El Gran Circo De La Economía. Un Recorrido Histórico Por Los Hechos Y Las Decisiones Económicas Más Descabelladas — Peter T. Leeson / WTF?!: An Economic Tour of the Weird by Peter T. Leeson

Sin duda este libro es un gran acierto. ¿Por qué el envenenamiento de un pollo al azar ayuda a las personas a llevarse bien con sus vecinos? ¿Por qué, en la Gran Bretaña del siglo dieciocho, subastar a su esposa en la plaza pública sería lo mejor para ella? ¿Por qué los hombres, y no las mujeres, fueron sometidos al juicio por ordalía de ahogamiento para determinar la culpabilidad o la inocencia al cometer un delito? ¿Por qué un tribunal, en la Francia del siglo quince, llevaría a juicio a una rata o una langosta, como acusados, incluso con un abogado designado por el tribunal?
Las respuestas, que no me atrevería a arruinar aquí, provienen de la misma invención: la teoría de juegos, la historia y Peter Leeson. Si alguien que enseña teoría de juegos comienza una clase con un ejemplo de este libro, sus estudiantes nunca olvidarán cuán útiles y geniales son las ideas que están aprendiendo realmente.
WTF de Leeson! toma la contribución más importante de la economía a las ciencias del comportamiento, el modelo de actor racional, para explicar algunas conductas e instituciones absurdas del pasado. Siguiendo cuidadosamente las motivaciones, restricciones y creencias, Leeson convierte algunos comportamientos extremadamente extraños, moralmente repulsivos y totalmente ridículos, en soluciones prácticas razonables de diferentes tiempos que comparten un tema común: “cada uno logró […] resultados al institucionalizar las supersticiones de las personas para incentivar los comportamientos deseados”. “(p. 100). Los relatos históricos y las citas a veces son divertidos, aunque la narrativa de la gira muy buena se ve un poco socavada por los chistes malos. Los modelos al final proporcionan una buena comida para aquellos que lo demandarían.
WTF! Es un libro realmente genial.
Coda: La gira de lo raro es una idea tan buena que creo que debería expandirse infinitamente. Aquí hay una historia que creo que es digna de WTF, no de la economía sino de la antropología, tomada de “El secreto de nuestro éxito” por Joe Henrich. Los cazadores de Naskapi en Canadá realizaron un ritual de adivinación para determinar los terrenos de caza: arrojaron el omóplato de la antigua presa de caribú a las brasas, hasta que se rompió, y luego sostuvieron el hueso de una manera específica para dibujar mapas de su territorio que seguían el Grietas que aparecieron en los huesos debido al calor. El mapa ritualista fue entregado a los cazadores para guiar su búsqueda. ¿Por qué es este WTF-digno? Resulta que el ritual de adivinación proporcionó una aleatorización de los cotos de caza que impidió que el caribú se moviera a áreas menos frecuentadas por los cazadores, optimizando el espacio de caza al hacer imposible que las presas (caribúes) se adapten a los depredadores (cazadores). Ningún cazador sabía por qué realizaban el ritual, lo entendían o entendían por qué funcionaba la mayor parte del tiempo, pero aún así su ritual alcanzaba la misma solución de estrategia mixta que un juego de centavos de Matching predice que deberían.

El agua hirviendo rara vez dejaba quemaduras duraderas en las manos de quienes se veían obligados a hundirlas en los calderos metálicos repletos de líquido ardiente. Lo mismo ocurría con el hierro candente. Un historiador nos lo advierte: «Si suponemos que sólo una minoría lograba salvarse de la condena en estos juicios, estamos muy equivocados. Los registros de aquellas épocas contienen innumerables ejemplos de personas que salían indemnes de estos procesos, sin sufrir herida alguna.»
Una forma de comprobarlo es examinar los registros históricos de este tipo de procesos. Nuestra primera fuente para hacerlo es el Regestrum Varadinense, que documenta las ordalías que tuvieron lugar en Várad, hoy Oradea.
En resumen, partimos de que la ordalía puede salir bien o mal pero, si tenemos en cuenta que Arturo cree en la justicia divina, su decisión está sujeta a distintos incentivos. Si es inocente, se someterá a la prueba. Si es culpable, esquivará el proceso.
Y no lo olvidemos: el cura que administraba la ordalía debía rociar la mano del acusado con agua bendita antes de pegar la plancha ardiente a su piel, de modo que el proceso de «rociadura» bien podría servir para apuntalar las pretensiones del religioso y lograr el resultado deseado. Recordemos que cuanto más húmeda esté la piel menos dañino será el contacto con el hierro candente. Si sumamos este detalle a las cuestiones anteriores, todo empieza a tener más sentido.
¿Y las instrucciones de la prueba de agua caliente? También tenían las mismas características: solamente el sacerdote y el acusado entraban inicialmente en la iglesia; los asistentes también debían mantenerse alejados del proceso y el religioso también recurría al agua bendita (esta vez introduciéndola en el caldero metálico, lo que contribuía a reducir la temperatura, si es que acaso no se trataba ya de agua tibia..).
Los primeros críticos de las ordalías argumentan la falta de raigambre bíblica de los procedimientos.
A esto también hay que sumarle distintos decretos papales que cuestionaban el estatus religioso de las ordalías. De hecho, el IV Concilio de Letrán, celebrado entre 1215 y 1216, rechaza la legitimidad de las ceremonias.

(Inglaterra Siglo XIX) Los procedimientos que se seguían en la compraventa de esposas eran similares a los que se desarrollaban en los mercados de compraventa de ganado. Tiene sentido que así fuese, puesto que las mujeres eran vendidas en ferias públicas, de manera muy similar a lo que ocurría con las vacas o los cerdos. De hecho, eran conducidas hasta el punto de la subasta por sus maridos, que además las guiaban con una cuerda atada a su cuello. Para participar en este tipo de procesos, el marido que decidía vender a su mujer tenía que pagar una tasa similar a la que pagaban quienes despachaban otro tipo de bienes y servicios en el mercado local. También se podía exigir un gravamen adicional, justificado como el peaje de entrada al recinto.
En total, recopilamos 222 anuncios o comunicaciones de subastas de esposas. La gran mayoría (209) incluía información sobre el precio de salida a venta. También se aceptaban pagos en especie, por ejemplo en alcohol, comida o incluso animales, como por ejemplo ocurría en el caso de un marido que vendía a su mujer a cambio de quien le ofreciese al menos un burro.
Antes me han preguntado por el precio. Veamos. El precio medio de venta equivalía a 5,72 libras esterlinas del año 1800. Había, eso sí, grandes oscilaciones: en la década de 1770 se vendían esposas por 0,93 libras, mientras que un siglo después se cerraban transacciones similares por 25,27 libras.
La compraventa de esposas era, por tanto, una fórmula indirecta de divorcio, mediante la cual se dejaban atrás relaciones insatisfactorias. Como la ley no ofrecía un camino a la separación efectiva, este tipo de prácticas servía un propósito similar.
Aunque la legislación inglesa de aquella época privó a la mayoría de las mujeres de sus derechos de propiedad, entregados desde la unión a sus cónyuges, también es cierto que, como mencioné anteriormente, las leyes impedían que los esposos esclavizasen a sus mujeres. Si un hombre vendía a su mujer a otro hombre sin que ella hubiese consentido la operación, y si ese hombre tomaba posesión de dicha mujer en contra de su voluntad, ella podría buscar la protección de los juzgados locales, bien directamente o bien a través de un familiar.

Ordalías, compraventa de esposas, leyes gitanas, maldiciones profesadas por religiosos… En todos estos casos hay un denominador común: hablamos de dinámicas sorprendentes, pero capaces de producir resultados socialmente deseables. Con las ordalías vemos que ayudaban a resolver casos judiciales confusos y relevantes, con la compraventa de mujeres se saldaban obstáculos legales que impedían disolver matrimonios, con la ley gitana se garantizaba el orden público en la comunidad y con las maldiciones que estamos conociendo se lograba la protección de la propiedad privada eclesiástica. En todos estos casos, se institucionalizaban creencias o supersticiones que eran socialmente compartidas, como fórmula para incentivar el buen comportamiento en la comunidad.
Las leyes gitanas y las maldiciones comparten algo más: incentivan el buen comportamiento en comunidades en las que las instituciones públicas carecen de fuerza y poder efectivo. En gran medida, las supersticiones acaban convirtiéndose en la fuente de un sistema capaz de sustituir al Estado.
Como vimos con los gitanos, esta sustitución tiene límites: solamente cobra efectividad cuando la comunidad cree y acepta de buen grado las supersticiones que actúan como fuente de orden social. Precisamente por eso, la validez de estos sistemas se puede ver erosionada o acrecentada, dependiendo de la evolución de los valores de la comunidad.

Un oráculo es algo completamente distinto. Se trata de un medio completamente diferente que empleamos a la hora de encontrar respuestas para preguntas complejas. Eso mismo hacía mi bola mágica. Pero el benge no es un oráculo de medio pelo, como era el juguete que empleábamos mi hermano y yo de forma ocasional. No. El benge es un oráculo al que acudía toda una comunidad de adultos que buscaba respuestas para las decisiones más importantes de sus vidas, incluyendo aquí la resolución de todo tipo de conflictos.
Esa sociedad tiene nombre propio. Son los azande y viven en la zona centro-norte de África. Se estima que hay entre uno y cuatro millones de personas que pertenecen a esta comunidad. Un famoso antropólogo, E. E. Evans-Pritchard, vivió con ellos y observó sus dinámicas a finales de la década de 1920. Sus trabajos nos sirven como base para lo que vamos a comentar ahora, relacionado con los oráculos que empleaban los azande.
En la mística zande, mucha gente tiene la capacidad de hacer brujería, pero ni siquiera lo sabe. Esto no implica que dichos poderes se pierdan: pueden estar activos mientras dormimos. Es importante poner freno a estas dinámicas, para que no acaben destrozando cosechas, infligiendo lesiones, causando enfermedades o incluso llevando a vecinos de la comunidad hasta la misma muerte.
Hay límites geográficos al daño que puede causar la brujería, de modo que su impacto tiene ciertas fronteras. La brujería puede golpear a los vecinos, a las personas de la comunidad con las que mantenemos un conflicto… pero no llega a afectar a gente de fuera del grupo, con las que no interactuamos.
Como prácticamente todas las familias de los azande tienen algún brujo o bruja en sus filas, la acusación de brujería no genera escándalo ni resulta chocante, más bien todo lo contrario.
Los azande empleaban el benge para resolver conflictos interpersonales. Lo que quizá no tienes tan claro es por qué empleaban una gallina envenenada como fórmula para zanjar problemas y disputas.
El Oráculo del Veneno consigue asegurar la «justicia» del proceso de forma especialmente inteligente. Cuando un zande consulta al benge sobre algún vecino, no lo hace una, sino dos veces. La primera consulta se llama bambata sima y la segunda lleva el nombre de gingo: «Para que la respuesta sea concluyente, el resultado del primer test debe confirmarse con una segunda prueba de envenenamiento, realizada —como es lógico— con otro ave y con un cambio en la pregunta realizada. Por tanto, para que todo el rito tenga validez, se deben producir dos resultados opuestos; en un caso, la gallina debe salir intacta, y en el otro, la gallina debe terminar afectada por el brebaje».
El veredicto, por tanto, sólo es definitivo «cuando la práctica del Oráculo del Veneno contagia únicamente a una de las dos gallinas empleadas».
Los rituales de la comunidad zande en torno a la preparación del benge también se construyen alrededor de la idea de otorgar una probabilidad del 50 por ciento para cada una de las opciones estudiadas. Hay reglas que limitan las dosis de veneno que se pueden suministrar, a partir de aspectos como el tamaño. Un ave de mayor tamaño recibe más cantidad de veneno que una pequeña. También aquí vemos que se producen variaciones y alteraciones orientadas a adaptar el proceso y garantizar que funciona de forma más o menos equitativa.
Por otro lado, no olvidemos que el recurso al benge se da siempre en público, «con personas implicadas en la disputa colocadas alrededor de quien realiza la consulta, dispuestas a comprobar cómo se suministra el veneno». Es todo lo contrario a las ordalías, en las que el público tenía que conformarse con ver de forma difusa lo que ocurría a lo lejos. En este caso, la proximidad de la audiencia impide trampas como por ejemplo un posible estrangulamiento.

Baculus cornutus. Parece que estoy hablando de un virus, pero no, el baculus cornutus es simplemente esto: un palo de madera. Se usaba en la antigua Inglaterra, donde los representantes legales recurrían a ellos para resolver disputas sobre la propiedad. De ahí viene el nombre de aquella práctica, denominada «juicio por batalla» o, como se puede escuchar en Juego de Tronos, «juicio por combate».
Hoy en día, las disputas legales modernas resuelven posiciones antagónicas y enfrentadas, eso está claro. Sin embargo, ya no es necesario llegar a las manos para resolver una denuncia. Otra historia muy distinta era lo que ocurría en Inglaterra, donde durante un siglo se optó por celebrar «juicios por combate» que dirimían pleitos legales mediante enfrentamientos físicos librados por los «campeones» que designaban las dos partes. El vencedor ganaba para su representado el derecho a defender su propiedad sobre un bien determinado, mientras que el perdedor no sólo decepcionaba a quien le había elegido sino que podía pagar la derrota con su propia vida.

To my way of thinking a nice book to reading. Why would poisoning a random chicken help people get along with their neighbors? Why, in eighteenth-century Britain, would auctioning your wife in the public square be the best thing – for her? Why were men, and not women, subjected to the trial-by-ordeal of drowning to determine guilt, or innocence, in committing a crime? Why would a court, in fifteen-century France, bring a rat or a locust to trial, as defendants, even with court-appointed counsel?
The answers, which I wouldn’t dare spoil here, all come from the same concoction: game theory, history, and Peter Leeson. If anyone teaching game theory starts a class with an example from this book, their students will never forget how useful -and cool- the ideas they are learning really are.
Leeson’s WTF! takes the most important contribution of economics to behavioral sciences -the rational actor model- to explain some absurd behaviors and institutions from the past. Carefully tracking motivations, constraints and beliefs, Leeson turns a few extremely weird, morally repulsive and altogether ridiculous behaviors, into reasonable practical solutions from different times that share a common theme: “each achieved […] outcomes by institutionalizing people’s superstitions to incentivize desired behaviors” (p. 100). The historical accounts and quotes are sometimes hilarious, even though the very cool tour-narrative is a little undermined by lame jokes. The models at the end provide good meal for those who would demand it.
WTF! is a really great book.
Coda: The tour of the weird is such a great idea I think it should expand endlessly. Here’s one story I think WTF!-worthy, not from economics but from anthropology, taken from “The secret of our success” by Joe Henrich. Naskapi hunters in Canada performed a divination ritual to determine hunting grounds: they threw the shoulder blade of former caribou prey into hot coals, until it cracks, and then held the bone in a specified manner in order to draw maps of their territory that followed the cracks that appeared on the bones due to heat. The ritualistic map was then handed to hunters to guide their pursuit. Why is this WTF!-worthy? Turns out that the divination ritual provided a randomization of hunting grounds that prevented caribou from moving to areas less frequented by the hunters, optimizing the hunting space by making it impossible for preys (caribous) to adapt to the predators (hunters). No hunter knew why they performed the ritual, understand it, or fathomed why it worked most of the time, but still their ritual reached the same mixed-strategy solution that a Matching pennies game predicts they should.

The boiling water seldom left lasting burns on the hands of those who were forced to sink them into the metal cauldrons filled with burning liquid. The same thing happened with red-hot iron. A historian warns us: “If we assume that only a minority managed to save themselves from condemnation in these trials, we are very wrong. The records of those times contain innumerable examples of people who came out unscathed from these processes, without suffering any injury.
One way to check this is to examine the historical records of this type of process. Our first source to do this is the Reradium Varadinense, which documents the ordeals that took place in Várad, today Oradea.
In short, we start from the fact that the ordeal can go well or badly but, if we bear in mind that Arturo believes in divine justice, his decision is subject to different incentives. If you are innocent, you will be tested. If he is guilty, he will dodge the process.
And let’s not forget: the priest who administered the ordeal had to sprinkle the accused’s hand with holy water before sticking the hot iron to his skin, so that the process of “spraying” could well serve to shore up the pretensions of the religious and achieve the desired result. Remember that the wetter the skin, the less harmful it will be the contact with the red-hot iron. If we add this detail to the previous questions, everything starts to make more sense.
And the instructions for the hot water test? They also had the same characteristics: only the priest and the accused entered the church initially; the assistants also had to stay away from the process and the religious also resorted to holy water (this time introducing it into the metal cauldron, which contributed to reduce the temperature, if it was not already warm water ..).
The first critics of the ordeals argue the lack of biblical roots of the proceedings.
To this must also be added various papal decrees that questioned the religious status of the ordeals. In fact, the IV Lateran Council, held between 1215 and 1216, rejects the legitimacy of the ceremonies.

(England XIXth century) The procedures followed in the sale of wives were similar to those that were developed in the markets for sale of livestock. It makes sense that this was the case, since women were sold at public fairs, very similar to what happened with cows or pigs. In fact, they were driven to the point of the auction by their husbands, who also guided them with a rope tied to their neck. To participate in this type of process, the husband who decided to sell his wife had to pay a similar rate to the one paid by those who sent other types of goods and services in the local market. An additional tax could also be demanded, justified as the entrance fee to the premises.
In total, we collected 222 announcements or communications of wives’ auctions. The vast majority (209) included information on the price of sale to sale. Payments in kind were also accepted, for example in alcohol, food or even animals, as for example in the case of a husband who sold his wife in exchange for whoever offered him at least one donkey.
Before, they asked me about the price. Let’s see. The average sale price was equivalent to 5.72 pounds sterling in the year 1800. There were, however, great oscillations: in the 1770s, wives were sold for 0.93 pounds, while a similar transaction was closed for 25 years later, 27 pounds
The buying and selling of wives was, therefore, an indirect formula of divorce, through which unsatisfactory relationships were left behind. Since the law did not offer a path to effective separation, this type of practice served a similar purpose.
Although the English legislation of that time deprived most women of their property rights, given from the union to their spouses, it is also true that, as I mentioned earlier, the laws prevented the spouses from enslaving their wives. If a man sold his wife to another man without her having consented to the operation, and if that man took possession of that woman against his will, she could seek the protection of the local courts, either directly or through a familiar.

Ordinations, purchase of wives, gypsy laws, curses professed by religious … In all these cases there is a common denominator: we speak of surprising dynamics, but capable of producing socially desirable results. With the ordeals we see that they helped to solve confusing and relevant court cases, with the sale of women legal obstacles were solved that prevented to dissolve marriages, with the gypsy law public order was guaranteed in the community and with the curses that we are knowing the protection of ecclesiastical private property. In all these cases, beliefs or superstitions that were socially shared were institutionalized, as a formula to encourage good behavior in the community.
Gypsy laws and curses share something else: they encourage good behavior in communities where public institutions lack strength and effective power. To a large extent, superstitions end up becoming the source of a system capable of replacing the State.
As we saw with the gypsies, this substitution has limits: it only becomes effective when the community believes and accepts willingly the superstitions that act as a source of social order. Precisely for this reason, the validity of these systems can be eroded or increased, depending on the evolution of the values ​​of the community.

An oracle is something completely different. It is a completely different medium that we use when finding answers to complex questions. That’s what my magic ball did. But the benge is not a half-haired oracle, as was the toy that my brother and I used occasionally. No. The benge is an oracle that was attended by a community of adults who sought answers for the most important decisions of their lives, including here the resolution of all kinds of conflicts.
That society has its own name. They are the Azande and they live in the center-north of Africa. It is estimated that there are between one and four million people who belong to this community. A famous anthropologist, E. E. Evans-Pritchard, lived with them and observed their dynamics in the late 1920s. Their work serves as a basis for what we are going to discuss now, related to the oracles that the Azande used.
In mystic zande, many people have the ability to do witchcraft, but they do not even know it. This does not imply that these powers are lost: they can be active while we sleep. It is important to put a brake on these dynamics, so that they do not end up destroying crops, inflicting injuries, causing illnesses or even bringing neighbors of the community to death itself.
There are geographical limits to the damage witchcraft can cause, so its impact has certain boundaries. Witchcraft can hit neighbors, people in the community with whom we have a conflict … but it does not affect people from outside the group, with whom we do not interact.
As practically all the families of the Azande have a sorcerer or witch in their ranks, the accusation of witchcraft does not generate scandal or is shocking, rather the opposite.
The Azande used the benge to resolve interpersonal conflicts. What you may not be so clear about is why they used a poisoned chicken as a formula to settle problems and disputes.
The Oracle of Venom manages to ensure the “justice” of the process in a particularly intelligent way. When a Zande consults the Benge about a neighbor, he does not do it once, but twice. The first consultation is called bambata sima and the second is called gingo: “For the answer to be conclusive, the result of the first test must be confirmed with a second test of poisoning, performed -as it is logical- with another bird and with a change in the question asked. Therefore, for the whole rite to be valid, two opposite results must be produced; in one case, the hen must leave intact, and in the other, the chicken must end up affected by the brew. ”
The verdict, therefore, is only definitive “when the practice of the Oracle of the Poison infects only one of the two chickens employed.”
Community rituals around the preparation of the benge are also built around the idea of ​​granting a 50 percent probability for each of the options studied. There are rules that limit the doses of poison that can be supplied, based on aspects such as size. A larger bird receives more poison than a small bird. Here we also see that there are variations and alterations aimed at adapting the process and ensuring that it works more or less equally.
On the other hand, let’s not forget that the recourse to the benge is always given in public, “with people involved in the dispute placed around who makes the query, willing to check how the poison is supplied.” It is the opposite of the ordeals, in which the public had to settle for seeing in a diffuse way what was happening in the distance. In this case, the proximity of the audience prevents traps such as a possible strangulation.
On the other hand, let’s not forget that the recourse to the benge is always given in public, “with people involved in the dispute placed around who makes the query, willing to check how the poison is supplied.” It is the opposite of the ordeals, in which the public had to settle for seeing in a diffuse way what was happening in the distance. In this case, the proximity of the audience prevents traps such as a possible strangulation.

Baculus cornutus. It seems that I am talking about a virus, but no, the baculus cornutus is simply this: a wooden stick. It was used in ancient England, where legal representatives used them to settle disputes over property. Hence comes the name of that practice, called “trial by battle” or, as can be heard in Game of Thrones, “trial by combat.”
Nowadays, modern legal disputes resolve antagonistic and conflicting positions, that is clear. However, it is no longer necessary to reach out to resolve a complaint. Another very different story was what happened in England, where for a century it was decided to hold “combat trials” that settled legal disputes through physical confrontations waged by the “champions” that designated the two parties. The winner won for his client the right to defend his property over a specific asset, while the loser not only disappointed the one who had chosen him but could pay for the defeat with his own life.

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