Aporofobia, El Rechazo Al Pobre: Un Desafío Para La Democracia — Adela Cortina Orts / Aporophobia, The Rejection of the Poor: A Challenge for Democracy by Adela Cortina Orts (spanish book edition)

Un planteamiento muy interesante sobre el rechazo y el odio hacia otras personas, no solo debido a su etnia u origen, sino a su mayor o menor capacidad de intercambiar algo con nosotros. Aporta claves sobre las bases biológicas de dicho rechazo y soluciones como la educación para solventar el problema.
Adela Cortina inventó hace 20 años el término ‘aporofobia’, ya admitido por la RAE (fobia a las personas pobres o desfavorecidas) y declarada palabra del año 2017 por Fundéu. En este libro, explica que todos somos más o menos aporófobos porque la aporofobia, como la xenofobia, es un sentimiento natural y primario de rechazo a lo desconocido, que se corrige con la educación. Es difícil no verse reflejado en algunas de las actitudes que describe. Después de leer el libro, que es muy interesante sobre todo en su primera parte, mira de forma diferente a esos pobres que piden por la calle y que, como describe la filósofa, en el mejor de los casos son considerados una molestia.

Es imposible no comparar la acogida entusiasta y hospitalaria con que se recibe a los extranjeros que vienen como turistas con el rechazo inmisericorde a la oleada de extranjeros pobres. Se les cierran las puertas, se levantan alambradas y murallas, se impide el traspaso de las fronteras. Angela Merkel pierde votos en su país, incluso entre los suyos, precisamente por haber intentado mostrar un rostro amable y por persistir en su actitud de elemental humanidad, Inglaterra se niega a recibir inmigrantes y apuesta por el Brexit para cerrar sus filas, sube prodigiosamente el número de votantes y afiliados de los partidos nacionalistas en Francia, Austria, Alemania, Hungría, Holanda, y Donald Trump gana las elecciones, entre otras razones, por su promesa de deportar inmigrantes mexicanos y de levantar una muralla en la frontera con México. Y, al parecer, algunos de los votos provenían de antiguos inmigrantes, ya instalados en su nueva patria.
Realmente, no se puede llamar xenofilia al sentimiento que despiertan los refugiados políticos y los inmigrantes pobres en ninguno de los países. No es en modo alguno una actitud de amor y amistad hacia el extranjero. Pero tampoco es un sentimiento de xenofobia, porque lo que produce rechazo y aversión no es que vengan de fuera, que sean de otra raza o etnia, no molesta el extranjero por el hecho de serlo. Molesta, eso sí, que sean pobres, que vengan a complicar la vida a los que, mal que bien, nos vamos defendiendo, que no traigan al parecer recursos, sino problemas.
Y es que es el pobre el que molesta, el sin recursos, el desamparado, el que parece que no puede aportar nada positivo al PIB del país al que llega o en el que vive desde antiguo, el que, aparentemente al menos, no traerá más que complicaciones.
De esa realidad innegable y cotidiana de la aporofobia, de la necesidad de ponerle un nombre para poder reconocerla, como también de buscar sus causas y proponer algunos caminos para superarla habla el libro.
Sin duda, las actitudes xenófobas y racistas, que son tan viejas como la humanidad, sólo en algún momento histórico fueron reconocidas como tales, sólo en algún momento las gentes pudieron señalarlas con el dedo de su nombre y evaluarlas desde la perspectiva de otra realidad social, que es el compromiso con el respeto a la dignidad humana. Es imposible respetar a las personas concretas y a la vez atacar a algunas de ellas por el simple hecho de pertenecer a un grupo, sea de palabra o de obra, porque la palabra no invita únicamente a la acción de violar la dignidad personal, sino que a la vez es ella misma una acción.
Sin embargo, y a pesar de que el termómetro de la xenofobia ha subido una gran cantidad de grados en países de la Unión Europea, sobre todo desde el comienzo de la crisis, mirando las cosas con mayor detención no está tan claro, como hemos comentado, que en la raíz de este ascenso se encuentre sólo una actitud como la xenofobia.

La situación de indefensión y vulnerabilidad es ya en sí misma un resultado de la aporofobia, de la actitud de desprecio al pobre, de desatención generalizada. Pero, además, como todas las actitudes, en determinadas condiciones puede llevar a cometer delitos por acción, y no sólo por omisión; en este caso, contra las personas en situación de exclusión, o en riesgo de exclusión. Estos delitos reciben hoy en día un nombre muy significativo, y es el de delitos de odio.
La aporofobia es un tipo de rechazo peculiar, distinto de otros tipos de odio o rechazo, entre otras razones porque la pobreza involuntaria no es un rasgo de la identidad de las personas. Aunque es verdad que la identidad se negocia en diálogo con el entorno social, que no es estática, sino dinámica, la etnia o la raza, con todas las dificultades que supone precisarlas, son un ingrediente para configurarla. También el sexo o la tendencia sexual son dimensiones que forman parte de la identidad personal; y la profesión de una religión supone para el creyente una opción por la que apuesta y a la que nadie tiene derecho a obligarle a renunciar, igual que nadie tiene derecho a obligar al agnóstico o al ateo a simular que cree aquello en lo que no cree.
La pobreza involuntaria, sin embargo, no pertenece a la identidad de una persona, ni es una cuestión de opción. Quienes la padecen pueden resignarse a ella y acabar agradeciendo cualquier pequeñísima mejora de su situación y eligiendo dentro de su marco de posibilidades como si no hubiera otro. Es lo que se ha llamado «las pequeñas dádivas» y las «preferencias adaptativas».
El pobre es el que queda fuera de la posibilidad de devolver algo en un mundo basado en el juego de dar y recibir. Y entonces parece que tomarle en cuenta implique perder capacidad adaptativa biológica y socialmente, porque son los bien situados los que pueden ayudar a sobrevivir y prosperar.

Para aclarar si se trata de una cuestión de justicia o de beneficencia es necesario llevar a cabo al menos otras cuatro tareas.
1) Precisar quiénes son los pobres desde un punto de vista económico.
2) Averiguar si la pobreza es evitable o si, por el contrario, la humanidad debe acostumbrarse a ella y únicamente reducirla, como ocurre con las enfermedades.
3) Aclarar si es un derecho de las personas que la sociedad las sitúe en condiciones de salida equitativas, o no es ésta una cuestión de derechos, sino de cálculo de utilidades. Es decir, si poner en marcha medidas antipobreza es una cuestión de promoción o de protección. Si es un deber de justicia que consiste en empoderar a quienes se encuentran en situación de pobreza involuntaria para que puedan salir de ella, porque es intrínsecamente un mal; o si es una opción inteligente para defender a los pobres frente a choques letales de la fortuna y para proteger a la sociedad frente a las externalidades negativas de la pobreza.
4) Poner en claro si lo que importa es eliminar la pobreza, o también reducir las desigualdades económicas. Es éste uno de los grandes temas de nuestro tiempo.
Promover en el siglo XXI el pluralismo de las motivaciones en la actividad económica, que incluye el amor propio, pero también la simpatía y el compromiso, supone fortalecer la economía desde sus propios principios, teniendo en cuenta, además, la naturaleza de las bases cerebrales de la racionalidad y la emotividad económicas.
Una educación a la altura del siglo XXI tiene por tarea formar personas de su tiempo, de su lugar concreto, y abiertas al mundo. Sensibles a los grandes desafíos, entre los que hoy cuentan el sufrimiento de quienes buscan refugio en esta Europa, que ya en el siglo XVIII reconoció el deber que todos los países tienen de ofrecer hospitalidad a los que llegan a sus tierras, el drama de la pobreza extrema, el hambre y la indefensión de los vulnerables, los millones de muertes prematuras y de enfermedades sin atención. Educar para nuestro tiempo exige formar ciudadanos compasivos, capaces de asumir la perspectiva de los que sufren, pero sobre todo de comprometerse con ellos.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/17/por-una-etica-del-consumo-adela-cortina/

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A very interesting approach about rejection and hatred towards other people, not only because of their ethnicity or origin, but also because of their greater or lesser ability to exchange something with us. Provides clues about the biological basis of rejection and solutions such as education to solve the problem.
Adela Cortina invented 20 years ago the term ‘aporophobia’, already admitted by the RAE (phobia to poor or disadvantaged people) and declared word of the year 2017 by Fundéu. In this book, he explains that we are all more or less aporophobic because aporophobia, like xenophobia, is a natural and primary feeling of rejection of the unknown, which is corrected by education. It is difficult not to be reflected in some of the attitudes he describes. After reading the book, which is very interesting especially in its first part, look differently at those poor people who ask for the street and, as the philosopher describes, at best they are considered a nuisance.

It is impossible not to compare the enthusiastic and hospitable welcome with which foreigners who come as tourists are received with the merciless rejection of the wave of poor foreigners. The doors are closed, wire fences and walls are erected, the crossing of borders is prevented. Angela Merkel loses votes in her country, even among her own, precisely because she tried to show a kind face and to persist in her attitude of elemental humanity, England refuses to receive immigrants and bets for Brexit to close their ranks, prodigiously rises The number of voters and affiliates of the nationalist parties in France, Austria, Germany, Hungary, Holland, and Donald Trump wins the elections, among other reasons, for their promise to deport Mexican immigrants and to build a wall on the border with Mexico. And, apparently, some of the votes came from former immigrants, already installed in their new homeland.
Actually, one can not call xenophilia the feeling that political refugees and poor immigrants arouse in any of the countries. It is not in any way an attitude of love and friendship towards the foreigner. But neither is it a feeling of xenophobia, because what produces rejection and aversion is not that they come from outside, that they are of another race or ethnic group, the foreigner does not bother because they are so. Annoying, yes, they are poor, they come to complicate life to those who, badly enough, we are defending ourselves, that apparently do not bring resources, but problems.
And it is the poor who bothers, the destitute, the helpless, the one who seems to be unable to contribute anything positive to the GDP of the country he arrives at or where he lives since ancient times, which, apparently, at least, will not bring more than complications.
From that undeniable and daily reality of aporophobia, from the need to give it a name in order to recognize it, as well as to look for its causes and propose some ways to overcome it, the book speaks.
Undoubtedly, xenophobic and racist attitudes, which are as old as humanity, only at some historical moment were recognized as such, only at some point people could point them out with their finger and evaluate them from the perspective of another social reality , which is the commitment to respect human dignity. It is impossible to respect the specific people and at the same time to attack some of them for the simple fact of belonging to a group, either by word or deed, because the word does not invite only to the action of violating personal dignity, but rather to The time is itself an action.
However, despite the fact that the thermometer of xenophobia has increased a large number of degrees in European Union countries, especially since the beginning of the crisis, looking at things with greater detention is not so clear, as we have said, that at the root of this ascent is only an attitude like xenophobia.

The situation of helplessness and vulnerability is already in itself a result of the aporophobia, of the attitude of contempt for the poor, of generalized neglect. But, in addition, like all attitudes, under certain conditions can lead to committing crimes by action, and not just by omission; in this case, against people in a situation of exclusion, or at risk of exclusion. These crimes today receive a very significant name, and that is hate crimes.
The aporofobia is a type of rejection peculiar, different from other types of hatred or rejection, among other reasons because involuntary poverty is not a feature of the identity of people. Although it is true that identity is negotiated in dialogue with the social environment, which is not static, but dynamic, ethnicity or race, with all the difficulties involved in specifying them, are an ingredient to configure it. Also sex or sexual tendency are dimensions that are part of personal identity; and the profession of a religion supposes for the believer an option for which he bets and to which no one has the right to force him to renounce, just as no one has the right to force the agnostic or the atheist to simulate believing what he does not believe in.
Unintentional poverty, however, does not belong to a person’s identity, nor is it a matter of choice. Those who suffer can resign themselves to it and end up thanking any tiny improvement of their situation and choosing within their framework of possibilities as if there were no other. It is what has been called “small gifts” and “adaptive preferences”.
The poor person is the one who is left out of the possibility of returning something in a world based on the game of giving and receiving. And then it seems that taking it into account implies losing adaptive capacity biologically and socially, because it is the well-placed that can help to survive and prosper.

To clarify if it is a question of justice or charity, it is necessary to carry out at least four other tasks.
1) Specify who the poor are from an economic point of view.
2) Find out if poverty is avoidable or if, on the contrary, humanity must get used to it and only reduce it, as is the case with diseases.
3) Clarify if it is a right of the people that the company places them in conditions of equitable exit, or this is not a question of rights, but calculation of profits. That is to say, whether implementing antipoverty measures is a matter of promotion or protection. If it is a duty of justice that consists in empowering those who are in a situation of involuntary poverty so that they can leave it, because it is intrinsically an evil; or if it is an intelligent option to defend the poor against lethal shocks of fortune and to protect society against the negative externalities of poverty.
4) Make clear if what matters is to eliminate poverty, or also reduce economic inequalities. This is one of the great themes of our time.
Promoting in the XXI century the pluralism of motivations in economic activity, which includes self-love, but also sympathy and commitment, means strengthening the economy from its own principles, taking into account, in addition, the nature of the cerebral bases of economic rationality and emotion.
An education at the height of the XXI century has the task of forming people of their time, of their specific place, and open to the world. Sensitive to the great challenges, among those that today count the suffering of those who seek refuge in this Europe, which already in the eighteenth century recognized the duty that all countries have to offer hospitality to those who come to their lands, the drama of extreme poverty, hunger and the helplessness of the vulnerable, the millions of premature deaths and diseases without attention. Educating for our time requires forming compassionate citizens, capable of assuming the perspective of those who suffer, but above all of committing themselves to them.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/17/por-una-etica-del-consumo-adela-cortina/

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