El Desmoronamiento. Treinta Años De Declive Americano — George Packer / The Unwinding: An Inner History of the New America by George Packer

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Los estadounidenses nacidos a partir de 1960 han vivido la mayor parte de su vida adulta en el vértigo de ese proceso de desmoronamiento histórico. Han sido testigos de cómo instituciones existentes desde antes de su nacimiento se venían abajo como árboles talados a lo largo y ancho del paisaje.
Muchas cosas han cambiado, hasta el punto de que ya no se las reconoce: los métodos y las actitudes en las sedes de los partidos políticos en Washington, los tabúes en la Bolsa neoyorquina, las conductas y la ética imperantes por doquier. Cuando las reglas que antaño hicieron útiles a las instituciones comenzaron a desmoronarse y los líderes descuidaron sus cargos, comenzó el desmantelamiento de la República rooseveltiana, en vigor desde hacía casi medio siglo. Vino a llenar ese vacío el poder de base en la vida de los estadounidenses: el dinero organizado.
Este fenómeno erosivo no es nuevo. Se suele repetir cada una o dos generaciones. El desmoronamiento trae libertad, más de la que el mundo jamás otorgó a nadie, a más gente que nunca antes en la historia: libertad para marchar, libertad para regresar, libertad para cambiar nuestra historia personal, para obtener la información que necesitamos. Toda esa libertad nos arroja a la soledad. Hoy hay más estadounidenses viviendo solos que nunca. No obstante, las familias florecen incluso en el aislamiento, tratando de sobrevivir.

Claramente, George Packer es un miembro bien establecido del anti-establishment y esa visión determina la polarización de su pluma cuando dibuja una serie de vidas y sus experiencias con lo que él denomina la relajación. Define la relajación como el cambio en la sociedad estadounidense presente en los últimos 40 años, ya que hemos pasado de una economía basada en la fabricación y más localizada a nuestro estado actual. El autor describe este mundo para nosotros como un lugar donde las instituciones de gobierno nos han fallado porque han sido conquistados por intereses especiales y los únicos guardianes de la esperanza son los organizadores, periodistas y activistas iconoclastas decididos a luchar contra el sistema.
Sin embargo, cada vez que estos activistas se ponen a trabajar, es mejor que no sean demasiado grandes porque corren el riesgo de convertirse en parte del establecimiento, lo que crea una extraña tensión para mí: si bien no se puede confiar en que ninguna institución privada actúe de manera responsable, parece haberlo hecho. Una confianza ciega en el gobierno para regular y nivelar el campo de juego. A través de un conjunto de viñetas biográficas atractivas y cortas, él construye el caso de una mayor regulación para proteger al público de nuestras instituciones fallidas. Él pone un nombre y una historia en lo que de otro modo podría ser otro nombre que pierde su hogar. Él retrata a las familias desafortunadas utilizadas por los grandes bancos para quitarles su hogar y contentarse allí, pero para quitarles su dignidad, su salud e incluso su cordura en un acto insaciable de codicia. Su mensaje es claro: una enfermedad se ha apoderado de nuestro país y es en general el establecimiento y, en particular, el partido republicano (que es propiedad de grandes empresas) y los demócratas de la clase política permanente. ¿Pero no se está perdiendo algo aquí? ¿No somos todos culpables cuando se trata de la codicia? Sé que es obvio, pero no puedo evitar el hecho de que nadie se vio obligado a firmar ninguno de los documentos hipotecarios que proporcionaron la justificación legal para reclamar sus hogares después de que repetidamente no realizaran los pagos.
Mientras exalta el valor del individuo contra la institución, incluso sus héroes se muestran un tanto débiles. Dean Price, Tammy y Peter Theil obtienen su plataforma, mientras que algunos se presentan ante nosotros por puro desprecio o entretenimiento tabloide: Breitbart, Gingrich y Oprah. Sí, todas las biografías son interesantes, pero además de su valor de entretenimiento, muchos no lograron caer en la narrativa más amplia de manera significativa.
A pesar de mi desacuerdo general con su diagnóstico, disfruté mucho esta lectura y la recomendé a mis amigos. También te expone al interior del sistema y da algunas perspectivas muy interesantes. La forma en que lo dice en los bocetos biográficos hizo que el libro fuera muy convincente y me enseñó mucho sobre el mundo y la forma en que creó su marco me obligó a formular algunas preguntas muy interesantes relacionadas con cómo creo que el mundo encaja.
Al final, se dejó motivado por el libro para hacer algo. No solo estaba motivado para ser parte de la solución, sino que estaba comprometido a no estar a merced de los sistemas legales y bancarios. Más que nada quiero estar lleno en mi humanidad. Quiero ser un individuo fortalecido por la capacidad de tener libertad de acción y libertad de ser y quiero ser parte del mundo que faculta a los individuos a hacer lo mismo.

Las opciones que quedaron para aquellos que tuvieron que rescatar a los banqueros y observar que algunos de los que perpetraron lo que Packer implica eran otros esquemas de Ponzi que fueron recompensados ​​con cargos en la administración actual, siguen siendo menos que bonos o mansiones. Al leer esto, uno se da cuenta de cómo los que están firmemente establecidos en ambos lados de la división partidista son responsables. Derogar a Glass-Steagall bajo Clinton, otorgar a Chris Dodd el control del Comité Bancario del Senado y cortejar a los ricos que «donaron» a los políticos de cualquiera de los dos partidos, los que están en el poder confabulan con los que los financian. El partido de Newt no sale mucho peor que el de Clinton y Obama, en esta cobertura. Como Jeff Connaughton se entera al principio de su carrera, en gran parte persiguiendo a un Joe Biden, no son los méritos del candidato ni las posiciones expuestas lo que importa, es pedir favores a los donantes.
Cuando un senador intenta reunir una vuelta a la regulación de Glass-Steagall, Packer dramatiza cómo los zorros protegen el gallinero. «Poco antes de la votación, Dianne Feinstein de California, uno de los miembros más ricos del Senado, le preguntó a Richard Durbin de Illinois: ‘¿De qué se trata esta enmienda?’ «Rompiendo los bancos». Feinstein se quedó desconcertado. «Esto sigue siendo Estados Unidos, ¿no es así?» (292)
Alejado de esta plutocracia, Dean Price intenta revivir una tradición agraria en el Nuevo Sur, desfigurada por centros comerciales, comida rápida y consumidores complacientes despreocupados, pobremente alimentados y pobres tanto como en cualquier otro lugar en este momento en los EE. UU. más allá de las superficies de la tierra a sus verdades ocultas «. (176) Intenta conectar biocombustibles con estaciones y almacenes, para crear un modelo económico local autosuficiente que libere a una nación plagada de petróleo de la dependencia extranjera en el combustible o los bienes.
Mientras tanto, en Youngstown, Tammy Thomas pasa del trabajador de la fábrica despedida al organizador comunitario, Peter Thiel monta las oleadas de dinero de Wall Street a Silicon Valley, y Kevin Moore revela el tedio detrás del drama de ganar millones en Manhattan durante la avaricia. buena era
Tampa conecta las caídas y caídas del mercado inmobiliario con las caras de quienes se desesperan en las habitaciones de los hoteles, los automóviles y los remolques. Breitbart se une a la guerra político-cultural, aunque con fines de autoservicio: «Un converso de Gen-X apenas empleado y autodidáctico con un diagnóstico de TDA y una adicción a Internet estaba singularmente bien armado para combatirlo». (304) Si bien las frases de Packer sobre la ira de un miembro del Tea Party parecen burlarse de ella en lugar de expresar su disgusto, simpatiza con el trío de Occupy Wall Street, mientras Moore lo observa y aprende. Un técnico que se quedó sin hogar en Seattle y un activista izquierdista local de Nueva York se unieron a aquellos que intentaron incitar a la clase baja a hablar en contra de un frente político y económico que, no importa si bajo Bush o Clinton, Reagan u Obama, continuaron al lado de los ricos. .
En dos secciones memorables, Packer energiza la emoción que sienten muchas personas olvidadas. La máquina de ejecución hipotecaria que procesa, como una fábrica, miles de decisiones judiciales pasa por otra historia de pérdida cada tres minutos, como lo dice el abogado del banco; El juez de Tampa también puede hacerlo, a distancia. Ocupar alrededor de las páginas 273-274 por un momento, de manera apropiada, reúne a los de las redes sociales y las reuniones reales en mítines en todo el país, muchos de los cuales, a lo largo del libro, han sufrido una reducción de personal y se les ha dejado que se los arreglen solos. Los policías se mueven para cerrar los montajes. Unos pocos que fueron apolíticos, radicalizados por su conservadurismo por la injusticia, se preguntan cómo seguir luchando.
El libro se cierra y Thomas continúa tratando de ayudar a que los trabajos dispersos se inicien en la región. Ella sigue confiando en Obama. Connaughton, enferma de la circunvalación, se retira a Savannah. La problemática familia Hartzell en las tiendas de Tampa en el Wal-Mart apenas pueden costearse y en la que trabaja uno de sus familiares, pero desprecia hasta que, confesando tal odio, lo despiden. El libertarismo de Thiel y las pasiones transhumanistas se expanden para otorgar subvenciones para la deserción escolar inteligente de Stanford que quieren buscar innovaciones empresariales. Price persigue su visión de la canola y los aceites de cocina recuperados como métodos prácticos para liberar a los estadounidenses de la dependencia de los combustibles fósiles y el desperdicio de vidas. Eso es todo.
Permanece, por tanto, en el casi presente, suspendido. Me gustó mucho esto. ¿Me ha encantado? El ritmo se arrastraba ligeramente a medida que avanzaban los capítulos; después de OWS, uno siente una disminución en la energía, sin embargo apropiadamente. Como admirador de Dos Passos, busqué una integración similar de la ideología con los comentarios. Las simpatías de Packer lo alinean claramente donde había estado Dos Passos en el momento de su trilogía: con los progresistas. Creo que Packer maneja las objeciones del Tea Party con mucha menos destreza que la de Occupy, y tratando de encontrar las objeciones comunes que estos movimientos populistas (¡al menos en teoría!) Podrían haber generado un análisis más novedoso, uno que rara vez se plantea en la corriente principal. Presione a lo que aflige a nuestra nación. Pero las objeciones de Packer a la plutocracia corrupta que gobierna después de Reagan en América, y que es respaldada por casi todos los políticos capaces de alcanzar y asegurar un cargo importante, conectan historias de aquellos que, en el interior o ignorados por aquellos en el poder, se preguntan qué salió mal.

El viernes 31 de marzo, Thiel cerró la ronda de financiación con cien millones de dólares en el bolsillo. El martes 4 de abril, el NASDAQ se desplomó por debajo de los 4.000 puntos, rumbo a los 1.000. En el descenso esperaba el reventón de la burbuja puntocom.
PayPal fue una de las pocas supervivientes. Justo antes del crac se había fusionado con X.com. Thiel dejó el puesto de presidente y director general, pero volvió unos meses más tarde, cuando echaron a Musk del cargo. En febrero de 2002, PayPal salió a Bolsa; fue la primera empresa en hacerlo desde los atentados del 11-S (suceso letal también para las ambiciones libertarias de PayPal: los sistemas de divisas electrónicas de repente parecieron el sistema ideal para ocultar dinero terrorista). En la fiesta celebrada con motivo de la salida a Bolsa, Thiel se enfrentó simultáneamente a doce empleados en sendas partidas rápidas de ajedrez. En 2002, PayPal se convirtió en el método de pago elegido por más de la mitad de los clientes de la web de subastas eBay. eBay intentó por todos los medios crear una alternativa a PayPal, sin éxito, y al final compró PayPal en octubre de ese mismo año por 1.500 millones de dólares. Thiel renunció ese mismo día. Los 240.000 dólares invertidos inicialmente se habían convertido en 55 millones.
Lo que con el tiempo recibió el sobrenombre de «mafia PayPal» llegaría a financiar multitud de iniciativas empresariales exitosas: YouTube, LinkedIn, Tesla Motors, SpaceX, Yelp, Yammer, Slide… Thiel cambió su apartamento de un dormitorio de Palo Alto por un bungalow en el hotel Four Seasons de San Francisco. Una semana antes de dejar PayPal fundó un nuevo fondo de inversiones llamado Clarium Capital Management. El final de su carrera como director de una start-up en Silicon Valley marcó el inicio de su vida como gurú de la tecnología.

Thiel, que llevaba tiempo interesado en las redes sociales, dio prioridad al egoísmo racional antes que a la pureza ideológica, de un modo no del todo incoherente con los principios del objetivismo. Esta nueva red social quizá triunfaría donde otras (como Friendster) habían fallado. El internet para consumidores seguía siendo una balsa de aceite tras el crac y por primera vez había más buenas ideas que inversores a la caza. Thefacebook funcionaba ya en unas veinte universidades y en su expansión se aplicaba una versión benigna de la doctrina Brézhnev: una vez que se ponía la mira en una universidad, casi la totalidad de la comunidad estudiantil quedaba atrapada en cuestión de días y el proceso se hacía irreversible. Con una base de usuarios tan activa, se le podía augurar a Thefacebook un futuro brillante. Hoffman había hablado con los ingenieros, que parecían muy competentes. Así pues, a mediados de verano de 2004, Thiel concertó una cita con Zuckerberg en las oficinas de Clarium Capital, situadas en el corazón financiero de San Francisco.
Zuckerberg no iba a joder nada: el número de usuarios de Facebook sobrepasaba los quinientos millones y el valor de las acciones de Thiel excedía los 1.500 millones de dólares. La historia del nacimiento de la empresa se convirtió en una película de Hollywood que hacía un retrato no demasiado halagador de Zuckerberg y Parker. De hecho, les puso a ambos los pelos de punta. Thiel fue a ver La red social en un cine de San Francisco con un pequeño grupo de amigos. La reunión entre su personaje y Zuckerberg duraba treinta y cuatro segundos en pantalla y, aunque él salía más o menos bien parado en la película, le quedó la impresión de que su personaje parecía viejo, y recordaba más bien al tipo de inversor procedente de la banca. Thiel normalmente vestía camisetas de algodón, no camisas azules. Facebook salió a Bolsa en mayo de 2012. La cotización empezó a bajar de inmediato y Thiel vendió la mayoría de los títulos que aún poseía. Los 500.000 dólares de inversión inicial se convirtieron en un efectivo total que superaba los 1.000 millones de dólares.
El mismo año que se reunió con Zuckerberg, 2004, Thiel cofundó una empresa llamada Palantir Technologies (el nombre es el de unas esferas de cristal que aparecían en su amada trilogía de El señor de los anillos). En Palantir se mejoraron las aplicaciones utilizadas previamente en PayPal para combatir el fraude de las mafias rusas.
Clarium tuvo que cerrar su oficina neoyorquina y regresar a San Francisco; el traslado supuso un caro e inoportuno sobrecoste. En 2011, los activos del fondo habían caído hasta los 350 millones de dólares, dos tercios de los cuales eran dinero de Thiel, la totalidad de su riqueza neta líquida. Clarium se convirtió de facto en una empresa familiar.
Por primera vez en su vida, Thiel había fracasado en algo en lo que había puesto empeño, ante los ojos de todos y de manera espectacular. Fue una cura de humildad y, a diferencia de lo ocurrido con PayPal, un revés que desencadenó duras reacciones, Thiel se tomó bien la derrota y no la emprendió con sus empleados. Fue en esos meses cuando su visión de Estados Unidos se hizo más lóbrega. Al volver la vista hacia los años setenta, unos años luminosos y llenos de esperanza —sobre todo en Silicon Valley—, hasta Facebook parecía perder su brillo. El pesimismo de Thiel, en cualquier caso, le llevaría a pergeñar nuevas ideas radicales sobre el futuro.

El último Foro Económico Mundial al que asistió Peter Thiel fue el de enero de 2009. Estar en Davos era uno de los marcadores de estatus más visibles para la élite global, pero ese año acudir significaba ser incluido en la lista de gente que se estaba cargando el planeta. Thiel decidió no ir, resuelto a ocuparse menos del estatus y más de la sustancia a lo largo de la década siguiente. Si en Estados Unidos estaba desmoronándose algo, el estatus se convertía en algo inopinadamente problemático: en una sociedad desalentada como la estadounidense, era imposible que el estatus pudiera ser indicio de lo bueno y lo correcto. Las cosas de alto estatus en que merecía la pena invertir eran muy pocas.
Tras la crisis financiera global, Thiel desarrolló una teoría acerca del pasado y el futuro.
Dicha teoría se retrotraía a 1973, «el último año de la década de 1950», metaforizaba Thiel. El año de la crisis del petróleo, el año en que el sueldo medio empezó a estancarse en todo el país. Fue en la década de 1970 cuando las cosas empezaron a torcerse. Muchas instituciones dejaron de funcionar. La ciencia y la tecnología se atascaron, el modelo de crecimiento se desbarató, el gobierno dejó de operar como en el pasado, a la clase media se le empezó a complicar la vida.
Thiel ya no era el titán de los fondos de cobertura que había sido los años anteriores, pero cuando empezó a dar a conocer sus ideas en ensayos y a lo largo y ancho de los debates y actos de networking que proliferaban por todo el país, se convirtió en el agitador intelectual con que había soñado ser cuando estudiaba…
La biología se unía a la informática para prolongar la vida: ese era el tipo de futuro radical al que Thiel dedicaba su esfuerzo y su dinero. En la carrera mortal entre política y tecnología, él invertía en robótica (los coches conducidos robóticamente pondrían fin a los atascos y no habría que construir ni una carretera más en Estados Unidos). Tras la venta de PayPal, Elon Musk, antiguo compañero de Thiel, había fundado una empresa llamada SpaceX, que ponía al alcance de los consumidores los viajes espaciales. Founders Fund se convirtió en el primer inversor externo, aportando 20 millones de dólares. A través de su fundación, Thiel financió investigaciones en nanotecnología. Entregó 3,5 millones de dólares a la Methuselah Foundation, cuyo objetivo era detener el proceso de envejecimiento humano, y apoyó a una organización sin ánimo de lucro llamada Humanity Plus, volcada en el transhumanismo, la transformación de la condición humana a través de la tecnología. Un amigo le habló a Thiel sobre un programa de televisión en el que a diversas mujeres les cambiaba la vida tras someterse a modificaciones corporales radicales, gracias a la cirugía, la liposucción o el blanqueamiento dental, y Thiel, emocionado, se preguntó qué otras tecnologías podrían servir para transformar el cuerpo humano.
Thiel era el principal patrocinador y miembro del consejo de administración de Seasteading Institute, una organización sin ánimo de lucro libertaria fundada por Patri Friedman, ex ingeniero de Google y nieto del economista Milton Friedman. Con el término seasteading aludían a la construcción de nuevas ciudades-estado sobre plataformas flotantes en aguas internacionales, las cuales funcionarían como comunidades fuera de la ley. El objetivo era crear formas de gobierno minimalistas que obligasen a los regímenes existentes a innovar debido a la competencia. (Thiel se había convencido de que la Constitución de Estados Unidos era inoperativa y que era necesario desecharla.)
De producirse un avance tecnológico revolucionario, este sería la inteligencia artificial. Cuando los ordenadores fueran capaces de mejorarse a sí mismos, llegarían a superar en inteligencia a los seres humanos, con resultados impredecibles. A ese posible escenario se le llamaba «singularidad».

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Americans born after 1960 have lived most of their adult lives in the vertigo of that historical crumbling process. They have witnessed how existing institutions from before their birth collapsed like trees cut down the length and breadth of the landscape.
Many things have changed, to the point that they are no longer recognized: the methods and attitudes at the headquarters of the political parties in Washington, the taboos on the New York Stock Exchange, the behaviors and ethics prevailing everywhere. When the rules that once made the institutions useful began to fall apart and the leaders neglected their positions, the dismantling of the Rooseveltian Republic began, in force for almost half a century. It came to fill that void the power base in the lives of Americans: organized money.
This erosive phenomenon is not new. It is usually repeated every one or two generations. The collapse brings freedom, more than the world ever gave to anyone, to more people than ever before: freedom to march, freedom to return, freedom to change our personal history, to obtain the information we need. All that freedom throws us into solitude. Today there are more Americans living alone than ever. However, families flourish even in isolation, trying to survive.

Clearly, George Packer is a well established member of the anti-establishment and that view determines the polarization of his pen as he sketches a series of lives and their experiences with what he terms the unwinding. He defines the unwinding as the change in American society present in the last 40 years as we have transitioned from a manufacturing-based and more localized economy to our present state. The author describes this world for us as a place where the institutions of government have failed us because they have been taken over by special interests and the only guardians of hope are the iconoclast organizers, journalists and activists determined to fight the system.
However, any time these activists get to work, they better not get too big because they risk becoming part of the establishment, which creates a strange tension for me: while you can’t trust any private institution to act responsibly, he seems to have a blind trust in the government to regulate and level the playing field. Through a set of engaging and short biographical vignettes, he builds the case for increased regulation to protect the public from our failed institutions. He puts a name and a history on what otherwise might be another name who loses their home. He portrays hapless families used by the big banks to take away their home, and to be content there, but to take away their dignity, their health and even their sanity in an insatiable act of greed. His message is clear — a disease has taken over our country and it is in general the establishment and in particular republican party (wholly owned by big business) and the democrats of the permanent political class. But isn’t he missing something here? Aren’t we all culpable when it comes to greed? I know it is obvious, but I can’t escape the fact that no one was forced to sign any of the mortgage papers that provided the legal justification to reclaim their homes after they repeatedly failed to make payments.
While he exalts the value of the individual against the institution, even his heroes come off a bit weak. Dean Price, Tammy and Peter Theil all get their platform while some are put before us for outright scorn or tabloid entertainment: Breitbart, Gingrich, and Oprah. Yes, all the biographies are interesting, but besides their entertainment value many failed to fall into the larger narrative in any meaningful way.
Despite my overall disagreement with his diagnosis, I greatly enjoyed this read and recommend it to my friends. He also exposes you to inside the system and does give some very interesting perspectives. The way he tells it in biographical sketches made the book very compelling and did teach me a lot about the world and the way he set up his framework forced me to ask some very interesting questions related to how I think the world fits together.
In the end, was left motivated by the book to do something. Not just motivated to be part of the solution, but I was committed to not be at the mercy of legal and banking systems. Most of all I want to be full in my humanity. I want to be an individual empowered by the ability to have freedom of action and freedom to be and I want to be part of the world that empowers individuals to do the same.

The choices left to those who had to bail out the bankers, and to watch as some of those who perpetrated what Packer implies was another Ponzi scheme were rewarded with positions in the current administration, remain fewer than bonuses or mansions. Reading this, one realizes how those firmly in place on both sides of the partisan divide bear responsibility. Repealing Glass-Steagall under Clinton, giving Chris Dodd control of the Senate Banking Committee, and courting the rich who «donated» to either party’s politicians, those in power connive with those who fund them. Newt’s party doesn’t come off much worse than that of Clinton and Obama, in this coverage. As Jeff Connaughton finds out early in his career spent largely pursuing a bumptious Joe Biden, it’s neither the merits of the candidate nor the positions espoused that matters, it’s calling in favors to donors.
When one senator tries to rally a return to the regulation of Glass-Steagall, Packer dramatizes how the foxes guard the henhouse. «Shortly before the vote, Dianne Feinstein of California, one of the wealthiest members of the Senate, asked Richard Durbin of Illinois, ‘What’s this amendment about?’ ‘Breaking up the banks.’ Feinstein was taken aback. ‘This is still America, isn’t it?'» (292)
Alienated from this plutocracy, Dean Price tries to revive an agrarian tradition in the New South, marred by strip malls, fast-food, and uncaring, poorly-fed, complacent consumers as much as anywhere else by now in the U.S. «He was seeing beyond the surfaces of the land to its hidden truths.» (176) He attempts to connect biofuel with stations and stores, to loop a self-sustaining local economic model which frees a peak-oil plagued nation from foreign dependence on fuel or goods.
Meanwhile, in Youngstown, Tammy Thomas moves from laid-off factory toiler to community organizer, Peter Thiel rides the waves of money from Wall Street to Silicon Valley, and Kevin Moore reveals the tedium behind the drama of making millions in Manhattan during the greed is good era.
Tampa connects the housing market’s flips and falls with the faces of those despairing in hotel rooms, cars, and trailers. Breitbart joins the political-cultural war–if for self-serving purposes: «A barely employed, autodidactic Gen-X convert with an ADD diagnosis and an Internet addiction was uniquely well armed to fight it.» (304) While Packer’s phrasing of the anger of a Tea Party member seems to mock her rather than convey her disgust, he sympathies with Occupy Wall Street’s trio–as Moore watches it and learns. A techie turned homeless man from Seattle and a local NYC leftist activist join those who tried to rouse the underclass to speak out against a political and economic front that, no matter if under Bush or Clinton, Reagan or Obama, continued to side with the wealthy.
In two memorable sections, Packer energizes the emotion felt by many forgotten people. The foreclosure machine that processes, factory-like, thousands of court decisions runs through another story of loss every three minutes, as the bank’s attorney calls it in; Tampa’s judge may too, by remote. Occupy around pp. 273-274 for a moment, appropriately, brings together those by social networking and by actual meetings in rallies across the nation many who over the course of the book have suffered downsizing and been left to fend on their own. Cops move in to shut down the assemblies. A few who were apolitical, radicalized out of their conservatism by injustice, wonder how to fight on.
The book closes with Thomas continuing to try to assist as scattered jobs start up around the region. She keeps trusting Obama. Connaughton, sick of the Beltway, retires to Savannah. The troubled Hartzell family in Tampa shops at the Wal-Mart they can barely afford and where one of their family works at but despises until, confessing such a hatred, he’s fired from it. Thiel’s libertarianism and transhumanist passions expand into funding grants for smart drop-outs from Stanford who want to pursue entrepreneurial innovations. Price pursues his vision of canola and reclaimed cooking oils as practical methods to free Americans from fossil fuel dependence and wasteful living. That’s about it.
It remains, therefore, in the near-present, suspended. I liked this very much. Did I love it? The pace dragged slightly as the chapters went on; after OWS, one senses a letdown in the energy, however appropriately. As an admirer of Dos Passos, I looked for a similar integration of ideology with commentary. Packer’s sympathies clearly align him where Dos Passos at the time of his trilogy had been: with the progressives. I do aver that Packer handles the Tea Party’s objections far less deftly than he does Occupy, and trying to find the common objections these populist (at least in theory!) movements had might have generated a more novel analysis, one rarely raised in the mainstream press to what ails our nation. But Packer’s objections to the corrupt plutocracy that rules post-Reagan America, and which is upheld by nearly every politician able to attain and secure major office, connect stories of those who, on the inside or ignored by those in power, wonder what went wrong.

On Friday, March 31, Thiel closed the financing round with a hundred million dollars in his pocket. On Tuesday, April 4, the NASDAQ collapsed below 4,000 points, toward 1,000. On the descent I was waiting for the dotcom bubble to burst.
PayPal was one of the few survivors. Just before the crash he had merged with X.com. Thiel left the position of president and general manager, but returned a few months later, when they threw Musk out of office. In February 2002, PayPal went public; It was the first company to do so since the 9/11 attacks (lethal event also for PayPal’s libertarian ambitions: electronic currency systems suddenly seemed the ideal system to hide terrorist money). At the party held on the occasion of the IPO, Thiel simultaneously faced twelve employees in fast chess matches. In 2002, PayPal became the payment method chosen by more than half of the customers of the eBay auction website. eBay tried by all means to create an alternative to PayPal, without success, and finally bought PayPal in October of that same year for 1,500 million dollars. Thiel resigned that same day. The $ 240,000 initially invested had been converted into $ 55 million.
What eventually received the nickname of «PayPal mafia» would finance a multitude of successful business initiatives: YouTube, LinkedIn, Tesla Motors, SpaceX, Yelp, Yammer, Slide … Thiel changed his one bedroom apartment in Palo Alto for a bungalow at the Four Seasons hotel in San Francisco. A week before leaving PayPal, he founded a new investment fund called Clarium Capital Management. The end of his career as a start-up director in Silicon Valley marked the beginning of his life as a technology guru.

Thiel, who had been interested in social networks for some time, gave priority to rational selfishness rather than to ideological purity, in a way that was not at all incoherent with the principles of objectivism. This new social network might triumph where others (like Friendster) had failed. The internet for consumers was still a raft of oil after the crash and for the first time there were more good ideas than investors on the hunt. Thefacebook was already working in some twenty universities and in its expansion a benign version of the Brezhnev doctrine was applied: once the focus was on a university, almost the entire student community was trapped in a matter of days and the process was done irreversible. With such an active user base, Thefacebook could be predicted for a bright future. Hoffman had spoken with the engineers, who seemed very competent. So, in the middle of summer 2004, Thiel made an appointment with Zuckerberg at the offices of Clarium Capital, located in the financial heart of San Francisco.
Zuckerberg was not going to screw anything: the number of Facebook users exceeded five hundred million and the value of Thiel’s shares exceeded 1,500 million dollars. The story of the company’s birth became a Hollywood movie that made a not-too-flattering portrait of Zuckerberg and Parker. In fact, it made both of them hair stand on end. Thiel went to see The social network in a cinema in San Francisco with a small group of friends. The meeting between his character and Zuckerberg lasted thirty-four seconds on the screen and, although he was more or less successful in the film, he had the impression that his character seemed old, and remembered rather the type of investor from the banking. Thiel usually wore cotton shirts, not blue shirts. Facebook went public in May 2012. The price began to fall immediately and Thiel sold most of the titles he still owned. The $ 500,000 initial investment became a total cash that exceeded $ 1 billion.
The same year he met with Zuckerberg, 2004, Thiel co-founded a company called Palantir Technologies (the name is that of crystal spheres that appeared in his beloved trilogy The Lord of the Rings). In Palantir the applications previously used in PayPal to combat the fraud of the Russian mafias were improved.
Clarium had to close her New York office and return to San Francisco; the transfer was an expensive and untimely surcharge. In 2011, the fund’s assets had fallen to 350 million dollars, two thirds of which were Thiel’s money, all of its liquid net wealth. Clarium became de facto a family business.
For the first time in his life, Thiel had failed in something he had put a lot of effort into, in the eyes of everyone and in a spectacular way. It was a cure of humility and, unlike what happened with PayPal, a setback that triggered harsh reactions, Thiel took the defeat well and did not undertake it with his employees. It was in those months when his vision of the United States became gloomy. When we looked back at the seventies, some bright years full of hope – especially in Silicon Valley – even Facebook seemed to lose its shine. The pessimism of Thiel, in any case, would lead him to devise new radical ideas about the future.

The last World Economic Forum that Peter Thiel attended was in January 2009. Being in Davos was one of the most visible status markers for the global elite, but that year it meant being included in the list of people who were charging the planet. Thiel decided not to go, determined to deal less with status and more substance over the next decade. If something was falling apart in the United States, the status became unexpectedly problematic: in a discouraged society like the United States, it was impossible for the status to be an indication of the good and the right. Things of high status that were worth investing in were very few.
After the global financial crisis, Thiel developed a theory about the past and the future.
This theory went back to 1973, «the last year of the 1950s», Metaphorized Thiel. The year of the oil crisis, the year in which the average salary began to stagnate throughout the country. It was in the 1970s when things started to go wrong. Many institutions stopped working. Science and technology got stuck, the growth model was disrupted, the government stopped operating as in the past, the middle class began to complicate life.
Thiel was no longer the titan of the hedge funds that had been the previous years, but when he began to make his ideas known in trials and throughout the debates and networking events that proliferated throughout the country, he became in the intellectual agitator that I had dreamed of being when I studied …
Biology joined the computer to prolong life: that was the kind of radical future to which Thiel dedicated his effort and his money. In the deadly race between politics and technology, he invested in robotics (robotic driven cars would end the traffic jams and not one more highway in the United States would have to be built). After the sale of PayPal, Elon Musk, former partner of Thiel, had founded a company called SpaceX, which made space travel available to consumers. Founders Fund became the first external investor, contributing 20 million dollars. Through its foundation, Thiel funded research in nanotechnology. It gave 3.5 million dollars to the Methuselah Foundation, whose objective was to stop the process of human aging, and supported a non-profit organization called Humanity Plus, focused on transhumanism, the transformation of the human condition through the technology. A friend told Thiel about a television show in which various women changed their lives after undergoing radical body modifications, thanks to surgery, liposuction or tooth whitening, and Thiel, excited, wondered what other technologies They could serve to transform the human body.
Thiel was the main sponsor and member of the board of directors of Seasteading Institute, a libertarian nonprofit organization founded by Patri Friedman, a former Google engineer and grandson of economist Milton Friedman. With the term seasteading they alluded to the construction of new city-states on floating platforms in international waters, which would function as communities outside the law. The objective was to create minimalist forms of government that compelled existing regimes to innovate due to competition. (Thiel had convinced himself that the United States Constitution was inoperative and that it needed to be thrown out.)
If there is a revolutionary technological advance, this would be artificial intelligence. When computers were able to improve themselves, they would surpass intelligence in human beings, with unpredictable results. This possible scenario was called «singularity».

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