Cazadores De Noticias: Doscientos Años En La Vida Cotidiana De Los Que Cuentan Noticias — Fernando J. Ruiz / News Hunters: Two Hundred Years In Everyday Life Of Those Who Tell News by Fernardo J. Ruiz (spanish book edition)

E6601570-7802-450B-87AC-8F73D9707BE3Aunque ambientado en Buenos Aires, el libro es interesante en cuanto vivimos la era de mayor consumo de medios de la historia, pero la incertidumbre reina hasta el punto de que algunos vaticinan el fin de la profesión. La revolución digital es una fábrica de mundos, muchos de los cuales –que hoy no distinguimos– son solo espejismos. Por eso, el problema de los editores y periodistas contemporáneos es que deben construir casas en mundos de consistencia dudosa o incierta.
Si queremos entender el cambio, hay que vernos desde la historia.

Vivimos un cambio de época revolucionario y el periodismo es justamente una de las actividades nuevas que parte las aguas entre lo antiguo y lo moderno.
Las noticias locales no se publican, circulan oralmente en la ciudad y todos las conocen o todos parecen saberlas. Pero sí publicamos una lista de entradas y salidas de barcos, y avisos de tres rubros: comercio exterior, venta de esclavos e inmuebles.
Pero la verdad es que, si bien hablamos de omnipotencia, de poder, de influencia, nuestros periódicos tienen pocos lectores.
Esta nación nueva, que vive su octavo año de libertad, solo tiene prensa en una ciudad. Por supuesto, en el barrio londinense de Soho hay más imprentas que en toda la América española.
En Buenos Aires no se da la unión entre periodismo y negocio, como ocurrió en Filadelfia el siglo pasado con el impresor Benjamin Franklin. En Buenos Aires, el Estado es el principal sostén del periodismo: ni los lectores, ni el dinero privado lo mantienen. Aquí no hay interés de lucrar en la decisión de sacar un periódico.

No cualquier cosa es periodismo. Estamos todos de acuerdo en que hay que ser independiente. Desde fines del siglo anterior hay periódicos en Boston y Nueva York dignos de ese nombre, y también en nuestra ciudad; además, se usa la palabra “imparcial” como título. Es evidente que el gobierno no es el mejor juez para definir los límites del periodismo. Para ello se creó una Junta Protectora de la Libertad de la Imprenta, cuyos miembros se eligen por un año entre una lista de cincuenta ciudadanos y se reúnen en la casa de su presidente o de su vocal más antiguo. Casualmente, la Junta surgió en 1813 por un conflicto de reputación entre el hermano del Director Supremo, José Cipriano Pueyrredón, y el general Antonio González Balcarce.
Otro valor periodístico es la veracidad: las fuentes seguras son aquellas de carácter fidedigno, de discernimiento. Por eso es importante que la información esté comprobada. Julián Álvarez, para dar veracidad, citó al pasar que algún documento “ha quedado casualmente en nuestras manos”.

En los tiempos modernos, un poder de mayor eficacia ha suplantado a la tribuna: la prensa. Hacia mediados del siglo pasado ya se decía que, si desde el punto de vista de las ficciones constitucionales, la prensa no es siquiera un poder, desde la perspectiva de la realidad es el primero de los poderes, porque solo el poder que incesantemente obra (el gobierno) puede competir con el que incesantemente habla (la prensa).
¿Qué es un periodista en esta Buenos Aires de 1919? Un hombre al que se le paga para descubrir el valor de una noticia.
Y, ¿qué es un buen periodista? Es una suma de cualidades difíciles de concentrar en una sola persona, pero una buena sala de redacción debe tenerlas todas: buen escritor, buen pensador, diestro en el manejo de la pluma, fino y elegante en la apreciación de las cosas, noble y firme en la expresión de las ideas, gran observador y narrador de historias.
Un buen reporter siempre está en el trabajo, cualquiera sea el lugar o las circunstancias.
Los periodistas también son armas poderosas. Douglas Chandler, oficial estadounidense en la anterior guerra mundial, que escribió artículos proalemanes en National Geographic, es ahora una de las voces principales de la radio alemana. Robert Best, quien integraba United Press en Berlín, se quedó allí tras la ruptura entre Alemania y Estados Unidos y se convirtió en periodista de la radio estatal alemana. Ambos acusan al presidente Roosevelt de estar dominado por los judíos, un argumento que parece tener fuerza en ese país, pues The New York Times decidió no darle mucha relevancia editorial a la matanza de judíos en Europa para no propagar la idea de que Estados Unidos entró a la guerra empujado por los judíos.

El mundo parece haberse dividido en una discusión acerca de para qué sirve la radio. Cuando apenas surgió, era la tecnología de la paz, y ahora, que estamos en una guerra europea que se extiende a todo el mundo, la radio es la tecnología que el conflicto necesita para ganar las mentes.
Para muchos, escuchar la radio quita tiempo para leer diarios y, además, cambia la forma en que usamos ese tiempo libre, que se ha expandido durante la última década con la nueva legislación social. La radio, además, afecta el destino de los diarios con los que compite por los presupuestos publicitarios. Los diarios estadounidenses, por ejemplo, vienen perdiendo dólares sin parar y ahora prácticamente todos los suscriptores de diarios escuchan la radio. Es probable es que, si los diarios se debilitan, se acelere la tendencia hacia el monopolio de noticias por parte de un diario.
El cambio psicológico más importante que trae la radio es que los diarios ya no generan suspenso, pues las noticias importantes ya son conocidas: un oyente de radio va a la página de deportes a buscar detalles de una noticia que ya conoce.

Apenas terminó la Segunda Guerra, la televisión entró con fuerza a los hogares y destronó a la radio, aunque, hasta hoy, la radio sigue apareciendo en muchas encuestas como el medio de comunicación más confiable.
Es evidente que en el periodismo televisivo hay más trabajo de equipo que en los diarios.
En la calle el móvil sufre todo: desde el clima hasta la presión de las protestas, la policía, el tráfico e incluso a veces la hostilidad de la competencia. Tenemos reglas de calle con nuestros colegas, pero nunca faltan los vivos que quieren aprovechar cualquier oportunidad sin importar su perjudica al resto.
Si hay protestas en la calle, nuestra política es mantenernos juntos y como si fuéramos árbitros de algún deporte: sin participar de los acontecimientos, pero lo suficientemente cerca como para poder registrar lo que está pasando.
Todavía se habla de “los hombres de prensa”, aunque cada vez hay más mujeres.
También la creciente presencia de mujeres en el periodismo puede cambiar la relación entre prensa y política. Para varios políticos y funcionarios, no es lo mismo tejer relaciones con periodistas hombres que con periodistas mujeres, en especial si son atractivas. Antes, la relación informativa entre políticos y periodistas era cosa de hombres.

La televisión marca el ritmo de la innovación de los otros medios, del mismo modo que el éxito del diario USA Today traza el camino a todos los diarios del mundo: simula que es una pantalla de televisión (“Televisión para envolver pescado”, dicen sus detractores), acorta textos, agrega colores, renueva el diseño, incluye más ilustraciones y diagramas.
La televisión no se ocupa de buscar y producir noticias, sino de su distribución, ilustración y amplificación.

El poder [hasta la década del sesenta] ocupaba sin discreción el espacio televisivo; en la actualidad es este el que invade los dominios del poder. El abuso ha cambiado de bando; son los políticos quienes se pliegan a las exigencias de la comunicación audiovisual, quienes dependen de los nuevos poderosos periodistas-estrella y comunicadores.

Los políticos tradicionales descubrieron que tienen que aprender a usar la pantalla, que casi nunca habían utilizado antes porque se formaron cuando la televisión tenía un rol más secundario. Los nuevos políticos, por su parte, tienen que hacer su propia experiencia sin un referente del que aprender.

Los cambios tecnológicos no paran de asombrarnos. Alvin Toffler, el más famoso de los intelectuales que profetizan sobre el momento en que vivimos, habla de un futuro en el que los medios de comunicación serán un poderoso “acelerador del cambio de poder”. La televisión es revolucionaria sobre todo por la interacción de muchas tecnologías diferentes, como las computadoras, los telefaxes, las impresoras, las fotocopiadoras, los reproductores de video, los casetes de video, los teléfonos de vanguardia, el cable y los satélites. La televisión es parte de un sistema mucho mayor que incluso en algunos puntos se enlaza con las redes electrónicas que los empresarios y los financistas utilizan para intercambiar datos informatizados.
Pero lo más novedoso es el invento de un científico inglés, Tim Berners-Lee, que trabaja en Suiza en un laboratorio de la Organización Europea para la Investigación Nuclear: acaba de conectar computadoras y crear algo que llama “World Wide Web”. ¿Y eso para qué servirá?.

La explosión de opciones que ofrece la comunicación digital no solo no aumentó nuestra movilidad, sino que para muchos la redujo. Las redacciones son bastante feedlot: la mayoría –no solo los editores– se pasa el día frente a dispositivos tratando de surfear en las permanentes olas de interés de la audiencia digital. Entré al periodismo pensando que el lugar de un cronista era la calle y que su estado permanente era de movilidad, que la mejor información no llegaba a las redacciones por arte de magia sino que había que salir a buscarla. Porque, si el periodista no sale a la calle, ¿qué lo distingue de un tuitero? En esta rutina en la que estamos no hay riesgo de experiencia profesional apasionante.
El estrés de los editores es tremendo, tremendo, y ese trabajo sí que no tiene nada de creativo porque estás todo el tiempo moviendo piezas en una página, como jugando al Tetris. Tu máxima creatividad es pegarla con un título. Estás todo el día jerarquizando.
Todos nos plegamos al clic, tanto las secciones más duras como las blandas. Es el clic el que te marca. Eso te condiciona, pero también creo que hay que hacer un balance propio.
No está disociado el éxito de la calidad. En periodismo te tienen que leer. Pero el periodista de papel no sabe qué quiere el lector. No están acostumbrados a saber lo que la audiencia quiere. Nosotros, en cambio, estamos acostumbrados a saber qué funciona. Estamos todo el tiempo mirando cuánto mide una noticia para decidir a dónde va el home. No podes solo basarte en los números porque sería un desquicio, pero en general coincide con lo que pensás como editor y lo que busca la audiencia.
El periodista de papel suele considerar la Web como algo inferior. Es insólito que en esta época que estamos viviendo se crean más periodistas.

A muchos nos desorienta que esta revolución digital sea también una revolución audiovisual, pues nos exige incorporar capacidades audiovisuales. La imprenta también fue una revolución audiovisual hace seis siglos, pues entonces no solo comenzaron a imprimirse de golpe miles de textos, sino también de imágenes. Por eso, para sobrevivir, los periodistas tendrán que pensar en palabras y en imágenes.
Cada vez son menos los diarios que consultamos. Casi me animaría a decir que los periodistas ya no los leemos. Esa tradición de llegar a la redacción con los diarios leídos está a punto de desaparecer, y se nota: el conocimiento de los temas que muestran las notas es superficial, excepto cuando es uno que al periodista le interesa particularmente.
Las reuniones de redacción también están en vías de extinción. Antes eran las misas del periodismo, pero hoy se reemplazan con conversaciones permanentes, grupos de WhatsApp, o herramientas como Slack.
En definitiva, intentan hacer algo parecido a lo que hace casi un siglo los diarios hicieron con la radio: usar su influencia con las autoridades para limitar que se desarrollara como medio. Pero, tal como ocurrió entonces, los medios tradicionales no saben qué les conviene. Intentan imponer su poder sobre las plataformas digitales, que en muchos países todavía están desprovistas de conexiones políticas sólidas, pero son contradictorios: el duopolio da propulsión nuclear a los medios periodísticos a la vez que aspira su publicidad. Esa paradoja es la que los desorienta tanto. Ahora Facebook y Google no paran de desarrollar iniciativas para cambiar su imagen depredadora. Los anunciantes que han sostenido al periodismo durante décadas dicen que solo van a pagar la atención efectiva que la audiencia le da a sus productos y servicios, y no la que los medios dicen que le dan. La capacidad actual de controlar la efectividad de la publicidad parece destruir el viejo adagio de los publicistas.

En el periodismo no deberían mandar las plataformas sino la información. La vanguardia la integran quienes cuentan mejor y más rápido las novedades importantes y con un alcance mayor. Así, los que lideraron cada época fueron quienes lograron destacarse por su forma de obtener información.
Así, el trauma profesional del siglo es el abandono que hizo el periodismo de su primer hogar: el papel. Pero ese abandono puede ser sinónimo de haber alcanzado la mayoría de edad, en la que esa narración transitoria y urgente propia del periodismo comienza a usar formatos menos definitivos que el papel, que lo fija en el tiempo y le da un estatus de documento que no merecía. La plataforma digital puede ser más pertinente para el periodismo que el papel, pues lo digital se adapta más a ese flujo constante de información fugaz y correntosa, que no admite periodizaciones, que es la materia de la que esta profesión se nutre.
Así, doscientos años después, el periodismo ya no quiere detener el tiempo; ahora lo navega a su misma velocidad.

Although located in Buenos Aires, the book is interesting as we live through the era of greatest media consumption in history, but uncertainty reigns to the point that some predict the end of the profession. The digital revolution is a factory of worlds, many of which – which we do not distinguish today – are only mirages. That is why the problem of contemporary editors and journalists is that they must build houses in worlds of dubious or uncertain consistency.
If we want to understand change, we have to see ourselves from history.

We are living a change in the revolutionary era and journalism is just one of the new activities that divide the waters between the old and the modern.
Local news is not published, it circulates orally in the city and everyone knows it or everyone seems to know it. But we do publish a list of entries and exits of ships, and notices of three items: foreign trade, sale of slaves and real estate.
But the truth is that, although we speak of omnipotence, power, influence, our newspapers have few readers.
This new nation, which is living its eighth year of freedom, only has press in one city. Of course, in the London suburb of Soho there are more printers than in all Spanish America.
In Buenos Aires there is no union between journalism and business, as happened in Philadelphia last century with the printer Benjamin Franklin. In Buenos Aires, the State is the main support of journalism: neither the readers nor the private money keep it. Here there is no interest to profit in the decision to draw a newspaper.

Not everything is journalism. We all agree that you have to be independent. Since the end of the previous century there are newspapers in Boston and New York worthy of that name, and also in our city; In addition, the word «impartial» is used as the title. It is evident that the government is not the best judge to define the limits of journalism. To this end, a Protective Board for Freedom of Printing was created, whose members are elected for a year from a list of fifty citizens and meet in the house of its president or its oldest member. Coincidentally, the Board arose in 1813 due to a conflict of reputation between the brother of the Supreme Director, José Cipriano Pueyrredón, and General Antonio González Balcarce.
Another journalistic value is the veracity: the sure sources are those of a trustworthy character, of discernment. That is why it is important that the information is verified. Julián Álvarez, to give truth, quoted in passing that some document «has happened to be in our hands».

In modern times, a power of greater efficiency has supplanted the rostrum: the press. Towards the middle of the last century it was already said that, if from the point of view of constitutional fictions, the press is not even a power, from the perspective of reality it is the first of the powers, because only the power that incessantly works ( the government) can compete with the one that incessantly speaks (the press).
What is a journalist in this Buenos Aires of 1919? A man who is paid to discover the value of news.
And, what is a good journalist? It is a sum of qualities difficult to concentrate on a single person, but a good newsroom must have them all: good writer, good thinker, skilled in the handling of the pen, fine and elegant in the appreciation of things, noble and firm in the expression of ideas, great observer and storyteller.
A good reporter is always at work, whatever the place or circumstances.
Journalists are also powerful weapons. Douglas Chandler, American officer in the previous World War, who wrote pro-German articles in National Geographic, is now one of the leading voices of German radio. Robert Best, who joined United Press in Berlin, stayed there after the break between Germany and the United States and became a journalist for German state radio. Both accuse President Roosevelt of being dominated by the Jews, an argument that seems to have strength in that country, because The New York Times decided not to give much editorial relevance to the killing of Jews in Europe so as not to propagate the idea that the United States has entered the country. to the war pushed by the Jews.

The world seems to have been divided into a discussion about what radio is for. When it was just born, it was the technology of peace, and now that we are in a European war that extends to the whole world, radio is the technology that conflict needs to win minds.
For many, listening to the radio takes time to read newspapers and, in addition, changes the way we use that free time, which has expanded during the last decade with the new social legislation. The radio also affects the fate of the newspapers with which it competes for advertising budgets. The American newspapers, for example, have been losing dollars without stopping and now practically all newspaper subscribers listen to the radio. It is likely that, if the newspapers are weakened, the tendency towards monopoly of news by a newspaper will accelerate.
The most important psychological change that the radio brings is that the newspapers no longer generate suspense, because the important news is already known: a radio listener goes to the sports page to find details of a news item he already knows.

As soon as World War II ended, television entered the homes with force and dethroned the radio, although, to this day, radio continues to appear in many polls as the most reliable means of communication.
It is evident that in television journalism there is more team work than in newspapers.
On the street the mobile suffers everything: from the weather to the pressure of protests, police, traffic and sometimes even the hostility of competition. We have street rules with our colleagues, but there is never a shortage of the living who want to take advantage of any opportunity, regardless of how it hurts the rest.
If there are protests in the street, our policy is to keep together and as if we were referees of some sport: without participating in the events, but close enough to be able to record what is happening.
There is still talk of «men of the press», although there are more and more women.
Also the growing presence of women in journalism can change the relationship between press and politics. For several politicians and officials, it is not the same to weave relationships with male journalists than with women journalists, especially if they are attractive. Before, the informative relationship between politicians and journalists was a matter of men.

Television sets the pace of innovation in other media, just as the success of the newspaper USA Today traces the way to all the newspapers in the world: it simulates that it is a television screen («Television to wrap fish», say its detractors), shortens texts, adds colors, renews the design, includes more illustrations and diagrams.
Television is not concerned with searching and producing news, but with its distribution, illustration and amplification.

Power [until the sixties] occupied the television space without discretion; now it is this that invades the domains of power. The abuse has changed sides; it is the politicians who bend to the demands of audiovisual communication, who depend on the new powerful journalists-star and communicators.

Traditional politicians discovered that they have to learn to use the screen, which they had almost never used before because they were formed when television played a more secondary role. The new politicians, meanwhile, have to make their own experience without a reference to learn from.

The technological changes do not stop to amaze us. Alvin Toffler, the most famous of the intellectuals who prophesy about the moment in which we live, speaks of a future in which the media will be a powerful «accelerator of the change of power». Television is revolutionary, especially because of the interaction of many different technologies, such as computers, faxes, printers, photocopiers, video players, video cassettes, state-of-the-art telephones, cable and satellites. Television is part of a much larger system that even in some points is linked to the electronic networks that businessmen and financiers use to exchange computerized data.
But the most novel is the invention of an English scientist, Tim Berners-Lee, who works in Switzerland in a laboratory of the European Organization for Nuclear Research: he has just connected computers and created something he calls «World Wide Web». And what will that serve?

The explosion of options offered by digital communication not only did not increase our mobility, but for many it reduced it. The newsrooms are pretty feedlot: the majority – not just the editors – spend the day in front of devices trying to surf in the permanent waves of interest of the digital audience. I entered journalism thinking that the place of a chronicler was the street and that his permanent state was mobile, that the best information did not reach the newsrooms by magic but had to go out and look for it. Because, if the journalist does not go out on the street, what distinguishes him from a tweeter? In this routine we are in, there is no risk of passionate professional experience.
The stress of the editors is tremendous, tremendous, and that work does not have anything creative because you are all the time moving pieces on a page, like playing Tetris. Your maximum creativity is to paste it with a title. You are nesting all day.
We all fold to the click, both the hardest and the softest sections. It is the click that marks you. That conditions you, but I also believe that you have to make your own assessment.
The success of quality is not dissociated. In journalism you have to read. But the paper journalist does not know what the reader wants. They are not used to knowing what the audience wants. We, on the other hand, are used to knowing what works. We are all the time looking at how much news is measured to decide where the home is going. You can not just base yourself on the numbers because it would be a freak, but in general it coincides with what you think as an editor and what the audience is looking for.
The paper journalist usually considers the Web as something inferior. It is unusual that in this time that we are living more journalists are created.

Many of us are disoriented that this digital revolution is also an audiovisual revolution, because it requires us to incorporate audiovisual capabilities. The printing press was also an audiovisual revolution six centuries ago, because then not only thousands of texts began to be printed at once, but also images. That is why, to survive, journalists will have to think in words and images.
There are fewer and fewer newspapers that we consult. I would almost encourage myself to say that we journalists do not read them anymore. That tradition of reaching the newsroom with the newspapers readied is about to disappear, and it shows: the knowledge of the topics that the notes show is superficial, except when it is one that the journalist is particularly interested in.
The drafting meetings are also in danger of extinction. Before they were the masses of the journalism, but today they are replaced with permanent conversations, groups of WhatsApp, or tools like Slack.
In short, they try to do something similar to what the newspapers did almost a century ago with the radio: to use their influence with the authorities to limit its development as a means. But, as it happened then, the traditional media do not know what is best for them. They try to impose their power on digital platforms, which in many countries are still devoid of solid political connections, but they are contradictory: the duopoly gives nuclear propulsion to the news media while aspiring its publicity. That paradox is the one that disorients them so much. Now Facebook and Google do not stop developing initiatives to change their predatory image. The advertisers who have supported journalism for decades say that they will only pay for the effective attention that the audience gives to their products and services, and not what the media says they give it. The current ability to control the effectiveness of advertising seems to destroy the old adage of advertisers.

In journalism should not send the platforms but the information. The avant-garde is made up of those who have the best and quickest news about important news and with a greater scope. Thus, those who led each era were those who managed to stand out for their way of obtaining information.
Thus, the professional trauma of the century is the abandonment that journalism made of its first home: paper. But that abandonment can be synonymous with having reached the age of majority, in which that transitory and urgent narrative of journalism begins to use less definitive formats than paper, which fixes it in time and gives it a document status that does not I deserved. The digital platform may be more relevant to journalism than paper, since digital is more suited to this constant stream of fleeting information, which does not allow periodisations, which is the subject of this profession is nourished.
Thus, two hundred years later, journalism no longer wants to stop time; now he is sailing at the same speed.

2 pensamientos en “Cazadores De Noticias: Doscientos Años En La Vida Cotidiana De Los Que Cuentan Noticias — Fernando J. Ruiz / News Hunters: Two Hundred Years In Everyday Life Of Those Who Tell News by Fernardo J. Ruiz (spanish book edition)

  1. Me va a llevar buenas horas recuperar la semana perdida. Los problemas en Venezuela no cesan y otra vez no quitan el internet. Bueno, como que se está haciendo costumbre. Así que estoy otra vez en tu blog para disfrutar de tus reseñas. El periodismo siempre despierta curiosidad porque es una profesión diversificada y llena de muchas historias. Interesante el tema.

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