Primeras Personas — Juan Cruz Ruiz / First People by Juan Cruz Ruiz (spanish book edition)

Me ha sorprendido gratamente, bien redactado, lleno de alma, de vida, de respeto, de admiracion, de amor, de conocimiento y de historias y chismes sobre el mundillo cultural. Un festín de personajes de primer orden para los interesados en la literatura y las memorias. Este libro,es una gozada intelectual, que desvela la relacion de amistad que mantuvo y mantiene fundamentalmente con escritores y editores. También habla de sí mismo y hace un strip-tease profesional y personal en compañía de los amigos que le han visto crecer como periodista y editor. Muy recomendable. Las primeras páginas sobre su madre o los cristales rotos son simplemente extraordinarias. Lo mejor del libro para mí.
Una imagen recorre el libro, la de los cristales rotos: la vida es una serie informe de estropicios de toda clase, en medio de los cuales brota la luz del calor humano, de la amistad, el fulgor de la complicidad y del entendimiento. Soy muy consciente de que a muchos lectores hablar de calor humano, en pleno antihumanismo y eso es muy gratificante. Se esfuerza por habitar los mundos que ellos habitan vertebrándose a sí mismo en la experiencia ajena.
Cristales rotos. Cuadros que se trasladan de un lugar a otro, arcones viejos que ya no se usan y que permanecen en el suelo, con su urgencia por ser basura. Muchos jarrones también habrán caído así a lo largo de tantos viajes de unas casas a otras, muchos añicos amontonados en la memoria hecha pedazos que es la vida abundante en días y en años y, sin embargo, parece siempre recomenzar, como las olas que ahora enfrentan…

La vida son cristales rotos, fotos olvidadas, recuerdos que se van tejiendo sobre suelos que también se rompen. Cuando murió, unos meses después de que lo fuera a ver por última vez a Nueva York, dejó en quienes lo conocimos la imagen de una vitalidad sin freno, un hombre que dormía despierto. Entre los cristales rotos de mi memoria siempre sale él cantando canciones de Chavela Vargas. Hasta el fin.
La última vez que vi a Miguel Delibes estaba triste, furioso, por no saber manejar su cuerpo. Los años, esa tiranía. A Gonzalo Torrente Ballester se le quedaron pálidas las manos. Rafael Alberti quería seguir conversando hasta el infinito y más allá; la muerte, decía, será eso. A María Zambrano le colgaba la ceniza del cigarrillo a través de cuyo humo creía ver las playas de Málaga. No quise ver el último instante de José-Miguel Ullán. No quise ver los últimos instantes de nadie, pero una mañana el azar me puso ante la obligación de ser consciente de que la vida es muerte también, el último instante que no eliges. Y desde entonces no entiendo ni el desamor ni la vanagloria.

Yo no sé qué vejez tendrá Pérez-Reverte, pero le auguro, aunque él no lo crea, una en la que se parecerá más a Fitzgerald que a Hemingway, más al de El pintor de batallas o El tango de la Guardia Vieja que a La Reina del Sur, por poner ahí una novela en la que se empleó a fondo para combinar guerra o violencia, sexo y rabia, en la que hasta el sonido del mar se percibe como el rugido de la sangre en una batalla. Él se parece a La Reina del Sur, en potencia de sonido, pero lleva dentro, oculto por el sonido y la furia, el tono cansado que algún día lo llevará a pintar batallas que son más propias del alma que del brazo.

Compré cabrales, y con él bien envuelto y con el volumen séptimo de Harry Potter viajé a Edimburgo. Por la noche repasé el libro, para verificar si en efecto esos ritmos se correspondían, o era mi ocurrencia, con los de Francis Scott Fitzgerald y Gabriel García Márquez. Así que por la mañana la esperé con la impaciencia que había sentido también al ir en busca de Ingmar Bergman. De un taxi cualquiera bajó una mujer de luto que pensé que era su secretaria, avisando de su llegada. Pero era ella misma, J. K. Rowling, al mismo tiempo suave, tranquila, nerviosa o distante. Se sentó ante mí, le di el queso, ella mostró asombro y gratitud, alegría ante el regreso de aquel sabor, y entonces le hablé de los escritores con los que la había emparentado. Fue una conversación muy feliz; quizá, con la que tuve en otro momento con Jorge Luis Borges, de las más felices de mi vida como periodista.
Desde luego no necesitas un ibuprofeno para leer el libro pese a Doris Lessing al tener mucho feeling.

I was pleasantly surprised, well written, full of soul, life, respect, admiration, love, knowledge and stories and gossip about the cultural world. A feast of characters of the first order for those interested in literature and memories. This book is an intellectual pleasure that reveals the relationship of friendship that it maintained and maintains mainly with writers and editors. He also talks about himself and does a professional and personal strip-tease in the company of the friends who have seen him grow as a journalist and editor. Highly recommended The first pages about his mother or the broken glass are simply extraordinary. The best of the book for me.
An image runs through the book, that of the broken glass: life is a series of reports of all kinds of disasters, in the midst of which springs the light of human warmth, of friendship, the radiance of complicity and understanding. I am very aware that many readers talk about human warmth, in full antihumanism and that is very rewarding. He strives to inhabit the worlds that they inhabit, and he vertebrates himself in the experience of others.
Broken crystals Paintings that move from one place to another, old chests that are no longer used and that remain on the ground, with their urgency to be garbage. Many vases will also have fallen like that along so many trips from one house to another, many shattered pieces in the memory shattered that life is abundant in days and years and, nevertheless, it always seems to start again, like the waves that now face …

Life is broken glass, forgotten photos, memories that are woven on floors that also break. When he died, a few months after I went to see him for the last time in New York, he left in those who knew him the image of an unbridled vitality, a man who slept awake. Among the broken crystals of my memory he always comes out singing Chavela Vargas songs. Until the end.
The last time I saw Miguel Delibes he was sad, angry, because he did not know how to handle his body. The years, that tyranny. Gonzalo Torrente Ballester’s hands went pale. Rafael Alberti wanted to continue talking to infinity and beyond; Death, he said, will be that. María Zambrano hung her cigarette ash through whose smoke she thought she saw the beaches of Málaga. I did not want to see the last moment of José-Miguel Ullán. I did not want to see the last moments of anyone, but one morning chance put me before the obligation to be aware that life is death too, the last moment you do not choose. And since then I do not understand the lack of love or the vainglory.

I do not know what old age Perez-Reverte will have, but I predict, although he does not believe it, one in which he will be more like Fitzgerald than Hemingway, more like The Painter of Battles or The Tango of the Old Guard than La Queen of the South, to put there a novel in which was used thoroughly to combine war or violence, sex and anger, in which even the sound of the sea is perceived as the roar of blood in a battle. He resembles The Queen of the South, in sound power, but he has inside, hidden by sound and fury, the tired tone that will one day lead him to paint battles that are more typical of the soul than of the arm.

I bought cabrales (asturian cheese), and with it well wrapped and with the seventh volume of Harry Potter I traveled to Edinburgh. At night I reviewed the book, to verify if indeed those rhythms corresponded, or was my occurrence, with those of Francis Scott Fitzgerald and Gabriel García Márquez. So in the morning I waited for her with the impatience I had felt also when I went in search of Ingmar Bergman. A woman in mourning who I thought was her secretary came down from a taxi, warning her of her arrival. But it was herself, J. K. Rowling, at the same time soft, quiet, nervous or distant. She sat before me, I gave her the cheese, she showed surprise and gratitude, joy at the return of that taste, and then I told her about the writers with whom I had related her. It was a very happy conversation; Maybe, with the one I had at another time with Jorge Luis Borges, one of the happiest of my life as a journalist.
Of course you do not need an ibuprofen to read the book despite Doris Lessing having a lot of feeling.

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