Y Llegó La Barbarie: Nacionalismos Y Juegos De Poder En La Destrucción De Yugoslavia — José Ángel Ruiz Jiménez / And Inhumanity Arrived: Nationalisms and Power Games in the Destruction of Yugoslavia by José Ángel Ruiz Jiménez (spanish book edition)

Accesible, dispuesto en un perfecto orden cronológico, con infinitas anotaciones para dar mayor contexto al texto y, lo más importante, muy objetivo. Un concepto que torna en fundamental para un tema tan escabroso y difícil de tratar como este conflicto tan complejo y sin buenos/malos definidos.
Si estás interesado en saber más de la ex-Yugoslavia, del contexto previo al conflicto, su desarrollo, las causas políticas/nacionalistas/religiosas que derivaron en él, la distribución demográfica de los países pre/post, de cómo los países extranjeros estuvieron involucrados directa e indirectamente, o de la situación actual de la región; no lo dudes, lee este libro.

Quizás sea de los temas más difíciles de explicar. La distorsionada imagen de los Balcanes presente en tantas obras de ficción no es casual, sino consecuencia de las intenciones de las potencias occidentales en aquellas tierras. En su pionero análisis literario Culture and Imperialism, Edward Said demostró convincentemente cómo la literatura, la música, el teatro y las tradiciones populares de una cultura, junto a sus disciplinas especializadas (sociología, historia, etnografía, etc.), dan forma a narrativas a través de las cuales los pueblos comprenden qué es lo mejor de sí mismos y cuál es su lugar en el mundo, o sea, su identidad. Pero en el devenir de la civilización humana, algunas naciones se han apoderado de la cultura, y desde la Grecia clásica, ello ha generado divisiones jerárquicas, a menudo perspectivas antagónicas entre nosotros y ellos, entre sociedades superiores e inferiores, convirtiendo así la cultura en otra arma a través de la cual el poderoso domina al débil.
En la Yugoslavia de las seis naciones, siete con la albanesa, mientras las élites internas fueron urdiendo planes para afianzar su poder, en este caso legitimándose bajo el nacionalismo, y las potencias extranjeras trataban de posicionarse para obtener los mejores beneficios, la ciudadanía fue un simple instrumento. Unos se embarcaron en la causa nacionalista porque supieron ver que sería la gran fuente de oportunidades personales tras la segura caída del comunismo. Otros se dejaron cautivar por los estudiados mensajes que hablaban de patriotismo y libertad en respuesta a los agravios que se hacía sufrir a la nación. Sin embargo, la mayoría vivía distraídamente, confiada en que ni la riñas entre políticos de los que incluso hacían chistes, ni los discursos de los intelectuales que reescribían la historia, ni el que los medios fomentaran la división tenían al fin y al cabo tanta importancia. Su relajo y la ausencia de una sociedad civil fuerte les hizo verse en medio de un torbellino de violencia que ni esperaban ni entendían, pero que era real y ante el que debían posicionarse, de modo que por miedo, por defensa propia o por venganza ya no había más opciones ante los antiguos vecinos que matar, morir o huir.

El proyecto de creación de Yugoslavia encuentra su origen en el siglo XIX, teniendo múltiples raíces y razones de ser. En esencia, consistía en reunir a todos los eslavos del sur bajo un Estado donde pudieran vivir juntos, asegurar su independencia combinando fuerzas contra sus enemigos, hablar su lengua, cantar sus canciones y celebrar sus festividades. La iniciativa fue compartida por numerosos serbios, eslovenos y croatas atraídos por la idea de liberarse tanto de las potencias centroeuropeas como del Imperio turco otomano, quienes los habían sometido durante siglos. De este modo, Yugoslavia simbolizaba la posibilidad de obtener unos espacios de libertad y seguridad que los pueblos de la región no habían disfrutado más que en lejanos y, a veces, difusos episodios de la historia medieval. En esencia, se trataba de hacer frente a las opresiones sufridas históricamente por los pueblos eslavos del sur. Como era de esperar, la referencia ideológica sobre la que se cimentó aquel proyecto fueron las ideas de soberanía nacional y el modelo de Estado-nación liberal que habían ido imponiéndose progresivamente en Europa desde la Revolución Francesa. Estas dominaban indiscutiblemente los discursos políticos del momento y simbolizaban la modernidad, el progreso y el éxito.
En principio, se tuvo como objetivo reunir a los eslavos dominados por el Imperio austrohúngaro (croatas, eslovenos, serbios de Vojvodina y cristianos de Bosnia-Herzegovina), con un posible estatuto de autonomía. Así, por ejemplo, en 1906 una coalición de fuerzas serbocroatas ganó las elecciones en la provincia austrohúngara de Croacia-Eslavonia bajo la bandera de la narodno jedinstvo (unidad nacional). Esta sostenía la idea de que serbios, croatas, eslovenos y el resto de eslavos del sur eran una sola nación bajo nombres distintos, algo sobre lo que escribieron profusamente personajes tan destacados en la vida pública como Svetozar Privicević.
Para crear un nuevo marco de convivencia y contentar a las identidades nacionales, lógicamente insatisfechas tras el centralismo característico de la primera Yugoslavia, y a flor de piel debido a las cruentas luchas fratricidas habidas durante la Segunda Guerra Mundial, el proyecto federal y socialista de Tito descentralizó el Estado, dividiendo el territorio en seis repúblicas y dos provincias autónomas. Respecto a las repúblicas, a Serbia, Croacia y Eslovenia, se les unió Macedonia, que tenía su propia lengua y una identidad nacional abrumadoramente mayoritaria en su territorio, así como Montenegro, independiente entre 1878 y 1918 y que tenía identidad propia, si bien muy hermanada con Serbia, y BiH, mosaico de musulmanes, serbios, croatas y judíos. Las provincias autónomas eran Vojvodina i Kosovo i Metohija.
Fue así como Yugoslavia se estructuró a partir de sus pueblos, naciones y minorías. Los pueblos eran aquellos constitutivos y fundadores de la Federación, siendo las repúblicas su territorio nacional. Este era el caso de los eslovenos, croatas, serbios, macedonios y montenegrinos. Cada uno de ellos contaba con su propio Parlamento y amplios poderes autonómicos, en una maniobra diseñada expresamente para espantar los fantasmas del centralismo que tanto daño habían causado al país durante la etapa monárquica.
Los nacionalistas serbios y croatas juzgaron que se estaba creando un engendro sin sentido y nunca dejaron de reivindicar como propias buena parte de las tierras de BiH (Bosnia y Herzegovina), cuyos habitantes musulmanes, según su criterio tenían que haberse integrado como minorías en el interior de sus repúblicas, cuyos límites territoriales deberían ampliarse consecuentemente. De aquella tensión soterrada brotarían funestas consecuencias entre 1992 y 1995.
Lo que más contribuyó a la disgregación del país fue aquel modelo de descentralización sin democracia que terminó siendo una bomba relojería de inimaginable capacidad destructiva. La ley posibilitaba que los representantes de cualquier grupo nacional tuvieran derecho de veto en el Consejo de Repúblicas y Provincias, especialmente en lo que se refería a medidas económicas. Además, se transfirieron a las repúblicas las competencias de educación, el sistema judicial y la policía. El sistema fue sorteando sus contradicciones sobre todo por el cuidadoso juego de equilibrios mantenido por Tito y sus compañeros de generación, tan conscientes de los peligros del nacionalismo.

Desaparecida la autoridad civil federal, se desataban las manos del ejército, que se había mostrado impaciente por parar definitivamente los pies a los independentistas croatas y su ejército paralelo. El propio Kadijević, al mando del Estado Mayor, había advertido al croata Mesić durante el consejo que, si el gobierno federal no lo autorizaba, el JNA podría actuar por su cuenta ante la gravedad de los hechos. Incluso se habían pulsado las posturas de las grandes potencias. El visceral Jović, presidente del ya inoperante Consejo de las Repúblicas, ante la poca receptividad del embajador de EE. UU. a sus argumentos, había terminado preguntándole si su gobierno permanecería impasible en caso de que se creara otro ejército ilegal dentro de EE. UU. Empero, Yugoslavia no era EE. UU., y más allá de la fuerza de la razón que creyeran tener los partidarios de la intervención en Croacia, estos sabían muy bien que también precisaban de las razones de la fuerza a su lado.
Una vez que estuvo claro que la desintegración era irremediable, la cuestión pasaba a ser dónde iban a situarse las nuevas fronteras. El caso esloveno se resolvería con cierta facilidad, pues los límites del territorio escindido estaban claros: poblado de forma abrumadoramente mayoritaria por eslovenos y sin minorías ni enclaves de esta nacionalidad en el exterior, simplemente se reconocerían las fronteras que ya tenía la república cuando era parte de Yugoslavia. Así, la nación eslovena quedaría fácilmente unida bajo su propio Estado soberano. El caso de Macedonia era muy similar, de modo que tras aprender del fracaso de la intervención del JNA en Eslovenia, todas las partes evitaron el conflicto a la hora de consumarse la independencia. Por su parte, Montenegro, de identidad y liderazgo político hermanados a Serbia, no mostró interés en abandonar Yugoslavia. Sin embargo, la situación era muy distinta para los otros pueblos yugoslavos, de modo que la redefinición de fronteras resultaba mucho más controvertida para ellos.
En Croacia, la voluntad independentista de la mayoría de su población de etnia croata, refrendada en las urnas, chocaba con la minoría serbia. Esta no deseaba pasar de pertenecer a la etnia mayoritaria en Yugoslavia a ser minoría en un país donde el nacionalismo croata se exaltaba cada vez más.
Para Serbia, Yugoslavia suponía la unión de toda su nación en un mismo Estado, anhelo que tras siglos de espera se había cumplido desde 1918.
La descomposición de Yugoslavia que se inició en 1991 brindaba la posibilidad de redefinir fronteras, así que las viejas aspiraciones serbias y croatas de fagocitar BiH encontraron al fin su oportunidad. El gobierno nacionalista musulmán del SDA, liderado por Alija Izetbegović, había ganado las elecciones celebradas en aquella república en 1991, y estaba decidido a construir un Estado islámico. Ello no significaba un escollo insuperable para las apetencias de sus vecinos, ya que a diferencia de Eslovenia y Croacia, BiH estaba desarmada y aún no había sido reconocida por la comunidad internacional.

El problema étnico de Kosovo, muy evidente desde finales del siglo XIX, comenzó en realidad en la Baja Edad Media. Los serbios, que se instalaron en la región entre los siglos VI y VIII, constituyeron entonces la mayoría de su población y alternaron momentos de unidad y de enfrentamientos internos. En cambio, los albaneses, de procedencia posiblemente autóctona, eran menos numerosos, tenían una estructura social mucho más arcaica y fueron pasando de una dominación a otra: primero los romanos, luego los bizantinos y finalmente los turcos.
El 28 de junio de 1389, el zar serbio Lazar murió derrotado por el Imperio otomano en la legendaria batalla de Kosovo Polje, uno de los eventos decisivos en la desaparición del reino medieval de Serbia, que no recuperaría su independencia hasta 1878. Desde entonces, Kosovo se convertiría en el gran mito fundacional del pueblo serbio, unido en la adversidad, el sacrificio y la sangre de aquel campo de batalla. La narración legendaria de aquel combate, de una generación a otra, fue uno de los principales elementos por los que la identidad serbia mantuvo su esencia durante cinco siglos, hasta recuperar su independencia en 1878. Kosovo es por tanto considerada la cuna de esa nación, encontrándose allí los templos más sagrados de la iglesia autocéfala serbia, incluyendo su sede, sita en Peć.

A la independencia de Croacia siguió un ambiente de entusiasmo y confianza en el mañana. Desde su victoria electoral en 1990, el gobierno nacionalista del HDZ había ido inculcando en la población un mensaje muy simple pero efectivo: independizarse de Yugoslavia era el mejor camino hacia un futuro de libertad y prosperidad. Si bien estaba clara la vocación de ingresar en la UE y en la OTAN, nunca se entró en detalles de qué tipo de políticas financieras, impositivas, educativas o sanitarias se llevarían a cabo. Todo se supeditaba a la independencia, entendiéndose con naturalidad que los problemas se resolverían como por ensalmo una vez se contara con un Estado propio. Entre la población croata que fue llenando de banderas nacionalistas todos los rincones del país y participando en actos multitudinarios de exaltación patriótica, se popularizó la convicción de que una Croacia independiente sería más virtuosa, rica y respetada al poder ser ella misma, dejando atrás siglos de sometimiento al Imperio austrohúngaro primero y a Yugoslavia más tarde.
La primera consecuencia de la declaración unilateral de independencia fue la guerra de 1991-1992, lo que se tradujo en 20.000 muertes, oleadas de refugiados, destrucción material y la pérdida de control de las regiones habitadas por serbios. Sin embargo, tras la Operación Oluja realizada en el verano de 1995 la victoria militar era completa, habiéndose recuperado todo el territorio nacional y limpiado el país de serbios, que pasaron a ser apenas un 5% de la población.

El paso de los años, la apertura producto de la globalización y el progresivo relevo generacional están teniendo un lento pero apreciable avance en cómo la sociedad civil va haciendo escuchar su voz en ámbitos como los descritos de género, respeto al colectivo LGTB y aceptación y reconciliación con el pasado.

Accessible, arranged in a perfect chronological order, with endless annotations to give more context to the text and, most importantly, very objective. A concept that becomes fundamental for such a difficult issue and difficult to deal with as this conflict so complex and without good / bad defined.
If you are interested in learning more about the former Yugoslavia, from the context prior to the conflict, its development, the political / nationalist / religious causes that led to it, the demographic distribution of the pre / post countries, of how the foreign countries were involved directly and indirectly, or of the current situation in the region; Do not hesitate, read this book.

Perhaps it is one of the most difficult topics to explain. The distorted image of the Balkans present in so many works of fiction is not accidental, but a consequence of the intentions of the Western powers in those lands. In his pioneering literary analysis Culture and Imperialism, Edward Said convincingly demonstrated how literature, music, theater and popular traditions of a culture, together with its specialized disciplines (sociology, history, ethnography, etc.), give form to narratives through which the people understand what is the best of themselves and what is their place in the world, that is, their identity. But in the evolution of human civilization, some nations have taken over culture, and since classical Greece, this has generated hierarchical divisions, often antagonistic perspectives between us and them, between higher and lower societies, thus converting culture into another weapon through which the powerful dominates the weak.
In the Yugoslavia of the six nations, seven with the Albanian, while the internal elites were concocting plans to strengthen their power, in this case legitimizing themselves under nationalism, and the foreign powers tried to position themselves to obtain the best benefits, the citizenship was a simple instrument. Some embarked on the nationalist cause because they knew that it would be the great source of personal opportunities after the sure fall of communism. Others were captivated by the studied messages that spoke of patriotism and freedom in response to the grievances that the nation suffered. However, most lived distractedly, confident that neither the quarrels between politicians of which they even made jokes, nor the speeches of the intellectuals who rewrote history, nor that the media fomented the division had at the end so much importance . Their relaxation and the absence of a strong civil society made them see themselves in the middle of a whirlwind of violence that they neither expected nor understood, but that was real and before which they had to position themselves, so that out of fear, in self-defense or in revenge there were no other options before the old neighbors to kill, die or flee.

The creation project of Yugoslavia finds its origin in the 19th century, having multiple roots and reasons for being. In essence, it consisted in gathering all the southern Slavs under a state where they could live together, securing their independence by combining forces against their enemies, speaking their language, singing their songs and celebrating their festivities. The initiative was shared by numerous Serbs, Slovenes and Croats attracted by the idea of ​​liberation from both the Central European powers and the Turkish Ottoman Empire, who had subjected them for centuries. In this way, Yugoslavia symbolized the possibility of obtaining spaces of freedom and security that the peoples of the region had enjoyed only in distant and, at times, diffuse episodes of medieval history. In essence, it was about dealing with the oppressions suffered historically by the Slavic peoples of the south. Predictably, the ideological reference on which that project was based were the ideas of national sovereignty and the model of the liberal nation-state that had been gradually imposed in Europe since the French Revolution. These undoubtedly dominated the political speeches of the moment and symbolized modernity, progress and success.
In principle, the objective was to reunite the Slavs dominated by the Austro-Hungarian Empire (Croats, Slovenes, Serbs of Vojvodina and Christians of Bosnia-Herzegovina), with a possible status of autonomy. Thus, for example, in 1906 a coalition of Serbo-Croatian forces won the elections in the Austro-Hungarian province of Croatia-Slavonia under the flag of the narodno jedinstvo (national unity). It held the idea that Serbs, Croats, Slovenes and the rest of the Slavs of the south were one nation under different names, something that was so profusely written by such prominent figures in public life as Svetozar Privicević.
To create a new framework of coexistence and content national identities, logically unsatisfied after the centralism characteristic of the first Yugoslavia, and on the skin due to the bloody fratricidal struggles during the Second World War, the federal and socialist project of Tito decentralized the State, dividing the territory into six republics and two autonomous provinces. Regarding the republics, Serbia, Croatia and Slovenia were joined by Macedonia, which had its own language and an overwhelming majority national identity in its territory, as well as Montenegro, independent between 1878 and 1918 and which had its own identity, although very twinned with Serbia, and BiH, a mosaic of Muslims, Serbs, Croats and Jews. The autonomous provinces were Vojvodina i Kosovo i Metohija.
This is how Yugoslavia was structured from its peoples, nations and minorities. The peoples were those constituent and founders of the Federation, the republics being their national territory. This was the case of Slovenes, Croats, Serbs, Macedonians and Montenegrins. Each of them had its own Parliament and broad autonomic powers, in a maneuver designed expressly to scare away the ghosts of centralism that had caused so much damage to the country during the monarchical stage.
The Serbian and Croat nationalists judged that a senseless monster was being created and they never ceased to claim as their own a good part of the lands of BiH (Bosnia and Herzegovina), whose Muslim inhabitants, according to their criteria, had to be integrated as minorities in the interior of their republics, whose territorial limits should be extended accordingly. Out of that buried tension there would be disastrous consequences between 1992 and 1995.
What contributed most to the disintegration of the country was that model of decentralization without democracy that ended up being a horological bomb of unimaginable destructive capacity. The law made it possible for the representatives of any national group to have the right of veto in the Council of Republics and Provinces, especially as regards economic measures. In addition, the powers of education, the judicial system and the police were transferred to the republics. The system was avoiding its contradictions mainly by the careful balancing game maintained by Tito and his generation colleagues, who are so aware of the dangers of nationalism.

With the disappearance of the federal civil authority, the hands of the army, which had been impatient to stop the Croatian separatists and their parallel army, were finally broken. Kadijević himself, in command of the General Staff, had warned the Croat Mesić during the council that, if the federal government did not authorize it, the JNA could act on its own account in light of the gravity of the events. Even the positions of the great powers had been pressed. The visceral Jović, president of the already inoperative Council of the Republics, given the lack of receptivity of the US ambassador. UU to his arguments, he had ended by asking him if his government would remain impassive in case another illegal army were created inside the US. UU However, Yugoslavia was not EE. In the United States, and beyond the strength of reason that supporters of the intervention in Croatia believed, they knew very well that they also needed the reasons for the strength at their side.
Once it was clear that the disintegration was irremediable, the question became where the new borders would be located. The Slovenian case would be resolved with some ease, as the boundaries of the divided territory were clear: populated overwhelmingly by Slovenes and without minorities or enclaves of this nationality abroad, they would simply recognize the borders that the republic already had when it was part of Yugoslavia. Thus, the Slovenian nation would be easily united under its own sovereign State. The case of Macedonia was very similar, so that after learning of the failure of the intervention of the JNA in Slovenia, all parties avoided the conflict at the time of consummation of independence. On the other hand, Montenegro, of identity and political leadership twinned with Serbia, showed no interest in leaving Yugoslavia. However, the situation was very different for the other Yugoslav peoples, so the redefinition of borders was much more controversial for them.
In Croatia, the pro-independence will of the majority of its population of Croatian ethnicity, endorsed in the polls, clashed with the Serbian minority. She did not want to go from belonging to the majority ethnic group in Yugoslavia to being a minority in a country where Croatian nationalism was becoming more and more exalted.
For Serbia, Yugoslavia meant the union of its entire nation in the same State, a desire that after centuries of waiting had been fulfilled since 1918.
The decomposition of Yugoslavia that began in 1991 offered the possibility of redefining borders, so the old Serbian and Croatian aspirations to pigeonhole BiH finally found their chance. The Muslim nationalist government of the SDA, led by Alija Izetbegović, had won the elections held in that republic in 1991, and was determined to build an Islamic State. This did not mean an insurmountable obstacle to the wishes of its neighbors, since unlike Slovenia and Croatia, BiH was disarmed and had not yet been recognized by the international community.

The ethnic problem of Kosovo, very evident since the late nineteenth century, actually began in the late Middle Ages. The Serbs, who settled in the region between the sixth and eighth centuries, were then the majority of its population and alternated moments of unity and internal clashes. On the other hand, the Albanians, possibly of autochthonous origin, were less numerous, had a much more archaic social structure and were passing from one domination to another: first the Romans, then the Byzantines and finally the Turks.
On June 28, 1389, the Serbian czar Lazar died defeated by the Ottoman Empire in the legendary battle of Kosovo Polje, one of the decisive events in the demise of the medieval kingdom of Serbia, which would not regain its independence until 1878. Since then, Kosovo would become the great founding myth of the Serbian people, united in the adversity, sacrifice and blood of that battlefield. The legendary narration of that combat, from one generation to another, was one of the main elements by which the Serbian identity maintained its essence for five centuries, until regaining its independence in 1878. Kosovo is therefore considered the cradle of that nation, The most sacred temples of the Serbian autocephalous church are there, including its headquarters, located in Peć.

The independence of Croatia followed an atmosphere of enthusiasm and confidence in tomorrow. Since its electoral victory in 1990, the nationalist government of the HDZ had been instilling in the population a very simple but effective message: independence from Yugoslavia was the best way to a future of freedom and prosperity. Although the vocation to enter the EU and NATO was clear, the details of what type of financial, tax, educational or health policies would be carried out were never included. Everything was subordinated to independence, naturally understanding that the problems would be solved as if by magic once there was a state of one’s own. Among the Croatian population that was filling with nationalist flags all the corners of the country and participating in multitudinous acts of patriotic exaltation, the conviction became popular that an independent Croatia would be more virtuous, rich and respected to be able to be herself, leaving behind centuries of Subjection to the Austro-Hungarian Empire first and to Yugoslavia later.
The first consequence of the unilateral declaration of independence was the 1991-1992 war, which resulted in 20,000 deaths, waves of refugees, material destruction and loss of control of regions inhabited by Serbs. However, after Operation Oluja in the summer of 1995 the military victory was complete, having recovered the entire national territory and cleaned the country of Serbs, who became only 5% of the population.

Over the years, the opening product of globalization and the progressive generational change are having a slow but significant progress in how civil society is making its voice heard in areas such as gender, respect for the LGBT collective and acceptance and reconciliation with the past.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .