El Fatal Destino De Roma. Cambio Climático Y Enfermedad En El Fin De Un Imperio — Kyle Harper / The Fate of Rome: Climate, Disease, and the End of an Empire by Kyle Harper

Excelente la utilización de logros científicos de carácter no histórico a la caída del Imperio romano. El destino de Roma podría servirnos para recordarnos que la naturaleza es astuta y caprichosa. El poder profundo de la evolución puede cambiar el mundo en un mero momento. La gran fuerza del imperio, basada en los viajes, el comercio y la migración, también permitió la propagación de la tuberculosis, la lepra, la viruela, la plaga y otras enfermedades. La bondad del clima jugó un papel importante en la expansión del imperio, especialmente en la agricultura, pero la proximidad de humanos y animales trajo nuevos parásitos y enfermedades. Además, el alto nivel y la densidad de la urbanización en más de 1.000 ciudades facilitaron la transmisión generalizada de gérmenes. El imperio sobrevivió a una pandemia en la época de Marco Aurelio, luego una mezcla de sequía, pestilencia y agitación política llamada “Crisis del tercer siglo”, o la primera caída de Roma, a partir de los años 230. En ese momento de agitación política, de repente, los muros aurelianos se levantaron alrededor de Roma, las monedas se degradaron y el miedo permitió el surgimiento del cristianismo. A pesar de que Roma se reconstruyó y se recuperó, más iba a venir a medida que cambiaba el clima. El imperio sufrió una sequía en el sur del Mediterráneo, especialmente el granero de Roma, Egipto y la Plaga de Cipriano (250-270) se extendió por todo el imperio. Entre muchas otras hipótesis interesantes, Harper propone que se trataba del ébola; independientemente, devastó a la población e invitó a los godos, persas, francos y otros a invadir las fronteras debilitadas.
Hay mucho que absorber en este importante logro académico, que integra efectivamente las ciencias naturales, sociales y humanísticas para mostrar cómo la caída del imperio causó el declive de Roma.

Esta es una historia interesante de la caída del Imperio Romano que se concentra en factores ecológicos como las pandemias y el cambio climático. El punto principal es que la Roma prosperó durante el Período Cálido Romano (también conocido como Clima Romano Romano) y se desmoronó durante la Edad de Hielo.
La República de Roma duró unos 500 años (509 aC – 27 aC) y es cuando Roma conquistó la mayor parte de su territorio. Pudo crear aliados a partir de los conquistados al emplear a las élites locales para que sean sus recaudadores de impuestos. El Imperio Romano se formó en el 27 a. C. con el acceso de Augusto César y su función principal era mantener el imperio que la república había creado. La época más exitosa que se extiende desde la república tardía hasta el imperio temprano ocurrió durante el período cálido romano (200 aC – 150 dC). Este período incluye la era conocida como Pax Romana que el famoso historiador Edward Gibbon describió como uno de los mejores períodos de la historia.
El primer asalto al Imperio Romano ocurrió en el año 165 dC con la plaga de Antonina, que se cree que es una viruela. Esta plaga mató a millones de personas. La población del Imperio Romano había sido alrededor de 75 millones y la de Roma alrededor de 1 millón antes de la plaga. Ese fue el pico y la población del imperio nunca se recuperó después de eso. Este fue, por supuesto, un momento en que el poder militar y económico dependía del trabajo manual. Pero el siglo II seguía siendo la cima del Imperio Romano a pesar de que estalló una guerra civil a finales de siglo.
Mientras tanto, había comenzado un período de enfriamiento de transición que disminuyó la producción agrícola que era la base de la economía romana. Esto ayudó a llevar a lo que se conoce como la Crisis del tercer siglo (también conocida como la Primera caída del Imperio Romano), pero esto fue solo un contratiempo y no un colapso. Los principales eventos fueron el asesinato del emperador en el 235 dC, la guerra civil y la peste chipriota, una peste bubónica que comenzó en el 249 dC. También se estima que esta plaga ha matado a millones de personas. Las causas principales fueron una vasta red económica que facilitó a las ratas infectadas, que portan el patógeno bubónico, llegar al imperio desde Asia en botes, y una población algo debilitada por la disminución de la producción de alimentos.
El imperio finalmente se estabilizó con la adhesión de Constantino el Grande en 324 DC. Sus otros logros incluyeron establecer en la parte oriental del imperio una segunda capital que eventualmente se llamó Constantinopla y adoptar el cristianismo como la religión del estado. En el 395 dC, el imperio se dividió en un Imperio Occidental con su capital en Roma y un Imperio Oriental con su capital en Constantinopla. La paz y la prosperidad de la recuperación del siglo cuarto finalmente descendieron a la segunda caída del imperio romano en el siglo quinto.
Este declive fue causado por la inestabilidad política, las guerras civiles, las migraciones e invasiones bárbaras, así como el declive económico y un aumento en los receptores de asistencia social. Esta ruptura de la orden romana condujo al saqueo bárbaro de Roma por parte de los visigodos en 410 DC y por los vándalos en 455 AD. Mientras tanto, los hunos, una tribu de guerra nómada de las estepas asiáticas, habían entrado en el Imperio Occidental y también amenazaban a Roma. Todo esto llevó a la caída final del Imperio Romano de Occidente cuando el caudillo bárbaro local Odoacer depuso al último emperador occidental en 476 dC. Pero mientras el gobierno de los emperadores romanos occidentales llegó a su fin, lo que quedaba de la vida romana simplemente continuaba bajo varios conquistadores bárbaros.
La historia del Imperio Romano usualmente termina aquí, pero lo que es menos conocido es que el Imperio Romano del Este logró una gran recuperación en el Siglo Sexto bajo el emperador del este de Justiniano. Él reconquistó la mayoría de las áreas perdidas del Imperio Romano Occidental, incluyendo Italia, los Balcanes, el norte de África y el sur de España. También codificó por primera vez mil años de derecho romano con el Código de Justiniano. Esta remontada terminó en 541 dC cuando la plaga de Justiniano, otra peste bubónica, golpeó nuevamente al Imperio Romano. Esta vez la plaga mató a cerca de la mitad de la población. Para entonces, la Edad de Hielo Antigua Tardía, disminuyendo la producción agrícola y aparentemente forzando a los roedores infectados a las ciudades costeras.
Todo esto llevó a la Tercera Caída del Imperio Romano en el siglo VII. El antiguo Imperio Occidental se perdió nuevamente ante varias tribus bárbaras que formaron nuevos estados que llevaron a la futura formación de Europa, como los francos que controlan la Galia. Luego, las invasiones musulmanas del este tomaron todas las provincias del Medio Oriente y África del Norte del Imperio Oriental. Mientras tanto, los Avars, otra tribu de guerra nómada de las estepas asiáticas, tomaron los Balcanes. El Imperio Oriental se redujo a un pequeño estado alrededor de Constantinopla llamado Bizancio, pero logró sobrevivir hasta que fue conquistado por los turcos en 1453.

Harper resume la antigüedad romana posterior, centrándose principalmente en los tres principales eventos de mortalidad: 165, 249 y 541 d. C. No solo mapea las acciones y decisiones humanas, sino que se combina con los cambios climatológicos que estaban ocurriendo en estos momentos, así como con Cócteles microbianos que alcanzaron niveles explosivos, de los cuales queda claro que los “grandes asesinos del Imperio Romano fueron engendros de la naturaleza” (18). Esto lleva al autor a concluir que “las sociedades humanas dependen de sus fundamentos ecológicos” (288). “The Fate of Rome” es una apasionante crónica de la caída de un imperio con nuevos colores agregados a los lienzos que dibujan sombras y reflejos recién definidos. El producto final es una imagen más completa con resolución humana y resistencia en medio de catástrofes aplastantes.
“El destino de Roma” no solo llena muchas áreas en blanco en nuestras percepciones de Roma, sino que nos da razones históricas para hacer una pausa humilde y reflexionar sobre la fragilidad de la existencia humana y social. Académicos y aspirantes por igual encontrarán este dossier esclarecedor. El estilo de escritura de Harper hace que sea fácil de leer y retener. Si está buscando un volumen para adquirir y leer sobre la historia romana; o si estás pensando en cómo la ecología, la climatología y la biología podrían afectar a las sociedades humanas, ¡este es el libro que necesitas para apresurarte y obtener! De todo corazón recomiendo el libro.

«La caída de Roma fue el efecto natural e inevitable de una grandeza desmesurada. La prosperidad maduró el proceso de putrefacción; las causas de la destrucción se multiplicaron con el alcance de las conquistas y, en cuanto el tiempo o los accidentes hubieron eliminado los apoyos artificiales, el estupendo tejido cedió bajo su propio peso». La ruina de Roma fue solo un ejemplo de la impermanencia de todas las creaciones humanas. Sic transit gloria mundi.
La caída de su imperio fue el triunfo de la naturaleza sobre las ambiciones humanas. El fatal destino de Roma fue escenificado por emperadores y bárbaros, senadores y generales, soldados y esclavos. Pero también lo decidieron bacterias y virus, volcanes y ciclos solares. Hasta hace unos años no contábamos con las herramientas científicas que nos permiten atisbar, a menudo fugazmente, el gran espectáculo del cambio medioambiental en el que los romanos fueron actores involuntarios.
La gran épica nacional de los comienzos de Roma, la Eneida, se proclama a sí misma como una canción sobre «armas y un hombre». La historia del final de Roma también es humana.
Los romanos crearon un imperio mediterráneo gigantesco en un momento particular de la historia de la era climática conocida como Holoceno, un momento suspendido al borde de un tremendo cambio climático natural. Y lo que es aún más importante, los romanos construyeron un imperio interconectado y urbanizado en los límites de los trópicos y con tentáculos que se extendían por todo el mundo conocido. En una conspiración involuntaria con la naturaleza, los romanos crearon una ecología de enfermedades que desencadenó el poder latente de la evolución de los patógenos. Pronto, los romanos se vieron engullidos por la fuerza abrumadora de lo que hoy denominaríamos enfermedades infecciosas emergentes. El fin del Imperio romano, por tanto, es una historia en la que la humanidad y el medio ambiente son indisociables.

El auge de Roma es una historia con capacidad para asombrarnos, sobre todo porque podría decirse que los romanos llegaron relativamente tarde a la política de poder del Mediterráneo. Según la convención establecida, la historia antigua de Roma se divide en tres épocas: la monarquía, la república y el imperio. Los siglos de monarquía se han perdido en la niebla del tiempo, recordados solo en fabulosos mitos originarios que explicaban a los romanos posteriores cómo habían nacido. Los arqueólogos han encontrado restos de una presencia humana como mínimo transitoria alrededor de Roma ya en la Edad de Bronce, en el segundo milenio a. C. Los propios romanos databan la fundación de su ciudad y el reinado de su primer monarca, Rómulo, a mediados del siglo VIII a. C.
Durante siglos, Roma permaneció a la sombra de sus vecinos etruscos. Estos a su vez se veían superados por los experimentos políticos que estaban llevándose a cabo en el este y el sur. El Mediterráneo clásico temprano pertenecía a griegos y fenicios. Mientras Roma era todavía una aldea de ladrones de ganado analfabetos, los griegos estaban escribiendo poesía épica y lírica, experimentando con la democracia e inventando el teatro, la filosofía y la historia tal como los conocemos.
El auge de Roma coincidió con un período de inestabilidad geopolítica en la zona del Mediterráneo durante los últimos siglos antes de Cristo. Las instituciones republicanas y los valores militaristas permitieron a los romanos concentrar una violencia de Estado sin precedentes en un momento oportuno de la historia. Las legiones destruyeron a sus rivales uno a uno. La creación del imperio fue sangrienta. La maquinaria de guerra sació su apetito. Los soldados se instalaban en colonias romanas rectilíneas impuestas por medio de la fuerza bruta en todo el Mediterráneo. En el último siglo de esta época de conquistas desenfrenadas, grandes personajes shakespearianos pasaron a ocupar el escenario de la historia. No es casual que la conciencia histórica occidental se centrara de forma tan desproporcionada en estas últimas generaciones de la república. La creación del Imperio romano no se asemejaba a nada de lo ocurrido con anterioridad. De repente, los niveles de riqueza y desarrollo avanzaron hacia la modernidad y superaron toda la experiencia previa de nuestra especie. La titubeante constitución republicana generó reflexiones profundas sobre el significado de libertad, virtud y comunidad.
La muerte siempre andaba al acecho. La esperanza de vida era de poco más de veinte años, probablemente unos veinticinco, en un mundo en el que las enfermedades infecciosas atacaban indiscriminadamente. Todas esas limitaciones invisibles eran tan reales como la gravedad y definían las leyes del movimiento en el mundo que conocían los romanos.
Las regiones septentrionales y occidentales del imperio estaban controladas por el clima atlántico. En el centro ecológico del imperio se hallaba el Mediterráneo. Sus rasgos delicados y variables —veranos áridos e inviernos húmedos con un telón de fondo relativamente templado— lo convierten en un clima singular. La dinámica de un mar gigantesco rodeado de tierra sumada a la textura nervuda de sus terrenos interiores agrupa una diversidad extrema a una escala en miniatura. En los confines meridional y oriental del imperio se impusieron las altas presiones de la atmósfera subtropical, que convirtieron la tierra en un predesierto y más tarde en un verdadero desierto. Y Egipto, la despensa del imperio, conectó a los romanos con regímenes climáticos totalmente distintos: las beneficiosas inundaciones del Nilo originadas en las tierras altas etíopes y alimentadas por los monzones. Los romanos gobernaban todo eso.
Los romanos no podían imponer su voluntad en un territorio tan vasto empleando solo la violencia. El mantenimiento del imperio requería economías de fuerza y negociaciones constantes con quienes residían dentro de los límites romanos y fuera de ellos.
La durabilidad del imperio dependía de la gran negociación. Era una apuesta, y funcionó. Durante la Pax romana, a medida que la depredación fue convirtiéndose en gobernanza, el imperio y sus numerosos pueblos florecieron. Todo empezó con la población. En el sentido más simple, la gente se multiplicó. Nunca había habido tanta. Las ciudades se extendían más allá de sus límites acostumbrados. El paisaje habitado se espesó. Se arañaron nuevas tierras de labranza a los bosques. Las granjas trepaban por las laderas. Cualquier cosa orgánica parecía crecer bajo el sol del Imperio romano. Hacia el primer siglo de esta era, la población de Roma probablemente superaba el millón de habitantes, la primera ciudad que lo hizo y la única occidental hasta el Londres de 1800, aproximadamente. En su cúspide, a mediados del siglo II, se hallaban bajo el influjo romano unos setenta y cinco millones de personas, una cuarta parte de la población total del planeta.

A nuestra conciencia sobre el cambio climático le preocupa que las emisiones de gases de efecto invernadero estén alterando la atmósfera de la Tierra a un ritmo alarmante y sin precedentes. Pero el cambio climático antropogénico es un problema reciente y, francamente, solo es un factor de la panorámica general. Desde mucho antes de que los seres humanos empezaran a saturar la atmósfera de elementos químicos que atrapan el calor, el sistema climático ha variado por causas naturales. Durante la mayoría de los doscientos mil años de historia humana, nuestros antepasados vivieron una época de marcadas oscilaciones climáticas en el Pleistoceno. Pequeños cambios en el rumbo de la Tierra y ligeras variaciones en su inclinación y rotación alrededor de su eje están alterando constantemente la cantidad y distribución de energía que llega desde nuestra estrella más próxima. A lo largo de todo el Pleistoceno, estos mecanismos, conocidos como forzamiento orbital, crearon interludios helados que duraron milenios. Hace unos 12.000 años, el hielo se rompió y el clima entró en el período interglacial cálido y estable conocido como Holoceno. Este fue el telón de fondo necesario para el auge de la agricultura y la aparición de órdenes políticos complejos. Pero, según sabemos, el Holoceno ha sido una era de abruptos cambios climáticos que han tenido una importancia crucial en la humanidad.

El descubrimiento del rápido cambio climático en el Holoceno es una revelación. Ahora sabemos que, desde una perspectiva planetaria, los romanos eran afortunados. El imperio alcanzó su máxima extensión y prosperidad al abrigo de un período del Holoceno tardío conocido como Óptimo Climático Romano (OCR). El OCR es una fase de clima cálido, húmedo y estable en buena parte del corazón mediterráneo del imperio. Era un momento tentador para crear un imperio agrícola a partir de una pirámide de negociaciones políticas y económicas. Junto al comercio y la tecnología, el régimen climático fue una fuerza silenciosa y cooperadora en el círculo aparentemente virtuoso de imperio y prosperidad. Mientras los romanos extendían el imperio hasta sus límites, no tenían ni idea de los cimientos medioambientales accidentales y peligrosos de lo que habían construido.
Desde mediados del siglo II, la suerte de los romanos empezó a escasear. La aterradora lista de enfermedades infecciosas emergentes —VIH, Ébola, fiebre de Lassa, virus del Nilo occidental, virus Nipah, SRAG, síndrome respiratorio de Oriente Medio y ahora la fiebre del Zika, por nombrar solo unos pocos entre varios centenares— demuestra que la destrucción creativa de la naturaleza no está ni mucho menos agotada. Y todas estas enfermedades infecciosas emergentes tienen un elemento insidioso en común: surgieron de la naturaleza y no de especies domesticadas.
La intrusión humana en nuevos entornos es un juego peligroso. No solo nos expone a parásitos desconocidos, sino que puede desencadenar una cascada de cambios ecológicos con consecuencias impredecibles. En el Imperio romano, la venganza que se cobró la naturaleza fue nefasta. El principal agente de esa represalia fue la malaria. Propagada por las picaduras de mosquito, la malaria fue un lastre para la civilización romana. Las tan cacareadas colinas de Roma son unos montículos que se elevan sobre una ciénaga divinizada. La cuenca del río, por no mencionar las piscinas y fuentes que salpicaban la ciudad, era un refugio para el vector que constituían los mosquitos y convirtió a la ciudad eterna en un foco de malaria. La enfermedad era una asesina despiadada tanto en las ciudades como en el campo, allá donde sobreviviera el mosquito Anopheles.
La conectividad también formaba parte del entorno de las enfermedades en el Imperio romano, que creó una zona interna de comercio y migración como nunca había existido. Las carreteras y rutas marítimas del imperio no solo trasladaban a gente, ideas y productos, sino también gérmenes. Podemos observar este patrón a distintas velocidades. Es posible seguir la difusión de asesinos indolentes como la tuberculosis y la lepra, que se propagaban por el Imperio romano con tanta lentitud como la lava. Cuando las enfermedades infecciosas lentas saltaron por fin a la gran cinta transportadora de la conectividad romana, las consecuencias fueron electrizantes.

(1) El primero fue una crisis multifacética que se produjo en la época de Marco Aurelio, desencadenada por una enfermedad pandémica y que interrumpió la expansión económica y demográfica. Después no se produjo una caída o desintegración del imperio, sino que recuperó su forma anterior sin la misma capacidad de dominación que antes.
(2) Más tarde, a mediados del siglo III, una concatenación de sequías, pestilencias y cambios políticos precipitó la repentina desintegración del imperio. En lo que ha venido en llamarse la «primera caída» del Imperio romano, la supervivencia básica de un sistema imperial integrado fue un acto de reconstitución voluntaria que se logró por un margen muy reducido. El imperio fue reconstruido, pero de otra guisa: con un nuevo tipo de emperador, un nuevo tipo de gobierno, un nuevo tipo de dinero y, al poco tiempo, un nuevo tipo de fe religiosa.
(3) Este nuevo imperio volvió a rugir. Pero en un período decisivo y dramático de dos generaciones que van desde finales del siglo IV hasta principios del V, su coherencia quedó rota de manera definitiva. Todo el peso de la estepa euroasiática parecía apoyarse, de maneras nuevas e insostenibles, en el edificio del poder romano y, a consecuencia de ello, la mitad occidental del imperio se derrumbó.
(4) En Oriente, el resurgente Imperio romano gozaba de un poder y prosperidad renovados y de un incremento de población. Este renacer se vio frenado violentamente por una de las peores catástrofes medioambientales de la historia documentada: el doble golpe de la peste bubónica y una pequeña Edad de Hielo. La sacudida demográfica condujo a un lento desmoronamiento del imperio que culminó en las pérdidas territoriales decisivas ante los ejércitos del islam. Los vestigios del Imperio romano no solo quedaron reducidos a un Estado bizantino residual, sino que los supervivientes habitaban un mundo con menos gente, menos riqueza y conflictos permanentes entre religiones apocalípticas enfrentadas, incluidas el cristianismo y el islam.
El auge y caída de Roma nos recuerda que la historia de la civilización humana es, en su totalidad, un drama medioambiental. La prosperidad del imperio en los días dorados del siglo II, la llegada de un nuevo tipo de virus desde fuera del mundo romano, la ruptura de la gran negociación imperial después de la pandemia, el derrumbamiento del imperio en medio de una concatenación de desastres climáticos y sanitarios en el siglo III, la resurrección del imperio por parte de una nueva clase de emperador, el inicio de movimientos masivos de personas por toda Eurasia en el siglo IV, la revitalización de las sociedades orientales a finales de la Antigüedad, la bomba de neutrones que fue la peste bubónica, el insidioso comienzo de una nueva Edad de Hielo.

Los romanos vivían y morían con oleadas precarias y salvajes de enfermedades infecciosas y no con promedios serenos. Por tanto, la tendencia al crecimiento solo es la imagen granulada de lo que en realidad era la suma vibrante de un crecimiento trepidante obstaculizado por irrupciones espasmódicas de muerte intensa. Los romanos sabían que la vida era efímera y que los vientos de la muerte podían borrar de un plumazo las ganancias que tanto les había costado cosechar.
Cuando Marco Aurelio y Lucio Vero asumieron el cargo imperial, dominaban a más de una cuarta parte de la humanidad. Pocos imperios, ninguno en toda la Edad de Hierro y ninguno tan duradero, consiguieron semejante hazaña.
En resumen, los romanos consiguieron un crecimiento real dentro de los confines de una economía orgánica tradicional y este crecimiento no era irrelevante para las fortunas del imperio y sus habitantes. Pero quedan cabos sueltos que tal vez son más visibles ahora que antes. No existen signos claros de que la economía romana ya estuviera topando contra los duros límites de su potencial. Si su sistema económico no se precipitaba hacia su propia destrucción ni estaba al borde de un crecimiento interminable, ¿por qué surgieron entonces las dificultades que deparaba el futuro? Hay algo verdaderamente relevante en la teoría de que la causa del cambio venía de dentro del propio sistema, de que la caída de la economía imperial fue la venganza inevitable de la superpoblación. Sin duda, las represalias acechaban en algún punto del camino, pero la naturaleza intervino primero sin la provocación de una sociedad que había superado su capacidad de carga.
La historia está repleta de esos ritmos sincopados con compases repentinos e inexplicables que parecen salir de la nada para interrumpir lo que solo parecía ser un patrón. Durante mucho tiempo hemos intentado explicar los ciclos de auge y caída en unos términos que eran demasiado humanos, como si fuéramos el único músico de la banda. Pero, cada vez más, parece que ha habido otro gran instrumento sonando en segundo plano y disponiendo condiciones tanto propicias como desfavorables en las que los seres humanos se fraguan su destino. El clima ha sido una fuerza posibilitadora y desequilibrante y, al parecer, fue un acto indispensable en la eflorescencia romana y, más tarde, en su interrupción inesperada.
El problema del cambio climático antropogénico ha incrementado las posibilidades de comprender el paleoclima. Los historiadores son los grandes beneficiarios involuntarios de la posterior desbandada en busca de archivos naturales de la Tierra, documentos físicos que esconden pistas sobre la historia del clima. Los núcleos de hielo, los anillos de los árboles, los sedimentos del océano, las varvas de los lagos y los depósitos minerales de las cuevas, conocidos como espeleotemas, han proporcionado ideas sobre el pasado de la Tierra. En alianza con otros testimonios indirectos, como los contornos cambiantes de los glaciares y la distribución arqueológica del polen, estos indicadores físicos son una manera de reconstruir el comportamiento del clima en el pasado lejano. Y, aunque ahora es posible entender el clima romano de formas que eran inconcebibles hace tan solo una década o dos.
Mientras la extraña enfermedad se abría paso por el imperio, Galeno intentó poner fin a su carrera romana. «Como un esclavo a la fuga», escapó de la ciudad por los pelos. Después viajó a Bríndisi y embarcó en «la primera nave que levó anclas». Galeno temía ser detenido por los emperadores. Sus miedos no tardaron en confirmarse. Lucio falleció, pero Marco reclamó la presencia de Galeno en Aquilea, donde había levantado un campamento de invierno para preparar una campaña militar en el norte. Marco y Galeno estaban rodeados por un episodio de mortalidad distinto de cualquier cosa que hubieran experimentado. El rumbo de su vida se vería condicionado por la llegada de «la gran plaga». En cierto modo, la peste antonina era una criatura del azar, la consecuencia final e impredecible de incontables milenios de experimentación evolutiva. Al mismo tiempo, el imperio —sus conexiones globales y sus rápidas redes de comunicación— había creado las condiciones ecológicas para el primer brote de pandemia de la historia.

Antes del triunfo de la sanidad pública y los medicamentos antibióticos, las enfermedades infecciosas eran el enemigo público número uno para la humanidad. Desde infecciones banales del Staphylococcus hasta glamurosos superasesinos como la viruela y la peste bubónica, las enfermedades infecciosas eran el principal agente de la mortalidad humana. Pero el grupo de gérmenes mortales que amenazan a la humanidad no ha sido inmóvil: cambia en el tiempo histórico y en el espacio. La reserva de enfermedades en Roma fue un artefacto de su época y su lugar. Imaginársela es adoptar la visión de un germen y adentrarse en un viaje evolutivo de los organismos microscópicos con los que compartimos el planeta. Es importante que no sucumbamos a la tentación de ver la experiencia romana con los patógenos como un acto más en el que los gérmenes entran y salen de escena como siempre. Hacerlo significa obviar por completo el lugar preponderante que ocupa el primer milenio en la historia de las enfermedades infecciosas y la alineación circunstancial del Imperio romano con patógenos concretos en un momento en particular.
La malaria no es una enfermedad más. Puesto que estaba tremendamente ansiosa por aunar fuerzas con otros patógenos, sus siniestras garras iban mucho más allá de los peligros de una infección primaria. Los efectos de la malaria incluyen desnutrición grave, que hace que sus víctimas sean vulnerables a otras infecciones. Galeno conoció la mortífera variedad cotidiana de la malaria que afectaba sobre todo a los niños; para quienes la superaban, los efectos podían prolongarse décadas en forma de atrofia física y un sistema inmunológico debilitado. La malaria allana el terreno para trastornos por déficit vitamínico como el raquitismo y puede agudizar la propensión a infecciones respiratorias como la tuberculosis. Los entornos con malaria parecían acelerar la corrupción de la vida.
Las fronteras de la malaria son sensibles a cambios climáticos a corto y largo plazo. La temperatura ambiente influye en la formación de las esporas de Plasmodium que contiene el mosquito y los hábitats de cría del Anopheles varían con la humedad. Las gentes de la Antigüedad eran sensibles a esas influencias medioambientales. Un texto de la época romana observaba que una primavera húmeda seguida de un verano seco presagiaba un otoño mortal. El húmedo Holoceno medio era complaciente para las preferencias de cría del vector mosquito y es posible que en esos primeros milenios de civilización incipiente la malaria migrara a la región del Mediterráneo. En los territorios dominados por Roma, en la frontera entre las latitudes templadas y los subtrópicos, la epidemiología de la malaria es exquisitamente sensible a las fluctuaciones del clima. Pero debemos tener en cuenta una posibilidad maligna. Si el OCR en efecto fue un período especialmente húmedo, supuso una bendición para los mosquitos y los parásitos que estos transportaban.
La tuberculosis es una enfermedad respiratoria devastadora causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis. Aunque durante mucho tiempo se la consideró un enemigo ancestral, las pruebas genómicas indican ahora que podría tener solo cinco mil años. A la tuberculosis, que se contagia directamente entre humanos por gotas transmitidas por el aire, le encantan las ciudades densas y sucias. El curso de la enfermedad puede prolongarse desde semanas hasta años y desgasta a sus víctimas con accesos de tos. La tuberculosis fue una causa importante de morbidez y mortalidad hasta el siglo XX y sigue siendo un despiadado asesino global a día de hoy. Al igual que la malaria, su presencia puede suponer un gran peso para cualquier sociedad de la que se adueñe.
La tuberculosis era conocida entre los primeros escritores médicos griegos y no era un problema nuevo en el Imperio romano. Pero recientemente hemos sabido que hace entre 1.800 y 3.400 años se produjo un importante momento evolutivo en la historia del patógeno que desembocó en los linajes modernos más letales. Todavía son unos límites amplios y esperamos que sean pulidos en futuros trabajos, pero, entre tanto, el archivo óseo ofrece algunas pistas. A diferencia de la mayoría de las enfermedades infecciosas, la tuberculosis causa daños reconocibles en los huesos de sus víctimas y, por tanto, puede ser detectada arqueológicamente. Es extremadamente rara en esqueletos prerromanos.
Una infección de viruela es lo más parecido a la enfermedad que observó Galeno. Merece la pena analizar con cierto detalle el curso de infección del virus Variola major según lo observaron médicos modernos que trabajaron por todo el mundo en las décadas previas a la erradicación de la enfermedad. La viruela era una afección de transmisión directa. El virus se contraía por inhalación de gotas transportadas por el aire y expulsadas por una persona infectada. Una vez que los viriones invadían a una nueva víctima, el virus era excepcionalmente patogénico: la mayoría de los infectados enfermaban en mayor o menor grado. El virus se multiplicaba primero en la mucosa y más tarde en los nódulos linfáticos y el bazo con una rapidez asombrosa; la viruela superaba la respuesta inmunológica inicial y el cuerpo empezaba a oponer resistencia. Esta fase de incubación podía ser relativamente prolongada, entre siete y diecinueve días, pero normalmente duraba unos doce. En este falso momento de calma, el paciente no era contagioso. Pero la víctima tampoco estaba inmovilizada todavía, lo cual significaba que el virus podía viajar lejos y rápido.
Los primeros síntomas eran fiebre y malestar general y llegaban repentinamente. La víctima no tardaba en ser infecciosa. Se apreciaban vómitos, diarrea y dolor de espalda. En el curso más habitual de la enfermedad, la fiebre remitía a los pocos días, justo cuando aparecían las primeras señales de la patología cutánea. Se formaban lesiones dolorosas en la garganta o la boca.
En la cara y en todo el cuerpo aparecía una erupción macular, aunque más densa en la cara y las extremidades que en el tronco. Cuando aparecía la erupción se prolongaba unas dos semanas a medida que la viruela asomaba en la piel y se volvía vesicular. Luego, las protuberancias se convertían en pústulas hasta que, al cabo de unos cinco días, empezaban a formarse costras. El paciente era especialmente infeccioso durante la fiebre y el inicio de la erupción, pero seguía siéndolo hasta que se caían las costras. Cuando eso ocurría, dejaban cicatrices desfiguradoras. El curso completo de la infección duraba unos treinta y dos días.

El largo siglo IV fue, a su manera, una nueva época dorada, menos brillante que la eflorescencia antonina en términos materiales pero extraordinaria en todo lo demás. Sin embargo, en el nuevo equilibrio acechaban las semillas de la divergencia entre las mitades este y oeste del imperio. El proyecto de restauración condujo a la postre a la creación de una segunda Roma en Constantinopla. La fundación de la nueva capital fue una genialidad que alteraría el equilibrio geopolítico de una manera más profunda de lo que nadie habría imaginado. Cuando el cambio climático global provocó una reacción en cadena de movimientos de personas y crisis de refugiados que realinearon las presiones a las que estaban sometidos los límites del territorio romano, rompió el imperio por las líneas de presión que se habían desarrollado poco a poco. Solo la mitad del imperio sobreviviría a la siguiente caída.

Es posible que el verdadero impacto del cambio medioambiental en el siglo IV se dejara sentir en el este. El régimen Atlántico que gobernaba el clima del imperio en esa época también trajo una aridez salvaje a la estepa de Eurasia. En el corazón de Asia dio comienzo una era de migraciones. Sabemos mucho menos de lo que nos gustaría sobre el drama interno del Estado y la sociedad nómada en esta importante etapa. Sin embargo, la repentina preponderancia de los pueblos de la estepa en los asuntos del Imperio romano es manifiestamente novedosa. La llegada de los hunos a los márgenes occidentales
de la estepa revirtió el orden godo que se había mantenido durante más de un siglo. De repente, los godos cruzaron las fronteras romanas y la presión resultante abrumó inesperadamente a las estructuras del imperio.
No debemos buscar explicaciones monocausales. La llegada de los hunos por sí sola no condenó al imperio de Occidente. Al final, sus conquistas fueron muy escasas y el efecto que tuvo su entrada en escena debe medirse en el marco de las circunstancias particulares con las que se encontraron: la recuperación continua, la incesante experimentación política y el distanciamiento silencioso entre Oriente y Occidente. Pero la horda nómada tampoco fue un simple empujón que llevó al imperio más allá de su umbral de resiliencia. Por primera vez en su historia, toda la estepa asiática realizó un viraje y lanzó a sus formaciones más avanzadas contra Occidente. Fue una dura prueba para la que solo medio imperio encontró una manera de sobrevivir.

El cambio medioambiental cooperó con la iniciativa humana en la reconstrucción del imperio tardío. Las afortunadas condiciones del Óptimo Climático Romano no volverían nunca más; las últimas briznas de un clima similar al del Holoceno medio, cálido y húmedo en todas partes, eran cosa del pasado. El fin de esta era había sido tumultuoso. La inestabilidad global y regional alcanzó máximos a mediados del siglo III, coincidiendo con las sequías extremas que parecían el estertor de la muerte de la propia Tierra. Pero, si el siglo III fue la «vejez del mundo», el largo siglo IV fue, inesperadamente, una nueva concesión a la juventud.
El clima se estabilizó. A partir del año 266 d. C. no se produjo ninguna erupción volcánica importante en más de un siglo y medio. La producción solar fue en aumento, llegó a sus máximos de todo el período romano hacia 300 d. C. y mantuvo niveles altos a lo largo del siglo V. El siglo IV fue una época de marcado calentamiento. Los glaciares alpinos estaban en retirada a mediados de siglo. El glaciar Mer de Glace, en la cuenca del Mont Blanc, se derritió a niveles de la década de 1990 a finales de siglo. Las temperaturas medias al parecer no eran equiparables a las máximas de principios del imperio, pero el sol sonreía a la era de la restauración.
A medida que el OCR fue replegándose, se hizo visible una fase de la historia más reconocible como el Holoceno tardío. Los patrones climáticos a gran escala se hallaban ahora bajo el dominante influjo del Atlántico Norte. Los gradientes de presión atmosférica del Atlántico Norte tienen una enorme influencia en el destino de sociedades que se extienden desde Europa occidental hasta el interior de Asia.
Los gérmenes de Roma eran despiadados. Pero el titular del largo siglo IV podría ser la ausencia de un episodio de mortalidad catastrófico. En un catálogo exhaustivo de las fuentes, Dionysius Stathakopoulos ha identificado catorce epidemias en el siglo IV y otras dieciocho en el v. Esos recuentos son bastante más elevados que el número de brotes que podemos registrar a principios del imperio. Lo que vemos ante nuestros ojos es algo más que el telón de fondo normal de la mortalidad epidémica en todo el imperio. Y lo verdaderamente llamativo es la ausencia de episodios de mortalidad interregional.
El oscilante régimen climático de la Antigüedad tardía también estaba íntimamente relacionado con los ritmos de la mortalidad epidémica. La escasez de alimentos era una consecuencia del brote de enfermedad. Episodios climáticos anómalos podían desencadenar una reproducción explosiva de vectores de enfermedades. Por ejemplo, una devastadora hambruna que afectó a Italia en 450 y 451 d. C. coincidió con una oleada de malaria. Las crisis alimentarias animaban a los migrantes a buscar la supervivencia y alteraban los controles medioambientales normales insertados en el orden urbano. La escasez de comida obligaba a los hambrientos a recurrir al consumo de productos no comestibles o incluso venenosos a la vez que mermaban su sistema inmunológico para resistir la infección.
Las sociedades mediterráneas ancestrales se protegían como podían del estrés de la variedad medioambiental. En los últimos estadios del imperio, nuestras fuentes más gráficas nos brindan la oportunidad de ver cómo las ciudades intentaban contener, a veces infructuosamente, el impacto de la violencia de la naturaleza. Cuando los sistemas de control fallaban, podía sobrevenir una catástrofe.

Es posible que la peste buscara inmediatamente algún escondite en Oriente. La primera reaparición afectó a Cilicia, Siria, Mesopotamia y Persia en 561 y 562 d. C. No está claro si esta amplificación fue una extensión del brote aparecido en Constantinopla en 558 d. C. o un episodio independiente. Una crónica habla de una gran mortalidad en Cilicia. El brote pudo propagarse hacia fuera desde los montes Tauro. Sin duda, en 592 d. C. hubo una amplificación en Oriente que no estuvo coordinada con un brote en la capital. El gran episodio de 599-600 d. C. se sincronizó entre regiones. Pero, a partir de entonces, la zona de la peste en el Levante y el Imperio bizantino queda desarticulada. En Siria hubo brotes de peste que a menudo llegaron a Palestina y Mesopotamia. Dos amplificaciones —en 626-628 d. C. (la «plaga de Shirawayh») y 638-639 d. C. (la «plaga de Amwas»)— son recordadas en fuentes islámicas tempranas. Estas últimas fueron el primer encuentro musulmán con la peste bubónica. Después de un entreacto que se prolongó más o menos una generación, la peste reapareció con una frecuencia aún mayor en Siria y Mesopotamia hasta el final de la pandemia.
Pero los caprichos de la naturaleza no se conformaban con la introducción del germen más mortífero que hubiera conjurado jamás. Si la sacudida de la peste ahogó el sueño de Justiniano de reunificar el viejo imperio en el barro y la desolación, las últimas fases de la disolución del Imperio romano no representaron el triunfo de la bacteria por sí sola. No podemos intentar medir el impacto de la peste sin tener en cuenta la historia del clima. La caída del Imperio romano fue precipitada de igual modo por la inoportuna llegada de un nuevo régimen climático que empieza a conocerse como Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía. La combinación de la peste y el cambio climático minó la fuerza del imperio. El incalculable terror dejó a los supervivientes con la inquietante sensación de que el tiempo estaba tocando a su fin. «El fin del mundo ya no solo se predice, sino que está revelándose.»
Los cambios climáticos del siglo VI revirtieron siglos de trabajo humano en Italia. Las precoces ciudades y los prolijos campos habían sido tallados en la naturaleza para aprovechar cuidadosamente sus veleidosos poderes. Pero la despoblación y el poder marchitador del Estado socavaron los sistemas de control de los que dependía el milagro de la civilización. En el siglo VI se inició un círculo vicioso. Unas condiciones medioambientales más duras —y un clima más frío y húmedo— ahogaron la recuperación demográfica, mientras que la falta de mano de obra dejó a las sociedades en una clara desventaja con respecto al entorno natural. Las inundaciones que vemos en las crónicas no representan tanto el poder de la naturaleza como la inoportuna conjunción de estrés natural e incapacitación social. Las terrazas se inundaron. Los puertos se encenegaron. La agradación arrasó los valles…

El imperio de Roma siempre se halló en una posición de incertidumbre entre la fragilidad y la resiliencia, y al final se impusieron las fuerzas de la disolución. Pero la influencia suprema del clima y la enfermedad en esta historia atenúa un poco la tentación de buscar los fallos ocultos o las decisiones fatales que precipitaron la desaparición de Roma. La caída de su imperio fue la consecuencia inexorable de un error intrínseco que no se manifestó en la plenitud del tiempo. Tampoco fue el resultado innecesario de un falso camino que unos pasos más sabios habrían podido evitar.
Ante una adversidad implacable, el imperio se mantuvo firme. En medio de penurias inenarrables, su gente resistió. Hasta que, al final, la estructura mortal del imperio no pudo soportarlo más y surgieron orgullosas civilizaciones nuevas del rico terreno cubierto de cenizas.
Existen alrededor de un billón de especies microbianas en total; el humano medio alberga unos cuarenta billones de células bacterianas. Llevan aquí unos 3.500 millones de años. Es un mundo de microbios y nosotros vivimos en él. Gran parte de esa panoplia maravillosamente diversa nos trata con indiferencia. Solo se conocen unos 1.400 microbios patogénicos para los humanos. Estos han desarrollado herramientas moleculares —factores de violencia— que nos ponen en peligro pese a la armadura defensiva de nuestros extraordinarios sistemas inmunológicos. El nacimiento de un planeta lleno de patógenos es consecuencia de la evolución microbiana, que a su vez se ha visto profundamente determinada por la explosión demográfica humana y la transformación despiadada de los paisajes de todo el mundo que ha llevado a cabo nuestra especie. La evolución es alimentada por la fuerza ciega de la mutación aleatoria, pero hemos creado un contexto en el que la evolución juega y experimenta.
Los antiguos reverenciaban la temible oscilación de la diosa Fortuna, conscientes, a su manera, de que los poderes de la historia parecen ser una mezcla volátil de estructura y azar, de las leyes de la naturaleza y la pura suerte. Los romanos vivieron en una encrucijada fatídica de la historia humana y la civilización que crearon fue, en aspectos que no podían ni imaginar, víctima de su propio éxito y los caprichos del medio ambiente. El persistente poder de los romanos para cautivarnos se deriva, al menos en parte, de la aflicción que genera saber que se hallaban al borde invisible de un cambio insospechado. La larga y entrelazada historia de la humanidad y la naturaleza está llena de paradojas, sorpresas y azar. Por eso es importante la particularidad de la historia. La naturaleza, como la humanidad, es astuta, pero se ve limitada por las circunstancias del pasado. Nuestra historia y la del planeta son inseparables.
El hecho de que el medio ambiente desempeñara un papel tan importante en la creación y destrucción de una de las civilizaciones más notables de la historia podría descubrirnos muchas cosas. Roma es casi inevitablemente un espejo y una medida. Pero no deberíamos ver el caso de Roma como la lección de una civilización muerta. Por el contrario, su experiencia es importante como parte de una historia continua. Lejos de ser la escena final de un mundo antiguo perdido irremediablemente, el encuentro romano con la naturaleza podría representar el primer acto de un nuevo drama que sigue desarrollándose a nuestro alrededor. Un mundo precozmente global en el que la venganza de la naturaleza empieza a dejarse sentir pese a las persistentes ilusiones de control… Esto podría resultarnos familiar.

Excellent use of scientific achievements of a non-historical nature to the fall of the Roman Empire. The fate of Rome could serve to remind us that nature is cunning and capricious. The profound power of evolution can change the world in a single moment. The great strength of the empire, based on travel, trade and migration, also allowed the spread of tuberculosis, leprosy, smallpox, plague and other diseases. The goodness of the climate played an important role in the expansion of the empire, especially in agriculture, but the proximity of humans and animals brought new parasites and diseases. In addition, the high level and density of urbanization in more than 1,000 cities facilitated the widespread transmission of germs. The empire survived a pandemic in the time of Marco Aurelio, then a mixture of drought, pestilence and political turmoil called “Crisis of the third century”, or the first fall of Rome, from the years 230. At that time of turmoil Politics, suddenly, the Aurelian walls rose around Rome, the coins were degraded and fear allowed the emergence of Christianity. Even though Rome was rebuilt and recovered, more was to come as the weather changed. The empire suffered a drought in the southern Mediterranean, especially the granary of Rome, Egypt and the Plague of Cyprian (250-270) spread throughout the empire. Among many other interesting hypotheses, Harper proposes that it was Ebola; independently, it devastated the population and invited the Goths, Persians, Franks and others to invade weakened borders.
There is much to absorb in this important academic achievement, which effectively integrates the natural, social and humanistic sciences to show how the fall of the empire caused the decline of Rome.

This is an interesting history of the fall of the Roman Empire which concentrates on ecological factors such as pandemics and climate change. The main point is that the Rome prospered during the Roman Warm Period (aka Roman Climate Optimum) and fell apart during the Late Antique Little Ice Age.
Republic Rome lasted about 500 years (509 BC – 27 BC) and this is when Rome conquered most of its territory. It was able to create allies out of the conquered by employing the local elites to be its tax collectors. The Roman Empire was formed in 27 BC with the accession of Augustus Caesar and its main role was to maintain the empire the republic had created. The most successful era stretching from the late republic to the early empire occurred during the Roman Warm Period (200 BC – 150 AD). This period includes the era known as Pax Romana which the famous historian Edward Gibbon described as of one the best periods of history.
The first assault on the Roman Empire occurred in 165 AD with the Antonine Plague, believed to be small pox. This plague killed millions of people. The population of the Roman Empire had been about 75 million and that of Rome about 1 million before the plague. That was the peak and the population of the empire never recovered after that. This was of course a time when military and economic power depended on manual labor. But the Second Century was still the height of the Roman Empire even though a civil war broke out late in the century.
Meanwhile a transitional cooling period had begun that decreased agricultural production which was the basis of the Roman economy. This helped lead to what is known as the Crisis of the Third Century (aka the First Fall of the Roman Empire), but this was only a setback and not a collapse. The main events were the assassination of the emperor in 235 AD, civil war, and the Cyprian Plague, a bubonic plague which began in 249 AD. This plague is also estimated to have killed millions of people. The main causes were a vast economic network which made it easy for infected rats, which carry the bubonic pathogen, to reach the empire from Asia in boats, and a somewhat weakened population from decreased food production.
The empire was finally stabilized with the accession of Constantine the Great in 324 AD. His other accomplishments included establishing in the eastern part of the empire a second capital which eventually was named Constantinople and adopting Christianity as the state religion. In 395 AD the empire was divided into a Western Empire with its capital in Rome an Eastern Empire with its capital in Constantinople. The peace and prosperity of the Fourth Century recovery eventually descended to the Second Fall of the Roman Empire in the Fifth Century.
This decline was caused by political instability, civil wars, barbarian migrations and invasions, as well as economic decline and an increase in welfare recipients. This breakdown of Roman order led to the barbarian sacking of Rome by the Visigoths in 410 AD and by the Vandals in 455 AD. Meanwhile the Huns, a nomadic warlike tribe form the Asian steppes, had entered the Western Empire and were also threatening Rome. All this led to the final fall of the Western Roman Empire when the local barbarian warlord Odoacer deposed the last western emperor in 476 AD. But while the rule of the Western Roman emperors came to an end, what was left of Roman life simply continued under various barbarian conquerors.
The story of the Roman Empire usually ends here but what is less known is the Eastern Roman Empire accomplished a big comeback in the Sixth Century under the eastern emperor Justinian. He re-conquered most of the lost areas of the Western Roman Empire including Italy, the Balkans, North Africa, and southern Spain. He also codified one thousand years of Roman law for the first time with the Justinian Code. This comeback ended in 541 AD when the Justinian Plague, another bubonic plague, struck the Roman Empire again. This time the plague killed about half of the population. By this time the Late Antique Ice Age had kicked in, decreasing agricultural production and apparently forcing infected rodents into coastal cities.
All this led to the Third Fall of the Roman Empire in the Seventh Century. The former Western Empire was again lost to various barbarian tribes who formed new states that led to the future formation of Europe, such as the Franks controlling Gaul. Then Muslim invasions from the East took all of the Mid-Eastern and North African provinces of the Eastern Empire. Meanwhile the Avars, another nomadic warlike tribe from the Asian steppes, took the Balkans. The Eastern Empire was reduced to a small state around Constantinople called Byzantium but managed to survive until conquered by the Turks in 1453.

Harper recaps later Roman antiquity, primarily focusing on the three major mortality events: AD 165, 249 and 541. He not only maps out the human actions and decisions, but melds in the climatological changes that were happening at these times, as well as the microbial cocktails that reached explosive levels, from which it becomes clear that the “great killers of the Roman Empire were spawns of nature” (18). This brings the author to conclude that “human societies are dependent upon their ecological foundations” (288). “The Fate of Rome” is a gripping chronicle of the fall of an empire with new colors added to the canvass that draw out freshly defined shadows and highlights. The finished product is a fuller picture packed with human resolve and resilience in the midst of crushing catastrophes.
Not only does “The Fate of Rome” fill in many blank areas in our perceptions of Rome, but it gives us historical reasons to humbly pause and reflect on the fragility of human and social existence. Academics and aspirants alike will find this dossier enlightening. Harper’s writing style makes it easy to read and retain. If you’re looking for one volume to acquire and read on Roman history; or if you’re pondering how ecology, climatology and biology might affect human societies, this is the book you need to rush out and get! I heartily recommend the book.

The fall of Rome was the natural and inevitable effect of excessive greatness. Prosperity matured the putrefaction process; the causes of the destruction multiplied with the reach of the conquests and, as soon as the time or the accidents had eliminated the artificial supports, the great fabric yielded under its own weight ». The ruin of Rome was only an example of the impermanence of all human creations. Sic transit gloria mundi.
The fall of his empire was the triumph of nature over human ambitions. The fatal destiny of Rome was staged by emperors and barbarians, senators and generals, soldiers and slaves. But it was also decided by bacteria and viruses, volcanoes and solar cycles. Until a few years ago we did not have the scientific tools that allow us to glimpse, often fleetingly, the great spectacle of environmental change in which the Romans were involuntary actors.
The great national epic of the beginnings of Rome, the Aeneid, proclaims itself as a song about “weapons and a man”. The story of the end of Rome is also human.
The Romans created a gigantic Mediterranean empire at a particular time in the history of the climatic era known as the Holocene, a moment suspended on the verge of tremendous natural climate change. And what is even more important, the Romans built an interconnected and urbanized empire on the borders of the tropics and with tentacles that extended throughout the known world. In an involuntary conspiracy with nature, the Romans created an ecology of diseases that unleashed the latent power of the evolution of pathogens. Soon, the Romans were engulfed by the overwhelming force of what we would now call emerging infectious diseases. The end of the Roman Empire, therefore, is a history in which humanity and the environment are inseparable.

The rise of Rome is a story with the capacity to amaze us, above all because it could be said that the Romans arrived relatively late to the power politics of the Mediterranean. According to the established convention, the ancient history of Rome is divided into three periods: the monarchy, the republic and the empire. The centuries of monarchy have been lost in the mist of time, remembered only in fabulous original myths that explained to the later Romans how they had been born. Archaeologists have found remains of a human presence at least temporarily around Rome as early as the Bronze Age, in the second millennium BC. C. The Romans themselves dated the founding of their city and the reign of their first monarch, Romulus, in the middle of the VIII century BC. C.
For centuries, Rome remained in the shadow of its Etruscan neighbors. These in turn were overcome by the political experiments that were taking place in the east and the south. The early classical Mediterranean belonged to Greeks and Phoenicians. While Rome was still a village of illiterate cattle thieves, the Greeks were writing epic and lyric poetry, experimenting with democracy and inventing theater, philosophy and history as we know them.
The rise of Rome coincided with a period of geopolitical instability in the Mediterranean area during the last centuries before Christ. Republican institutions and military values allowed the Romans to concentrate unprecedented state violence at an opportune time in history. The legions destroyed their rivals one by one. The creation of the empire was bloody. The war machine satiated his appetite. The soldiers settled in rectilinear Roman colonies imposed by means of brute force throughout the Mediterranean. In the last century of this era of unbridled conquests, great Shakespearian characters came to occupy the stage of history. It is no accident that Western historical consciousness focused so disproportionately on these last generations of the republic. The creation of the Roman Empire did not resemble anything that happened before. Suddenly, the levels of wealth and development advanced towards modernity and surpassed all the previous experience of our species. The faltering republican constitution generated deep reflections on the meaning of freedom, virtue and community.
Death was always on the lookout. Life expectancy was just over twenty years, probably about twenty-five, in a world where infectious diseases attacked indiscriminately. All these invisible limitations were as real as gravity and defined the laws of movement in the world that the Romans knew.
The northern and western regions of the empire were controlled by the Atlantic climate. In the ecological center of the empire was the Mediterranean. Its delicate and variable features – arid summers and wet winters with a relatively temperate backdrop – make it a unique climate. The dynamics of a gigantic sea surrounded by land added to the sinewy texture of its interior terrains groups extreme diversity on a miniature scale. In the southern and eastern reaches of the empire the high pressures of the subtropical atmosphere prevailed, which turned the earth into a pre-desert and later into a true desert. And Egypt, the pantry of the empire, connected the Romans with totally different climatic regimes: the beneficial Nile floods originated in the Ethiopian highlands and fed by the monsoons. The Romans governed all that.
The Romans could not impose their will in such a vast territory using only violence. The maintenance of the empire required economies of force and constant negotiations with those who resided within Roman boundaries and outside of them.
The durability of the empire depended on the great negotiation. It was a bet, and it worked. During the Roman Pax, as predation became governance, the empire and its numerous peoples flourished. It all started with the population. In the simplest sense, people multiplied. There had never been so much. The cities extended beyond their customary limits. The inhabited landscape thickened. New farmland was scratched into the forests. The farms climbed the slopes. Any organic thing seemed to grow under the sun of the Roman Empire. Towards the first century of this era, the population of Rome probably exceeded one million inhabitants, the first city that did it and the only western city until about 1800 London. At its peak, in the middle of the second century, some seventy-five million people, a quarter of the total population of the planet, were under Roman influence.

Our awareness of climate change is concerned that greenhouse gas emissions are altering Earth’s atmosphere at an alarming and unprecedented rate. But anthropogenic climate change is a recent problem and, frankly, it is only one factor in the overall picture. Since long before human beings began to saturate the atmosphere with chemical elements that trap heat, the climate system has varied due to natural causes. During most of the two hundred thousand years of human history, our ancestors lived through a period of marked climatic oscillations in the Pleistocene. Small changes in the course of the Earth and slight variations in its inclination and rotation around its axis are constantly altering the amount and distribution of energy that comes from our nearest star. Throughout the Pleistocene, these mechanisms, known as orbital forcing, created frozen interludes that lasted for millennia. About 12,000 years ago, the ice broke and the climate entered the warm, stable interglacial period known as the Holocene. This was the necessary backdrop for the rise of agriculture and the emergence of complex political orders. But, as we know, the Holocene has been an era of abrupt climate changes that have been of crucial importance in humanity.

The discovery of rapid climate change in the Holocene is a revelation. We now know that, from a planetary perspective, the Romans were fortunate. The empire reached its maximum extension and prosperity in the shelter of a late Holocene period known as the Roman Climate Optimum (OCR). The OCR is a phase of warm, humid and stable climate in a good part of the Mediterranean heart of the empire. It was a tempting moment to create an agricultural empire from a pyramid of political and economic negotiations. Along with trade and technology, the climate regime was a silent and cooperative force in the seemingly virtuous circle of empire and prosperity. While the Romans extended the empire to its limits, they had no idea of the accidental and dangerous environmental foundations of what they had built.
From the middle of the second century, the fate of the Romans began to become scarce. The terrifying list of emerging infectious diseases – HIV, Ebola, Lassa fever, West Nile virus, Nipah virus, SARS, Middle East respiratory syndrome and now Zika fever, to name but a few out of several hundreds – shows that the Creative destruction of nature is not far from exhausted. And all these emerging infectious diseases have an insidious element in common: they arose from nature and not from domesticated species.
Human intrusion into new environments is a dangerous game. Not only does it expose us to unknown parasites, but it can trigger a cascade of ecological changes with unpredictable consequences. In the Roman Empire, the revenge that nature took was ominous. The main agent of this reprisal was malaria. Propagated by mosquito bites, malaria was a drag on Roman civilization. The vaunted hills of Rome are mounds that rise above a divinized swamp. The river basin, not to mention the pools and fountains that dotted the city, was a refuge for the mosquito vector and turned the eternal city into a focus of malaria. The disease was a ruthless killer both in the cities and in the countryside, where the Anopheles mosquito survived.
Connectivity was also part of the disease environment in the Roman Empire, which created an internal zone of trade and migration that had never existed before. The roads and maritime routes of the empire not only moved people, ideas and products, but also germs. We can observe this pattern at different speeds. It is possible to follow the spread of indolent assassins such as tuberculosis and leprosy, which spread through the Roman Empire as slowly as lava. When the slow infectious diseases finally jumped to the great conveyor belt of Roman connectivity, the consequences were electrifying.

(1) The first was a multifaceted crisis that occurred in the time of Marco Aurelio, triggered by a pandemic disease and that interrupted the economic and demographic expansion. Then there was no fall or disintegration of the empire, but it recovered its previous form without the same capacity for domination as before.
(2) Later, in the middle of the third century, a concatenation of droughts, pestilences and political changes precipitated the sudden disintegration of the empire. In what has come to be called the “first fall” of the Roman Empire, the basic survival of an integrated imperial system was an act of voluntary reconstitution that was achieved by a very small margin. The empire was rebuilt, but in another guise: with a new type of emperor, a new type of government, a new type of money and, soon after, a new type of religious faith.
(3) This new empire roared again. But in a decisive and dramatic period of two generations ranging from the end of the fourth century to the beginning of the fifth, its coherence was definitively broken. The whole weight of the Eurasian steppe seemed to support itself, in new and unsustainable ways, in the building of Roman power and, as a result, the western half of the empire collapsed.
(4) In the East, the resurgent Roman Empire enjoyed renewed power and prosperity and increased population. This rebirth was hampered by one of the worst environmental catastrophes in documented history: the double blow of the bubonic plague and a small Ice Age. The demographic shock led to a slow collapse of the empire that culminated in decisive territorial losses before the armies of Islam. The vestiges of the Roman Empire were not only reduced to a residual Byzantine state, but the survivors inhabited a world with fewer people, less wealth and permanent conflicts between opposing apocalyptic religions, including Christianity and Islam.
The rise and fall of Rome reminds us that the history of human civilization is, in its totality, an environmental drama. The prosperity of the empire in the golden days of the second century, the arrival of a new type of virus from outside the Roman world, the breakdown of the great imperial negotiation after the pandemic, the collapse of the empire in the midst of a concatenation of climatic disasters and health in the third century, the resurrection of the empire by a new class of emperor, the beginning of mass movements of people throughout Eurasia in the fourth century, the revitalization of eastern societies in late antiquity, the pump of neutrons that was the bubonic plague, the insidious beginning of a new Ice Age.

The Romans lived and died with precarious and wild waves of infectious diseases and not with serene averages. Therefore, the tendency to grow is only the grainy image of what in reality was the vibrant sum of a trepidante growth hampered by spasmodic irruptions of intense death. The Romans knew that life was short-lived and that the winds of death could erase at a stroke the profits that had cost them so much to harvest.
When Marco Aurelio and Lucio Vero assumed the imperial office, they dominated more than a quarter of humanity. Few empires, none in all the Iron Age and none so durable, achieved such a feat.
In short, the Romans achieved real growth within the confines of a traditional organic economy and this growth was not irrelevant to the fortunes of the empire and its inhabitants. But there are loose ends that are perhaps more visible now than before. There are no clear signs that the Roman economy was already running up against the hard limits of its potential. If its economic system did not rush towards its own destruction or was on the verge of endless growth, why did the difficulties of the future arise? There is something really relevant in the theory that the cause of change came from within the system itself, that the fall of the imperial economy was the inevitable revenge of overpopulation. Undoubtedly, reprisals lurked somewhere along the way, but nature intervened first without the provocation of a society that had exceeded its carrying capacity.
The story is full of those syncopated rhythms with sudden and inexplicable rhythms that seem to come out of nowhere to interrupt what only seemed to be a pattern. For a long time we have tried to explain the cycles of boom and bust in terms that were too human, as if we were the only musician in the band. But, increasingly, it seems that there has been another great instrument playing in the background and arranging both auspicious and unfavorable conditions in which human beings are destined to hatch. The climate has been a possible and unbalancing force and, apparently, it was an indispensable act in the Roman efflorescence and, later, in its unexpected interruption.
The problem of anthropogenic climate change has increased the possibilities of understanding paleoclimate. Historians are the great unintended beneficiaries of the subsequent routing in search of natural archives of the Earth, physical documents that hide clues about the history of the climate. The ice cores, tree rings, ocean sediments, varves of lakes and mineral deposits of caves, known as speleothems, have provided insights into the Earth’s past. In alliance with other indirect evidence, such as the changing contours of the glaciers and the archaeological distribution of pollen, these physical indicators are a way of reconstructing the behavior of the climate in the distant past. And, although now it is possible to understand the Roman climate in ways that were inconceivable only a decade or two ago.
While the strange disease was making its way through the empire, Galen tried to end his Roman career. “Like a slave on the run,” he narrowly escaped the city. Then he traveled to Brindisi and embarked on “the first ship that lifted anchors.” Galen feared being arrested by the emperors. Their fears were soon confirmed. Lucio died, but Marco claimed the presence of Galen in Aquileia, where he had set up a winter camp to prepare a military campaign in the north. Marco and Galeno were surrounded by an episode of mortality unlike anything they had experienced. The course of his life would be conditioned by the arrival of “the great plague.” In a way, the antonina plague was a creature of chance, the final and unpredictable consequence of countless millennia of evolutionary experimentation. At the same time, the empire – its global connections and its fast communication networks – had created the ecological conditions for the first pandemic outbreak in history.

Before the triumph of public health and antibiotic medicines, infectious diseases were the number one public enemy for humanity. From banal Staphylococcus infections to glamorous superasesinos such as smallpox and bubonic plague, infectious diseases were the main agent of human mortality. But the group of deadly germs that threaten humanity has not been immobile: it changes in historical time and in space. The disease reserve in Rome was an artifact of its time and place. Imagine it is to adopt the vision of a germ and enter an evolutionary journey of the microscopic organisms with which we share the planet. It is important that we do not succumb to the temptation to see the Roman experience with pathogens as another act in which germs enter and leave the scene as always. To do so means to completely ignore the preponderant place occupied by the first millennium in the history of infectious diseases and the circumstantial alignment of the Roman Empire with specific pathogens at a particular time.
Malaria is not a disease anymore. Since she was tremendously anxious to join forces with other pathogens, her sinister claws went far beyond the dangers of a primary infection. The effects of malaria include severe malnutrition, which makes its victims vulnerable to other infections. Galen knew the deadly daily variety of malaria that affected children most of all; for those who overcame it, the effects could last for decades in the form of physical atrophy and a weakened immune system. Malaria paves the way for vitamin deficiency disorders such as rickets and may worsen the propensity for respiratory infections such as tuberculosis. The environments with malaria seemed to accelerate the corruption of life.
The borders of malaria are sensitive to short and long-term climate changes. The ambient temperature influences the formation of the Plasmodium spores that the mosquito contains and the breeding habitats of the Anopheles vary with humidity. The people of antiquity were sensitive to these environmental influences. A text from Roman times observed that a wet spring followed by a dry summer presaged a deadly autumn. The humid Holocene medium was willing for breeding preferences of the mosquito vector and it is possible that in those first millennia of incipient civilization, malaria migrated to the Mediterranean region. In the territories dominated by Rome, on the border between temperate latitudes and subtropics, the epidemiology of malaria is exquisitely sensitive to climate fluctuations. But we must take into account an evil possibility. If the OCR was indeed a particularly wet period, it was a blessing for the mosquitoes and parasites they carried.
Tuberculosis is a devastating respiratory disease caused by the bacterium Mycobacterium tuberculosis. Although for a long time it was considered an ancestral enemy, genomic tests now indicate that it could be only five thousand years old. Tuberculosis, which is spread directly among humans by drops transmitted through the air, loves dense and dirty cities. The course of the disease can last from weeks to years and wears out its victims with coughing fits. Tuberculosis was a major cause of morbidity and mortality until the 20th century and remains a ruthless global killer to this day. Like malaria, its presence can be a great weight for any society it takes over.
Tuberculosis was known among the first Greek medical writers and was not a new problem in the Roman Empire. But recently we have known that between 1,800 and 3,400 years ago there was an important evolutionary moment in the history of the pathogen that led to the most lethal modern lineages. They are still broad limits and we expect them to be polished in future work, but, meanwhile, the bone file offers some clues. Unlike most infectious diseases, tuberculosis causes recognizable damage to the bones of its victims and, therefore, can be detected archaeologically. It is extremely rare in pre-Roman skeletons.
A smallpox infection is the closest thing to the disease that Galen observed. It is worth analyzing in some detail the course of Variola major virus infection as observed by modern physicians who worked all over the world in the decades prior to the eradication of the disease. Smallpox was a condition of direct transmission. The virus was contracted by inhaling droplets transported through the air and expelled by an infected person. Once the virions invaded a new victim, the virus was exceptionally pathogenic: most of the infected became sick to a greater or lesser degree. The virus multiplied first in the mucosa and later in the lymph nodes and the spleen with an amazing rapidity; smallpox exceeded the initial immune response and the body began to resist. This phase of incubation could be relatively prolonged, between seven and nineteen days, but normally it lasted about twelve. In this false moment of calm, the patient was not contagious. But the victim was not immobilized yet, which meant that the virus could travel far and fast.
The first symptoms were fever and malaise and came suddenly. The victim soon became infectious. Vomiting, diarrhea and back pain were appreciated. In the most common course of the disease, the fever subsided within a few days, just when the first signs of cutaneous pathology appeared. Painful lesions formed in the throat or mouth.
A macular eruption appeared on the face and throughout the body, although it was more dense on the face and extremities than on the trunk. When the rash appeared it lasted about two weeks as the small pox appeared on the skin and became vesicular. Then, the protuberances became pustules until, after about five days, crusts began to form. The patient was especially infectious during the fever and the onset of the rash, but remained so until the scabs fell off. When that happened, they left disfiguring scars. The entire course of the infection lasted about thirty-two days.

The long fourth century was, in its way, a new golden age, less brilliant than the antonina efflorescence in material terms but extraordinary in everything else. However, in the new equilibrium lurked the seeds of divergence between the eastern and western halves of the empire. The restoration project led to the creation of a second Rome in Constantinople. The founding of the new capital was a genius that would alter the geopolitical balance in a deeper way than anyone could have imagined. When global climate change caused a chain reaction of people movements and refugee crises that realigned the pressures to which the limits of the Roman territory were subjected, it broke the empire by the lines of pressure that had developed little by little. Only half of the empire would survive the next fall.

It is possible that the true impact of environmental change in the fourth century was felt in the east. The Atlantic regime that governed the climate of the empire at that time also brought a wild aridity to the steppe of Eurasia. In the heart of Asia, an era of migration began. We know much less than we would like about the internal drama of the State and the nomadic society in this important stage. However, the sudden preponderance of the peoples of the steppe in the affairs of the Roman Empire is manifestly novel. The arrival of the Huns to the western margins
of the steppe reversed the Gothic order that had been maintained for more than a century. Suddenly, the Goths crossed the Roman borders and the resulting pressure unexpectedly overwhelmed the structures of the empire.
We should not look for monocausal explanations. The arrival of the Huns alone did not condemn the Western Empire. In the end, their conquests were very scarce and the effect that their entry into the scene had to be measured in the context of the particular circumstances with which they found themselves: the continuous recovery, the incessant political experimentation and the silent distancing between East and West. But the nomadic horde was not a simple push that led the empire beyond its resilience threshold. For the first time in its history, the entire Asian steppe made a turn and launched its most advanced formations against the West. It was a tough test for which only half the empire found a way to survive.

It is possible that the plague immediately sought a hiding place in the East. The first reappearance affected Cilicia, Syria, Mesopotamia and Persia in 561 and 562 AD. C. It is not clear if this amplification was an extension of the outbreak that appeared in Constantinople in 558 AD. C. or an independent episode. A chronicle speaks of a great mortality in Cilicia. The outbreak could spread out from the Taurus Mountains. Without a doubt, in 592 d. C. there was an amplification in the East that was not coordinated with an outbreak in the capital. The great episode of 599-600 d. C. was synchronized between regions. But, from then on, the zone of the plague in the Levant and the Byzantine Empire is disjointed. In Syria there were outbreaks of plague that often reached Palestine and Mesopotamia. Two amplifications -in 626-628 d. C. (the “plague of Shirawayh”) and 638-639 d. C. (the “plague of Amwas”) – are remembered in early Islamic sources. The latter were the first Muslim encounter with the bubonic plague. After an intermission that lasted more or less a generation, the plague reappeared with an even greater frequency in Syria and Mesopotamia until the end of the pandemic.
But the vagaries of nature were not satisfied with the introduction of the deadliest germ that had ever conjured. If the shaking of the plague drowned Justinian’s dream of reuniting the old empire in mud and desolation, the last phases of the dissolution of the Roman Empire did not represent the triumph of the bacterium alone. We can not try to measure the impact of the plague without taking into account the history of the climate. The fall of the Roman Empire was precipitated in the same way by the untimely arrival of a new climate regime that begins to be known as the Little Ice Age of Late Antiquity. The combination of the plague and climate change undermined the strength of the empire. The incalculable terror left the survivors with the unsettling feeling that time was coming to an end. “The end of the world is not only predicted, it is revealing itself.”
The climate changes of the 6th century reversed centuries of human labor in Italy. The precocious cities and the neat fields had been carved into nature to take advantage of their fickle powers. But the depopulation and withering power of the State undermined the control systems on which the miracle of civilization depended. In the sixth century a vicious circle began. Tougher environmental conditions-and a colder, more humid climate-drowned the demographic recovery, while the lack of labor left societies at a clear disadvantage with respect to the natural environment. The floods that we see in the chronicles do not represent so much the power of nature as the untimely conjunction of natural stress and social incapacitation. The terraces were flooded. The ports were ennesegaron. The aggradation devastated the valleys …

The empire of Rome was always in a position of uncertainty between fragility and resilience, and in the end the forces of dissolution were imposed. But the supreme influence of climate and disease in this story somewhat attenuates the temptation to seek hidden failures or fatal decisions that precipitated the demise of Rome. The fall of his empire was the inexorable consequence of an intrinsic error that did not manifest itself in the fullness of time. Nor was it the unnecessary result of a false path that a few more wise steps could have avoided.
In the face of implacable adversity, the empire remained firm. In the midst of unspeakable hardships, his people resisted. Until, in the end, the mortal structure of the empire could not stand it anymore and proud new civilizations arose from the rich, ash-covered ground.
There are about a trillion microbial species in total; the average human contains some forty trillion bacterial cells. They have been here for about 3,500 million years. It is a world of microbes and we live in it. Much of that wonderfully diverse panoply treats us with indifference. Only about 1,400 pathogenic microbes are known to humans. These have developed molecular tools -factors of violence- that endanger us despite the defensive armor of our extraordinary immune systems. The birth of a planet full of pathogens is a consequence of microbial evolution, which in turn has been profoundly determined by the human demographic explosion and the ruthless transformation of the landscapes around the world that our species has carried out. Evolution is fueled by the blind force of random mutation, but we have created a context in which evolution plays and experiences.
The ancients revered the fearsome oscillation of the goddess Fortuna, conscious, in her own way, that the powers of history seem to be a volatile mixture of structure and chance, of the laws of nature and pure luck. The Romans lived in a fateful crossroads of human history and the civilization they created was, in aspects they could not even imagine, a victim of their own success and the vagaries of the environment. The persistent power of the Romans to captivate us derives, at least in part, from the affliction that comes from knowing that they were on the invisible edge of unsuspected change. The long and intertwined history of humanity and nature is full of paradoxes, surprises and chance. That is why the particularity of history is important. Nature, like humanity, is cunning, but is limited by the circumstances of the past. Our history and that of the planet are inseparable.
The fact that the environment played such an important role in the creation and destruction of one of the most remarkable civilizations in history could reveal many things to us. Rome is almost inevitably a mirror and a measure. But we should not see the case of Rome as the lesson of a dead civilization. On the contrary, his experience is important as part of a continuous story. Far from being the final scene of an ancient world irretrievably lost, the Roman encounter with nature could represent the first act of a new drama that continues to unfold around us. A precociously global world in which the revenge of nature begins to be felt despite persistent illusions of control … This could be familiar.

6 pensamientos en “El Fatal Destino De Roma. Cambio Climático Y Enfermedad En El Fin De Un Imperio — Kyle Harper / The Fate of Rome: Climate, Disease, and the End of an Empire by Kyle Harper

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