Inventar El Futuro. Poscapitalismo Y Un Mundo Sin Trabajo — Nick Srnicek & Alex Williams / Inventing the Future: Postcapitalism and a World Without Work by Nick Srnicek & Alex Williams

Un libro con interesantes tesis y con debates que muchas veces se obvian por ser incomodos. ¿Adónde se fue el futuro? Durante buena parte del siglo XX, el futuro dominó nuestros sueños. En los horizontes de la izquierda política se concentró un vasto surtido de visiones emancipadoras, a menudo derivadas de la conjunción del poder polí­tico popular y el potencial liberador de la tecnología. Desde las predicciones de nuevos mundos de esparcimiento hasta los sueños posgénero del feminismo radical, pasando por el comunismo cósmico de la era soviética y las celebraciones afrofuturistas de la naturaleza sintética y diaspórica de la cultura negra, la imaginación popular de la izquierda ha concebido socie­dades muy superiores a cualquiera que podamos soñar en la actualidad.1 Mediante el control político popular de las nuevas tecnologías podríamos transformar colectivamente nuestro mundo para bien. En cierta medida, hoy en día estos sueños parecen más cercanos que nunca. La infraestructura tecnológica del siglo XXI está produciendo los recursos necesarios para alcanzar un sistema económico y político muy distinto. Las máquinas están realizando trabajos que hace una década eran inimaginables. Internet y los medios sociales están dando voz a billones de personas que hasta ahora habían sido ignoradas. Sin embargo seguimos atados a un viejo y obsoleto conjunto de relaciones sociales. Seguimos trabajando muchas horas, recorriendo trayectos cada vez más largos para llevar a cabo labores que parecen tener cada vez menos sentido. Nuestros trabajos se han vuelto más inseguros, nuestro sueldo se ha estancado y las deudas nos abruman. El neoliberalismo lleva décadas predominando y la democracia social existe en gran medida como objeto de nostalgia. A medida que las crisis cobran fuerza y velocidad, la política se marchita y retrocede. En esta parálisis del imaginario político, el futuro se ha extinguido.
Quizá lo más deprimente sea que, aun cuando algunos movimientos tienen éxito, lo consiguen en contextos de pérdidas abrumadoras. Por ejemplo, varios residentes del Reino Unido se han movilizado con éxito en casos particulares para detener el cierre de hospitales locales. Sin embargo, estas victorias reales se ven superadas por los planes más amplios de eviscerar y privatizar los servicios de salud (el National Health Service). De igual manera, algunos movimientos recientes en contra del fracking han logrado detener la perforación exploratoria en varias localidades, pero los gobiernos continúan buscando gas de esquisto y apoyando a compañías para que lo hagan.
Invocar la modernidad significa, en última instancia, provocar preguntas por el futuro. ¿Cómo debería verse el futuro? ¿Qué curso deberíamos seguir? ¿Qué significa ser contemporáneo? ¿Y de quién es el futuro? Desde el surgimiento del término, la modernidad se ha preocupado por desenmarañar una noción circular o retrospectiva del tiempo e introducir una ruptura entre el presente y el pasado. Con esta ruptura, el futuro se proyecta como potencialmente diferente de y mejor que el pasado. La modernidad equivale al «descubrimiento del futuro» y, por ende, se ha encontrado a sí misma íntimamente vinculada con nociones como «progreso, avance, desarrollo, emancipación, liberación, crecimiento, acumulación, Ilustración, mejora, [y] vanguardia». Al señalar que la historia puede progresar a través de la acción humana deliberada, la materia de la lucha entre definiciones en pugna de la modernidad es la naturaleza de ese progreso. Sin una concepción de futuro, la izquierda queda atada a una tradición de defensa, a proteger búnkeres de resistencia. Entonces, ¿qué aspecto tiene una modernidad de izquierda? Este aspecto sería el que ofrece visiones tentadoras y expansivas de un futuro mejor. Funcionaría con un horizonte universal, movilizaría un concepto sustancial de libertad y echaría mano de las tecnologías más avanzadas a fin de lograr sus metas emancipadoras. Más que una visión eurocéntrica del futuro, la modernidad de izquierda se apoyaría en un conjunto global de voces que articulan y negocian en la práctica lo que podría ser un futuro común y plural.
Las siguientes tendencias en los años por venir:
1. La precariedad de la clase trabajadora en las economías desarrolladas se intensificará debido al excedente en el suministro global de mano de obra (producto tanto de la globalización como de la automatización).
2. Las recuperaciones sin empleo seguirán haciéndose más profundas y largas y afectarán sobre todo a quienes tienen empleos que puedan automatizarse en ese momento.
3. Las poblaciones de los barrios pobres seguirán aumentando debido a la automatización del trabajo no especializado en el sector de servicios y se verán exacerbadas por la de­sindustrialización prematura.
4. La marginalidad urbana en las economías desarrolladas aumentará su tamaño a medida que se automaticen los empleos no especializados y mal pagados.
5. La transformación de la educación superior en una formación para el trabajo se acelerará en un intento desesperado por incrementar el suministro de trabajadores muy especializados.
6. El crecimiento seguirá lento, por lo que la expansión de los nuevos tipos de empleos será poco probable.
7. Los cambios en los programas de trabajo para desempleados, los controles de inmigración y la encarcelación masiva se incrementarán al tiempo que quienes no tienen un empleo se verán cada vez más sujetos a controles coercitivos y economías de subsistencia.
Por supuesto, ninguno de estos resultados es inevitable.
Sin embargo, hemos de ser claros: sin un cambio simultáneo en las ideas hegemónicas de la sociedad, las nuevas tecnologías continuarán desarrollándose por las vías capitalistas y las viejas permanecerán comprometidas con los valores capitalistas.
La estrategia hegemónica sea necesaria para cualquier proyecto que busque transformar la sociedad y la economía. Y, en muchos sentidos, la política hegemónica es la antítesis de la política folk.
La izquierda no puede ni permanecer en el presente ni regresar al pasado. Para crear un nuevo y mejor futuro, debemos comenzar a dar los pasos necesarios para construir un nuevo tipo de hegemonía. Esto va a contracorriente de buena parte de nuestro sentido común político actual. Las tendencias hacia la política folk —que enfatiza lo local y lo auténtico, lo temporal y lo espontáneo, lo autónomo y lo particular— son explicables en tanto reacciones en contra de una historia reciente de derrotas, de victorias parciales y ambivalentes y de una creciente complejidad global. Sin embargo, siguen siendo radicalmente insuficientes para conseguir victorias más amplias contra un capitalismo planetario. Antes que buscar alivio temporal y local en los distintos búnkeres de la política folk, debemos ir más allá de estos límites.
El neoliberalismo, por muy seguro que parezca hoy en día, no contiene ninguna garantía de sobrevivir en el futuro. Como todos los sistemas sociales que hemos conocido, no durará para siempre. Nuestra tarea hoy en día es inventar lo que está por venir.

En “inventar el futuro”, S&W (Srnicek&Williams) muestra que la transición a una sociedad postcapitalista es menos una cuestión de medios que de imaginación. S&W ayuda a imaginar una sociedad postcapitalista y desarrolla una hoja de ruta hacia ella. Esta hoja de ruta se basa en una política aceleracionista de izquierdas y en una formulación laclauiana de la hegemonía. La contribución de S & amp; W debe verse como parte de un debate más amplio sobre política, economía y sociedad del siglo XXI. Al proponer la necesidad de romper con las versiones de socialismo del siglo XX, S&W critica el énfasis de la izquierda contemporánea en la inmediatez temporal, espacial y conceptual. Esto significa ir más allá de lo que S&W llama “Política popular”: un compromiso estrecho con el horizontalismo, el localismo, el consenso y las formas de acción prefigurativas. La visión postcapitalista de S&W es a la vez diferente de los experimentos anteriores y abierta en cuanto a su establecimiento. Mientras proporciona un análisis de los fracasos de los partidos socialdemócratas, S&W delinea el trabajo de décadas detrás del establecimiento de la hegemonía neoliberal. Para William Davies, el neoliberalismo puede entenderse como un esfuerzo por anclar la modernidad en el mercado o hacer de la economía la medida principal del progreso y la razón. S&W propone superar la política popular prestando mucha atención al crecimiento estratégico de los intelectuales neoliberales, con la crisis de la estanflación de los 70 como un punto de inflexión, como Milton Friedman y Friedrich V. Hayek, organizaciones como la Sociedad Mont Pelerin y grupos de expertos como Cato. Instituto.
Para S&W, la izquierda debe “reclamar el futuro” y construir una fuerza contrahegemónica populista fundada en demandas concretas. Tales demandas, que deben tener una ventaja utópica y estar basadas en tendencias reales, pueden cambiar el equilibrio político y construir plataformas más allá del tradicional sindicalismo obrero y los partidos socialistas. Apoyar estas demandas es una estrategia que prevé un cambio en términos de décadas (cambios culturales) en lugar de años (ciclos electorales). S&W, al observar el fenómeno de la desindustrialización prematura (sociedades industriales contemporáneas) y el crecimiento sin empleo (sociedades postindustriales), muestra que el desempleo tecnológico puede crear las condiciones para aumentar la “libertad sintética”. Lograr la libertad sintética, que requiere la obtención de los derechos formales y las capacidades de los materiales se pueden ayudar maximizando la automatización, reduciendo la semana laboral (trabajo compartido), proporcionando un UBI (ingreso básico universal) y adoptando una ética posterior al trabajo. Los resultados de la desindustrialización prematura y el crecimiento del desempleo tienen un impacto directo en la sociedad, y los creadores de políticas y economistas ya están proponiendo variaciones en la provisión de ingresos básicos. Los experimentos de UBI en Finlandia, Holanda, Uganda, Kenia y por Y-Combinator están investigando los efectos de una UBI en la eficiencia de la asistencia, los estándares de vida, la creatividad y el tiempo libre.
Con una orientación hacia el futuro, S&W pretende reclamar el “Significador vacío del modernismo”. Hacerlo implica revivir los ideales modernistas, como la libertad, la universalidad y la razón, al mismo tiempo que se desacopla de su relación con, por ejemplo, el colonialismo, el patriarcado y el imperialismo. Como lo expresó Mark Fisher, gran parte del anti-capitalismo tiene tendencias anti-modernistas, y fácilmente pasa del anti-estatismo a la anti-política. Para S&W, esto requiere, como parte de un proyecto de modernización de la izquierda, desacoplar el deseo y la tecnología de Capital y reclamar el valor de la libertad de la derecha en lugar de centrarse únicamente en la desigualdad. La libertad sintética, ya mencionada anteriormente, es sintética en el sentido de que se produce “artificialmente” a través de la provisión de infraestructura socio-técnica, en lugar de a través de la eliminación de la interferencia social. Los derechos formales carecen de significado sin las capacidades materiales necesarias para ejercerlos. Siguiendo a los gustos de Paul Mason y Toni Negri, S&W cree que el tema del postcapitalismo surgirá en el desarrollo de un nuevo “modo de producción”. Este nuevo modo de producción se basa en un sistema de tecnologías como el audaz Proyecto Cybersin de Allende, fabricación aditiva, logística automatizada, redes sociales, monedas alternativas, etc. Para S&W, esta infraestructura sociotécnica, que puede facilitar Las “formas de producción, distribución, deliberación y propiedad del mercado” pueden posibilitar nuevas formas de vernos y relacionarnos con otros.
Con este libro, S&W ha influido en los debates importantes que tendremos en los próximos años. El trabajo de S&W debe leerse junto con el trabajo de personas como Paul Mason, Mariana Mazzucato…

A book with interesting theses and debates that are often overlooked as uncomfortable. Where did the future go? For much of the twentieth century, the future dominated our dreams. In the horizons of the political left, a vast assortment of emancipatory visions was concentrated, often derived from the conjunction of popular political power and the liberating potential of technology. From the predictions of new worlds of leisure to the postgender dreams of radical feminism, through the cosmic communism of the Soviet era and the afrofuturist celebrations of the synthetic and diasporic nature of black culture, the popular imagination of the left has conceived very superior to anyone we can dream of today.1 Through popular political control of new technologies we could collectively transform our world for the better. To some extent, today these dreams seem closer than ever. The technological infrastructure of the 21st century is producing the necessary resources to achieve a very different economic and political system. The machines are doing jobs that a decade ago were unimaginable. The Internet and social media are giving voice to billions of people who until now have been ignored. However, we are still tied to an old and obsolete set of social relations. We continue working for many hours, traveling longer and longer journeys to carry out tasks that seem to make less and less sense. Our jobs have become more insecure, our salary has stagnated and debts overwhelm us. Neoliberalism has been dominant for decades and social democracy exists largely as an object of nostalgia. As crises take on strength and speed, politics withers and recedes. In this paralysis of the political imaginary, the future has been extinguished.
Perhaps the most depressing thing is that, even when some movements succeed, they do so in contexts of overwhelming losses. For example, several residents of the United Kingdom have successfully mobilized in particular cases to stop the closure of local hospitals. However, these real victories are overcome by the broader plans to eviscerate and privatize health services (the National Health Service). Likewise, some recent movements against fracking have managed to stop exploratory drilling in several locations, but governments continue to search for shale gas and support companies to do so.
To invoke modernity means, ultimately, to provoke questions about the future. How should the future look? What course should we follow? What does it mean to be contemporary? And whose is the future? Since the emergence of the term, modernity has been concerned with unraveling a circular or retrospective notion of time and introducing a rupture between the present and the past. With this break, the future is projected as potentially different from and better than the past. Modernity is equivalent to the “discovery of the future” and, therefore, has found itself intimately linked with notions such as “progress, advancement, development, emancipation, liberation, growth, accumulation, Enlightenment, improvement, [and] vanguard”. By pointing out that history can progress through deliberate human action, the matter of the struggle between conflicting definitions of modernity is the nature of that progress. Without a conception of the future, the left is tied to a tradition of defense, to protect bunkers of resistance. So, what does a left modernity look like? This aspect would be the one that offers tempting and expansive visions of a better future. It would work with a universal horizon, mobilize a substantial concept of freedom and use the most advanced technologies to achieve its emancipatory goals. More than a Eurocentric vision of the future, leftist modernity would rely on a global set of voices that articulate and negotiate in practice what could be a common and plural future.
The following trends in the years to come:
1. The precariousness of the working class in the developed economies will intensify due to the surplus in the global supply of labor (product of both globalization and automation).
2. Unemployed recoveries will continue to get deeper and longer and will affect especially those who have jobs that can be automated at that time.
3. Populations in the slums will continue to increase due to the automation of unskilled labor in the service sector and will be exacerbated by premature deindustrialization.
4. Urban marginalization in developed economies will increase in size as unskilled and poorly paid jobs are automated.
5. The transformation of higher education into job training will accelerate in a desperate attempt to increase the supply of highly specialized workers.
6. Growth will continue slowly, so the expansion of new types of jobs will be unlikely.
7. Changes in work programs for the unemployed, immigration controls and mass incarceration will increase while those who do not have a job will be increasingly subject to coercive controls and subsistence economies.
Of course, none of these results is inevitable.
However, we must be clear: without a simultaneous change in the hegemonic ideas of society, new technologies will continue to develop on capitalist tracks and old ones will remain committed to capitalist values.
The hegemonic strategy is necessary for any project that seeks to transform society and the economy. And, in many ways, hegemonic politics is the antithesis of folk politics.
The left can neither remain in the present nor return to the past. To create a new and better future, we must begin to take the necessary steps to build a new type of hegemony. This goes against the grain of much of our current political common sense. The tendencies towards folk politics -which emphasizes the local and the authentic, the temporal and the spontaneous, the autonomous and the particular- are explicable as reactions against a recent history of defeats, partial and ambivalent victories and a growing global complexity. However, they remain radically insufficient to achieve wider victories against a planetary capitalism. Rather than seeking temporary and local relief in the various bunkers of folk politics, we must go beyond these limits.
Neoliberalism, however sure it may seem today, contains no guarantee of survival in the future. Like all social systems we have known, it will not last forever. Our task today is to invent what is to come.

In “Inventing The Future” S&W (Srnicek & Williams) show that the transition to a post-capitalist society is less an issue of means than of imagination. S&W help imagine a post-capitalist society, and develop a roadmap towards it. This roadmap is based on a Left-Accelerationist politics and a Laclauian formulation of hegemony. S&W’s contribution should be seen as part of a larger debate on 21st Century politics, economics, and society. Proposing the need to break from 20th century versions of Socialism, S&W critique the contemporary Left’s emphasis on temporal, spatial, and conceptual immediacy. This means moving beyond what S&W call “Folk Politics”: a narrow commitment to horizontalism, localism, consensus, and prefigurative forms of action. S&W’s post-capitalist vision is both different from previous experiments, and open-ended as to its establishment. While providing an analysis of the failures of Social Democratic parties, S&W delineate the decades-long work behind the establishment of Neoliberal Hegemony. For William Davies, neoliberalism can be understood as an effort to anchor modernity in the market, or make economics the main measure of progress and reason. S&W propose overcoming Folk Politics by paying close attention to the strategic rise of neoliberal intellectuals – with the 70’s Stagflation Crisis as a turning point – like Milton Friedman and Friedrich V. Hayek, organizations like the Mont Pelerin Society, and think tanks like Cato Institute.
For S&W, the Left must “reclaim the future” and build a populist counter-hegemonic force founded on concrete demands. Such demands, which must have a utopian edge and be grounded in real tendencies, can shift the political equilibrium, and build platforms beyond traditional blue-collar unionism and socialist parties. Underpinning these demands is a strategy that envisions change in terms of decades (cultural shifts) rather than years (electoral cycles). S&W, looking at the phenomenon of Premature-Deindustrialization (Contemporary Industrial Societies) and Jobless-Growth (Post-Industrial Societies), show that technological unemployment can create the conditions for increasing “Synthetic Freedom”. Achieving Synthetic Freedom, which requires the attainment of Formal Rights & Material Capacities, can be assisted by maximizing automation, reducing the working week (job-sharing), providing a UBI (Universal Basic Income), and adopting a post-work ethic. The outcomes of Premature-Deindustrialization and Jobless-Growth have a direct impact on society, and variations of basic income provision are already being proposed by mainstream policy makers and economists. UBI experiments in Finland, Holland, Uganda, Kenya, and by Y-Combinator, are investigating the effects of a UBI on assistance-efficiency, standards of living, creativity, and leisure time.
With an orientation towards the Future, S&W aim to reclaim the “Empty Signifier of Modernism”. Doing so involves reviving Modernist ideals such as freedom, universality, and reason, while decoupling such ideals from their relationship with, for example, colonialism, patriarchy, and imperialism. As expressed by Mark Fisher, much of anti-capitalism has anti-modernist tendencies, and easily slides from anti-statism into anti-politics. For S&W, this requires, as part of a Left modernising project, decoupling desire and technology from Capital, and reclaiming the value of freedom from the Right rather than only focusing on inequality. Synthetic Freedom, already mentioned above, is synthetic in the sense that it is “artificially” produced through the provision of socio-technical infrastructure, rather than through the elimination of social interference. Formal Rights are meaningless without the material capacities needed to exercise them. Following the likes of Paul Mason and Toni Negri, S&W believe that the subject of post-capitalism will emerge in the development of a new “mode of production”. This new mode of production is based on a system of technologies such as Allende’s bold Cybersin Project, additive manufacturing, automated logistics, social media, alternative currencies, etc. For S&W, such socio-technical infrastructure, which can facilitate “non-market” forms of production, distribution, deliberation, and ownership, can make new ways of seeing ourselves and relating to others possible.
With this book, S&W have influenced important debates we will be having for years to come. S&W’s work should be read alongside the work of people like Paul Mason, Mariana Mazzucato…

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