Smart. Internet(s): Una Investigación — Frédéric Martel / Smart: The Digital Century by Frédéric Martel

En este libro se vuelve a vivir una investigación de una notable delicadeza en el mundo digital que nos rodea. Finura, porque seguimos al autor a merced de reuniones con personalidades muy diferentes en más de 50 países a través de sus ojos siempre afilados. Emocionante. México, Brasil, India, Rusia, China, Egipto, Kenia, Sudáfrica, viajamos mucho en #Smart, pero es para descubrir la mayor cantidad de “Internets” diferentes. Está claro para el futuro con un fondo real positivo.
El autor muestra que, al contrario de lo que se puede pensar, internet no reduce las fronteras sino que, por el contrario, las construye. Internet exacerba culturas y comunidades, por lo que el autor usa este término en plural.
El ataque nos muestra las realidades de internet en más de 50 países. Así descubrimos diferentes prácticas y la forma en que los otros continentes se apropian de este medio de comunicación.
Contrariamente a lo que la gente cree —y a lo que uno podría imaginar en Gaza, Cuba o Soweto—, internet y las cuestiones digitales no son fenómenos principalmente globales. Están enraizados en un territorio; están territorializados. Se trata, la mayor parte de las veces, de hombres y de mujeres, de informaciones, de comercio electrónico, de aplicaciones, de mapas, de redes sociales, que están conectados entre sí por vínculos físicos, materiales y reales.
A los que creen intuitivamente que el mundo se amplía, que evoluciona hacia una red única y que las disonancias culturales y lingüísticas están despareciendo, este libro contraintuitivo les aporta una visión diferente. Rompe con la idea generalmente admitida de una globalización digital fuera del espacio y de las fronteras. Por sorprendente que pueda parecer, internet no suprime los límites geográficos tradicionales, ni disuelve las identidades culturales, ni allana las diferencias lingüísticas, sino que las consagra.
Esta dimensión territorializada de internet seguramente se reforzará incluso en los años venideros gracias a la generalización del acceso a la red y a los smartphones. El futuro de internet no es global, está enraizado en un territorio. No está globalizado, sino localizado. Por otra parte, hay que dejar de hablar de hablar de «Internet», con mayúscula, es preferible hablar de los «internets.

Internet es por lo tanto más smart de lo que creemos, y de ahí el título de este libro. La palabra smart, «inteligente» o «ingenioso» en inglés, remite a distintos usos: se habla de smartphone, de smart city (la ciudad inteligente), de smart grid (red eléctrica ingeniosa), de smart economy, de smart watch (un reloj inteligente), de smart TV (la televisión conectada) y de un mundo smarter. ¿Qué significa eso? El término smart se está convirtiendo simplemente en sinónimo de la palabra internet y se puede ampliar al conjunto del sector digital, incluyendo los teléfonos móviles conectados, las aplicaciones, las tecnologías y lo digital en general. Cuando el NYPD, la famosa policía de Nueva York, anuncia la llegada de sus smart squads, se trata de nuevos coches patrulla dotados de dispositivos de videovigilancia, de detectores y de sensores para memorizar las placas de matrícula y compararlas en tiempo real con las bases de datos de los delitos.
La palabra smart, sin embargo, tiene más consistencia de lo que sugieren estos usos de las fuerzas de seguridad que quieren adoptar una apariencia cool. Indica una mutación fundamental de la red, una mutación que ya se está anunciando: el paso de la información a la comunicación y, actualmente, al internet del conocimiento. En vez de conformarse con recibir contenidos, los internautas, que han empezado a producirlos con la web llamada 2.0
La startup emblemática que era Silicon Graphics ha quebrado. MySpace no ha logrado transformarse, y el modelo económico de Chatroulette ha fracasado. El mismo Google Reader ha sido desconectado. Por no hablar de esas ciudades fantasma, esas Pompeyas modernas, desiertas y abandonadas como Second Life, que ya nadie visita. La rapidez vertiginosa de las tecnologías y la revolución que estamos viviendo deberían inhibir cualquier veleidad de prospectiva.

Creada en 1999 por Ma Yun (occidentalizado en Jack Ma), un especialista en artes marciales y profesor de inglés que se ha hecho multimillonario, Alibaba es el símbolo de la web china, y Ma Yun es su Steve Jobs. Esta web china, que es una mezcla de Amazon, eBay y PayPal, con un volumen de negocios que supera a esas tres compañías estadounidenses juntas, ha sido calificada como «el bazar más grande del mundo». En ella se vende, se compra y se comercia entre particulares, entre empresas, entre particulares y empresas, en lo que es políticamente el mayor país comunista y económicamente el primer Estado capitalista del planeta. La imagen sería casi perfecta, y la historia una muy notable success story, si Alibaba no fuera un clon.
Con su web Taobao, Alibaba ha copiado eBay. Con Tmall, ha reinventado Amazon. Con Alipay, ha reinventado el pago online al estilo PayPal. Y con China Yahoo, ha tomado el control de Yahoo en China (aunque, teóricamente, Yahoo sigue siendo accionista de Alibaba en un 24 por ciento). Si a estos activos les añadimos una plataforma especializada en las transacciones entre profesionales —el modelo económico inicial de Alibaba—, una web bancaria de crédito a las pequeñas y medianas empresas, servicios de seguros online y un servicio innovador de computación en la nube (Aliyun), nos podemos hacer una idea del imperio Alibaba. Un imperio cuyas aspiraciones han aumentado desde su entrada en la bolsa de Nueva York en 2014, en una operación financiera que no solo fue la más notable incorporación tecnológica de la historia sino también la más relevante valoración para una empresa china (del orden de 223 mil millones de dólares, es decir, más que eBay, Twitter y LindedIn juntas).
El sistema de los clones es un invento genial puesto que permite a China basarse en una innovación sin gastar nada para construir un modelo que no tiene precio. Sin embargo, a eso se le llama el modelo económico cleptocrático, que gana en los dos tableros.
El caso es que China ha instaurado poco a poco una especie de «capitalismo de Estado», autoritario por supuesto, pero capitalismo al fin y al cabo, también bautizado con una fórmula famosa, heredada de los años de Xiaoping: «economía socialista de mercado». Una combinación extravagante, si uno lo piensa, de una auténtica economía de mercado, dinámica y hasta salvaje, de pequeñas empresas bastante autónomas orientadas hacia el consumo interior, y de un sistema de mando todavía leninista, en la cumbre, que ejerce un control político total. Este conjunto es el que ha contribuido a lo que se ha dado en llamar el milagro económico chino.
Al entrar en la zona especial de Shenzhen, en el barrio de Nanshan, al que se accede por un check point flexible, comprendo por qué la ciudad se ha convertido en el laboratorio de ese modelo capitalista «al estilo chino».
China está convirtiendo internet en un verdadero soft power. Pese a que el régimen tiene una estrategia defensiva en las industrias creativas y los medios, y pese a que cultiva un extraño sentimiento de culpabilidad respecto al entretenimiento mainstream estadounidense, en materia digital no tiene tantas manías. China está atrasada en lo que respecta al cine de masas, y sus numerosos centros culturales en el extranjero, los institutos Confucio, a menudo parecen conchas vacías, pero es el único país del mundo que ha sido capaz de construir un internet nacional ofensivo. Con 560 millones de internautas —tantos como Europa y Norteamérica juntas—, es una red potente y con personalidad.
En gran parte, este éxito se ha obtenido gracias a la eliminación sistemática de todos los competidores estadounidenses —Facebook, Twitter, YouTube y Google, entre otros, han sido prohibidos en China— y con ayudas indirectas masivas a las industrias digitales locales. Se sabe poco, pero el régimen comunista subvenciona a través de vías complejas e indirectas su ecosistema digital, sus telecomunicaciones y a sus fabricantes privados. El objetivo es triple: económico, político y también nacionalista. Por lo demás, cuando cierran una web extranjera no lo hacen tanto por sus contenidos sensibles como porque su cuota de mercado se ha vuelto demasiado fuerte comparada con la web china equivalente. Facebook y Twitter fueron clausurados en China en 2009.
No se puede explicar el nacimiento y la perennidad del único modelo alternativo al internet estadounidense que existe si no se comprende que está basado en unos resortes más poderosos que simplemente la censura. Son la territorialización de internet y el nacionalismo que conlleva los que permiten comprender la solidez del sistema. El internet made in China funciona porque, como todos los demás internets, está enraizado en un territorio. Uno puede salir o no, pero lo esencial de los diálogos, del comercio y de las conversaciones digitales tiene lugar dentro de ese territorio. Por paradójico que pueda parecer, el sistema digital chino, antítesis perfecta del sistema estadounidense, es decir, el control autoritario chino frente a la desregulación de Estados Unidos, permite comprender, por contraste, el funcionamiento de internet en su conjunto.

Si el futuro es del smart, India ya posee un ecosistema prometedor. Existen miles de startups innovadoras que desbordan inventiva. Cloudbyte, por ejemplo, es un líder local en el sector de los bancos de datos y de la nube, y me impresionó al visitar sus locales la capacidad de innovación tecnológica. Traffic Violations es una aplicación que permite conocer las multas que están sin pagar. Bookmyshow ofrece los horarios de las películas de Bollywood. Traffline es una aplicación, muy popular, que indica el estado del tráfico en las grandes ciudades. Olacabs permite encontrar un taxi geolocalizado por satélite. Todas esas startups pretenden mejorar la vida cotidiana de los indios utilizando el poder de las tecnologías.
India se halla actualmente en una encrucijada. Mira con fascinación e inquietud el modelo chino, que pretende construir primero un mercado interior fuerte. Observa, envidiosa, los éxitos planetarios del modelo estadounidense. Estudia el minúsculo pero prometedor modelo israelí, volcado en las startups innovadoras y que ha optado por la exportación, la startup nation, según la expresión de moda. Con el corazón partido entre las consideraciones objetivas y una geopolítica subjetiva de aliados económicos y competidores políticos, India deberá inventar su nuevo modelo, atenuando lo desconocido con lo conocido, mezclando elementos antiguos e innovaciones futuras. Para mantenerse, deberá continuar vendiendo servicios a los occidentales y, para poder progresar, deberá construir al mismo tiempo su mercado interior. Una especie de cuadratura del círculo.

Skolkovo es una quimera. El proyecto pertenece a la estirpe de las ciudades científicas soviéticas, esas «Naukograd» planificadas desde el Kremlim que existieron durante la Guerra Fría. Un modelo autoritario heredado de la época de la dictadura comunista en que los prisioneros políticos del gulag construían Gorki, Sarov, Snejinsk y Jeleznogorsk, lejos de todo, en Siberia, unas ciudades borradas de todos los mapas y a las que estaba prohibido acceder. «La principal diferencia con las ciudades soviéticas es que esta será very openminded (muy abierta)», promete Katia Gaika, de la fundación Skolkovo.
Skolkovo es una quimera. El proyecto pertenece a la estirpe de las ciudades científicas soviéticas, esas «Naukograd» planificadas desde el Kremlim que existieron durante la Guerra Fría. Un modelo autoritario heredado de la época de la dictadura comunista en que los prisioneros políticos del gulag construían Gorki, Sarov, Snejinsk y Jeleznogorsk, lejos de todo, en Siberia, unas ciudades borradas de todos los mapas y a las que estaba prohibido acceder. «La principal diferencia con las ciudades soviéticas es que esta será very openminded (muy abierta)», promete Katia Gaika, de la fundación Skolkovo.

Como en todas partes de África, la mutación que ha permitido el desarrollo de MPesa en Kenia es el móvil. «En Kenia, la revolución actual es claramente la del móvil. El 70 por ciento de la población lo tiene. Y el 90 por ciento de internet pasa por el teléfono. Ahora ya hay móviles por 8.000 chelines [unos 70 euros]. Son Nokia o Huawei y funcionan con Android. Los llaman minismartphones y todo el mundo los quiere», me comenta Sam Gichuru, responsable de una incubadora de startups de Nairobi llamada Nailab. «Los kenianos» continúa Gichuru, «están dispuestos a hacer muchos sacrificios para tener un buen teléfono o para poder acceder correctamente a internet. A veces se privan de comer o de la electricidad. Pronto tendrán todos un smartphone».
En Kenia, un país «preemergente», la gente no siempre tiene electricidad, pero tiene Android. Y muchos creen que el teléfono contribuirá al desarrollo de todo el país: «Aquí la mayoría de las startups», añade Gichuru, «hallan su business model gracias a MPesa, que es una solución de pago en línea con efectos económicos multiplicadores».

El crowdfunding, que se dirige más bien a los artistas up-and-coming, los que son prometedores pero aún no son conocidos. ¿Cómo hacer hoy, en un mundo donde hay tantos talentos y tantos proyectos en internet, para que te descubran y te financien? El crowfunding intenta responder a esa dificultad. Se trata de apelar directamente al público para que dé su respaldo a un proyecto que le gusta. Esa financiación colaborativa puede basarse en la donación o ser objeto de una verdadera inversión.
En estos últimos años, se han creado plataformas de financiación participativa: es el caso de Kickstarter, el líder del sector, pero también de RocketHub o Indiegogo, que han utilizado muchos productores de series o de documentales, o realizadores de películas como Spike Lee o James Franco, para solicitar donaciones y llevar a cabo sus proyectos. A veces, son páginas más especializadas, como Ulule (creatividad y solidaridad), People for cinema (cine), Touscoprod (audiovisual) o MyMajorCompany (música), dedicadas a facilitar la creación de proyectos en un sector concreto mediante la recogida de fondos.
Para el gran público, Amazon es en primer lugar un sitio web de venta de productos materiales a partir de almacenes físicos. La empresa está en lo «duro» o, como se dice en Estados Unidos, en el retail y el brick & mortar (los ladrillos y el mortero). A partir de los libros, y luego de los CD y los DVD, la plataforma de Jeff Bezos se ha diversificado comercializando videojuegos, aparatos electrónicos, y luego ropa, muebles, y hasta juguetes y joyas. E incluso obras de arte originales y productos frescos o vino. Amazon debe su éxito al número impresionante de productos disponibles, a su rapidez de entrega (de hecho Amazon no se instala en los países y regiones donde las comunicaciones geográficas son difíciles), a su buscador impresionante y a su plataforma de pago, que es de las más eficaces de la red. Por otra parte, cabe temer que el portamonedas electrónico de Amazon sirva, en el futuro, en competencia con los de Google, iTunes o Facebook (el Facebook Credit), de paso obligado para el pago online. El inicio de sesión de Facebook ya constituye un medio de comprobación de la identidad en internet para miles de páginas web, sobre todo porque la empresa insiste en que sus usuarios den su verdadero nombre. Por su parte Pay Pal, que pertenece a eBay, tiene como modelo económico facilitar las transacciones financieras o las ventas por subasta en internet. Amazon también está muy adelantada en ese sector financiero prometedor, donde la confianza en una marca y la fiabilidad técnica del back office son bazas importantes. Esa eficacia le ha permitido desarrollarse paralelamente en el «B2B» (el business to business, el comercio entre empresas), convirtiéndose en una plataforma de reventa de productos de ocasión. Allí el modelo de Amazon, basado principalmente en lo nuevo, se acerca al de eBay, abriéndose a los objetos de segunda mano. Esa doble dimensión no debe subestimarse, ya que le ha dado a Amazon una base de apoyo decisiva entre los libreros de viejo, revendedores y otros pequeños comerciantes, que hoy dependen de ella.
Con la recomendación, la suscripción, el algoritmo, el crowdfunding y las nuevas formas de copyright, la necesidad de «conversación» para vender o generar buzz, aparece como una de las evoluciones de fondo de la cultura en la era digital. La cultura, que era un «producto cultural», se está convirtiendo en un «servicio» en el cual el content se puede adaptar a todos los soportes y a todas las plataformas. Ya solo es cuestión de crear la conversación para que se hable de él. Y para que empiece el negocio.

Los pueblos europeos no forman un solo pueblo; y menos en internet. «Unida en la diversidad», según su divisa oficial, Europa está desunida en su diversidad en la red. No obstante, los europeos se sienten profundamente europeos y, si bien hoy están decepcionados por el cariz que ha podido tomar la construcción comunitaria (por razones buenas o malas), no necesitarían gran cosa para volver a soñarse europeos. ¿Puede el sector digital ser una respuesta, entre otras, para que Europa renazca? Yo así lo creo. Pero hay que construir ese sector digital pacientemente, para no tener que sufrir la transición digital. Construir una política digital voluntarista podría ser una de las prioridades de la próxima Comisión Europea para el periodo 2014-2019. En cualquier caso, creo que no habrá «renacimiento europeo», por retomar la expresión que tanto gusta a José Manuel Barroso, sin «e-renacimiento».
Ese internet europeo, si por fin se concreta, no será un «Airbus de lo digital», según una fórmula de moda que no significa gran cosa. Estará claramente situado en el bando «occidental», más allá de las tensiones pasajeras con los estadounidenses, pero también pondrá en evidencia la fragmentación en varios internets distintos. La Unión Europea tal vez llegue a hablar con una sola voz, pero deberá seguir siendo una agregación de varias networks: un mosaico de 28 territorios digitales muy diferentes, unidos entre sí por un destino y quizás por cierta idea de Europa, más que por un improbable «.eu».

Al no querer comprender ese internet que viene, los críticos de internet lo rechazan, cuando lo que hay que hacer es actuar sobre él. En vez de bajar los brazos y declinar con los declinólogos, se ha demostrado que uno puede abrirse al mundo y convertirse a su vez en actor. Internet no es un fenómeno neutro: simplemente, no es bueno o malo en sí. Dependerá de lo que —activos o pasivos frente a las tecnologías— hagamos nosotros de él, todos juntos. Porque «Internet» ya no existe. A partir de ahora debemos hablar en plural y sin mayúscula: los internets.

Otros libros del autor en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/13/sodoma-poder-y-escandalo-en-el-vaticano-frederic-martel-in-the-closet-of-the-vatican-power-homosexuality-hypocrisy-by-frederic-martel/

In this book an investigation of a remarkable delicacy in the digital world that surrounds us is returned to live. Fine, because we follow the author at the mercy of meetings with very different personalities in more than 50 countries through his always sharp eyes. Exciting. Mexico, Brazil, India, Russia, China, Egypt, Kenya, South Africa, we travel a lot in #Smart, but it’s to discover as many different “Internets”. It is clear for the future with a positive real background.
The author shows that, contrary to what one can think, the internet does not reduce borders but, on the contrary, builds them. Internet exacerbates cultures and communities, so the author uses this term in the plural.
The attack shows us the realities of the internet in more than 50 countries. Thus we discover different practices and the way in which other continents appropriate this means of communication.
Contrary to what people believe – and what one might imagine in Gaza, Cuba or Soweto – the internet and digital issues are not primarily global phenomena. They are rooted in a territory; They are territorialized. It is, most of the time, men and women, information, electronic commerce, applications, maps, social networks, which are connected by physical, material and real links.
For those who intuitively believe that the world is expanding, evolving into a single network and that cultural and linguistic dissonances are disappearing, this counterintuitive book gives them a different vision. It breaks with the generally accepted idea of a digital globalization outside of space and borders. Surprising as it may seem, the Internet does not suppress traditional geographical boundaries, dissolve cultural identities, or smooth linguistic differences, but rather consecrates them.
This territorialized dimension of the Internet will surely be reinforced even in the coming years thanks to the generalization of access to the network and smartphones. The future of the internet is not global, it is rooted in a territory. It is not globalized, but localized. On the other hand, we must stop talking about “Internet”, with a capital letter, it is preferable to talk about “internets”

The Internet is therefore smarter than we think, and hence the title of this book. The word smart, “intelligent” or “ingenious” in English, refers to different uses: we talk about smartphone, smart city (smart city), smart grid (smart grid), smart economy, smart watch ( a smart watch), smart TV (connected TV) and a smarter world. What does that mean? The term smart is simply becoming synonymous with the word internet and can be extended to the entire digital sector, including connected mobile phones, applications, technologies and digital in general. When the NYPD, the famous NYPD, announces the arrival of its smart squads, it is new patrol cars equipped with video surveillance devices, detectors and sensors to memorize license plates and compare them in real time with the bases of crime data.
The word smart, however, has more consistency than suggested by these uses of security forces that want to adopt a cool appearance. It indicates a fundamental mutation of the network, a mutation that is already being announced: the passage of information to communication and, currently, to the internet of knowledge. Instead of content to receive content, Internet users, who have begun to produce them with the web called 2.0
The emblematic startup that was Silicon Graphics has gone bankrupt. MySpace has not managed to transform, and Chatroulette’s economic model has failed. The same Google Reader has been disconnected. Not to mention those ghost towns, those modern Pompeii, deserted and abandoned like Second Life, which no one visits anymore. The dizzying speed of the technologies and the revolution we are experiencing should inhibit any prospective whimsy.

Created in 1999 by Ma Yun (Westernized in Jack Ma), a specialist in martial arts and an English teacher who has become a billionaire, Alibaba is the symbol of the Chinese web, and Ma Yun is his Steve Jobs. This Chinese website, which is a mix of Amazon, eBay and PayPal, with a turnover that exceeds these three US companies together, has been described as “the largest bazaar in the world.” It is sold, bought and sold among individuals, companies, individuals and companies, in what is politically the largest communist country and economically the first capitalist state on the planet. The image would be almost perfect, and the story a very remarkable success story, if Alibaba was not a clone.
With its Taobao website, Alibaba has copied eBay. With Tmall, he has reinvented Amazon. With Alipay, he has reinvented online payment in PayPal style. And with China Yahoo, it has taken control of Yahoo in China (although, theoretically, Yahoo remains a shareholder of Alibaba by 24 percent). If we add to these assets a platform specialized in transactions between professionals – the initial economic model of Alibaba -, a banking website for credit to small and medium-sized companies, online insurance services and an innovative cloud computing service (Aliyun ), we can get an idea of the Alibaba empire. An empire whose aspirations have increased since entering the New York Stock Exchange in 2014, in a financial transaction that was not only the most notable technological incorporation in history but also the most relevant valuation for a Chinese company (of the order of 223 thousand millions of dollars, that is, more than eBay, Twitter and LindedIn together).
The clone system is a great invention because it allows China to build on an innovation without spending anything to build a model that is priceless. However, that is called the kleptocratic economic model, which wins on both boards.
The fact is that China has gradually established a kind of “state capitalism”, authoritarian of course, but capitalism after all, also baptized with a famous formula, inherited from the Xiaoping years: “socialist market economy » An extravagant combination, if one thinks so, of an authentic market economy, dynamic and even savage, of fairly autonomous small businesses oriented towards domestic consumption, and of a still-Leninist command system at the summit, which exercises political control total. This set is what has contributed to what has been called the Chinese economic miracle.
Upon entering the special area of Shenzhen, in the Nanshan neighborhood, which is accessed by a flexible check point, I understand why the city has become the laboratory of this capitalist model “Chinese style”.
China is turning the internet into a true soft power. Although the regime has a defensive strategy in the creative industries and the media, and although it cultivates a strange feeling of guilt about US mainstream entertainment, in digital terms it does not have so many hobbies. China is behind in terms of mass cinema, and its numerous cultural centers abroad, the Confucius institutes, often look like empty shells, but it is the only country in the world that has been able to build an offensive national internet. With 560 million Internet users -such as Europe and North America together-, it is a powerful network with personality.
In large part, this success has been achieved thanks to the systematic elimination of all American competitors – Facebook, Twitter, YouTube and Google, among others, have been banned in China – and with massive indirect aid to local digital industries. Little is known, but the communist regime subsidizes through complex and indirect ways its digital ecosystem, its telecommunications and its private manufacturers. The objective is threefold: economic, political and also nationalist. Otherwise, when they close a foreign website they do not do so much for their sensitive content or because their market share has become too strong compared to the equivalent Chinese website. Facebook and Twitter were closed in China in 2009.
The birth and longevity of the only alternative model to the American Internet that exists can not be explained if it is not understood that it is based on more powerful resources than simply censorship. They are the territorialization of the Internet and the nationalism that entails those that allow us to understand the solidity of the system. Internet made in China works because, like all the other internets, it is rooted in a territory. One can leave or not, but the essentials of dialogues, trade and digital conversations take place within that territory. Paradoxical as it may seem, the Chinese digital system, the perfect antithesis of the American system, that is, the Chinese authoritarian control over the deregulation of the United States, allows us to understand, by contrast, the operation of the Internet as a whole.

If the future is smart, India already has a promising ecosystem. There are thousands of innovative startups that overflow with inventiveness. Cloudbyte, for example, is a local leader in the field of data banks and the cloud, and I was impressed when visiting their premises the capacity for technological innovation. Traffic Violations is an application that allows you to know the fines that are unpaid. Bookmyshow offers the schedules of Bollywood movies. Traffline is an application, very popular, that indicates the state of traffic in large cities. Olacabs allows you to find a taxi geolocated by satellite. All these startups aim to improve the daily life of the Indians using the power of technologies.
India is currently at a crossroads. Look with fascination and concern at the Chinese model, which aims to build a strong internal market first. Observe, envious, the planetary successes of the American model. Study the tiny but promising Israeli model, focused on innovative startups and that has opted for export, the startup nation, according to fashion expression. With a heart divided between objective considerations and a subjective geopolitics of economic allies and political competitors, India must invent its new model, attenuating the unknown with the known, mixing old elements and future innovations. To maintain himself, he must continue to sell services to Westerners and, in order to progress, he must build his internal market at the same time. A kind of quadrature of the circle.

Skolkovo is a chimera. The project belongs to the line of Soviet scientific cities, those “Naukograd” planned from the Kremlin that existed during the Cold War. An authoritarian model inherited from the time of the communist dictatorship in which political prisoners of the Gulag built Gorky, Sarov, Snejinsk and Jeleznogorsk, far from everything, in Siberia, some cities erased from all maps and which was forbidden access. “The main difference with the Soviet cities is that this will be very openminded,” promises Katia Gaika of the Skolkovo Foundation.
Skolkovo is a chimera. The project belongs to the line of Soviet scientific cities, those “Naukograd” planned from the Kremlin that existed during the Cold War. An authoritarian model inherited from the time of the communist dictatorship in which political prisoners of the Gulag built Gorky, Sarov, Snejinsk and Jeleznogorsk, far from everything, in Siberia, some cities erased from all maps and which was forbidden access. “The main difference with the Soviet cities is that this will be very openminded,” promises Katia Gaika of the Skolkovo Foundation.

As in all parts of Africa, the mutation that has allowed the development of MPesa in Kenya is the mobile one. “In Kenya, the current revolution is clearly that of the mobile. 70 percent of the population has it. And 90 percent of the internet goes through the phone. Now there are already mobiles for 8,000 shillings [about 70 euros]. They are Nokia or Huawei and they work with Android. They are called minismartphones and everyone loves them, “says Sam Gichuru, head of a Nairobi startup incubator called Nailab. “The Kenyans,” Gichuru continues, “are willing to make many sacrifices to have a good phone or to access the internet correctly. Sometimes they are deprived of food or electricity. Soon they will all have a smartphone ».
In Kenya, a “pre-energetic” country, people do not always have electricity, but they do have Android. And many believe that the telephone will contribute to the development of the whole country: “Here most startups,” adds Gichuru, “find their business model thanks to MPesa, which is an online payment solution with multiplier economic effects.”

Crowdfunding, which is aimed more at up-and-coming artists, which are promising but not yet known. How to do today, in a world where there are so many talents and so many projects on the internet, so that they discover and finance you? Crowfunding tries to respond to that difficulty. It is about appealing directly to the public to give their support to a project that they like. This collaborative financing can be based on donation or be the object of a real investment.
In recent years, participatory financing platforms have been created: this is the case of Kickstarter, the leader of the sector, but also of RocketHub or Indiegogo, which has been used by many producers of series or documentaries, or filmmakers such as Spike Lee or James Franco, to request donations and carry out their projects. Sometimes, they are more specialized pages, like Ulule (creativity and solidarity), People for cinema (cinema), Touscoprod (audiovisual) or MyMajorCompany (music), dedicated to facilitate the creation of projects in a specific sector by collecting funds.
For the general public, Amazon is first of all a website selling material products from physical stores. The company is in the “hard” or, as they say in the United States, in retail and brick & amp; mortar (bricks and mortar). From the books, and then from the CDs and DVDs, Jeff Bezos’ platform has diversified by commercializing video games, electronic devices, and then clothes, furniture, and even toys and jewelry. And even original works of art and fresh products or wine. Amazon owes its success to the impressive number of available products, to its speed of delivery (in fact Amazon does not install itself in the countries and regions where geographical communications are difficult), to its impressive search engine and to its payment platform, which is one of the most effective network. On the other hand, it is feared that the electronic purse of Amazon will serve, in the future, in competition with those of Google, iTunes or Facebook (the Facebook Credit), of obligatory step for the online payment. The Facebook login is already a means of checking the identity on the Internet for thousands of web pages, especially because the company insists that its users give their real name. For its part Pay Pal, which belongs to eBay, has as an economic model to facilitate financial transactions or sales by auction on the Internet. Amazon is also very advanced in this promising financial sector, where confidence in a brand and the technical reliability of the back office are important assets. This efficiency has allowed it to develop in parallel in the “B2B” (business to business, trade between companies), becoming a platform for the resale of second-hand products. There, the Amazon model, based mainly on the new, approaches eBay, opening up to second-hand objects. This double dimension should not be underestimated, since it has given Amazon a decisive base of support among the booksellers of old, resellers and other small merchants, who now depend on it.
With the recommendation, subscription, algorithm, crowdfunding and new forms of copyright, the need for “conversation” to sell or generate buzz, appears as one of the background evolutions of the culture in the digital age. Culture, which was a “cultural product”, is becoming a “service” in which content can be adapted to all media and all platforms. It’s just a matter of creating the conversation to talk about it. And to start the business.

The European peoples do not form a single people; and less on the internet. “United in diversity”, according to its official currency, Europe is disunited in its diversity in the network. However, Europeans feel deeply European and, although today they are disappointed by the way community construction has been able to take (for good or bad reasons), they would not need much to dream of Europeans again. Can the digital sector be a response, among others, for Europe to be reborn? I think so. But you have to build that digital sector patiently, so you do not have to suffer the digital transition. Building a voluntarist digital policy could be one of the priorities of the next European Commission for the period 2014-2019. In any case, I believe that there will be no “European renaissance”, to take up the expression that José Manuel Barroso likes so much, without “e-rebirth”.
That European Internet, if it finally materializes, will not be an “Airbus of the digital”, according to a fashionable formula that does not mean much. It will be clearly located on the “Western” side, beyond the temporary tensions with the Americans, but it will also highlight fragmentation in several different internets. The European Union may come to speak with one voice, but it must remain an aggregation of several networks: a mosaic of 28 very different digital territories, linked together by a destination and perhaps by a certain idea of Europe, rather than by a improbable «.eu».

By not wanting to understand that internet that comes, Internet critics reject it, when what you have to do is act on it. Instead of lowering the arms and declining with the declinologists, it has been shown that one can open up to the world and become an actor in turn. The Internet is not a neutral phenomenon: simply, it is not good or bad in itself. It will depend on what -active or passive in front of the technologies- we make of him, all together. Because “Internet” no longer exists. From now on we must speak in plural and without capital letters: the internets.

Books from this author in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/13/sodoma-poder-y-escandalo-en-el-vaticano-frederic-martel-in-the-closet-of-the-vatican-power-homosexuality-hypocrisy-by-frederic-martel/

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