltiple y permanente a ciertas moléculas químicas. La evaluación se hace molécula a molécula, mientras que en la vida real estamos sometidos a mezclas que pueden formar auténticas bombas químicas…

La leucemia infantil representa un drama tanto más injusto cuanto que todo indica que su incidencia podría reducirse considerablemente si se informara a las mujeres embarazadas del papel que desempeñan en su etiología los pesticidas y, sobre todo, los insecticidas. En efecto, una «decena de estudios epidemiológicos recientes han demostrado que el uso de insecticidas de interior durante el embarazo duplica como mínimo la probabilidad de que el niño que va a nacer desarrolle una leucemia o un linfoma no Hodgkin», como me explicó Jacqueline Clavel, directora de la unidad Epidemiología Medioambiental de los Cánceres en el Inserm,58 que dirigió uno de ellos. En 2009 un equipo de la Universidad canadiense de Ottawa llevó a cabo un metaanálisis de treinta y un estudios epidemiológicos publicados entre 1950 y 2009 que investigaron la relación entre la leucemia infantil y la exposición parental a los pesticidas. Los resultados son inapelables: la exposición maternal prenatal a los insecticidas (de interior o agrícolas) multiplica por 2,7 el riesgo de leucemia en el niño y este riesgo se multiplica por 3,7 durante una exposición maternal profesional a los herbicidas.
Victoria Mella constató un aumento espectacular de las malformaciones congénitas graves en los niños nacidos en el hospital en el curso de la década de 1980. En 1990 redactó un informe basado en 10.000 nacimientos en el que describe las muchas anomalías que padecen principalmente los niños de las temporeras, que habían estado expuestas a los pesticidas durante su embarazo: «hidrocefalias», «cardiopatía congénita», «malformaciones de los miembros inferiores y superiores», «anomalías del sistema urinario o del tubo neural», «abertura oral», «espina bífida», «muertes fetales». Conmocionada por lo que día tras día descubría en su consulta, la ginecóloga decidió grabar a los bebés de cuerpos martirizados para tener una prueba que poder someter a las autoridades públicas. Nunca olvidaré esas imágenes atroces de niños deformados por la locura química de los hombres…

En el origen de un tumor siempre hay una célula agredida por un agente exterior que puede ser un virus, una irradiación o un producto químico. Si el organismo tiene buena salud, la célula dañada es detectada por los linfocitos NK (del inglés natural killer, los «asesinos naturales») que la empujan a «suicidarse». Este fenómeno se llama la «apoptosis». Cuando el sistema inmunitario está debilitado por una inflamación crónica y la agresión permanente de agentes químicos, la apoptosis fracasa y la célula defectuosa empieza a multiplicarse: es el inicio del tumor, que para desarrollarse necesita ser alimentado por unos vasos sanguíneos. Este fenómeno se llama la «angiogénesis». A la larga la angiogénesis lleva a la creación de metástasis, es decir, a la colonización del organismo, por las células cancerosas.
Por medio de la alimentación se puede prevenir la promoción del cáncer. Este arsenal de moléculas anticancerosas está presente en la familia de las crucíferas (brassica): repollos, coliflores, coles de Bruselas o, el mejor de todos, el brócoli, cuyos glucosinolatos favorecen la apoptosis. Hay también la familia allium: el ajo, la cebolla, los puerros o las chalotas, cuyos componentes sulfurados constituyen una excelente protección contra el cáncer, sobre todo de próstata. Existe, además, la familia de los pequeños frutos rojos: los mirtilos, las moras, las grosellas y, sobre todo, las frambuesas, que contienen ácido elágico cuya virtud es bloquear la angiogénesis. No hay que olvidar el té verde, cuyos polifenoles y catequinas bloquean la iniciación de la angiogénesis: yo mismo he testado su efecto en líneas de células cancerosas y he constatado que ralentiza el crecimiento de las células de la leucemia, del cáncer de mama, de próstata, del riñón, de piel y de boca. Hay también el chocolate negro, los cítricos o el vino tinto que contienen resveratrol.

Un importante informe que hizo público el Parlamento Europeo en 2008: «Los potenciales beneficios sanitarios que provocaría la restricción del uso de los pesticidas aumentarían por medio de la desaparición de los costes del impacto sanitario asociado a la exposición a los pesticidas. Estos costes incluyen los gastos de tratamiento de los enfermos, el valor de la reducción de la calidad de vida de los individuos, el valor de la pérdida de una vida debida a la muerte por exposición a los pesticidas o la pérdida de productividad (días de trabajo) debida a una intoxicación por los pesticidas, ya sea aguda o crónica». Este voluminoso documento afirma que «las sustancias activas clasificadas como cancerígenas, mutágenas, tóxicas para la reproducción de la categoría 1 o 2 (CMR 1 o 2), o las consideradas perturbadores endocrinos […] no deberían ser autorizadas».
Por lo tanto, se deben acabar también las puertas cerradas de las agencias de reglamentación, los datos cubiertos por un extravagante «secreto comercial», la negación de las «facciones minoritarias de la comunidad científica» o del trabajo precioso de los «lanzadores de alerta». El enfoque de precaución se basa en una «democratización de la… democracia», basada en el diálogo y no en los argumentos de autoridad en los que «la «aceptabilidad» del riesgo es un proceso social y no un objetivo determinable con antelación». Y es que, como escribía en 1994 Jacqueline Verrett, la toxicóloga de la FDA: «Es necesario que las agencias de reglamentación dejen de prestar derechos a los productos químicos. Los productos químicos no tienen ningún derecho, quienes los tienen son las personas…».

Otros libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/07/el-mundo-segun-monsanto-marie-monique-robin-the-world-according-to-monsanto-pollution-corruption-and-the-control-of-the-worlds-food-supply-by-marie-monique-robin/

It is a magnificent research work by the French journalist Marie-Monique Robin in which she gathers many testimonies and very relevant data about how our health is subject to the economic interests of large food companies. The important thing is to increase your benefit account, while public health is the least important.
Wow. If you’ve paid any attention at all you already know everything in Robin’s blockbuster account, but you don’t know the half of it. Agrochemical, pharmaceutical and industrial corporations are poisoning us and the planet with full knowledge of their culpability and every intention of keeping things that way. The fraud, lies, corruption, influence-peddling and self-serving reported in this book will leave you disgusted and frightened for our future. The regulatory-capture by toxic industry is worse than you imagined. The slimy “science” they employ is shocking.
Toxicologists who use a particular breed of rats for animal testing because that breed is known to be immune to the substance being tested … and then, surprise! No toxicity is demonstrated! Selective use of lab results by regulator agencies – picking a handful that demonstrate no chemical threat while ignoring 150 that do in order to justify absurdly high limits on personal exposure. Revolving door relationships between polluters and regulatory boards. And constant excuses, justifications, double-speak and worse that cloud the obvious. Robin has literally spanned the globe for this work and a companion documentary film, with no sources ignored and no stones unturned.
Cancer rates are rocketing. Genetic problems are rampant. The future of animate life on our planet, most particularly including human beings, is demonstrably at risk.
The only shortcoming of this amazingly well-documented work, for an English reader, is that the translation from French sometimes feels a bit odd. Perhaps it’s simply that the French say things differently than this American reader, with longer sentences and differing tones. This doesn’t make it particularly hard to read, just a little odd.
And to add a bright note: in repeated studies every young child tested had traces of pesticides in her/his urine, but after switching to a fully organic diet, every child’s urine was clear of any detectable trace. What you eat, you are.

Alachlor, the active molecule of Lasso that gives it its herbicidal function, a document of the World Health Organization (WHO) and the Food and Agriculture Organization (FAO) dating from 1996 indicates that, in “rats exposed to lethal doses “, the death is preceded” of production of saliva, of tremors, of a collapse and coma “. When it comes to the labeling of drums, UN organizations recommend that the product be a “possible carcinogen for human beings” and that users should wear a “protective overalls, gloves and a mask” at the time of purchase. the manipulations. Finally, they specify that although “no case has been reported”, the “symptoms of acute poisoning would probably be headaches, nausea, vomiting and vertigo. Severe poisoning can lead to seizures and coma. ” Due to all these reasons, Canada banned the use of Lasso since December 31, 1985, followed by the European Union in 2007.

Pesticides are even “unique, because they are the only chemicals conceived by humans and intentionally released into the environment to kill or harm other living organisms,” as Pesticides Action Network (PAN) states, an international network of action against pesticides, in a fascicle published in 2007 with the financial support of the European Union. In addition, the great family of pesticides is identifiable by its common suffix “cida” (from the Latin caedere, “to kill” or “to shoot down”), because, according to its etymology, pesticides are murderers of «pests» (from the English word pest, “animal, insect or harmful plant”, itself derived from the Latin pestis, which designates pests or contagious diseases): adventitious or “weeds” (herbicides), insects (insecticides), fungi (fungicides) , snails and other limacos (molluscicides), worms (nematicides), rodents (rodenticides) or crows (corvicides).
The shift from replacing the term “pesticide” to “phytosanitary product” or “phytopharmaceutical” is more than a semantic sleight of hand: its de facto objective is to deceive farmers (and, rebound, consumers) by passing “products designed to kill” for medicines that are supposed to protect the health of the plants and, consequently, the quality of the food. A mess as it should be that if it were not transmitted to a higher level of State agencies, it could be considered bland since, after all, it is typical of the manipulations of business communication.
Monsanto will secretly see the same symptoms following an explosion at its 2,4,5-T factory in Nitro, West Virginia, on March 8, 1949. Victims of a dioxin poisoning, the workers who were present at the time of the accident or that were mobilized for the cleanliness of the place suffer from nausea, vomiting and persistent headaches, and develop a severe form of chloracne. On November 17, 1953, a similar accident occurred in a BASF factory that manufactures the herbicide that then floods the fields of Europe and America. Attended by the same secret at the company’s request by Dr. Karl Schultz, intoxicated workers develop the same skin disease, which the scientist in Hamburg will baptize “chloracne”. Throughout the 1950s many cases of this pathology that extremely disfigures are recorded throughout the United States, while a “surprising rain of death” hits the country …

The tests carried out by the manufacturers “are done in the laboratory under conditions far removed from the actual exposure conditions. The essential factors such as the duration of the exposure, the outside temperature, the type of activity and the duration of contact are not taken into account. ” And his conclusion was unappealable: “Conformity control of all protective overalls against liquid chemical products present in the market should be carried out and non-compliant monkeys should be removed without delay”.
The disorders observed mainly concerned the mucous membranes and the skin, with irritations, burns, itching or eczema (40% of the cases studied), the digestive system (34% of cases), the respiratory system (20%) and then the rest of the organism, among other things problems in the neurological system, such as headaches (24%); 13% of the authors of a report record a hospitalization following the intoxication and 27% had to resort to sick leave. According to our calculations, every year approximately 100,000 farmers complain of disorders after having used phytopharmaceutical products, but our network is primarily concerned with acute poisonings.
There are neurodegenerative diseases, such as Parkinson’s disease or myopathy, cancers, such as blood-leukemia or non-Hodgkin’s lymphoma, brain, prostate, skin, lung and pancreas … In fact, when we talk about chronic diseases this helps us to transmit our prevention messages to farmers. Because if we are content to tell them that they are in danger of having a small ocular manifestation, sneezing, a runny nose or a skin irritation that disappears in 24 hours, it does not serve much … But when they are told that they see more diseases of Parkinson’s, brain or prostate cancers in the farmers that in the rest of the population, this makes them reflect and that is where our prevention messages come better.
In general all these researchers make the same observation: if globally agricultural populations die less cancer than the general population, however, some types of cancers are more represented in the former. This is the case of malignant haemopathies, such as leukemia or NHL, but also of multiple bone myeloma. Called still “Kahler’s disease” or simply “myeloma”, this cancer that develops in the bone marrow “does not stop progressing all over the world”, as Professor Michael Alavanja emphasizes in his systematic review in which he cites a meta-analysis that had evaluated thirty-two studies published between 1981 and 1996, and that estimated the excess risk in the agricultural environment at +23%.

The reading of medical literature of the early twentieth century gives chills. In it one discovers, for example, the martyrdom of the workers who worked in the match factories in Germany, Austria or the United States, where the phosphorus industry was flourishing. Ten years after the launching of this very fruitful activity in 1830, the first medical reports indicate the appearance of a disease as new as terrible: the osteonecrosis of the jaw, caused by the vapors of yellow phosphorus and that translates into very serious lesions of the oral mucosa, a pulverization of the bones of the jaw and the progressive disappearance of the teeth. As Paul Blanc points out, the history of «phosphorous necrosis» perfectly illustrates the damage caused by «letting go» in the domain of occupational safety, since it will be necessary until 1913 to prohibit the use of yellow phosphorus in the workplace. match production after the industry developed less dangerous alternatives (such as the option based on red phosphorus).
Today it is impossible to know how many victims have caused and continues to cause the epidemic of bladder cancers due to the use of aromatic amines, including, of course, benzidine and BNA, but also orthotuclidine, an antioxidant widely used to manufacture products of rubber, like tires. This is how in the early 1990s the US health authorities, alerted by the unions, identified a cluster, that is, an abnormal concentration of bladder cancers in a Goodyear factory located in Buffalo that was being procured from orthotoluidine in … DuPont. Needless to say that the US manufacturer is far from an exception, because from one product to another, but also from one country to another, the same story is always repeated following a scheme in which industry invariably dictates its law, with the complicity tacit of the public powers, which content themselves with counting the dead and only act as “the human cost is so evident that it is no longer acceptable”, to take up the words of David Michaels, the new Assistant Secretary of Labor of the United States from 2009
To achieve their ends, multinationals work closely with companies specialized in this type of work, such as Exponent, whose mission is to develop a display of recurring “tactics”: “1) Recruit and direct foreign scientists to carry out research designed with the objective of demonstrating the “security” of particular processes or products; provoke controversies and carry out attacks against any scientist or scientific work that demonstrate the dangers of the processes and products. 2) Organize groups of “third party” scientists and friends of the industry to support their scientific positions before regulatory bodies and setting standards, courts and public opinion. Generally these groups are called “scientific opinion boards”. 3) Create and / or use pressure groups, industrial organizations and think tanks to give an appearance of legitimacy. 4) Use and influence the media to dominate popular opinions ».
Science plays a fundamental role in this implacable device that, as we will soon see, managed to infiltrate the agencies in charge of our security, such as the Food and Drug Administration (FDA) or the European Food Safety Authority (EFSA, for its acronym in Spanish). English). And, unfortunately, scientists who accept to put their talent and knowledge to the service of this “illegal conspiracy” are not uncommon.
Meanwhile, one thing is for sure: the multiple tactics used by industrialists to hide the toxicity of their products pay off. And, we are going to see, powerful academic institutions (which, to say things soberly, are easily blinded …) regularly take over the lies of the poison manufacturers.

Each time we classify a carcinogenic product in group 1, it is proof of our failure to anticipate and act preventatively. And is that when a product reaches this category is that it has already caused cancers in humans. Obviously, ideally we would be able to identify bad products before humans suffer exposure to them for long periods, with the risk of irreversible damage.
Now, as we will see, the “irreversible damages” are already acting, because contrary to what the directors of the chemical industry and their institutional intermediaries affirm, chronic diseases have not stopped progressing in the course of the last fifty years , to the point that we can talk about a true epidemic.
We estimate that 80% to 90% of cancers are related to the environment and way of life, “confirmed Christopher Wild, director of the CIRC. This is what studies show about people who migrate from one region of the world to another, where exposure to chemical pollutants and way of life vary; they adopt, so to speak, the model of cancers in the regions where they are installed. ” Among the studies cited by Dr. Wild, several concern Japanese migrants who settled in Hawaii. Indeed, these studies show that in one or two generations, immigrants “adopt” the profile of cancers in the United States presenting a “higher risk of prostate, colon, thyroid, breast, ovarian and testicles “, whose incidence is clearly smaller in Japan.

The regulatory system that is supposed to protect public health against the effects of carcinogenic products does not work. If it were effective, the cancer incidence rate would have had to decrease, but this is not the case. I believe that the principle of acceptable daily intake, which represents the main tool in the regulation of toxic products that contaminate the food chain, protects the industry more than the health of consumers. ” The British Erik Millstone, a physicist who went on to the philosophy and history of science, is a professor of “science policy” (science policy), a chair that has no equivalent in the rest of Europe. Specifically, it is interested in the way public authorities establish their policy in the domain of health and the environment, and very particularly, by the role that science plays in the decision process. I received a snowy day in January 2010 in his office at the University of Sussex, in Brighton, South of England, in the midst of his books and documents carefully labeled according to the research to which he devoted the last thirty years of his career: «Lead contamination», «Bovine spongiform encephalopathy …
It is still necessary that the studies on which the EFSA is based to evaluate the chemicals are of good quality or that the pressures exerted by the industrialists do not completely bias the process, which, unfortunately, is too often the case. As demonstrated in a sadly exemplary way in a domain completely different from that of pesticides, the implausible case of the famous synthetic sweetener, aspartame.
The inventor of the term “excitotoxicity”, which designates the capacity of some amino acids (the fundamental constituents of proteins and peptides), such as glutamic acid or aspartic acid (a component of aspartame) to excite or overactive some neuronal receptors, until the point of causing the death of neurons when there is excess of them. This neurotoxic process is associated with neurological diseases such as epilepsy or cardiovascular accidents, as well as neurodegenerative diseases such as Alzheimer’s disease, plaque sclerosis or Parkinson’s disease.
Aspartame or E 951 is a synthetic sweetener whose sweetening power is two hundred times greater than that of sugar cane. Present in more than 6,000 food products, it is consumed worldwide by some 200 million people (including 4 million French people), who swallow it in the form of saccharin tablets (in the brands Canderel or Equal), breakfast cereals , chewing gum, carbonated drinks (such as Coca-Cola light or other liquids called “sugar-free”), yoghurts, industrial desserts, vitamins or more than 300 medications. The main manufacturers are the Americans Merisant and NutraSweet (two former subsidiaries of … Monsanto) and the Japanese Ajinomoto, which produce 16,000 tons of this product each year.
The molecule was discovered incidentally by James Schatter, a chemist from the US company G. D. Searle who was then working on a new drug against ulcers.
Indeed, 80% of malignant tumors detected in humans are after the age of 60-65 years. Therefore, it is abhorrent to sacrifice experimental animals at one hundred and four weeks, which translated into the human species corresponds to the age of retirement in which the frequency of the appearance of cancers or of neurodegenerative diseases is higher » .
Everything indicates, in effect, that beyond the economic challenges, aspartame has become an impregnable fortress, as Erik Millstone emphasizes, the unfailing picapica of the regulatory agencies: “If they admit that they have made an error, they It would cause a loss of confidence. And besides, no doubt they are afraid that this will leave the matter free, “he explained in a frankly accusing tone. There are people who can say: perhaps you have committed not one, but several errors; And maybe the whole process is defective! Aspartame is a Pandora’s Box: if it is opened it can explode the whole system. This is also true for bisphenol A, another symbolic product of the ineffectiveness of regulation as it has been for half a century … ».

At the time when bisphenol A, another known endocrine disrupter, is in the limelight, the warning from the representative of DES resonated as a powerful disapproval of the regulatory agencies. And, as we are going to see, at the dawn of the decade of 2010 they continue to ignore the multiple warning signals launched around the world by dozens of independent researchers …
“The chemical industry has done a huge job of disinformation to convince people that we are not exposed to bisphenol A and that the amounts present in our bodies are not at all worrying,” said Fred vom Saal during the New Orleans Colloquium. . The facts prove the opposite. Just to give you an example, if you want to have your daily dose of BPA, just eat Heinz tomato sauce or bonito in oil from a can. The Center for Disease Control in Atlanta (CDC) conducted several studies to measure the level of BPA in the urine of the American population.19 And as can be seen in this national investigation, more 95% of Americans are contaminated and the younger they are, the higher the level of bisphenol. It should be noted that the contamination of premature babies who get into the incubator or the intensive care unit is particularly disturbing due to the presence of BPA, but also of phthalates, in the pumps and plastic perfusion bags. The quantities of bisphenol A measured are identical to those I use in my experimental studies for more than ten years … ».
The current regulation is based on concepts from the 1970s, completely inoperative for substances such as endocrine disrupters. It is absolutely necessary to change the computer program or the thought scheme. It has formed generations of toxicologists with the idea that “it is the dose that makes the poison”; Now, today we can see that for many substances it is the period, and sometimes even the day, that makes the poison. For example, the formation of the testicles is done on the forty-third day of pregnancy: that day, it is better for the pregnant woman to avoid having exposure to molecules that have a testicular impact … And also, the current system constitutes an aberration because it does not take into account our multiple and permanent exposure to certain chemical molecules. The evaluation is made molecule by molecule, while in real life we ​​are subjected to mixtures that can form authentic chemical bombs…

Childhood leukemia represents a tragedy that is all the more unjust since everything indicates that its incidence could be considerably reduced if pregnant women were informed of the role of pesticides and, above all, insecticides in their etiology. Indeed, “a dozen recent epidemiological studies have shown that the use of indoor insecticides during pregnancy doubles at least the probability that the child to be born will develop a leukemia or a non-Hodgkin’s lymphoma”, as Jacqueline Clavel explained to me. , director of the Environmental Epidemiology Unit of the Cancers in the Inserm, 58 that directed one of them. In 2009, a team from the Canadian University of Ottawa carried out a meta-analysis of thirty-one epidemiological studies published between 1950 and 2009 that investigated the relationship between childhood leukemia and parental exposure to pesticides. The results are unappealable: prenatal maternal exposure to insecticides (indoor or agricultural) multiplies by 2.7 the risk of leukemia in the child and this risk is multiplied by 3.7 during a professional maternal exposure to herbicides.
Victoria Mella noted a dramatic increase in severe congenital malformations in children born in the hospital in the course of the 1980s. In 1990, she wrote a report based on 10,000 births in which she described the many anomalies suffered mainly by children of the same age. temporary workers who had been exposed to pesticides during their pregnancy: «hydrocephalus», «congenital heart disease», «malformations of the lower and upper limbs», «abnormalities of the urinary system or neural tube», «oral opening», «thorn forked »,« fetal deaths ». Shocked by what she discovered in her practice day after day, the gynecologist decided to record the babies of martyred bodies in order to have proof that she could submit to the public authorities. I will never forget those atrocious images of children deformed by the chemical madness of men…

At the origin of a tumor there is always a cell attacked by an external agent that can be a virus, an irradiation or a chemical. If the organism is in good health, the damaged cell is detected by NK cells (the natural killer, the “natural killers”) that push it to “commit suicide”. This phenomenon is called “apoptosis”. When the immune system is weakened by chronic inflammation and the permanent aggression of chemical agents, apoptosis fails and the defective cell begins to multiply: it is the beginning of the tumor, which needs to be fed by blood vessels to develop. This phenomenon is called «angiogenesis». In the long run, angiogenesis leads to the creation of metastasis, that is, to the colonization of the organism, by cancer cells.
By means of diet, the promotion of cancer can be prevented. This arsenal of anticancer molecules is present in the family of cruciferous (brassica): cabbages, cauliflowers, Brussels sprouts or, best of all, broccoli, whose glucosinolates favor apoptosis. There is also the allium family: garlic, onion, leeks or shallots, whose sulfur components constitute an excellent protection against cancer, especially prostate cancer. There is also the family of small red fruits: the bilberries, the blackberries, the currants and, above all, the raspberries, which contain ellagic acid whose virtue is to block angiogenesis. Do not forget green tea, whose polyphenols and catechins block the initiation of angiogenesis: I have tested its effect on cancer cell lines and I have found that it slows down the growth of leukemia, breast cancer, prostate, kidney, skin and mouth. There is also dark chocolate, citrus or red wine that contain resveratrol.

An important report that the European Parliament made public in 2008: “The potential health benefits that would result from the restriction of the use of pesticides would increase by means of the disappearance of the costs of the health impact associated with exposure to pesticides. These costs include the costs of treating the sick, the value of reducing the quality of life of the individuals, the value of the loss of a life due to death due to exposure to pesticides or the loss of productivity (days of work) due to pesticide poisoning, either acute or chronic. ” This voluminous document states that “active substances classified as carcinogenic, mutagenic, toxic for reproduction of category 1 or 2 (CMR 1 or 2), or those considered to be endocrine disruptors […] should not be authorized”.
Therefore, the closed doors of the regulatory agencies, the data covered by an extravagant “trade secret”, the denial of the “minority factions of the scientific community” or the precious work of the “warning launchers” must also be ended. » The precautionary approach is based on a «democratization of … democracy», based on dialogue and not on authority arguments in which «the« acceptability »of risk is a social process and not an objective that can be determined in advance » And, as wrote in 1994 Jacqueline Verrett, the toxicologist of the FDA: “It is necessary for regulatory agencies to stop lending rights to chemicals. Chemical products do not have any right, those who have them are people… ».

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/07/el-mundo-segun-monsanto-marie-monique-robin-the-world-according-to-monsanto-pollution-corruption-and-the-control-of-the-worlds-food-supply-by-marie-monique-robin/

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