Mujeres, Mitos Y Diosas — Martha Robles / Women, Myths and Goddesses by Martha Robles (spanish book edition)

Este libro de esta escritora mexicana me parece muy interesante y fluido en su escritura. A la condición femenina no se le permite ninguna posibilidad intermedia: es o no mujer, asume o niega su cometido, encarece o desvirtúa su gracia, se afirma en su movimiento connatural o cede a la tentación del abismo y se lleva consigo al hombre y a los seres que la acompañan.
Intuitivamente, las generaciones reconocen a quien es de la que no lo es. “Gran mujer”, dice el lugar común, cuando se percibe una personalidad radiante y se respira a su alrededor la autoridad que prodiga una feminidad consumada en el alto reconocimiento de sí en servicio de los demás. Y se la llama mujer, acaso sin reparar en la levedad vigorosa que inspira su gracia o esa elegante armonía que, en mezcla de dolor y alegría, difunde tanto el cuestionamiento crítico de su realidad como el saldo esperanzador que anima su certeza vital.
Si una mujer está lograda en su entendimiento connatural, emprende su despertar y se afirma en sus atributos de misericordia y bondad; si en cambio se niega y abomina de la parte de divinidad que se le ha encomendado, incurre en las peores bajezas, con la salvedad de que en su caída arrastra todo consigo.

El amor, como dijera Aristófanes, no se proyecta solamente hacia la otra mitad de nuestro ser o bien sobre su totalidad, a menos que por tal se entienda lo bueno y lo perfecto. Y si Diotima nos facilitó el instrumento para interpretar un anhelo inherente al bien, gracias a la posterior Ética nicomaquea de Aristóteles podemos inferir que el amor, unívoco de la condición femenina, es la forma más acabada de la perfección moral y, por lo tanto, un impulso de cultura en el más profundo sentido de la palabra.
Sin Nyx, la luz carecería de sentido y el sello solar de Apolo jamás reinaría al lado de la esperanza. De la tiniebla son los anuncios de ligereza y realidad. Tras ella camina la lucidez prometedora que llega después de una angustiante espera. La oscuridad aprieta un gemido, pero también anticipa el nuevo orden de dioses, semidioses, héroes y hombres portadores de una transparencia que opone a Tánatos la fascinación de la aurora.
Lilith es, por todo eso, la pasión de la noche, la criatura más temida y ángel que vaga con la esperanza de restaurar el orden trastornado, a pesar del dolor y del olvido.

La historia de Eva es, a fin de cuentas, la historia de una idea de la vida y del mundo. Es también referencia iluminadora de la palabra, simiente de las ideologías más sugestivas e instrumento dual entre la luz y la oscuridad. Deseo y remordimiento, goce carnal, imaginación fundadora y fuerza liberadora: ella es la mujer, la diosa, la madre y amante, la abnegada paridora de hombres que cursa los siglos con la señal de la caída; pero también con la conciencia electiva de quien se atrevió a develar el misterio más alto, el de la sabiduría que entrañaba el árbol proscrito, el discurrido por Dios para que los hombres soñaran su propia divinidad, aun a costa de aniquilar la supuesta semejanza con el Creador.
Eva es, en síntesis, el talento culpable que se arrepiente de su elección racional, un pensamiento generador de contradicciones y el primer intento de enriquecer el goce heredado con el sueño de la divinidad, consumada en el acto de la creación.
Con la humanización de Eva, el mundo emprendió la etapa de la muerte de Dios y el renacimiento racional por medio de la pasión y el olvido. Eva encarna en cada mujer que piensa.

Misteriosa, diosa madre y transmisora del símbolo real, Isis estuvo dotada con atributos lunares. Es la entidad que resguarda los acontecimientos nocturnos de la misma manera que guía el trasfondo del pensamiento a la luz, en el doble sentido de conducir al difunto por el camino del inframundo y durante el despertar de la inteligencia al mundo de la claridad. Es la regente de los poderes mágicos, de los que se valió para resucitar al marido. Es la madre real y la gran maga, adorada en su tierra hasta el ascenso del helenismo, y es, en los tiempos de Roma, una de las mayores deidades así ponderadas por Apuleyo y Plutarco. Velada durante la celebración de los ritos, Isa fue la expresión del sacerdocio de Isis en el Templo del Sol y la Luna, situado entre los pies de la Esfinge.

Inagotables, las hazañas de Afrodita se descubren en su hora olímpica y, después, en todas las aventuras de los amantes. Su hechizante figura se invoca por guerreros y reyes, por pastoras y refinadas mujeres. Y allí está Afrodita al acecho, seduciendo con su belleza perfecta, con la mano dispuesta a la altura del ceñidor para soltarse la túnica en las ocasiones menos previstas.

Tras las Moiras y sus enigmas prevalece un mismo trasfondo frente a lo incognoscible. Hijas de Urano y de Gea, las considera la teogonía órfica; para Epiménides, Cronos y Eunomia son los padres no solamente de las Moiras, sino también de Erinia y de Afrodita, porque en su bosque de Sijión las Hilanderas tenían su templo donde consagraban ofrendas, por su mediación, para los dioses de la tierra y los de debajo de la tierra.
Sea cual fuere su verdadero origen, por encima de una muchedumbre de hermanas y de vínculos con multitud de divinidades y a pesar de las formas distintas con que las generaciones pretenden abarcar o vencer al destino, de las Moiras aún puede decirse lo que Hesíodo escribió sobre ellas: vigilan con similar rigor las infracciones de los dioses y de los hombres y no quedan tranquilas hasta que el transgresor recibe su merecido.

Para Circe, ni la muerte le estaba permitida, porque las diosas no mueren; la diosas no descienden al Tártaro. Vagaría en círculos con sus hilos dorados y durante las tardes tejería en el telar nuevos mantos. Con la aurora temprana recorrería los caminos de arena mirando las aguas que no le dejaron más que la sombra de su Ulises amado y alguna vez, al correr de los siglos, se transmutaría en otra divinidad menos sensible a los delirios humanos.

Dalila es instrumento de una derrota: cumple su cometido y desaparece de la leyenda. Queda de ella la sombra de la seducción engañosa y, entre líneas, la certeza de que los papeles relevantes en la historia dependen de las versiones que prevalecen de su actuación. Es probable que en Dalila resida el antecedente vengador de la mujer humillada, una pariente literaria de Ulises, célebre por sus mañas, cuyo ingenio le arrendaba más victorias que sus armas. Es posible también, de subsistir la interpretación filistea, que se hubiera tratado de una valiente que se atrevió con el monstruo que asolaba a su pueblo con despojos y crímenes al grado que llegó a exasperarlos y discurrieron el más viejo y seguro medio para rendir al más fuerte: el delirio amoroso.

Poseedora de una belleza nada común, no fue por su juventud ni por la armonía de sus formas como sedujo al tirano, sino por la fascinante destreza para triunfar sobre el olvido y remover el sedimento de la memoria, que llevaría a decir a sus sucesores, al rescatar sus historias en caracteres políglotas, que escribir es recordar. Para eso vertían sus palabras en manuscritos, para fijar las huellas de un embeleso que comenzaba a borrarse en la voz de rapsodas o repetidores que recontaban leyendas, epopeyas o mitos al modo de los regresos homéricos.
Dominaba la entonación, las cadencias y las vastas y complicadas metáforas que suelen hechizar a los amantes de las historias fantásticas. Su voz era hilo entre el misterio de la invención y la habilidad practicada por los rawis en los bazares, en las cafeterías o en los salones donde los hombres del este islámico gastaban sus tardes cultivando, del paladar al oído, el deleite de sus sentidos, cuando el islam era sinónimo de belleza y placer.
Real o ficticia, diosa o heroína nocturna que triunfa sobre el poder y la muerte, Scharasad es la voz fundadora de la literatura y santuario, para todos los tiempos, del arte de la palabra.

La palabra fairies que identifica a las hadas en inglés es de creación reciente y quizá disimulo de los remotos fays, de los que sólo se ocupan los rastreadores de voces. Fayrie era un estado de hechizamiento y en particular así se llamaba al encanto causado por los fays, que ejercían los poderes de la ilusión.
El hada irlandesa no está sometida a las contingencias de las tres dimensiones. Siempre lleva consigo una rama, el anillo o la manzana emblemática para transmitir sus cualidades maravillosas. De la rama descendió la varita mágica; de la manzana, el furor del envenenamiento perverso que aplica la madrastra de Blancanieves para encantarla, quizá porque el hada entraña la ambivalencia típica de la reina Mab, recreada por Shakespeare, que en su carácter de comadrona es capaz de convertirse en bruja para multiplicar las desdichas. Mab es la misma que al emprender sus oficios trenza las crines de las yeguas nocturnas…
El término hada o fairy cubre en la actualidad un campo tan amplio que abarca desde a los elfos anglosajones y escandinavos hasta los Daoine Sidhe de las highlands de Escocia, los Tuatha de Dannan de Irlanda, la Tylwyth Teg de Gales y la muchedumbre de seres con o sin nombre que están contenidos entre la Gente Chiquita y la Corte Bendita del Otro Camino. Diccionarios, enciclopedias de hadas, catálogos, genealogías, historias, leyendas o testimonios documentales, todos distintos e inconciliables según corresponde al tema y a las peculiaridades indescriptibles que se les atribuyen, informan que en el vasto mundo de las hadas, agrupadas o solitarias, se han multiplicado categorías intermedias según su quehacer, morfología, costumbres y hábitat.
A los irlandeses les consta que en la actualidad las hadas habitan entre ellos. Quienes gozan del privilegio de haberlas mirado aseguran que adoptan en miniatura la forma de un humano perfecto, aunque nunca aparecen más altas que la cabeza de un perro. Sin embargo, pueden aumentar o disminuir su estatura durante el uso dirigido de sus poderes y semejar un piñón o alargarse temporalmente como un humano cualquiera.
Las que para su desgracia son capturadas por intervención de los pixies o porque ceden al galanteo de los hombres, como las Gwrachs de Gales, consuman el matrimonio con los humanos no sin interponer un tabú que en general es violado y con el tiempo pueden volver a su hábitat. Las hadas que por la perversidad de sus captores o por las circunstancias adversas no pueden regresar a su medio languidecen tarde o temprano, y mueren con un gesto de profunda tristeza en el rostro.

Enlace oral de Europa y del Anáhuac, Malintzin mal podría representar la asimilación gozosa de lo extranjero, porque en su vasallaje cambiante no tuvo más fuerza fundadora ni más recurso de sobrevivencia que su talento, un talento que no se resignó al olvido, como ocurrió con el resto de los vencidos, sino que se transformó en surtidor de nombres y sueños de libertad que, paradójicamente, jamás pudo emplear para sí.
Malintzin es, en rigor, la verdadera simiente de la palabra mestiza, con la que habría de construirse un alfabeto de sangre y fuego. Ella es la palabra que comenzó a prodigarse allí donde fueran enfrentados los lenguajes como armas enemigas en el campo de batalla. La Malinche es lengua consagrada por la cruz y voz remecida por el paisaje volcánico de nuestra gran Mesoamérica.

Salvo las remotas sacerdotisas, la mujer oriental y particularmente la de Israel estuvo excluida de todos los ministerios de culto; pero compartía con los hombres ciertas celebraciones, deberes relacionados con la conducta y pequeños rituales que confirmaban su deber familiar, generalmente a la sombra de la vida social y jurídica. Tanto en los Hechos de los Apóstoles como en las referencias biográficas de Jesús relacionadas con las mujeres se confirma que, de no ser por las pecadoras, las enfermas y unas cuantas discípulas a las que se manifiesta el Nazareno, nada significativo ameritó la feminidad para ingresar a la historia, aunque, según la cristiandad, la mujer es persona ante Dios, igual que el varón, y, por lo tanto, acreedora de su acción salvadora y de su misericordia.

Si españoles, agradecían a nuestra Señora de Izamal haber librado tormentas en alta mar o vencido el riesgo de perderse a causa de malos vientos. Unos decían que sus naves no se estrellaron en un peñasco gracias a la oportuna intervención mariana; otros, que gracias a los exhortos del capitán, pasajeros y marineros se arrepintieron de sus pecados y ofrecieron mandas con tal de salvarse del riesgo inminente de un hundimiento. Si mexicanos, la lista de ruegos gira siempre alrededor de las mismas causas: enfermos, accidentados y, en nuestra época, desempleados o alcohólicos redimidos; es decir, ante el altar se congregan las súplicas de una miseria tan secular que no cabría sino esperar un único y verdadero milagro: pedirle a la Virgen vigor para transformar las condiciones de una injusticia que, lejos de subsanarse, empeora al paso del tiempo.

Pese a sus lamentos, Virginia Woolf no sufrió la incomprensión de sus coetáneos ni murió sin haber paladeado los regustos del reconocimiento oportuno. Innovó como escritora su rica tradición literaria. Como mujer practicó libertades sólo posibles por su desahogo económico, producto de la herencia paterna. Llevó al extremo de la transgresión ejemplar las humoradas en grupo, privativas de su educación privilegiada. Inclusive en su suicidio, sumida como estuvo en una larga depresión en la que se confundieron la sensación del sinsentido y el pavor de no poder escribir una línea más, mantuvo su elegancia distintiva. Sus libros no solamente no se han olvidado, sino que decir Virginia Woolf, en nuestros días, equivale a evocar una vertiente liberadora que ninguna escritora que busca una voz propia puede pasar por alto.
– La vida, a veces, se parece a la literatura. La de Djuna Barnes es como la de sus caracteres más logrados. Suyos fueron el ánimo viajero, la tormenta y una pasión insaciable por inquirir el lenguaje de la noche. Murió sumida en el silencio, con la lucidez distintiva de los ciegos y sin importarle absolutamente el agitado caudal que removió al crear la gran metáfora de nuestro siglo atribulado.
– Isadora Duncan no tuvo mejor suerte. Refundida en Niza, en la Costa Azul, se redujo a una figura patética. Perdió vanidad y escrúpulos hasta límites inimaginables. Lloraba a solas y en compañía. Visitaba los bares, trasnochaba y se embriagaba hasta la inconsciencia. Gorda, desasistida, gastó su capital y se endeudó sin remedio. Su inteligencia excepcional, sin embargo, la hizo vivir a plenitud hasta los pormenores de su infierno. En Niza escribió sus dos libros. En Niza paladeó sus mejores recuerdos y en Niza, también, encontró la muerte.
La noche del 14 de septiembre de 1927, cuando conducía su automóvil deportivo por la carretera costera en estado de ebriedad, la punta de una larga mascada que adornaba su cuello se atoró en una de las ruedas y se ahorcó de un solo tirón.
Su muerte trágica consumó su leyenda. Entonces comenzó a resurgir la diosa en los templos que invocaban su nombre con la súbita proliferación de la danza moderna que ella fundó, en escenarios desnudos, como sus brazos y piernas, sin más adornos que su célebre cortina azul y su túnica, para enmarcar la belleza perfecta que la apasionó en vida.
– El arte de María Izquierdo armoniza una identidad que siempre aparece dividida por las cosas mexicanas, en las oposiciones del paisaje y en el gesto cultural de nuestro pueblo. Ella tuvo un punto fijo, su mirada, como eje y raíz de su mundo solitario y desde él diversificó las máscaras que encubren un país de barro.
Tras una exitosa década de viajes y exposiciones, María sufre una grave hemiplejía, en febrero de 1948, que la sume en un estado de parálisis y semiconsciencia durante más de ocho meses. Abundaron las notas periodísticas y los actos de apoyo hasta coronar en la subasta organizada por sus colegas para reunir los fondos necesarios para su sobrevivencia. A las sucesivas embolias siguieron las crisis morales y la psicosis de tragedia artística que, a pesar de su voluntad inusual, la llenaron de amargura. Sus últimos años fueron dolorosos, de sinsabores y de una decepción tan profunda que públicamente afirmó que carecía de sentido pintar, pues sus éxitos sólo le habían causado frustraciones y envidias. Su enfermedad le impidió acudir al homenaje nacional que las autoridades realizaron para ella en el Palacio de Bellas Artes. El 2 de diciembre de 1955 murió de embolia a los 53 años de edad y al día siguiente, seguida de un numeroso cortejo, fue sepultada en el panteón Jardín de la ciudad de México.
– María Zambrano volvió a su España amada al declinar noviembre de 1984. Seis años después —a dos meses de cumplir los 87 años de su edad—, murió vaciada de su germen, desustanciada de su latente oscuridad, como la palabra clara, la palabra-luz que emana mansamente de su espíritu poético.
Al filo de la muerte, bordo extraño del silencio radical, quizá María cayó en la cuenta de que Antígona le hablaba, que susurraba con lamento trágico algo relativo a los tránsitos de una muerta viva que, en la hora radical, atina con la voz que la consuela. La miró a su lado. Encontró a una Antígona tan natural que tardó en reconocerla. Estremecida, escribió después el recuerdo indeleble de las primeras palabras que le removieron el corazón: “Nacida para el amor he sido devorada por la piedad”. Y como Antígona, quizá María se consumió también por la piedad. Una piedad bañada con el mejor cristianismo, inseparable de la poesía, de donde vino a confirmar el origen sagrado del verbo, el carácter luminoso de la palabra.
De su vasta herencia, siempre oscilante entre el neoplatonismo y la poesía, destaca el símbolo que la define y define la circunstancia en una suerte de temblor de humanidad. Es el temblor que clama por la aurora en este desnacer de los combatientes de los dioses.

This book by this mexican writer seems very interesting and fluid in her writing. The female condition is not allowed any intermediate possibility: it is or is not a woman, assumes or denies its commitment, increases or distorts its grace, affirms itself in its innate movement or yields to the temptation of the abyss and takes with it man and women. beings that accompany it.
Intuitively, generations recognize who is who is not. “Great woman,” says the commonplace, when a radiant personality is perceived and the authority that lavishes consummate femininity in the high recognition of oneself in the service of others is breathed around him. And she is called a woman, perhaps without noticing the vigorous lightness that inspires her grace or that elegant harmony that, in a mixture of pain and joy, spreads both the critical questioning of her reality and the hopeful balance that animates her vital certainty.
If a woman is accomplished in her innate understanding, she begins her awakening and affirms herself in her attributes of mercy and kindness; If, on the other hand, he denies and abhors the part of divinity that has been entrusted to him, he incurs the worst humiliations, with the exception that in his fall he carries everything with him.

Love, as Aristophanes said, is not only projected towards the other half of our being or on its totality, unless by that we understand the good and the perfect. And if Diotima gave us the instrument to interpret an inherent longing for good, thanks to Aristotle’s later Nicomachean Ethics we can infer that univocal love of the feminine condition is the most complete form of moral perfection and, therefore, an impulse of culture in the deepest sense of the word.
Without Nyx, light would be meaningless and Apollo’s solar seal would never reign next to hope. From the darkness are the announcements of lightness and reality. Behind her walks the promising lucidity that comes after an anguished wait. The darkness squeezes a moan, but also anticipates the new order of gods, demigods, heroes and men carrying a transparency that opposes Thanatos the fascination of the dawn.
Lilith is, for all that, the passion of the night, the most feared creature and angel that wanders with the hope of restoring disturbed order, despite the pain and forgetfulness.

The story of Eva is, after all, the story of an idea of ​​life and the world. It is also an illuminating reference of the word, seed of the most suggestive ideologies and dual instrument between light and darkness. Desire and remorse, carnal enjoyment, founding imagination and liberating force: she is the woman, the goddess, the mother and lover, the self-sacrificing parity of men who goes through the centuries with the sign of the fall; but also with the elective conscience of those who dared to reveal the highest mystery, that of the wisdom that entailed the forbidden tree, that which God intended for men to dream their own divinity, even at the cost of annihilating the supposed resemblance to the Creator.
Eva is, in short, the guilty talent that repents of its rational choice, a generating thought of contradictions and the first attempt to enrich the enjoyment inherited with the dream of divinity, consummated in the act of creation.
With the humanization of Eve, the world began the stage of the death of God and the rational rebirth through passion and oblivion. Eva embodies in every woman who thinks.

Mysterious, mother goddess and transmitter of the royal symbol, Isis was endowed with lunar attributes. It is the entity that protects nocturnal events in the same way that guides the background of thought to light, in the double sense of leading the deceased through the path of the underworld and during the awakening of intelligence to the world of clarity. She is the ruler of the magical powers, which she used to resurrect her husband. She is the royal mother and the great magician, worshiped in her land until the rise of Hellenism, and is, in the times of Rome, one of the greatest deities so pondered by Apuleius and Plutarch. Veiled during the celebration of the rites, Isa was the expression of the priesthood of Isis in the Temple of the Sun and the Moon, located between the feet of the Sphinx.

Inexhaustible, the exploits of Aphrodite are discovered in their Olympic time and, later, in all the lovers’ adventures. His bewitching figure is invoked by warriors and kings, by shepherdesses and refined women. And there is Aphrodite lurking, seducing her with her perfect beauty, with her hand arranged at the height of the girdle to release her tunic on the least anticipated occasions.

After the Moiras and their enigmas the same background prevails against the unknowable. Daughters of Uranus and Gea, the Orphic theogony considers them; for Epiménides, Cronos and Eunomia are the fathers not only of the Moiras, but also of Erinia and of Aphrodite, because in their forest of Sijión the Spinners had their temple where they consecrated offerings, by their mediation, for the gods of the earth and the from under the earth.
Whatever its true origin, above a crowd of sisters and ties with a multitude of deities and despite the different ways in which the generations claim to embrace or defeat fate, the Moiras can still tell what Hesiod wrote about them. : they watch with similar rigor the infractions of the gods and of the men and they do not remain calm until the transgressor receives his deserved one.

For Circe, not even death was allowed, because the goddesses do not die; the goddesses do not descend to Tartarus. He would wander in circles with his golden threads and during the evenings weaving new robes in the loom. With the early dawn, he would cross the sandy paths looking at the waters that left him only the shadow of his beloved Ulysses and once, over the centuries, he would transmute into another divinity less sensitive to human delusions.

Delilah is an instrument of defeat: it fulfills its purpose and disappears from the legend. There remains the shadow of deceitful seduction and, between the lines, the certainty that the relevant roles in history depend on the prevailing versions of their performance. It is probable that in Dalila resides the avenging antecedent of the humiliated woman, a literary relative of Ulysses, famous for his tricks, whose ingenuity leased him more victories than his weapons. It is also possible, if the Philistine interpretation persists, that it was a brave woman who dared to attack the monster that ravaged her people with spoils and crimes to the extent that it exasperated them and they proceeded with the oldest and safest means to surrender the most strong: the delirium of love.

Possessing an uncommon beauty, it was not because of her youth or because of the harmony of her forms that she seduced the tyrant, but because of the fascinating skill to triumph over oblivion and remove the sediment of memory, which she would say to her successors, When they rescue their stories in polyglot characters, writing is remembering. For that they poured their words into manuscripts, to fix the traces of a rapture that began to fade in the voice of rhapsodists or repeaters who recounted legends, epics or myths in the manner of the Homeric returns.
It dominated the intonation, the cadences and the vast and complicated metaphors that usually enchant lovers of fantastic stories. His voice was thread between the mystery of the invention and the skill practiced by the rawis in the bazaars, in the cafeterias or in the salons where the men of the Islamic east spent their afternoons cultivating, from the palate to the ear, the delight of their senses, when Islam was synonymous with beauty and pleasure.
Real or fictitious, goddess or nocturnal heroine who triumphs over power and death, Scharasad is the founding voice of literature and sanctuary, for all times, of the art of speech.

The word fairies that identifies the fairies in English is of recent creation and perhaps dissembling of the remote fays, of which only the trackers of voices are concerned. Fayrie was a state of enchantment and in particular that was the name given to the charm caused by the fays, who exercised the powers of illusion.
The Irish fairy is not subject to the contingencies of the three dimensions. Always carry a branch, the ring or the emblematic apple to convey its wonderful qualities. From the branch descended the magic wand; of the apple, the furor of the perverse poisoning that Snow White’s stepmother uses to enchant her, perhaps because the fairy involves the typical ambivalence of Queen Mab, recreated by Shakespeare, who in her character of midwife is capable of becoming a witch to multiply the misfortunes. Mab is the same as when undertaking his trades braids the manes of nocturnal mares …
The term fairy or fairy now covers such a wide field ranging from the Anglo-Saxon and Scandinavian elves to the Daoine Sidhe of the highlands of Scotland, the Tuatha de Dannan of Ireland, the Tylwyth Teg of Wales and the crowd of beings with or without a name that are contained between the Little People and the Blessed Court of the Other Way. Dictionaries, encyclopedias of fairies, catalogs, genealogies, histories, legends or documentary testimonies, all different and irreconcilable according to the subject and the indescribable peculiarities attributed to them, inform that in the vast world of fairies, grouped or solitary, they have multiplied intermediate categories according to their task, morphology, customs and habitat.
The Irish know that nowadays fairies live among them. Those who enjoy the privilege of having looked at them assure that they adopt in miniature the form of a perfect human, although they never appear taller than the head of a dog. However, they can increase or decrease their height during the directed use of their powers and resemble a pinion or temporarily lengthen like any human.
Those who for their misfortune are captured by the intervention of the pixies or because they yield to the courtship of men, like the Gwrachs of Wales, consummate the marriage with the humans not without interjecting a taboo that in general is violated and with time they can return to their habitat. The fairies who by the perversity of their captors or by adverse circumstances can not return to their environment languish sooner or later, and die with a gesture of deep sadness on their faces.

Oral liaison of Europe and Anahuac, Malintzin could not represent the joyous assimilation of the foreign, because in his changing vassalage he had no more foundational force or survival resource than his talent, a talent that was not resigned to oblivion, as happened with the rest of the defeated, but it became a fountain of names and dreams of freedom that, paradoxically, could never use for himself.
Malintzin is, in fact, the true seed of the mestizo word, with which an alphabet of blood and fire was to be built. She is the word that began to be lavished where languages ​​were confronted as enemy weapons on the battlefield. La Malinche is a language consecrated by the cross and a voice shaken by the volcanic landscape of our great Mesoamerica.

Except for the remote priestesses, the Oriental woman and particularly that of Israel was excluded from all the ministries of worship; but he shared with men certain celebrations, duties related to conduct and small rituals that confirmed his family duty, generally in the shadow of social and legal life. Both in the Acts of the Apostles and in the biographical references of Jesus related to women it is confirmed that, were it not for the sinners, the sick and a few disciples to whom the Nazarene manifests, nothing significant merited femininity to enter. to history, although, according to Christianity, the woman is a person before God, just like the man, and, therefore, creditor of his saving action and of his mercy.

If Spaniards, they thanked our Lady of Izamal for having rid of storms in the high seas or defeated the risk of losing herself due to bad winds. Some said that their ships did not crash on a boulder thanks to the timely Marian intervention; others, who thanks to the warrants of the captain, passengers and sailors, repented of their sins and offered trusts to save themselves from the imminent risk of a collapse. If Mexicans, the list of prayers always revolves around the same causes: sick, injured and, in our time, unemployed or alcoholics redeemed; that is to say, before the altar the supplications of such a secular misery are gathered that one could only expect a single and true miracle: to ask the Virgin vigor to transform the conditions of an injustice that, far from being corrected, worsens over time.

Despite her lamentations, Virginia Woolf did not suffer the incomprehension of her contemporaries nor died without having tasted the regustos of opportune recognition. She wrote as an author her rich literary tradition. As a woman, she practiced liberties only possible because of her economic relief, a product of her father’s inheritance. It took to the extreme of the exemplary transgression the humoradas in group, deprived of their privileged education. Even in her suicide, submerged as she was in a long depression in which the feeling of nonsense and the fear of not being able to write a line were confused, she maintained her distinctive elegance. Her books not only have not been forgotten, but to say Virginia Woolf, in our days, is equivalent to evoke a liberating aspect that no writer who seeks a voice of her own can ignore.
– Life, sometimes, looks like literature. The one of Djuna Barnes is like the one of its more achieved characters. His were the traveling spirit, the storm and an insatiable passion for inquiring into the language of the night. She died in silence, with the distinctive lucidity of the blind and without caring about the agitated flow that she removed when she created the great metaphor of our troubled century.
– Isadora Duncan had no better luck. Recast in Nice, on the French Riviera, it was reduced to a pathetic figure. He lost vanity and scruples to unimaginable limits. I cried alone and in company. He visited the bars, stayed up late and became intoxicated until he was unconscious. Gorda, unassisted, spent her capital and went into debt without remedy. His exceptional intelligence, however, made her live fully to the details of his hell. In Nice he wrote his two books. In Nice he savored his best memories and in Nice, too, he found death.
On the night of September 14, 1927, when he was driving his sports car along the coast road while intoxicated, the end of a long scarf that adorned his neck caught on one of the wheels and he hung himself with a single tug.
His tragic death consummated his legend. Then the goddess began to resurface in the temples that invoked her name with the sudden proliferation of the modern dance that she founded, in bare scenes, like her arms and legs, with no more ornaments than her famous blue curtain and her tunic, to frame the Perfect beauty that impassioned her in life.
– The art of María Izquierdo harmonizes an identity that always appears divided by Mexican things, in the oppositions of the landscape and in the cultural gesture of our people. She had a fixed point, her gaze, as the axis and root of her solitary world and from it she diversified the masks that conceal a country of mud.
After a successful decade of travel and exhibitions, María suffers a severe hemiplegia, in February 1948, which plunges her into a state of paralysis and semiconscience for more than eight months. Abundant journalistic notes and support acts to crown in the auction organized by their colleagues to raise the funds necessary for their survival. The successive embolisms followed the moral crises and the psychosis of artistic tragedy that, despite her unusual will, filled her with bitterness. His last years were painful, of disappointments and of such a profound disappointment that he publicly affirmed that it was meaningless to paint, because his successes had only caused him frustrations and envy. Her illness prevented her from attending the national tribute that the authorities carried out for her at the Palacio de Bellas Artes. On December 2, 1955 he died of stroke at 53 years of age and the next day, followed by a large procession, was buried in the Garden Pantheon in Mexico City.
– María Zambrano returned to her beloved Spain when she declined in November 1984. Six years later-two months after turning 87 years old-she died of her germ, disenfranchised from her latent darkness, like the clear word, the word -light that emanates tamely from his poetic spirit.
On the verge of death, strange board of radical silence, perhaps Maria realized that Antigone was speaking to her, that she was whispering with tragic regret something concerning the transits of a living dead woman who, in the radical hour, reaches out with the voice that He comforts her. He looked at her side. He found an Antigone so natural that he was slow to recognize her. Shaken, she wrote afterwards the indelible memory of the first words that removed her heart: “Born for love I have been devoured by piety”. And like Antigone, perhaps Mary was also consumed by piety. A piety bathed in the best Christianity, inseparable from poetry, from which came to confirm the sacred origin of the verb, the luminous character of the word.
From his vast heritage, always oscillating between Neoplatonism and poetry, highlights the symbol that defines and defines the circumstance in a kind of tremor of humanity. It is the tremor that cries for the dawn in this desnacer of the fighters of the gods.

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