Por Amor A La Patria: Un Ensayo Sobre Las Diferencias Entre Patriotismo Y Nacionalismo — Maurizio Viroli / For Love of Country: An Essay On Patriotism And Nationalism by Maurizio Viroli

Este libro es bastante confuso para los no iniciados en el tema. Se va en círculos intentando definir dos conceptos; Nacionalismo y patriotismo. Cuando termines, ya habrás leído todas las teorías sobre los dos temas … pero es como si todo te fuera lanzado. He leído este libro en la carrera y alguna vez más y puede que cada lector tenga una versión completamente diferente del libro. Este libro es para alguien que tiene un sólido conocimiento de la formación de los Estados nacionales en Europa.

En la literatura académica y en el lenguaje corriente, «amor a una patria» y «lealtad a la nación», patriotismo y nacionalismo, son utilizados como sinónimos. Pero, como espero demostrar en este estudio, pueden y deben ser diferenciados. El lenguaje del patriotismo ha sido utilizado a través de los siglos para fortalecer o invocar el amor hacia las instituciones políticas y la forma de vida que defiende la libertad común de la gente, es decir, el amor a la república; el lenguaje del nacionalismo se fraguó a finales del siglo XVIII en Europa para defender o reforzar la unidad y homogeneidad cultural, lingüística y étnica de un pueblo. Mientras que los enemigos del patriotismo republicano son la tiranía, el despotismo y la corrupción, los enemigos del nacionalismo son la contaminación cultural, la heterogeneidad, la impureza racial y la desunión social, política e intelectual.
Esto no quiere decir que los campeones del patriotismo pasaran por alto o despreciaran la cultura, el origen étnico, la lengua o las tradiciones populares.
Históricamente, patriotismo también ha significado lealtad al monarca, y, asimismo, el lenguaje del patriotismo se ha utilizado para oprimir, discriminar y conquistar, mientras el ideal de nación y la unidad cultural y espiritual de un pueblo se han invocado para apoyar la lucha por la libertad.”
Así George Orwell:
El nacionalismo no debe de confundirse con el patriotismo. Ambas palabras a menudo son utilizadas de forma tan vaga que se puede discutir cualquier definición, pero se debe diferenciarlas, ya que representan dos ideas diferentes e incluso opuestas. Por «patriotismo» me refiero a la devoción a un lugar y a un modo de vida en particular que uno cree el mejor en el mundo pero que no se tiene ninguna intención de imponer sobre otros pueblos. El patriotismo es en su naturaleza defensivo, tanto militar como culturalmente. Por otra parte, el nacionalismo es inseparable del deseo de poder. El ineludible propósito de todo nacionalista es asegurar más poder y más prestigio, no para él, pero sí para la nación u otra unidad en la que ha decidido sumir la individualidad.
Aparte de ser una equivocación histórica, la confusión entre patriotismo y nacionalismo tiene efectos prácticos perniciosos. Entendido debidamente, el lenguaje del patriotismo republicano podría servir como un fuerte antídoto contra el nacionalismo. Como el lenguaje del nacionalismo, es esencialmente retórico; busca resucitar, fortalecer y dirigir las pasiones de un pueblo con una identidad cultural e histórica específicas, más que obtener la aceptación por parte de agentes racionales impersonales. Se esfuerza por reforzar vínculos tales como amor a las libertades comunes de un pueblo, que son tan particularistas como el amor o el orgullo de la tradición cultural o el destino compartido de un pueblo. Precisamente porque compite con el nacionalismo en el mismo terreno de las pasiones y la particularidad, y usa más los argumentos retóricos que los puramente racionales, el patriotismo es un contendiente formidable para el nacionalismo. Trabaja sobre los vínculos de solidaridad y de fraternidad que intenta convertir en fuerzas que sostienen la libertad en lugar de fomentar la exclusión o la agresión.

El patriotismo político carece de un lenguaje propio; no parece capaz de hacer que su voz suene diferente de, ni tan poderosa como, las exhortaciones nacionalistas de amor a un país. Parece enormemente difícil decir convincentemente que país quiere decir república y libertad en común; que amar la república y la libertad en común no es ni un encaprichamiento ni un deseo avaricioso por poseer, sino compasión y generosidad. ¿Cómo se puede expresar la característica combinación de este país y este amor?. Se debe recuperar el patriotismo de la libertad.

El lenguaje del patriotismo moderno fue construido sobre el legado de los antiguos. Los filósofos modernos, historiadores y poetas tomaron de las fuentes griegas y romanas tanto el contenido religioso como el político del patriotismo. Como escribió Fustel de Coulanges, el patriotismo antiguo era un sentimiento religioso. La palabra patria significaba terra patria (‘tierra de los padres’). La tierra natal de cada hombre era aquella parte del suelo que su religión doméstica o nacional había santificado, el lugar en el que los restos de sus antecesores estaban depositados, y que ocupaban sus almas. Su pequeña tierra natal era el recinto familiar con su tumba y su hogar; su tierra natal grande era su ciudad, con su prytaneum y sus héroes, con su recinto sagrado y su territorio delimitado por la religión. La tierra natal era un terreno sagrado habitado por dioses y ancestros y santificado por la adoración. Por esta razón el patriotismo de los antiguos era un sentimiento enérgico, la suprema virtud a la que todas las otras virtudes tendían.
Para los humanistas del Quattrocento lo opuesto al patriota que sirve a la libertad común es el corrupto ciudadano que favorece sus intereses o los de su partido. Mientras que los «hombres de estado» (statali o staterecci) utilizan las instituciones públicas como propiedades privadas suyas, al buen ciudadano le importa más el bien común que sus intereses o los de su facción.
Sin embargo, el patriotismo florentino del siglo XV no era sólo compromiso con la república y la libertad común, sino también la celebración de la superioridad militar y cultural de la ciudad, de la nobleza de sus antepasados y la pureza del lenguaje. Modelos tomados de la retórica griega y romana fueron utilizados hábilmente para inculcar en los ciudadanos un amor mezclado con orgullo y arrogancia.
Mientras patria es una palabra clave, nación (nazione) tiene una importancia insignificante en las obras de Maquiavelo. Para Maquiavelo, un ciudadano que ama a su patria es aquel que siente compasión por ella, que comparte sus sufrimientos y que la cuida. Que quiere ver a su propia gente viviendo libre porque le es querida. Italia, como escribió en la exhortación con que finaliza El príncipe, está «castigada, despojada, escarnecida e invadida»; está esperando a alguien «que debe curarla de sus heridas». Sólo un alma grande y compasiva puede responder a su llamada y ser, debido a su amor, su liberadora y «redimirla de esa crueldad e insolencia de los bárbaros». El patriotismo de Maquiavelo, como se ha dicho justamente, es «un sentimiento desconcertante», imbuido de «amor por la vida y el pueblo, por el idioma y la mujer, por Dios y por los héroes». Pero el centro de ello es el amor a la libertad y al respeto, como los maestros romanos y también la religión cristiana, si se interpretan correctamente, nos enseñaron.

Comenzando por mediados del siglo XVI, el lenguaje del patriotismo republicano experimentó una serie de declives y resurgimientos. A finales del siglo XVI y del XVII, se desarrolló en las pocas repúblicas que aún existían en la Europa de las monarquías y principados y renació en aquellos países donde se produjeron significativas experiencias de rebelión contra la dominación extranjera. Permaneció vivo allí donde la libertad política aún existía; se recobró del pasado allí donde la libertad política debía de ser recuperada. Su historia se convirtió en la historia de la libertad.
La diferencia entre los verdaderos patriotas y los «patriotas de la tierra» no reside en la intensidad, sino en la naturaleza de su ligazón. Una cosa es amar a nuestra patria porque creemos que es exclusivamente nuestra y que su posesión nos hace mejores que a todos los demás; otra cosa es amar algo que tenemos en común con otros individuos sin tener en cuenta que sea únicamente nuestro. El primer tipo de amor a la patria sostiene «una opinión de nosotros mismos tan arrogante como si pretendiésemos que somos originales o semidioses de la tierra», y alienta una inclinación a contraer nuestros puntos de vista dentro del espacio más estrecho posible, y a despreciar todo conocimiento, aprendizaje o comportamientos que no son los de casa; el segundo tipo anima a ser receptivo de las culturas de otros pueblos y naturalmente abarca deberes de humanidad, hospitalidad y bondad sin hacer distinción de raza. El patriotismo entendido como un deseo de libertad funciona como una fuerza que incluye y unifica; une, no separa o excluye.
Sin embargo, al avanzar el siglo, el lenguaje del patriotismo asumió más connotaciones pronunciadamente radicales. Un ejemplo del cambio ideológico es el Dictionary de Samuel Johnson. En la edición de 1755 define al patriota como «alguien cuya pasión principal es el amor por su patria»; en 1773 añadió las siguientes palabras: «A veces se utiliza irónicamente para definir a un faccioso alborotador del gobierno»; en 1775 hizo una de las definiciones más citadas de la lengua inglesa: el patriotismo es «el último refugio de un canalla», y se refería a los radicales.

En el siglo XVIII el lenguaje del patriotismo también floreció en la Europa continental dentro del contexto del renacer del pensamiento político republicano. Como se ha señalado, el republicanismo dieciochesco supuso a veces volver a ideas clásicas, pero más a menudo fue el resultado de una experiencia concreta de resistencia política y militar contra el absolutismo. Aunque dominaron la escena política y militar europea, las grandes monarquías no tuvieron éxito en sus repetidos intentos de eliminar las repúblicas de Génova, Lucca, Venecia, Holanda y Suiza, sin olvidar San Marino, y la supervivencia de un puñado de repúblicas sin duda contribuyó a mantener con vida el patriotismo republicano.
El lenguaje del patriotismo republicano fue un poderoso medio para insistir de nuevo contra la política de los modernos (esto es, la política de los estados, príncipes y reyes) en favor de la política de los antiguos (es decir, la política de la república). Patria de nuevo vino a significar respublica.
Indudablemente debemos estar y continuar estando vinculados a nuestro país: ser y seguir siendo franceses, alemanes, españoles, ingleses; pero si exclusivamente somos franceses, alemanes, españoles, ingleses, sin ser ciudadanos, no somos nada. Nos exhorta a que escojamos ser ciudadanos de un país en particular, no a ser ciudadanos del mundo, y ser ciudadano de un país en particular implica tener una cultura nacional, pero es más que eso.
Hay una sutil y aún más importante distancia intelectual que separa a Rousseau de pensadores nacionales posteriores. Para ellos, como veremos, lo que realmente importa para la satisfacción humana no es únicamente ser polaco, o alemán, o francés. Para Rousseau se puede vivir como ser humano en su sentido más absoluto solamente siendo ciudadano de una república libre. Para los padres del nacionalismo, la característica distintiva es la unidad espiritual basada en la lengua; para Rousseau sólo una república es una verdadera patrie. El nacimiento del lenguaje del nacionalismo supone un cambio en el concepto de patria, que gradualmente se fue convirtiendo en un concepto no político, que ya no se centraba en la libertad política y civil, sino en la unidad cultural y espiritual de un pueblo.

A finales del siglo XVIII, después de la Revolución francesa, el lenguaje del patriotismo republicano se había confirmado como un lenguaje de libertad y como una importante tradición intelectual. «Fue un abuso de palabras llamarle patriota», escribió John Cartwright en 1782, «a quien no consideraba sagrados, como la vida de sus padres, aquellos derechos de su patria sin los que no puede ser libre».
Amor a la patria no es un vínculo a un bien al que no tenemos derecho a examinar a fondo en todas sus partes porque, si lo hiciésemos, lo encontraríamos carente de valor; ni es un vínculo a un bien al que valoramos por encima de otros de la misma suerte porque nos pertenece exclusivamente. Tan sólo nos pide que dejemos a un lado las comparaciones entre nuestro país y otros y demostremos sensibilidad con respecto a los aspectos buenos de otros países y a los defectos del nuestro.
Para que continúe siendo una noble virtud, el amor a la patria debe ser inmune no sólo a falsas creencias, sino también a ambiciosas pasiones y al «espíritu de rivalidad», responsables de la degeneración del amor a la patria en amor a la dominación.
El amor a la patria es una mezcla de pasiones, y parecen posibles diferentes combinaciones. Puede estar compuesto de amor a la libertad, respeto a los derechos comunes, benevolencia hacia la humanidad y coraje; también puede convertirse en una combinación de orgullo, ambición, egocentrismo y parcialidad. Solamente la razón puede «corregir y purificar esta pasión (de amor a la patria)» y convertirlo en un principio de acción justo y razonable; pero no se puede esperar que la razón lleve tan lejos la purificación del amor a la patria como para absorberla y transformarla en amor a la humanidad. La razón debe poner límites a las pasiones.
El patriotismo de Michelet es una mezcla de ideas políticas que proceden de la revolución y pretensiones de unidad étnica y espiritual y de pureza planteadas por pensadores nacionalistas. Francia, señala, es una nación comprometida con el ideal de igualdad y es una nación étnica y espiritualmente pura; pero el énfasis se pone más en la unidad y la pureza que sobre la libertad y la igualdad. El amor a la patria es para él una fuerza unificadora que lleva a los individuos y a los grupos, particularmente a la gente común, a identificarse con el amplio cuerpo de la nación. La identificación ha de ser total; no se admite distancia; ningún conflicto ni disensión deben causar problemas. Para obtener esta unidad, los ciudadanos no se pueden ver a sí mismos como ciudadanos que comparten los ideales de la République; deben sentirse iguales en otros aspectos; iguales porque son de la misma etnia, hablan la misma lengua, comparten los mismos valores de la cristiandad francesa. La patrie de Michelet es más que una república de ciudadanos franceses; es una comunidad de individuos unidos por vínculos de amor y amistad que emanan de su ser francés. Para generar verdadero patriotismo, el ideal político de la república debía ser absorbido en la unidad espiritual de la nación; el amor a la patria preconizado por los pensadores republicanos debía ser traducido en un amor diferente: el amor por la cultura propia, la lengua propia, la religión propia. La vieja tradición del patriotismo republicano parecía empezar a agotar su atractivo intelectual y político.

A pesar de las críticas y revisiones procedentes de todas partes, el lenguaje del patriotismo continuó siendo utilizado en Europa al principio del siglo XIX para apoyar la reforma política y la ampliación de la ciudadanía.
Para Mazzini la patria es la casa común en la que vivimos con gente a la que entendemos y queremos más que a otros porque nos resultan más parecidos y cercanos. Sin embargo, también es una casa entre otras casas del mismo valor. Cuando estamos en nuestra casa, hemos de realizar nuestros deberes como ciudadanos; si las circunstancias de la vida nos llevan a otras casas debemos satisfacer nuestros deberes con la humanidad. La defensa de la libertad es siempre nuestro deber principal aunque vivamos en una tierra extranjera y el pueblo oprimido no sea nuestro pueblo: «Estés donde estés, en medio del pueblo que sea al que las circunstancias te han llevado, lucha por la libertad de ese pueblo si las circunstancias lo exigen».
Nuestras obligaciones morales fundamentales son con la humanidad. Antes de ser ciudadanos de un país en particular somos seres humanos. Las barreras nacionales no se pueden invocar para justificar la indiferencia moral.

La victoria ideológica del lenguaje del nacionalismo ha relegado al lenguaje del patriotismo a los márgenes del pensamiento político contemporáneo. Y aun hoy, cuando los pueblos se comprometen en luchas por la libertad, cuando tienen que afrontar la tarea de reconstruir su nación después de experiencias de guerra y regímenes totalitarios, los teóricos son capaces de recobrar elementos del viejo lenguaje del patriotismo bajo la retórica predominante del nacionalismo. Sus esfuerzos son siempre histórica y teóricamente significativos; en la mayoría de los casos sugieren el camino que se debería seguir para reconstruir un lenguaje patriótico sin nacionalismo. Pero hay que trabajar más; la búsqueda no ha terminado.
El patriotismo no permite exenciones. Nos permite mantener los ojos fijos en el pasado, presente y futuro de nuestra patria mientras permanecemos, a veces dolorosamente, espiritualmente, próximos a ella. Todo eso es resultado del amor a la patria en su forma más pura: un amor que no procede de la emoción y de la admiración por la grandeza y gloria de la patria, sino de la percepción de su debilidad y fragilidad. La elección no es entre cosmopolismo y patriotismo, sino entre un patriotismo de grandeza y un patriotismo de compasión.
El patriota de la compasión no necesita negar la grandeza y los gloriosos logros de su patria. El reconocimiento del bien en el objeto de nuestra compasión la hace «más tierna, más intensa».
El redescubrimiento de la patria es recordado en el lenguaje del amor: amor a lugares que de pronto se llenan de significado, de gente que ahora consideramos cercana y querida. Un amor que cambia la vida, que hace a los que lo sienten más generosos, más capaces de entender y de solidarizarse. Natalia Ginzburg condensa todo ello en una página soberbia:

Las calles y plazas de la ciudad, que fueron una vez teatro de nuestro aburrimiento adolescente y objeto de nuestro mayor desprecio, se convirtieron en los lugares que teníamos que defender. Las palabras «patria» e «Italia», que nos producían náuseas cuando aparecían en los muros de nuestros colegios porque iban acompañadas por el adjetivo «fascista», porque estaban vacías de contenido, de pronto aparecían ante nosotros sin adjetivos, y tan transformadas que se diría que las oíamos y que pensábamos en ellas por primera vez. De pronto parecían de verdad en nuestros oídos. Estábamos allí para defender la patria, y la patria eran esas calles y esas plazas, nuestros amados y nuestra niñez, y a toda la gente que pasaba.

La mejor forma de ayudar al renacimiento de la virtud cívica —la mejor forma para los filósofos políticos— es perfilar una concepción del patriotismo que sea aceptable y que esté a nuestro alcance. La concepción de patriotismo como amor a la libertad común es, creo, tanto moralmente sostenible como reflejo de las prácticas de nuestros tiempos. En nuestras sociedades hay ciudadanos que defienden a ciudadanos que han sido víctimas de la injusticia; ciudadanos que se movilizan contra la corrupción y el crimen; ciudadanos de diferentes tribus que piden la libertad para todos. Ellos nos indican la forma de una posible virtud y lo mejor del patriotismo. Lo que lo hace posible es su naturaleza política. Necesitamos más personas como ellos, y una mejor teoría puede ayudar: cambiar nuestra percepción del patriotismo quizá nos ayude a reforzar el tipo de virtud que necesita la democracia y, lo que es más importante, a no gastar energías políticas e intelectuales buscando una virtud imposible o peligrosa.

This book is quite confusing to beginners in this subject. It goes in circles trying to define two concepts; nationalism and patriotism. By the time that you are finished you will have read through about every theory out there on the two themes…but it is as if everything is thrown at you. I have read this book for university career and each one of us as reader had a completely different take on the book. This book is for someone who has an solid knowledge of the formation of the nation-states in Europe.

In academic literature and in ordinary language, “love of a country” and “loyalty to the nation,” patriotism and nationalism, are used as synonyms. But, as I hope to demonstrate in this study, they can and should be differentiated. The language of patriotism has been used over the centuries to strengthen or invoke the love for political institutions and the way of life that defends the common freedom of the people, that is, the love of the republic; the language of nationalism was forged in the late eighteenth century in Europe to defend or reinforce the unity and cultural, linguistic and ethnic homogeneity of a people. While the enemies of republican patriotism are tyranny, despotism and corruption, the enemies of nationalism are cultural pollution, heterogeneity, racial impurity and social, political and intellectual disunity.
This does not mean that the champions of patriotism overlooked or despised culture, ethnicity, language or popular traditions.
Historically, patriotism has also meant loyalty to the monarch, and, likewise, the language of patriotism has been used to oppress, discriminate and conquer, while the ideal of nation and the cultural and spiritual unity of a people have been invoked to support the struggle for freedom.”
So George Orwell:
Nationalism should not be confused with patriotism. Both words are often used so vaguely that any definition can be discussed, but they must be differentiated, since they represent two different and even opposite ideas. By “patriotism” I mean the devotion to a particular place and way of life that one believes to be the best in the world but that one has no intention of imposing on other peoples. Patriotism is in its defensive nature, both militarily and culturally. On the other hand, nationalism is inseparable from the desire for power. The inescapable purpose of every nationalist is to ensure more power and more prestige, not for him, but for the nation or another unit in which he has decided to plunge individuality.
Apart from being a historical mistake, the confusion between patriotism and nationalism has pernicious practical effects. Understood properly, the language of republican patriotism could serve as a strong antidote to nationalism. Like the language of nationalism, it is essentially rhetorical; it seeks to resurrect, strengthen and direct the passions of a people with a specific cultural and historical identity, rather than obtaining acceptance by impersonal rational agents. It strives to reinforce links such as love to the common liberties of a people, which are as particularistic as the love or pride of cultural tradition or the shared destiny of a people. Precisely because it competes with nationalism in the same field of passions and particularity, and uses rhetorical arguments more than purely rational ones, patriotism is a formidable contender for nationalism. It works on the bonds of solidarity and fraternity that it tries to turn into forces that sustain freedom instead of promoting exclusion or aggression.

Political patriotism lacks its own language; he does not seem able to make his voice sound different from, or as powerful as, the nationalist exhortations of love for a country. It seems enormously difficult to say convincingly what country means republic and common liberty; that to love the republic and common liberty is neither an infatuation nor a greedy desire to possess, but compassion and generosity. How can you express the characteristic combination of this country and this love? The patriotism of freedom must be recovered.

The language of modern patriotism was built on the legacy of the ancients. Modern philosophers, historians and poets borrowed from the Greek and Roman sources both the religious and the political content of patriotism. As Fustel de Coulanges wrote, ancient patriotism was a religious sentiment. The word patria meant terra patria (‘land of the fathers’). Each man’s homeland was that part of the ground that his domestic or national religion had sanctified, the place where the remains of his ancestors were deposited, and that occupied their souls. His little homeland was the family enclosure with his grave and his home; his great homeland was his city, with its prytaneum and its heroes, with its sacred precinct and its territory delimited by religion. The homeland was a sacred ground inhabited by gods and ancestors and sanctified by worship. For this reason the patriotism of the ancients was an energetic feeling, the supreme virtue to which all other virtues tended.
For the humanists of the Quattrocento, the opposite of the patriot who serves common freedom is the corrupt citizen who favors his interests or those of his party. While the “statesmen” (statali or staterecci) use public institutions as their private property, the good citizen cares more about the common good than his interests or those of his faction.
However, the Florentine patriotism of the fifteenth century was not only a commitment to the republic and common freedom, but also the celebration of the military and cultural superiority of the city, the nobility of their ancestors and the purity of language. Models borrowed from Greek and Roman rhetoric were used skillfully to instill in the citizens a love mixed with pride and arrogance.
While country is a key word, nation (nazione) has insignificant importance in the works of Machiavelli. For Machiavelli, a citizen who loves his country is one who feels compassion for her, who shares her sufferings and who cares for her. He wants to see his own people living free because he is loved. Italy, as he wrote in the exhortation with which The Prince ends, is “punished, robbed, mocked and invaded”; he is waiting for someone “who must heal him of his wounds”. Only a great and compassionate soul can respond to his call and be, because of his love, his liberator and “redeem it from that cruelty and insolence of the barbarians.” Machiavelli’s patriotism, as it has been rightly said, is “a disconcerting feeling”, imbued with “love for life and the people, for the language and the woman, for God and for the heroes”. But the center of it is the love of freedom and respect, like the Roman masters and also the Christian religion, if they are interpreted correctly, they taught us.

Beginning in the mid-sixteenth century, the language of republican patriotism experienced a series of declines and resurgences. At the end of the sixteenth and seventeenth centuries, it developed in the few republics that still existed in the Europe of monarchies and principalities and was reborn in those countries where there were significant experiences of rebellion against foreign domination. He remained alive where political freedom still existed; he recovered from the past where political freedom had to be recovered. Its history became the history of freedom.
The difference between the true patriots and the “patriots of the earth” does not lie in the intensity, but in the nature of their link. It is one thing to love our country because we believe that it is exclusively ours and that its possession makes us better than everyone else; Another thing is to love something that we have in common with other individuals without taking into account that it is only ours. The first kind of love of the homeland holds “an opinion of ourselves as arrogant as if we were pretending to be original or demigods of the earth,” and encourages an inclination to contract our views within the narrowest possible space, and to despise everything. knowledge, learning or behaviors that are not those of home; the second type encourages being receptive to the cultures of other peoples and naturally embraces duties of humanity, hospitality and kindness without distinction of race. Patriotism understood as a desire for freedom works as a force that includes and unifies; unites, does not separate or exclude.
However, as the century progressed, the language of patriotism assumed more pronounced radical connotations. An example of the ideological change is the Dictionary of Samuel Johnson. In the 1755 edition he defines the patriot as “someone whose main passion is love for his country”; in 1773 he added the following words: “It is sometimes used ironically to define a factional troublemaker of the government”; in 1775 he made one of the most cited definitions of the English language: patriotism is “the last refuge of a scoundrel,” and it referred to the radicals.

In the eighteenth century the language of patriotism also flourished in continental Europe within the context of the rebirth of republican political thought. As has been pointed out, eighteenth-century republicanism sometimes meant returning to classical ideas, but more often it was the result of a concrete experience of political and military resistance against absolutism. Although they dominated the European political and military scene, the great monarchies did not succeed in their repeated attempts to eliminate the republics of Genoa, Lucca, Venice, Holland and Switzerland, without forgetting San Marino, and the survival of a handful of republics certainly contributed to keep republican patriotism alive.
The language of republican patriotism was a powerful means of insisting again against the politics of the moderns (that is, the politics of the states, princes and kings) in favor of the politics of the ancients (ie, the politics of the republic). ). Homeland again came to mean respublica.
Undoubtedly we must be and continue to be linked to our country: to be and to remain French, German, Spanish, English; but if we are exclusively French, German, Spanish, English, without being citizens, we are nothing. He urges us to choose to be citizens of a particular country, not to be citizens of the world, and being a citizen of a particular country implies having a national culture, but it is more than that.
There is a subtle and even more important intellectual distance that separates Rousseau from later national thinkers. For them, as we will see, what really matters for human satisfaction is not just being Polish, or German, or French. For Rousseau, one can live as a human being in its most absolute sense only by being a citizen of a free republic. For the parents of nationalism, the distinctive feature is the spiritual unity based on language; for Rousseau only a republic is a true patrie. The birth of the language of nationalism implies a change in the concept of homeland, which gradually became a non-political concept, which no longer focused on political and civil liberty, but on the cultural and spiritual unity of a people.

At the end of the 18th century, after the French Revolution, the language of republican patriotism had been confirmed as a language of freedom and as an important intellectual tradition. “It was an abuse of words to call him a patriot,” wrote John Cartwright in 1782, “whom he did not consider sacred, like the life of his parents, those rights of his country without which he can not be free.”
Love of the country is not a link to a good to which we have no right to examine thoroughly in all its parts because, if we did, we would find it devoid of value; nor is it a link to a good that we value above others of the same fate because it belongs exclusively to us. He only asks us to put aside the comparisons between our country and others and to show sensitivity with regard to the good aspects of other countries and the shortcomings of ours.
To continue being a noble virtue, the love of the country must be immune not only to false beliefs, but also to ambitious passions and the “spirit of rivalry,” responsible for the degeneration of love of the homeland in love of domination.
The love of country is a mixture of passions, and different combinations seem possible. It can be composed of love for freedom, respect for common rights, benevolence towards humanity and courage; It can also become a combination of pride, ambition, self-centeredness and bias. Only reason can “correct and purify this passion (of love of the fatherland)” and turn it into a principle of fair and reasonable action; but reason can not be expected to take the purification of love of the country so far as to absorb it and transform it into love for humanity. Reason must set limits to passions.
Michelet’s patriotism is a mixture of political ideas that come from the revolution and pretensions of ethnic and spiritual unity and purity raised by nationalist thinkers. France, he points out, is a nation committed to the ideal of equality and is an ethnically and spiritually pure nation; but the emphasis is more on unity and purity than on freedom and equality. The love of the country is for him a unifying force that leads individuals and groups, particularly ordinary people, to identify with the broad body of the nation. The identification must be total; distance is not allowed; No conflict or dissent should cause problems. In order to obtain this unity, citizens can not see themselves as citizens who share the ideals of the République; they should feel the same in other aspects; Equal because they are of the same ethnicity, they speak the same language, they share the same values ​​of French Christianity. Michelet’s patrie is more than a republic of French citizens; It is a community of individuals united by bonds of love and friendship that emanate from their French being. To generate true patriotism, the political ideal of the republic must be absorbed into the spiritual unity of the nation; The love of the country advocated by republican thinkers must be translated into a different love: love for one’s own culture, one’s own language, one’s own religion. The old tradition of republican patriotism seemed to begin to exhaust its intellectual and political appeal.

Despite criticism and revisions from all sides, the language of patriotism continued to be used in Europe at the beginning of the 19th century to support political reform and the extension of citizenship.
For Mazzini, the homeland is the common home in which we live with people that we understand and love more than others because they are more similar and closer. However, it is also a house among other houses of the same value. When we are in our house, we have to perform our duties as citizens; if the circumstances of life lead us to other houses we must fulfill our duties with humanity. The defense of freedom is always our main duty even if we live in a foreign land and the oppressed people are not our people: “Wherever you are, in the midst of the people that are the circumstances that have led you, fight for the freedom of that village if circumstances demand it ».
Our fundamental moral obligations are with humanity. Before being citizens of a particular country, we are human beings. National barriers can not be invoked to justify moral indifference.

The ideological victory of the language of nationalism has relegated the language of patriotism to the margins of contemporary political thought. And even today, when peoples engage in struggles for freedom, when they have to face the task of rebuilding their nation after experiences of war and totalitarian regimes, theorists are able to recover elements of the old language of patriotism under the predominant rhetoric of nationalism. Their efforts are always historically and theoretically significant; in most cases they suggest the path that should be followed to reconstruct a patriotic language without nationalism. But you have to work more; the search is not over
Patriotism does not allow exemptions. It allows us to keep our eyes fixed on the past, present and future of our homeland while we remain, sometimes painfully, spiritually, close to it. All this is the result of love of the homeland in its purest form: a love that does not come from emotion and admiration for the greatness and glory of the homeland, but from the perception of its weakness and fragility. The choice is not between cosmopolism and patriotism, but between a patriotism of greatness and a patriotism of compassion.
The patriot of compassion does not need to deny the greatness and the glorious achievements of his country. The recognition of the good in the object of our compassion makes it “more tender, more intense”.
The rediscovery of the homeland is remembered in the language of love: love of places that are suddenly filled with meaning, of people we now consider close and dear. A love that changes life, which makes those who feel more generous, more capable of understanding and of solidarity. Natalia Ginzburg condenses all this into a superb page:

The streets and squares of the city, which were once the theater of our teenage boredom and the object of our greatest contempt, became the places we had to defend. The words «homeland» and «Italy», which made us nauseous when they appeared on the walls of our schools because they were accompanied by the adjective «fascist», because they were empty of content, suddenly appeared before us without adjectives, and so transformed that we would say that we heard them and that we thought about them for the first time. Suddenly they seemed really in our ears. We were there to defend the homeland, and the homeland was those streets and squares, our loved ones and our childhood, and all the people who passed by.

The best way to help the renaissance of civic virtue-the best way for political philosophers-is to outline a conception of patriotism that is acceptable and within our reach. The conception of patriotism as a love of common freedom is, I believe, both morally sustainable and a reflection of the practices of our times. In our societies there are citizens who defend citizens who have been victims of injustice; citizens who mobilize against corruption and crime; Citizens of different tribes who ask for freedom for all. They indicate the form of a possible virtue and the best of patriotism. What makes it possible is its political nature. We need more people like them, and a better theory can help: changing our perception of patriotism may help us to reinforce the kind of virtue that democracy needs and, more importantly, not to waste political and intellectual energies looking for an impossible virtue or dangerous.

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